Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi y los tomo prestados sin fines de lucro.
Haunted
Por: Hoshi no Negai
21. Decisiones difíciles
Rin se desperezó cuanto pudo sin moverse más de lo necesario. Estaba tan cómoda que casi consideró un desperdicio estirar sus músculos agarrotados. El brazo que se posaba en su costado y se cerraba en su espalda así se lo dejó ver cuando se tensó al sentirla removerse. Como toda respuesta se apretujó un poco más contra él y reprimió un bostezo. El sol comenzaba a salir ya, y aunque las ventanas estuvieran cubiertas por las cortinas, pequeños rastros de luz se colaban entre las hebras de bambú. Gruñó un poco cuando uno de ellos le dio en los ojos, y sin importar hacia dónde se acomodara siempre le molestaba. Y no sólo a ella.
―Voy a tapar esas malditas ventanas con una piedra ―musitó gravemente Sesshomaru. Rin no pudo callar su risa al verle cara arrugada en desagrado.
―¿Y no se suponía que tú no dormías?
―No estaba durmiendo.
―Sí, claro. Hace un momento te llamé y ni te inmutaste.
―No hiciste tal cosa, lo recordaría.
―No lo recuerdas porque estabas dormido. Incluso te hice una trenza y no te diste cuenta ―le sacó la lengua. El demonio la miró duramente, pero llevó una mano a su nuca para constatar que su cabello seguía suelto como siempre―. ¡Ja, te hice ver! ―se rió burlonamente―. No te hice ninguna trenza, pero sí estabas dormido.
En realidad Rin había dormido como un tronco y no tenía idea de si él había permanecido despierto o no, pero igual era divertido verlo cuestionándose. El silencio de su compañero acabó declarándola como vencedora, pero reprimió su carcajada para no ganarse problemas. Tiró un poco más de las sábanas para cubrirse del frío que rondaba en la habitación, temblando ligeramente.
―Aquí el invierno se adelanta, ¿verdad? No es normal que haga tanto frío a inicios de diciembre. Siempre es peor en enero y febrero.
―No noté ninguna diferencia en el clima cuando fui a tu plano ―comentó él. Ella apoyó las manos en su pecho para separarse un poco y verlo a la cara.
―Es cierto, una vez me dijiste que habías ido... ¿Cómo fue? ¿Hace cuánto tiempo pasó?
―Poco más de un siglo.
―¿Y por qué fuiste? No me digas que ibas a matar personas.
―No en realidad. Creí que la barrera podría no estar de tu lado.
―¿Y...?
―Obviamente estaba equivocado. El campo de energía permanecía aún cuando abrí el agujero en el muro.
―¡Oh! ¡Así que fuiste tú quien hizo ese hueco! Nunca lo habría adivinado, con razón se me hizo extraño. Oye, ¿y no viste a ningún ser humano? ¿Cuánto tiempo estuviste ahí?
―Sólo unas horas. No, no vi a nadie. Había una fuerte nevada.
―¿Una fuerte nevada...? ¿Fuiste en invierno?
―Evidentemente.
―¿Cómo? ―lo miró fijamente sin siquiera parpadear. Conforme la conversación avanzaba hasta ese punto su voz se fue ralentizando y apagando hasta convertirse en un murmullo.
―Durante el solsticio de invierno. Sólo se puede cruzar durante un solsticio.
La cara de Rin palideció conforme sus ojos se agrandaron y el demonio no necesitó ni un segundo más para saber en lo que estaba especulando. Los pensamientos fluían a tal velocidad que casi podía escucharlos zumbar de un lado a otro.
Rin apretó los labios. Con que sus padres estaban en lo cierto... los ataques de mayor gravedad a humanos sólo habían sucedido durante los solsticios de verano e invierno, y ella había sido abducida en el de verano. Si tan sólo hubieran escogido otro día para hacer la filmación nada de eso habría pasado. Sus amigos no habrían salido tan lastimados y ella misma no estaría ahí, compartiendo el futón con ese demonio de mirada analítica.
A no ser...
―¿Existe la manera de que cruces o hagas que alguien cruce en alguna otra fecha? ―sabía que el solsticio jugaba un papel muy importante en desdibujar las líneas divisorias entre mundos, era una teoría básica en la mitología y tradiciones que había comprobado el día que arribó a aquel lado, pero el inugami poseía tal poder que creía posible que no necesitara siempre un portal entre mundos para cruzar al otro lado.
Sesshomaru la miró gélidamente antes de negar.
―No, no existe.
―¿Y... y el solsticio juega algún papel con la capacidad que tienes para comunicarte con el otro lado?
―¿Qué quieres preguntar exactamente?
―Que si es posible... que vea o escuche a mis padres y amigos en el solsticio de invierno ―arrugó un poco las cejas con preocupación. Hacía tiempo que no tocaban aquel tema espinoso simplemente para ahorrarse el incómodo rato, especialmente cuando Rin sabía que habría un no de por medio.
―Es posible para mí, pero no sé si lo es para los humanos.
―Ya veo... ojalá se pueda. Me gustaría mucho poder hablar con ellos de nuevo ―musitó calladamente bajando la mirada hasta la amplia cicatriz que el inugami lucía en el pecho. Siguió su trazo con el dedo índice como ya había hecho en muchas otras ocasiones. También, a veces, cuando creía que él estaba dormido, dejaba un pequeño beso sobre ella con la esperanza de hacerla más llevadera. Creía ser lo suficientemente discreta como para que no lo notara, pero en realidad lo hacía... cada vez.
Permanecieron en silencio un rato largo, simplemente tendidos en la cama sin hacer nada. Pese a que la muchacha mantenía su vista fija en el pecho masculino, era consciente de que la mirada dorada estaba puesta sobre su rostro, detallándola atentamente. Le pareció que el brazo que la mantenía pegada a él se tensaba, pero fue tan leve que no pudo confirmarlo. Al cabo de un rato, Rin pareció encontrar el valor que le faltaba para alzar los ojos hasta el inugami y dedicarle una pequeña sonrisa triste.
―Es mejor que nos levantemos ya, hay muchas cosas por hacer.
―No es cierto.
―¡Claro que sí! Tengo que alimentar a Ah-Un y limpiar cualquier desastre que haya hecho. También debo tomarme mis infusiones, comer algo, lavar las sábanas, terminar la nueva manta que estoy haciendo, seguir con el adiestramiento de Ah-Un... Y si no me equivoco, tú tienes tus rondas de vigilancia y cacería que atender, ¿no? Dijiste que traerías un jabalí.
―Tienes una buena memoria.
―Por supuesto que la tengo. Así que deja que me levante ―besó su barbilla antes de hacer algo de fuerza para soltarse de su agarre. Al principio el demonio se resistió, pero acabó por ceder cuando Rin hizo un puchero mirándolo ceñuda, con una sonrisa traicionera en los labios.
Se estremeció ante el frío tras abandonar el cálido lecho y colocó la bata interior antes de terminar de levantarse. Le había tomado un fuerte gusto a dormir desnuda esas últimas semanas, y aunque hiciera un frío de mil demonios cada vez que le tocaba despertar no se veía cambiando el nuevo hábito en un futuro cercano.
Le echó un vistazo a Sesshomaru, quien permanecía tendido de costado en la misma posición, viendo hacia la pared con algún pensamiento que lo mantenía ocupado. Estaba cubierto por la sábana y la estola sólo hasta la mitad del torso, y los músculos de sus brazos y pectorales eran totalmente visibles desde donde ella estaba parada.
Esquivó su mirada a tiempo antes de que la pillara y salió de la recámara con la misma sonrisa confundida que antes.
El demonio apretó los dientes tras avistar el mismo rastro de tristeza en su rostro.
Cada vez le era más difícil ignorarlo.
...
Aquella noche, tras presenciar la ida de los padres de Rin a la casa y el paquete que habían dejado atrás luego de su búsqueda rutinaria, Sesshomaru supo que vendrían un par de días difíciles para ella. Siempre era así cada vez que recibía correspondencia de sus seres queridos.
Según lo que su agudo oído detectaba, Rin en ese momento estaba preparándose para dormir, ajena a toda la angustia que acababa de presenciar por parte de sus progenitores. Detalló el paquete envuelto en papel amarillo con desagrado. De ese fajo de papeles dependía la estabilidad de la humana de los próximos días; algo tan simple como una carta podía hacerla entrar en un estado depresivo con una facilidad imposible.
Estaba tentado a deshacerse de él, destruirlo sin que ella siquiera se enterara de su existencia. Podría hacerlo... como podría haberse deshecho de todas las demás cartas que le entregaba. Siempre tenía ese impulso de apretarlas en su puño y desintegrarlas con veneno hasta no dejar el más mínimo rastro. Odiaba verla angustiarse y culparse, odiaba escucharla llorar por las noches cuando creía que él no la oía. Incluso sofocaba sus callados sollozos con la almohada, pero no lograba engañarlo.
Malditos humanos... tan insistentes, tan patéticos. Debían saber que no había remedio, que Rin no regresaría con ellos. La misma Rin debería saberlo mejor que nadie.
Pero se abstuvo de destrozar el paquete una vez más. Sabía lo importante que eran esas cosas para ella, sabía lo mucho que amaba a su familia. Y también sabía que por más que intentara contentarla con obsequios de todo tipo y su compañía, jamás los borraría de sus recuerdos.
No contaba con tal poder.
Subió las escaleras hasta la recámara de Rin y entró sin avisar. Ya estaban acostumbrados a compartir las habitaciones, así que no era necesario pedir permiso.
Los velones altos iluminaban a la muchacha que forcejeaba con el cepillo para deshacer unos nudos especialmente insistentes en las puntas, comprimiendo muecas de dolor que se desvanecieron al verlo entrar. Dio un último jalón apretando los dientes y le sonrió dándole la bienvenida. Aún había rastro de la misma melancolía de esa mañana. Sus mejillas se encendieron anticipándose a las posibles intenciones que su aparición le daba a entender, pero no podía estar más equivocada.
―Hey, te estabas tardando, pensé que... ¿Qué es eso?
―Lo dejaron para ti ―le extendió el paquete amarillo, haciendo que su sonrisa se cayera y su sonrojo se tornara en palidez.
―¿A esta hora?
―Acabo de encontrarlo ―fue su manera de confirmarlo. Los labios de Rin temblaron un poco al recibirlo, aunque hizo el esfuerzo de sonreír de nuevo. Sus hombros se desmoronaron al ver el corto mensaje escrito en el sobre:
Para nuestra hija. Te amamos hoy y siempre. Mamá y papá.
Sus manos temblaron tenuemente ante la letra de su madre, y mientras apretaba el paquete mientras resoplaba sonoramente, sintió algo que estaba fuera de lugar. Rompió la pequeña calcomanía de sellado y se asomó al interior. Ahí, entre las hojas de papel había fotografías... y su teléfono celular.
Ya sabía por qué habían demorado tanto en regresárselo, al mismo tiempo que sabía lo que encontraría una vez lo encendiera.
Se le hizo un nudo en la garganta para cuando se volvió a dirigir a su acompañante.
―¿Puedes dejarme sola un rato, por favor?
Sesshomaru no contestó, pero sí giró su cuerpo para emprender la retirada. Sabía lo mucho que Rin odiaba que la viera llorar.
―Gracias ―le dijo ella a modo de despedida. Él sólo asintió parcamente, cerrando con delicadeza al deslizarse al exterior. Sin embargo se quedó parado al otro lado, escuchando el sonido del papel abrirse y extenderse.
Rin terminó las cartas con el esfuerzo de controlar el picor de sus ojos y mantener la vista enfocada en cada palabra escrita. Como había recibido un fajo de cartas de sus amigos hacía relativamente poco, esta vez los únicos que habían escrito fueron sus padres, quienes además adjuntaron algunas fotos de ellos juntos como familia. Se le estrujó el corazón al ver su foto de graduación de la secundaria, lo que la hizo regresar de golpe a aquella época y la enorme felicidad que la invadía:
No sólo se había graduado con excelentes notas en el tope de su clase, sino que justamente ahí fue cuando conoció el nombre de Sesshomaru y escuchó su voz por primera vez. En la imagen se veía usando su uniforme de secundaria, sosteniendo su certificado más una pequeña placa conmemorativa por su desempeño sobresaliente. A su derecha estaba su padre luciendo uno de sus típicos trajes de profesor universitario con pajarita incluida y el pelo engominado hacia atrás. Su madre, más tradicional, había optado por un kimono elegante de color oscuro y un precioso adorno en el pelo corto.
Ahora que podía ver las cosas con la mente fría, no podía evitar sentirse mal al notar que su enorme sonrisa se debía no sólo a lo bien que se sentía graduarse, sino por el prolongado entusiasmo de sus avances con el inugami.
Vaya manera de mantener mis prioridades.
Su labio inferior tembló un poco a juego con el nudo que se le apretaba en la garganta cada vez más. Su padre le estaba preguntando hasta qué punto llegaba su relación de inugami e inumochi, remarcándole que aunque había leído en qué consistía el lazo en sí, aún investigaba maneras de romperlo de forma definitiva. Le enumeraba diversos rituales, conjuros y cánticos que creía efectivos contra youkais como él, instándole que los intentara cuanto antes.
Su padre creía fervientemente que Sesshomaru podría causar alguna especie de efecto sobrenatural sobre ella, como si la hechizara. De nuevo daba pruebas de sus conocimientos académicos al respecto para respaldar sus teorías. Rin formó una sonrisa triste. Papá siempre buscará la respuesta hasta en el último libro antes de darse por vencido.
Su madre, por otra parte, parecía estar tan o más mortificada que su marido al reparar en las consecuencias de vivir prácticamente sola con un hombre.
Aún no salgo del shock después de haber visto los videos en tu celular. Rin, ya sé que te lo pregunto siempre que escribo, pero, ¿de verdad estás bien? Ese tipo me da escalofríos, de pensar en todo lo que podría hacerte se me hiela la sangre ―así fue como abrió la primera página de sus escritos. No sólo ella le había preguntado sobre Sesshomaru después de ver los videos, todos con quienes mantenía contacto que la arrollaron con preguntas de todo tipo sobre él y Ah-Un.
Pero por supuesto que Sesshomaru se llevaba la medalla de oro.
La mayoría habían sido preguntas torpes llenas de incertidumbre: ¿Ese es el tipo que nos atacó? Tiene cara asesino serial. ¿Cómo puedes vivir con un tipo así? ¿No te da miedo? ¿Te ha hecho algo, Rin? Dinos la verdad. ¿Cómo te le acercas y le hablas con tanta normalidad? ¡Es un tipo peligroso! Mantén tu distancia, tiene pinta de que te tomará del cuello a ti también si hablas de más. Las había contestado todas con armada de infinita paciencia para lidiar tanto con el miedo infundado y bien justificado como para hacerlo con las fuertes punzadas que le atacaban al darse cuenta de que no sólo pasaba por alto sus advertencias, sino que las había incumplido hasta la última instancia.
Si supieran lo mucho que me le acerco en realidad...
La única que no había escrito nada realmente negativo sobre Sesshomaru fue Momoko. Sus preguntas iban más orientadas hacia la curiosidad, y pese a todo aún mantenía una actitud positiva ante lo que para los demás era un fuerte golpe. Ella era, de hecho, la única que le hacía caso a Rin y le creía cuando decía que todo estaba bien. Le aliviaba bastante leer sus mensajes, pues no se sentía tan agobiada por la culpa como en el caso de los demás.
Issei por su parte le había dejado un corto mensaje en el paquete posterior a los videos de su celular, uno tan contundente que la había dejando pensando con un dolor en el pecho por la última pregunta que le había hecho: ¿Aún quieres volver a casa, verdad?
Y ahora estaba su madre haciendo la misma pregunta, intuyendo las mismas cosas como si pudiera ver más allá de lo que Rin le había dicho alguna vez. Como si supiera el verdadero motivo que tenía ahora para estar bien.
Sí, sí quería volver... pero al mismo tiempo...
Vio de soslayo hacia la puerta en la que había estado parado Sesshomaru momentos atrás y apretó los labios. Comenzaba a congestionársele la nariz, y antes de largarse a llorar de una vez, se aguantó y procedió a encender el teléfono, preparándose mentalmente para lo que le esperaba. Sabía que sus padres y amigos habían dejado mensajes en vídeo para ella, lo cual sabía que además de llenarla de alegría al poder oír sus voces otra vez, también acrecentaría la culpa que la carcomía.
Su fondo de pantalla seguía siendo el mismo arcoíris de siempre como si nada hubiera cambiado. La única diferencia era que la batería estaba al cien por ciento. Sus padres, además de regresarle el teléfono recargado, le habían incorporado una microtarjeta de mayor capacidad y una batería extra que aguardaba dentro de una bolsita plástica en el sobre amarillo. Sonrió tristemente al ver que no habían pasado por alto ningún detalle.
Fue inmediatamente a su carpeta multimedia donde encontró varios archivos desconocidos. Le habían pasado el celular a sus compañeros para que grabaran y tomaran sus propias imágenes, y Rin las fue pasando una por una con la misma triste expresión a pesar de que mantenía la sonrisa. Veía a sus amigos por primera vez desde hacía meses, y apenas podía distinguir sus rostros por la cantidad de lágrimas que intentaban salir disparadas de sus ojos.
Pasó las fotos deteniéndose para examinarlos cuidadosamente: sus cambios, sus secuelas, cualquier cosa que pudieran esconder detrás de una sonrisa forzada ante la cámara. Todos parecían estar un poco mejor de lo que había supuesto. Pero cuando llegó a la secuencia y posteriores videos protagonizados por Issei, sintió que el corazón se le encogía y le fallaba en un par de latidos. Pese a que las fotos hubieran sido tomadas de tal manera para que no se notaran sus cicatrices, no podía evitar intentar ubicarlas en su cuello mientras veía cómo le retiraban el collarín.
Escuchó su voz en el video dedicándole un corto saludo ―obviamente cabreado con quien fuera que estuviera filmándolo― y un demandante 'más te vale volver pronto'. Habían transcurrido meses desde la última vez que le había oído hablar. Nunca olvidaría que lo último que le escuchó fue su propio nombre siendo gritado con desesperación. Era algo que aún la atormentaba por las noches.
Y verlo ahora, sano y bien dentro de las circunstancias le hacía sentir un alivio que le quitaba el aliento. Después de todo, pocos eran los que podían salir y recuperarse tan bien como él de una experiencia similar.
Sorbió con fuerza y procedió con el resto. Vio a sus padres sentados en la mesa del comedor, luciendo sonrisas tristes y rostros agotados. Ni siquiera se molestó en limpiar los rastros del llanto cuando sus voces resonaron por los pequeños altavoces del celular, dedicándole mensajes de aliento, cariño y esperanza en que se verían de nuevo. Repitieron cuánto la extrañaban al menos quince veces en los diez minutos de duración. También le contaron la cantidad de veces que habían subido a la casa para buscarla que no dejarían de hacerlo hasta tenerla de regreso.
Sus entrañas se torcieron con dolor ante las voces quebradas, las ojeras, la palidez y las sonrisas rotas. Lloró con ellos las cuatro veces que repitió el mensaje y continuó viendo sus fotos tanto digitales como físicas durante un par de horas más.
Sesshomaru se retiró de la puerta bien avanzada la madrugada, cuando la habitación quedó sumida en un silencio sepulcral en lugar de los sollozos de la muchacha y las voces que salían del pequeño aparato que vino en el paquete. Supuso que se quedó dormida por el cansancio, aunque también era posible que sólo estuviera contemplando la pared con una expresión totalmente en blanco a esperas de que llegara el día. Fiel a su palabra, la dejó en soledad tal y como había querido.
Con la mandíbula tensa y los puños apretados, subió a su antigua guarida en el cuarto piso. La oscuridad era total y ninguna luz se colaba por las rendijas de las ventanas aquella noche cerrada, pero no era impedimento para él que sabía moverse entre las tinieblas a la perfección. Ignoró el pergamino pasándolo de largo para situarse en la ventana y vigilar el perímetro con la excusa de mantenerse ocupado.
Frunció las cejas cuando su agudo oído captó el reanudar de los llantos sofocados unas horas después. Faltaba poco para el amanecer y aún así Rin permanecía despierta. Su arrepentimiento por no haberse deshecho del sobre crecía a pasos agigantados con un nuevo gruñido contenido en el fondo de la garganta.
Decidió salir de la mansión y dar una nueva ronda de vigilancia para dejar de escucharla llorar y pedir disculpas. No soportaba ese sonido. No quería reconocer que él era la razón detrás de toda su tristeza.
Pero más que nada, no soportaba aquella vaga y desconocida sensación de culpa que había estado acosándolo durante horas.
...
Los días pasaron y con ellos avanzó diciembre, acompañado de las primeras nevadas de la temporada. Tenues y suaves, los copos solían caer entrada la madrugada dejando un manto blanquecino que se derretía rápidamente con los primeros rayos del sol y desaparecían cuando la mañana avanzaba.
En el mundo de Rin no era común que comenzara a nevar tan pronto, y de haber estado en otro estado de ánimo incluso podría haberse sorprendido. Le gustaba la nieve, y para ella la primera nevada venía acompañada de gratos recuerdos con chocolate caliente, guerras de bolas de nieve y atardeceres acurrucada en su manta favorita apoyada en la ventana de su habitación.
Pero ahora sólo veía el cielo gris, apagado y denso y no podía evitar sentirse a juego con él.
Había pasado casi una semana, y aún así no conseguía levantar el ánimo de ninguna manera. Lo intentaba, por supuesto. Con todas sus fuerzas. Sonreía, cantaba, se mantenía ocupada y acompañaba a Sesshomaru como si nada hubiera cambiado. Sólo que por dentro no era así.
Terminó su labor de reemplazar el heno en la habitación de Ah-Un después de un largo día limpiando el suelo a fondo sólo para tener algo con lo que mantenerse ocupada tanto física como mentalmente. Con el pasar de los días se le había hecho más llevadero, pero un cachito de sí misma le punzaba el costado a cada rato fastidiándola para regresara a su estado depresivo. No le había dado tan fuerte desde la primera vez que había llegado y aunque le parecía que estaba justificado hasta ella misma se sorprendía con lo difícil que era superarlo esta vez.
Se reclinó sobre una pared haciendo el amago de limpiarse el sudor de la frente con la manga, pero hacía tanto frío que ni siquiera después de estar horas en su labor podía entrar en calor de verdad. Abrió la puerta que daba al pasillo donde Ah-Un esperaba recostado encogido en una bolita a que terminara y le diera la orden de pasar.
―Lo siento, amigo, estaba más sucio de lo que pensé. No entiendo cómo puedes mudar de piel tan rápido, había pellejos y escamas por todos lados ―le hizo una seña haciéndose a un lado para permitirle entrar. El animal se puso de pie revelando su tamaño cada vez mayor y pasó apresurado, aplastando la paja de un extremo del cuarto con las patas mientras daba un par de vueltas en sí mismo. Rin rió un poco al no poder evitar compararlo con un perro que se prepara para dormir, y soltó una pequeña carcajada cuando el animal se tumbó soltando un sonoro suspiro de gusto―. Eres un perro enorme, Ah-Un.
Arrimó un poco del lecho con la escoba para formarle un nido entre las patas y desguindó su gruesa manta del perchero en la pared. Inconforme con el horrible primer intento, se había esmerado en hacerle un cobertor mucho más decente especial para el invierno. Lo extendió sobre él luchando para cubrir su gran cuerpo lo más posible y se dio por satisfecha ante lo que creía que era un trabajo bastante bueno.
―Oye, ¿no crees que es algo temprano para que te eches a dormir? ―torció la cara al ver que cerraba los ojos tras quedarse acurrucado. Fue hasta la ventana y corrió la cortina―. Ni siquiera es de noche y... no, sí lo es. Qué rápido ―el cielo estaba de un gris oscuro plomoso, cubierto de nubarrones que anticipaban una tormenta a juzgar por la fuerte ventisca que arreciaba cada vez con más fuerza.
Apenas un segundo después comenzaron a caer grandes y pesadas gotas, marcando un ritmo regular y calmado que estaba segura que crecería en cuestión de minutos.
―Y esa es mi señal para irme. Tienes tu agua y acabas de comer, todo en orden. ¡Buenas noches, amigo! ―el dragón apenas abrió un párpado para verla marcharse, envolviéndose en su abrigo mientras iba a medio trote por el pasillo. Abrió la puerta principal de los cuarteles y tuvo que hacerse hacia atrás por el impacto del viento helado que le dio en toda la cara. Tomó una bocanada profunda, cerró la cinta del abrigo en su cintura y dio un paso al frente para cerrar la puerta. Entonces comenzó a correr tan rápido como pudo, luchando contra la resistencia de la ráfaga mezclada con enormes gotas de aguanieve cada vez más constantes que acabaron de empapándola de pies a cabeza apenas llegó a la estructura principal.
Se deshizo del gabán lo más rápido que pudo, desatando las tiritas con los dedos temblorosos mientras castañeaba. Por dentro no parecía estar tan mojada, pero su cabello, cara y manos no se habían salvado... y buena parte de su ropa tampoco. Tenía que darse un baño y cambiarse para no pescar un resfriado de los mil demonios.
Sesshomaru la encontró subiendo al tercer piso tambaleándose y castañeando los dientes, con el pelo pegado a la cara y con los labios ligeramente azules.
―Oh... hola, Sesshomaru ―al igual que su cuerpo, su voz temblaba sin remedio―. No vayas a salir, está cayendo un aguacero horrible.
―Puedo notarlo ―alzó una ceja dándole una mirada de arriba a abajo―. ¿Por qué lo hiciste?
―Honestamente creí que cruzaría el patio antes de que se pusiera peor. Y me equivoqué. Voy a bañarme antes de pescar un refriado.
Sesshomaru se movió un poco para darle paso por el pasillo, frunciendo un poco el ceño ante su caótico estado y los pequeños charcos que dejaba detrás de sí al caminar. Se quedó plantado en el pasillo hasta que ella salió del cuarto de baño medio minuto después, más pálida y con gesto ofuscado.
―¿No ibas a bañarte?
―Se acabaron los sortilegios de calor ―explicó, refiriéndose a los prácticos pergaminos que Jaken le había dado para calentar el agua, cruzando para ir al cuarto de los kimonos. Iba sólo con la capa interna de su vestuario y con una toalla rodeándole los hombros. Todavía estaba temblando―. Así que tendré que saltarme ese paso e ir a cambiarme directamente.
―No es necesario.
―¿Eh? ―sacó la cabeza del cuarto parpadeando confusa hacia él.
―Si es agua caliente lo que necesitas... ―contestó sin verla, pues se daba la vuelta para entrar en el cuarto de baño. Rin torció un poco la cara ante la incertidumbre, pero no tardó en seguirlo y ponerse a sus espaldas. El demonio posó una mano sobre la helada superficie del agua, apenas rozándola con la palma.
La chica se asomó a su costado, variando la mirada entre él y el agua sin ver qué era lo que se pretendía. Más tardó sólo un puñado de segundos más en ver los resultados. Sesshomaru retiró la mano y le hizo un gesto para que lo comprobara por sí misma. Curiosa, metió el dedo índice encontrando el agua a la temperatura justa que necesitaba: caliente pero sin ser insoportable. Lo miró atónita mientras introducía la mano completa para asegurarse.
―¿Cómo hiciste eso?
―Con mi youki.
―Genial ―musitó sonriéndole encantada―. Eres súper fuerte, veloz, hábil, tienes garras venenosas y además calientas agua con la mano. ¿Hay algo que no puedas hacer?
―Lo dudo ―Rin resopló una risita.
―Muchísimas gracias, probablemente me salvaste de una gripe. Ahora si me disculpas... ―se llevó una mano al pecho aliviada, para después librarse de la última prenda que le quedaba encima y desnudarse.
Quería tomar un balde de agua y darse un baño de la manera tradicional, pero tenía tanto frío que no se vio capaz de soportarlo más y se metió de un solo golpe en el tanque de agua hasta sumergir la cabeza.
Emergió al cabo de unos segundos con la piel sonrojada y una expresión de satisfacción.
―Cuánto lo necesitaba ―suspiró para sí misma, hundida hasta la barbilla con los ojos entrecerrados de gusto. No tardó en reparar que Sesshomaru se daba la media vuelta para salir de la estancia. Ni siquiera lo pensó cuando lo llamó. El demonio apenas se giró para verla por el rabillo del ojo―. ¿Vas a salir?
―No por el momento.
Rin lo miró largamente por unos segundos. Se veía un poco más tenso de lo habitual, y se preguntó desde hacía cuánto no se había dado cuenta de ello.
―¿Te importa si paso un rato contigo?
―¿Por qué habría de importarme?
La chica sonrió un poco bajando su línea de visión. Sí, había algo que lo molestaba. No necesitaba ser una genio como para deducirlo, el sutil cambio en su tono de voz lo decía todo. Era increíble lo bien que lo conocía y lo mucho que se había habituado a sus gestos más simples.
―No tardaré ―le prometió. El hombre regresó su vista al frente y salió del cuarto de baño cerrando la puerta al tiempo que ella soltaba un resoplido en el que su máscara de felicidad se rompía y dejaba ver lo que de verdad había debajo. Apretó los dientes y volvió a sumergirse, frotándose en especial las manos y los pies para librarse del entumecimiento.
Salió poco después para dedicarle un tiempo considerable al secado de su cuerpo y cabello, el cual tuvo que envolver con una toalla y exprimir con fuerza durante varios minutos para deshacerse de la mayoría de la humedad, cruzando los dedos para que el resto se secara lo más pronto posible. Si despertaba a la mañana siguiente sin resfriarse se podría considerar afortunada.
Se apresuró entonces en cruzar el pasillo y vestir en el mismo salón de los kimonos un conjunto lo suficientemente grueso y abrigador, con la única idea en mente de acurrucarse al lado de Sesshomaru hasta que se le pasara el frío. Sonriendo ante esa idea entró en su habitación, de la cual advertía incluso antes de abrir la puerta que la fogata había sido encendida con anticipación.
Se quedó en el marco unos escasos segundos para ver al inugami posando una rodilla en el suelo, un tanto inclinado sobre su mesita personal. En ella estaban desparramadas las últimas hojas que había recibido de sus padres, sus fotografías y el teléfono celular. Había pensado escribirles una respuesta, pero sencillamente no encontraba cómo comenzar. Ni siquiera sabía qué les podría decir para hacerlos sentir mejor que ya no hubiera dicho antes.
El demonio tenía entre sus dedos una de las fotografías, examinándola con los ojos entrecerrados. Rin se acercó a él para constatar que se trataba del pequeño retrato de su graduación de la secundaria. Probablemente él también recordara su significativo encuentro aquel día tal y como lo hacía ella.
―Eso fue hace casi tres años ―le dijo suavemente. Sesshomaru apenas le dio un vistazo rápido por el rabillo del ojo―. No parece que haya pasado tan poco tiempo, ¿verdad?
En lugar de responder, dejó la foto sobre la superficie de la mesa justo en la misma posición que la había encontrado. Desde que entró para esperarla había estado viendo aquellas imágenes, incluso había leído levemente retazos sueltos de las cartas de sus padres de pasada. En realidad no necesitaba leer nada de ellos para saber que la extrañaban desesperadamente. Ya los había oído llamarla a gritos suficientes veces como para hacerse una idea bastante acertada.
―Te aprecian ―dijo él secamente sin dejar de ver las fotografías.
―Y yo a ellos ―suspiró ella―. ¿Por qué nunca me dijiste que suben para buscarme? Dijiste que sólo venían los hombres uniformados.
―No quería que te alteraras.
―¿Por qué me alteraría? ―cuestionó sólo para escucharlo decirlo. Ya sabía muy bien cuál era la respuesta.
―Porque no puedes comunicarte con ellos. Y eso te lastima.
―Sí, me lastima bastante. Pero aún así tuviste que habérmelo dicho.
―Lo sé ―su ceño se arrugó momentáneamente mientras apartaba la mano de otra fotografía que pretendía tomar, una donde una Rin de once años posaba sonriente reclinada sobre una cerca de madera con un cuervo a cada lado picoteando nueces de sus manos. Poco sabía él que unos días después de ser tomada esa foto se habían conocido por primera vez.
La chica posó los dedos en su brazo para captar su atención. Su expresión era algo triste aunque intentaba mantenerse sonriente a pesar de todo. No hablaron más del tema, sino que le hizo un pequeño gesto para que tomaran asiento al lado del fuego. Se acurrucó a su lado derecho, enterrándose en la estola con la mirada fija en las llamas danzantes, dejándose embriagar por el calor que la rodeaba y el silencio que sólo era interrumpido por los leños siendo consumidos.
Transcurrieron varios minutos hasta que volvió a hablar con voz apagada:
―¿Fuiste cercano con tus padres alguna vez? ―cuestionó. Nunca habían tocado un tema similar. No sabía prácticamente nada de su infancia ni los años previos a su encierro. Rayos, ni siquiera sabía nada sobre su madre... si continuaba con vida, o si sabía algo de ella después de lo que pasó con su padre.
―No en realidad ―negó él parcamente, con la vista puesta en el mismo punto que ella.
―¿Cómo te llevabas con tu padre?
―Deseaba superarlo a cualquier costa. Fue el único ser al que he admirado alguna vez ―se sinceró, dejándola asombrada. No esperaba que fuera tan abierto con un tema tan espinoso―. Elegí irme con él cuando la convivencia con mi madre se tornó insoportable.
―¿Tus padres no vivían juntos?
―No. Él tenía su propias obligaciones que atender. Viajaba por el país conquistando territorios ―añadió ante los ojos curiosos de Rin. Ya veía parte de su interés en hacer lo mismo: era a lo que se había dedicado su padre y el destino que había percibido para sí mismo. El que estuviera encerrado ahora sólo acrecentaba su deseo de cumplirlo.
―¿Y tu madre?
―Atendía sus asuntos desde su castillo.
―¿Tu madre tenía un castillo? ―alzó las cejas―. ¿Era una princesa o algo del estilo?
―Cabeza de su clan ―la corrigió―. En términos humanos podrías verlo como realeza, si te es más sencillo.
―Entonces eres sí algo así como un príncipe.
―Soy su primogénito, nada más. No me interesan sus títulos.
―Vaya, tuvo que haber sido realmente terrible tener que vivir ahí como para que hables así de ella ―Rin hizo una mueca incómoda por el grado de hastío que el demonio destilaba por los ojos. No podía encajar los términos madre y terrible en una sola oración, pues su relación con la suya era bastante buena. Siempre creyó que por mera lógica cada persona se llevaba bien al menos con su madre, quien había estado ahí desde el primer día y velaba sobre su hijo con un amor insuperable.
Lo más seguro era que entre demonios ese no fuera el caso. El cariño no parecía ser algo que formara parte de su vocabulario por lo que podía apreciar.
―¿Qué edad tenías cuando te marchaste con tu padre?
―Dieciocho años.
―¿Sabes cuánto es eso en equivalencia humana?
―Aproximadamente tu edad el primer día que pisaste esta casa.
Rin se separó un poco de él y lo miró atónita, quien le devolvía la mirada sin ninguna emoción que lo delatara. ¿Entonces era como un chiquillo de primaria? No podía imaginarse a sí misma dejando el calor de su hogar a esa edad para ir a viajar y pelear.
―¡Oh, por Dios, eras muy pequeño! ―se escandalizó abriendo los ojos como platos―. ¿Y tu madre te dejó ir así sin más?
―Podía valerme por mí mismo, no tenía nada que objetar.
―¿Tan mal te llevabas con ella?
―Era insufrible ―musitó con desagrado al devolver la vista a las llamas. Para Rin era inconcebible que una madre e insufrible estuvieran juntas en la misma oración. Metiche tal vez, algo agobiante incluso, pero ¿insufrible? Parecía ser bastante extremo.
Aunque en realidad no podía opinar mucho al respecto: no sabía absolutamente nada sobre las razones que tenía Sesshomaru para tener tal percepción de su madre.
―¿Pasó algo entre ustedes para que decidieras marcharte con tu padre?
―Nada en particular. Era excesivamente manipuladora, no toleré su presencia más de lo necesario ―estimó fríamente, dejándola helada. Quizás los métodos de crianza de los demonios fueran desligados del lado emocional, o podía ser esa mujer en particular quien tenía esa personalidad que sacaba al drástico y severo Sesshomaru de quicio. Fuera como fuera se notaba a leguas el resentimiento que le guardaba, estaba en lo poco que quería hablar del tema y las fuertes palabras que usaba para referirse a ella.
―¿Sabes dónde está o si continúa con vida?
―Lo ignoro. Probablemente esté en su castillo, donde siempre ha estado ―musitó sin interés alguno. Por su cara parecía que quería decir más bien un 'bicho malo nunca muere', pero tenía la impresión de que esa expresión no tenía traducción para los seres sobrenaturales.
―¿Y no te gustaría retomar el contacto con ella una vez que salgas de aquí?
―Tienes un curioso interés al respecto ―se fijó él apenas enarcando una ceja. Rin frunció un poco los labios y se encogió de hombros, apretando la estola entre las manos.
―No sé cómo será con los demonios, pero para nosotros la familia es muy importante. Al menos en mi caso, quiero decir ―le explicó un tanto cabizbaja―. Hemos tenido nuestros percances y desafíos, pero nos seguimos queriendo de todas maneras. Incluso después de todo lo que ha pasado... mis padres no se rinden ―resopló con una sonrisa triste y la mirada perdida en la nada, sin ser consciente de que era atentamente observada por el rabillo del ojo―. Es lindo saber que te quieren tanto... y al mismo tiempo duele porque no puedes aliviar su dolor. Por eso... no lo sé, me sorprende que tengas tan mala relación con tu madre. Tendrás tus motivos, pero para mí... una madre es irremplazable. Y un padre también, por supuesto. Por más peleas y diferencias... seguimos siendo familia.
Después de eso hubo un pequeño silencio entre ambos, con cada uno metido en sus propios pensamientos. Rin atrapada en sus recuerdos nostálgicos que la llenaban de silenciosa culpa, y Sesshomaru... viendo que comprendía su concepto mejor de lo que ella esperaba.
―Rin ―la llamó suavemente. Sin embargo, se encontró que ese peso que había sentido recargarse por completo en su brazo se trataba de la humana totalmente dormida.
Acarició su rostro con el dorso de la mano, como si con ese pequeño gesto pudiera aliviar un poco el dolor que sentía. Apretó los dientes al saber que había cosas con las que él no podría hacer la diferencia.
La recostó en su futón poco después, permitiéndole que se quedara aferrada a su estola por el resto de la noche. Se aseguró de dejarla bien abrigada para que no se enfermara después de quedar empapada tras enfrentarse a la lluvia helada. Sin embargo él se retiró al cabo de unos minutos, tras rozar levemente los mechones de su flequillo.
Necesitaba pensar en algo para compensar su sufrimiento, pero tendría que ser en otra ocasión. Había alguien afuera esperándolo.
...
El grupo de demonios de río se aproximó a la mansión de madrugada como solían hacerlo dos o tres veces por semana, sólo que esta vez no tenían ningún gramo de provisiones que entregar y organizar. Iban con las manos vacías, pero eso no era realmente lo que importaba.
Sesshomaru saltó del muro, aterrizando limpiamente en la zona externa a la portezuela que daba a las cocinas de la casa. No quería que hubiera la más remota posibilidad de que Rin se enterara de lo que pasaba.
―¿Y bien? ―espetó a los hombrecillos que se postraron ante él como pomposo saludo. Jaken, a la cabeza del grupo, pegó la frente del suelo tantas veces que tal parecía que tenía intenciones de abrir un agujero en el suelo.
―Amo Sesshomaru, nos ha costado muchísimo trabajo, pero nos hemos logrado infiltrar en la propiedad de su honorable madre y he visto personalmente a su padre en ese lugar.
―¿Qué averiguaste?
―Su padre y madre han tenido una corta reunión, mi señor, y pese a mis intentos no he podido acercarme más por temor a ser descubierto y estropear la misión. He tenido que hacer uso de un sortilegio para cambiar mi apariencia: tomé la forma de una estatuilla y...
―Tus métodos no son más importantes que la información en sí ―lo cortó secamente―. ¿Por qué estaban reunidos?
El hombrecillo verde lo vio sin apenas alzar la cara, con sus grandes ojos de rana reflejando la inmensa mortificación que se apoderaba de él. Titubeó un poco antes de hablar de nuevo.
―Estaban hablando de usted, señor... y de la niña tonta.
Las facciones del estoico demonio se tensaron ante eso último.
―¿De Rin? ¿Por qué?
―Tal parece que están enterados de la relación que mantiene con ella, señor ―carraspeó, tanto por el miedo como por la incomodidad―. Hablaban al respecto. Su madre parecía... interesada en ello, pero su padre, por el otro lado... no.
―¿Cómo saben que Rin está aquí?
―Eso no se lo puedo decir, amo ―negó asustado Jaken―. Puede ser que hayan llegado los rumores de que mantiene a un ser humano en esta mansión... ese es el motivo por el cual muchos demonios buscan atacar la mansión en primer lugar. Pero también podría ser posible que...
―¿Qué? ―lo apresuró él. El pobre demonio verde era un manojo de nervios.
―Manejo la posibilidad, amo, de que lo hayan estado espiando.
Y pese a que sintió la necesidad de romper algo de un solo puñetazo, Sesshomaru mantuvo su temple sereno. Sólo que sus ojos dorados resplandecían en la oscuridad con peligro. Eso era lo que tanto pavor le causaba a Jaken.
―¿Qué te hace suponer tal cosa? ―cuestionó fríamente.
―Decían cosas, amo... cosas que no se transmiten por los rumores. Los rumores sólo hablan de que en esta casa hay un ser humano, señor, eso es todo. Pero ellos... ―se cortó sin saber cómo continuar. Sesshomaru ni siquiera le dio la oportunidad de organizar sus ideas pues entrecerró los ojos mirándolo para que lo hiciera de una vez. Jaken aún recordaba la horrible presión en su cabeza cuando aquel demonio estuvo a punto de matarlo, y no quería sentirlo otra vez―... ellos saben lo próximo que es con ella, amo. Saben la importancia que la niña tiene para usted.
―¿Y?
―Y tal parece... que planean hacer algo al respecto.
...
Yuriko se aferró a la taza de té todavía llena. El líquido estaba frío e imperturbable después de haber sido servido aproximadamente una hora atrás, a diferencia de los pares de ojos que la observaban asombrados al otro lado de la mesa.
Una mujer un poco mayor que ella su boca abierta con una mano por la impresión, el anciano se aferraba a las cuentas de un viejo rosario con lo que intentaba pasar el trago amargo, y la muchacha joven que Yuriko tenía sentada en frente la miraba algo perturbada conteniendo el aliento. No era necesario decir que su historia les había impactado más de lo que los presentes habían estipulado, pero la mujer ya estaba habituada a esas reacciones cuando se tocaba el tema de la desaparición de Rin.
―No les culpo si no me creen ―aventuró con un suspiro. Intuía que lo que seguía ahora sería una negativa a todo lo que acababa de relatarles, pero no había viajado hasta Tokio con altas esperanzas para que le cerraran la puerta en las narices. No, iba a insistir cuanto fuera necesario hasta obtener con la ayuda prometida, poco importaba si la consideraban loca o no.
―No se trata de eso, señora Hashimoto. Impresiona todo lo que su familia y esos chicos han tenido que pasar ―habló la madre de la muchacha. Yuriko no hizo comentario y volvió a fijarse en el té que la señora Higurashi le había dado en cuanto se sentaron.
Sin la compañía de su marido, quien no podía darse el lujo de faltar más al trabajo con la constante amenaza de un despido, la mujer había llegado a Tokio unas horas atrás con el único propósito de tener esa reunión, y pese a que estaba agotada por el largo viaje en tren, se mantenía firme y a las esperas del veredicto de aquella familia. En especial el de la joven sentada frente a ella.
―¿Dice que es un inugami? ―cuestionó entonces. Parecía ser sólo unos pocos años mayor que Rin: era una chica bonita con el cabello espeso hasta media espalda y una mirada demasiado experimentada como para ser tan joven. Se notaba que había vivido cosas que la habían hecho crecer bastante rápido.
―Así es. Según tengo entendido mi hija se ha hecho su inumochi.
La muchacha se mordió la uña del pulgar, tomándose su tiempo para responder.
―Ese es un vínculo bastante difícil de romper. Ni siquiera sé si sea posible.
―No me importa si no es posible. Sólo quiero a mi hija de vuelta, no quiero que ese monstruo le haga daño ―musitó entristecida la mujer. El abuelo y la madre de la muchacha intercambiaron una mirada de soslayo, pero no hicieron comentario alguno pues ahora su atención estaba centrada en la jovencita―. ¿Podrán ayudarme a volverla a ver?
―Le puedo asegurar que haremos todo lo posible, pero me temo que no hay garantías con esto ―estimó ella―. Los inugamis son bastante poderosos, y si su hija Rin es su inumochi... no la dejará ir tan fácil.
Yuriko sorbió con fuerza ante la posibilidad de no volver a tener a su niña, por lo que la señora Higurashi se apresuró en buscar y pasarle una caja de pañuelos que la otra mujer agradeció silenciosamente.
―Pero eso no significa que no hay manera de darle pelea, ¿verdad, Kagome? ―la animó el abuelo para no empeorar el estado de la señora. Kagome pareció titubear un poco antes de contestar, pero por suerte Yuriko no la notó por estar soplando la nariz en el pañuelo.
―Quizás no pueda darle pelea, pero sí se lo pueda aturdir el tiempo suficiente. El solsticio ayudará a que incrementen las posibilidades.
―¿Tienes algún plan? ¿Sabes lo que puedes hacer? ―quiso saber Yuriko, desesperada por cualquier detalle que pudiera darle esperanzas.
―Me parece que la única solución es que entre por esa brecha ―estimó la joven seriamente. A su lado sus familiares se escandalizaron.
―Kagome, tienes que pensarlo muy bien, sabes lo peligroso que puede ser ―se asustó su abuelo, nervioso por la súbita realización. Hasta el momento no había imaginado que se atrevería a pasar al otro lado, no desde un punto que desconocía.
―Kagome... esto no es como lo que estás acostumbrada. En ese lugar no tienes aliados, estarías totalmente sola y por tu cuenta.
―Estaré bien, mamá ―le aseguró la joven apretando su mano―. No pelearé contra este inugami, por lo que dice la señora Hashimoto parece que está fuera de mis posibilidades. Sé que encontraré la manera de retenerlo el tiempo suficiente para recuperar a Rin.
―Kagome, algo puede ocurrirte... Si el portal del solsticio se cierra puede que no tengas forma de volver ―instó su abuelo asustado.
―Para eso tú te asegurarás de que contemos con tiempo suficiente. Me ayudarás a traspasar la brecha con el ritual, y la mantendrás abierta para que pueda volver. Y si eso no funciona... siempre puedo regresar por el pozo ―le tranquilizó. De nuevo el abuelo y la madre intercambiaron una mirada llena de circunstancias, mientras Yuriko cada vez comprendía menos lo que pasaba.
―¿Volver por el pozo? ―preguntó confundida―. ¿Es que tienes un método para viajar a ese mundo?
―Por medio del pozo de la pagoda me es posible cruzar al otro lado. Como poseo ciertos poderes espirituales no necesito un solsticio para abrir el portal. Lo descubrí una vez que caí por accidente, y desde entonces me he estado entrenando para valerme por mí misma en ese plano.
―¡Entonces...! Entonces es cierto que puedes ir y venir a voluntad. ¡Podrías incluso ir hasta donde está Rin! Ella no está atada al sortilegio que mantiene al inugami encerrado en la mansión, ¡ella podría cruzar por el pozo también!
―No es tan sencillo, señora Hashimoto ―negó suavemente con tono bajo para serenar el ambiente exaltado. Las manos de la señora temblaban apretando el pañuelo de papel, e incluso su cuerpo se había inclinado sobre la mesa en su dirección―. No cualquiera puede cruzar por ese pozo, y si su hija no posee habilidades espirituales me temo que le será imposible hacerlo. Además de que el viaje de ida y regreso entre ambos puntos sería muy largo y peligroso, no sé qué pueda pasar ni si mis habilidades son lo suficientemente fuertes como para defendernos a las dos.
―Sabemos que está desesperada, señora Hashimoto, pero por favor no le pida algo tan arriesgado a mi hija ―se alzó la señora Higurashi tratando de mantener la calma. Por más que le doliera a su visitante, no pensaba consentir que su Kagome se arriesgara hasta tal grado.
―Nuestra mejor apuesta sería esperar hasta el solsticio y aturdir al inugami para que no interfiera en el regreso de Rin ―secundó Kagome intentando aplacar la tensión que los rodeaba a todos. La mujer tembló sobre su asiento y sorbió con fuerza llevándose el pañuelo a los ojos para secar sus lágrimas. Se veía tan destrozada que le dolía no poder ofrecerle nada con mayor seguridad, pero sería muy imprudente de su parte asegurar algo de lo que no tenía certeza.
Yuriko se tomó un momento para recobrar la compostura. Últimamente se exaltaba con una facilidad terrible y ni siquiera tenía control sobre sus emociones. Haber perdido a su hija a manos de un demonio la había afectado duramente, y ante cualquier posibilidad de recuperarla sufría una descompostura difícil de evitar.
―Por supuesto. Lo lamento mucho, no quise presionarte ni arriesgar tu vida. Perdónenme, por favor ―hizo una reverencia pronunciada de varios segundos, apretando los ojos para retener las lágrimas―. No fue mi intención disponer de ti de esa manera. Pero mi hija... la extraño tanto... y saber que está con ese monstruo... Tengo tanto miedo de lo que pueda estar pasando y no hay nada que podamos hacer por ella ―tomó otro pañuelo de la caja y se cubrió la nariz y la boca encogiéndose en sí misma. La señora Higurashi se sintió un poco culpable por haber sido tan dura con ella, no quería ni imaginar cómo sería estar en sus zapatos.
Vio de reojo a su hija, recordando la primera vez que había desaparecido tras caer al pozo y toda la desesperante angustia que le sucedió después. El no saber de ella en absoluto casi la volvió loca hasta que la tuvo de vuelta a su lado unos días después. No podía siquiera concebir cómo sería vivir así durante meses.
―Le prometo que mi nieta y yo haremos todo cuanto esté a nuestro alcance para ayudarla, señora Hashimoto ―dijo solemne el anciano, siendo secundado por una cabezada de su nieta. La mujer asintió agradecida, mirándolos a todos con los ojos enrojecidos y cristalizados.
―Si le sirve de consuelo ―intervino Kagome cuando se tranquilizó un poco más―, si su hija es realmente su inumochi, el inugami no le hará daño de ninguna manera. La protegerá y la mantendrá segura de cualquier peligro.
―Él es el único peligro del que debería estar a salvo Rin ―respondió gravemente la otra―. Después de todo lo que le hizo a mi hija y a sus amigos... a nosotros... no puedo creer que esté segura con él. Es peligroso.
―Es lo que hacen los inugamis ―contestó la chica―. Son muy celosos y posesivos, pero cuando protegen a alguien se lo toman muy en serio.
―¿Cómo puedes estar tan segura de eso?
Kagome retuvo el aire un momento antes de dejarlo ir pausadamente. Vio hacia su madre y luego hacia su abuelo, interrogándolos mudamente. Ambos consintieron que lo hiciera con un asentimiento después de meditarlo. Su abuelo parecía un tanto reacio, pero terminó dando su cabezada ante la extrañeza de Yuriko.
―Es una larga historia ―le dijo Kagome viéndola de frente―. ¿Le gustaría escucharla?
...
Rin despertó sintiéndose pesada y cansada, con la cara ligeramente entumecida y los ojos irritados. No se había dado cuenta que había llorado de nuevo entre sueños, pero ahora el dolor de cabeza se lo hacía ver con crueldad. Se enderezó un poco, posando una mano en su frente pensando que podría haber pescado un resfriado, pero no encontró ninguna variación en su temperatura ni tampoco se sentía congestionada. Tal parecía que se había salvado.
Se estiró un poco para deshacerse de sus músculos agarrotados y espabilar. Cuando bajó la vista reconoció la fuente de calor que la había acunado toda la noche. Acarició la estola para después llevarla a su rostro y ocultarse en ella, aspirando su aroma tan reconfortante. Esa era la razón por la cual su noche no había sido peor.
Buscó con la mirada a su dueño, y se entristeció al percatarse de que estaba totalmente sola en la recámara. Le habría gustado tenerlo a su lado como en otras ocasiones, le habría encantado acurrucarse a su costado y volver a dormir, pero no se permitió decaer por ese pequeño detalle. Seguramente tenía algún asunto que atender, algún enemigo que derrotar o el perímetro que vigilar como para tomarse la libertad de bajar la guardia permaneciendo con ella.
Había dejado una parte de sí atrás para confortarla, eso ya era suficiente.
Sonrió al reconocer lo atento que podía llegar a ser incluso sin proponérselo, lo mucho que quería hacerla sentir bien pese a no saber cómo.
Se puso de pie con la estola en brazos y compuso una mueca: esa cosa era mucho más pesada de lo que pensaba. Se la enrolló en los hombros y la cintura para cargarla encima y dársela en cuanto lo viera, no quería dejarla en la habitación para no perderse de la paz que ésta le entregaba... y era un excelente abrigo extra por el terrible frío que hacía.
Salió de la habitación y pronunció su nombre por si estaba por los alrededores. Nada. Debía haber salido, así que se dirigió al balcón con la esperanza de verlo por el patio. Y justo cuando abrió el panel corredizo comprobó la razón del drástico declive de la temperatura: había nevado profusamente durante la madrugada y ahora un denso manto blanco cubría todo hasta donde su vista alcanzaba a ver.
Y aunque hiciera un frío de los mil demonios, se veía hermoso.
Vio en su reloj que pasaban de las nueve de la mañana y necesitaba tomarse las infusiones correspondientes para no saltarse el estricto régimen. Sin importar que no hubiera habido actividad entre ellos los últimos días no podía descuidarse ni una sola vez, era demasiado joven y ya tenía demasiados problemas encima como para siquiera imaginar qué haría si quedaba embarazada.
Pero... ¿y si lo quedaba alguna vez? ¿Y si dentro de unos meses, unos años inclusive, las infusiones le jugaban una mala pasada?
Era algo que actualmente le aterraba, pero... quizás en un futuro no le tuviera tanto pavor a la idea.
Compuso una mueca descuadrada mientras bajaba las escaleras, apretujándose en la estola: jamás había pensado de forma positiva al respecto, siempre había tratado el tema como algo que se debe evitar a toda costa o si no el mundo terminaba con una explosión.
Qué raro era considerar que la idea no era del todo mala.
Cuando fuera mayor y se librara del límite de la minoría de edad, tener hijos con él... ¿cómo sería? ¿Cómo sería la experiencia para ella, cómo lo sería para él? ¿Su desprecio para los humanos e híbridos le impediría formar una familia con ella si llegaba el momento?
Qué cosas más extrañas estoy pensando, sacudió la cabeza. No llevo ni seis meses viviendo con él, ¿y ya me lo imagino como si fuera mi esposo? Debo estar loca.
Apretó los labios forzándose a alejar aquellos disparates de su cabeza. Era demasiado pronto como para imaginarse algo parecido, ¿por qué rayos lo veía como si fuera tan natural, algo por lo que de hecho debería emocionarse?
Estoy definitivamente loca. Apenas tengo diecisiete años, no se supone que esté haciendo planificación familiar.
Arribó a la cocina y se puso manos a la obra para preparar sus infusiones, desayuno y la comida correspondiente de Ah-Un, quien debía estar recluido en sus establos para no ser víctima del frío. Se entretuvo trazando patrones mentales para hacerle un suéter gigante y un par de mullidas bufandas. Quizás con la lana del salón de los kimonos podría hacerle una bufanda a Sesshomaru también, aunque no estaba muy segura de que le fuera a servir de algo teniendo la estola.
Acarició la suave piel que bordeaba sus hombros y restregó la mejilla sobre ella, decidiendo que aquello era mil veces mejor que cualquier bufanda. Pero aún así le haría una al menos como regalo de Navidad. Tenía que hacer sus primeros intentos desastrosos antes, claro, pero estaba segura de que le gustaría el detalle. Si había conservado envoltorios de golosinas y pañuelos por tantos años supuso que una bufanda no sería diferente.
Después de encargarse de Ah-Un y hacerle compañía un rato, asegurándose de arroparlo bien para su frío día de inactividad, decidió que era buen momento para ponerse a practicar tejiendo lana. Sería interesante pues nunca lo había hecho, sólo había visto algunos tutoriales en libros e internet, por lo que probablemente le esperaba una larga tarde de frustraciones y peleas con las agujas.
Sesshomaru la vio emerger de los cuarteles de los sirvientes, envuelta en su estola hasta tal punto que apenas se distinguía la forma real de su cuerpo debajo de ella. Sus pasos, imposibles de opacar en la espesa nieve, delataron su presencia en cuanto se aproximaba a ella quien luchaba por abrirse camino al llegarle ésta a la mitad de las pantorrillas.
―Oh, Sesshomaru, buenos días ―le sonrió algo acalorada por el esfuerzo y el frío―. Perdona que me haya quedado con tu estola... quería devolvértela en cuanto te viera, y como es tan cómoda... ―se llevó una mano al cuello para quitársela, pero antes de que lo hiciera el demonio la detuvo.
―¿Has enfermado?
―¿Qué? No, no que yo sepa ―respondió extrañada por la pregunta―. Creo que estoy bien.
―Quédatela de todas formas ―contestó parcamente.
―Pero, ¿no la necesitas?
―No en este momento. Si te reconforta, úsala. Sé que te desagrada el invierno.
―No es que me desagrade, es que aquí es mucho más crudo que en mi mundo. Pero te agradezco el gesto ―hizo una pequeña inclinación de cabeza y acarició la piel con ambas manos―. Te la regresaré un poco más tarde cuando suba un poco la temperatura, ¿está bien?
Sesshomaru apenas asintió secamente y dispuso continuar su camino hasta la mansión. Rin no tardó en seguirlo, apurando el paso mientras peleaba con la nieve para no quedarse atrás.
―¿Luchaste con algún demonio interesante? ¿Alguna serpiente o lagarto gigante?
―Los reptiles no suelen aparecer en invierno, es su periodo de hibernación.
―¡Vaya! Eso explica por qué Ah-Un está tan inactivo ―se hizo hacia atrás para fijarse en la habitación del dragón, recordando lo poco que se había movido―. ¿Es decir que no despertará sino hasta primavera?
―No necesariamente. Varía entre cada especie, puede que sólo esté más inactivo.
―Ya veo... ―suspiró regresando la vista al frente y torciendo la mueca―. Tendré que estar atenta por si necesita comida o agua... u otras mantas. Espera un momento, ¿entonces el señor Jaken y los demás no vendrán? ¿Ellos también hibernan?
El señor Jaken y sus demonios de río tenían fuerte apariencia de ranas, y los anfibios también dormitaban los meses más fríos al no poder regular su temperatura de manera normal. No le extrañaría que ese fuera el caso de ellos.
―No. Ellos no tienen ese ciclo ―dijo monótonamente. De tenerlo se habría ahorrado muchos inviernos de tener que aguantar sus constantes alabanzas, por lo que estaba seguro de que siendo anfibio o reptil, Jaken nunca hibernaría.
―Al menos podré seguir viéndolos con regularidad ―se contentó ella. Ya habían llegado hasta el pórtico de la mansión, y una vez adentro, se deshizo de sus botas de piel de conejo para dejarlas en la entrada. Llevaba puestos también sus viejos calcetines para darse algo más de calor, pero lastimosamente no eran lo suficientemente gruesos como para conseguirlo. Se percató que era fijo objeto de atención cuando se sacudía la nieve del bajo del kimono. Sesshomaru tenía una mirada extraña y severa mientras la examinaba en silencio―. ¿Pasa algo?
Por un momento, el inugami reconsideró su decisión. Quiso hacerla trizas y pretender que nunca la había tomado en primer lugar, que ni siquiera la había llegado a pensar. Y por ese ínfimo instante, Rin distinguió el atisbo de vacilación en sus facciones normalmente estoicas.
Sesshomaru sintió la necesidad de gruñir por su indecisión. Él nunca dudaba de sí mismo y esta no era la excepción.
―Regresarás a tu mundo.
Crudo y al punto como siempre.
Los ojos de Rin se agrandaron hasta su máxima capacidad, haciendo también que su quijada se desencajara. Necesitó varios segundos para procesar las palabras hasta que éstas calaron bien profundo en su alma.
―¿Cómo dices?
―Te libero. Volverás en el solsticio ―repitió. Su voz sonaba ligeramente más grave y hosca.
Se cubrió la boca abierta con ambas manos sin dar crédito a lo que estaba escuchando, pues su corazón latía tan rápido en sus oídos que creía por un momento que todo era una alucinación.
Tragó con dificultad, sintiendo cómo los locos latidos hacían un eco cada vez más fuerte. Su cerebro se había congelado y ni siquiera era capaz de producir un pensamiento coherente.
―Sesshomaru... ―musitó con un hilillo de voz. Sus labios temblaban al igual que sus manos, y para ella, el mundo se detuvo en ese instante que el demonio la miraba fijo con sus ojos amarillos.
...
El demonio subió la amplia escalinata externa del castillo de su antigua compañera, manteniendo el ceño fruncido y los puños levemente apretados. Cada guardia apostado en su lugar reafirmaba el saludo militar, tensando su cuerpo al verlo pasar. InuTaisho los ignoraba por completo, su única atención estaba puesta sobre la dama que le esperaba en la cima, sentada en su gran trono con el collar de perlas entre ambas manos.
Su elegante sonrisa ladeada aumentó cuando estuvieron cara a cara, como si por un momento fuera a echarse a reír. Más la conocía lo suficiente como para saber que su frívolo carácter no le permitiría nada mayor a una tenue risita.
―Me mandaste a llamar por una razón ―fue como la saludó él, parco y directo. La dama asintió benevolente.
―Querías que te informara de algún cambio significativo sobre nuestro hijo ―le contestó con cierta diversión en su voz. El comandante, quien ya se había imaginado las razones para ser solicitada su presencia, entrecerró levemente los ojos dorados.
―¿Qué es lo que ha pasado?
―La dejará regresar al mundo humano en el solsticio ―al fin soltó su risita contenida, como si no pudiera soportar retenerla un segundo más. Negó levemente con la cabeza, cubriéndose los labios rojos con la manga de su detallado kimono―. Tal parece que ha llegado él mismo a esa decisión, aunque sus motivos me son desconocidos. Pero se lo ha comunicado, de eso no hay duda alguna.
―¿Cómo lo sabes? Creí que la Piedra Meido sólo te dejaba ver imágenes ―cuestionó con desconfianza.
―Porque yo lo he oído, amo ―saltó una vocecilla aguda de algún lugar del trono. Del asiento saltó una minúscula criatura para posarse en la mano del demonio perro. La pequeña criatura hizo una reverencia a modo de saludo―. Siguiendo las órdenes de la dama Irasue me he adentrado en la mansión donde residen el joven Sesshomaru y su acompañante humana. Es verdad, su hijo ha expresado sus intenciones de dejarla regresar a su mundo de origen en el solsticio de invierno.
InuTaisho asintió parcamente, endureciendo sus facciones.
―Tal parece que tus planes tendrán que adelantarse, querido ―intervino Irasue―. Si la deja ir no habrá nada que puedas hacer.
―¿Sesshomaru descubrió tu presencia, Myoga?
―No, mi señor, nada delató que así fuera. Fui cuidadoso y no me acerqué lo suficiente como para que se percatara de mi olor.
―Bien. Hiciste un buen trabajo.
―A sus órdenes, amo ―hizo una nueva reverencia y se volteó en dirección de Irasue―. Y de las suyas, mi señora. Un placer ser de su asistencia.
―Ya te puedes ir, pulga. Mantente en los alrededores de la mansión en caso de que suceda algo. Si esto es así, comunícamelo cuanto antes ―estimó ella haciendo un gesto con la mano para despacharlo. El minúsculo hombrecito hizo una nueva inclinación.
―Por supuesto, señora, no lo dude.
Y en menos de un santiamén, Myoga dio un salto largo hasta el trono para después aterrizar en el suelo. InuTaisho lo vio desaparecer a las alturas de las escaleras, de donde unos segundos después un cuervo emprendió el vuelo dirección a las montañas del oeste.
―¿Es esto lo que querías, InuTaisho? ¿Era eso lo que estabas esperando?
―En parte ―volvió su vista severa hacia ella cuando el ave se perdió en el horizonte―. Será en el solsticio que suceda lo que realmente deseo.
―¿Vas a tomar la vida de esa humana como venganza? No lo creería de ti, querido, no después de considerar tus antecedentes ―comentó con diversión. El hombre decidió ignorar la punta como si ni siquiera la hubiera oído.
―Cobraré el dolor que me ocasionó ese día ―dijo con simpleza.
―Honestamente pensé que esperarías a que estuviera esperando un híbrido de nuestro hijo para que el pago fuera equitativo ―meditó como si la idea le pareciera de lo más divertida―, pero supongo que ya no cuentas con ese tiempo.
―No, no cuento con el tiempo para eso.
―Dime, pues mi curiosidad me sobrepasa, ¿y si lo que tienes pensado hacer no consigue romper tu sortilegio?
―Entonces nada lo hará. Y Sesshomaru permanecerá encerrado hasta el día de su muerte.
―Así que además de asesinar a su humana lo dejarás detrás de la barrera. Un drástico castigo, ¿no te parece?
―Uno apropiado ―espetó dándose la vuelta para emprender la retirada. Tenía cosas que hacer antes del solsticio de invierno y necesitaba dejarlas en orden―. Sabes lo que tienes que hacer cuando llegue el momento, ¿no es así?
―Oh, querido ―suspiró la mujer pretendiendo haberse ofendido―, ¿acaso dudas de mí? Sabes lo mucho que me entretiene todo esto, no creas que quisiera perdérmelo. Despreocúpate, cumpliré mi parte.
El demonio dio una seca cabezada antes de bajar los escalones:
―Eso espero.
La ligera sonrisa de Irasue se mantuvo intacta mientras lo veía desaparecer. Se reclinó hacia un lado de su trono, apoyando un codo en él y depositando su mejilla en el dorso de la mano. Su vista se posicionó entonces en la brillante Piedra que colgaba de su collar. En ella, veía a Sesshomaru al lado de su humana manteniendo una conversación que no podía escuchar.
―Será una novedad ver la cara de mi estoico hijo compungida de dolor y tristeza, para variar. Le espera un solsticio muy interesante.
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Lamento mucho el retraso, no he tenido internet en casa desde el jueves y apenas ahora ha vuelto. Entre la falta de internet y los cortes de luz ya se imaginarán como está mi humor (únanse a mi arrechera, venezolanos).
Pero aquí está, más vale tarde que nunca. Pasamos del rato de nuestra pareja de estar tendida al sol a que su bonito panorama se nublara con esa carta y terminara de arruinarse con la amenaza de los padres de Sesshomaru. Vi en muchos de sus comentarios que el capítulo anterior parecía ser la calma antes de la tormenta y acertaron: era precisamente eso.
Vemos que, aunque Rin es muy feliz con Sesshomaru y le ha tomado gusto a su convivencia con él (¿quién no?), sigue estando demasiado ligada a su mundo como para dejarlo ir tan fácilmente. De nuevo la pobre tira para dos lados y sin importar el que escoja, siempre sentirá dolor de dejar atrás el otro. Quizás no sea tan bueno estar en sus zapatos después de todo.
Y ahora viene Sesshomaru soltándole la bomba de que la libera, porque intuye lo que su padre trae entre manos. No sólo ella la estará pasando mal de ahora en adelante.
¡Oh, sí! Y la sacerdotisa que viaja entre mundos resultó ser Kagome, ¿quién se lo había imaginado? ¡Pero qué sorpresa! xD ¿Cómo será su historia en esta versión? ¿Cómo hace sin Inuyasha a su lado? ¿Será capaz de hacerle frente a Sesshomaru, aunque éste ya tenga la resolución de dejar que Rin se vaya? ¿Qué pasará en el dichoso solsticio ahora que todos tienen sus planes y se ponen en marcha? Esas son dudas que quizás el próximo capítulo pueda resolver *risa malvada de fondo*.
Mil gracias a todas las preciosas y sensuales personas que comentaron el capítulo pasado ayudándome a conseguir *suenan tambores* ¡955 reviews! ¡Los adoro a todos, no saben cuánto! Kikyou1312, Black Urora, Gina, CruxMarie, MickeyNoMouse, , Mena123, MisteryWitch, ByaHisaFan, Anónima, DreamFicGirl, Anónima2, Kokoa Kirkland, KeyTen, Haru1305, Gima2618, Melinna sesshy, Serena tsukino chiba, Baby Sony, Seika to yami, Paloma, AlexMichaels, Gra, Itza Moon, Nayaro, Meaow, Kunoichi2518, Rosedrama, Alexa grayson hofferson, Floresamaabc, Kari, Anónimo3, Nubia, Alexarey, SeeDesire, Jenks, BeautifulButterflyPink, Anónimo4, Jezabel, Raquel, Hooliedanisars, HasuLess, Sayuri08, Begeles, Lisse18, Lau Cullen Swan, Aoi Moss, AlexanderSR25, QuinzMoon, Nanypug, Yoko-Zuki, Veronika-BlackHeart, Krayteona, Ryht, Yarisha, Clau28 y Celeste.
Cierro rápido antes de que se caiga el internet de nuevo x_x Disculpen los posibles dedazos. Espero sus comentarios y que hayan disfrutado este capítulo *cruza los dedos para llegar a los 1000 reviews*.
¡Un beso a todo el mundo y gracias por leer!
