Saludos estimados lectores~
Paso a dejar el siguiente capítulo owo vamos a conocer más al legendario Rayquaza y a conseguir muchas respuestas~ espero no se sorprendan demasiado (?). Seguimos avanzando hacia el final de la historia. ¡Muchas gracias a las personas que me han dejado sus reviews! De verdad los aprecio C:
Capítulo 21
En cuanto el barco desapareció completamente de vista, el cielo empezó a despejarse y los rayos de sol cayeron suavemente sobre el pequeño montículo de tierra y los tres pokemon que quedaron allí. Kyogre y Groudon se quedaron estáticos en su sitio, tan asombrados que durante largos minutos no pudieron salir de su sorpresa. No había sido solo aquella magnifica demostración de poder: el tercero de ellos y su hermano más sabio había descendido desde los cielos, casi como si hubiera estado observando lo que ocurría desde lo alto y cansado, hubiera decidido intervenir.
El recién aparecido se quedó con la mirada fija en la lejanía, cerciorándose de que los humanos no intentarían regresar. Cuando estuvo conforme, asintió con la cabeza:
— ¡Bueno, parece que eso ha salido bien~!—soltó, con un aire animoso y jovial.
Se dio la vuelta y contempló a sus dos hermanos, sonriente y con un gesto amable en su rostro alargado. Groudon hubiera jurado que ese no era el pokemon que había apagado el cielo hacía solo unos segundos, pero Kyogre pensó enteramente lo contrario.
— ¡Rayquaza! —exclamó, lleno de felicidad y dejando el lado de Groudon para reunirse con el dragón.
El aludido se acercó flotando sobre el mar y abrazó la gran cabeza blanca y azul de su pequeño y querido compañero. Kyogre sabía que contaba con el afecto del mayor y por eso no se contenía de buscarlo o expresárselo. Era exactamente como en los viejos tiempos, aunque Groudon no tenía la menor constancia de ello. Se acercó lentamente, todavía confundido por todo lo que había ocurrido.
—Saludos, Groudon—dijo el dragón esmeralda, levantando su mano y sonriendo.
Sabía perfectamente que el pokemon de tierra no era afectuoso como el de agua, así que se limitó a saludarle con aquel simple gesto. Groudon levantó su mano de manera mecánica y se quedó allí parado. Observó a los otros dos darse obvias expresiones de afecto fraternal, especialmente después de tantos milenios distanciados, pero a él le incomodó ver a Kyogre tan a gusto en brazos del otro, por lo que bufó y empezó rápidamente a disparar sus preguntas.
— ¿Qué ha sido todo esto?—quiso saber, deteniendo el número meloso de los otros dos.
Los pokemon se separaron, pero Rayquaza no dejaba de sonreír. Tenía el mismo aire amable, sereno y la mirada inteligente que los otros dos recordaran desde siempre. Flotó sobre el mar y se quedó justo entre Kyogre y Groudon.
— ¿Cómo que qué ha sido?—repitió el hermano de en medio, fingiéndose sorprendido—he venido a salvarlos, por supuesto.
— ¿Sabías que estábamos aquí?—preguntó Groudon, extrañado y frunciendo el ceño.
—Naturalmente~ Después del creador, Rayquaza lo sabe todo—dijo, cerrando un ojo y levantando su dedo al cielo—. ¿No lo sabes?
El pokemon rojo apretó los labios y cerró los puños, en un obvio gesto fastidiado. El otro rió levemente.
—Sigue siendo tan fácil hacerte enojar ahora como lo era hace millones de años, mi estimado hermano. Y sigues siendo tan ingrato como siempre—dijo, mirándole de reojo sin dejar de sonreír.
—"Gracias"—soltó el aludido, enseñando los dientes.
Rayquaza rió abiertamente, pues sabía que el mayor reaccionaría exactamente de aquella forma. Kyogre sonrió lleno de felicidad al escuchar de nuevo esa risa tan agradable y que le traía tan buenos recuerdos.
— ¿Hace cuánto estás despierto?—preguntó el menor.
— ¡Ahh~! Desde hace mucho tiempo, mi querido Kyogre—respondió el pokemon, moviendo un poco su alargado cuerpo—. Presentí el día en que despertarían, por lo que interrumpí mi agradable sueño para echarles un ojo a ustedes. Ya saben que no pueden estarse mucho tiempo sin empezar a discutir. Además, aproveché para inspeccionar cómo estaban las cosas hoy en día en la tierra.
—Es un fiasco—dijo Groudon.
— ¡Lo es!—dijo el pokemon, divertido—Y pensar que hace millones de años me hice un hogar en el cielo para estar lo más lejos posible de las garras ambiciosas de los humanos…
— ¿E-ellos han llegado hasta el cielo?—exclamó el pokemon rojo, preguntando por Kyogre también, quien se había quedado mudo de la sorpresa.
— ¡Y más allá del cielo~!—soltó Rayquaza sin perder su buen talante—El creador ciertamente los dotó de la inteligencia más impresionante que yo haya visto, pero desgraciadamente no los dotó de suficiente sabiduría—dijo, tocándose la sien—. Aunque sospecho que lo hizo por una muy buena razón.
— ¿"Buena razón"?—repitió el pokemon de tierra, levantando un poco la voz— ¿Qué buena razón pudo tener el creador para darles a esas criaturas despreciables tanta inteligencia y poca sabiduría? ¡Son crueles y ambiciosas!
—Groudon, cálmate…—pidió Kyogre abajo.
Pero Rayquaza no se amedrentó ni perdió su gesto apacible. Jamás lo había hecho ante nadie, ni siquiera ante las rabietas más peligrosas de su hermano mayor.
— ¿Cuestionas los motivos del creador, Groudon?—preguntó, ensanchando su sonrisa.
El aludido dio un leve respingo. Luego volvió la cabeza, masculló algo entre dientes y se quedó callado. Rayquaza asintió:
—Sí, eso pensé.
Se hizo un breve silencio, apenas interrumpido por el sonido de las olas a lo lejos. El dragón esmeralda volvió a hablar entonces:
—Ciertamente estoy feliz de volver a veros, mis amados hermanos—dijo, sonriendo anchamente—, especialmente de ver que han aprendido a llevarse tan bien~
Dijo lo último de manera particular, llamando la atención de los otros dos, quienes se ruborizaron en el acto. Miles de preguntas pasaron por la cabeza de Groudon, pero Kyogre prefirió salirse del tema rápidamente.
—También estamos felices de verte de nuevo, Rayquaza. Yo al menos te he echado mucho de menos.
— ¿Y tú, Groudon?—preguntó el dragón, con un gesto que decía que esperaba una afirmativa.
—…también…—soltó el otro sin más.
Rayquaza volvió a asentir con la cabeza, feliz de escuchar lo que quería escuchar. Si algo tenía de particular ese pokemon era que siempre conseguía lo que quería y de quien quería. Se paseó levemente por la superficie del agua y cambió de posición.
— ¡Bueno~! Imagino que tendrán muchas preguntas—dijo, abriendo los brazos y listo para empezar a responder todas las dudas de los otros.
Groudon abrió la boca para empezar, pero al instante se acalló porque se dio cuenta de que tenía tantas preguntas dando vueltas en su cabeza que no sabía por dónde empezar. Kyogre por otro lado, bajó la mirada y su semblante se puso triste al recordar tantas cosas. Rayquaza le observó detenidamente, a sabiendas de lo que pasaba con el pokemon más joven.
— ¿Kyogre?—le llamó, consiguiendo la atención del otro.
El pokemon azul se mostró bastante indeciso de empezar a preguntar. El tema le costaba mucho y por un instante al volver a ver a su hermano se olvidó por entero de ello. Pero ahora que el dragón le ofrecía responder a sus dudas, no estaba seguro de si quería saber o no.
—Todo eso que dijo Kyogre—empezó Groudon repentinamente y sorprendiendo a los otros dos—, eso de que él y yo nos odiábamos y casi nos destruimos y también a la tierra, es mentira, ¿no es así?
El dragón esmeralda perdió ligeramente su aire jovial, pero la sonrisa se quedó en su rostro, un tanto decaído por el asunto. Enroscó medio cuerpo como hacían las Ekans y se quedó flotando sobre el agua, mientras buscaba la mejor forma de empezar a explicar a aquello. Inspiró profundamente y luego respondió:
—Es la verdad. Temo que el pasado del que Kyogre te ha hablado es cierto, mi estimado Groudon, pero tú no lo recuerdas.
El pokemon rojo se quedó mudo al escucharle. Sus ojos amarillos se quedaron fijos en el dragón frente a él, negándose de nuevo a creer que aquello fuera verdad. Kyogre por su lado, bajó la cabeza lamentando que Rayquaza confirmara lo que él creía, y sintiéndose dolido ante la dura realidad.
—No es posible…—murmuró Groudon, cuando consiguió articular algo.
—Lamentablemente lo es.
— ¿Cómo puedes asegurarlo?—quiso saber el mayor.
—Porque yo también lo recuerdo. Después de todo, yo estuve allí cuando ustedes pelearon, y fui yo quien intervino en la pelea de ustedes.
— ¿Por qué yo soy el único que no lo recuerda entonces?—rugió el pokemon de tierra, enfureciendo y cerrando sus puños.
Rayquaza comprendía que estuviera molesto. Se quedó con sus ojos fijos en él un momento, apaciguando a su hermano solo con la mirada. Cuando Groudon se enfrió un poco, siguió explicando:
—Verás…después de que los tres acabáramos nuestro trabajo levantando los cimientos de este planeta para que sustentara vida, nos separamos después de pasar una breve temporada juntos. Yo fui al cielo, Kyogre al océano, y tú a lo más lejano de las montañas. El creador y su hijo predilecto continuaron sus labores y trajeron a muchas otras especies. Tú y yo también creamos algunas, Groudon, ¿lo recuerdas?
—El trío de las nubes.
—Así es. Ellos nos fueron de mucha ayuda durante aquel tiempo. Pero después de que los humanos fueran traídos y la creación llegara a su fin, terribles cosas comenzaron a suceder. Cosas de las que ustedes no se enteraron, pues estaban muy apartados en las montañas y en los mares.
— ¿Qué ocurrió?—preguntó Kyogre abajo.
El pokemon dragón cerró los ojos rememorando aquel tiempo tan catastrófico que azotó a la tierra. Recordaba cada uno de esos hechos como si los hubiera vivido el día anterior.
—Un tiempo de oscuridad terrible golpeó a este planeta. Una criatura voló por sobre toda la superficie, y cubrió a la tierra por entero en sombras que trajeron odio, guerras, destrucción y dolor; mucho dolor. Dolor como no se ha vuelto a ver desde entonces, por suerte, y que espero no se vuelva a repetir.
— ¿Quién…?—soltó Groudon.
—Se hacía llamar Yveltal, y decía no pertenecer a los hijos del creador. Decía que él tenía a su propio "creador". Escapó de mis manos y de las de otros una y otra vez, por lo que no pude saber mucho más de él. Lo que sí puedo asegurarles es que fue por causa suya que las guerras se desataron en este mundo, en cada rincón del globo.
Rayquaza entrecerró los ojos y por un momento dejó de sonreír. Vio imágenes en su cabeza del pasado catastrófico que había presenciado, y una parte de él agradeció que sus hermanos no vivieran por entero todo lo que él había pasado.
—Debido al temor y a la desesperación que la aparición de Yveltal había causado, los humanos salieron a cazarnos a todos; a los hijos del creador.
— ¡Fue por culpa de ellos que…!
—No, hermano mío—dijo el dragón, cerrando los ojos—. No puedes culpar indiscriminadamente a los seres humanos por ser lo que son: criaturas frágiles, llenas de sentimientos y demasiado jóvenes. No pueden dar uso correcto a todas las maravillosas facultades que el creador les ha dado, y por lo general yerran en sus decisiones. Son tan conscientes de su inmensa debilidad en este vasto universo, que siempre están buscando protección en otros. Fue por ello que veneraron a muchos de nosotros buscando su ayuda, y decidieron intentar obtener poder sobre otros. Su deseo de vivir es todavía más grande que cualquier otra fuerza que haya entre los mortales, y es eso lo que los mueve al bien o al mal. Fue esta búsqueda de poder y protección lo que provocó la ira de ustedes y acabó volviéndolos enemigos—sentenció el pokemon con pesar—. Pero no fue un impulso simplemente nacido del corazón humano. Fue el temor que la muerte les produjo: temor que Yveltal trajo con su vuelo de terror.
Los dos pokemon escucharon sin poder imaginar aquella era tan oscura por la que su mundo había pasado. Ellos estuvieron casi enteramente ausentes durante la venida de este peligroso pokemon, y solo reaparecieron para agravar las cosas. Ambos desviaron la mirada hacia el suelo, sintiendo lo mismo.
—Cuando la ira de ustedes comenzó a destruir el planeta, yo me encontraba descansando de uno de mis encuentros con esta criatura. Al despertar y ver lo que estaba ocurriendo me sentí profundamente dolido de verlos así, por lo que no pude quedarme de brazos cruzados y fue que actué.
— ¿Qué hiciste?—preguntó Kyogre, expectante.
—Los hice dormir—respondió el mayor, sonriendo levemente—. No tenía intenciones de enfrentarme a ustedes y seguir causando más caos, así que los hice dormir profundamente y esperé a que a su despertar, ambos pudieran aprender a llevarse mejor…cosa que por suerte ocurrió~
Este último comentario volvió a sonrojar a los dos pokemon. Kyogre sacudió la cabeza para librarse del presentimiento de que Rayquaza parecía saber todavía más de lo que decía.
—Pero…no lo entiendo. ¿Si solo nos hiciste dormir…?
—No solo los hice dormir, mi querido hermano azul—respondió Rayquaza—. Temía que si recordaban los sucesos ocurridos al momento de despertar comenzarían una segunda pelea: después de todo, tú eres muy obstinado en el fondo, mi pequeño Kyogre, y Groudon es la cosa más orgullosa que se mueve sobre este planeta.
El pokemon rojo abrió la boca para rebatir, pero se tragó sus palabras y volvió la cabeza.
—Lo que hice entonces—siguió explicando el dragón—fue quitar de sus memorias todo recuerdo de la terrible pelea que habían tenido. Separé esos recuerdos de sus mentes y de sus cuerpos, y los arrojé muy lejos para que nunca volvieran a cruzarse con ellos. Después de eso, los tres debimos descansar. Desgraciadamente las cosas se han torcido de cómo yo las esperaba.
Un prolongado silencio siguió a las palabras de Rayquaza. Kyogre podía recordar muchos de estos sucesos ahora que tenía de vuelta esos recuerdos. Groudon por el contrario, solo tenía un gran vacío en su mente, muchas dudas y frustración.
— ¿Por qué no desapareciste nuestros recuerdos esa vez?—preguntó Kyogre, mirando de nuevo al mayor. Su voz estaba cargada de tristeza y ansiedad, y los dos pokemon que estaban allí pudieron notarlo.
Rayquaza le observó con pesar en la mirada. Luego inspiró profundamente, omitió por un momento la pregunta de Kyogre y se volvió a ver al pokemon rojo.
—Groudon—dijo, llamando su atención—, cuando un bosque se incendia, ¿sus hojas y sus flores desaparecen?
El otro se extrañó de la pregunta, pero respondió igualmente:
—No. Se convierten en cenizas.
El pokemon dragón se volvió a ver ahora a Kyogre y le preguntó a su vez:
—Si un día hace demasiado calor, ¿las aguas contenidas desaparecen?
—No—respondió el pez, dilucidándolo—, se evaporan…
Rayquaza asintió lentamente y entonces respondió a la pregunta que el más joven le había hecho.
—Todas las cosas en este vasto universo, aún las más pequeñas, o aquellas que son intangibles: todas tienen un lugar en este mundo. Nada fue creado sin un propósito. Nada puede desaparecer enteramente si ya ha sido creado. Todo pasa por un proceso, se transforma y vuelve a unirse a un entero. A un todo. Así como los animales comen, beben, y respiran, al final mueren y regresan a la tierra. Alimentan el suelo, a las plantas. Las plantas purifican el aire que ha sido utilizado y ese aire transporta el agua de regreso al cielo. Los pensamientos y los sentimientos pueden olvidarse, pero siguen estando allí: en el fondo de la memoria y en lo más profundo del corazón. No pueden desvanecerse en la nada, pues ya se les ha dado su lugar en este universo. Cada uno les confiere su espacio dentro de sí mismos. Tienen su propia existencia. Ni siquiera el espíritu mismo de la vida desaparece con la muerte. Solo regresa al lugar donde fue creado—el pokemon mayor se quedó viendo a Kyogre mientras decía—. Los recuerdos suyos no podían simplemente desaparecer. Fue por eso que los convertí en aquellas esferas y los oculté, con la esperanza de que en lo profundo de la tierra nunca pudieras alcanzarlos, así como en el fondo del mar Groudon nunca encontraría los suyos.
—Los humanos…—soltó el pokemon azul con amargura—ellos consiguieron…devolverme esos recuerdos…
—Lo sé—dijo su hermano con tristeza en la voz—, y lo lamento mucho. Nunca hubiera querido que eso pasara.
Los dos pokemon que escuchaban bajaron la mirada, entendiendo, pero no sintiéndose mejor por ello, aunque no era lo que Rayquaza había intentado tampoco. Solo estaba allí para ayudarlos a responder sus dudas.
—Hazme olvidar de nuevo entonces—pidió Kyogre, volviendo a mirarlo con determinación en sus ojos—, como esa vez hace miles de años, quítame estos recuerdos tan oscuros que tengo de nuestro pasado.
El aludido cerró los ojos con tristeza y luego se quedó viendo fijamente a ese que tan desesperadamente le pedía ayuda, y que sin embargo él no podía darle.
—Yo no puedo hacer eso.
— ¿Por qué no?—exigió saber Groudon, enfadándose—Si lo hiciste una vez…
—Es cierto que lo hice una vez, hace millones de años—respondió Rayquaza apaciblemente—, pero no lo hice por mis propios medios.
— ¿Qué? ¿Cómo…?
—En aquella ocasión yo pedí ayuda al creador para detener aquella situación tan oscura y dolorosa en la que estaban envueltos. Él me dio el poder para obrar, pero no era poder mío. Yo solo fui su intermediario.
—Entonces—dijo Kyogre, abrigando una leve esperanza—pídele ese poder de nuevo, Rayquaza, ¡por favor!
—Perdóname—pidió el pokemon verde, bajando un poco la cabeza—: tú y Groudon son los seres más importantes para mí y haría lo que fuera por ayudarlos…pero temo que eso que me pides es imposible.
— ¿Por qué?—rugió Groudon, exasperado de que todas las posibilidades les fueran cerradas.
Rayquaza levantó la cabeza y observó a lo alto de aquel cielo que se abría sobre ellos, con las luces de la mañana titilando a lo lejos.
—Ni aunque buscara detrás de la última estrella más lejana de este universo podría encontrar al creador. Ha ido allá, a un lugar tan apartado y distante, que ya nadie más puede acercársele, ni aun yo. Por un lado ha hecho bien, pues temo que la ambición de los humanos no tiene barreras, y tarde o temprano intentarían llegar a él para tener su inmenso poder, pero esto a su vez nos ha perjudicado a nosotros, quedando por entero abandonados de su protección.
El pokemon de tierra soltó un gruñido y se volvió bruscamente. Estaba enfurecido, impotente y dolido a la vez de que no pudiera hacerse nada por ayudar a Kyogre. Tantos esfuerzos habían resultado en vano y eso no podía sentarle peor. El pokemon azul a un lado dejó su mirada vacía caer sobre la arena, mientras tragaba aquella amarga sensación y los recuerdos ensombrecían su semblante. Rayquaza estaba tan afectado como ellos: eran sus amados hermanos y no podía ayudarles de ninguna forma. El dolor de ellos entraba en él y obnubilaba cualquier posibilidad de mejorar la situación. Sabía que como parte de esos dos pokemon debía al menos compartir y soportar aquella desolación, pero él no era del todo entregado a los sentimentalismos: era un ser que buscaba la sabiduría y la paz de manera innata.
Aguardó un largo momento sin que ninguno de los dos pokemon dijera nada. Rayquaza sabía que necesitaban tiempo para digerir todo esto y pensar, tanto como él. Si tenían algo más que preguntar sería después, cuando pudieran aclarar un poco las cosas, hablaran y se apaciguaran. Decidió entonces que era hora de marcharse para darles ese tiempo.
—Discúlpenme por ahora, por favor—pidió, estirando su largo cuerpo—, pero debo retirarme a pensar. Les pido que me llamen de inmediato si me necesitan—dijo, sonriendo levemente—, prometo que estaré aquí cuanto antes.
Y diciendo esto, el pokemon dragón levantó el vuelo con su largo cuerpo ondulando por el cielo.
Groudon le observó marchar y desaparecer arriba, entre las pálidas nubes que terminaban de retirarse. Se preguntó a donde iría Rayquaza exactamente. Kyogre sin embargo, ni siquiera levantó la cabeza. Se quedó sumido en silencio un largo momento, hasta que finalmente se volvió de una vez y se sumergió para irse de allí. Necesitaba estar solo para intentar librarse de esos sentimientos tan terribles que le inundaban, pero no alcanzó si quiera a hundirse completamente cuando el otro le sostuvo por la cola y detuvo su nado.
El pokemon azul volvió la cabeza, molesto por el gesto del mayor. Groudon le sostuvo con firmeza y el ceño fruncido.
— ¿Qué haces?—demandó saber el más joven.
— ¿A dónde crees que vas?
—Quiero estar solo.
—No creas que estando solo y dejándome solo vas a solucionar nada.
— ¡Tú no lo entiendes!—rugió el pez, tirando para intentar zafarse— ¡No entiendes lo que siento porque no lo recuerdas! ¡No recuerdas nada del pasado!
— ¡Y qué!—rugió el enorme pokemon, tirando del otro por la cola para acercarlo y sacarlo a la fuerza del agua. Lo sostuvo por una de sus aletas y lo volvió para verlo cara a cara. Sostuvo su gran cabeza con ambas manos y lo levantó un poco para tenerlo cerca—Dime, ¿tú a qué le estás dando más importancia? ¿Al pasado, o a lo que estamos viviendo ahora?
Kyogre se sorprendió de la pregunta. Al principio no pudo decir nada y solo bajó un poco los ojos. Groudon lo observó fijamente esperando su respuesta.
—Es que yo…—soltó el menor, tratando de vencer los sentimientos de tristeza—nunca hubiera querido…saber todas estas cosas que sé ahora. Nunca hubiera querido saber…que alguna vez te odié y tú a mí.
—Lo sé; créeme que lo sé. Pero ni aunque yo recordara cuánto te odié alguna vez o si intentamos matarnos el uno al otro…ahora no me importaría nada.
El otro se volvió a verlo sintiendo sus ojos humedecerse y tratando de controlar las lágrimas que querían venir.
— ¿Por qué?—quiso saber.
Groudon abrió la boca para responder, pero al instante se contuvo. No tenía idea de cómo responder con las palabras exactas, pero dentro de él estaba completamente convencido de lo que decía y de lo que sentía. Se trabó un poco tratando de explicarse; al final solo soltó un gruñido y volvió a mirar al menor.
—Porque lo de ahora…esto entre tú y yo, ahora, es lo que me importa de verdad. Quiero que te quedes conmigo, no que te vayas por ahí y me dejes. Nunca he querido que me dejes.
Kyogre contuvo un gemido. Cerró con fuerza los ojos y la boca, se dio un impulso y con su gran cuerpo aplastó el del otro contra la arena. Se quedó largamente sollozando sobre él. Groudon no se movió ni dijo nada, solo lo contuvo entre sus brazos y dejó que el otro llorara por los dos.
Tal y como Kyogre estaba triste también el cielo se entristeció, y dentro de poco la lluvia comenzó a caer.
Continuará...
Lady Beelze: ¿Alguien notó que Rayquaza shippea a esos dos?
