XXI

Abrí los ojos en la parte inferior del reloj y lo primero que ví fue el orificio situado justo encima de mí por dónde yo había caído y por donde ahora pasaban haces de luz de colores. Aquello me desconcertó durante unos instantes, pero pronto recuperé la memoria de dónde estaba y lo que había ocurrido. Comprendí que lo que parecía que caía no eran haces de luz, sino imágenes, imágenes en movimiento que después se colocaban a mi alrededor como si fueran proyecciones sin pantalla. Con cuidado, temerosa de marearme, me incorporé lentamente hasta quedar sentada en el suelo. Después giré la cabeza lentamente, observando el muro curvo que me rodeaba por completo y empecé a fijar la vista en las escenas. Pero no las distinguía con nitidez. Lo achaqué a mi problema ocular y sin pensarlo dos veces decidí aproximarme hasta los muros curvos para verlas mejor. Atraída por ellas, apenas si presté atención a la inesperada ligereza de mis movimientos.

Fui acercándome, curiosa, y lo primero que percibí fue que algunas eran verdaderamente antiguas pero tremendamente realistas. Mi atención fue acaparada, en primer lugar, por una que preludiaba el momento dramático del ataque de unos barcos vikingos a una aldea costera. Un hombre rubio y chaparro, con una niña morena en brazos, contempló desde lo alto de un acantilado la aproximación de los barcos y después corrió y corrió. Desapareció de la escena mientras los guerreros nórdicos, prácticamente desnudos y con los ojos extraviados como si hubieran tomado algún alucinógeno, saltaban a tierra profiriendo terribles gritos. No me di cuenta entonces, pero desde ese momento también escuchaba lo que pasaba, como si del cine mudo hubiéramos pasado al sonoro. Contemple su aproximación al pueblo y, de repente, ya estaban dentro de la aldea y los vi degollar a niños y violar a algunas mujeres que no habían conseguido huir. Estaba tan horrorizada que di dos pasos atrás e instintivamente miré para otra parte. Entonces mi atención se quedó atrapada en una dama medieval que vestida con una túnica suntuosa asistía con las manos atadas a la espalda y una entereza encomiable al proceso por el que unos soldados apilaban leña bajo un poste mientras unos niños, sujetos por una anciana, lloraban. Sentí otra oleada de angustia porque predecía lo que iba a contemplar a continuación. Verla arder, estoicamente, me hizo estremecer y gritando volví a alejarme del muro. Como si las imágenes me zarandearan llevándome a ver otro horror quedé frente a un mago que intentaba estrangular a una bruja morena que vagamente me recordó a mi hermana, a la que mantenía apoyada contra un muro de piedra. Grité desesperada mientras corría hacia el centro de la sala circular y allí caí en cuclillas, tapándome la cabeza para no ver mas.

Los gritos y las voces se volvieron difusos y entonces intenté serenarme pensando que eran alucinaciones, que no estaba realmente en medio de ningún acto despiadado, de ninguna terrible manifestación de la crueldad humana de tiempos pretéritos. Cuando constaté que ya no escuchaba nada y armándome de valor levanté tímidamente la cabeza y miré con prevención hacia delante. Las escenas habían cambiado.

La primera en la que reparé en aquella segunda ocasión presentaba un muchacho de pelo y ojos oscuros con una barbita como de chivo y vestido con una especie de calzas y sayas que miraba embelesado oculto tras unas zarzas a una chica que se bañaba en un riachuelo, entre una vegetación frondosa. Poco después los dos hacían el amor desnudos en la orilla. Y a continuación el muchacho huía perseguido por un hombre que supuse era el padre de la chica, la cual lloraba amargamente mostrando un embarazo muy avanzado mientras se ocultaba en una especie de corral. Temiendo volver a ver horrores, retiré la mirada de aquella escena y la deposité en la siguiente. Para mi asombro total, la reconocí perfectamente. En una cama, inconsciente, yacía mi abuelo Santiago, muy joven. Mi abuela, igualmente joven, le afeitaba cuidadosamente con jabón y navaja; le daba de comer vertiendo sopa en su boca entreabierta, no paraba de hablarle; le lavaba, le curaba la terrible herida que le cruzaba el pecho en diagonal… hasta que, agotada, se dejaba caer en un sillón próximo a la cama y hundía la cabeza en las manos. Me entraron muchas ganas de llorar, pero me recompuse un poco pensando que todo aquello lo habían superado, que él consiguió recuperarse de aquella herida producida por un maleficio en las postrimerías de la guerra de Grindelwald, que había tenido con ella tres hijas, la menor de las cuales era mi madre, y un hijo. Todo aquello consiguió calmar un poco mi alteradísimo ánimo y ante mi apareció otra imagen.

La nueva escena mostraba un niño de unos doce o trece años, moreno y espigado, con pantalones cortos y un jersey a la caja de rombos. Un niño de ojos grises que miraba muy serio a una niña un poco mas pequeña que vestía jersey de cuello vuelto bajo un pichi de cuadros escoceses. "La culpa es tuya, por existir" soltó de pronto el niño a la niña. Y ella lo miró sin ocultar el efecto de shock que aquellas palabras terribles le producían. "Si no hubieras nacido, yo no tendría que estar siempre pegado a ti". Las lágrimas afloraron a los ojos de la niña, unos ojos de un marrón verdoso que reconocí al punto. Cerré los míos, que sabía idénticos a aquellos, y volví a pensar que todo había pasado, que mi padre no solo había dejado de decir esas cosas horribles a aquella niña, sino que había pasado a amarla tanto que gracias a eso mi hermana y yo estábamos en el mundo, y una oleada de esperanza tan grande me invadió que me sentí muchísimo mejor.

Volví al muro para mirar las escenas con mas atención, mucho mas esperanzada. Ahora podía reconocer perfectamente a los protagonistas: una minúscula Cecilia apagando las velas de la tarta de su tercer cumpleaños, con su pelo oscuro y lacio recogido en dos largas coletas; mi madre con su pelo claro largo con raya al medio y un corte a capas disparadas, iba vestida con un vestido holgado que no ocultaba que dentro ya estaba yo, y aplaudía contenta a su primogénita mientras mi padre, con un jersey con un estampado de rayas en zigzag que debió estar muy de moda pero que ahora parecía horroroso hacía fotos sin cesar, sonreía a ambas y llegó a poner una mano en el vientre de mi madre cuando ella le dijo que yo me estaba moviendo. Su rostro se iluminó con una expresión que no podía ocultar su felicidad. Sonreí y comencé una búsqueda cada vez mas frenética de otras escenas como aquella.

A toro pasado, sabiendo lo que eran, lamento no haber prestado mi atención a las que correspondían a tiempos en los que yo no viví, a pesar de lo terribles que eran. Pero en aquel momento ver a mis seres queridos y conocidos me infundía seguridad. Por eso los busqué. Y los acabé encontrando.

Vi a una jovencísima abuela Sara corriendo por la orilla de una playa soleada, con unas alpargatas en la mano, riendo y salpicándose un vestido de verano con estampados de flores mientas mi abuelo, pantalones remangados, intentaba alcanzarla. Y mi abuela Catalina, recostada sobre el hombro de mi abuelo Carlos mientras él leía un libro, ambos sentados en un sofá con una tapicería muy recargada. Pude reconocer a mis padres bailando juntos el día de su boda, mirándose fijamente a los ojos. Sin embargo, la que me causó mayor impacto fue la única en la que estaba yo. Veía desde fuera el primer beso que Stefano y yo nos dimos, una vez solos en nuestra habitación del Palazzo, el día que nos casamos. Yo llevaba la bata de seda que me había comprado mi abuela durante mi convalecencia en el hospital y tenía el pelo mojado de la ducha, mientras que Stefano vestía un polo, unas bermudas azul marino y zapatillas de deportes. Instintivamente extendí la mano intentando tocar su mejilla, pero como la otra vez, traspasó la escena y acarició la nada.

Me quedé con la mano extendida, aturdida, mientras la escena se desvanecía delante de mis narices.

-Vamos...

No se si realmente escuché la voz con los oídos o fue solo dentro de mi, pero sin duda la percibí con nitidez. Era una voz suave que me sustrajo de la especie de hipnosis que aquellas últimas imágenes me habían producido. Fue muy extraño pero antes de verla ya sabía quién era. Me giré para encarar a la mujer de la boda y la contemplé junto a mi. No era un fantasma porque no tenía la apariencia translúcida y perlada. Pero era sin duda mucho mas brillante que una persona normal. Se diría que irradiaba una especie de aura blanca. Era como un ser de luz.

-¿Dónde? – Pregunté como si fuera lo mas natural del mundo. De alguna manera, aquella mujer de luz me resultaba familiar, y no era por haber visto su boda.

-Hacia el centro, donde cae el haz de luz. Ven.

La seguí hasta que ambas estuvimos justo debajo del agujero, por el que ahora entraba una luz blanca y brillante.

-¿Y ahora...? – Me aventuré a preguntar.

-Esperamos.

-¿Esperamos?

-A alguien.

La figura de luz me sonrió y señaló hacia el agujero. Un chorro algo mas brillante caía. Parecía como si se amontonara la luz justo debajo del orificio, formando una especie de montón que fue adoptando una forma humana. La reconocí enseguida, aunque no la había visto jamás con aquella apariencia. Era como si tuviera treinta años. Como el ser de luz que me acompañaba, irradiaba un aura brillante y cálida.

-¡Abuela!

-Almudena. Has conseguido pasar, tu sola. Piensa bien en ello después, cuando hayas regresado.

-¿Pasar? ¡He pasado por una especie de archivo de imágenes, una videoteca que…!

-Donde has visto escenas horribles, escenas intermedias y escenas de felicidad.

-Eso es.

-De algún modo, es como el viaje de Dante en busca de Beatriz. ¿Has leído La Divina Comedia?

Negué con la cabeza, recordando la ironía de que en vida me preguntó si había leído el Quijote y también tuve que confesar que no lo había hecho.

-Pues bien, es parecido. Has visto el infierno en la tierra, una especie de purgatorio y también una proyección terrestre del cielo. Y como Dante, has encontrado a Beatriz.

-¿Beatriz?

-El alma que te ha traído hasta mi. Escucha. Esto es un paso entre dimensiones ¿entiendes?

-Creo que ahora si. Entre la dimensión donde están los vivos y donde...

-Estamos los que hemos muerto. No te de miedo decirlo. En realidad, seguimos vivos, pero de otro modo. Siempre se ha sabido de la existencia de estas grietas. Gerberto de Aurillac localizó tres emplazamientos y escribió las instrucciones para enmarcarlos dentro una construcción humana para hacerlas mas estables. Cada juego de instrucciones se hizo constar en un ejemplar de su Biografía. Así se edificó el Arco del Velo que hay en Londres. Otro portal se construyó donde ahora está San Juan de Letrán, y cinco siglos después, uno de sus seguidores erigió este Reloj del Pasado. También dejó escrito cómo abrir el tráfico del portal.

-¿Quieres decir, para que los muertos regresen?

-Bueno, es una manera de decirlo. Mas bien sirve para que tu y yo estemos teniendo esta charla.

-¿Lo he abierto? ¿Yo he abierto el portal?

-Tu has sido capaz de llegar hasta la antesala, tu solita. Y sin el libro.

-No entiendo nada.

-Para entenderlo completamente hay que engrandecer mucho el alma. Y para conseguir abrirlo hay que ser capaz de no buscar ni tu propia inmortalidad ni la de otros. Tu no buscabas eso. Nunca lo has hecho. Como mi madre. Por eso abandonó la alquimia y pasó a las pociones espagiritas.

-¿Por eso es un conocimiento que debe permanecer secreto?

-Restringido, que no es lo mismo que secreto. Solo el que tiene el alma y el corazón preparados es capaz de abrir el portal. Para eso dispone de las instrucciones que tradicionalmente han estado junto al mismo, pero hay que tener el alma dispuesta para entenderlas.

-¿Quieres decir que el libro está aquí?

-Justo sobre el techo de la parte superior del reloj, en la bóveda circular.

-Y si sabías todo esto. ¿Por qué...?

-No lo sabía, Almudena. Tampoco lo sabía tu abuelo. Es mas, no lo sabe. El custodia que no destruyan el lugar, que es lo que han pretendido los Venecianos a lo largo de los siglos. Siempre lo han considerado un saber demasiado peligroso.

-Entonces...

-Se que has dudado de él.

Me sentí avergonzada. Bajé la cabeza como si tuviera seis años y acabara de echarme una reprimenda.

-Es el momento de regresar, Almudena. Pero antes, quiero que sepas que aunque esté en otra dimensión, no permanezco ajena a vosotros. No os he dejado, aunque no me veáis ni me escuchéis.

-Pero si estoy dentro del portal… – Me aventuré a insinuar.

-Estás en el portal, pero no lo has traspasado. No es tu tiempo de traspasarlo. Beatriz te guiará de vuelta. Ella siempre está al tanto.

Y sin decir mas, se desvaneció y me quedé sola con aquella mujer que vivió muchos siglos antes que yo.

-Ven…

-¿Quién eres? Quiero decir…

-Te entiendo. Soy tu Protector.

-¿Protector?

-Llámame Ángel de la Guarda, si quieres.

¿Ángel de la Guarda? Pero… ¡Te he visto viva!

-He vivido. En el siglo XIV.

-¿Eres una de mis antepasadas?

-Déjalo en una tía muy lejana.

-¿Por qué…?

-Ya lo dice la Biblia. En el cielo hay muchas estancias. En realidad, se trata de estados. Y yo he elegido el estado de Protector de un alma en su tránsito en el mundo de los vivos. Un alma especial.

-¿Especial? Yo no soy especial.

-Eres especial para mi.

Abrí la boca para preguntar, pero no pude hacerlo. Delante de mi, inerte, estaba mi cuerpo.

-Regresa. Sigue el sendero de plata y regresa.

-Pero…

-No tengas miedo. El sendero de plata solo desaparece cuando uno muere.- Y ante mi se abrió una senda luminosa que me conducía también a mi, en mi versión corporal y terrena. Le hice caso y avancé hasta situarme junto a mi cuerpo. Iba a preguntar cómo hacer para retornar, pero no hizo falta. Me sentí sumergir dentro de mi, como si me lanzara de un salto dentro de una piscina.