¡COMO DOS JODIDAS GOTAS DE AGUA!
By Silenciosa
Disclaimer: No me pertenece South Park. Todo lo que hago lo hago por y para el puro disfrute de mi jodida imaginación y la de aquellos que me leen. Nada más. (:
Capítulo XX. Bitter sweet symphony.
Because it's a bitter sweet symphony this life / Porque es una agridulce sinfonía esta vida
trying to make ends meet. (…) / tratando de hacer que los extremos se encuentren. (…)
I'll take you down, the only road / Te llevaré abajo, hacia el único camino
i've ever been down. / donde jamás he decaído.
You know, / Ya sabes,
the one that takes you / el único que te lleve
to the places where all the veins meet. / a los lugares donde todas las venas se juntan.
The Verve, Bitter Sweet Symphony.
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Kenny hubo quedado paralizado y con la vista clavada en el recién llegado. No se lo podía creer. Después de tres años sin haber tenido ningún tipo de noticia sobre su paradero, sin dar cabida a una sola llamada o a la mera intención de ponerse en contacto, ahí estaba Kevin McCormick precisamente ahora, en carne y hueso, haciendo acto de presencia a pocos metros, mirándolo fijamente y en silencio; surgido de la nada como un actor apareciendo en el centro del escenario de un opus teatral. Y, como telón de fondo, un cielo encapotado. Un gélido viento lo envolvía todo, y que, entremezclado con la llovizna, soplaba moviendo paulatinamente el campo de niebla, sorteando en su trayecto lápidas, brezos y sus propios cuerpos. El escenario de la obra, el cementerio de South Park, estaba bifurcado por dos marcadas variantes: cosas con vida y cosas sin vida. En medio de ambas se encontraba Kenny cual incógnita. La misteriosa x sin resolver de la ecuación.
Persistió el contacto visual mantenido con Kevin mientras éste se le aproximaba a paso lento conque decidido. Kevin estaba cambiado. Irradiaba una energía desconocida para Kenny; sin embargo, el parecido físico de Kevin con Stuart seguía siendo más que latente. Su hermano era una auténtica visión, concretamente unos veinte años más joven, del difunto señor McCormick.
Kevin era un hombre alto, de recia y musculada contextura. Mismos ojos y pelo castaños al de su difunto progenitor. No iba vestido con un atuendo formal y ni siquiera iba de negro para demostrar el debido luto. Llevaba unos vaqueros y una chaqueta de entretiempo. Tampoco tenía la típica chiva ni barba rala de tres días como solía llevar Stuart; en cambio, Kevin había heredado el mismo hoyuelo en el centro de la barbilla y las líneas remarcadas que determinaban una prominente mandíbula. Veintiún años de edad y Kevin McCormick había alcanzado la madurez. Se había desprendido de la imagen de adolescente desgarbado y sucio que solía dar y adquirir experiencia en el tiempo que hubo estado fuera de South Park, dotado ahora de una voluntad de poder férrea, claramente reflejada en su semblante pero, sobre todo, en el fulgor correoso de su mirada.
Ya para entonces un mal presentimiento estaba recorriendo el cuerpo debilitado de Kenny. Su respiración comenzó a tomar mayor velocidad en consonancia con la actividad cardíaca que estaba siendo distorsionada por la agitación del momento. Este hecho delató el nerviosismo al que había quedado suspendido y que pronto fue captado por Kevin, quien elaboró una mueca de orgullosa sonrisa tal y como si estuviera seguro de que Kenny ya no pisaba terreno firme.
No le escuches. Te hará daño.
Oyó Kenny dicho siseo proveniente de alguna remota parte. ¿Lo habría escuchado Kevin también? Parecía ser que no.
—Me echarais de menos o no, veo que ha ocurrido lo que me temí desde que puse un pie fuera de este puto pueblo —declaró Kevin seguro de la realidad en que se había convertido su conjetura—. Sí, lo sabía. Sabía que esto ocurriría tarde o temprano.
—No. Te equivocas, Kevin. Nosotros sí te hemos echado de menos —respondió Kenny costosamente a su antigua pregunta, en un hálito equiparable a un murmullo. Luego se mordió fugazmente sus labios excoriados e hizo que sus ojos siderales enfocaran el rostro del otro con la esperanza de hallar el cariño y la comprensión que tanto necesitaba—: ¿Dónde has estado en todo este tiempo? Intentamos localizarte pero ni siquiera tuvimos la manera de comunicarnos contigo. Nos hemos preocupado tanto por ti. No sabes cuánto te hemos necesitado. Yo te he ne…
—¡Basta! ¡Cállate! —vociferó Kevin con desprecio, apuntándolo con el dedo índice—. Ni se te ocurra venirme con esas, ¿te queda claro? Te recomiendo que tengas la puta boca cerrada. Oírte hablar sólo conseguirá hervirme más la sangre.
Kenny envió su mirada al suelo sintiendo el peso del vejatorio rechazo clavarse hondo en su pecho. No podía moverse del sitio. Fue entonces cuando comprendió que Kevin no había venido a South Park para quedarse, como tampoco para remendar los lazos familiares ahora hechos andrajos. Kevin no guardaba ningún tipo de perdón para con él. No lo tuvo en el pasado, tampoco lo tenía en el presente, ni lo tendría en ningún futuro remoto: el odio y el desprecio por parte de Kevin hacia Kenny seguiría vivo, latente e impertérrito; un de aquí a la eternidad. La brecha estaba más abierta que nunca. Kenny no iba a obtener su perdón nunca; Kevin lo había dejado más que claro.
—Si me he enterado de la muerte de papá ha sido porque me lo dijo la señora Glenn por teléfono —sentenció Kevin—. Al poco tiempo de irme de South Park la llamé y le dejé mi número de contacto para que lo utilizara sólo en casos de emergencia. Ella no os ha dicho nada al respecto de esto porque yo mismo le pedí que no lo hiciera.
Si bien podría haber hecho tal y como lo haría Craig en una ocasión como ésta —un mandar a Kevin directamente a la mierda y echarle en cara su ausencia durante todo este tiempo—, la contrapartida próvida de la naturaleza de Kenny hizo que optara por todo lo contrario: había aceptado sumiso el total desprecio que le profesaba Kevin. ¿Cómo ir en contra del odio que le enviaba su hermano mayor si éste era demasiado evidente y certero? Si su padre estaba bajo tierra era por su culpa. Él y sólo él, Kenneth Stuart McCormick, era la causa principal, la diana de todo tormento que había llevado a su padre Stuart al alcoholismo y, finalmente, a la muerte. Kenny bajó la cabeza y clavó la mirada en el suelo. El sentimiento de culpabilidad navegaba por su cabeza y echaba ancla profundo; hundiéndose lentamente en el siempre tormentoso mar donde se hunden los corazones de los penitentes.
—Lo notas, ¿verdad, hermanito? ¿Sientes el peso de la culpa devorarte por dentro? Qué puede ser peor que morir en vida, ¿eh? Apuesto a que es mucho más doloroso que la muerte.
Aléjate de él. Sufrirás.
Kenny desoyó al siseo por primera vez en su vida. No quería saber nada de Madre. Si tanto le preocupaba su existencia, ¿por qué había dejado que todos esos acontecimientos ocurrieran? ¿Por qué no le avisó para evitar la muerte de Stuart?
"¡Basta, no me hables! ¡No me susurres y aléjate! ¡No quiero saber nada más de ti!", pensó a gritos y con dolor.
Dicho dolor se aunaba con el de la culpa.
Kevin tenía razón: era un dolor tan fuerte y profundo el que sentía que sentía como si se estuviera convirtiendo en piedra y perdiese toda sensación o percepción sensorial que lo atara a la vida. Incapaz de moverse, de pensar... Kenny sólo podía sentir el férreo peso aplastar y estrujar fuerte su pecho al punto de desgarrarle. Kevin prosiguió:
—¡Sí, claro que sí! Es fácil saber lo que piensas con sólo mirarte a la cara y... ¿sabes qué? No veas lo que estoy disfrutando viéndote de esta manera, tan hecho mierda. Porque eso es lo que eres, puto maricón. Un mierda. ¡Este es el sufrimiento que te mereces!
A Kevin le ardían las entrañas. Manos y axilas, en cambio, estaban húmedas y frías. Experimentó un estallido en su interior que no era más que un flujo de cólera que le incitaba al deseo de humillar a Kenny. Volvió a señalarle con el dedo.
—¡Tú eres el único culpable de todas las desgracias que ha sufrido mi familia! ¡Tú la has ido destrozando poco a poco! ¡Desde la primera vez que reviviste y supimos desde entonces que no eras una persona normal, tú empezaste a joderlo todo! ¡Vamos, habla! ¿Es que no tienes los cojones que hay que tener para aceptar la verdad?
La mente de Kevin, activada por este factor de humillación, había comenzado a segregar grandes dósis de ira. Una ira semejante a la composición del mercurio: condensada y espesa, estas dosis circulaban por los circuitos sinusoides de una conciencia lubricada a base de venganza. La conciencia de Kevin se había convertido en una gran depredadora. Como una quimera o un dragón de varias cabezas. Como la esfinge que quiso vencer a Edipo, de lengua bípeda, sibilina, deseosa de retar y atormentar a la vez. Kevin deseó intensamente golpear a Kenny y hacerle mucho daño. Un daño inimaginable incluso para alguien desafiante como él. Sabía a priori que cualquier daño que le infligiera, Kenny se regeneraría y quedaría curado por sí solo. Por lo que dicho deseo de dañar empleando la violencia física fueron creciendo desorbitadamente: lo condenaría a sufrir tanto como Kevin quisiera; hasta que todo el veneno que almacenaba brotara gota a gota.
Kevin había pasado de ser su hermano para convertirse en su verdugo. En el verdugo sádico que todo condenado a muerte reza por no tener.
—¡Tú eres el que deberías estar muerto, maldito engendro hijo de puta! —rugió finalmente Kevin antes de que el deseo violento al fin fuese liberado.
Kevin se abalanzó contra él y le propinó un fuerte puñetazo en la cara que lo hizo tambalear y caerse. No empleó esfuerzo alguno por defenderse. Ni siquiera esquivó el golpe o se levantó después del suelo para contraatacar.
En cambio, en el interior de Kevin había explotado una conciencia afilada expresamente hecha para dañar, sajar y diseccionar. Y ante sí tenía la conciencia demacrada de Kenny lista para ser desgarrada.
Tanto le sublevaba esta idea de poder sobre Kenny, que Kevin la manifestó pegándole una patada en las costillas. Fue una patada fuerte pero Kenny no aulló de dolor. No se quejó ni hizo el ademán de hacerlo en ningún minuto posterior al golpe. Simplemente había cerrado los ojos con fuerza. Parecía estar dispuesto a asumir la carga de la violencia llevada por su hermano mayor como un perro apaleado o un santo mártir que acepta dignamente el dolor, la cual comprendería su agónica condena. Kevin lo arrastró por el suelo, apenas sin emplear esfuerzo, hasta llevarlo ante los pies de la tumba de Stuart.
—¡Esto es lo que has conseguido! —gritó Kevin haciendo eco su voz, que resonó por todo el camposanto—. ¡Venga, cabrón, mira lo que le has hecho a mi padre!
Kevin lo jaló por el pelo, haciéndole mucho daño. Le obligó a que estirara y finalmente alzase la cabeza para que viera de cerca el epitafio en el que se inscribían en relieve los nombre y apellido del difunto.
Kevin volvió a sonreír sádicamente. No había mayor satisfacción para el verdugo que hacer bien su trabajo.
En Kenny, por otro lado, el efecto de leer el nombre de su padre en la lápida había causado efecto cual resonancia de hondas extendiéndose desde su epicentro hasta alcanzar en lo hondo de su memoria, encontrando allí, entre los escombros de sus recuerdos, un valioso fragmento imaginario. Aquella pequeña pieza pictórica en sepia hecha por su imaginación representaba a un Stuart McCormick radiante y feliz. El hombre que nunca pudo llegar a ser. Un hombre bien vestido. De pulcra apariencia. Allí estaba esa imagen de un Stuart alegre que amaba con acerbo la vida; lejos del alcohol, del terror que producían los secretos de su pequeño y rubito niño-monstruo. Stuart no era el único que aparecía en esta recién nacida imagen en la memoria de Kenny. Al lado, tomándola Stuart por la cintura, con suma señal de cariño, una mujer pelirroja, radiante como un rubí, de nariz redondita, sonreía afablemente. Caroline McCormick. Los dos juntos, marido y mujer, ante una bonita casa encalada y sin grietas; con jardín lleno de florecillas y un bonito coche aparcado en la entrada. De pronto, aparecieron dos miembros más, formando parte de esta entrañable familia: sus hijos. Kevin y Anna Karenina McCormick. Un atlético joven con una vida por delante al lado de sus seres más queridos y una alegre muchachita sonriendo como nunca había sonreído antes.
El hermoso retrato de familia estaba al completo.
Ésta hubiera sido posiblemente la vida de Stuart y su familia si él, Kenny, no hubiera existido. A ese Stuart imaginario pero feliz, Kenny dirigió un lamento acongojado de pena, a él le lloró por la insoportable tortura de la verdadera muerte ineludible. Kenny se dejó abandonar en ese retrato familiar en el que él mismo era el principal ausente; un mundo feliz sin él. Se abandonó entonces a ese padre del que nunca fue hijo. Ofreció todo su ser y su vida, depositándolos en las manos paternales del feliz Stuart imaginario."Hubiera preferido todo esto para ti y no haber existido", le dijo al Stuart de su mente a sabiendas de que la absolución del destino de éste, el hombre desgraciado y borracho que había conocido en la la realidad, ya hubo sido resuelta con la muerte.
A expensas de sus lágrimas y de lo que estaba vislumbrando en su mente, Kevin no podía sino sonreír y sentir la dulce miel que se saboreaba con la venganza. Éste observaba con deleite su rostro ensangrentado, discurriendo con lágrimas y con gotas de llovizna en conjunto. Así, supuso Kenny, que su hermano quería tenerlo: derrotado. El tejemaneje que Kevin había planeado estaba presuponiendo, como consecuencia, un Kenny torturado, mortificado, incluso, hundido para un posible siempre. Un Kenny como éste de ahora, tartajeante, llorando agazapado e incapaz de mover ni un dedo por defenderse, era del todo sugestivo para Kevin. El verdugo y el condenado saben muy bien el papel de sus roles, y ambos estaban cumpliéndolo a raja tabla. El vencedor sobre vencido; el fuerte sobre el débil... Las leyes universales seguían imponiéndose en aquel pequeño mundo de color azul. ¿Alguna vez podría eso cambiar?
Uno de los elementos fundamentales por los que se sujetaba el plan de Kevin era servirse de la humillación y la culpa para abatir a Kenny. Haberlo conseguido era un efecto de puro y triunfante deleite: le producía expectación, tensión y la certeza de tener poder de dominación en todo momento.
Su sed de venganza seguía en compañía de su control sobre él, creciendo sin demasiado esfuerzo y la desencadenó finalmente pegándole una vez, y otra, y otra más en medio de aquella bendecida tierra donde dormían eternamente los muertos. Kenny sólo fue capaz de percibir la humedad del yermo suelo cuando se cara cayó de lleno contra éste a causa de la paliza. Puede que su cuerpo estuviera vivo pero, por dentro, el alma de Kenny ya estaba ahogada. Había muerto en el mar de la penitencia. Por primera vez, no quería seguir viviendo. Esta ansiosa necesidad dio paso a que deseara que Kevin le diera fin. Su fin. Quería que su hermano, como buen ejecutor, diera por finalizado su paso por aquel mundo. Tenía tanta razón... ¡Había hecho tanto daño! A su familia, a Stan y a Kyle al meterse en medio, ... a Craig.
Craig.
Su alma se hundió más aún en el oscuro mar. Su sentimiento de culpa, por el contrario, seguía ascendiendo más allá de su alcance.
"Si yo no hubiera existido todo hubiera sido tan diferente."
Todo se tornó lúcido, nítido, agresivo. Luego oscuro y silencioso. La sangre, las lágrimas, el sonido de los golpes, el dolor de los mismos, la humedad de la tierra... Kenny cerró los ojos. En reacción a esto, Kevin lo asió por el cuello, levantando el rostro del suelo, y le vociferó mirándole a los ojos:
—¡Mírame! ¡Mírame cuando te pego, bastardo! ¡Mírame cuando te pego!
Una lluvia de violentos golpes cayeron contra su ya magullado cuerpo. Sangraba por nariz y boca.
Y, de pronto, con la misma rapidez con que se había producido la oleada de ira, ésta cedió saciada. Jadeando, agotado y empapado de sudor, Kevin estando de pie lo soltó con desprecio y quedó tirado en el suelo; quedando ovillado su cuerpo.
Kevin había frenado su ataque. Por ahora.
Temblando de tensión y determinación, Kevin atisbó la intensificación de la lluvia por momentos. Gotas más gruesas se estampaban contra el suelo y la neblina se hacía más densa. Una repentina sensación de frío caló de lleno sus huesos. Sacó despreocupadamente, sin preocuparle la lluvia, el mechero que guardaba en un bolsillo de la chaqueta. Abrió la tapa del mechero, lo encendió para probar la llama y después lo acercó al cigarrillo que sostenía entre los labios, sin prisas. Éste quedó prendido a duras penas y, hecho esto, cerró la tapa del mechero al momento. Las primeras caladas al cigarrillo fueron hondas. El humo del tabaco negro se expandió por el aire, mimetizándose con la niebla y ennegreciéndola con su viciado hedor. Todo quedó en silencio. Kevin había permanecido observando atentamente la tumba de su padre mientras que Kenny yacía herido a su lado sin quejarse lo más mínimo. Kevin se inspeccionó luego los puños: sus nudillos estaban pelados y moteados por manchas violáceos adjuntas también con restos de sangre que, evidentemente, no era suyos.
—Mamá y papá tenían que haberte entregado a las autoridades —dijo Kevin después de expulsar otra calada de humo—. Pero no lo hicieron. Te habían cogido cariño. Sobre todo mamá. El hecho de que tú nacieras a partir de ella le hacía pensar que eras su hijo. Pero yo creo que no. Creo que por alguna razón que ni me atrevería a imaginar, has utilizado su cuerpo para revivirte. Como una jodida sanguijuela, tú la has utilizado. Tengo toda la certeza de que no eres su hijo aunque no sepa cómo explicarlo.
"Yo tampoco sabría explicártelo. Yo no sé quién soy", pensó, en respuesta silenciosa, Kenny. El tiempo pareció detenerse de pronto. Con el cuerpo agazapado y embarrado en el suelo, Kenny esperó quieto a que el tiempo volviera a moverse.
Kevin prosiguió:
—Papá también te quería y, bueno, no siento rencor por él a pesar de que te haya preferido a ti antes que a mí a la hora de echarme de casa. En el fondo sólo fue un tipo infeliz en toda su puñetera vida y nunca supo hacer las cosas bien. Yo, en cambio, he aprendido. A base de caerme y levantarme las veces que hicieran falta, he aprendido. No es fácil sobrevivir cuando uno se va lejos de casa sin un puto duro y dependiendo sólo de sus propias fuerzas. Pero he luchado con uñas y dientes por todo lo que quería tener y... ¡vaya que sí lo he conseguido! —hizo una breve pausa—. Por eso estoy aquí, hermanito. Voy a hacer lo que papá nunca hizo y haré que los McCormick sean por fin una familia de verdad.
Kenny permaneció callado. Era como si estuviera esperando la sentencia de su propio juicio. Descubrió que después de exigirlo, el siseo había desaparecido y no había vuelto a surgir de aquella nada de la que provenía. Quizá hubiera cesado para siempre.
Con los ojos cerrados, Kevin saboreó un rato más el regusto del cigarrillo hasta acabárselo y pisotearlo en el suelo. Luego apretó los puños e hizo crujir los nudillos de las manos con un ruido seco y siniestro. Después respiró profundamente, como si por fin hubiera tomado una decisión. Abrió los ojos y los descendió para mirarle directamente a la cara.
—Pero, antes que nada, voy a dejarte a ti la determinación de decidir si quieres que mi familia sea feliz o no.
Kenny no contestó. Pero tampoco lo negó, y Kevin comprendió que ya le había contestado con su silencio.
—Justamente mientras se celebraba el entierro al que he llegado tarde, he llamado por teléfono a la CIA. Les he hablado mucho sobre ti. Aunque, claro, tuve que mentirles un poco para no involucrar a mamá en todo esto. No les dije nada acerca de sus alumbramientos inusuales cada vez que tú morías. En vez de eso, les mentí diciendo que eras un niño adoptado, al igual que el hijo menor de los Biggle. En cuanto a ti, sólo les hablé de tus poderes de sanación, ya sabes, que eres capaz de curarte y curar a otros como un puñetero Buda.
Kevin carcajeó sutilmente mas no con malicia. Era más bien amargura, un regurgitar del dolor asomarse a escasa nitidez, como el brillo de una bombilla de pocos vatios. Kevin sufría por la muerte de Stuart. Sufría a su manera, estaba claro. Pero más arriba de la cumbre de su propio dolor estaba la necesidad de aplacar un dolor más fuerte, un dolor violento y sediento por beber de las fuentes insaciables de la venganza.
—Verás, no les dije de tus resurrecciones porque podía poner en peligro a mamá. Es lo más justo, ¿no crees? Luego les hablé largo y tendido del pacto que ese hijo monstruito que tienen los Biggle hizo años atrás a mis padres, a mi hermana y a mí obligándonos a no decir nada a nadie acerca de tus poderes —hizo una pausa. Tomó aire—. Como comprenderás, al principio no me tomaron muy en serio y es normal. Me imagino el puñado de locos que los llaman a todas horas. Pero, según avanzaba con mi historia, comenzaron a interesarse mucho más y a dar crédito a mis palabras... no sé por qué. Llegó un momento que me pasaron de línea con un tipo para que le contara todo y que por lo visto era el jefazo de la CIA. No me dijo ni su nombre ni hostias, sólo me interrogaba con preguntas todo el tiempo. Entre ellas, por qué te había delatado. Esa vez le dije la verdad: por venganza. Creo que les bastó eso para creerme. Les dije que te entregaría esta misma tarde en las afueras y tú no pondrías resistencia. Vendrán fuerzas especiales de la CIA a por ti y a por Biggle. Si tú aceptas irte con ellos por las buenas y no delatas a mamá, yo podría llevármela junto con Karen a Nevada para que hagan una nueva vida lejos de toda esta mierda. Pero, si decides huir, o hacer cualquier otra cosa, posiblemente irán a por nosotros hasta que tú aparezcas y te entregues. Sé que escogerás lo correcto para todos. Así que tú decides, hermanito.
Kevin cruzó los brazos y no dijo nada más. Entretanto, Kenny se incorporaba a duras penas levantándose con dificultad del suelo. Sus lágrimas se habían agotado como si sus emociones hubieran chocado contra un muro invisible. Su rostro carecía de vida. Había un aura de inverosimilitud en el aire. Kenny miró a los ojos a su hermano y dijo:
—¿No...? ¿No me estás mintiendo?
Kevin respondió con seguridad al momento.
—No. Te estoy hablando muy en serio. Eres libre de creer o no creer. Pero más vale que me creas si no quieres que las cosas acaben peor de lo que ya están.
Kenny ordenó mentalmente todo lo que le había dicho. El más mayor esperó a que aquella aplastante lógica de decisiones permeara en la cabeza de Kenny e hiciera mella. Con voz lacónica pero segura, Kenny dijo:
—Prométeme que cuidarás de ellas.
—Te lo prometo. Cuidaré de mamá y de Karen. Te prometo que no les faltará de nada. Yo las quiero y no permitiré que nada malo les ocurra.
De repente, un rayo alumbró y retumbó violentamente haciendo de su rugido eléctrico un amplio eco que recorrió el cementerio. Cerca, en alguna parte, pero sin ser preciso. Entre la niebla, parecía que los sonidos perdían su sentido de la orientación y de la distancia. Las nubes se agolparon unas contra otras y el cielo se oscureció aún más. Las sombras que envolvían las cosas se hicieron más nítidas y densas, más profundas. Ya para entonces Kenny se había olvidado de sentir o reaccionar con el mundo que le rodeaba.
—Lo haré —le dijo a su hermano empleando un tono de voz apagado, muerto—; me entregaré.
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Cuando el cielo oscureció y las gotas de lluvia ya habían comenzado a acrecentar su grosor, Stan había perdido la paciencia y regresaba dentro del perímetro del cementerio para ir en busca de Kenny.
Aún quedaban algunos coches aparcados en la entrada. Posiblemente pertenecieran a los enterradores. Stan fue a paso rápido, sorteando el mar de niebla y los hondos charcos que se acumulaban en las oquedades del suelo. El sonido de la lluvia repicando contra las lápidas producía un sonido apaciguante. Después de caminar un largo tramo, divisó a lo lejos la zona en la que había sido enterrado el señor McCormick. Frenó sus pies en seco cuando vislumbró dificultosamente en la lejanía una segunda figura humana irreconocible próxima a Kenny. Por un instante, Stan la comparó con la del difunto y sintió un terrible escalofrío. Se aproximó un poco y escuchó el eco indescifrable que producía aquel espectro de Stuart al hablar con Kenny. ¿De qué estarían hablando? ¿Es que acaso era la fantasmagórica visión de Stuart McCormick? A Stan este hecho no le sorprendía. No después de lo que había vivido con Kenny en la tormenta pasada.
—¡Kenny! —lo llamó varias veces, deshaciendo los últimos pasos.
La conversación terminó el mismo momento en que Stan alcanzó a Kenny y a su acompañante. Lo primero que hizo Stan fue mirar hacia el fantasma demasiado humano de Stuart y descubrió, para signo de toda sorpresa, algo aún peor que un encuentro paranormal: a Kevin McCormick.
—¡Anda, mira tú por dónde! —dijo el hermano de Kenny—. ¡Pero si está aquí tu amiguito marica para cuidar de ti, Ken!
Stan hizo caso omiso a Kevin, llevó sus ojos azules a Kenny y quedó perplejo: la imagen que profería el joven hizo que saltaran las alarmas en su interior. Ensangrentado, magullado, lleno de barro, con la cabeza cabizbaja y sin proferir palabra. Pero había algo peor que hizo que Stan se preocupara mucho más: la impresión que daba Kenny. Una imagen perdida y carente de vida. Los ojos vacíos de Kenny hicieron que Stanley se llenara de tristeza. Stanley, sin embargo, no necesitó más para saber qué tenía que hacer. En un golpe de rabia se abalanzó contra Kevin propinándole un puñetazo inesperado. Kevin dio un traspié debido a la fuerza del golpe, quedando aturdido por momentos. Stan aprovechó esta oportunidad para propinarle una lluvia de puños.
—¡Hijo de perra! —le insultó Kevin cuando cayeron los dos al suelo. Ejerció su pie de palanca y, de una patada, echó a Stan al lado contrario para quitárselo de encima.
Stan, movido por el instinto, estaba decidido a levantarse e ir a por Kevin. Cuando se levantó, unos brazos tiraron de él hacia atrás y lo frenaron sin dificultad; empleando la misma fuerza que él por intentar zafarse en vano.
—Basta, Stan —le pidió Kenny entre forcejeos; utilizando un tono seco y monocorde—. Déjale. Esto no tiene que ver contigo.
—¡No! ¡Él no tiene ningún derecho a tratarse así! ¡Si tú no te defiendes de él porque le tienes cariño a pesar del todo el daño que ha hecho a tu familia y a ti, entonces te defenderé yo de ese cabrón! ¡Le daré la bienvenida que se merece!
Kevin se levantó con facilidad del suelo, muy tranquilo, riéndose divertido. Sin embargo, un moratón comenzaba a intensificarse poco a poco en una de las mejillas. Se limpió el hilillo de sangre que salía de la comisura rota del labio.
—Vaya por Dios. ¿Sois maricones o algo así?
—¿Qué coño vienes a hacer ahora aquí? —le soltó Stan intentando con esmero zafarse de los brazos de Kenny—. Te largaste de South Park y dejaste tirada a tu familia, sin importarte una puta mierda, y vienes ahora aquí, ¿a qué? ¿A echarle la culpa a Kenny y darle una paliza? ¿De qué coño vas? ¡Tú no tienes el derecho de culpar a nadie, pedazo de mierda!
—Vengo a hacer justicia —replicó Kevin sin ningún tipo de aspaviento y sin alzar la voz.
—¿Justicia? ¿De qué hablas?
Kevin volvió a carcajear en la más sutil de las formas.
—¿Por qué no se lo preguntas a mi querido hermano y así sales de dudas?
Stan paró de forcejar y se rodó para mirar a su acompañante. Éste tenía la mirada perdida en el suelo. Ni siquiera parpadeaba. A Stan se le encogió el corazón al verlo tan destrozado, más interior que físicamente. Nunca lo había visto así, tan ausente, tan desolado. Si lo pinchaba con una aguja estaba seguro que no le saldría ni una gota de sangre.
—¿Qué es lo que pasa aquí, Kenny?
De Kenny no salió nada. Sólo silencio. Guardaba sus pensamientos que se hacían más y más inaccesibles a Stan por momentos.
—No te lo puedo decir —le respondió Kenny finalmente. Evitando todo contacto visual. Estaba evitando decirle la verdad tal y como había hecho dos noches antes.
—¡No lo entiendo! ¿Por qué no puedes? —insistió.
Nada. Ni una palabra. Stan volvió a dirigir una mirada henchida de furia en dirección a Kevin McCormick.
—Lárgate de aquí.
—Me iré pero no porque tú me lo pidas —Kevin se reajustó la chaqueta y puso manos en los bolsillos. Luego se dirigió a Kenny bajo la misma osadía—: Te veré a la hora que te he dicho en el lugar previsto. ¿Sabrás cómo llegar?
Kenny asintió escuetamente con la cabeza.
Kevin sonrió más que satisfecho. —Perfecto. Entonces nos veremos allí.
Y, con la misma, Kevin se alejó hasta que el mar de neblina hizo imposible discernir su silueta.
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Craig había preparado la mochila a una velocidad pasmosa. Sólo lo necesario, lo imprescindible. Algo de ropa de ambos y todo el dinero que tenía ahorrado. Cerca de ochocientos dólares. ¿Acaso era un juego del destino que fuese él un tío previsor que ahorraba? Esbozó una débil sonrisa sarcástica. Tal vez. Tal vez, y sin saberlo, se había estado preparando para su destino en todo este tiempo. A Craig le costaba creer que, en aquel mundo frenético semejante al mítico laberinto cretense, lleno de caminos, senderos y bifurcaciones enredados y sin sentido aparente, al final la vida de las personas estuvieran ya predestinadas y tuvieran un papel trascendental, siendo éstas piezas indispensables para las demás del engranaje que componía la relojería inmensa del Universo.
Su corazón latía ásperamente contra sus costillas. "Estoy empezando a creer que todos y cada uno de nosotros estamos aquí por algo", se dijo para sí.
En cualquier caso, Craig seguía sin comprender demasiadas cosas. ¿Por qué era el guía de Kenny? ¿Quiénes eran los que buscaban atrapar a Kenny? ¿Quiénes eran Bradley y Kenny en verdad? ¿Y esa voz... qué era o a quién pertenecía? Demasiadas cuestiones seguían sin respuesta y las líneas que la componían aún le eran inaccesibles. Sin embargo, tenía la certeza de que, poco a poco, aquel caos sin resolver se dirigía a su desenlace.
"Esta tarde se resolverán muchos de los interrogantes", pensó. "Tendré que sacar a Kenny de aquí y ni siquiera sé cómo lo haré después de todo lo que ha ocurrido entre nosotros. ¿Me hablará de Stan? ¿O no se atreverá a decírmelo? ¿Acabaré por decírselo yo? ¿Y qué pensará cuando le diga que tenemos que irnos lejos por su seguridad? No sé de qué hablaremos, ni siquiera sé qué demonios me contará primero Bradley de todo esto."
Con la mirada fija en ninguna parte, se debatía entre dos sentimientos encontrados. Por encima de todo, quería ayudar a Kenny. Y, al mismo tiempo, le aterraba reunirse con él tras lo ocurrido. Aunque no estaba ni de lejos preparado, ni tan siquiera sanado del desamor, no iba a darle la espalda y dejar que la suerte se hiciera cargo de todo. A pesar de todo el daño, y aunque le jodiera reconocerlo, Craig lo seguía queriendo. No era tan fácil borrar un sentimiento de un sopetón. Cualquier persona en su misma situación lo comprendería.
En ese preciso instante, recordó que Bradley le había indicado que se llevara cualquier cosa que tuviera valor. Intentó descodificar aquel significado. Miró a su alrededor intentando dar con la clave. ¿Qué tenía él de valor que debía llevarse consigo? Amaba sus libros y todos sus discos de vinilo, pero estaba seguro de que Bradley no lo decía por éstos, entre otras cosas, porque no eran necesarios ni imprescindibles en su viaje. Craig meditó un poco más. Y si... ¿y si Bradley no se refería a él? ¿Y si se refería realmente a algo que tuviera valor para Kenny? Prácticamente, éste había dejado muchos de sus escasos objetos personales ahí, en su habitación, después de haber pasado un mes conviviendo juntos y en secreto.
Kenny no era una persona con demasiados bienes materiales. No le gustaba comprarse cosas. Era como si la condición económica de su familia lo hubieran convertido en una persona austera que sólo compraba lo necesario o, en todo caso, el poco dinero que le sobraba se lo gastaba en los demás. Kenny le había regalado a Craig un disco de Deep Purple; sin embargo, se molestaba y era reacio a aceptar cualquier regalo o dinero cuando Craig se los ofrecía. Entonces, ¿qué podría ser esa cosa de valor que podría estimar tanto Kenny?
Craig no tardó en dar con la respuesta del enigma.
Sobre el escritorio, sin llamar siquiera la más mínima atención, una cajita sencilla de música, sin ningún tipo de decoración y muy vieja, realizada en una extraña madera azulada, descansaba ajena a los pensamientos de Craig.
Sí. Estaba seguro que había acertado. Tomó la cajita en sus manos. Era tan simple y estaba tan desgastada que nadie, salvo Kenny, podría darle valor a semejante análisis visual.
"Lo importante no es la visión que se tenga de las cosas", se dijo para sí Craig mientras abría la caja y dejaba que la maquinaria se activara y comenzara a sonar la melodía. Fly me to the Moon. Colores vivos, casi enmarcándose en un perpetuo azul índigo, la componían y flotaban hasta desaparecer en el aire en lo que duraba cada nota. "Lo importante es lo que se percibe a través de ellas."
Cerró la tapa, con cuidado. La melodía menguó y cesó finalmente como un despertar de un prolífero ensueño. La guardó dentro de la mochila. Además, metió en los bolsillos de la cazadora dos paquetes de cigarrillos nuevos. Los iba a necesitar. "¿Qué más?", se preguntó. Por temor a no volver, Craig sacó debajo de la cama una caja y la abrió. Dentro estaban meticulosamente ordenados algunos libros. De uno de ellos, concretamente uno de los tomos de Cuentos de Chéjov, guardados en la mitad de las páginas, había un puñado significativo de fotografías. Cogió una en la que salía representados sus padres, su hermana Ruby y él mismo. Era una fotografía vieja, tendría en esa foto unos siete u ocho años. Era una de las pocas en las que sonreía feliz. Su fotografía se la había sacado su abuela cuando le regaló el telescopio para el día de su cumpleaños. Aquel Craig de la foto era feliz; contento con su telescopio pensando que algún día descubriría algún marcianillo en un planeta remoto. Su familia sonreía junto con él para la foto. Era un buen recuerdo y tenía todo el derecho de llevárselo consigo... sobre todo, por si no iba a volver.
Luego, cogió papel y boli, escribió una nota para su hermana y la dejó sobre la cama. Necesitaba irse de allí cuanto antes. Antes de que su familia llegara. Se le partiría el corazón si los veía, posiblemente, por última vez. ¿Por qué tenía la vaga sensación de que no los vería jamás? Entre otras respuestas, porque ni Bradley sabía por cuánto tiempo estaría fuera con Kenny. Quizá era su forma de no decirle la verdad: que con seguridad no regresarían a South Park. No en esta vida y en este universo, al menos.
Dejando todo ordenado, Craig salió de su habitación, colgando la mochila en un hombro. Eran cerca de las dos de la tarde. Faltaban alrededor de dos horas para encontrarse con Bradley en el cementerio, aún tenía tiempo suficiente pero si seguía estando pensando y dándole vueltas a todo en su habitación, acabaría por subirse por las paredes. Necesitaba tiempo y espacio. La misma jodida mierda que necesitaría cualquier físico. Tiempo, para asumir los hechos; espacio, para interiorizarlos. Salió por la puerta principal y se dio la vuelta y contemplar la fachada de la casa de los Tucker. Tal vez sería la última vez que la viera. Unas gotitas frágiles de lluvia lo despertaron de su ensueño. Miró hacia lo alto y le sorprendió observar de lleno cómo caía un rayo a lo lejos y rugía haciendo eco por el espacio. Lo más sorprendente es que había caído por alguna zona próxima. El rugido rojizo del trueno ahondó en sus retinas hasta que cesó.
Caminó lentamente, sin prisas, intentando alcanzar renovadas energías para todo lo que le esperaba. Alcanzó la avenida del pueblo. Al haberse intensificado la lluvia, las personas que iban por la acera junto a él iban aprisa bajo el cobijo de paraguas y periódicos. Del bolsillo de la cazadora se sacó su viejo chullo azul profundo y se lo puso. No había traído paraguas, pero tampoco lo necesitaba. Sentir lluvia le tranquilizaba, le hacía sentir vivo y que, lo que estaba viviendo, era totalmente parte de la realidad. Caminó por la calzada, en medio de la vida que le rodeaba. Personas, mujeres y hombres, adultos y niños, cada uno también dirigiéndose a su propio devenir prescrito. Paró frente al cristal de la cafetería de los Tweek: vio un grupo apelotonado de bastante gente viendo con interés algo que retransmitían por la televisión. Atisbó a Tweek tras la barra.
Craig, con la cabeza ladeada, se cuestionó extrañado ¿qué era lo que había conseguido Tweek para que Bradley cambiara de parecer y los ayudara? Fue Bradley mismo quien le había asegurado a Craig que, si no fuera porque Tweek lo había hecho cambiar, lo hubieran tenido como un enemigo, y muy posiblemente duro de roer. El joven esquizofrénico servía cafés ayudándose de la máquina ajeno a la presencia de Craig tras el cristal amplio de la fachada. Sin prisas, sin alterarse, Tweek trabajaba sin movimientos bruscos o descompasados. Por alguna extraña razón, estaba bajo una tranquilidad poco usual. Craig deseó despedirse de él pero luego no lo creyó conveniente. Con otra mirada, Craig se despidió de Tweek sin que éste se diera cuenta de su presencia.
Tras salir de la avenida, tomó por calles casi vacías marchando sin prisas hacia el cementerio.
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Stan guió a Kenny, asiéndole por un brazo, hasta el coche de su padre. Primero abrió la puerta del copiloto para que se sentara dentro, cerró la puerta y luego fue por el otro lado para sentarse en el asiento del conductor. Stan aún no había sacado el carnet de conducir, pero se las arreglaba bastante bien conduciendo. Un pueblo pequeño como aquel, sin la ley aplastando con la mirada, había un gran número de pueblerinos que conducían sin carnet. En el fondo, no era tan importante si sólo lo utilizaban para desplazarse a distancias cortas dentro del mismo pueblo. También aprovechaban la benevolencia y, tal vez, ignorancia del oficial Barbrady para hacer de la ley lo que les viniera en gana. Stan había tomado el coche de su padre para llevar a Kenny, a Karen y al novio de ésta al cementerio para celebrar el entierro. Sharon y Randy habían ido con los Broflovski en su coche para acompañar a Carol.
Stan no tenía ni la más mínima idea de dónde podría estar Kyle. En un momento antes de ir al entierro, había aprovechado para acercarse a la señora Broflovski para preguntarle.
—Pasé hace un momento por casa y lo pillé durmiendo la mona. ¡Cuando vuelva a casa no veas la bronca que se le va a venir encima! —le había dicho la mujer judía muy cabreada—. ¡En la cocina hallé dos vasos vacíos y una botella de whiskey vacía! ¿Tú estuviste con mi bubbita bebiendo anoche?
Stan negó con la cabeza. Luego se molestó mucho al saber aquello. "¿En qué coño estás pensando, Kyle? ¿Cómo se te ocurre beber cuando el padre de uno de tus amigos ha muerto? ¿Qué coño pensabas cuando te quedaste en casa para emborracharte y no estar con Kenny, como todos los demás? Que nosotros estemos mal, no significa que lo tengas que pagar con Kenny. ¡Es tan impropio de ti hacer esto! ¿Qué demonios te pasa?"
En cualquier caso, Kyle tampoco se había aparecido en el entierro. Y, aunque en el fondo Stan estuviera molesto por la actitud de éste, había algo en su forma de actuar que no cuadraba. De hecho, Kyle jamás bebía. ¿Por qué había actuado así?
Luego, para más espectación, había aparecido el hijo puta de Kevin McCormick para hacer daño a Kenny. Y, para colmo, Kenny no le decía nada de lo que estaba ocurriendo y que él no alcanzaba a comprender del todo.
"Recapitulemos", se dijo Stan para sí y comenzó a darle vueltas a la cabeza. Kenny no era normal. Eso estaba claro y Stan lo sabía. Recordó el aura azul que había sobresalido en torno al cuerpo de Kenny en la pasada tormenta. Recordó sus palabras, hablando sobre una tal Madre. Incluso, se había denominado a él mismo por otro nombre: Kilémladas. ¿Qué demonios significaría todo eso? Y, además, ¿qué se suponía que era Kenny? Luego estaba aquella extraña tormenta y la electricidad de la casa alterarse hasta hacer estallar las bombillas y saturar los fusibles. Por el retrovisor, entre las gotitas y el vaho de la niebla adherida a los cristales, percibió su cara reflejada en el retrovisor externo. El ojo morado que le había dedicado Cartman estaba sano y sin muestras de ningún golpe. De la noche a la mañana curado, como por arte de magia. ¿Por qué tenía la corazonada de que también tenía que ver con Kenny?
Y también estaba el hecho de que habían tenido sexo juntos. No habían hablado del tema a causa de toda la conjunción de hechos relacionados tras el fallecimiento de Stuart McCormick. Los dos no habían tenido la posibilidad de poder hablar acerca de ellos, de lo que sentían. Kenny no estaba por la labor de hablar sobre ello y Stan no se atrevía. Aún, Stan se asombraba de lo que había vivido junto a Kenny. Era como si... como si hubieran decidido los dos desviarse del camino que alguien, ajeno a ellos, había trazado para cada uno. Obstinados, habían trazado un pequeño sendero en el cual se habían perdido, besándose y teniéndose, como si fuera ésa la única manera de apartarlos de todos los problemas que los acechaban en sus vidas.
¿Acaso era sólo el deseo de apartarse del mundo lo que les había unido? No. En Kenny había notado algo más y puede que en él mismo también. Algo que a Stan lo comparaba con un sentimiento lejano, añejo, como si hubiera sacado de un desván polvoriento un objeto antiguo y lo desempolvara tras años sin ver la luz del sol. Algo así como transportar un trozo de su pasado al presente sin tener en cuenta nada de lo vivido hasta entonces. Sí, algo así. Tal vez.
Emitiendo un resoplido, descansó las manos sobre el volante, irguió el rostro y miró a Kenny, sentado a su lado. Recordó que tenía un paquete de pañuelos en el bolsillo y le extendió uno para que se limpiara el rostro. Kenny asintió y lo tomó. Se limpió lentamente y Stan esperaba hallar las heridas recibidas por Kevin; sin embargo, sólo había suciedad de barro y sangre. También humedad de la lluvia y, posiblemente, aunadas con lágrimas. Pero ni rastro de moratón o golpe. Ni un sólo rasguño halló en Kenny como evidencia. Stan no dijo nada, pero por dentro se removía de la inquietud.
"Tengo que hablar con él. Pero, ¿por dónde debería empezar?", se debatía interiormente Stanley. Hizo el intento y sus labios se movieron como buscando en el aire las palabras; sin embargo, no las halló. No salió ninguna palabra. Mientras lo miraba a los ojos, Kenny movió la cabeza levemente, como asintiendo.
—No hace falta que digas nada —dijo Kenny, de pronto. Las palabras salieron apuradas—. No es el momento.
—¿Y cuándo es el momento? —intervino sin poderlo evitar—. Kenny, por favor, yo sólo quiero ayudarte. No quiero verte así, joder. Quiero saber lo que está pasando contigo.
—Sabes muy bien que no puedo revelarte nada. Por favor, deja de inmiscuirte en toda esta mierda que ando yo metido. No quiero que nadie más sufra o esté en peligro por mi culpa.
—¿Por qué te empeñas en culparte de todo, Kenny? —Stan interrumpió dando un golpe seco de frustración en el volante—. ¿No te das cuenta que no tienes la culpa de nada?
Kenny retomó, como siempre, la concienzuda aptitud de quedarse en silencio. Stan tomó aire y seguridad en si mismo, se volteó hacia Kenny, lo tomó con ambas manos el rostro y le dijo, como si de repente pudiera entender un poco más el sentido del sendero por el que había andado con Kenny, lejos del camino, lejos de cualquier predominante destino:
—Kenny, yo te quiero.
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FIN CAPÍTULO XX.
¡Un capítulo menos xD! ¡Ya queda menos para el final! He de decir que ha sido un capítulo duro al tener tantas cosas que relatar en cuanto a pensamientos y sentimientos se refiere. El resultado no me ha disgustado, en cualquier caso, todo lo contrario. Me siento satisfecha de poder haberlo logrado en la manera que quería. Intentaré que las actualizaciones sean más ágiles, pero tened en cuenta que estoy en la universidad y , buf, me es muy duro compaginar más allá de los estudios en este momento.
El que se pregunte por qué he escogido este título, que lo busque por youtube, vea el videoclip, escuche la canción y saque sus propias cuentas xD.
Y, como siempre, que no se me olvida, muchííííísimas gracias por esos hermosos comentarios (¡os adoro un mundo, chicas^^!), seguimientos y favs.
Un fuerte abrazo y hasta pronto :)
NOTA: Capítulo corregido el día 2 de mayo de 2014.
