Las frases en cursiva son pensamientos.

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Con pasos lentos y sigilosos ella dejó la habitación esa madrugada.

Llevaba ya un par de horas inmóvil en la cama, con los ojos fijos en el techo y la mente divagando, dando vueltas, buscando soluciones, corriendo rápidamente, analizando mi posición para llegar una y otra vez a la misma conclusión: estaba jodido.

Sólo conseguía atormentarme inútilmente con el constante recordatorio del suceso causante de aquel terrible malestar que presionaba mi pecho y que revolvía mis entrañas, ese causante de la muralla invisible que Mikasa había construido entre ambos en cuestión de minutos, de esa maldita barrera que no me permitía acercarme a ella ni siquiera con metro de distancia de por medio.

Horas antes había tenido lugar lo que consideraba un fatídico acontecimiento, seguido de un nada alentador panorama. Verla llorar por tan largo rato fue una verdadera tortura, no había palabra o acción capaz de erradicar o siquiera amainar ese sufrimiento que carcomía su mente, su corazón, su alma. Nada servía, porque simplemente aquella aberrante mentira logró calar profundamente en ella sin piedad ni miramiento alguno, tanto, que me desesperaba.

Me desesperaba no saber qué hacer, joder, no tengo ni una leve noción de cuántas veces le pedí a todos los dioses existentes que me mandaran alguna señal, alguna idea, que me dieran a conocer alguna forma de poder cruzar el abismo que estableció entre ambos con el fin de arrebatarle ese peso de encima para aventarlo al infierno o cargar yo mismo con él si era necesario. Todo quería intentar, cualquier cosa deseaba hacer para que así fuese. Pero nada se me ocurría, nada que pudiese ayudarme, ayudarnos a arreglar este desastre.

Masajeé mis sienes con un par de dedos, mi cabeza dolía como el demonio. Una sensación aturdidora y e dedos, me dolexasperante acompañaba al malestar, una que taladraba mi cráneo con una tenacidad inmedible. No había pasado ni un día de que todo esto pasara y ya yo sentía que me volvía loco, el no poder sacarme algo de la cabeza es realmente frustrante y agotador en demasía. Sobre todo si ese algo tenía que ver con la mujer que tanto me encanta y que, para mi desgracia, últimamente se había vuelto tan importante para mí. El hecho de tener un problema de este calibre con ella lo empeoraba todo desmesuradamente.

Lo único que quería era abrazarla, besarla y arrancar de raíz cualquier pensamiento que pudiese poner en duda el nivel de compromiso que yo tengo con respecto a nuestra relación.

Tch, para mí todo era tan absurdo… Jodidamente absurdo, porque sólo yo sabía que desde que comencé a verla con otros ojos, a considerarla de verdad mi esposaen todo el sentido de la palabra, no había tenido ni una milésima de segundo de sobra para mirar, tocar o pensar en otra mujer así como lo hago con ella. Sin embargo, ¿cómo carajos le haría entender eso? Si cuando lo intentélas palabras que salieron de mi boca no fueron infalibles desde su perspectiva. Pero claro, ¿cómo iban a serlo? Si estaba llena de un veneno que la ponía en mi contra, además de la mierda que la estúpida de Petra metió en su cabeza con tanto éxito que luego de eso la mocosa no quería ni que la mirase. Así de enojada estaba conmigo.

La mocosa…

Me senté en la cama de súbito al caer en cuenta que ya había tardado demasiado haciendo quién sabe qué. Apreté los párpados en el proceso dejando salir una casi inaudible blasfemia por la punzada de dolor me atravesó como amago de protesta por aquel repentino movimiento. Me levanté y pasé una mano con pesadez por mi cabello al sentir de pronto un cansancio embargarme y adueñarse de cada célula de mi cuerpo, mis músculos estaban entumecidos y algo acalambrados por los desvelos acumulados. Suspiré y con una renovada determinación, salí en dirección a las escaleras con el único objetivo de averiguar lo que mantenía ocupada a la azabache.

Al bajar unos cuantos escalones la vi allí, sentada rodeada de silencio y soledad con sus antebrazos apoyados del vidrio de la mesa del comedor y la mirada fija en algo o alguien que estaba del otro lado del ligeramente empañado cristal del ventanal.

Con pasos lentos me acerqué a ella, a esa mujer de semblante serio y tenso que había tomado el lugar de la muchacha dulce y risueña que en secreto adoro ver sonreír. La azabache sostenía una humeante taza de té entre sus manos, estaba tan perdida en sus pensamientos y cavilaciones que no reparó en mí ni cuando ya me hallaba dentro de su campo visual, no me vio ni siquiera de soslayo para fulminarme con esos filosos y severos ojos grises por haber tenido la osadía de ocupar el asiento contiguo al suyo.

La observé quedamente, preguntándome tontamente si sólo estaba ignorándome o si estaba tan, pero tan sumida en su ensimismamiento como para no haber notado mi presencia. La presión en mi pecho se intensificó al apreciar la hinchazón que cubría sus finos rasgos, esas oscuras sombras debajo de sus ojos, y sus orbes… tan opacos y tristes que simplemente no parecían los suyos. No hallaba en ellos ni un atisbo de ese brillo que la mayoría del tiempo los hacía resplandecer místicamente, con magia, con alegría. Sus hombros estaban rígidos al igual que el resto de su cuerpo, sus labios carmines dibujaban una línea recta en su precioso rostro y sus manos sujetaban la taza de porcelana con más fuerza de la necesaria.

Sin poder soportar más verla así, desvié la mirada hacia la misma dirección que ella, disponiéndome a hallar lo que sea que llamó su atención del otro lado de la ventana para distraerla tanto. Sin embargo, afuera no había más que quietud y soledad. No me extrañaba, siendo aproximadamente las tres de la mañana aún no había ni un alma transitando por las calles de la ciudad. Por ende, de inmediato concluí que nada tenía su mente ocupada, nada salvo sus pensamientos.

Un sentimiento de culpa y una grandísima aflicción recorrieron todo mi cuerpo con una velocidad y una devastación similar a la que tienen las ondas expansivas que arrasan con todo lo que encuentren a su paso luego de una explosión. Aun cuando no tenía nada que ver con la mentira en la que me vi involucrado, no podía evitar sentirme jodidamente mal por eso. Por no haberlo evitado, por no saber qué hacer, por tan prontamente haberme fallado a mí mismo y a ella en esa tarea que con tanta determinación establecí: hacerla feliz.

Un buen rato habíamos pasado ya en esa misma posición, ninguno de los dos mostrándose lo suficientemente valientes para dar el primer paso, para hacer el primer intento de acabar con esa incómoda situación. Bueno, era plenamente consciente de que sería imposible simplemente acabar con ella… Pero al menos sí podíamos tratar de mejorarla siquiera un poco, ¿no?

El desasosiego me golpeó con tanta fuerza que otra punzada de dolor me dejó aún más aturdido de lo que ya estaba, mis hombros estaban tan tensos que comenzaban a doler y a molestar. Mikasa estaba justo a mi lado, tan cerca y a la vez tan, pero tan lejos… La sentía inalcanzable, intocable, lejana y distante como nunca antes la había percibido.

Incapaz de seguir manteniéndome firme y ajeno a ella, pasé la mano por mi cabello pensando rápidamente en cómo empezar. Una gran cantidad de cosas abarrotaban mi mente al punto de hacerme sentir levemente mareado y abrumado; no obstante, pasé completamente de ello con el único objetivo de llegar a ella por muy difícil que eso fuese.

—Mikasa, yo… —mi voz sonó tan serena y baja que me desconocí por completo. Me interrumpí de inmediato al ver que la mocosa frunció el ceño apretando duramente los labios, incluso el agarre de sus dedos se intensificó.

—No digas nada—siseó entre dientes sin preocuparse en ocultar la rabia que aún sentía—. Déjame terminar mi té en paz—parpadeé un par de veces al recibir sus duras palabras, que más bien fueron como dardos que se clavaron sin escrúpulos en mi piel. Levanté levemente las cejas al ser plenamente consciente del tono y la manera en los que me habló, el asombro que sentí me dejó pasmado y sin argumento o fuerza con los que replicar.

A pesar de tener en mi interior un huracán de emociones haciendo estragos, desordenándome y desestabilizándome, por fuera me mantuve estoico e inexpresivo, aparentemente calmado hasta el punto de lucir ligeramente desinteresado en lo que sucedía.

En medio de todo ese silencio que nos rodeaba se oyó con claridad cómo expulsaba pesadamente el aire de mis pulmones seguido de un pequeñísimo gruñido, que salió roncamente desde el fondo de mis entrañas impulsado por la frustración que me atosigaba. Puse mucho empeño en fijarme en otra cosa, en distraerme, en concentrarme en algo más que no fuese el hecho de tenerla a mi lado de esa manera. Tan triste, tan enojada, tan renuente a respirar en el mismo espacio que yo.

No sé cuánto tiempo pasamos así. No lo sé, porque en algún indeterminado momento perdí hasta la noción del tiempo, momento en el que logré enganchar mi atención en un punto fijo de la ventana, viendo todo y nada a la vez a través de esta.

No podía evitar preguntarme el por qué lo hacía. El simple hecho de permanecer allí soportando aquel condenado silencio y actuando con sumisión a pesar de ser injustamente acusado de algo que no hice, era un comportamiento totalmente impropio de mí. Bajo circunstancias normales, me habría alejado desde el primer instante con tal de no tener que lidiar ni un segundo más con todo este problema. Me habría ido sin importar nada, mandando automáticamente todo a la mierda, porque de nada tuve la culpa.

Probablemente lo habría percibido como un estúpido berrinche, una necedad, una absurda malcriadez que me hubiese causado muchísima molestia y cierta decepción al venir de ella, de esa mujer que tanto me gusta y que hasta ahora había considerado tan madura e independiente. Si se tratase de otro escenario, hubiese bufado antes de decir algo hiriente para luego salir de allí sin siquiera mirar atrás. Sin embargo, para mi grandísima sorpresa (la cual crecía con cada uno de los pequeños cambios de comportamiento que tenía últimamente), no podía hacerlo. No podía simplemente marcharme y dejarla sola, no podía por tratarse de ella. Algo me hacía quedarme allí, algo que desconocía no me permitía abandonarla ni juzgarla de ninguna de esas deplorables maneras que antes mencioné. Al contrario, reverberaban en mi interior unas ganas casi incontrolables de estrecharla entre mis brazos queriendo protegerla de todo malestar, de todo dolor, protegerla hasta de mí mismo aunque en el fondo tuviese la certeza de que no podía hacer tal cosa. Igual moría por intentarlo.

El sonido producido por el peso de la porcelana recaer sobre el cristal de la mesa me hizo salir de mis vacilaciones. Dirigí mi vista hacia ella, mi estómago se contrajo y mi mandíbula se apretó inconscientemente al toparme con ese lastimero panorama… Ella lucía terrible, realmente afligida y destrozada. Su ceño estaba ligeramente arrugado y sus rasgos tensos, no se había relajado ni un poco desde que tomé lugar a su lado. Pasaron un par de segundos cuando me dedicó una breve mirada de soslayo, para luego volver de inmediato a retomar su postura inicial.

—¿La quieres? —musitó muy por lo bajo.

—No. No la quiero—contesté sin meditarlo ni un segundo, sonando lo más sereno y calmado posible. A pesar de la ansiedad que corría por mis venas haciendo estragos en mi interior, seguía manteniendo esa fachada parsimoniosa y seria que tanto me caracterizaba.

—¿Cuánto tiempo? —fruncí el ceño sin poder ocultar la confusión que de pronto me embargó, ¿a qué se refería con eso? Me quedé callado meditando al respecto por unos cuantos segundos, hasta que ella al fin se giró hacia mí para comprobar que, efectivamente, no había comprendido su interrogante—. ¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?

Carajos.

Que no estuvimos juntos, joder.

—Aproximadamente dos años —expuse algo vacilante—. Pero como te dije anteriormente, no estuvimos juntos como crees.

Si bien era algo que no quería revelar, no podía simplemente negarme o mentirle… No, no podía. En sus labios se dibujó una mueca amarga con forma de sonrisa, para posteriormente desviar la mirada y fijarla en sus manos, que todavía descansaban sobre la mesa. Por la milésima de segundo en la que sus ojos convergieron con los míos, pude apreciar cómo su escudo se debilitó levemente, dejando al descubierto la profunda aflicción que sentía. Un par de punzadas tuvieron lugar en mi pecho y en mis sienes, todo por la responsabilidad que injustamente recaía en mí.

Aguardé lo más paciente posible que ella se dignase a decir algo más, algo, hasta una ofensa o una mandada al infierno hubiesen sido más agradables que recibir su implacable silencio. No obstante, miles de interrogantes daban vueltas en mi cabeza como cuervos que asechan sin parar el mismo lugar, una y otra vez.

¿Qué es lo que pasa por tu cabeza, mocosa?

Ella aún era indescifrable para mí en muchos sentidos.

Sí, había aprendido a leer ciertas reacciones y gestos, pero eran minoría. Aún me faltaba muchísimo por descubrir de ella. Lo más complicado de todo eran esos cambios de humor la hacían impredecible, y mientras figurase esa faceta fría e intangible que a veces demostraba, como justo en ese momento, era simplemente imposible siquiera tener una vaga idea de lo que pensaba.

No quise quedarme con la duda.

—¿En qué piensas? —farfullé con suavidad, no queriendo sonar demasiado urgido o desesperado.

—Pienso… Pienso que es imposible —la arruga en mi frente se hizo más prominente al no comprender por segunda vez consecutiva a lo que se refería.

—¿Qué es imposible?

—Que no sientas nada por ella —una vez más su línea de visión coincidió con la mía, su semblante decayó y el mío lo siguió al instante al no poder mantenerme estoico por más tiempo. No delante de ese sufrimiento que la carcomía y la debilitaba justo frente a mis narices.

—Te estoy diciendo la verdad —insistí hablándole muy despacio, aferrándome a la poca calma que me restaba. Mis hombros bajaron derrotados al verla negar con la cabeza con genuina determinación; por impulso estiré una mano para tomar la suya, acción que ella rechazó sin titubear—. No la quiero, no siento nada por ella. Debes creerme…

Maldición, debes creerme.

—¡Levi, fueron dos años juntos! —bramó incrédula—. ¿Cómo puedes decir que no llegaste a sentir nada por ella durante todo ese tiempo? ¡Eso es absurdo!

—¡No, no lo es! —mis mechones azabaches se deslizaron entre mis dedos, clara señal de desesperación—. Si me conocieras lo suficiente, supieras perfectamente que eso es bastante posible para mí.

Sus cejas se alzaron con sorpresa, sus labios se separaron y volvieron unirse al no ser capaz de articular palabra alguna. Sus párpados estaban más abiertos de lo normal y sus manos se volvieron puños sobre su regazo; me alarmé un poco al ver a su pecho subir y bajar cada vez con más rapidez e irregularidad.

¿Por qué se puso así? ¿Es que acaso dije algo malo? Mis pensamientos corrían acelerados; un enorme torrente de ellos atravesando mi cabeza haciéndola retumbar y dar más vueltas de las que ya daba, aturdiéndome a niveles indescriptibles. El estrés iba en aumento y nada parecía mejorar… Al contrario, todo era un maldito caos.

—Precisamente por eso estamos en esta situación, Ackerman —su voz sonó tan tajante que la desconocí. La presión en mi pecho y el peso sobre mis hombros empeoraron sin medida al distinguir en sus ojos ese sentimiento que jamás quise apreciar en ella, mucho menos si está dirigido a mí: decepción—. ¡Por no conocerte, por eso!

—Me irás conociendo sobre la marcha. Eso no es algo que se hace de un día para otro…

—¿Y cómo? Si tú apenas dejas que lo haga —me reprochó con rabia apuntándome con su dedo índice—. Siempre que trato de acercarme para revelar esas pequeñas cosas que me intrigan de ti y que, aunque no lo sepas, es de importancia que lo sepa, tú simplemente respondes con gruñidos o monosílabos o te da por besarme, toquetearme o lo sea con tal de desviar mi atención para evitar abordar temas de conversación que una pareja normal tendría.

Esta ocasión quién se mostró bastante sorprendido fui yo. Sí, eso me había caído encima como un balde de agua helada. No podía estar más confundido, ¿cómo es que de la falsa acusación de infidelidad habíamos llegado a este tema? Por otro lado, ¿cómo es que no me había detenido a pensar en ello antes? ¿Cómo es que no me había dado cuenta que eso le estaba afectando tanto? Desde que todo esto comenzó, en algún momento estuve en el fondo consciente de que esto podría suceder, pues es un aspecto crucial de mi personalidad que suele incomodar a todos los que me rodean. A algunos más que otros, claro está. Pero analizándolo detenidamente, Mikasa había sido hasta ese entonces bastante paciente y comprensiva al respecto; sin embargo, acusarla de no conocerme fue el detonante, fue lo que la orilló a sacar a relucir ese tema en particular.

Estúpido.

Bastardo egoísta. La tienes siempre al lado y ni siquiera te percatas de algo como eso.

No obstante, yo realmente estaba tratando de dar lo mejor de mí para que todo resultase más llevadero, para que ella no tuviese que afrontar un infierno en este matrimonio. Pero eran tantas cosas que debía corregir y mejorar, que no me era humanamente posible atenderlas todas a la vez. Era como llevar a cabo un proceso de destrucción y luego de restauración en mí mismo. Uno muy arduo, por cierto.

—No sabes cuánto me hubiese gustado haber podido negar todo lo que esa mujer dijo cuando vino a buscarte —habló de nuevo, el abatimiento estaba palpable en sus palabras—. No sabes cuánto me hubiese gustado decir con total certeza que mi esposo no es capaz de engañarme con otra, me hubiese encantado sentirme segura de ti, de lo que tenemos, lo suficiente para defenderte de lo que tú afirmas que son mentiras.

—Mikasa…

—Esto está mal, Levi —las palabras quedaron atascadas en mi garganta al oírla. Volví a contraer el entrecejo mientras la miraba estando nuevamente confundido, ella bufó y rodó los ojos al caer en cuenta de que me había dejado descolocado reiteradamente, sobre algo que para ella era bastante obvio y evidente.

—¿Qué es lo que…?

—Todo —contestó adivinando la interrogante que estaba por plantar. Me observó y luego paseó su vista por el entorno haciendo ademanes con sus manos—. Todo esto está mal.

—¿De qué mierda estás hablando, Mikasa? —gruñí exasperado sin poder evitar sentirme como un estúpido, como un niño al que tienen que explicarle con señas, dibujitos y colores para que pueda comprender y posteriormente procesar la información brindada.

—¿Te estás haciendo el idiota o qué? —cuestionó también perdiendo la paciencia. Pasó ambas manos por su cara y respiró hondo para reunir un poco de tolerancia, que ya comenzaba a escasear en ambos.

—Tch, no.

—Estuvo mal que nos hayamos apresurado tanto. Estuvo mal el haber aceptado venir a vivir contigo tan deliberadamente, estuvo mal el haberme entregado a ti tan rápido. Y sobre todo está mal que, aun estando casados, seamos unos completos extraños. ¿Acaso no lo ves? —quise responder, quise decir que estaba equivocada, que nada de eso estuvo mal, que nada está mal, que todo eso sólo es obra de su mente enojada y resentida. Sin embargo, no dije nada. No lo hice porque muy profundamente, aunque odiase admitirlo, sabía que ella tenía razón. Por más que yo me negase a aceptarlo, llegué a pensar que todo podía acabar como un completo desastre, pero no me importó. Yo escogí arriesgarme y asumir esto a como diese lugar, sin ser del todo consciente de lo atropellado que era… Sin ser del todo consciente de que no lo estaba haciendo de la manera adecuada. Otro bufido y una pequeña blasfemia musitada me sacó de mi letargo.

—¿Te arrepientes? —pregunté con severidad—. ¿Te arrepientes de todo lo que has hecho conmigo hasta ahora?

—No —su respuesta fue inmediata—. Yo no me arrepiento de nada. Pero considero que no podemos seguir así.

—Entonces, ¿qué se supone que debamos hacer, huh? —no pude medir el enojo que se coló tanto en mi tono de voz como en la postura que adopté de pronto. Estaba hecho un caos, un revoltijo, un desastre de emociones que giraban en mi interior como un huracán. Por más experto que fuese controlándolas, no me era posible lidiar con todas a la vez—. Dime, ya que tú pareces tener mucho más conocimiento en esto de lo que yo soy tan ignorante.

Jamás pensé que llegaría a decir que mi carencia de experiencia en el tema de las relaciones podría joderme tanto la existencia. Juro que no podía sentirme más frustrado y mentalmente agotado, y peor era mi malestar al presentir que mi angustia y zozobra estaban realmente lejos de desaparecer. A pesar de ser un verdadero novato en el tema a tratar, de algo estaba muy seguro: no sería nada fácil poder adaptarnos y moldearnos a lo que actualmente éramos: un matrimonio. Sí, encajábamos bien en algunos aspectos. Y sí, nos gustábamos. Pero eso no bastaba… Esas no eran ni siquiera las bases de lo que se supone debíamos construir, no eran más que pequeños detalles. Pequeños e insignificantes comparados a lo que realmente importa.

Confianza.

Comunicación.

Comprensión.

Objetivos en común.

Amor.

¿Amor? Tch, no tenemos ninguno de ellos, menos vamos a tener ese último.

Sí, vaya que estamos de la mierda.

—Propongo —la escuché decir con tanta decisión que de inmediato puse en duda cuánto tiempo estuvo pensando en ellos, cuánto tiempo pasó estudiando la situación para idearle alguna solución. Me crucé de brazos y escuché atentamente lo que tenía que decir—. Propongo que nos comportemos como una pareja normal lo haría. Que comencemos desde cero, dedicándonos a conocernos y a aprender el uno del otro. Que tratemos de mejorar eso que no nos permite hacerlo, lamento recalcarte que te verás en la obligación de dejar un poco de lado tu orgullo y tu obstinación de nunca querer abrirte siquiera un poco conmigo —sopesé por un instante sus exigencias, asentí lentamente al considerarlas lógicas y necesarias—. Está de más mencionar que no debemos dormir juntos. Me iré a mi casa y viviremos separados, nos centraremos en no hacer del sexo el eje de nuestra relación como lo ha sido hasta ahora…

—No, eso sí que no —protesté finalmente. Había sido bastante receptivo con todo lo que había planteado, excepto con eso último. Me rehusaba firmemente a dejarla ir, a acceder a que se alejase de mí.

No.

—¿Qué? —balbuceó aturdida.

—No voy a permitir que te vayas. No quiero y no lo harás.

Una de sus manos empuñadas colisionó con fuerza contra el cristal, para luego levantarse y caminar de un lado a otro sin rumbo fijo en la pequeña sala de estar, jaloneando levemente su cabello con frustración sin reparar en mí. Yo, por mi parte, me quedé como un mismísimo idiota paralizado en mi silla al no asimilar el tan repentino cambio de actitud, tan inesperada como el estallido de un volcán inactivo. Me levanté también al salir de mi asombro, apenas lo hice ella se giró hacia mí dedicándome una mirada asesina.

—Eso no se trata sólo de ti, ¡esto no se trata de lo que a ti te de la gana hacer o no! —bramó lanzando por la borda la diminuta paciencia que le quedaba—. ¡No estoy aquí para obedecerte y hacer lo que te plazca! No eres el único que tiene derecho de escoger qué mierda haremos, ¿me entiendes? Una relación se basa en las decisiones que ambas partes toman por mutuo acuerdo, ninguno de los dos tiene más potestad que el otro. Es así y es mejor que te vayas acostumbrando a ello si quieres que esto funcione, Levi.

Mentiría si digo que su sermón no tuvo efecto en mí, por supuesto que lo tuvo: fue como una imprevista patada en el estómago. Nunca nadie se habría atrevido a enfrentarme de esa manera, nunca nadie había tenido las pelotas de soltarme esa retahíla de cosas para ponerme en mi lugar. Me dejó pasmado, luego me hizo sentir furioso y por último, derrotado al percatarme de que tenía razón… Otra vez. Aproveché ese breve instante para maldecir a mi obstinación y a mi despotismo, siendo esas los principales motivos que me llevan a actuar así. Como un imbécil obsesionado por el control y la autoridad.

Cuando la ola de emociones hubo pasado, hallándome un poco más en mi sano juicio y sin la posibilidad de dejarme manipular por lo que sentía, fui hacia ella. La mocosa me miró recelosa y retrocedió rehuyendo de mi cercanía, yo cedí al no querer recibir un rechazo más de su parte.

—No puedes irte —murmuré con pesar con los ojos fijos en los suyos, buscando casi desesperadamente que a través de ellos fuese capaz de ver cuán grande era mi anhelo de tenerla a mi lado. Aunque jamás lo admitiera en voz alta, me aterraba el hecho de que realmente me abandonase, necesitaba que cambiase de parecer sea como fuese.

—¿Por qué no? —siseó conteniendo las ganas de gritarme y golpearme, esas que claramente podía percibir en el aura que la rodeaba, en sus orbes grisáceos y en la postura rígida y altiva que mantenía.

—Porque quiero tenerte junto a mí.

Mi voz resonó en el lugar con suavidad e incluso con un deje de ternura, fue tan ajeno a lo que normalmente suelo ser que Mikasa jadeó ligeramente al escucharme. Sus hombros decayeron y en su expresión desfilaron varias emociones a la vez: asombro, preocupación, frustración, enojo y por último tristeza. Sus ojos se cristalizaron un segundo antes de que ella se diera vuelta para darme la espalda e interponer entre ambos unos pocos pasos de distancia, todo con el fin de que no la viese debilitarse y para que no pudiese consolarla en tal caso. Se quedó inmóvil y en silencio, quizá debatiéndose qué carajos debía hacer. La convicción que aparentó tener flaqueó al toparse con mi inesperada confesión; yo mientras tanto eso ocurría les oraba a todos los dioses para que cambiase de opinión, para que desistiera en esa disparatada idea suya.

—No está bien alejarnos. Esa no es la mejor solución —insistí. Sabía que no era correcto forzarla, pero al menos esperaba convencerla de no marcharse. Buscaba hacerla ver que existía otra salida a otro este embrollo, aunque yo no supiera cuál era. Eso podía descubrirlo después.

—Entonces, ¿cuál es? ¿Cuál es para ti la mejor solución? —inquirió con la voz rota sin voltear a mirarme. Chasqueé la lengua y fui hasta ella, postrándome de frente con escasos centímetros de por medio. Sus ojos y su nariz estaban un poco enrojecidos, aunque había hecho un buen trabajo al retener las lágrimas que aún amenazaban con rodar por sus mejillas. Me observó haciendo un esfuerzo sobrehumano de no derrumbarse una vez más, su testarudez la ayudó a mantenerse en pie aun cuando ya no podía sostenerse por más tiempo. Alcé una de mis manos para acariciar su mejilla, gesto que ella impidió tomando mi muñeca con sutileza justo antes de entrar en contacto con su suave y pálida piel—. Deja de hacer este tipo de cosas y aprende a hablar, maldición. Te pedí una solución y es eso lo que debes darme, o al menos proponme una alternativa viable y conveniente en la que ambos logremos estar de acuerdo.

—Dormir conmigo es lo que tanto te molesta, ¿no?

—No es que me moleste, es que no está bien.

—Ocupa la otra habitación, dormirás allí—planteé sin pensarlo dos veces, sintiéndome indispuesto de darle rienda suelta a otra discusión. Ya estaba jodidamente agotado y cansado de todo, lo único que quería era estar en paz con mi mocosa. Llenarla de besos y caricias, expresarle así lo que seguía siendo incapaz de profesarle con palabrerías—. ¿Alguna otra petición?

—Sí, quiero que durante ese tiempo respetes mi espacio —agregó enfatizando la antepenúltima palabra.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que no quiero que me beses, ni que me toques ni mucho menos —explicó altiva, altanera.

—Tch, eso es ridículo —enojado, me acerqué a ella hasta que sus piernas se toparon con el sofá. Me encaró con firmeza sin dejarse caer en la superficie de cuero negro, se quedó de pie aun cuando me situé tan cerca que nuestros cuerpos se rozaban. Acomodó sus manos en mi pecho ejerciendo un poco de fuerza con el fin de alejarme, pero no consiguió apartarme ni un ápice. Mis ojos se fundieron con los suyos una vez que se quedó quieta, cediendo ante el hecho de que no iba a moverme—. ¿Qué caso tiene, huh? ¿Qué caso tiene que me prives de todo eso cuando ya te he hecho mía tantas veces?

—No puedo soportar que lo hagas pensando que realmente te revolcaste con otra mujer.

—¡Te he dicho que no he estado con otra mujer, maldición! —vociferé sintiendo mi sangre arder. Me alejé al no poder tolerar su proximidad, por dentro quemaba de furia como producto de la impotencia que me abrumaba mientras por fuera mis instintos codiciaban apoderarse de ella y de cada parte de su ser. Pasé unas manos por mi cabello jaloneándolo levemente en el proceso, todo mi cuerpo estaba tan tenso que dolía y mi cabeza casi colapsada por el montón de pensamientos que en ella se arremolinaban. Apreté los párpados y respiré profundo, en un intento desesperado por recuperar un poco de esa tranquilidad que hacía rato había agotado.

—Esas son mis condiciones —su voz rasposa y algo ronca me incitó a volver a clavar mi frívola e iracunda mirada en ella—. ¿Aceptas o no?

—Supongo que no me queda de otra, ¿no? —gruñí notablemente irritado.

—Bien —sin más, se encaminó a la escalera, deteniéndose al subir el primer peldaño para lanzarme un último vistazo de soslayo—. Buenas noches, Levi.

Lo siguiente que escuché fue la puerta de su habitación cerrarse.

Y un segundo después, estuve rodeado de silencio y soledad.