Sin rumbo

— ¡Más! ¡Quiero más, por favor! —pidió Nessie. Su amiga, Zafrina, no tardó en complacer a la niña con más de sus ilusiones ópticas.

Resultaba extrañamente agradable que ellas dos fuesen amigas, aunque a mí no me hacía ninguna gracia tener que participar en esas ilusiones. Imagina que en un momento estás en el corazón del bosque del Amazonas y de pronto te encuentras frente a una playa o a una especie de desierto helado. Por eso fue por lo que me quedé aparte con Bella, quien también estaba observando al par de amigas. Edward, por su parte, estaba en la cima de uno de esos árboles tropicales, conversando con Senna y Kachiri, las otras compañeras de este clan.

— Qué poco aguantas. —me dijo Bella, con una resplandeciente sonrisa asomándose por sus labios. Le dediqué una falsa mueca de indignación.

— Oh, cállate. —me reí. Los dos seguimos mirando a Nessie, quien tenía la vista perdida en lo que aparentaba ser la nada. Zafrina le sonreía mientas iba diseñando sus mundos alternativos.

Estábamos a la mitad del mes de agosto, y mi semestre en la universidad no empezaría sino hasta la semana entrante. Teníamos tiempo de volver a Estados Unidos. Lamentablemente, Nessie quería venir a visitar a su amiga para su cumpleaños número dos, pero como caía en septiembre, y como para esas fechas yo ya estaba en la escuela, no me podía dar el lujo de ausentarme, no después de todo el proceso que me llevó el poder ingresar a la universidad —curiosamente, a Ingeniería Automotriz en la Universidad Estatal de Pittsburg, algo muy retirado para mi gusto, pero no tenía más opciones ahora que le había prometido a mi padre que seguiría con mi vida—. Además, estaba más que ansioso por hacerlo. Yo iba a ser el primero de la manada en lograr ir a la universidad. A los demás ni siquiera les pasaba esa idea por la cabeza. Así yo podría alcanzar a la sabelotodo de Rachel, la cual finalmente decidió comprometerse con Paul; el muy idiota me sonreía cada vez que me veía, y ya me decía cuñado, con lo que siempre me entraban ganas de perseguirlo con las tijeras oxidadas de la cocina.

Y hablando de situaciones comprometedoras, a los brillantes de Sam y Emily se les ocurrió invitarnos a su boda primaveral, exactamente una semana antes de la misma. Sam se excusó; ella quería no tenía ánimos de esperar, así que pasaron toda una tarde mecanografiando invitaciones bastante sencillas. A él ni le molestó tener que trabajar duro en ello.

Me pregunté si todos se estaban poniendo de acuerdo con los matrimonios. Charlie y Sue el año pasado, Sam y Emily a principios de este, Paul y Rachel en camino. ¿Quién sigue, Jared y Kim? Vete a saber quiénes seguían en la lista.

Me gustaría pensar que alguno de los Clearwater sería el siguiente en la lista, pero considerando que era poco probable que Leah se atreviera a salir con algún chico que no fuera Sam, y pensaba algo similar con respecto a Seth, desistí en ello.

— Oh, la gente podría cambiar de parecer al notar que sus grandes amores nunca les harán caso —me dijo Edward desde arriba del árbol. Subí la mirada para verle mejor—. Mírate a ti. Ya no estás preocupándote por Bella.

— Por el momento no me preocupo por esos asuntos. —le dije.

— Lo sé. De otra forma no te hubiera permitido vivir tanto. —me respondió con sorna, me sonrió y se volvió a concentrar en sus amigas. Yo esbocé una sonrisa tensa antes de volver la mirada a mi amiga vampira, quien sonreía al ver tan divertida a su hija.

La preparación para mi ida a la universidad provocó una reacción en masa jamás antes vista.

Aún cuando la reunión sobre la misma trataba de la comida más sencilla del mundo, al menos la mitad de las manadas y sus familias se habían tomado la molestia de asistir, y entre ellas, mis hermanas. Por poco y no reconocí a Rebecca, quien tenía los cabellos rizados y esponjados a propósito, la tez más bronceada y suave que jamás viera visto y una apariencia escultural. Lo mismo con su marido surfista.

Papá se había lucido y había intentado hacer unas deliciosas hamburguesas, lo que me hizo sonreír ante un recuerdo demasiado lejano, la primera vez que sentí al chico como parte de mí al realmente volverlo mío. A su vez, no pude evitar sentirme acongojado por el hecho de reconocer que ningún miembro de la familia Clearwater se había presentado a mi despedida de preparatoriano. En la mañana tomaría el avión que me llevaría a Pittsburg, generosamente pagado por Bella. Al principio rechacé tajantemente el dinero —resultó, pues, que papá no podía pagarme quince mil dólares al año sólo en colegiaturas—, pero tras la insistencia de los ocho Cullens, especialmente con cierta euforia y entusiasmo misteriosos —sospeché fuertemente de Jasper y su don para controlar emociones, porque no dejó de verme con una sonrisa llena de complicidad— terminé aceptando. Edward me dijo que debía terminar la carrera si algún día me quería unir a la familia. No quise argumentar en eso, pues yo pensaba que ya lo era al ser como un hermano para Nessie y Bella al mismo tiempo.

Ya entrada la noche, aunque no tan tarde, papá empezó a decir un discurso no muy pulido sobre cómo yo era el orgullo de la tribu. Rachel, fingiendo, se quejó de que su graduación temprana no había sido considerada en cuenta, a lo que papá respondió que él sinceramente esperaba verme como cajero en alguna de las tienditas de la reservación. Tuve que controlarme para no mentarle la madre entre risas.

A la mañana siguiente, me desperté a las cuatro de la mañana. Me metí a bañar con verdadero entusiasmo. En poco más de diez horas estaría en mi nueva residencia, dentro del campus. Y al día siguiente iniciaría las clases.

Papá me acompañó en el automóvil mientras yo manejaba, con el equipaje en la cajuela. El viaje se desarrollo en un total e incómodo silencio, en el que ambos sabíamos que nos queríamos decir algo pero que o encontrábamos la forma de empezar a hacerlo. Yo esperaba a que él dijera algo; supuse que él lo hacía de igual manera. Así pues, como no hablaba mucho de sentimientos con mi padre, nadie abrió la boca hasta que llegamos al estacionamiento del aeropuerto. Casi todos los invitados de anoche querían venir a despedirme, pero yo les pedí expresamente que sólo papá lo hiciera. No quería armar una escena más trágica de lo que ya era el simple hecho de que Seth no quisiera mostrarse amistoso conmigo, aún tras casi dos años desde aquella metida de pata, me producía un enorme dolor en todos los sentidos inimaginables. Bien podría sacarme el corazón con tijeras escolares, y eso apenas y podría significar una pequeña parte de mi dolor.

Pero bueno. Si el chico no pensaba dirigirme la palabra, pues allá él. Yo no le iba a estar rogando por su amistad, pero en verdad que se sentía muy extraño no hablarle tras tantos años de verdadera amistad, y tras meses de una bonita relación.

Curiosamente todos esos pensamientos rondaron por mi cabeza mientras hacía todo el trámite y protocolo del aeropuerto. Cuando menos me di cuenta, ya tenía que pasar a la terminal para esperar mi vuelo. Me volví y me despedí de papá con un apretón de manos; él sabía o intuía que no podría mantener la cordura con algo más fuerte que esto. Me limité a esbozarle una sonrisa media antes de girarme y enfrentarme a mi destino.

No obstante, la primera semana fue la peor.

Contando con apenas cincuenta dólares en mi cartera, y apenas seis horas libres al día, mi estadía en la universidad era más que tediosa. Las clases, por ejemplo, nos mostraban todos los principios básicos de la Toyota, Ford y otras compañías más, nada comprometedor, sólo generalidades. A su vez, estuve recibiendo clases de cálculo para la hora de confeccionar automóviles, cosa que no veríamos sino hasta dos semestres más adelante. ¡Y una joda! ¡Yo mismo he armado mis automóviles!

Y lo peor del asunto era que a muchos de mis compañeros ni siquiera les estaba interesando lo que veían. Cuando tenía problemas con el cálculo, siempre me tragaba mi orgullo masculino y le preguntaba a alguno de mis compañeros si sabían algo acerca de lo que estábamos viendo. Más de la mitad de las ocasiones se limitaron a encogerse de hombros y dar respuestas tan efímeras como "estoy aquí porque mi padre no me quiere como un vago" o "no me importa, no entiendo cómo le importaría a alguien más". ¡Cómo me castraban esos comentarios!

Y en cuanto a la cuestión del dinero, Bella me enviaba un correo diario para preguntar por mi posición económica. Ya fue tan amable en pagarme la colegiatura, no le puedo pedir más para los gastos diarios, me decía, de tal manera que siempre hacía alguna que otra labor social dentro del campus para poder conseguirme algo de dinero.

Ah, pero en cuanto al ámbito social, las chicas no dejaban de acosarme. Sabía perfectamente que parecía un hombre de veinticinco o veintiséis años muy atractivo y musculoso, ¡pero que no la jodan! Cada mujer salía con alguna insinuación a invitaciones nocturnas, o simplemente me dejaban su teléfono o correo. Muchas veces me refugié en el gimnasio, donde pude desquitarme todas esas tensiones contra el pobre saco, al que terminé rompiendo hacia la tercera semana. Por un instante pensé que el entrenador me iba a reclamar por ello, pero cuando lo vi acercarse a mí y ofrecerme un puesto en su equipo de lucha, no pude evitar sonreír ante la perspectiva. Le dije que lo tendría que pensar, ya que ahora mi prioridad eran las clases.

¿Quién lo diría? ¿Yo, Jacob Black, dándole prioridad a las clases que a las actividades físicas? Sobre todo cuando estaba recibiendo las clases más básicas del mundo con los compañeros más imbéciles del universo, que ni siquiera sabían diferenciar entre seis cilindros y ocho cilindros. ¡Joder!

Fuera de todo este embrollo sobre las clases, mi puesto en el equipo de lucha —que acepté en menos de veinticuatro horas, para ser franco— y el acoso interminable de las chicas hacia mí, apenas tenía tiempo en pensar en otra cosa que no fuesen Nessie o Seth. No imaginaba cómo debía ser el traerme a Nessie a la facultad; está mucho mejor allá en Forks. ¡Pero es que se sentía tan raro y tan molesto no estar con ella! ¿Me necesitará ahora? ¿Qué le dirán sus padres? ¿Será capaz de esperarme a las vacaciones de diciembre? ¿Cuánto habrá cambiado para entonces? ¿Mucho, poco?

Y con respecto al chico, ya se me complicaba más el sacármelo de la cabeza. El pobre chico debía de estar refunfuñando o lastimándose psicológicamente por lo que yo le he hecho. Es decir, él no es de los chicos rencorosos, pero no me hablaba tampoco. Eso debía requerir una enorme fuerza de voluntad, sobre todo en Seth.

Eso me ha hecho pensar que quizá él no me esté odiando. Si me odiara, bien se podría haber conseguido algún novio y me lo estuviera restregando en la cara, ¿no es así? No, si me estaba evitando era porque todavía le dolía verme, y si le dolía verme era porque todavía estaba enamorado de mí, ¿no es cierto? Es lo más lógico que se me ocurre pensar con respecto al muchacho, el pobre muchacho.

Me dije a mí mismo que le tendría que ir a visitar a finales de semestre. Inclusive él podría ser la prioridad, claro que sí. Tendría que presentarme formalmente en su casa, llamar a la puerta y pedirle a Sue que me dejara visitar a su hijo. Según lo que me había comentado Leah, apenas sale de los asuntos escolares y de la casa. Sí que se estaba tomando en serio la colegiatura, sobre todo ahora que debía estar cursando el quinto semestre.

No pude evitar sentirme acongojado. Seth, mi pequeño Seth, ya en quinto semestre de preparatoria. No podía creer que ya habían pasado más de dos años desde que se me declaró, cuando apenas era un joven graduado de la secundaria. Me pregunté si ahora tendría el cabello más largo, y si ahora se vería mucho más grande, musculoso y —vaya mis pensamientos— atractivo que en esos meses tan apasionantes, tan ocultos en el ayer o por debajo de la mesa que ahora era mi vida.

Pero, claro estaba, los recuerdos podían prometer ser tanto nítidos como opacos, dependiendo del momento en el que me llegaran y de cómo me sintiera. A veces pensaba mucho en Nessie y en sus juegos de mordidas. En otras ocasiones recordaba la musculatura de Seth, al desnudo mientras yo le embestía y le apreciaba con suma devoción. O eso recordaba que sentía en esos momentos tan mágicos.

Cerré los ojos y me apreté los puños contra el pecho al sentir una punzada de dolor por esos recuerdos. ¿Qué era esto? ¿Nostalgia? ¿Arrepentimiento?

¿O un error en mi imprimación? ¿Podía existir un caso así?

Mientras más pensaba en toda esa serie de ideas, menos podía concentrarme en la escuela. No obstante, seguía siendo el mejor de la clase, al menos en cuanto a las asignaturas de automotriz se refería. En el taller, siempre era el primero en confeccionar diseños de vehículos innovadores. En el club de luchas, me iba como nunca; estaría en el campeonato nacional de Nevada hacia finales de noviembre. Pero ni siquiera esto me alejaba de lo que me invadía por las noches. Siempre era un sueño similar.

Estaba vagando por un bosque pero que muy familiar para mí, perdido entre la espesura del corazón del mismo. Intentaba por todos los medios encontrar alguna vía de escape, pero conforme me movía parecía que me movía en círculos, sin rumbo alguno. La luz de la luna era muy escasa; era como si fuese el cuarto menguante o la luna nueva misma.

Empecé a desesperarme. No era normal que me estuviera perdiendo de esta manera, sobre todo cuando había recorrido muchas veces este sitio en mi forma lobuna. No entendía nada de lo que estaba pasando.

¡Eh! me gritó una voz familiar, la única voz por la que estaba ansioso. Me giré en derredor, intentando encontrarle, y lo encontré apoyándose con el hombro derecho contra un árbol. Estaba vistiendo un short y una sudadera sin mangas, ambas de tonalidades. Me sonreía como no había hecho en años.

¡Seth! le grité, caminando hacia él mientras sentía que mis mejillas se tensaban en algo que había olvidado hacer. ¿Una sonrisa?

El chico se descruzó los brazos y los extendió hacia mí, abriéndolos.

Ven, Jake. fue todo lo que me dijo. Y en dos zancadas destruí la distancia que nos separaba. Lo abracé por la cadera mientras él se encargaba de sostenerme al nivel de los omóplatos. Enterré mi rostro en su pecho y empecé a sollozar.

Oh, Seth, mi Seth, perdóname, mi niño…

Ya basta, Jake me dijo en un tono juguetón. No hay nada qué perdonar.

No pude parar. Sonreí mientras me aferraba más a su persona. Su aroma, su exquisito aroma me embobaba y me hacía sentir débil ante él. Éstas eran las feromonas del chico, que tanto me gustaron en su tiempo.

Te he echado mucho de menos. le dije, mientas él jugaba con mi espalda.

Lo sé, mi Jake. También yo.

Perdóname por haberte hecho daño.

Ya no te preocupes por eso. Lo entiendo. Finalmente lo entiendo.

Algo en su tono tan despreocupado, o en sus palabras en sí, no me hizo sentir cómodo. ¿Lo entendía bien?

Me despegué de él, quien no dejaba de verme con una sonrisa algo picara. No, no sólo eso. Complacencia. Felicidad. Paz. Todo eso había en su rostro.

¿Seth?inquirí. Él no borró la sonrisa de su rostro.

¿Sí, Jake? me preguntó con un tono muy diferente al acostumbrado. Ni quisiera estando conmigo se mostraba tan feliz.

¿A qué te refieres con que ya entiendes cómo me siento?

Él me sonrió.

Bueno, pues, quería venir a decírtelo en persona antes de que te enteraras por terceros.

¿Qué es? le insistí.

Ya puedes salir. dijo el chico por encima de sus hombros. Al principio no entendí ni jota del motivo por el cual lo había hecho, pero al minuto siguiente una nueva silueta se movía en la penumbra. Era una silueta masculina, poco más alta que Seth, de cabellos claros y tez sedosa. El chico usaba una remera ajustada, dejando ver sus voluminosos pectorales. En los brazos tenia uno que otro tatuaje, lo que le confería más autoridad. En su rostro se leía la antipatía que sentía ¿hacia mí? No lo entendía.

Seth se giró hacia el chico, sin dejar de sonreír, y le atrajo el rostro contra mí mismo. El muchacho, al ver esto, se relajo y le sonrió al chico, quien lo besó en los labios con verdadero entusiasmo y pasión, uniéndose con juegos de caricias con las manos, recorriéndose todo el cuerpo en una manera candente. Me quedé estupefacto ante la visión.

Seth se retiró un poco más del chico, que lo agarró por las nalgas y lo atrajo más hacia sí. El chico me volteó a ver con las mejillas encendidas.

Éste es mi chico. Es mi impronta. dictaminó.

Y generalmente mi sueño terminaba ahí, porque yo despertaba muy agitado. A veces despertaba sudado; agradecí que yo aún no había permitido tener un compañero de cuarto. No iba a ser fácil manejar asuntos de metamorfo cuando tenías a un humano durmiendo en la misma habitación que tú.

En otras ocasiones despertaba al borde del llanto, y no lo comprendía bien. ¿Por qué me importaba demasiado si Seth se imprimaba o no? ¿Y cómo podría imprimarse de un hombre? He visto que todos, incluyéndome, se imprimaban de mujeres. ¿Será a caso que la imprimación obedece las verdaderas orientaciones sexuales de las personas, es decir, con la que se nacían? ¿Implicaba que Seth en verdad había nacido gay, mientras yo lo había sido por sus encantos? Porque, para ser franco, antes de Seth jamás me había fijado en un hombre, y hasta la fecha no me había fijado en algún otro más, ni siquiera en las duchas.

No, definitivamente no. Seth era especial. Había visto a Leah, me había imaginado a Bella, había visto revistas de mujeres, y las apreciaba a todas de una manera alarmante, pero normal dentro de lo que cabía. Pero a hombres no. Definitivamente no.

¡Qué dilema era, saber que el único hombre que te había gustado en la vida ahora no quería ni verte! Era un dilema que me mantenía despierto el resto de las noches en las que soñaba a su hipotético nuevo interés romántico. O platónico, vaya. Metamórfico, joder.

El semestre terminó oficialmente —pasé con calificaciones muy por encima del promedio, pero sin llegar a ser un genio—, con lo que me pude volver a Washington. Ya extrañaba el dulce aroma del Océano Pacífico, la madera de los puestos de La Push, el condenado acantilado y, sobre todo, a la manada. Confiaba en que Leah hubiera hecho un buen liderazgo temporal.

En esta ocasión, le comenté a Billy que yo me iría a la casa, para que no hiciera esfuerzos adicionales. En su lugar, el buen samaritano de Edward se había ofrecido para recogerme, y no me extrañó nada verlo con su flamante Volvo afuera de la terminal, sonriéndome. Le estreché la mano al haberme acercado a su vehículo.

— Bienvenido, Jake. —fue todo lo que me dijo, pues no hacía falta más palabras. Asentí y me subí al asiento del copiloto.

De camino a casa —mi casa, porque se ofreció a llevarme—, le fui contando, tanto en voz alta como en pensamientos, todo lo que me había tocado vivir en este semestre. Se molestó y rió en los momentos adecuados, y se preguntó si Rosalie hubiera barrido el piso con esos novatos, sobre todo con seis que fueron desertando conforme pasó el semestre. Vaya imbéciles.

Conforme nos íbamos acercando a La Push, noté que las manos de Edward se tensaban contra el volante.

— ¿Eh, Ed? —inquirí tranquilamente. Él se tensó más.

— Oh, no pasa nada —mintió—. Sólo no mires a la derecha por los siguientes treinta segundos, por favor.

— ¿Pero de qué estás…? —repuse, desobedeciendo completamente su orden. Al hacerlo, noté a qué se estaba refiriendo.

Así que mis sueños no estaban tan mal. Casi a la orilla del bosque, en un área no muy discreta, alcancé a distinguir dos siluetas. Una de ellas me era completamente familiar. A la otra no le reconocía, pero sí que había atinado en los cabellos rubios.

Los brazos de Seth se enroscaban entre los cabellos del chico con el que se besaba, quien mantenía a mi ex novio entre el tronco de un árbol y su cuerpo. Los ojos del chico se abrieron al vernos pasar, y se pusieron como platos cuando se cruzaron con los míos, llenos de duda y algo más. Algo en mis tripas me hicieron sentir extraño, como si de pronto se me hubiera prendido alguna especie de hoguera allá adentro.

Y experimenté el filo sanguinario de los celos, aunque no debería haberlo hecho.

¡De verdad que no debería, pues lo nuestro se había acabado!

¿O no se había acabado?

De pronto me volví a sentir como en mi sueño, sin un rumbo fijo.

Y no me gustaba esto.

Me giré hacia Edward, quien tenía el rostro crispado en una mueca que dejaba en claro que lamentaba que yo hubiera visto eso. Yo, en cambio, no supe jamás cómo tenía el rostro en ese momento.

Pero no debía ser un gesto muy amable.