Albert no le quitaba la mirada de encima a la mujer que con su cabeza dirigía las entradas en los grupos de voces, y con sus hábiles manos ejecutaba aquel antiguo, pero muy conservado piano. Se sentía indignado de que estuviese tocando aquella melodía, aunque era hermosa sin embargo estaba en contra de sus creencias protestantes. «No debo dejar que Candy siga el camino de la idolatría» pensaba Albert.
Los feligreses más devotos suspiraban, el sacerdote se sentía orgulloso de Candy, al terminar el ave maría se acercó a ella y le extendió la mano para ayudarle a ponerse en pie, todos los presentes aplaudieron, Candy un poco avergonzada hizo una pequeña reverencia, posterior a eso señaló con elegancia a los niños, estos, también la siguieron inclinándose y los aplausos se incrementaron.
Terry se dio cuenta que al sacerdote le brillaban los ojos ante la presencia de Candy, vio que parecía un pavo real a lado de ella, apretó los labios y fue a importunarla, a Susana no le dio tiempo de agarrarlo del saco para impedirle que se encaminara hacia su hermana y menos con el bebé en brazos (casi lo deja caer por el movimiento brusco).
—Cédame a la concertista —le indicó Terry al sacerdote, este, al ver que se la llevaría de su lado comentó: Lo siento señor Granchester, pero guiaré a Candy por todo el recinto para que la feliciten los invitados.
—Entonces, los acompañaré, los dos la guiaremos —Terry le cedió el brazo a Candy para que ella se agarrará de él, Candy miró al sacerdote, para ver si asentía, él hizo un movimiento de cabeza autorizándole el agarre a su cuñado.
Para mala ventura del sacerdote, los miembros mas influyentes de su parroquia le hicieron señas de que fuera hacia ellos, él tuvo que dejar a Candy por unos instantes a merced de Terry.
—Por fin te soltó el monje, le veo lujuria en sus ojos, ten cuidado con él. —le advirtió Terry al oído a Candy.
—Es sacerdote, no monje; como tú piensas de esa manera con respecto a mí, crees que todos tienen malas intenciones conmigo.
—Sabes Candy, te he dejado en paz todo este tiempo porque pensé que encerrada como una monja nadie tendría acceso a ti, pero puedo darme cuenta de que al sacerdote le interesas como mujer.
—Estás loco, al contrario, el me está convenciendo de que tome los hábitos, quiere que me consagre por completo a Cristo y a la Iglesia católica, estaré confinada en un convento.
—Que ilusa eres, lo que quiere es alejarte del exterior, yo eso haría, ahuyentar a todo el que se acerque a ti con fines románticos.
—El no es capaz de eso, me recomendará a Roma o España, ha dicho que el mismo me llevará y será mi mentor; dice que si acepto, se quedará en el monasterio cercano al convento donde me quede.
—¿Ves? Con eso confirmo mis sospechas.
Susana le hizo señas a Candy, la acompañaban sus padres. Candy fue hacia ellos.
—Hermanita, la maternidad te ha puesto más bonita. Déjame cargar a mi sobrinito.
Candy tomó al niño en sus brazos y lo llenó de besos, toda la carita se la dejó marcada con el labial.
—Apresúrate a casarte tu también para que tengamos más nietos —comentó el Señor Marlowe.
—Si Candy sigue frecuentando a la Iglesia, despídanse de tener más nietos; el monje ese, quiere que se vuelva monja —señaló Terry.
—Sacerdote —lo corrigió Candy.
—Sacerdote, monje, cura, padre; lo que sea, pero me entiendes.
Candy sintió escalofríos, miró furtivamente a Albert, se dio cuenta que tenía su mirada azul clavada en ella, la hizo sentir cohibida.
—Mamá, papá, ya deseo irme, sólo di el concierto a fin de recaudar fondos para el ampliar el dispensario, estoy agotada, quiero descansar, todos los preparativos lograron extenuarme.
—Despídete del padre, te esperáremos en el carruaje —dijo el señor Marlowe.
—Por ningún motivo dejaré que Candy se vaya tan prematuramente —interfirió el sacerdote—, todos quieren estrecharle la mano, si gustan yo la escoltaré a su casa cuando termine la recepción.
—La esperáremos el tiempo que sea necesario, queremos hablar con usted respecto al bautizo de mi nieto —dijo el padre de Candy.
—Iré por unos bocadillos, no almorcé para que el vestido no se me viera apretado —confesó Candy, se apartó de ellos y fue a la mesa del bufé. Sostuvo un plato y empezó a servirse.
—Hola Candice, te ves hermosa con ese atuendo.
Ella al escuchar la voz de Albert se estremeció, no pensó que se le acercaría mucho menos que le haría un cumplido.
Hola chicas cumplí con la actualización del fic. Conforme a la encuesta en el grupo El príncipe de la colina en Facebook. Por favor si encuentran un error de dedo me dicen para que luego lo corrija, se me cierran los ojos del sueño.
