Harriet se había dormido al fin, tras devorar aquel triste cadáver de conejo. ¡Qué voracidad! No había dejado más que los huesos, que había dicho que guardaría para un caldo. Draco se estremeció ante la perspectiva: si resultaba igual de desastroso que el anterior intento, iba a tener la cueva oliendo a verdura socarrada durante días…

La miró, preguntándose muy seriamente por qué no la devoraba y se ahorraba mayores penurias. Le devoraba. Eso. No era muy lógico que fuese Draco quien tenía una crisis sexual en lugar de la princesa, teniendo en cuenta que ella era quien era un él. Frunció el ceño. Aquella situación se le había ido de las zarpas hacía demasiado. De hecho, desde el momento preciso en que la joven… EL joven. Eso. Desde que le había despreciado en el balcón, por culpa de aquel caballero pulgoso, pobretón y con cara de memo. El dragón gruñó. Como buen demonio, era orgulloso ante todo.

Se rascó indolentemente una de las aletas que componían la corona de su cabeza astada. Luego miró a aquella figura despatarrada en el suelo. Si la devoraba, era capaz de hacer como aquellos horribles héroes de cuento popular y abrirle el estómago desde dentro… Intentó contener el pánico. No es que eso le pudiese matar, pero a nadie le apetecía tener una úlcera del tamaño de un ser humano. ¡Qué cantidad de leche tendría que tomar para calmar los dolores…!

Pestañeó. Aquella línea de pensamiento resultaba cada vez menos coherente. Se inclinó sobre la mucha… muchacho. Y lo olfateó. Olía tan deliciosamente como recordaba. Le dio un lametón tentativo. Tal vez no pudiese comérselo, pero al menos podía probarlo… ¿no?

Harriet… Harold se removió en sueños y emitió un sonido muy quedo. Draco le miró, intrigado, y repitió el proceso, dejando a Ha... Harry cubierto de babas de arriba abajo, cual si fuese un sello. El durmiente volvió a emitir el mismo sonido, entre queja y… ¿qué?

Draco meditó. Aquel gemido le recordaba a algo, pero no sabía muy bien a qué. Pegó el morro a la figura de la no-princesa y la empujó suavemente con él. Harriet protestó y se dio media vuelta. El dragón probó la piel de su cuello con su larga lengua bífida. Esta vez el quejido fue bastante más audible. El aroma personal de la chic… del chico cambió sutilmente, volviéndose mucho más embriagador y denso. ¿A qué olía ahora…?

Draco se quedó con la lengua fuera y los ojos muy abiertos. Harriet olía a macho en celo.

El dragón soltó un alarido y salió volando de la caverna. ¡El mundo se estaba volviendo del revés!

Despertando sobresaltada, Harriet se levantó de un bote. Lucía una hermosa erección, que no le sorprendió demasiado debido a que, como buen adolescente, solía tener ese problema cada mañana. Las paredes aún retumbaban por el ruido. Miró a todos lados con sus ojos miopes, preguntándose qué rayos habría hecho gritar así al dragón. Luego se miró a sí misma.

Puaj. Estaba cubierta de una sustancia pegajosa. Arrugó la nariz. Luego, ella también salió de la caverna, en su caso en dirección al arroyo.

Una princesa, aunque estuviese vestida de pastor, debía tener un mínimo de apariencia y decoro.