A la luz pálida entre nubes lentas, de una luna sólo visible en su mitad, Snape cruzó la alta reja de la silenciosa, azul y roja Infinity Manor, y su vegetación fluorescente en susurros de luz.
Snape cruzó el prado, llegó al arco y entró a la amplia residencia de muebles en penumbra; subió por la escalera de mármol, atravesado por las sombras del gran ventanal sobre el gran muro.
En la primera planta, de cara a los altos ventanales, de cortinas descorridas que mostraban el jardín y al disco lunar, Snape giró en ángulo a su derecha, tomando un corredor de varios metros de ancho.
Pensó en Hermione. Voldemort sólo había preguntado por Weasley, ya que Snape le había asegurado que él mismo llevaría a la castaña a su presencia luego de matar a Potter al día siguiente.
Por supuesto Amycus Carrow había contado a Voldemort los rumores sobre la Gryffindoy y Snape, pero generoso, el maravillado Voldemort concedió un día más a Snape para disfrutar con su juguete.
Y por supuesto Snape en realidad pensaba llevarla no con Voldemort, sino a Infinity, pero en decisión de última hora sacó a Granger del castillo esta misma noche, para evitarle permanecer sola en el ambiente hostil de Hogwarts, por lo que estaría en una casa segura de Budleigh Babberton, con posibilidad de moverse, pues le enseñó los hechizos para abrir el boulevard y la mansión.
Hoy, Snape estaría solo en Infinity Manor. Debía estar solo.
A medida que caminaba, a Snape lo seguía una luz proveniente del techo -o de otra Era-, muy tenue, como a través de seda.
Al detenerse al final del largo pasillo, la luz se apagó y en cambio, un enorme espejo empotrado en el muro refulgió con tenue resplandor.
Frente al objeto, Snape no se vio reflejado, pues el espejo contenía un paisaje.
Era un camino liso, de una sola y enorme roca pulida flanqueada de altos y gruesos árboles que dejaban caer flores color violeta, tapizando las orillas del camino, siguiéndolo hasta una curva a la derecha, metros más allá.
No era una imagen fija: El viento removía las hojas violáceas depositadas en el suelo, así como las ramas de los árboles.
La razón era que la residencia, al estar incrustada en el Tiempo era un pasaje largo que conectaba el inicio y el final, pero el pasaje sólo se veía desde afuera del Tiempo, pero que dentro de éste, era una casa normal, abierta a posibilidades, como tiempos detenidos, tiempos fugaces.
O tiempos interiores.
Y éste era el Espejo del Pasado, porque yendo todo recto en regreso, se atravesaba la zona de los ventanales y al final del otro corredor se hallaba el Espejo del Futuro, donde Granger debería lanzar el conjuro.
Snape esperó, frente al Espejo del Pasado. Cada que se detenía frente a él transcurrían diez segundos y aparecía la mujer silenciosa.
No dejaba de ser impresionante, o tétrico: Lentamente, rebasando el marco del espejo y entrando al camino de hojas, salió una mujer de largo vestido blanco, con una cofia de tul que le cubría los largos cabellos.
Avanzó por el camino, colocándose al centro, vestida de larga seda clara entre las flores violeta, bordadas las mangas y con los brazos recogidos, portando un ramo de rosas rojas.
Voldemort había ordenado a Snape encontrar una casa dónde reunirse. Snape descubrió el boulevard y la mansión, pero no le reveló su existencia: Era mucho como para ser mancillado.
En sus andanzas posteriores por la residencia, de recorrer los jardines, las fuentes, de entrar a habitaciones de cortinas de lino y objetos mágicos, en el pasillo descubrió el espejo, que mostraba el tiempo de su pasado interior.
Y así, con dar un paso, Snape cruzó la superficie del espejo sintiendo que atravesaba la superficie del agua y salió al otro lado. Respiró el viento frío y fresco que corría por su cara.
Y nuevamente, en secreto inconfesable, echó a andar tras aquella mujer que caminaba hacia la curva, como si fuera a una cita, entre las flores y los árboles. La luz en el camino era distinta que vista del otro lado del espejo: Aquí era más clara, mostrando, a través del tul de la cofia, el tono rojizo de los largos cabellos de aquella mujer.
Lily Evans. Vestida de novia, perpetuamente alejándose, perpetuamente enfocada por el espejo cuando Snape lo miraba.
«He venido», pensó él.
Ya había hecho eso. La llamaba, ella volteaba; le hablaba, pero ella nunca respondía. Despues seguía su camino hacia la curva, por donde se perdía, paso a paso.
¿A dónde iría?
Lily Evans. Corporizada porque el espejo daba forma al tiempo interior de Snape.
¿La verdadera Lily o la recordada por él? Snape no sospechaba, sino que temía, que una parte de Lily era atraída por el espejo y éste le daba forma, como hacía también con el paisaje, que significaba el paso de los años en el camino y el luto con las flores violetas.
Era Lily de la edad que tenía al fallecer, observándola con una leve sonrisa que Snape nunca sabía identificar. Aunque se daba cuenta que ella escuchaba los pensamientos: Ciertos cambios en su rostro, gestos en los ojos.
Snape había buscado las palabras para obtener de ella una sonrisa, o que viniera con él, incluso que lo llamara para seguir por ella en esa curva, pero no lo lograba. Lo había intentado cinco veces, cada una atravesándose de pena.
Esta vez no lo intentó.
No venía a pedirle, no venía a esperar. Venía a despedirse.
Snape dijo a Lily Evans entre las flores a la vera del camino y los árboles: Te fuiste.
Y yo he estado aquí, Lily, en el mundo de los vivos. Respirando, venerando tu recuerdo. He llorado tu memoria como lloré de cara a tu ataúd, a la distancia entre los ecos de mi soledad. Y hoy descubro que el silencio que quedó cuando partiste, no fue mayor que aquel silencio entre tú y yo cuando vivías. Fue el mismo.
El mismo silencio de nada. El mismo silencio de olvido.
Y cuando me miras, ahora, no sé si de veras me recuerdes. Soy Severus. ¿Mi nombre te recuerda algo, Lily? A mí, el tuyo sí. Las sílabas de tu nombre, Lily, fueron un viento inatrapable y se volvieron negras alas. Se volvieron un espejismo sin pausa, cuando vivías y cuando te fuiste, que me latigueó con anhelos insatisfechos, que me llenaban de ansiedad, donde nunca tenerte fue el viento de palabras amorosas, cantándome: «Nada es para ti, Severus. Deja que el viento te lleve con las hojas secas.» Y donde estar contigo era una esperanza constante, pero nunca cumplida, hasta que el dolor de haberte perdido me acosó y se convirtió en sirenas del ocaso en farallones, musitando: «No sufras más, Severus, consuélate: Toda pena termina con tu muerte.»
El recuerdo inútil de ti me convenció de las palabras de sombrías figuras encapuchadas contra el ocaso, en la planicie desértica de misterios azules: «Ven, Severus, no sufras, entiende: Nada fue nunca para ti… Nadie, nunca para ti. No es un castigo, Severus, fue la suerte, el azar, la vida, tu vida, lo que pareció ser tuyo fue el reflejo de un mundo inalcanzable, pero la solución está cerca porque tuyas son la noche, la nada, la muerte. Tu muerte. Todo lo que has tenido es tuyo un segundo. Nadie sabe de ti, Severus. Morirás en el suelo sin que nadie encienda un fuego en tu memoria. El amor que recibiste fue sólo un brillo del sol en tus lágrimas.»
La expresión de Lily Evans -o ese eco de su espíritu- era atenta, como si reflexionara, como si la Lily completa en otra parte, se enterara. Snape siguió:
Y yo pensaba, Lily, que los árboles de hojas blancas para mí eran intocables, que estaban del otro lado de la vida, como del otro lado de un espejo. En mi pasado estaba la violencia sin final y la herida abierta de mil horas de crueldad incomprensible. Sólo existía un rayo de luz en esa perpetua soledad.
Y al encontrarte fue lo mismo, Lily. Tú no fuiste un rayo de luz. Fuiste parte del dolor antes conocí. Elegirte fue un error que cometí.
Nunca estuviste a un paso de amarme. Fue mi error que aun así te elevara al altar de mi amor. Para mí has sido el sueño de conservar lo que consideré el mejor momento de mi vida, un amor que en realidad nunca existió.
De niños y al despuntar a la adolescencia me enamoré de ti, pero ese amor nunca fructificó. El tiempo antes de James no logró cimentar un amor entre tú y yo. Por eso lo que hecho desde que partiste no ha sido venerarte, sino venerar tu muerte. Adorar el olvido, la nada y el silencio. Adorar la zozobra que viví al estar junto a ti. Hoy adorando el polvo de una tumba, preso a huesos deshechos, encadenado a la tierra infértil de un sepulcro. A tu féretro.
Por aferrarme a ese sinsentido es que las voces en el viento han entonado para mí las cantigas del cementerio: «Continúa, Severus. Nada te cuesta. Nada te cuesta morir. Y que nadie sepa por qué fue.» En vida, nos dimos la espalda a la vera del camino de hierba verde y girasoles.
Me até a un presente muerto. A tu cadáver, amada nunca mía.
Snape lo analizaba bajo una nueva óptica desde hace semanas, de ahí que Granger se fuera apoderando de su corazón.
Lily no era la figura inmaculada. Fue parte de la mezcla perfecta para atar a Snape a la culpabilidad y al deseo de redención, mezcla cuya resultado generalmente es el sacrificio mortal.
A diferencia de Hermione Granger, que se arriesgaba, que se comprometía, la Gryffindor Evans no estuvo a la altura de la lucha que se planteó contra el Señor Tenebroso, pues se acobardó en cuanto el enemigo se le volcó personalmente, sin anticipar esa reacción obvia, por su torpeza de creer que no ocurriría. Harry Potter no estaba indefenso en su cuna por culpa de Voldemort: Era por culpa de Lily Evans y de James Potter.
Interponerse entre Voldemort y Harry fue el último recurso, menos salido del amor que de la desesperación ante la incapacidad de responder. No fue un acto de amor, fue el final de una serie de errores. Un valiente Gryffindor no pide piedad a un enemigo implacable, no le ruega como único recurso, ni interpone lágrimas como mejor defensa. Y menos cuando se trata de un hijo.
Más todavía, Snape se había percatado que, más allá de sus deseos, Lily no era pareja para él. Lily Evans no habría estado a la altura de la misión hoy desempeñada por Severus. Ella se habría asustado, le habría recriminado, lo habría cuestionado y sin duda lo habría abandonado cuando él más la necesitara.
Lily Evans no merecía a Severus Snape. No estaba a su altura moral. No tenía la capacidad para estar a su lado. Lily Evans era pareja para James Potter, un sujeto irresponsable que creció a la fuerza y que vivía en sus castillos en el aire de una adolescencia autocomplaciente, alargada hasta su vida adulta donde quiso continuar siendo el niño bonito que se sale con la suya.
Lily Evans había tomado sus decisiones: Alejarse de Severus, vivir otro amor y recibir las consecuencias de sus actos. Por lo tanto, Snape no estaba obligado a seguirla. No existía justificación para seguir unido al recuerdo de una mujer que nunca lo quiso. Lily merecía irse en el peso de sus propias decisiones.
Snape se supo a salvo en el aspecto moral. Reconoció la talla de su propia valía. En el peor momento, quien se comprometió, quien se arriesgó mortalmente ante aliados y enemigos y reaccionó para defender a Lily y se aseguró con eficacia -no con intentos inútiles, no con huidas, no con ruegos-, quien se aseguró de mantener con vida al hijo de Lily fue el hombre ignorado por ella: Severus Snape.
Frente a ello, Hermione se elevaba ante los ojos de él. Hermione Granger era una persona íntegra. Miraba el mundo con mente de adulto. Cometía errores y los enfrentaba. Se responsabilizaba, se comprometía, dispuesta a arriesgarse. Expresaba lo que deseaba y sabía sostenerlo. Hermione no era un ideal. Era real. Hermione y Snape estaban a la misma altura.
Lily y James se habían vuelto sagrados socialmente, su imagen de mártires era un mito que ocultaba su inmadurez e irresponsabilidad: La de adultos que no entendían las consecuencias de sus actos. Las últimas palabras de James bien podrían estar en su epitafio como resumen de lo que siempre fue.
Snape sintió que era suficiente, que lo hecho hasta hoy bastaba para desprenderse de un recuerdo. Su dignidad nacía de su capacidad de amar, no de lo que Lillian hubiera hecho o dejado de hacer.
Tu derecho de no amarme es el mío de despedirme de ti. Lo hecho hasta hoy fue mi error, Lilian, pero lo corrijo.
—Siempre guardaré el recuerdo del amor que te tuve -afirmó Snape a la novia en el camino-, pero ahora te digo que tú eres eso, un recuerdo para mí. Adiós, Lily. Adiós para siempre.
Ella asintió y siguió su camino, paso a paso en el silencio del espejo. Al doblar por el camino, volteó a él. Ella extendió un brazo hacia Snape. Y en ese momento, por la curva sopló el aire arrebatando las rosas de las manos de ella, lanzándolas por los aires, y en esos mismos fragmentos, el cuerpo de Lily Evans se deshizo y fue llevado por el viento.
Snape salió del espejo, que se apagó.
A la medianoche, en una habitación blanca de muebles de madera, cortinas azules cerradas e iluminada por dos velas al lado, Hermione leía un libro en la cama. No pudo traer nada de Hogwarts, excepto guardarse el pergamino caído al suelo cuando Ron se fue. Los hechizos de protección servirían perfectamente hasta el 1 de agosto, cuando volverían a la residencia.
Un breve destello frente a ella lo hizo atender. Y una voz masculina le dijo:
—Te ves maravillosamente deseable, Granger.
—¡Severus…!
Snape estaba de pie, observándola con admiración.
—Tengo la respuesta que me pedías -afirmó, él-: Sí, el presente es nuestro por completo. Ningún fantasma existe ya. Yo tampoco tengo ya nada que me separe de ti.
La castaña dejó el libro en el lecho, yendo a él, que fue a su encuentro. Él le tomó una mano. La luz de las escasas velas iluminaron su perfil romano,
—Me he despedido del pasado -aseguró Snape-. Nada ocupará tu lugar a mi lado. Eres todo para mí.
—Y nadie ocupará el tuyo -aseguró ella, con total seriedad.
Ambos habían dicho sus adioses.
—Hermione -susurró Snape, mirándola atenta, intensamente- Te amo.
Sonriendo emocionada, la castaña lo abrazó.
Snape la besó en los labios. La castaña cerró los ojos, devolviéndoselo. Fue un beso libre, de reencuentro.
Y eso fue todo. Así es el amor. Dos almas que se observan, un abrazo, y un beso.
—Y yo te amo a ti, Severus -lo estrechó, sonriendo.
Snape la tomó por la barbilla, como más le agradaba sostener su rostro por gozar la delicadeza de sus rasgos, y viéndola a los labios, él le dijo en voz baja:
—Te veré pronto.
—Muy pronto -le sonrió ella-. Muy pronto.
—Hasta entonces.
Snape desapareció en una neblina oscura, dejando a la castaña con una sonrisa maravillada.
Dichosa, se colocó las manos en las sienes, y después extendió los brazos a la distancia, sonriendo:
—¡Te amo, Severus, te juro que te amo…!
