Los personajes no pertenecen ni la historia yo solo juego con ella. (nota abajo)


Epílogo

Un año más tarde…

Mientras subían por un empinado sendero, de los muchos que rodeaban la ciudad de Sedona, Isabella se detuvo para beber un poco. Edward no se dio cuenta y siguió ascendiendo sin ella, pero a Isabella no le importó. Le encantaba observar cómo se flexionaban las fuertes piernas de su marido para escalar las rocas. Tras diez meses de alegría marital, aún se le hacía la boca agua al mirarle el firme trasero.

El plan era subir hasta lo alto de aquella formación rocosa para hacer el amor. Habían elegido un día de diario y un sendero poco frecuentado. Isabella llevaba una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos de hombre, sin braguitas, que le darían a Edward acceso inmediato cuando hubieran elegido el lugar.

Desgraciadamente, nunca se habían dado cuenta de cuántos helicópteros sobrevolaban la zona para mostrársela a los turistas. Sin embargo, Isabella no quería abandonar la idea. Miró a su alrededor y vio un hueco entre las rocas que parecía lo suficientemente grande para darles intimidad. Sonrió.

—¡Edward! ¡Regresa aquí! —le gritó a su esposo, muy satisfecha—. Quiero que bajes aquí. Tengo una idea.

—De acuerdo.

A medida que se iba acercando, Isabella pensó lo guapo que era. Todos los días tenía que pellizcarse para asegurarse de que no estaba soñando y de que se había casado con él en noviembre. En cuestión de meses, habían creado el paraíso. Alternaban entre el apartamento de Phoenix y la cabaña que habían comprado en Oak Creek. Ella había dejado Traynor y Sizemore para abrir su propio bufete. Era pequeño, pero ya tenía clientes en Sedona y en Phoenix, aunque trataba de no aceptar demasiados casos para tener tiempo de sobra para las aventuras que planeaban, como la de aquel día.

Heidi se ocupaba muy bien de Mercury, por lo que Edward había decidido abrir un negocio de consultoría en su casa, aunque había limitado el número de sus clientes. Así, se habían creado una vida perfecta.

Casi perfecta. Solo faltaba una cosa. Isabella sonrió al pensar en la sorpresa que le había preparado.

—Pareces muy contenta contigo misma —dijo Edward, al llegar a su lado—. ¿Qué se te ha pasado por esa cabeza tan fértil que tienes?

Isabella esperaba que no fuera solo su cabeza la única cosa que fuera fértil aquel día.

—He encontrado una alternativa para que podamos hacer el amor en las rocas. Hay demasiados helicópteros como para seguir subiendo. Creo que podríamos utilizar el espacio que hay entre esas rocas… Ya sabes, si tú me sujetas contra ellas.

—Es una de mis posturas favoritas. Ya te imagino con el trasero contra una piedra y los pies apoyados contra otra para que me pueda meter entre tus piernas… ¿Es así como lo habías pensado?

—Sí —susurró ella.

Edward se quitó las gafas de sol y la mochila de los hombros. Dejó ambos objetos en el suelo.

—Pues vamos. Creo que ya no puedo esperar ni un momento.

—¿No te importa que no subamos hasta la cima? —preguntó ella, despojándose también de gafas y mochila.

—Claro que no. ¿Crees que quería subir por la vista? —replicó. Con cuidado, la colocó entre las piedras y luego le agarró el trasero con las dos manos—. Te sujetaré hasta que estés segura de que no te vas a caer.

—Bien —dijo Isabella. Mientras se acomodaba, no dejaba de pensar en su sorpresa y el corazón le latía a toda velocidad por la anticipación—. La piedra está caliente…

—Me apuesto algo a que no tanto como tú… —murmuró él. Comenzó a besarla, mordisqueándole suavemente los labios al tiempo que le apretaba el trasero—. Y sabes maravillosamente…

—Tú también.

—Bueno, ¿estás preparada? ¿Puedo soltarte para sacarme el preservativo?

—Puedes soltarme para bajarte la bragueta, pero sobre lo del preservativo… Olvidémonos de él.

—¿Acabas de decir lo que creo que has dicho? —preguntó él, con la excitación reflejada en los ojos.

—Sí. ¿Te asusta?

—Claro que no. Llevo meses pensándolo, pero no quería meterte prisa.

—Lo mismo me pasaba a mi —dijo Isabella, con una sonrisa—, pero tengo la fantasía de que me penetras y… y hacemos un niño.

—Me encanta esa fantasía —afirmó Edward, con dulzura—. Y la deseo —añadió, al tiempo que se bajaba la cremallera de los pantalones.

—Igual que yo deseo eso —comentó ella, cuando vio el pene erecto.

—Y lo vas a conseguir. Por fin hacemos el amor sin látex —susurró, con la voz llena de deseo, mientras le bajaba el pantalón—. ¿Lista?

—Más que nunca —replicó ella. Inmediatamente, Edward le agarró las caderas y se hundió en ella.

—¿Qué tal?

—Mmm… Maravilloso.

—Quiero que abras los ojos cuando vuelva a moverme. Quiero ver cómo se oscurecen y se excitan…

Isabella hizo lo que Edward le había pedido, mirando los ojos de él, llenos de lujuria y deseo.

—Vamos…

—Ohhh… esto es fantástico…

—Yo estoy completamente de acuerdo. Ahora, vamos a hacer ese niño… —susurró ella.

—Sí… ¿Estamos haciendo un niño o una niña?

—No sé, pero hay otra cosa que sí sé…

—¿Qué? —preguntó él moviéndose más profundamente dentro de su esposa.

—Que de todas las aventuras… —musitó— esta es mi favorita.


Bueno mis queridas lectoras este es el fin espero que les haya gustado la historia tanto como a mi y disculpen la tardanza pero me quede sin internet, ahora me queda terminar mi otra historia y encontrar otra para adptar se aceptan opiniones y recomendaciones. Nos seguimos leyendo cuidense.

M u c h a s G r a c i a s P o r L e e r m e