¡Hola!
Primero que nada perdón por tardar en subir la continuación.
Aviso de que este capítulo puede ser un poco raro pero aún así espero que os guste
Capítulo 21: Ansias de libertad
Una niña corría por la calles de la aldea, su cabello morado recogido en una coleta alta ondeaba con violencia a consecuencia de la velocidad a la que se movía. Sus ojos negros como el carbón, tan ardientes como el mismo cuando se encontraba encendido se fijaban en el horizonte. Se movía todo lo rápido que podía, intentando escapar aunque sabía que eso era inútil, no tenía escapatoria, ella estaba encerrada en una cárcel de la que sabía que no podía huir. Uno de sus perseguidores se posó frente a ella haciendo que detuviese su huida de forma abrupta. Pronto sintió que le colocaban unos opresores de chacra en las muñecas. Soltó una maldición.
—Te llevaremos con el Hokage.
Ella no respondió ante las palabras utilizadas por el jounin, mantuvo la cabeza alta, orgullosa de ser quien era. Y así, con el rostro frío, los ojos más llameantes que nunca y un porte erguido desapareció en una nube de humo junto con uno de los jounins. La calle en la que momentos antes había sucedido la persecución se llenó de murmullos, si bien eso no era algo raro de ver siempre causaba gran conmoción en la aldea. Muchos se quejaban de que eso antes no pasaba, que era una locura que unos jounins tratasen así a una simple chiquilla. Pero nadie osaba levantar la voz por miedo a las consecuencias.
Naruto se encontraba en su despacho, se había levantado de su asiento y observaba su amada aldea. Su pelo estaba más largo que nunca, su barba de una semana le daba un aspecto descuidado. Y sus ojos antes brillantes y alegres ahora sólo mostraban el vacío que albergaba su alma. El Uzumaki Naruto que fue años atrás se había esfumado, dejando un hombre amargado. Un Hokage que en vez de ser amado era temido por muchos o mejor dicho, por muchas. Las kunoichis le tenían verdadero terror y es que después de la huida de su esposa y otras mujeres el hombre se había vuelto duro, sobre todo con ellas. Más de una había dejado de ser ninja por el simple hecho de no soportar más sus estúpidas reglas. Pero entre todas esas mujeres había una que causaba más problemas que nadie y eso que simplemente era una chiquilla, ni siquiera era genin todavía. El humo se hizo presente en la habitación, se giró despacio y contempló una escena que ya era practicamente rutinaria en su vida. Sus ojos apagados se encontraron con unos negros llameantes que le miraban con ira.
—¿Qué ha hecho esta vez? — su tono de voz no mostraba sentimiento alguno.
—Ha atacado a tres chunins con técnicas de fuego, hiriendo de gravedad a dos de ellos y produciendo quemaduras leves en el tercero — informó el jounin, el mismo que se había interpuesto en el camino de la joven instantes antes.
El Hokage bufó, no era la primera vez que esa cría hería a unos shinobis. A veces no sabía si castigarla a ella o a los otros. ¿Cómo podían unos chunins dejarse herir por una cría que aún estaba en la academia? ¿Cómo podía esa misma ninja ser tan difícil de atrapar que tenía que mandar a algunos de sus mejores jounins a por ella? Volvió a suspirar malditos genios Uchiha. Le hizo un gesto al jounin, este lo entendió y tal como había aparecido se marchó. De este modo quedaron ellos dos solos, como tantas otras veces. Sus ojos chocaron, los de él vacios, los de ella furioso, y pensar que no hacía mucho tiempo esa niña le miraba con cariño y respeto. ¿Cómo demonios había acabado la heredera de los Uchiha siendo uno de sus mayores problemas? Se sentó en su silla y la examinó, Tsuki había crecido mucho, ya era tan alta como su tío cuando tenía su misma edad, sus facciones comenzaban a ser más maduras, su blanquecina piel resaltaba sus ojos que cada día eran más profundos. Sí, ella ya no era la chiquilla de ocho años que lo miraba con admiración, ahora era una preadolescente que le odiaba con toda su alma.
—¿Por qué les atacastes?
—Dijeron que las mujeres eran débiles, yo les demostré lo equivocados que estaban— y ahí estaba la sonrisa arrogante que el rubio tanto detestaba.
—Sabes que si no fueras la sobrina de Sasuke tendrías que pasar unos días en el calabozo ¿cierto? — ella asintió con el ceño fruncido — Entonces ¿vale la pena el hecho de arriesgarte a ser castiga sólo porque unos chunins dijeron que las mujeres eran débiles?
Ella sonrió arrogante, él ladeó levemente la cabeza esperando su respuesta, una que seguramente estaría cargada de orgullo. Pero la contestación de Tsuki no fue como el Uzumaki esperaba.
—Dígame, Hokage-sama, si cuando usted aún podía ser llamado hombre le hubiesen herido el orgullo ¿qué habría hecho?
Esas palabras enfurecieron a Naruto y sin dudarlo dos veces acabó con el espacio que les separaba y le cruzó la cara a esa niña. Por el fuerte golpe ella cayó al suelo, aún desde ahí le miró a los ojos, la fuerza que habitaba en ellos era más fuerte que nunca. En esos momentos esa mirada le recordó a Hinata cuando estaba decidida. Apretó los puños e intentó controlarse.
—Soy tu Hokage así que no oses hablarme de ese modo. Tu castigo será llevar esos opresores de chacra durante una semana. Sal de aquí, tus padres vendrán a por ti — su tono era severo, ella se levantó — Por cierto, la próxima vez sí que acabarás en el calabozo, me da igual quien seas, todo ésto está llegando a su límite.
Cuando su voz dejó de oírse el fuerte portazo que dio la niña dio por finalizado lo sucedido. Naruto se llevó las manos a la cabeza ¿desde cuando él golpeaba a niños? Desde que la mujer a la que amabas te traicionó, desde que tu corazón fue pisoteado y dado de comer a los perros le dijo una voz en su interior. Quiso llorar, quiso destrozarlo todo pero en vez de eso se sentó de nuevo en su silla y siguió con su trabajo. El Uzumaki Naruto que se casó con Hyuuga Hinata había muerto, ya nada quedaba de ese chiquillo problemático ni del adolescente sincero, su sonrisa había desaparecido. Ahora sólo era el Hokage, una sombra del hombre que una vez fue. Y todo por culpa de la marcha de su mujer.
Al salir de la torre del Hokage Tsuki se soprendió al ver no sólo a su madre, la cual fue corriendo a abrazarla. Si no también a sus mejores amigos Hatake Takeshi y Yamanaka Keisuke, ellos que habían estado siempre a su lado. Quiso llorar de la emoción pero la pregunta de su madre hizo que se centrase en lo sucedido con el Hokage:
—¿Qué te ha pasado en el rostro? ¿Ha sido uno de esos chunin? ¿Por eso les has atacado?
Su madre estaba nerviosa, la observó bien, los años se hacían notar en sus rostro, marcándolo con pequeñas arrugas. Pero aún así su madre seguía siendo hermosa e imponía, si había alguien a quien respetaba era a ella, tan fuerte y tan cálida. Suspiró sabía que la respuesta no le iba a gustar nada pero no podía mentirle, eso jamás.
—Ha sido el Hokage.
El sharingan no tardó en brillar en los ojos de la mujer, el aura que comenzó a rodearla asustó a los niños, incluso a su hija. Sayuri estaba furiosa ¿cómo había osado Naruto pegar a su hija? Sabía que él había cambiado, que no era el mismo joven que conoció hacía ya tantos años pero en su cabeza no entraba que se hubiese atrevida a tocar a su hija. Eso era impensable.
—Takeshi-kun, Kei-kun, os encargo que llevéis a Tsuki a casa. Yo tengo unos asuntos que tratar con el Hokage — los niños asintieron.
La mujer desapareció de su vista. Los tres se miraron entre ellos. Kei se acercó a la niña, demasiado para el gusto de ella, acercó un dedo a su mejilla pero no llegó a tocarle. Sus ojos azules se clavaron en los negros de su amiga, ella le miró con una ceja alzada y él le sonrió con amplitud, de esa forma traviesa y salvaje tan característica de él que había heredado de su progenitor. De la mano del chico comenzó a emanar chacra verde, haciendo que tanto Takeshi como la Uchiha lo mirasen sorprendidos. Ella cerró los ojos, dejando que esa sensación de calma y calidez la llenase, el dolor desapareció, al abrir los ojos abrazó a Kei y le dio un beso en la mejilla, haciendo que él se sonrojara.
—Gracias — le dijo con una sonrisa tan dulce que ambos chicos se pusieron rojos ante esa imagen.
—Princesa, será mejor que vayamos ya a tu casa.
Las palabras del hijo de Kakashi hicieron que ella le mirase con odio pero cuando emprendió la carrera no dudó en seguirlo. Kei reaccionó pronto y también comenzó a correr, adelantando con facilidad a sus amigos, haciendo que éstos se molestaran y así emprendieron una de sus típicas carreras.
Mientras tanto en el despacho del Hokage Naruto parecía un niño pequeño siendo reñido por su madre y es que a pesar de ser un amargado, a pesar de estar vacío Uchiha Sayuri enfadada le infundía un profundo temor. Se parece a Sakura pensó asustado.
—¿Lo has entendido, Naruto? Me da igual que seas el jodido Hokage, como se te ocurra volver a tocar a mi hija te juro que te meteré en el tsukiyomi y te torturaré hasta que llores y grites como nunca antes lo has hecho.
El rubio asintió aún asustado. Ela suspiró satisfecha y desactivó el sharingan. De todas formas sabía que con lo poco que le quedaba a su hija en esa aldea era casi imposible que él tuviera oportunidad de volver a golperla. Y es que el momento de que la segunda tanda de kunoichis huyese de la aldea estaba próximo. Si no se había hecho ya era porque desde la marcha de Sakura y las demás se habían estremado las defensas de la aldea. Incluso ella, Ino, Shizune y algunas más tuvieron que soportar insufribles interrogatorios, fue una suerte tener a todo el clan Yamanaka de su parte porque sino lo hubiesen descubierto todo.
Empezó a abrir los ojos con dificultad y al instante quedó cegado por la potente luz del sol. Miró confundido a su alrededor, era extraño que él se levantase tan tarde, tanto o más raro aún era que en la cama no quedase rastro de Sakura. Frunció el ceño, confundido por esa situación, se levantó de la cama con lentitud. Lo primero que hizo fue asomarse a la habitación de Tasuki, su primogénito dormía plácidamente. Luego fue a la de Kyo y lo encontró igual de dormido que su hermano. Por último miró en el cuarto de su hija, sus ojos se abrieron sorprendidos al ver que no quedaba ni rastro de su pequeña. ¿Qué demonios está pasando aquí? Pensó ya harto de todo eso, todo era demasiado extraño. Bajó a la cocina con la esperanza de ver una nota de Sakura pero nada, no había nada. Era como si las dos mujeres más importantes de su vida se hubiesen esfumado.
Sasuke recordaba ese suceso mientras observaba a sus hijos entrenar. Desde aquel día su vida había ido cayendo en picado. Cuando descubrió que Sakura no había sido la única que se había esfumado él y lo demás empezaron a hacer conjeturas. Ellas les habían abandonado y se habían llevado a sus hijas. Ese hecho era algo que aún no podía asumir ¿cómo podía Sakura haberle abandonado? Y desde ese día en su interior había ido creciendo un odio cada vez más profundo y oscuro. Odiaba a Sakura, sí, por dejarle a él y a sus hijos. Se pasó una mano por la frente y clavó sus ojos en sus dos retoños. Tasuki era el que peor llevaba el hecho de no tener madre porque él la recordaba, por su parte Kyo tenía un vago recuerdo de su progenitora. Ella había roto su familia, ella había condenado a sus hijos a crecer sin madre y algún día pagaría por ello.
El desierto siempre había sido su hogar, un lugar en el que por alguna extraña razón se sentía libre, el sentir la arena a su alrededor y la gran inmensidad que la rodeaba le gustaba. Con sólo recordar como se sentía sus ojos se iluminaban. Suspiró con pesadez una vez más, echaba de menos el desierto, añoraba su amada libertad. Sus ojos se fijaron en el cielo azul una vez más, quería ser libre, ya habían pasado casi cuatro años desde que Gaara le había pedido que no saliese de la aldea. Podía hacerlo, sí pero sabía que ese hecho le causaría problemas a su marido, el mismo que estaba haciendo todo lo posible para devolverles la libertad a las kunoichis después de tres años de duras normas. Los hombres de Suna nunca habían acabado de aceptar la fuerza de las mujeres, en ese sentido habían estado siempre más atrasados que en Konoha. Por eso no le extrañó nada que después de lo sucedido en esa aldea todos empezasen a presionar al Kazekage para que hiciera lo mismo. Y al final él cedió pero ahora quería recompensarlas. Todos sabían que varias mujeres habían escapado de Konoha después de esas leyes absurdas, lo mismo sucedió en otras aldeas pero en Suna no les era posible. Por eso su querido pelirrojo estaba dispuesto a dejarles ir, a devolverles su libertad pero no iba a ser fácil, eso lo sabía muy bien. Un suspiro se escapó de entre sus labios, quería ser libre, correr por el desierto sin preocupaciones pero sabía que aunque su marido lo consiguiese no sería libre del todo. Hacía ya unos cuantos años había recibido una carta de su cuñada, en ella le explicaba la forma de vivir que tenían en su aldea y le decía que si quería ir la recibirían con los brazos abiertos, el único problema era que no podría llevar a ningún varón. Inconscientemente sus ojos se fijaron en una fotografía tomada cinco años atrás, ahí estaban todos los miembros de la familia. Habían pasado ya cuatro años desde que dejó a su pequeño en Konoha y desde entonces no lo había vuelto a ver, le mandaba cartas cada semana y él le respondía como podía, con su aún torpe caligrafía. Quería a su hijo y añoraba tenerlo entre sus brazos y esa posibilidad era para ella cada vez más lejana. Se llevó una mano a la frente ¿cómo iba a dejar solos a Tatsuya y Gaara? Pero otra pregunta apareció en su mente ¿cómo iba a permitir que su pequeña Midori se criase en ese mundo? Miró al frente, necesitaba que su marido consiguiese su propósito y así poder huir de allí junto con su hija y algunas kunoichis para poder obtener un nuevo hogar y recuperar parte de su libertad.
En un pequeño bosque se encontraba una mujer tarareando un canción, en su espalda llevaba un gran abanico, sus pasos eran firmes, su mirada del mismo color que el verde que la rodeaba estaba fija en el frente. Llegó a un punto, acumuló algo de chacra y ante sus ojos apareció el camino que la llevaba de vuelta a su nuevo hogar. Quiso reír ante eso, en los últimos años había cambiado demasiado de sitio. Había nacido en Sunagakure y ahí vivió hasta que se trasladó a Konoha para poder estar con el amor de su vida y sus mejores amigas, ahora estaba en Kagegakure porque había tenido que ir para poder ser lo que era, una kunoichi. Pronto comenzó a ver las pequeñas casas que se encontraban en los árboles, diez minutos más y llegó a la pequeña aldea, ya en el centro se encontraban casas tanto en el suelo como entre los árboles. A lo lejos vio a algunas mujeres labrando la tierra, otras hacían manualidades fuera de sus casas. Algunas niñas corrían entre risas y algunas kunoichis descasaban o vigilaban que todas estuvieran bien. En ese lugar las únicas civiles eran las niñas menores de doce años, las demás eran todas ninjas. Era cierto que por las circunstancias en las que se encontraban tenían que hacer trabajos como trabajar el campo o pescar pero ellas eran felices, al menos eran libres. Sonrió de lado, eso quería pensar pero lo cierto era que se sentía de todo menos libre, no podía ver a sus hijos, ni a sus hermanos, estaba presa en esa aldea y sus alrededores. Se había pasado cuatro años encerrada en esa aldea hasta que un par de semanas atrás la Kage le pidió que fuese a un país cercano, gobernado por una mujer para ofrecerle sus servicios. Ahora se encontraba ante la puerta del despacho de la Kage para comunicarle lo sucedido.
—¡Temari!
Se giró ante el llamado y no pudo evitar sonreír al ver a una de sus mejores amigas. Ambas se fundieron en un abrazo, desde que dejaron Konoha todas se veían como hermanas, estaban más unidas que nunca. Va a ser cierto eso que dicen de que el dolor une a la gente pensó la rubia.
—¿Cómo habéis estado por aquí, Tenten?
La morena sonrió.
—Genial, han llegado nuevas integrantes procedentes de Kumo y Kiri.
—Fantástico, cada vez somos más. A ver si pronto llegan las de Suna.
La mujer notó la emoción en la voz de la Sabaku no, sabía que estaba ansiosa por volver a ver a su cuñada y algunas de las amigas que había dejado allí. Pero ninguna sabía nada sobre esa aldea, no había rumores de revueltas, nada, absolutamente nada. Y eso empezaba a ponerlas nerviosas.
—Voy a hablar con Tsunade-sama, luego nos vemos.
Y con eso se despidieron. La rubia entró en el despacho no se sorprendió de ver ahí no sólo a la shodaime si no también a Sakura y Hiroko. Todas le sonrieron, la Uchiha mostró una pequeña sonrisa, ese gesto viniendo de ella era ya mucho.
Las dos mujeres se fueron, saludándola con un pequeño abrazo por parte de Sakura y un apretón en el hombro por parte de la morena. Y así se quedó con la mujer que mandaba en ese lugar.
—Dime que traes buenas noticias — la voz de la mayor sonaba cansada.
—Desde ahora estamos al servicio del país de los lagos.
—¡Sí! — su alegría la sorprendió — Cada vez somos más aquí y necesitamos dinero. He pensado que podrías ir con Sakura a otro país cercano, el de la seda, es muy pequeño pero rico. Con eso ya tendríamos tres países que nos pagasen, sólo con dinero podremos crecer.
—Estoy totalmente de acuerdo. Por cierto ¿el país del espejo ya le permite usar el título?
—No, quieren que antes de eso nos hagamos públicas ante todos los países, no quieren tener una aldea tan secreta que la gente ni siquiera la conozca.
—Tiene sentido.
—Lo sé pero no es tan sencillo, tenemos muchas mujeres buscadas por otras aldeas, no quiero poner a nadie en peligro. Sé que eres una buena estratega ¿se te ocurre algo?
Ella ladeó levemente la cabeza, en seguida su mente se puso a trabajar, necesitaban un buen plan, algo que las protegiera por completo. Entonces en su rostro apareció una sonrisa. Y Tsunade supo que a esa mujer se le acababa de ocurrir la forma de salir de todos sus problemas.
—Amenaza, podemos decirle que como hagan daño a una sola de nosotras revelaremos la información que tenemos a todos y así caerán. De las mujeres que habitan en esta aldea no hay ninguna que no posea información valiosa sobre su aldea de origen. Podemos usar esa amenaza como protección pero lo haría cuando Ino y las demás lleguen, queda algo más de un mes para que eso suceda.
—Sí, tienes razón. Eres buena, Temari. Ahora vete a casa, seguro que Hikari y Yukiko están deseando verte.
Esas palabras le hicieron sonreír, hizo una reverencia y se apresuró en llegar a su casa. Estaba deseando ver a sus hijas desde que se marchó, sabía que ellas estaría bien pero de todas formas necesitaba verlas, abrazarlas y cuidarlas.
Sakura se encontraba recorriendo toda la aldea en busca de su hija. Para tener siete años su pequeña sabía escabullirse muy bien, se pasaba los días buscándola. La encontró sentada sobre los muros de la aldea. Suspiró y de un salto se plantó a su lado, ella la miró sin inmutarse. Su cabello idéntico al de su madre ondeaba a su alrededor, sus ojos verdes estaban fijos en el horizonte.
—¿Cuando podré salir?
—Cuando seas una kunoichi.
La pequeña suspiró y miró el horizonte con añoranza. La mujer la miró fijamente, sabía muy bien que Ayumi deseaba libertad, correr sin que nadie la parase y poder ir a cualquier lugar que se le antojase. Pero eso no podía ser, no podía arriesgarse a que se topase con alguien que reconociese su chacra como el de una Uchiha, no, no podía correr ese riesgo. Tenía que esperar a que supiese ocultar su chacra excelentemente, eso o que pudiese salir de la aldea sin que nadie pudiese llevársela. Esperaba por su bien que no quedase mucho, tampoco era bueno que estuviese encerrada.
Y así se quedaron, en silencio, como tantas otras veces. Pero no era incómodo, era como si la paz reinase entre ellas. La Haruno cerró los ojos y dejó que el viento le acariciase el rostro. Si hacía eso podía imaginarse que se encontraba en Konoha, pero esa fantasía se acababa cuando abría los ojos.
Enterró su katana en la carne del hombre, desgarrándola y dejándolo sin vida casi al instante. Una mueca de molestia apareció en su rostro al notar que se había manchado el rostro de sangre. Se la limpió con su guante. Sus ojos rojos se fijaron en la figura que estaba junto a ella, una muchacha de diciocho años, una chica que había huido de Kirigakure y que se había convertido en una buena amiga. Entre las dos habían acabado con unos veinte bandidos que habían estado aterrorizando a algunas de las aldeas de su país. Ambas se miraron. La portadora de los ojos como la sangre hizo unos sellos, de su boca salió una bola de fuego incendiando los cuerpos.
—Por fin hemos acabado la limpieza — dijo una vez se alejaron del fuego.
Con un pañuelo limpió su adorada katana y después lo deshechó, tan manchado ya no le serviría de nada. Su compañera la miró con curiosidad, aún le sorprendía como había cambiado la muchacha durante los dos años que la conocía. Se había vuelto fría, cosa que no era cuando la conoció. Seguía siendo tranquila, sí, pero se notaba que no era la misma.
—Has hecho un buen trabajo, Fuuko.
—Lo mismo digo, Sayaka.
Ambas chocaron sus manos y emprendieron el camino de vuelta a la aldea. Sarutobi Fuuko no era la misma niña que dejó su aldea cuatro años atrás. Ahora era una adolescente de dieciséis años, algo fría, sí, pero sólo cuando trabajaba, en la vida rutinaria no había cambiado tanto. Vale que sus ojos habían perdido la inocencia que tenían durante su infancia, también era cierto que era algo más callada y para nada cariñosa. Pero se decía que seguía siendo la misma aunque ella fuese la única que pensase eso. Su madre le decía a diario que no dejase que las misiones acabasen con su humanidad, que tenía que saber cuando estaba trabajando y cuando viviendo su vida. Tonterías según ella. El trabajo formaba parte de su vida, por lo tanto asesinar era parte de ella misma, sí era una asesina y no se avergonzaba de ello porque sabía que acababa con la vida de aquellos que se lo merecían. Y era precisamente eso lo que la convertía en una de las armas más letales que tenía su aldea en esos instantes. Por eso siempre la mandaban a ese tipo de misiones y últimamente siempre lo hacía en compañía de Sayaka. Aún recordaba la primera vez que tuvo una misión de ese tipo, dos años atrás, cuando su nivel aún era el de una chunin pero aún así la Kage supo ver su potencial. Le asignaron la misión de encontrar y asesinar a un hombre que había acabado con la vida de varios hombres en una pequeña aldea. No fue sola, Temari la acompañó pero sólo por si acaso. La misión era suya y fue ella la que mató pero no sólo a un hombre. Resultó que se toparon con una organización de asesinos y acabó con más de uno. El hecho de que las personas acabasen con la vida de otros sólo por dinero la asustaba, ella no podría hacerlo si esas personas fueran inocentes, necesitaba que fueran bandidos, asesinos o violadores. Ella acababa con la escoria, con lo que el mundo no necesitaba. Porque para ella eso era justicia, esas personas se merecían la muerte, habían sido sentenciado por sus propias acciones, ella simplemente ejecutaba la sentencia.
Las piezas estaban en movimiento, el momento del surgimiento de Kagegakure era inminente. Konoha pronto perdería a más kunoichis. Por su parte Suna seguía librando su batalla interna. Todo estaba ya en movimiento y mientras las aldeas afrontaban sus propios problemas una organización se movía desde las sombras. La aparente paz que reinaba en el mundo ninja no duraría mucho tiempo.
¡Gracias por leer!
Espero que os haya gustado, sé que han quedado muchos personajes por aparecer pero saldrán en el siguiente.
Caro: Muchas gracias pro tu review. Este capítulo es más largo así que espero que compense un poco lo del anterior. Respecto a lo que decías de Ino aquí se ve que están teniendo problemas, en el siguiente aparecerá nuestra rubia favorita y se verá mejor lo que traman las kunoichis. Espero que sigas la historia y hayas disfrutado de este capítulo.
Intentaré no tardar tanto esta vez.
Nos leemos!
