CAPÍTULO XX

Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción

JOAQUIN SABINA

—Tranquilo, Mags. No debemos estar muy lejos, ya se huele el ambiente a fiesta snob de cazadores de sombras.

Kevin conducía el antiguo Wolkswagen Beetle Blanco por las calles prácticamente desiertas de Hampstead, el barrio en el que antaño se había concentrado la mayor riqueza del país. En aquel tiempo las casas (en realidad, todas eran mansiones) seguían perteneciendo a personas de gran poder adquisitivo, pero al igual que las del barrio de Magnus, eran poco frecuentadas.

—Kevin, nunca has estado en una fiesta de cazadores de sombras.

—Muestra de que son unos snobs que nunca invitarían a un brujo hijo de unos modestos leñadores canadienses.

Magnus reprimió una risita.

—Creo que es ahí, ¿no? —preguntó Kevin, señalando.

Habían llegado a una avenida con coches aparcados a ambos lados. La casa en la que debían estar los propietarios de los vehículos era enorme y de aspecto opulento, con la arquitectura de épocas pasadas. Sin embargo, Magnus estaba seguro de que imitaría las tendencias actuales de decoración y la parte posterior estaría llena de cúpulas y amplios ventanales y en el interior los muebles serían minimalistas.

—Sin duda alguna. Seguro que ha elegido el lugar Isabelle. Es tan llamativo como ella misma. Aparca.

—Sí, amo y señor mío —dijo Kevin mientras comenzaba a hacer la maniobra.

—Esto… Kevin. No digas esas cosas dentro de la fiesta, no si quieres que te puedan interpretar mal.

—¿Te refieres a…? —preguntó Kevin y al segundo, hizo una mueca de asco. Enseguida se recompuso y volvió a su sonrisa despreocupada habitual— No lo creo. Todo el mundo sabe que si estuviésemos juntos, yo sería tu amo dominante.

El joven brujo quitó las llaves del contacto y salió del vehículo. Magnus hizo lo mismo.

—¿Disculpa? ¿Tú —Magnus le señaló de arriba abajo—, dominándome a mí?

—Por supuesto. Soy mucho más fuerte que tú. Tendría más… fuerza. O lo que sea que se necesite para… ya sabes.

Magnus se rió ante la descripción de su amigo. Los dos comenzaron a caminar hacia las puertas de entrada.

—Querido, eso no tiene nada que ver. Para los ojos de cualquiera, saltaría a la vista que el dominante sería yo. Me refiero haciendo referencia a los tópicos. Soy más mayor, mucho más alto y desde luego, tengo muchísima más experiencia que tú.

—Touché —respondió Kevin y Magnus, a pesar de que no le veía bien el rostro a causa de la oscuridad, supo que se había sonrojado como siempre que se hacía referencia a su total inexperiencia sexual.

En aquel momento, llegaron frente a la verja de entrada. Estaba abierta, pero unos metros más adelante había un chico que debía ser a todas luces el encargado de comprobar la lista de invitados.

—Magnus Bane y acompañante —dijo Magnus en cuanto llegaron a su altura, sonriendo.

—Veamos… —el chico paseó la mirada por hojas y hojas con nombres—. Sí, aquí está, señor Bane. Pero me temo que no hay indicado ningún acom…

Un chasquido de dedos del brujo y el discurso del portero cambió.

—Oh, perdóneme, señor Bane. ¡Qué cabeza la mía! Por supuesto que viene con su acompañante. Disfruten de la fiesta. Si necesitan algo, ya saben…

—¡Por supuesto, Émil! ¡Y gracias! —dijo Magnus, que tomó a Kevin de la mano y le estiró e hizo seguirle.

—A eso le llamo tener poder de convicción, sí señor —dijo Kevin, un tanto estupefacto—. Por cierto, ¿cómo sabías que se llama…?

—Oh, mi dulce Kevin. Debes saber que para mí todos los camareros, porteros, asistentes, empleados y demás se llaman Émil.

—¿Alguna razón en especial? —preguntó con verdadera curiosidad. Kevin siempre lo preguntaba todo; eso a Magnus le recordaba, por supuesto, a Tessa.

—Desde luego. Un camarero muy travieso y con mucha habilidad manual que conocí en París. Se llamaba Émil —hizo una pausa, como recordando una buena experiencia y sonrió complacido—. Entiendes a lo que me refiero con manual, ¿verdad?

Kevin asintió. Por mucho que intentara asimilar que los brujos como él eran inmortales y no envejecían, todavía se le hacía difícil creerse que Magnus había vivido más de ochocientos años. Él, a sus todavía dieciocho primaveras, era incapaz de imaginarse cómo debía ser vivir tantos ciclos vitales sin cambiar un ápice de su apariencia física.

Llegaron frente a la puerta principal, que era un portón de unos cuatro metros con aldabas que bien podrían ser de oro. Magnus tocó a la puerta ligeramente, y al momento las dos hojas se abrieron.

—Wow… —fue lo único que Kevin fue capaz de decir durante unos segundos en cuanto vio lo que les aguardaba en el interior.

Los dos comenzaron a caminar por la sala, asombrados a cada paso que daban.

Aquella fiesta era, a simple vista, cómo se había imaginado Magnus que sería una fiesta de Jay Gatsby. O todavía mayor. Incluso para él, organizador de fiestas profesional a lo largo de los años, le dejó sorprendido.

La sala en la que se encontraban era amplísima, de más de cinco metros de alto, suelos de blanco mármol y dos enormes ventanales que daban al jardín. Las luces oscilaban en la paleta de los tonos fríos y barrían la gran sala. En el centro había una fuente gigantesca cuya agua cambiaba de forma constantemente. Había sofás corridos situados a lo largo de las paredes y, cuadros de incalculable valor colgados de éstas.

Y la gente. Gente por todas partes, riendo, bailando, gritando, contoneándose, besándose, abrazándose, bebiendo, comiendo… en fin, haciendo todo lo imaginable. En su mayoría eran chicos jóvenes, aunque también había alguna que otra chica.
Después estaban los camareros. O debían ser los camareros porque llevaban bandejas en las manos y se paseaban ofreciendo copas y comida. Todos iban desnudos de arriba abajo y mostraban sus perfectos cuerpos en todo su esplendor, bañados en pintura dorada.

Cuando pasaron al lado de una mesa con comida, Kevin hizo ademán de coger algo, pero entonces paró su mano a medio camino y susurró:

—Mira, Magnus.

Magnus siguió la dirección hacia la que señalaba. Sobre la mesa había un hombre tumbado; sobre éste, la comida estaba dispuesta.

Magnus le sonrió.

—¿Te gusta? El término es Nyotaimori, y originalmente se hace sobre mujeres. ¿No te habías dado cuenta? Acabamos de pasar por una mesa en la que había una mujer, por si prefieres comer del sexo femenino.

—No lo había visto en mi vida. ¿No hay comida normal?

—Siempre puedes pedirle a uno de esos camareros tan "pudorosos" —le recordó Magnus.

—Vaya, se acabó mi plan de hincharme de comida y observarte desde lejos. ¿Dónde está la fuente de vino con gente desnuda bajo ésta? —preguntó irónicamente.

—Justo allí —le respondió Magnus.

Kevin pensaba que bromearía. Pero no, en el extremo derecho de la sala había una fuente de la que manaba vino, y en la superficie había dos chicos también desnudos con coronas de hojas de vid como único atuendo y con jarras de barro en las manos que ofrecían vino a quien se les acercara.
En el lado opuesto de la habitación, más tarde pudieron comprobar que había una fuente igual pero con champagne y dos chicas rubias igualmente desnudas ofreciendo bebidas.

—¿Es Alec un fetichista de la comida y la bebida o algo así? —preguntó Kevin con gesto de disgusto.

—Que yo sepa, no. Me imagino que todo es obra de Isabelle.

—Su hermana, la cazadora de sombras morena que está cañón, ¿no?

—No digas eso en su presencia a no ser que desees acabar partido en pedacitos.

—De acuerdo. Por cierto, ¿dónde crees que estará tu nefilim?

—¿Lo vas a llamar siempre así, con desdén? Tiene un nombre, ¿lo sabías?

—No hasta que deje de suponer la mayor fuente de tristeza de mi mejor amigo —respondió Kevin con total naturalidad.

—Oh, eres tan mono cuando te pones así —Magnus le pellizcó en la mejilla tiernamente—. Y sobre el paradero de Alexander… me imagino que en la esquina más oscura que haya encontrado, si no ha cambiado.

Kevin soltó una risita.

—¿Por qué te ríes tú ahora?

—Oh, Mags, ya sabes. Esquinas oscuras… gays… ya sabes —respondió entre risitas.

—Graciosísimo, eres graciosísimo —le dijo Magnus con cara de que aquella broma no le había hecho ni pizca de gracia—. De todas formas, voy a irme a buscarlo solo. No quiero que se piense cosas raras otra vez. Diviértete y no bebas mucho, recuerda que luego tienes que conducir.

—Magnus, no pienso beber ni una gota —respondió con gesto serio—. Tengo que estar alerta para protegerte…

Magnus se acercó a él y le susurró, con voz seductora:

—Esconde las garritas, gatito. Este brujo puede defenderse solo.

Y se separó de él. Una vez solo, comenzó a vagar por la estancia y vio a la única persona que no quería ver aquella noche.

En la zona de baile estaban, entre muchos otros, Isabelle y Simon; bailaban muy pegados un baile que debería ser considerado para audiencias superiores a los dieciocho años. Magnus habría deseado contemplar más de cerca el vestido que le quedaba como un guante a la nefilim —y desearía también saber si se equivocaba al pensar que era un diseño de Óscar de la Renta—, pero el látigo enrollado a su pierna derecha lo detuvo y le hizo recordar que en aquellos momentos, él era el número uno de su lista de hombres a los que despedazar con sus afilados stilettos.

Decidió buscar por las estancias de la derecha de la mansión y descubría miradas hambrientas procedentes de todo tipo de personas a su paso. No lo sorprendió en lo más mínimo: sabía perfectamente que estaba de muerte.
Una de las estancias estaba dedicada a una de las orgías más grandes que había visto en su vida ¿Quizás la más grande? No, la del diluvio de Venecia fue sin duda mayor, se dijo para sí. La siguiente habitación estaba dedicada a algo similar: parejas dándose el lote (y más) en los sofás, camas, mesas y demás superficies; la diferencia con la anterior es que en ésta se participaba en el acto por parejas, no en grupo. Cuando Magnus temía qué podría encontrarse en la última sala de la derecha, alguien lo agarró por el brazo y lo atrajo hacia la zona de las tupidas y largas cortinas de la habitación, de modo que quedaron en una intimidad total.

La mano era fría y sólo podía pertenecer a un…

—Me has asustado, Sheldon —dijo Magnus.

—Es Simon, y lo sabes —respondió el vampiro, no muy sonriente—. Deberías dejar de burlarte así de mí, puesto que soy yo quien te ha hecho saber de la existencia de la fiesta.

—Vaya, tienes carácter. ¡Al fin! ¿Así que fuiste tú quien me invitó? —preguntó con tono despreocupado.

—¿Quién si no? ¿Isabelle, hermana protectora que la muerte menos dolorosa que planea para ti es clavarte un tacón por la tráquea… o quizás Alec, quien sigue fingiendo que le resultas absolutamente indiferente?

Magnus debía reconocerlo: aquello último le hirió.

—No me había parado a pensar en ello pero sí, supongo que es lo más lógico. Ahora dime, ¿por qué me has invitado?

—También resulta bien obvio.

—¿Quieres que esté con Alec? —preguntó el brujo sin creérselo del todo.

—Quiero lo mejor para él. Y no, no sonrías así, lo mejor para él no eres tú. O quizás sí, eso depende de él. Lo que quiero es que te supere, ya bien sea superándote de verdad o volviendo contigo. Pero que deje de sufrir de esta manera. Alec, a lo largo de todos estos años, se ha estado construyendo una coraza de conquistas y relaciones inconclusas (o mejor dicho, relaciones sin empezar); todo para intentar olvidar y evitar volver a vivir lo que es tener el corazón roto.
Porque, a diferencia de ti, yo he visto a Alec con el corazón roto, partido a pedazos y esparcido por todas las calles de Nueva York.

Simon parecía profundamente dolido, estaba claro que le tenía aprecio a su "cuñado". Decía todo eso para recordarle a Magnus que todo aquello había sido obra suya, pero a diferencia de Isabelle, no parecía querer matarle por ello. No lo decía ni siquiera de forma hiriente, sino para que comprendiera.
Magnus quería decir algo, no sabía muy bien el qué. La expresión de Simon le decía que fuera con ojo. Abrió la boca para hablar, pero el vampiro lo cortó:

—Te voy a decir dónde está Alec, pero debes prometerme que nunca jamás me volverás a llamar Sheldon, Sydney, Stuart, Salmon, Samuel, Stacey o demás nombres que sabes perfectamente que no son el mío. ¿Entendido?

—¿Te he llamado Stacey alguna vez? ¿En serio?

Simon asintió apesadumbrado.

—Está bien, Simon Lewis. ¿Dónde está?

—¡JÁ! —Simon soltó una carcajada casi histérica. Magnus creyó que se le había ido la pinza—. Sabía que te sabías mi nombre completo.

—Y después del momento de gloria… —dijo Magnus, expectante.

—Alec está arriba, en la sala de música, la del medio. Ahora quizás haya ido a la habitación reservada que tiene un cartel con su nombre, que está al lado. O quizás irá en cuanto te vea, quién sabe. De todos modos, síguele hasta allí.

—Genial. ¿Algún consejo previo?

—Posiblemente esté borracho.

—¿Alec borracho? ¿En serio?

—Sería toda una novedad que no lo estuviera. Llevamos cuatro horas de fiesta, ya se ha debido beber media fuente, literalmente. Por cierto, podrías haber venido un poquito antes, ¿no?

—Mi acompañante se ha hecho un lío con los mapas…

—¿Acompañante? —preguntó Simon con una ceja levantada— Bien empiezas así con Alec.

—Acompañante de acompañar —recalcó—, Kevin es un buen amigo mío.

—Bueno, tú verás. Ve con cuidado, Bane. Es tu última oportunidad. Y trátalo bien, si no quieres tenerme también en tu contra. Créeme, puedo dar mucho más miedo que una Isabelle furiosa.

Magnus no pudo controlarlo, se estremeció ligeramente. Dar más miedo que una Isabelle furiosa era dar mucho miedo.

—Gracias, Lewis. Si no tenía ya suficiente presión… —dejó la frase sin finalizar.

Magnus salió de las cortinas, pasó de nuevo las habitaciones "eróticas", la sala central y subió las escaleras. La cúpula de cristal del techo era impresionante, y a través de ella se veían la noche, la luna y las estrellas. Hermoso. Suspiró y entró en la estancia que le había indicado Simon, temiendo qué se encontraría.

Desde luego, no se esperaba aquello. Aquélla era una sala de música. A diferencia de las otras habitaciones, ésta conservaba totalmente el estilo antiguo. Estaba lleno de sofás y sillones con hermosísimas tapicerías antiguas; mesillas de té y cómodas. En una zona apartada, cercana a los ventanales, había un piano y un arpa.

En la sala habría unas quince personas, sin contar a los cuatro camareros desnudos que les servían lo que les pidiesen. Seis de ellas estaban sentadas en una zona de sillones y sofás y las nueve restantes jugaban a un twister de un tamaño algo más grande del normal. Ni qué decir que todos los jugadores eran chicos jóvenes asquerosamente atractivos. Ni qué decir que entre ellos, el que más destacaba era Alexander. Magnus sólo podía ver que iba vestido todo de negro y muy ceñido. Espléndido.

La chica que sostenía la ruleta debía haberla girado hacía poco, pues estaban todos retorciéndose para intentar poner sus piernas derechas en un color que Magnus no tenía muy claro. Un chico rubio entrelazó sus piernas con las de Alec de una forma más que erótica, restregando su hombría contra el nefilim, que no hizo otra cosa más que echarse a reír. A causa de la risa, se desestabilizó y cayó tumbado al suelo, con las piernas todavía entrelazadas con las del otro chico.

—Alec, John, debéis levantaros y poneros en la misma posición que los demás en menos de medio minuto si no queréis acabar eliminados. Y la eliminación significa… ¡prueba! —dijo con entusiasmo la chica de la ruleta.

Era guapa, pequeña y delicada, con cabello castaño en tirabuzones y un vestido que la hacía parecer una pequeña muñequita de porcelana.

—Vamos Alec —le dijo el chico rubio, que se había medio incorporado, y en ese momento le estaba ofreciendo la mano—, incorpórate.

—No puedo, estoy demasiado borracho —respondió Alec y dicho esto, comenzó a reír a carcajadas.

—Bueno, pues ya está clara la prueba… —murmuró John, sonriendo pícaramente.

—¡No, no se vale hacerle la del año pasado! —dijo George, (Magnus no se había percatado de su presencia hasta entonces) que estaba en la zona de los sillones— Pobrecillo, está muy borracho.

—Pues a mí me gustaría verle tocar el piano, que siempre me he quedado con las ganas —dijo la muñequita de porcelana.

¿Alec tocando el piano?, se preguntó Magnus. ¿Hablamos del mismo Alec?

—Claro, eso lo dices porque eres lesbiana. Yo le quiero volver a ver desnudo. Créeme, vale mucho la pena. Seguro que te cambia de acera —alegó el chico rubio, que había conseguido medio incorporar a Alec.

—No estoy para tocar el piano, pero la verdad es que me muero de calor. Y esto es demasiado ceñido… —se quejó Alec, borracho perdido.

Magnus pudo verle la cara. Le quedaba increíble el maquillaje. También estaba todo rojo a causa del alcohol.

—Veis, si lo está pidiendo a gritos… —volvió a decir el rubio.

—John, para ya —dijo George enfadado, que se levantó súbitamente y ayudó a Alec a hacer lo mismo—. Alec, ¿te encuentras bien, cariño? ¿Te apetece ir a tomar el aire?

—¿Aire? Me gusta el aire. Pero un poco de whiskey tampoco estaría mal. ¡Camarero! —exclamó con voz de borracho.

Y eso le dio a Magnus una idea. Sacó papel y pluma, escribió una nota y llamó a uno de los camareros dorados, con la premisa que se llevara a Alec a un lugar apartado y que, si no era capaz de leer correctamente, le leyera él el contenido: Estoy aquí. Magnus. Te espero en tu habitación.

Magnus fue a la puerta con el nombre del nefilim, que descubrió que no tenía ningún tipo de cerrojo echado. Todos aquellos invitados podían ser escandalosos y obscenos, pero desde luego respetaban la intimidad de Alec y no se colaban en su habitación privada.

La habitación era una suite enorme y, al igual que la sala de música, de decoración antigua. Caminó hasta las ventanas y descorrió las cortinas. La luna estaba llena aquella noche y su reflejo entraba de lleno en la habitación.

La puerta se abrió y cerró al poco. Alec caminó, no sin cierta torpeza, hacia él.

—Creía que sería una broma. Estás aquí.

—Y tú estás borracho como una cuba —le respondió Magnus de forma cortante.

No pretendía echarle la bronca, pero le dolía verle así. No físicamente, pues estaba increíble; tan hermoso que quitaba el aliento, con esa ropa que acentuaba su esbelta figura y su cuerpo trabajado y con ese maquillaje maravilloso.

Alec rió.

—¡Pero si es mi cumpleaños!

Magnus no se había dado cuenta que Alec llevaba consigo dos copas de champagne, quizás porque estaba demasiado centrado en su cuerpo. Le dio una a Magnus y después, alzó la suya:

—¡Por mis cuarenta y tres años! ¡Los llevo estupendamente, ¿no crees?!—exclamó. Aquella exclamación estaba impregnada de dolor y sufrimiento, de soledad y melancolía.

Magnus en aquel momento deseaba abrazar a Alec entre sus brazos y decirle que todo iría bien. En cambio, brindó con él.

—Por ti —dijo y los dos bebieron.

Alec se terminó el contenido de un trago. Y después, en un gesto demasiado rápido para un borracho, atrapó a Magnus contra el ventanal. Las copas cayeron al suelo y se rompieron en mil pedacitos.

Hacía mucho que sus cuerpos no estaban tan juntos. Alec le miró a los ojos con una mirada febril y mejillas ardientes.

—Magnus… —murmuró el nefilim frente a sus labios. Puso sus manos bajo el chaleco de Magnus y las pasó por su pecho de forma hambrienta.

Magnus sabía qué iba a hacer, pero debía detenerlo. No es que no deseara besar a Alec y hacer muchas más cosas con él, pero desde luego no deseaba hacerlo cuando Alec no era él mismo. Le parecía repugnante, como si se aprovechara de él. Y luego, tampoco sabía si Alec se quería acostar con él simplemente por un calentón (porque su erecta hombría se hacía bien patente teniéndole pegado a su cuerpo) por el que se acostaría con cualquiera o si lo que quería era realmente era acostarse con él.
Por estas razones, Magnus dio un chasquido con sus dedos, invocando un hechizo de sobriedad para el nefilim.
En cuanto lo lanzó, Alec le besó. Sabía a whiskey, a caramelos de menta y sobre todo, a Alec. Justo cuando Magnus se recuperó de la sorpresa y se disponía a devolverle el beso…

Alec se separó de los labios de Magnus, rompiendo el beso y echándose hacia atrás. Trastabilló con una silla que había tras él, pero no dejó de mirar al brujo con los ojos como platos.

—¿Por… por qué me has besado? —preguntó Alec en cuanto recuperó el aliento, sin poder dejar de pestañear como un poseso. Hablaba de nuevo como el Alec de normal. Parecía que iba a darle un ataque en cualquier momento.

Magnus sonrió y se pasó la lengua sensualmente por el labio, saboreando el sabor que habían dejado los labios del nefilim en los suyos.

—Técnicamente, mi querido Alexander, eres tú quien me ha besado —respondió claramente pagado de sí mismo.

—NNNNoo… —tartamudeó el nefilim— No puede ser… ¿me has echado algún hechizo?

—¿Necesitas un hechizo para besarme? ¿En serio, tan mal estoy? —preguntó inquisitivamente el brujo, alzando una ceja.

—Claro que sí porque yo… digo no… en absoluto, para nada —después de esto, tartamudeó unas palabras que Magnus no consiguió comprender. Finalmente, se aclaró la garganta y dijo:—. Quiero decir, eres realmente atractivo y estás especialmente increíble esta noche pero… pero yo… ¿yo no podría besarte, no? Porque yo… yo intento… yo intentaba… todo el tiempo he intentado… aunque quizás… —hizo una pausa y pareció caer en la cuenta de algo— ¿yo hace unos minutos no estaba borracho?

—Pareces confuso. Sí, estabas terriblemente borracho y habrías hecho posiblemente algo de lo que luego te habrías arrepentido… por eso el único hechizo que te he lanzado ha sido uno para eliminar todos los efectos del alcohol que habías tomado. Aun así, en cuanto te lo he lanzado tú te has abalanzado a besarme, no sabría decir si bajo los efectos del alcohol o no… —terminó diciendo con una sonrisilla pícara—. Pero ya está, te beso y así estaremos empatados —mientras Magnus decía todo esto caminó hasta encontrarse justo de frente al nefilim.

Magnus inclinó ligeramente su rostro de modo que sus narices se rozaban y sus alientos chocaban, para después elevar sus manos y acariciar el hermoso rostro que tenía frente a él. Alec permanecía quieto, parecía contener el aliento, sus sentimientos y emociones. Era consciente de que sólo podría hacerlo hasta que Magnus le besara.

Y entonces Magnus Bane le besó.

Comenzó suave y dulce, mientras acariciaba los cabellos de Alec, como siempre le gustaba hacer. El nefilim respondió, devolviéndole el beso con mayor intensidad y rodeándole la cintura con las manos. Sin dejar de besarse y cada vez con mayor frenesí, Alec le quitó el chaleco y miró con ojos de deseo su torso desnudo, mientras Magnus le quitaba la camisa murmurando entre beso y beso "lástima, con lo bien que te quedaba…". Después, tumbó al nefilim en la cama y se sentó a horcajadas sobre éste. Alec buscó sus labios, ansioso, y Magnus no se hizo de rogar; inclinó el rostro sobre el del cazador de sombras y lo continuó besando con pasión. Bajó las manos por sus pletóricos pectorales y abdominales y llegó al cierre de su pantalón. Creyó que podría quitárselo sin problemas, mientras lo besaba, pero el pantalón estaba tan ajustado que era realmente difícil. Así que se separó de los labios de Alec y se concentró en el cierre de sus pantalones. Poco después se daría cuenta de que aquello había sido un error fatal.

Alec atrapó sus manos en cuestión de un instante con fuerza, lo que hizo que se detuviera.

—¿Qué ocurre, Alexander? —preguntó, preocupado. Aquello parecía el típico sueño en el que, en el momento más interesante, todo se acababa abruptamente y se despertaba.

—Para. Ahora mismo —dijo Alec mirándole con ojos intensos. Parecía ofendido y enfadado. Con fuerza, se quitó a Magnus de encima de él y se levantó de la cama.

—No entiendo. Parecía que tú querías… —murmuró Magnus, dolido.

—¿Qué yo quería qué? Dime Magnus, ¿cuál era tu propósito al besarme?

—¿Es que tengo que tener un propósito para besarte? —preguntó Magnus alzando una ceja. No sabía a qué venía todo aquello.

—¡Pues claro que sí! Dime, ¿qué es lo que pretendías? ¿O sólo ha surgido así porque sí? Me besas, te correspondo, nos desnudamos, nos calentamos mutuamente y después follamos. ¿Y luego qué, Magnus? ¿Luego qué?

El nefilim parecía al borde de la histeria. Magnus quería decirle muchas cosas, empezando porque no quería acostarse con él sin más, no quería "follarle", como Alec decía; pero lo cierto era que no lo había demostrado muy bien. Al final, le dijo:

—¿Y tú qué querrías que pasara "luego"?

Pensó que era una muy buena pregunta, pero la respuesta de Alec le devastó:

—Para empezar, no me habría gustado que hubiera habido ese "antes". Sí, te he correspondido, grave error por mi parte. Pero no, no pienso follar contigo.

—¿Desde cuándo dices "follar"? —preguntó Magnus, aunque en realidad quería saber por qué Alec no quería nada con él.

—Porque eso es lo que habríamos hecho. Follar sin más. Y para colmo, en mi estúpida fiesta de cumpleaños, mi día número uno para cometer errores y hacer estupideces.

—¿Eso es lo que soy para ti, Alexander? ¿Un error?

Magnus quería marcharse y llorar en soledad, pero decidió que ese día todo acabaría o empezaría. No podía más con las dudas, el dolor sin razón, la desesperación… todo lo que había sufrido desde que se habían vuelto a ver.

—Magnus, lo estás comprendiendo todo al revés. Está claro que soy pésimo explicándome, claro. Jamie dice que tengo dificultades para expresar mis sentimientos. Lo hemos trabajado mucho. Voy a intentar que me salga bien.

—¿Quién es Jamie? ¿Uno de tus amantes? ¿Cómo trabajáis tus sentimientos, follando?

Alec soltó una risita nerviosa, pero Magnus no le vio la gracia por ninguna parte.

—Jamie es mi psicoterapeuta.

—¿Vas al loquero? —preguntó el brujo, alzando una ceja— ¡Anda ya!

—A él le gusta llamarse a sí mismo "mi consejero espiritual", pero puedes llamarlo como quieras.

Magnus debía seguir con gesto de incredulidad, porque Alec le dijo:

—De verdad, voy al psicoterapeuta desde hace años. Me ha ido bastante bien… hasta que te he vuelto a ver, por supuesto. Yo… bueno, ya sabes que soy un experto en intentar esconder los problemas y evitarlos hasta que no se pueda encontrar solución, ¿no? En base, es por eso por lo que rompiste conmigo…

—Alec… —le intentó cortar Magnus.

—No, espera Magnus. Quiero contarte algo. Algo que te quise decir cuando fui a tu casa pero me corté cuando vi a tu… a tu gatito —dijo no sin cierto desdén—. Pero bueno, no es momento para eso —cerró los ojos, inspiró y expiró—. ¿Te importa que me siente contigo? Hablo mejor cuando estoy sentado.

El brujo negó con la cabeza. Alec se sentó con las piernas cruzadas sobre la cama, de frente a él. Empezó a hablar, y no dejó de mirarle a los ojos durante todo su discurso:

—Tú eres el único novio que he tenido en mi vida, la única relación estable. Echando la vista atrás, me doy cuenta que nuestra relación no fue tan idílica como podía parecer. Los dos hicimos tantas cosas mal… sobretodo yo. Era un crío estúpido, creía que estaba enamorado de mi parabatai cuando tenía a todo un hombre maravilloso loco por mí. No era capaz de salir del armario, y negaba nuestra relación a toda costa. No me daba cuenta de las repercusiones que tenían mis acciones en ti. No me daba cuenta de lo mucho que sufrías. Pero ahora sí, y lo siento tanto. Sólo pensaba en mí, nunca en ti. Eso no está bien, no es que hacen las parejas. Magnus, jamás he querido ni querré hacerte daño.
Y claro, luego está el problema más peliagudo de nuestra relación. Tú inmortalidad, mi mortalidad. No debí haber hecho lo que hice, de eso fui consciente desde el principio. Pero es que yo estaba tan enamorado de ti… entiendo que tú no entiendas lo que te estoy diciendo. Al fin y al cabo tú has vivido tanto y te has enamorado tantas veces. Pero tú para mí lo eras todo. Y no estaba dispuesto a perderlo por el hecho de que yo envejeciera y tú no —hizo una pausa y en sus ojos se notaba que en aquel momento no estaba con Magnus, sino en sus propios pensamientos y en el pasado.

Mientras el cazador de sombras pronunciaba aquellas palabras a Magnus el corazón no paraba de gritarle, y él sólo podía callar. Alec no lo había entendido, nunca lo había hecho. Siempre se había fijado en la múltiple lista de amantes de un ser muy longevo e inmortal. Nunca se había dado cuenta de que él no era simplemente uno más de la lista. Él había sido el que Magnus había elegido como el último de todos. Sin importarle si su cuerpo se deterioraba o no, él lo amaba sin reservas.

Alec se aclaró la garganta y volvió a mirarle realmente. Continuó:

—Pero está claro que no fui yo el único que cometió errores. Que yo sepa las relaciones de pareja están basadas en la confianza y tú… tú nunca confiaste en mí de verdad. Las cosas que sé de tu pasado son tan pocas, Magnus. Tú opinas que no importan, pero a mí me importan. Son tu pasado y, por tanto, forman parte de ti. Y yo sólo quiero conocerte de verdad, quiero decir… sólo quería conocerte de verdad —Magnus sonrió al darse cuenta de que Alec había estado usando el tiempo presente—. Luego está lo poco que nos podíamos ver. Yo siempre tenía que entrenar, que cazar. Tú tenías tus clientes. Pero no te culpo, ésa es nuestra naturaleza. Lo que nos dejaba con tan poco tiempo para nosotros… y al final, lo único que hacíamos era acostarnos. No es que no me gustase porque, por el Ángel, el sexo era increíble. Nunca he sentido la electricidad que sentía cuando hacíamos el amor con nadie más, y mira que me he acostado con tíos durante estos años. Pero no hacíamos nada más, nunca salíamos (en parte por mí y mi vergüenza, está claro), no hacíamos nada más que entregar nuestros cuerpos sin más.
En fin, basta de reproches y comeduras de cabeza. Todo esto que he dicho no es para que creas que no recuerdo nuestra relación como algo bello. La sigo apreciando con afecto. Magnus, tú has sido lo más hermoso que he tenido en mi vida. No sólo por tu aspecto físico, sino por todo tu ser. Y por eso… —hizo una pausa— por eso yo no podría simplemente acostarme contigo esta noche y dejarlo pasar. Tampoco podría intentar iniciar una relación contigo después de eso, con lo inestable que estoy ahora mismo. Porque no podría darme completamente a ti. Y eso es algo que no quiero, no para ti. Si yo quisiera iniciar una relación contigo, no querría tener dudas como la otra vez con Jace. Y ahora las tengo. Por el Ángel, tengo tantas. Y tú no te lo mereces. No otra vez. ¿Me entiendes? Porque esto es lo que de verdad siento. Todo lo que he dicho.

Alec se calló. Magnus no era capaz de decir nada. Aquéllas eran muchas cosas sobre las que reflexionar. Estaba empezando a entender lo que había dicho Alec: recordaba su relación con cariño, pero no era capaz de volver con él, por aquel momento, porque no las tenía todas consigo. Además, Magnus coincidía con todos los fallos que había nombrado de su relación. Era consciente de ellos desde hacía mucho.

—Creo que después de haberlo practicado tanto, me ha acabado saliendo fatal —murmuró el nefilim y se revolvió todo el pelo. Supongo que es lo que pasa siempre…

—No, creo que te he entendido —se apresuró Magnus a decir. Alec seguía siendo todo un inseguro—. Y coincido en muchas cosas que has dicho. Pero falta que me digas algo.

—¿El qué? —preguntó Alec, volviendo a mirarle a los ojos.

—¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Qué quieres tú que hagamos?

Alec parecía estar luchando consigo mismo para responderle.

—Supongo —terminó diciendo—, que lo mejor sería que vinieses conmigo a ver a Jamie la semana que viene. Creo que él podrá ayudarnos. ¿Estarías dispuesto a estar en una habitación prácticamente vacía y toda blanca vestido completamente de blanco?

Magnus no necesitó pensárselo.

—¿Por ti? Por ti, Alexander, haría lo que fuera.

Alec sonrió. Parecía, por primera vez en toda la noche, feliz.


Queridos nefilim, me ha costado mucho este capítulo, quería hacerlo perfecto. Quería que Alec se abriera a Magnus por primera vez en toda la historia, porque ya iba siendo hora.
Os lo dedico a todos, pero sobre todo, a todos los que seguís la historia desde el principio, la comentáis y no habéis dejado de hacerlo. Y especialmente se lo dedico a Mira Herondale Guile, porque hace tiempo vi en su perfil que cumplía años en diciembre. No sé si ya los has cumplido o los vas a cumplir pero muchísimas felicidades de mi parte.
Un review sería mi mejor regalo de navidad, ¿lo sabéis, no?

AVE ATQUE VALE, NEFILIM!

P.D He puesto al principio de mi perfil mi cuenta de tumblr. Si alguien quiere ver un poco cómo es la sala principal de la fiesta de cumpleaños de Alec, he publicado (bajo la etiqueta laúltimarunadeClary) un dibujillo mío, aunque no nací para dibujar siguiendo la ley de la proporcionalidad.