Capítulo 21

No podía evitar estar nervioso. En un principio sabía que fingir ser pareja estaba mal, pero ahora sabía que no estaba mal, sino que había sido la estupidez más grande que había cometido en la vida.

Ni siquiera tenía apetito a la hora de la cena, a pesar de que Yamato había cocinado tallarines con langosta, mi comida favorita; bueno, todas las comidas me gustaban, pero esa un poquito más.

-¿No vas a comer, Tai? –me preguntó con preocupación aquel rubio idiota, el culpable de todas mis penurias.

-No tengo apetito, creo que ya me voy a dormir. Mañana iré a ver a mi médico, no me siento bien.

Su rostro mostró mucha congoja, realmente estaba preocupado por mi salud.

-No te preocupes, tenía cita programada con él porque ya no tengo medicamento –acaricié su cabello, como si fuera un niño, haciéndolo sonrojar por el gesto-. Por cierto, mañana no podré acompañarte al supermercado, Taichi te llevará, ¿está bien?

-Sí –él me sonrió, mientras continuaba comiendo.

Me levanté de mi asiento, al igual que el padre de Yamato. Lo miré detenidamente, mientras él me sonreía con suavidad.

-Yagami, me gustaría charlar contigo, a solas –aclaró cuando Yamato se levantó de su asiento también.

Tragué saliva audiblemente y tuve que acceder.

-Entonces vamos a dar un paseo, ¿te parece? –él continuó sonriendo; sin embargo, en vez de parecer una petición, aquello parecía una orden.

-Bue…bueno… -volteé a ver a aquel rubio idiota.

-Papá, si quieres hablar con él tendrás que hacerlo conmigo presente.

-Es un asunto privado, Yamato –Hiroaki Ishida volteó a ver a su hijo con una mirada tan severa, que no pude evitar ver a Yama como un gatito asustado-. Bien, Yagami, acompáñame.

A regañadientes tuve que aceptar, así que me puse los zapatos en el recibidor de la casa, al igual que él; por último, abrió la puerta y me invitó a salir.

Volteé a ver a Yamato antes de irme, no es que estuviera asustado, estaba horrorizado.

-Me ha sorprendido lo bien que se llevan –fue lo primero que dijo el señor Ishida justo cuando cerramos la puerta detrás de nosotros-. No te miento, cuando Takeru me dijo que Yamato había encontrado a una pareja tan rápido, después de la separación que tuvo con Sora, no sabía cómo tomarlo. Fui un mal padre, no lo niego. Pensé que el darle a mi hijo algo material, en vez de mi tiempo, sería suficiente para cubrir sus necesidades, pero me equivoqué.

Cerré los ojos, yo me sentía igual con respecto a mi hijo.

-Yamato fue creciendo solo, sin mi compañía, sin mi apoyo. Y cuando ese día sucedió –él apretó los puños- me sentí la peor cucaracha del mundo. Quizá si hubiese regresado a casa, me habría dado cuenta de su ausencia y, si bien no habría podido librarse de ese mal que le hicieron, por lo menos hubiera menguado las horas de su sufrimiento.

Un automóvil pasó a nuestro lado, al igual que algunos de mis vecinos, quienes nos saludaron con amabilidad, mientras se dirigían a sus respectivos hogares.

-Me pregunté muchos años por qué lo habías hecho –me miró directamente a los ojos, asustándome un poco-, me preguntaba por qué le tenías tanto odio a mi hijo, como para fracturarle una rodilla, socavar su dignidad, hundirlo en la miseria, en la depresión, en el miedo. Y te odié profundamente, y por eso fui y hablé con tus padres, sin hablar primero con mi hijo. Te pido disculpas por eso, Yagami, yo fui el culpable de que te corrieran de tu casa, de la escuela, yo fui quien te arrebató la vida que llevabas.

Cerré los ojos, sintiéndome molesto. Aunque ya lo sabía, el que él me lo confirmase, había causado dolor en mí al evocar aquellos recuerdos.

-Y también te pido perdón por golpearte y no permitir que me dieras una explicación.

Yo miré a otro lado y sonreí con sarcasmo al pensar que Takeru me debía algunas disculpas por ello.

-No pensé que Yamato fuera a reponerse –él cruzó ambas manos detrás de la nuca-, pero al final lo hizo, rehízo su vida y se convirtió en doctor en ciencias. Natsuko y yo volvimos, aunque no nos hemos vuelto a casar.

Aquella revelación me causó mucha sorpresa, siempre había escuchado a Yamato decir lo mucho que sus padres se odiaban.

-Aquella terrible experiencia nos unió a todos otra vez. No hay mal que por bien no venga, o algo así me dijeron en alguna ocasión. Yamato se casó con Sora, tuvieron hijos, y después de un momento a otro llegó con unas vendas en el brazo, diciéndonos que se iba a separar de aquella mujer. No indagué en los detalles –él sonrió con tristeza-, pero tenía miedo de que se fuera a sumir en la depresión. A veces, de vez en cuando, él tiene pesadillas, sus medicamentos fueron recetados de por vida, para evitar alguna crisis emocional. No es un niño, pero…

-Takeru también se siente culpable por no haberlo podido proteger –solté de pronto y el señor Ishida cubrió su rostro cuando las lágrimas recorrieron sus mejillas.

-Y cuando Takeru me dijo que tú eras su compañero, su amante, su pareja, su "novio", me sentí molesto, furioso, me daban ganas de empalarte… -yo sudé una gotita-… y ese sentimiento no se detuvo, ni siquiera cuando Takeru me dijo que tú no habías violado a Yamato. ¿Qué pruebas tenía de ello? Yo te odiaba, ¿cómo podría dejar de odiarte así sin más?

Tragué saliva, aquella conversación me estaba dando mala espina.

-Pero cuando llegué a tu casa y escuché a mi nieta decirte "papá" y cuando vi el semblante en el rostro de mi hijo, lleno de paz, de tranquilidad, de felicidad, entonces mis deseos de asesinarte se esfumaron.

Dejé escapar un suspiro, menos mal mi vida no se encontraba en peligro, aunque no estaba muy seguro de mi integridad física.

-Sólo tengo una pregunta, Yagami, y quiero que me contestes con toda la honestidad que tengas –yo parpadeé, asintiendo-. ¿Por qué estás con mi hijo?

Me quedé pasmado al escuchar esa pregunta. Mi cuerpo tembló involuntariamente y no era por el frío, ya que estábamos a últimos de marzo y acababa de entrar la primavera.

-Bue…bueno… -tartamudeé, sonrojándome sin querer-… él llegó a mi casa y se quedó en ella. Al principio quería echarle, pero mis principios me lo impidieron; charlamos acerca de esos momentos tan lúgubres en nuestras vidas y comprendimos muchas cosas que nos estaban lastimando a ambos. Quizá estamos juntos porque llenamos el vacío en la vida del otro, no estoy seguro.

El señor Ishida soltó una carcajada, asustándome.

-De verdad tenía mis reservas respecto a ti, y a pesar de eso, cuando Takeru me dijo que no habías hecho mal a mi hijo, recordé la expresión de cariño que siempre le tuviste, por lo que, antes de venir aquí, me di cuenta que tú amabas profundamente a mi hijo desde hacía mucho, desde niños.

Me sonrojé completamente. ¿Por qué Agumon, Natsu y el señor Ishida decían eso? Yo… enamorado de Yamato desde…

El señor Ishida, aquel hombre de cabello castaño entrecano, que era un poquito más bajo que Yamato en estatura, y de ojos de avellanas, me miró un poco, pero después sonrió.

-Tienes miedo de aceptarlo, ¿verdad?

Aquella aseveración me asustó. ¿Cómo que miedo de aceptar que yo amaba a Yamato?

-No… yo… no lo…

Había balbuceado a tal extremo que me había sonrojado como un bombillo de navidad.

-Bienvenido a la familia, Taichi…

Hiroaki Ishida me dio un fuerte abrazo, haciéndome sentir aún más abochornado de lo que me encontraba.


Cuando regresamos a la casa lo primero que hizo Yamato fue levantarse de su asiento e inspeccionarme. Natsuko Takaishi, la madre de Yamato, me miró gentilmente, con aquellos ojos azules característicos de sus hijos.

Si bien, Yamato era igual de atractivo que su padre, tenía ciertos rasgos de su madre que habían refinado un poco sus facciones; sus ojos azules, su cabello rubio y su piel blanca como la nieve. De entre Takeru y él, quien más se parecía a ella era Yamato.

-Gracias por cuidar tan bien de mi hijo –ella me sonrió-, pensé que intentaría alguna estupidez después de separarse de Sora, pero lo bueno es que vino contigo, quizá ni con nosotros se habría podido sobreponer tan fácilmente –después, ella se levantó de siento-. No nos quedaremos, nuestro boleto del Shinkansen era de ida y vuelta.

-Los llevaremos en mi auto para que tomen el tren –dije yo-. Si no les importa.

-Puedes llevarnos tú solo, Taichi –dijo aquella mujer, por lo que sudé una gotita.

-Pero… -Yama iba a decir algo más, pero la mirada de su madre lo detuvo, por lo que chistó, quizá un poco molesto por ello.

-Hasta luego –dijo la señora Takaishi, despidiéndose de nuestros hijos-. Cuídate, Yamato, abrígate bien y come sanamente.

Aquel rubio idiota se sonrojó sobremanera al ser tratado como un niño.

-Sí, mamá –contestó, completamente azorado.

-Y Taichi… -ella se dirigió a mi hijo-… eres igual de galante que tu padre, cuando era un niño, e igual de educado. Cuida mucho a mi nieta y a mi hijo.

-Sí, abuelita Natsuko –sonrió mi hijo, con la misma intensidad que ella, por lo que sonreí con condescendencia.

-No me digas que le dijo que eras su madre –dije bajito, ganándome un sonrojo por parte de Yamato.

-¿Tú qué crees? –dijo aquel rubio idiota, completamente azorado- Voy a ser la burla de mis padres toda mi vida.

Reí un poco, ganándome un pellizco de su parte. Yo lo miré con ojos acusadores y él me mostró la lengua. Después rodé los ojos, abriendo la puerta del garaje, para ir por mi auto.

-No creí que estuviera tan bien contigo –dijo la señora Takaishi, sorprendiéndome, por lo que sin querer solté las llaves de mi auto, antes de abrir automáticamente las puertas-. Gracias por ayudarlo.

Me agaché para recogerlas, encontrando la mirada serena y amable de ellos dos, algo que me hizo sentir cierta nostalgia, al recordar esa misma mirada en el pasado.

-No… no hay de qué.

La señora Takaishi se sentó en el asiento trasero y el señor Ishida en el asiento del copiloto.

-La vida da muchas vueltas –dijo la señora Takaishi- y nos ha vuelto a colocar en el mismo camino. Perdónanos por acusarte de algo que no cometiste. Ojalá pudiéramos regresar en el tiempo.

-Está bien, todo sucede por una razón –dije, mientras abría la puerta del garaje y salíamos de la casa.

-Yamato es muy necio y a veces torpe. Pensé que no podría sobreponerse de la separación de Sora, pero gracias a ti y a tu apoyo pudo hacerlo –ella me sonrió por el retrovisor-. Te doy las gracias por cuidar tan fervientemente al más torpe de mis hijos.

Sentí un nudo en la garganta. ¿No sonaba eso como cuando los padres de la novia dan la mano en compromiso? ¿No me estaban confiando a uno de sus hijos, como si fuera uno de los tesoros más preciados? Nuestra relación ficticia se estaba volviendo una gigantesca telaraña y tenía miedo de quedarme atrapado en ella.

Sonreí, sintiéndome culpable. Ya no podía negarlo, me había enamorado nuevamente.