Disclaimer: Nada es mío.

El regreso.

El ataque.

Cuando Harry entró en la sala común, dispuesto a cargarse al mundo, descubrió que todo eran sonrisas. Estaba cansado de siempre ser víctima, y por eso estaba más molesto consigo que con sus mayores.

Quizás debía dejar que otros se encargaran y relajarse un poco. Ya se lo había dicho alguien en alguna otra ocasión: Voldemort bien podía irse a destruir Londres, pero él seguía encerrado en Hogwarts y no le darían permiso especial para irse de chico malo.

Vale, quizás no se lo habían planteado así, pero para el fin práctico, daba igual.

La Orden estaba conformada por muchísimos aurors experimentados. No debía preocuparse. No debía preocuparse. No debía…Ginny y George bailaban exageradamente una canción muy movida. Divisó a Hermione charlando con Parvati y Lavender en un rincón. Bebían zumo de calabaza.

En el rincón opuesto, Ron relataba a quien quisiera escucharlo, su experiencia como Guardián del equipo.

Sonrió. Qué maravilla estar en casa de nuevo.

Angelina lo perdió en el abrazo más grande y aplastante que le habían dado nunca.

–Gracias –le susurró.

Harry sonrió. Por cosas como esa valía la pena despertarse temprano.

Se acomodó los lentes ni bien Angelina lo soltó, y vio que sus compañeros lo miraban.

– ¡Nos hiciste esperar, Harry! –le reprochó Fred.

–Hay que ser comprensibles, Fred; Harry solo quería que su entrada triunfal fuera…triunfal.

Harry se rió, avergonzado. Los gemelos estallaron en aplausos.

Ginny lo miró un momento, se rió, y comenzó a aplaudir también. La siguieron Neville, Hermione y Ron, todos en plan de broma, y acabaron aplaudiendo todos.

– ¡Por el héroe Harry Potter! –dijo Fred alzando su copa.

– ¡Por el Quidditch, que llena nuestras vidas de felicidad, aun cuando todo está oscuro y las penurias del alma no nos permiten sonreír! –exclamó Fred, dramatizando sobre el hombro de su gemelo – ¡Porque con Harry nos llevamos la copa! ¡Y porque Errol, nuestra lechuza, todavía vive! ¡Salud!

Una lechuza errante se abrió paso en la sala común. Todos brindaron.

La lechuza buscó a Hermione y se posó elegantemente sobre su regazo, extendiendo su pata. Hermione desató su edición de El Profeta y revolvió en sus bolsillos hasta dar con dos moneditas brillantes que depositó en una bolsita de cuero.

La lechuza, satisfecha, emprendió su vuelo una vez más. Hermione desplegó su diario.

– ¡Vamos, Hermione, no irás a leer eso ahora! –le reprochó Ron desde la otra punta de la sala.

Ella lo ignoró, porque estaba muy ocupada en la primera plana. Parvati ahogó una exclamación y Lavender se acercó más para leer por sobre el hombro de Hermione.

Las tres intercambiaron miradas y le pasaron el diario a Dean Thomas, que las miraba con curiosidad. Ron se acercó a leer y su expresión burlona se desvaneció en un juramento.

– ¿Qué sucede? –le preguntó Harry a Hermione.

–Una localidad muggle ha desaparecido entera y un puente urbano se ha derrumbado –respondió Hermione apretando los puños. Se la veía afligida. – ¡Todos sabemos qué fue lo que sucedió en ambas circunstancias! Pero como los mortifagos fueron cuidadosos, el Ministerio dice que hubo una explosión causada por una fábrica de productos químicos y que el puente era antiguo y se derrumbó gracias a un fenómeno natural.

Harry se quedó quieto en su sitio.

Él lo sabía. Él sabía que iba a pasar. Había visto que iba a suceder y no hizo nada. ¡Ellos no hicieron nada!

Le quitó el periódico a Ron y abandonó la Sala Común hecho una furia. El camino hacia el despacho de Sirius nunca le había parecido tan largo, ni tampoco lo había hecho nunca tan rápido.

Recitó la contraseña con un deje de impaciencia mal disimulado y se adentró en la habitación.

– ¿Vieron esto? –preguntó sin fijarse si estaban o no, blandiendo el periódico.

Ambos estaban serios y parecían haber sido interrumpidos en una conversación importante. Harry arrojó el diario con precisión frente a su padre.

–Y yo se los dije…Yo sabía que iba a suceder. –les dijo, enfadado. – ¡Había mugg…había personas ahí! Respiraban y tenían casas, departamentos y mascotas. Tenían parejas, hijos y padres. Y vidas. Estudiaban o trabajaban y algunos eran infelices. Tenían autos y planeaban viajar. Algunos se encontraban en el parque, otros se sonreían en las escalinatas de las casas. Respiraban.

Sirius y James lo miraban abatidos.

–Y ahora no queda nada. –acabó Harry.

Estaba enojado, pero no quería discusiones o duelos. No necesitaba seguir desquitándose. Necesitaba que alguien tomara el control, que alguien le dijera todo va a estar bien, y que fuera verdad.

Esa mañana se despertó pensando en que se estaba olvidando de algo importante, y estuvo un buen rato dándole vueltas al asunto, hasta que Ron insistió en bajar a desayunar y Hermione les recordó de la visita programada a Hogsmeade, de la que Ron no se había cansado de hablar durante dos semanas.

Ginny los alcanzó a las salidas del castillo, casi cuando estaban por subir al carruaje. Venía acompañado de Luna y Neville y se las apañaron de cualquier forma para poder subir todo en el carruaje.

Las expectativas de la salida eran muy altas, porque no habían tenido una salida al pueblo desde antes de que se fundara el ED; y el viaje fue, lejos, el mejor, porque Luna y Neville se la pasaron riéndose y hablando sobre las plumas de pavorreal y contando curiosidades; y en general había un humor excelente que daba lugar a las bromas y a las risas.

Hermione desapareció en cuanto pudo, acompañada de Neville, porque necesitaba con urgencia, comprar pergamino y tinta.

Ron se alejó caminando atrás, tras ambos y Luna dijo algo que Harry no entendió, y se marchó saltando hacia un escaparate brillante.

Ambos se miraron durante un momento, como si fueran esos dos chicos que se gustan y a los que han dejado solos a propósito para que se animen a hablar. Luego se rieron juntos, se tomaron de la mano y echaron a andar, sin saber a dónde iban y sin preguntarse tampoco.

Anduvieron un rato, mirando lechuzas, paseando y hablando de nimiedades a diestra y siniestra. Harry le regaló dos ranas de chocolate a su novia y ella le regaló el cromo. Albus Dumbledore le guiñó un ojo como si todavía estuviera muy cómodo en su despacho, nadando en mares de caramelos de limón.

Se distrajo un momento y como la última vez, Dumbledore había desaparecido.

Ginny le tironeó de la mano para que la acompañara a mirar túnicas que no pensaba comprarse ni aunque Harry le ofreciera regalárselas (y le molestaba especialmente que él siempre estuviera ofreciéndose a regalarle cualquier cosa, porque según decía, eso era una tendencia a marcar la diferencia social-económica; cuando en realidad, la intención de Harry era complacerla). Luego pasaron a comprar una pluma nueva para Ginny y unos rollos de pergamino para Harry y acabaron encontrándose de nuevo con los demás en Las Tres Escobas, que estaba llenísimo –como generalmente– y les costó encontrarlos entre tanta gente.

Tomaron uno de los últimos carruajes para regresar al castillo, y si no fuera porque Neville estuvo atento a la hora, quizás se hubieran quedado toda la noche en Hogsmeade riéndose y debatiendo.

Esa noche no cenaron, y Harry utilizó el tiempo que hubiera pasado cenando, para visitar a su padre.

Él estaba buscando alguna prenda perdida en un estante alto cuando Harry irrumpió en la habitación. Una edición vieja de El Profeta se mostraba muy orgullosa y un poco arrugada, sobre la cama, abierta en la sección del crucigrama.

–A Canuto siempre le han gustado esas cosas… –comentó James, poniendo los ojos en blanco.

–Sí, sabía algo de eso –respondió Harry, todavía mirando el diario. El crucigrama estaba incompleto.

James desistió de lo que estaba haciendo y volvió toda su atención a su hijo.

Hablaron un buen rato, Harry le contó sobre Hogsmeade y James lo interrumpió unas cuantas veces para hacer algunas bromas.

Se acostó con esa sensación de que fue un día largo y agotador, pero con esa tranquilidad tonta y esa satisfacción en las manos que hacía mucho tiempo que no sentía.

Cuando se durmió, con los doseles de la cama de cualquier manera, todavía podía oía a Seamus y a Ron hablando sobre Quidditch.

Soñó con humo, con explosiones, con risas frías y gente de capucha.

Despertó sobresaltado por una explosión. Las paredes temblaron, y cuando alguien prendió la luz, pudo ver a Neville sentado en su cama, así como estaba él mismo, también turbado.

Se puso los lentes y en el tiempo que tardó en colocárselos correctamente, recordó, como si se tratase de una película que hubiera visto hacía unas cuantas semanas, el sueño que había tenido la noche anterior. Era lo mismo, pero ahora que el castillo volvía a estremecerse, él sabía que estaba ocurriendo de verdad.

–Atacan el castillo –dijo Harry, alto y claro.

Listo.

Solo nos quedan dos o tres capítulos más :)

Un beso y recuerden que Sirius y James aman a las chicas que dejan reviews.