¡Hey! Yo de nuevo. Sorry por la tardanza. Espero les guste el capítulo :D
Gracias por los reviews, favs y follows. Bienvenidas nuevas lectoras.
El nombre del grupo en fb ha cambiado. El link esta en mi perfil.
Cheers!
Soundtrack del Capitulo.
"Ain't No Other Man" Christina Aguilera www youtube com/ watch?v=8x7Ta89QLo4
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Capítulo beteado por Pulpi Mortensen, Beta de Élite Fanfiction.
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Algunos de los personajes no me pertenecen, provienen de la maravillosa imaginacion de la gran Stephenie Meyer; la historia es completamente mia.
Las avenidas, ciudades y barrios de Los Angeles mencionados en la historia son verdaderos.
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Bella POV:
Mi pobre Edward estaba... ¿cuál es la palabra? ¡Ah, sí! ¡HISTÉRICO! El hombre caminaba de un lado a otro por toda la habitación murmurando puras incoherencias, con un calcetín puesto y el otro en la mano y la camisa negra sin abotonar y a medio fajar, los pantalones aún abiertos y la corbata morada en el cuello. Yo sólo lo veía mientras le ponía el vestidito blanco a Vanessa y los zapatitos morados. Al final terminé pidiéndole a Senna que la llevara a su habitación o con mis suegros, ¡a donde sea!, siempre y cuando la alejara del torbellino que era su padre en este momento.
Vanessa estaba disfrutando realmente la histeria de Edward, lo seguía con sus amplios, curiosos y brillantes ojos verdes esbozando una alegre sonrisa rosada.
—¡Por amor a Zeus! ¡Ya cálmate! —grité más para mí que para mi marido, pero él aplicó el "si te queda el saco"... y se detuvo de golpe mirando por toda la habitación.
—¿Dónde dejé mis calcetines?
Juro que lo intenté. El mismo Dios sabe que lo intenté, pero no pude evitar soltar una carcajada histérica.
—Ya tienes uno puesto y el otro está en tu mano —le dije pacientemente soltándome los tubos que rizaban mi cabello hasta la mitad.
—¡Oh! —murmuró mirando el pedazo de tela negra que traía en la mano. Sonreí negando con la cabeza.
—¿Ya te calmas? —le pregunté aplicando cera a mis rizos tal y como me enseñó Peter.
Mi marido me miró quitándose la corbata del cuello.
—Estoy nervioso, princesa —me dijo. Le sonreí y me acerqué a él.
—Todo saldrá genial —le dije abotonándole la camisa—. Estamos listos, ¿cierto?
Él me miró encantado mientras le colocaba la corbata sobre la camisa, puso sus manos sobre mi cintura.
—Y todo gracias a ti, mi reina —murmuró. Reí haciéndole el nudo de la corbata.
—No hice más que planear todo este rollo.
—Hiciste mucho más que eso, nena. Soportaste a mi madre, mis tías y mi abuela, soportaste a la impertinente esposa de Dimitri. Lo hiciste todo tú sola cuando lidiabas con nauseas matutinas y hormonas revolucionadas, entregabas tareas en la universidad luchando contra ti misma para no confundirlos con los reportes de la planificación, te recuperaste del parto entre ubicaciones de mesas e invitaciones; y tan solo tienes veinte años, Isabella. Ni siquiera mi madre hubiera podido lidiar con todo esto a tu edad.
—Supongo que eso me hace una supermujer, ¿no es cierto?
—Mi supermujer —corrigió. Asentí lanzando unas risitas.
—Sólo tuya, mi amor. —Le di un besito tomando su rostro con mis manos—. ¿Puedes lidiar con tu histeria mientras me visto? —le pregunté socarrona. Él rió y asintió.
—Lo intentaré.
Reí y le di un beso en la mejilla separándome de su agarre para vestirme. Elegí para hoy un precioso vestido blanco, corto hasta un poco arriba de las rodillas, con botones y mangas largas y con volantes en la falda para hacerla ver un poco pomposa. Me subí a mis tacones negros y morados de punta. Acomodé mi cabello hacia un costado y me puse una pequeña pamela morada con plumas negras, además de que me coloqué el broche de perlas y diamantes en mi pecho de lado izquierdo, que me identificaba como heredera y que tenía que usar en todos los eventos oficiales de la empresa—. ¿Qué tal? —pregunté.
—Preciosa —respondió Edward. Le sonreí. Él metió a Lady en el bolso mientras yo iba por Vanessa a la habitación de Senna.
Salimos del hotel y fuimos a la camioneta negra que ya nos esperaba. Carlisle y Esme ya estaban en la empresa, como ellos no serían los encargados de la inauguración a Esme y a mí nos pareció indicado que no llegáramos al mismo tiempo. Nuestra idea también era que Vanessa se fuera con ellos, pero mi niña no cooperó cuando intentamos vestirla a tiempo.
Acomodamos a Vanessa en su asiento y nos subimos al auto. La empresa no estaba nada lejos del hotel así que llegamos rápidamente. Edward tembló cuando la camioneta se detuvo frente a la empresa, le tomé la mano y le di un apretón.
—Tranquilo —le dije. Él asintió. Bajamos del auto y sacamos a Vanessa de su asiento dejándola en mis brazos mirando hacia el frente, con uno de mis brazos alrededor de su pancita y el otro en su traserito para que pareciera que estaba sentada, su cabecita se recargó en mi pecho.
La empresa ya estaba lista. En las astas que ayer estaban vacías, ahora ya ondeaba la bandera del emporio, en otra la del Reino Unido, a su lado la de Estados Unidos y por último la de Suiza.
Edward le puso el gorrito a Vanessa para protegerla del sol. Dimitri y Rachel nos esperaban algo alejados del auto. Nos acercamos a ellos y los saludamos estrechando sus manos, Vanessa también recibió un formal saludo y como la pequeña princesita que es se dejó estrechar la manita aunque después de dos segundos la quitaba de un jalón sacándonos unas risitas.
—Por aquí, señores, por favor —nos dijo Dimitri guiándonos a las sillas. Nos sentamos en las que tenían nuestros nombres, dejé a Vanessa en mi regazo apoyando su cabecita en el hueco de mi brazo. Edward se sentó a mi lado dejando en el suelo el bolso con Lady aún dentro. La perrita tenía su cabecita afuera y miraba a todos lados curiosa, al igual que Vanessa. Eran un par de adorables bebés. Senna se sentó detrás de nosotros.
En las sillas restantes estaban los miembros más importantes de la familia: la abuela Clotilde, Amun, Renata, Carmen, Siobhan, Kate e Irina. En las que estaban frente a nosotros se encontraban los inversionistas y la mesa directiva, además de unos cuantos trabajadores.
—Bella —me llamó Renata. La miré sorprendida por que ella jamás me había hablado directamente—. Tú y la niña se ven fantásticas —me dijo.
—Gracias —respondí sonriendo. Miré a Edward con el ceño fruncido, él me guiñó el ojo, me dio un apretón en la rodilla y se levantó para dirigirse al podio.
La ceremonia comenzó con Edward diciendo unas palabras que resumían los años del emporio y lo entusiasmados que la familia entera se sentía por esta nueva sucursal. Pasó la palabra a Dimitri quien ofreció unas breves palabras agradeciendo a mi suegro y a mi marido por la confianza y asegurando que no los defraudaría, y así se dio por inaugurada la sede suiza de Cullen's INC. Los dos cortaron el listón rojo recibiendo los aplausos de todos los presentes. Nos pusimos de pie para ingresar al edificio y develar la placa que proclamaba inaugurada la empresa, cuando llegamos al lado de la placa escondida detrás de un pequeño telón azul rey con el logo del emporio en blanco, pasé a Vanessa a los brazos de Edward y me acerqué con Rachel a la placa; ambas nos colocamos a cada lado, tomamos los cordeles dorados y los halamos para plegar la cortina. Los flashes inmortalizaron el momento segundo a segundo.
La placa ubicada a un lado del elevador y hecha en cristal con aplicaciones plateadas y negras decía lo siguiente:
Cullen's INC Suiza
Inaugurada por
Sr. Edward Cullen y Sra. Isabella Swan-Cullen
14 de marzo de 2011
La prensa fotografió maratónicamente la placa y a todos nosotros a su lado. Fue de esas veces en las que lo único que piensas es "trágame, tierra", pero no era por la cantidad de flashes encima de nosotros, o ver mi nombre en esa placa, ¡no, señor! Se trataba de un maldito par de ojos que me miraban desquiciadamente, dos ojos azules que me acompañaron por días en mis más bizarras y patéticas pesadillas...
¡Tanya Denali ha vuelto!
La oxigenada esquizofrénica estaba al lado de sus padres, muy descuidada si me permiten decirlo, su cabello rubio fresa parecía un pajal en donde cada punta —abierta, por cierto— disparaba enloquecidamente a donde les diera su condenada voluntad; su rostro que hace un año y medio parecía de un lindo querubín, ahora imitaba sencillamente a la prima segunda quedada que todos alguna vez tendremos, tan amargado y tan arrugado que aparentaba muchísimo más años de los veintitantos que seguramente tenía. Y ni me hagan hablar de su atuendo, que si durante el coctel quiso hacerse pasar por una chiquilla de los diecinueve años que en esa noche yo tenía, esta vez el vestido corto —aunque acorde a su edad— la hacía ver como mi tía Sue en un vestido de Cynthia. Reírme en su cara hubiera sido fácil, si sus ojos no me estuvieran envenenando —otra vez— apuñalando, descuartizando y metiendo en ácido todo al mismo tiempo.
Lo repito: ¡TIERRA, TRÁGAME!
La improvisada sesión de fotos terminó y nos liberaron para ir a hablar con nuestros más distinguidos invitados, Senna me entregó de nuevo a Vanessa cubriéndola con la manta, Edward no nos dejó ni un minuto a solas ya que él también había visto a la loca esa y la última vez que estuve sola con ella tuve que pasar dos semanas en un hospital por envenenamiento. ¡Me fue genial con la ex de mi —en ese entonces— novio! ¿No es fantástico? Amo esas pocas veces en las que la ex y la actual —esposa y madre de su hija— se llevan de las mil perlas... Sarcasmo, obvio.
No se acercaron hasta que estuvimos a punto de dar por terminada la primera parte de la inauguración. La mayoría de los asistentes se habían despedido hasta la cena de esta noche y ya sólo quedábamos la familia, la mesa directiva y alguno que otro inversor. Incluido Eleazar.
Kate e Irina me hablaron de eso hace tiempo, se trataba de una historia digna de nuestra sociedad: Eleazar estaba decidido a tener más dinero del que ya tenía y así ser más poderoso que el gran Carlisle Cullen, para eso necesitaba a su única hija quien aprovechándose de sus encantos conquistaría al hijo mayor de su archirrival, con eso estaba seguro que conseguiría acceso libre a todo el dinero, pero antes tenía que quedar bien frente a la familia así que invirtió en dos de las próximas empresas Cullen a abrirse: Suiza y Estados Unidos. Eso presionó a Edward, bueno más bien Renata y Siobhan presionaron a Edward ya que pensaban que Tanya era la esposa "perfecta" para Edward, pero con lo que no contaban era que Kate e Irina conspirarían en su contra y averiguarían las verdaderas intenciones de los Denali. El día de la boda decidieron contar todo y aprovecharon el momento de "quien se oponga..." para dejar en jaque a esa familia de arribistas. Sin embargo, las inversiones estaban hechas, los contratos firmados y las familias tuvieron que soportarse por un tiempo más.
Los Denali se acercaron. Vanessa lloriqueó un poco como si supiera quienes eran. Edward la giró para que lo viera de frente.
—¿Qué pasa, princesa? —le preguntó—. ¿Quieres ir con mamá? —Tan pronto como mi niña escuchó la palabra "mamá" sus grandes ojos verdes comenzaron a buscarme. Sonreí y la tomé en brazos.
—Aquí estoy, preciosa —canté meciéndola en mis brazos. Ella sonrió y se acurrucó en mi pecho.
—Edward, Isabella —saludó Eleazar.
—Eleazar, buenas tardes —respondió Edward estrechando la mano de Eleazar.
—Lord —dije con un asentimiento ya que sostenía a Vanessa con ambas manos.
—¿Ella es tu bebé? —preguntó Sasha. Asentí—. Es preciosa.
—Gracias.
—¿Cómo se llama?
—Vanessa Andreina Elizabeth —respondió Edward, con el orgullo brotando por sus poros. Sonreí. Sentí a Vanessa removerse entre mis brazos y la miré; se estaba tallando sus ojitos y bostezando. Interrumpí a Eleazar en medio de una pregunta—. Cariño, tenemos que irnos. Ya se está durmiendo.
—¡Oh! De acuerdo —respondió mi marido tomándome de la cintura. Miró a nuestros acompañantes—. Los veremos más tarde.
—Claro.
Salimos del edificio y volvimos a subirnos a la camioneta para regresar al hotel. En cuanto llegamos, dormimos a Vanessa y la acostamos. Mientras la pequeña dormía, Carlisle y Edward repasaron la minuta de la cena y Esme y yo fuimos al salón para asegurarnos de que todo estuviera en orden.
El salón era el piso más alto del hotel, por lo cual tenía una vista increíble. Además contaba con una pequeña recepción donde haríamos una rápida sesión de fotos antes de entrar a la cena. Era bastante amplio y elegante. Cuando llegamos el piso era un frenesí con tantas personas colocando mesas, metiendo sillas, manteles, luces, dos hombres se las arreglaban con el atril de acrílico que tenía grabado el logotipo del emporio colocándolo en un escenario que tenía una pantalla blanca en la que estaba probando la proyección del logo en blanco y azul.
La paleta de colores era de negros, blancos y azules ya que eran los colores de la bandera del emporio. El salón era totalmente blanco, la iluminación iba a ser azul y las sillas negras. Simplemente perfecto.
—¿Dónde van a poner las guirnaldas de cristales? —pregunté a uno de los proveedores.
—Alrededor de la pista, colgadas del techo —respondió mostrándolo con gestos de mano. Esme y yo asentimos mirando hacia un rectángulo en el techo que escondía a las lámparas. El hombre nos explicó cómo y dónde iban a colgar todas las guirnaldas, y la colocación de la iluminación azul.
—De acuerdo... —dije mirando a todos lados.
—Entonces, nos vemos más tarde.
—Con gusto, señoras.
Salimos del salón después de darle otro vistazo y fuimos al elevador para bajar a nuestras habitaciones.
—Cinco horas, Bella —me dijo Esme mientras giraba la perilla de la puerta de su habitación.
—Estaremos listos antes de eso —prometí entrando a la mía. Mi suegra asintió y se metió a la habitación. Rodé los ojos y cerré la puerta—. De acuerdo. Tenemos cinco horas así que manos a la obra —dije. Edward estaba recostado en la cama sosteniendo un libro con una mano y a nuestra hija acurrucada en su pecho con la otra. Me miró tranquilamente.
—Nena, tenemos tiempo. ¿Por qué no vienes a recostarte con nosotros y te relajas?
—Edward...
—Muñeca, han sido unos días de locos. Necesitas estar calmada para que yo lo esté.
—Está bien —respondí. Me quité los zapatos y me acosté al lado de mi marido sintiendo como Lady saltaba a mi regazo. Sonreí acariciando su cabecita—. Esto es lindo.
—Totalmente.
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Las cinco horas pasaron más rápido de lo que sentimos y de pronto nos vimos muy apresurados. Edward pidió comida al servicio de habitación y comimos cuando preparábamos la ropa. Antes de que me diera cuenta, ya estaba parada frente al espejo del baño maquillándome mientras Senna me ayudaba a alaciar mi cabello y Edward entretenía a Vanessa quien había despertado con bastante energía. ¡Dios! Esa niña mía parecía yo después de un té helado, y eso ya era mucho. Salí del baño en bata y libré a Edward de Vanessa para vestirla. Él se fue a hacer lo suyo.
Le coloqué a Vanessa su vestidito de terciopelo morado con flores bordadas, listoncitos en la cintura y un fondo de tul lila, le puse sus zapatitos negros de charol con un moñito en el talón, y un listoncito morado con un moño lila en la cabecita.
—Eres la bebita más adorable del mundo —le dije tomándola en brazos. Ella me sonrió mostrándome sus encías rosaditas. Lancé unas risitas y le besé una mejilla—. Espera a que tu papi te vea, cariño, caerá rendido a tus pequeños piececitos.
—¿Quien va a caer rendido a los pequeños piececitos de esta preciosa bebé? —preguntó Edward acercándose. Tomó a nuestra hija en brazos y la hizo reír gruñendo en su pancita. Sonreí.
—Tú —respondí.
—Eso no es nada del otro mundo —dijo—. Algo tienen las princesas de mi vida que me hacen rendirme ante ellas.
Reí dándole un golpecito en el hombro.
—No seas adulador —le dije sonriendo. Le di un besito en la mejilla—. ¿Puedes lidiar con ella mientras me visto?
—Por supuesto, mi amor —respondió. Nos dimos un rápido besito y nos separamos porque ya estábamos contra reloj.
Él también ya estaba listo con un smoking tradicional negro y solapas de satín. Sólo faltaba yo y lo dejé para el final por que iba a necesitar bastante ayuda; Edward terminó por llamar a Senna para que cargara a Vanessa mientras me ayudaba con el cierre de mi vestido. Era negro de organza con lentejuelas y un solo hombro. La falda era algo transparente pero tenía mucho movimiento, tenía un listoncito en la cintura. Seguramente a mi suegra le daría un ataque por la falda, pero no me importaba. Era precioso y me encantaba.
—Tu mamá me va a matar —dije mientras me miraba al espejo. Edward rió.
—Lo mismo pensé cuando me lo mostraste. Pero te ves maravillosa —me dijo. Le sonreí.
—Gracias, amor —le dije. Sin pedírselo, se acercó con mis stilletos negros, algo parecidos a los de Vanessa porque también tenían un moñito en el talón. Él se rió cuando los vio y se los mostró a Senna—. Cielo, no te quiero apresurar, pero si en cinco minutos no estamos fuera de esta habitación, tu madre vendrá a sacarnos de las orejas. Y sabes que es capaz.
—Desgraciadamente sí... —masculló. Me ayudó a ponerme los zapatos y después fue por Vanessa que había comenzado a inquietarse, y cuando llegaba a ese momento no aceptaba otros brazos más que los de Edward o los míos. Mientras él calmaba a nuestra hija, yo me ponía la tiara de cristales sobre mi cabello negro y morado suelto y extremadamente lacio, y el broche sobre el vestido—. ¿Lista?
—Lista —respondí. Tomé mi clutch de terciopelo negro con un moño lila y salimos de la habitación. Mis suegros también salían de su habitación. Esme llevaba un vestido en degradé blanco al negro, de un solo hombro con una pequeñísima cola. El cabello lo llevaba sujeto en un moño a la nuca adornado con un tocado de plumas negras y blancas y cristales. Carlisle usaba una versión más conservadora del esmoquin de Edward.
Caminamos al elevador y nos subimos. Edward pasó a Vanessa a los brazos de Senna cuando llegamos al piso del salón. Antes de entrar a la cena habría una sesión de fotos de recepción y no íbamos a exponer a Vanessa a eso, por lo que la niñera con mi muñeca en brazos salió del elevador y fue guiada por un guardia.
—Pueden pasar, señores —nos dijo otro guardia justo antes de que se escuchara una voz que nos anunciaba. Los primeros en pasar a la pequeña recepción fueron mis suegros, tres pasos detrás de ellos entramos nosotros. Por unos dos minutos sólo hubo una sesión de fotos de nosotros, hasta que anunciaron al presidente y vicepresidente con sus respectivas esposas. Nos saludaron y se acomodaron a nuestros lados para otros dos minutos de fotos. Al final nos dejaron pasar al salón siendo recibidos por una honda de aplausos.
Ubiqué a Senna con Vanessa en una mesa continua a la nuestra, donde estaban solo la abuela Clotilde, las tías Siobhan, Carmen y Renata, mis cuñadas y el tío Amun. Nuestra mesa estaba pegada al pequeño escenario donde ya estaban, oficialmente, los gafetes de la mesa directiva; había uno más —sí, la señorita perfección los contó—, pero no pude identificar de quién era o qué cargo tenía. Y casi me da un ataque por ese maldito pedazo de plástico.
Esme, Rachel, la otra mujer y yo pasamos a la mesa para que los hombres dieran por comenzada la fiesta. Vanessa no pudo estar más tiempo en los brazos de su niñera por más que todos lo intentamos, pero era casi imposible después de que nos vio con los brazos libres. La tomamos en brazos unos minutos hasta que comenzaron a servir la cena y la dejamos en su carriola; no lloró, ni gritó ni nada, entendió muy bien que mami y papi necesitaban tener las manos desocupadas.
—Esta cena está yendo de las mil maravillas, Bella —me dijo Esme. Le sonreí en agradecimiento—. Felicidades.
—Gracias —respondí sonriendo.
—Y Vanessa se ve hermosa —agregó. Eso sí que no me lo esperaba.
—Doble gracias, Esme. Me alegro.
Mi suegra asintió y siguió comiendo sin decir una palabra más. Miré a Edward soltando el aire con alivio, él me sonrió y me dio un beso en la mejilla.
—Te dije que tú no debías ponerte nerviosa por nada —murmuró en mi oído.
—Tú tampoco —le dije.
—No lo sé. Mi padre está muy misterioso, y los gafetes sobran.
—¿También lo viste? Pensé que eran cosas mías y de mi obsesión.
—Seguro se contagia.
Lancé unas risitas cubriéndome la boca con la servilleta.
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—Señoras y señores, por favor pongámonos de pie y recibamos con un fuerte aplauso a los señores Carlisle y Edward Cullen, y a sus esposas; las señoras Esmerald Cullen e Isabella Swan-Cullen.
Edward y yo nos miramos. Él asintió dándome un apretón en la rodilla y me dio un beso en la mejilla, nos levantamos mientras Senna se acercaba. La niñera extendió los brazos para recibir a Vanessa, quien había estado en mi regazo desde que terminó la cena.
Una vez que mi niña estuvo acomodada en los brazos de su nana, con el chupete rosa en su boquita y una calientita manta blanca cubriéndola, Edward y yo besamos su frente y caminamos al escenario tomados de las manos, ya ahí nos colocamos en línea junto a mi suegra mientras Carlisle comenzaba a explicar de que trataba el nombramiento y por qué se hacía. Posteriormente, llamó a cada miembro de la mesa directiva, uno por uno fueron subiendo al escenario para recibir su gafete y su placa de plata con su nombre y cargo, después pasaban con nosotros a estrechar manos y volvían a bajar para regresar a sus mesas. Mañana posarían en una foto oficial con Carlisle y Edward.
Estábamos por bajar cuando mi suegro pidió que nos quedáramos ahí, confundidos seguimos la orden y no nos movimos ni un milímetro de donde estábamos.
—Tengo un anuncio que hacer —dijo. Tomé la mano de Edward—. Como todos ustedes saben, la tradición de seguimiento dice que el cargo de presidencia del emporio es vitalicio, no puede haber reemplazo si el presidente en turno sigue vivo, pero creo que es hora de cambiar algunas tradiciones —aventuró mirándonos directamente a Edward y a mí. Mi marido apretó mi mano y yo juro que dejé de respirar—. Lo anuncié a la prensa esta mañana y ahora lo anuncio ante ustedes: me retiro del cargo de presidente y lo heredo a mi hijo Edward.
AH.
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Resulta que no sólo éramos los herederos del emporio, también había una gran fundación que creó la tátara abuela Cullen en favor a las mujeres y niños víctimas de la violencia en el hogar; esta fundación era heredada junto a la presidencia del emporio. Sí, yo era la siguiente encargada de ella. Cada mujer había agregado una nueva causa, y ahora no sólo apoyaba a las víctimas de la violencia.
La bisabuela apoyó a las esposas de los soldados de la Segunda Guerra Mundial que habían muerto o desaparecido en combate.
Clotilde se fusionó con un orfanato y ayudó a que los niños más grandes también fueran adoptados.
Esme, mi adorable y caritativa suegra, creó un albergue dentro de la fundación para ayudar a los menos afortunados; éste también apoyaba a aquellos que luchaban contra las adicciones.
Y ahora estaba yo. La chica de veinte años que tuvo su causa en el momento que se enteró de la fundación: un apoyo incondicional a las madres adolescentes que habían sido abandonadas por sus novios y no contaban con la ayuda de sus padres. Y sí, era por Jessica Stanley y todas mis compañeras de la preparatoria que pasaron por esa situación. Yo pude haber sido una de ellas, yo pude haber estado en una situación así y tal vez sea por eso que no lo dudé ni un segundo.
Lo anuncié a la familia al día siguiente del nombramiento durante el desayuno en el restaurante del hotel.
—Bueno, todavía tienes tiempo de pensar —me dijo Esme—. La causa se anuncia en el momento que el nuevo presidente recibe su cargo, así que...
—Es una causa preciosa, cariño —me dijo Edward dándome un apretón cariñoso en la rodilla.
—Gracias —respondí esbozando una pequeña sonrisa.
—Sí, es muy linda y todo eso. Pero no es en lo que nos hemos centrado todo este tiempo.
—Y que todo el mundo apoye porque no tenemos iniciativa —interrumpió mi marido mirando a su madre. Toda la familia se mostró de acuerdo.
—Bella, tienes todo nuestro apoyo —me dijo Eleazar.
—Esperemos que no fracase —masculló Esme.
—Ya, mujer, deja a la chica en paz —le dijo Siobhan.
Mi suegra se quitó la servilleta del regazo, la azotó sobre la mesa y se levantó furiosa. Caminó dando grandes zancadas hacia la salida del restaurante.
—No le hagas caso —me dijo Carlisle.
Después del desayuno fuimos al salón donde ya estaban acomodando las sillas para la foto oficial de la inauguración. La mesa directiva ya estaba ahí preparándose y hablando a alto volumen, pero se callaron en cuanto nos escucharon llegar. ¿Qué decía Jasper sobre mis tacones?
—Señores —saludó Dimitri con un asentimiento.
—Buen día —respondió mi marido.
Carlisle y Esme entraron al salón cuando ya nos estábamos colocando en nuestros lugares. Mi suegra seguía visiblemente furiosa y no me dirigió ni una mirada ni siquiera para juzgar mi falda rosa, o mi blusa blanca, mis zapatos nude, mi coleta de caballo o incluso el broche sobre la blusa. Nada. Ni una palabra. Intenté que no me afectara porque en realidad no sabía qué demonios le pasaba y jamás me iba a enterar, pero el hecho de que la única dama Cullen que de verdad me apoyaba incondicionalmente ahora odiara todo lo que decidía... No sé. Me dolía.
—Señora —dijo el fotógrafo, y yo recé a todos los Dioses del Olimpo, la India, Egipto y no sé cuantos más, que fuera dirigido a mi suegra; pero cuando la mano del hombre tocó mi hombro, sentí como si Tritón me hubiera caído encima—. ¿Señora? Por favor —me pidió señalando la silla Chiavari dorada.
Sólo asentí caminando al pequeño y elegante mueble. Me senté entre mi marido y mi suegro, a lado de ellos estaban Dimitri y Stefan respectivamente, así que yo quedé en el centro, con el resto de la mesa detrás. El fotógrafo acomodó a los hombres de forma que "miraran" a Gianna, quien también estaba en el centro.
Fueron necesarias bastantes fotos para poder irnos, pero al final todo valió la pena. Cuando tuvimos en nuestras manos la foto impresa nos dimos cuenta de lo mucho que estaban por cambiar nuestras vidas. Ya no éramos más los herederos, ahora nosotros seríamos los jefes, los responsables del éxito o declive del emporio... Oh sí, claro. Sin presión.
