Vaya, me sorprende la actividad que estoy teniendo últimamente. Es que estoy on fire. En el próximo capítulo hay una sorpresa; ya estoy en ello, no queda mucho. Para escribir este capítulo hice un documento a parte con fotos de Poveglia para ayudarme a describir la isla y un mapa aéreo para hacerme una idea de por dónde podían entrar y salir. Poveglia esconde una leyenda fascinante.

Disfrutad.


Capítulo 19: Poveglia, parte 2 (relato de Colonello)

Diciembre, 29, 1989

Poveglia, la isla maldita que aparecía en las historias de miedo que se contaban en el colegio. Una isla abandonada entre Venecia y Lido, cerrada al público, y aun así nos dejaban pasar. Aunque, francamente, tampoco creo que el tipo engominado que nos estaba llevando fuera muy de fiar, ni que perteneciera al gobierno, ni nada de eso. En otras palabras, creo que estábamos entrando de forma ilegal, pero seguro que algún motivo habría.

Desembarcamos en un estrechísimo muelle cerrado por una valla metálica que el conductor del barco abrió con un manojo de llaves que se sacó del bolsillo. También sacó de la guantera un par de linternas y se las dio a Raoul. Sacamos de la bolsa y la mochila las armas y mi chaqueta y nos las cargamos a la espalda. Por su parte, Lau se ató sus queridas espadas a la cintura con un cinturón que sacó de la funda del instrumento. Max –el puto Max–, tenía todo el tiempo un pie dentro del barco mientras esperaba a que bajáramos. El otro italiano ni siquiera amarró, seguro que estaría cagado de miedo detrás de esas gafas de sol tan inútiles.

Max siempre iba encabezando las marchas como si pudiera protegernos a todos. Aunque fuera coronel, no creo que tuviera más fuerza que Raoul, ni que pudiera hacer más que Lal o Lau. Y hablando de Lal, ella iba caminando delante de mí. Yo era el último. Sentir un arma tan pesada y fría en mis manos y con un dedo puesto en el gatillo me creaba un sentimiento que se contradecía con el placer que suponía ver la espalda de Lal. Era fuerte y me daba miedo. Sé que era fuerte porque la correa del arma que tenía colgada se le pegaba a la espalda y le marcaba los músculos. Y sí, podían pegarme un tiro tipo J. F. Kennedy en cualquier momento, pero yo solo pensaba en cómo me gustaría quitarle el arma a Lal, y luego la chaqueta, y la camiseta… Suspiré.

Lau llevaba una linterna por delante de Lal, y Max, que como ya he dicho iba delante, llevaba otra. Aunque no era suficiente. Yo no veía nada. No sabía qué estaba pisando, no sabía qué tenía delante. Cuando llegamos por mar gracias a la luz de la luna pude ver que todo, todo era vegetación, y no sé si llegué a distinguir alguna construcción abandonada que se alzaba sobre los árboles.

Supongo que primero estábamos pisando musgo u hojas, porque yo escuchaba que el suelo crujía, y a veces bajo mis botas sentía pisar algo blando. Y de pronto sentí que alguno de los de delante pisaba algo que crujió, y luego lo pisé yo. Al principio no supe qué era, pero luego recordé que a Poveglia también se la conoce como "la isla de los muertos". Sentí un tremendo alivio cuando noté el suelo plano, uniforme. Por el sonido que hacíamos al caminar y el sonido del agua meciéndose habría jurado que estábamos cruzando algún puente de madera.

Max oía muchos ruidos, al parecer. Nos hacía pararnos y agacharnos mucho, y yo me sentía muy inseguro armado. Sobre todo me sentía inseguro con un dedo en el gatillo y yendo detrás de Lal. Tenía pánico a dispararle sin querer, así que retiré el dedo. De repente noté que nos parábamos. Todos se hicieron a un lado, así que los seguí. Max empezó a hablar.

–Suponemos que el edificio que tenemos delante –aquí hizo una pausa para apuntar al edificio con la linterna –es la base del IEI –hablaba en voz baja.

Aunque el haz de luz de la linterna no llegaba mucho más allá de lo que estábamos nosotros, el edificio estaba más cerca de lo que creía y pude ver bien parte de su fachada. Era gris, con ventanas cuadradas en el piso de abajo y altas ventanas en el de arriba, todas perfectamente alineadas y todas sin cristales, sin ningún tipo de marco, vacías y oscuras. En su costado izquierdo un silencioso canal desembocaba en el mar. Más allá de este edificio había otro más bajo de color teja, supongo que hecho de ladrillos, con chimeneas o columnas, no sé, y también con ventanas largas sin marco ni cristal, también vacías. Y más allá empezaba el mar otra vez. Al pie del primer edificio había vegetación grisácea y mustia, como si aquella construcción fantasmal se elevara sobre los cadáveres de las plantas, y probablemente también de las personas. Pensé que podía haber gente enterrada debajo. Al fin y al cabo, el edificio parecía relativamente nuevo –no tendría más de ciento y pico años– y los huesos que habíamos pisado seguramente databan del siglo XIV, que fue cuando la peste se llevó por delante a la población de esta isla.

–Tenemos que entrar con una sola linterna y sobre todo sin hacer ruido. Creemos que hay-

De repente, un disparo. Creí que se me paraba el corazón. Max hizo una seña para que pasáramos rápido y agachados a su izquierda y nos adentráramos de nuevo en la vegetación. El objetivo, según decía, era llegar al edificio cubiertos por las plantas, pegarnos a la fachada y luego entrar. Escuché otro disparo y tuve ganas de disparar al cielo. Lau llevó la única linterna encendida mientras los demás la seguíamos torpemente por entre las plantas. Yo intentaba no jadear, tanto de miedo como de esfuerzo, pero precisamente el aguantar la respiración hacía que tuviera más ganas de hacerlo. Madre mía, ni siquiera había empezado todo aquello.

Sin embargo, aunque estuviera asustado, tenía más ganas de estar allí que nunca, de formar parte del ejército. Era mi primera "aventura". Otro disparo cayó entre Lau y Lal, a lo que Max contestó disparando muy seguidamente a alguna de las ventanas. Entonces dio la orden de ponernos en pie y correr; yo puse de nuevo mi dedo en el gatillo. Mi primer fuego cruzado. Me latía el corazón más fuerte con cada disparo que oía. Estuvimos corriendo durante unos minutos porque creo que dimos más rodeo del que estaba previsto. Por fin llegamos a una pared que suponía que pertenecía al edificio y los disparos cesaron. Silencio.

–Lau y Lal –Max movió su arma señalando la entrada –, vosotras por un lado. Raoul y Harry por otro. Yo iré solo –y entramos en el orden exacto en el que nos había nombrado, él el último.

No teníamos linterna, pero Raoul decidió subir para limpiar el piso de arriba, y tomamos un camino de espaleras que estaba pegado a unas ventanas por las que entraba una tétrica luz de luna que nos alumbraba algo. Eran escaleras estrechas, en forma de espiral. A juzgar por lo que nos dejaba ver la luz de la luna, la barandilla en su día debió de ser delicada y hermosa, pero ahora sus adornos florales, como toda ella, estaban ennegrecidos por la oxidación. Donde no había barandilla nos cubría una pared desconchada que dejaba al descubierto unos ladrillos deteriorados escalados por enredaderas esporádicas que nos íbamos encontrando en nuestro rápido ascenso. A través de una ventana pude ver el canal que había debajo, y en la acera, al borde de unas escaleras que servían para bajar al agua y cuyos últimos escalones estaban llenos de musgo y flora marítima, vi una persona. Me paré en seco y apunté a su cabeza a través de la ventana. Cuando Raoul se dio la vuelta, me miró nervioso.

–¿Qué haces? –susurraba– ¿Has visto a alguien?

Mi silencio le sirvió como respuesta y se asomó a la siguiente ventana.

–¿Qué hago? ¿Disparo?

–No estás autorizado para ello.

De repente esa figura sacó de su bolsillo una pistola y antes de que pudiera apuntarme siquiera yo ya había apretado el gatillo. Estaba muy oscuro, no vi la herida, no vi sangre, solo vi cómo una figura humana se desplomaba escaleras abajo y se caía al agua, pistola en mano. Era mi primer muerto. Escuché los pies de Raoul bajando furiosos por las escaleras. Cuando saqué mi arma de la ventana él ya me había alcanzado y me tenía agarrado del cuello de la camiseta.

–Te he dicho que no estás autorizado.

–Iba a dispararme, kora –respondí con la mayor tranquilidad de la que pudo dotarme mi voz–, y a ti no te habría dado tiempo ni siquiera a apuntar.

Él pareció quedarse pensando durante un rato, callado, como si supiera que tenía razón pero sin querer dármela.

–Y gracias a eso seguramente, si hay alguien arriba, nos haya descubierto. Así que ya puedes darte prisa.

A partir de entonces yo fui delante. Subimos las escaleras todavía más rápido y antes de llegar a la planta superior, antes de terminar los escalones, dos hombres de negro con antifaces blancos como los que nos encontramos en Bérgamo empezaron a dispararnos. Yo me agaché y disparé a uno de ellos. Raoul subió corriendo mientras disparaba al otro en la cabeza y a otros tantos que había escondidos. Me hizo un gesto para que subiera y nos recorrimos aquella sala grande, oscura, llena de grafitis, escombros y muebles destrozados apuntando a los cuerpos inertes de los hombres enmascarados por si se levantaban. Una vez comprobado que todos estaban muertos, les levantamos los antifaces. No conocíamos a nadie. No llevaban documentación encima, y la sala donde estábamos no parecía tener nada de valor, ni tampoco armarios o colchones en los que pudieran esconderse más atacantes. Yo me asomé a todas las ventanas y dije una palabra que me hacía mucha ilusión pronunciar por primera vez.

–Despejado.

Y seguí andando hacia la siguiente sala sintiendo cómo Raoul fijaba sus ojos en mí. Creo que le impresioné.

Peinamos toda la planta, estoy seguro, y aun así no vimos a nadie sospechoso. Solo oímos disparos provenientes de abajo, pero dimos por hecho que era el resto del grupo que había encontrado a más rebeldes. Una vez nos aseguramos de que toda la planta de arriba estaba vacía, mirando en armarios que encontrábamos y arrancando papel de las paredes en busca de algún escondite, Raoul tiró su arma al suelo furioso.

–¡Mierda! –y se dejó caer, quedando sentado– Esos cabrones se nos han escapado. Se han tenido que escapar, porque estoy seguro de que había muchos más de los que hemos matado –le dio un puñetazo al suelo y pronunció unas palabras en un italiano tan cerrado que yo no pude entender–. Solo espero que los demás estén bien.

Me acerqué a él.

–Pienso que ya que hemos comprobado que aquí no hay nadie deberíamos bajar a ayudarlos.

Raoul sacó de un bolsillo un pequeño walkie y lo meneó un poco.

–No podemos bajar hasta que nos avisen por aquí –aclaró–. Son órdenes de Max.

–Son órdenes de Max –repetí en voz baja con el tono más despreciable que me salió.

–¿Qué dices?

Negué con la cabeza y me dejé caer al suelo como lo había hecho él.

–Pues si son órdenes de Max, quedémonos aquí.

No sé cuánto tiempo pasamos allí arriba, no sé cuánto tiempo tuve para pensar en Lal, en sus labios, en por qué no me había apartado cuando la besé… pero juraría que pasó como poco una hora hasta que escuchamos un crujido. Me puse en pie del susto, así mi arma y miré a todas partes, pero Raoul se quedó en la posición en la que estaba mirando el walkie atentamente. Entonces lo comprendí. Estaban intentando hablarnos.

Primero escuchamos interferencias.

–¡R-… ul!... –parecía la voz de Max, bastante alarmado, por cierto, pero se escuchaba entrecortada– ¡… t… ana! ¡La vent…!

–La ventana –respondí yo.

Raoul dejó caer el aparato y se hizo con su arma antes de que yo pudiera procesarlo. Corrió hacia una de las ventanas y empezó a disparar como si le fuera la vida en ello. Yo mientras tanto busqué otra ventana y a lo lejos, en el mar, pude ver lo que creía que era –y lo era, vaya si lo era– un hombre en una lancha. Huyendo. Ninguno de los disparos de Raoul, ni de los míos, que también abrí fuego, alcanzaron a ese hombre.

–Se ha escapado.

Corrió hacia la otra esquina de la habitación, cuya ventana parecía estar más cerca de la lancha, pero la velocidad del vehículo era inalcanzable. Mientras Raoul se liaba a tiros con el mar, porque no le daba a otra cosa, yo cogí de nuevo el walkie. Me pareció escuchar la voz de Max de nuevo, de nuevo entrecortada, y pensé que quería decirnos algo.

Al parecer, a la altura a la que yo lo levanté del suelo había mejor cobertura y la frase de Max se escuchó del tirón.

–¡Han disparado a Mirch!

Así como Raoul dejó de disparar, yo dejé de respirar.

–¿Hola? ¿Me recibe alguien?

Raoul se dio cuenta de que no reaccionaba, así que me arrancó el walkie de las manos.

–Aquí el capitán Redford, repito, capitán Redford. Bajamos en seguida.

Me agarró del brazo y me bajó por unas escaleras parecidas a las que habíamos subido hacía una hora, o dos… no sé cuántas pasaron. Aunque yo estaba más pendiente del disparo de Lal pude alcanzar a ver en las paredes de las escaleras pintadas con grafiti que rezaban cosas como "COMSUBIN MUERTOS" y algunos nombres en italiano que supuse que eran algunos integrantes del IEI.

Por fin llegamos abajo. Vi a Lal apoyada en una pared sujetándose el antebrazo izquierdo. Por entre sus dedos corrían hilos de sangre, brillante y pegajosa, y su expresión denotaba un dolor intenso. Max le hablaba suavemente mientras le sujetaba también el brazo herido.

–Mirch, escucha, no es nada… ahora mismo te curamos.

Aquella escena me puso enfermo. Tiré mi arma al suelo y aparté a Max de un codazo. Me quité la cinta verde que llevaba en la cabeza y le envolví a Lal el brazo con ella. Creo que ni siquiera sabía que era yo hasta que le hice varios nudos y le hablé, sujetándole la cabeza.

–Lal, mírame –se negaba a mirarme–. Lal, soy yo… –iba a decir mi nombre, pero recordé que ni Lau ni Max lo sabían, y si descubrían que ni siquiera estaba en el ejército me mandarían inmediatamente lejos y no podría cuidar de Lal, así que no tuve más remedio que insistir– Por favor…

Al ver que no reaccionaba la cogí en brazos. Ella, tan fuerte, tan llena de valor, de rabia, de poder… pesaba tan poco…

–Otto, rápido –Max, de nuevo con su walkie, pareció llamar al hombre engominado que nos había llevado hasta allí–. Ven al norte del Octógono. Nos marchamos.

Más tarde supe que el Octógono era una fortificación con esa forma construida en el siglo XIV y que era el muro que se veía al salir del horrible edificio donde estábamos. Un muro gris, de ladrillos, y alto. Y cuando por fin salimos me di cuenta de que estaba amaneciendo, y la imagen que tenía ante mí era espantosa. El Octógono y el edificio del que habíamos salido se alzaban a ambos lados grises y débiles, como dos fantasmas. El agua estaba más inquieta que nunca. Y en el cielo, el sol que asomaba solo coloreaba de dorado una pequeña zona alrededor de él. El resto del cielo era también gris. Era el color natural del cielo de Poveglia. Un cielo gris que se reflejaba sobre un mar gris, revuelto, como si estuviera chillando los horrores que ha tenido que ver. Las únicas nubes que había eran finas y largas, como si el cielo gris sobre el agua gris estuviera arañado por los monstruos de Poveglia. Quería salir de allí.

Por el mismo camino por el que había huido el hombre que perseguíamos, apareció el tal Otto veloz, y su lancha rasgaba el agua como las nubes rasgaban el cielo. Subimos primero a Lal y antes de subirme, eché un último vistazo a una torre con un techo acabado en punta que había al lado del edificio que estábamos abandonando. La construcción más alta que había en esa isla, con una campana en lo alto. Y aunque la isla estuviera deshabitada, por alguna razón la campana sonaba. Sonaba fuerte y mal, como los quejidos de un piano desafinado. La campana de "la isla de los muertos" sonaba sola, como si dijera "¡Marchaos de aquí!".