Hola ke les sta pareciendo la historia? jeje espero les ste gustando

recuerden de ke nada me pertenece

Capítulo 20

Llegó muchísima gente a la isla para celebrar el 4 de julio. Banderas rojas, blancas y azules colgaban de las barandillas de los trasbordadores que hacían el trayecto hasta tierra firme. Las banderolas ondeaban alegremente de los aleros de los escaparates de la calle principal y saludaban a los turistas y los isleños que llenaban el pueblo y las playas.

Para Bella no era un día de fiesta precisamente, pero compartía el ánimo festivo mientras servía los pedidos. No sólo tenía un trabajo que adoraba, sino que tenía un negocio del que podía estar orgullosa. El Día de la Independencia. Iba a ser también el de su independencia. Por primera vez en nueve meses, empezó a pensar en un futuro en el que había cuentas bancarias, correo y pertenencias que no le cabrían en una bolsa de lona si tenía que salir corriendo.

Mientras iba pensando que su vida por fin tenía una apariencia normal, que las cosas empezaban a funcionar, se paró delante de un escaparate. El maniquí llevaba unos desenfadados pantalones de rayas azules y blancas y un top blanco que le llegaba justo por debajo de los pechos. Unas sandalias tan divertidas como poco prácticas le cubrían los pies. Bella se mordió el labio. La paga le estaba quemando en el bolsillo de sus viejos vaqueros.

Se recordó que ése había sido siempre su problema: si tenía diez dólares, encontraba la forma de gastarse nueve. Había aprendido a ahorrar, a apretarse el cinturón, a aguantar. A conseguir que cinco dólares se estiraran como si fueran de goma. Pero llevaba mucho tiempo sin tener nada nuevo ni bonito. Y Rosalie le dejaba caer, cada vez menos sutilmente, que debería arreglarse un poco para ir a trabajar. Además, tenía que cuidar su imagen ante sus nuevos clientes. Si quería ser una mujer de negocios, debía vestirse en consonancia. En la isla eso significaba vestir de forma informal, pero lo informal también podía ser atractivo.

Por otro lado, lo más sensato y práctico sería ahorrar e invertir el dinero en utensilios para su trabajo. Necesitaba ese robot de cocina más que las sandalias.

—¿Vas a escuchar al ángel bueno o al malo?

—¡Rosalie! —Bella se rió ligeramente avergonzada de que la hubiera encontrado soñando despierta con un par de sandalias—. Me has asustado.

—Unas sandalias preciosas. Y muy rebajadas.

—¿Están rebajadas?

Rosalie golpeó el cristal señalando el cartel de rebajas.

—Es mi palabra favorita. Huelo las oportunidades, Bella. Vamos de compras.

—No debería. Realmente, no necesito nada.

—Realmente, sólo necesitas trabajar —Rosalie se apartó el pelo de la cara y agarró con firmeza a Bella del codo, como si fuera una madre que quiere llevarse a rastras a una hija tozuda—. Comprar zapatos no tiene nada que ver con la necesidad, y mucho con el placer. ¿Sabes cuántos pares de zapatos tengo?

—No.

—Yo tampoco —dijo Rosalie mientras arrastraba a Bella dentro de la tienda—. ¿No te parecen preciosos? Estarías fabulosa con esos pantalones rosa palo. ¿Talla seis?

—Sí, pero, de verdad, tengo que ahorrar para uno de esos robots de cocina —a su pesar, alargó la mano para tocar la tela de los pantalones que Rosalie había sacado de la percha—. Son muy suaves.

—Pruébatelos con esto —Rosalie le enseñó lo que consideraba la combinación perfecta: una blusa blanca y ceñida sin espalda—. No te olvides de quitarte el sujetador. Tienes los pies pequeños. ¿El seis, también?

—Sí, así es.

Bella echó una ojeada rápida a los precios. Aunque estuvieran rebajadas, era mucho más de lo que se había gastado en ella desde hacía varios meses. Estaba mascullando unas quejas cuando Rosalie la empujó detrás de la cortina del probador.

—Probármelo no quiere decir que vaya a comprarlo —susurraba mientras se desnudaba hasta quedarse sólo con las cómodas bragas de algodón.

Mientras se ponía los pantalones pensó que Rosalie tenía razón respecto al rosa. Ese color levantaba el ánimo al instante. Pero la blusa ya era otro cantar. Le parecía... inmoral llevar algo tan ceñido sin sujetador. Y la espalda... se miró por encima del hombro, bueno, en realidad no se podía decir que hubiera mucha tela.

James no le habría permitido jamás llevar algo tan sugerente y que mostrara su cuerpo con tanto descaro. Bella se maldijo en el mismo momento en el que aquel pensamiento se le pasó por la cabeza.

—Muy bien, volvamos al principio —se dijo a sí misma.

—¿Qué tal todo?

—Muy bien, Rosalie, es una ropa preciosa, pero no creo...

Antes de que pudiera terminar, Rosalie abrió la cortina y se quedó parada con las sandalias en una mano y un dedo de la otra mano sobre los labios.

—Perfecto. La encarnación de la vecina sexy, alegre y moderna. Ponte las sandalias. He visto un bolso que te quedará precioso. Ahora vuelvo.

Era como si un general veterano la dirigiera por el campo de batalla y ella, un soldado raso, no pudiera hacer otra cosa que obedecer órdenes.

Veinte minutos después, sus vaqueros de todos los días, la camiseta y las zapatillas estaban en la bolsa de la tienda. El dinero que le sobró se fue en un bolso del tamaño de una mano que llevaba alrededor de la cintura, sobre los pantalones nuevos, que ondeaban suavemente alrededor de las piernas movidos por la brisa.

—¿Qué tal te sientes?

—Culpable. De maravilla —Bella no pudo evitar mover los dedos de los pies dentro de las sandalias nuevas.

—Me alegro. Ahora, vamos a comprar unos pendientes que vayan con la ropa nueva.

Bella renunció a toda resistencia. Era el Día de la Independencia, se recordó. Se quedó prendada de las gotas de cuarzo rosa en cuanto las vio.

—¿Qué tendrán los pendientes que hacen que te sientas tan segura?

—Los complementos demuestran que somos conscientes de nuestro cuerpo y que esperamos que los demás también lo sean. Ahora, vamos a dar un paseo por la playa para ver la reacción ante nuestro esfuerzo.

Bella tomó entre los dedos las piedras rosas que le colgaban de las orejas.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Adelante.

—Llevo un mes aquí y en todo ese tiempo no te he visto con nadie. Un acompañante masculino, quiero decir.

—No me interesa nadie en este momento —Rosalie se puso la mano de visera y echó un vistazo a la playa—. Sí, una vez hubo alguien, pero eso fue durante otra fase de mi vida.

—¿Lo amaste?

—Sí. Demasiado.

—Lo siento. No debería fisgar.

—No es un secreto —dijo Rosalie sin darle importancia—. Y las heridas cicatrizaron hace tiempo. Me gusta estar sola, dominar mi destino y todas las decisiones y opciones cotidianas. La vida en pareja exige una cierta dosis de falta de egoísmo y yo soy egoísta por naturaleza.

—Eso no es verdad.

—La generosidad tiene grados —Rosalie empezó a andar dejándose acariciar el rostro por la brisa—, y no es sinónimo de altruismo. Hago lo que me conviene, lo que nace del interés por mí misma. Y además creo que no es nada por lo que deba disculparme.

—Yo conozco bien lo que es el egoísmo. Quizá hagas lo que te conviene, Rosalie, pero no harías daño intencionadamente a nadie. Te he visto con la gente. Confían en ti porque saben que pueden hacerlo.

—No hacer daño es una responsabilidad que se deriva de lo que me ha sido concedido. Tú eres igual.

—No sé cómo dices eso. Yo no he tenido poderes.

—Y por eso te pones del lado de los que sufren. Todo lo que nos pasa tiene un motivo, hermanita. Lo que hacemos por ello, lo que hacemos con ello, es la clave de lo que somos y de quiénes somos.

Bella miró al mar, los barcos se deslizaban suavemente, las motos náuticas lo hacían a toda velocidad, los bañistas se dejaban arrastrar alegremente por las olas. Pensó que podía darle le espalda a lo que le estaban diciendo y a lo que iban a pedirle. Que podía llevar una vida normal y tranquila allí.

O que podía tener algo más.

—La noche que me quedé en tu casa, la noche del solsticio, pensé que estaba soñando cuando te vi en el acantilado.

Rosalie no se dio la vuelta, siguió mirando tranquilamente el mar.

—¿Es eso lo que quieres creer?

—No estoy segura del todo. Había soñado con este sitio. Hasta de niña. Durante mucho tiempo despreciaba o reprimía esas imágenes. Cuando vi el cuadro, los acantilados, el faro, tu casa, tuve que venir aquí. Era como si por fin se me permitiera a volver a casa —miró a Rosalie—. Viví en cuentos de hadas. Hasta que aprendí la lección, y por las malas.

Rosalie pensó que a ella le había pasado lo mismo. Ningún hombre le había levantado la mano, pero había otras formas de hacer daño o dejar marcas.

—La vida no es un cuento de hadas y, además, el don no te lo regalan.

Bella notó un escalofrío en la espalda. Sería más fácil darle la espalda y salir corriendo.

Desde un barco en alta mar soltaron un cohete; el silbido terminó en una explosión de luz y se fragmentó en pequeñas manchas doradas. La playa se estremeció con un rugido de felicidad. Oyó a un niño que gritaba de asombro.

—Dijiste que me enseñarías.

Rosalie dejó escapar el aire que inconscientemente había estado conteniendo.

—Y lo haré.

Se volvieron para ver el siguiente cohete.

—¿Vas a quedarte a ver los fuegos artificiales? —le preguntó Bella.

—No, puedo verlos desde el acantilado de casa y hay menos barullo. Además, detesto ser el palo que aguanta la vela.

—¿Qué?

—Señoras —en ese momento apareció Edward. Era una de las pocas veces que llevaba la placa prendida en la camisa—. Voy a tener que pedirles que circulen. Dos mujeres tan hermosas paradas en la playa son un peligro para la seguridad viaria.

—¿No es una monada? —Rosalie le tomó la cara entre las manos y le dio un sonoro beso—. Cuando yo estaba en bachillerato, pensaba casarme con él y vivir en un castillo de arena.

—Podías haberme dado una pista.

—Tú estabas loco por Hester Burmingham.

—No, lo que pasaba era que me encantaba su bicicleta roja y brillante. Cuando cumplí doce años, Santa Claus me regaló una y Hester dejó de existir en mi mundo.

—Los hombres sois unos cabrones.

—Es posible, pero yo sigo teniendo la bicicleta y Hester tiene gemelas y un monovolumen. Un final feliz, en cualquier caso.

—Hester sigue mirándote el trasero cuando te das la vuelta —le dijo Rosalie que se quedó encantada al ver que le había dejado boquiabierto—. Dicho lo cual, yo me retiro. Disfrutad con los fuegos artificiales.

—Siempre consigue decir la última palabra —protestó Edward—. Desaparece en cuanto un hombre se suelta la lengua. Hablando de hombres con la lengua suelta, estás sensacional.

—Gracias —Bella levantó los brazos—. He tirado la casa por la ventana.

—En los sitios acertados. Déjame que te lleve eso —dijo y le quitó la bolsa de la mano.

—Tengo que llevarla a casa y preparar algunas cosas.

—Puedo acompañarte un rato. Esperaba verte por aquí. He oído que has estado muy ocupada llevando ensalada de patatas por toda la isla.

—He debido de hacer unos setenta kilos, y tanto pollo frito que he debido de acabar con las existencias para los próximos tres meses.

—Me imagino que no te quedará nada.

Al oírle, Bella sonrió.

—A lo mejor sí.

—Me ha costado encontrar un momento para ir a comer; el tráfico, la patrulla por la playa... Tuve que pararles los pies a un par de niños que encontraban muy divertido meter petardos en los cubos de basura para verlos estallar. He confiscado tantos petardos que podría organizar mi propia insurrección. Todo eso con sólo dos perritos calientes en el estómago.

—No es justo.

—No lo es. Vi un par de tus bolsas de comida. Mi pareció que tenían tarta de manzana.

—Tienes buena vista. A lo mejor me han sobrado un par de muslos de pollo y algo de ensalada de patata. Incluso es posible que pueda cortar un trozo tarta de manzana y donarlo a un esforzado servidor de la ley y el orden.

—Quizá puedas deducirlo de tus impuestos. Tengo que supervisar los fuegos artificiales —se paró al final de la calle—. Suelen empezar sobre las nueve —dejó la bolsa de Bella en el suelo y le pasó las manos por los brazos desnudos—. La gente suele dispersarse sobre las nueve y media o diez menos cuarto. He perdido la pista de Alice, así que tendré que hacer la última patrulla, un recorrido por la isla para comprobar que nadie haya prendido fuego a su casa. A lo mejor te apetece un paseo en coche.

—A lo mejor.

Le recorrió la espalda con las puntas de los dedos.

—¿Me harías un favor? Pon tus manos en mis hombros. Me gustaría esta vez que me sujetaras cuando te bese.

—Edward... —Bella tomó aire dos veces con mucho cuidado—. A mí me gustaría también que tú me sujetaras.

Él la abrazó y ella le rodeó el cuello. Permanecieron un instante con los labios casi rozándose; Bella se sintió estremecer por un escalofrío que se le avecinaba. Sus labios se rozaron, se apartaron y volvieron a rozarse. Fue ella quien gimió y quien apretó los labios contra los de él en un arrebato de deseo.

Bella no se había permitido desear. Incluso cuando él revolvió su necesidad de vivir que permanecía latente, había tenido la precaución de no desear. Hasta ese momento. Ella deseaba la fuerza de Edward, la presión de ese cuerpo duro y masculino. Deseaba su sabor maduro y su calor. La sedosa danza de las lenguas, el atormentador mordisqueo de los dientes, el estremecimiento que se apoderaba de todo su ser al sentir los latidos del corazón de Edward que retumbaban contra el suyo. Dejó escapar un leve jadeo de placer al cambiar de posición.

Y volvió a sumergirse en el placer.

Bella le producía deseos que retumbaban con la fuerza de un pulso nuevo por todo su cuerpo. De la garganta de ella brotaban sonidos sordos de deseo puro que a Edward le quemaban en la sangre. Tenía la piel como seda caliente y sólo con acariciarla su mente se inundaba de imágenes eróticas, ardientes ansias que sólo podrían saciarse en la oscuridad.

Vagamente Edward oyó a lo lejos la explosión de otro cohete y los gritos de satisfacción que llegaban de la playa. Si ella quisiera, tardarían sólo dos minutos en llegar a su casa y tres en tenerla desnuda debajo de él.

—Bella —sin aliento y a punto de perder la cabeza, interrumpió el beso. Ella le sonrió. Tenía los ojos oscuros y llenos de confianza y placer.

—Bella —repitió mientras bajaba la cabeza para apoyar la frente en la de ella. Sabía que había veces en que había que esperar—. Tengo que hacer la ronda.

—De acuerdo.

Edward recogió la bolsa y se la dio.

—¿Volverás?

—Sí. Volveré.

Bella flotaba en el aire cuando se dio la vuelta y se dirigió hacia su casa.


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espero sus reviews

byeee