CAPÍTULO 21:
Siempre tienen tiempo para un último drama
El cuerpo de Inuyasha le pesaba. A decir verdad, hasta su alma pecadora debió adquirir el peso del concreto después de la pelea con Kōga que duró hasta el anochecer —con un pequeño intermedio para la hora de la comida—. Al final, nada se resolvió y lo único que obtuvieron fue que Kagome los llevara cargados s cada uno en sus fuertes brazos de vampira a sus respectivas habitaciones.
Estaba molido, y lo aceptaba, al menos mentalmente. Se decidió a moverse de la cama sólo si se trataba de algo estrictamente necesario, como una amenaza mundial o los ruegos de su estómago. Por eso continuó con los ojos cerrados y se aferró a conseguir de nuevo la inconsciencia, aunque ya no pudiera continuar durmiendo, todo gracias a unos gruñidos furiosos en la habitación de al lado.
—Estás de broma, ¿verdad? ¡Siempre! Siempre haces las cosas por tu cuenta —Sango fue la responsable de despertarle con un volumen que disminuía y subía de forma drástica.
A decir verdad, no había escuchado la voz de Miroku en todo el regaño, a pesar de que ese era su cuarto. ¿Acaso terminó arrinconado por el miedo, o con la boca tapa con cinta adhesiva para ahorrarse las excusas?
No. Esta vez no iría de curioso a preguntar qué pasaba. Esa mañana él les otorgaba la libertad total de hacer lo que quisieran, siempre y cuando no fueran ruidosos. Discusiones escritas, una pelea de almohadas tamaño miniatura, arrumacos… Sólo pedía descanso para sus heridas de batalla.
—¿Escuchaste eso? —Kagome susurró, moviendo su pequeño cuerpo entre las sábanas.
Inuyasha soltó un «mm» desganado. Ni la sensación de succión en su hombro y el colchón sumiéndose por el nuevo peso adquirido de su compañera de cuarto le motivó a abrir los ojos, sólo los apretó con más fuerza.
—Parece que están discutiendo de nuevo —la vampira insistió, para desagrado del hanyō adolorido—. ¿Cuál será la razón? Creí que tendrían un periodo de felicidad, pero duró muy poco.
«Ay, qué tristeza», Inuyasha pensó con sarcasmo. Luego se cubrió completamente con una sábana para aislar un poco el ruido, dejando también a Kagome bajo la tela gruesa.
La muchacha puso resistencia con sacudidas para salir del cómodo encierro. No era que no se sintiera cansada como él, sino que le irritaba el ser ignorada, y el enojo le daba la energía necesaria para dar batalla. El captor se desesperó cuando la sábana salió volando, motivo por el cual implementó, por vez primera, una técnica secreta enseñada por su amigo conocedor de la naturaleza femenina.
Inuyasha se recostó de lado y envolvió a Kagome con su brazo, con lo que la cabeza de cabello negro quedó cerca de su pecho; ese fue el primer paso cuyo propósito era descolocarla para evitar que intentara algo más. Después seguía lo más complicado: decir lo que ella quería escuchar.
—Déjalos, se les va a pasar pronto. Ya sabes cómo son —habló con voz suave, otro aspecto astutamente planeado, al igual que ese de despejar su rostro haciendo a un lado su cabello—. Pronto los vas a ver jugando a los novios.
—Tienes razón —Kagome fue convencida por la promesa que siempre se cumplía y la comodidad que, aunque extraña y sospechosa, logró adormecerla.
Ella soltó un bostezo y encajó sus colmillos en la cima de un pectoral —la zona suave a la que tenía más acceso, por supuesto. No sean malpensados—. Bebió, primero con hambre, aunque cada vez con más lentitud hasta que sólo sus labios se quedaron pegados a la piel, lo que significaba que se había dormido.
Inuyasha le agradeció mentalmente a Miroku por sus consejos, prometiendo usar sus conocimientos con sabiduría. Se acomodó en su almohada acolchonada y dormitó por unos minutos, en esta ocasión expulsado de su mundo feliz por un fuerte portazo. ¡Y era una puerta corrediza! La fragilidad de esas cosas debería persuadirte a no maltratarlas.
Los ojos dorados soltaron destellos rojizos, como película de terror, y pensó que esa fue la razón por la cual la visitante que se invitó sola se quedó paralizada en la entrada de la habitación.
—Ya sé —Sango dijo, con las mejillas coloradas—. Debí tocar primero.
Inuyasha vio el escenario desde otra perspectiva, analizó el cómo ambos debían verse bajo la perspectiva de un tercero, y se cuestionó con qué propósito el vampiro utilizaba esa técnica.
—¿Ah? —con el sueño interrumpido, Kagome se sentó con un ojo abierto y el otro no, además del cabello alborotado y una pequeña línea de saliva sanguinolenta bajando por su barbilla. No era el aspecto más elegante para una aristócrata.
—¿Por qué las quejas tan pronto? ¿Miroku y tú no pueden esperar a que sea la hora del desayuno? —Inuyasha le regañó, más con el objetivo de cambiar de tema a uno donde no se hablara sobre su aspecto que podía ser fácilmente malinterpretado. Se acomodó bien la pijama por si las dudas.
Al escuchar ese nombre, Sango arrojó su vergüenza más lejos que aquella cobija de la discordia. Dio un pisotón fuerte contra el piso de madera y murmuró palabras imperceptibles para ellos. Bien pudieron ser improperios o una maldición para que se le cayera el cabello y se quedara calvo para siempre.
—¿Qué hizo? —Kagome le preguntó, tras limpiarse la cara con la manga de su ropa de dormir con estampado de murciélagos de caricatura con corbatas de moño, una posible broma secreta y adorable.
La muchacha de los berrinches violentos se sentó en una esquina de la cama, al lado de la vampira. Comenzó a buscar algo en el bolsillo de su sudadera —seguramente había salido a correr antes siguiendo su naturaleza deportiva, o tenía planeado hacerlo— al mismo tiempo que hablaba entre los dientes a causa de su irritación. Si no fuese por sus orejas afinadas, Inuyasha no hubiera sido capaz de entenderle.
—Entré a su habitación para hablar con él, y me encontré con esto —ella le pasó a Kagome una hoja de papel arrugada que el hanyō pudo leer con sólo estirar su cuello.
Cuando encuentres esto seguro ya me habré ido.
¿Por qué el repentino extremismo? Al menos se alegró de que no perfumara la carta. Inuyasha arrugó la nariz y continuó leyendo.
Decidí adelantarme y terminar la visita un día antes a causa de lo ocurrido en la competencia. Sigo sin entender muy bien lo que pasó y qué te hizo querer que perdiera, pero me he hecho algunas ideas. Lamento ser una molestia para tu familia y el que se les dificulte vernos como una pareja en lugar de socios o un acto cómico.
Estaré esperando en casa. Nos vemos.
Kagome dobló el papel con delicadeza, aunque ya no pudiera hacer gran cosa por esa hoja llena de arrugas. Colocó la carta sobre las piernas con los movimientos elegantes y marcados dignos de una señorita inglesa; pero ella no creció en Inglaterra ni podía tragarse su inconformidad como si fuese cualquier cosa. Inuyasha lo intuyó con sólo ver sus fosas nasales y los labios temblorosos, lo que le dio tiempo suficiente para cubrirse las orejas.
—¡Esto no era lo que debía pasar! —la chica liberó su disgusto. No les extrañaría si nuevamente les riñeran por armar escándalo a esas horas. Posiblemente, no esperarían al próximo día para librarse de ellos.
—¡Lo sé! ¡Se supone que es listo! —Sango acompañó a su amiga como si ésta fuese una competencia para comprobar quién grita más fuerte. El número de personas que venga a quejarse es el número de puntos que recibes—. ¿Por qué no me preguntó directamente qué estaba pasando?
—Ah —Kagome cambió su euforia por madurez, esa que debía tener por defecto a causa de su milenio en el planeta Tierra—. No es por estar en tu contra ni parecido, pero todos estaban ocupados festejándote y tú no tuviste tiempo ni de hablar con nosotros. Está bien, no es un regaño porque yo tenía otras cosas que hacer que me impidieron unirme a la celebración —para quienes no hubiesen entendido la obviedad en el mensaje ni de la mirada acusadora, fue culpa de Inuyasha y su enemigo-amigo—. Y Miroku no tenía con quién hablar, así que nadie le explicó por qué decidiste participar.
—Él se quedó solo en una esquina, al menos eso vi antes de que Kōga me jalara de la pierna y me sumergiera de nuevo en la piscina —su amigo agregó, rememorando sin dificultad aquello que casi pareció un legítimo intento de homicidio, hasta que se libró de él dándole una patada. Un dúo bastante educado.
Sango se quedó callada, analizando sus errores y consecuencias con el peso del orgulloso —y vaya que Inuyasha sabía sobre eso—. En su cabeza debían rondar imágenes mentales que intentaban ser amables y, al final, se formaban en una disculpa violenta porque es sumamente complicado decir perdón cuando sabes que una de las dos partes también metió la pata.
—¿Qué piensas hacer? —Kagome le pidió que contestara más rápido de lo que hubiese querido. Su intención de darle su tiempo para analizar la situación se terminó en el momento que tocaron la puerta de la habitación buscando, seguramente, una explicación a su alboroto, tal vez pedirles que empacaran ligero porque en su futuro destino no necesitarían ropa ni oxígeno. Cosas de exterminadores.
—¿Vas a dejarlo ir? —Inuyasha apoyó a su compañera, ya que esa parte de «te espero en casa» significaba que se había invitado él mismo a su residencia. ¿A dónde más podría ir si el edificio de los recuerdos seguía habitado por la pandilla de los actores circenses? Uno de los cuales seguía mandándole correspondencia pasivo-agresivas, aunque el mayor misterio era cómo consiguió su dirección.
La chica subió el cierre de su sudadera, guardó la carta de nuevo en su bolsillo y se levantó para responder el golpeteo molesto. Al abrir la puerta se encontró con su padre vestido con gorro de dormir, pijama y su cara cansada que decía con una claridad que casi espantaba «¿No podías buscar amigos más normales? Al menos los imaginarios no molestaban tanto».
—¿Ahora qué están haciendo? —el hombre lo dijo como si no estuviese muy seguro de querer conocer la respuesta.
—La continuación de la misión Gato estúpido, regresa o ya verás —la hija habló con fuego en los ojos—. La última parte, para ser precisa.
—¡Así me gusta! —Kagome fue a su lado para unírsele, sin importarle que no estuviera vestida para la ocasión.
—Yo estoy con ustedes —Inuyasha ya ni siquiera hizo el esfuerzo por poner resistencia. Es decir, por más cabeza dura que lo pintaran, le resultaba bastante evidente a ese punto de la historia que la opción del «hoy no, gracias» no estaba dentro de su catálogo.
Aunque, siendo sincero, sí contaba con una duda y esa era el verdadero objetivo de la futura búsqueda. El apasionamiento de Sango no dejaba muy en claro si buscaba una reconciliación, una disculpa o ambas cosas. Como fuese, nuestro muchacho del trato carente de tacto se hizo con un saco y una cuerda por eso de estar preparado para cualquier escenario. Una temporada pacífica le sentaría bien a todos, mucho más a sus huesos exhaustos y mordidas salvajes en los brazos. Esa sí que fue una lucha en la que se dio todo.
…
Dentro del estudio de su padre hubo una reunión de los miembros elegidos para participar en esa tarea de máxima prioridad. Frente a ella se encontraban aquellos con los que podía contar las primeras horas del día, desde la siempre fiel Kirara, hasta Kōga con el cabello suelto y despeinado que fue persuadido sin dificultad por los ojos bonitos de Kagome. Sango esbozó algunos planes sentada en el escritorio de su padre quien, por cierto, también se unió a su misión de búsqueda sin que se lo pidieran.
—En este momento me pesa ser un personaje con apariciones relevantes —Shippō soltó con voz adormilada. Le costó mantener los ojos abiertos en los cómodos brazos de Kagome.
—Shippō, no es momento para romper la cuarta pared —la vampira le reprendió suavemente, para disgusto de el par de celosos que tenía en cada lado—. Miroku se ha ido y necesitamos encontrarlo. De ninguna forma esta relación terminará con un malentendido, eso es bastante cliché.
—Debí evitar que se sintiera solo, pero las felicitaciones me lo impidieron —Kohaku se lamentó en un rincón, dejando siempre muy en claro su estima por Miroku. Muy enternecedor y todo si no fuese por sus acusaciones—. ¿Por qué lo permitiste, hermana? He perdido la oportunidad de tener tres figuras masculinas en mi vida, una más racional.
Sango dejó de hacer garabatos que para ella sí tenían bastante lógica porque, claro, tenía conocimientos sobre tácticas de guerra, aunque aún no sabía dónde acomodar un asedio en sus planes.
—¿A qué te refieres con tercera figura masculina? —la chica pasó la pluma entre sus dedos con mucha habilidad, una acción que le sumó un aire intimidante—. ¿Quién es la segunda?
Su hermano titubeó a causa de la mirada firme de la exterminadora y eligió el ir por otro rumbo para evitar ese punto sensible: —Me refiero a que cada que me doy la vuelta, ustedes ya han peleado por algo. Eso no pasaría si tuvieran una relación convencional. ¿Por qué no se vuelven novios de una vez?
—Sí, Sango, ¿por qué no se casan? —su amiga apoyó el punto de Kohaku, a pesar de que hubiese dicho algo bastante diferente.
También Kōga, cepillándose con los dedos para hacerse su característica coleta, se animó a comentar respecto a sus problemas sentimentales: —He escuchado que un matrimonio es un lazo inquebrantable, así que toma ese lazo y átalo para siempre. De esa forma te ahorras problemas y lo obligas a hacer lo que tú quieras.
—¿Eso pasa cuando te casas? —Inuyasha se mostró curioso. Seguía con el tema de su matrimonio imaginario, por lo que resultaba indispensable conocer todo al respecto. Si al menos recurriera a fuentes más útiles, otra cosa sería.
—Algunas veces —el señor Kuwashima replicó, al mismo tiempo que palmeó el hombro del hanyō con complicidad, «sé lo que se siente». Eso ya era el colmo.
—Basta —Sango golpeó el escritorio para terminar con la conversación de por sí incómoda y que, además, les hacía perder el tiempo—. No aceptaré consejos amorosos de quien no ha tenido una pareja anteriormente, o de un familiar —evidentemente, no fue del agrado del grupo de rescate que tuvo que escuchar las órdenes de Sango en silencio—. De todas formas, ese no es el problema actual. Ahora, es momento de formar grupos. Este pueblo no es muy grande, pero no hay que olvidar que hablamos de Miroku.
Esa criatura astuta era de cuidado con su sorprendente astucia, así que ellos tendrían que demostrar sus habilidades si pretendían tener éxito.
—Nosotros tres iremos juntos —Kagome levantó la mano para proponerse junto con Inuyasha y Kōga—. Somos más veloces, así que tardaremos muy poco en recorrer los caminos y carreteras.
Sango se mostró de acuerdo y los dejó partir después del obligado saludo militar. El trío se adelantó a los demás y salió mientras mantenían una conversación civilizada.
—¿Entonces Inuyasha no es tu esclavo? —el muchacho lobo comenzó a aceptar la realidad de que la chica de la que estaba flechado era una criatura de la noche, que posiblemente dormía en un ataúd alguna temporada.
—Subyugado es el término correcto —ella le corrigió.
—Sólo es un empleado para ti —sí, el positivismo de Kōga le hacía mantener aún las esperanzas.
—Amm —la vampira del triángulo amoroso sintió el peso del protagonismo en su espalda con su corta confesión libre a la interpretación—: No
—¡Tómala! —desde el estudio se escuchó el grito de celebración de Inuyasha aunque ellos ya debían de estar en algún pasillo. Un poco más de velocidad e interés en las misión actual no caía mal.
Cuando no se escucharon más charlas personales en los rincones de la casa, Sango prosiguió nombrando personas: —Padre, Kohaku y Shippō, ustedes conforman otro equipo. Se encargarán de buscar desde las alturas. ¿Entendido?
—Sí, señora —los más pequeños enderezaron sus espaldas y, continuando con la temática de ejército, marcharon hacia la puerta con una técnica que ya quisieran muchos militares o, en su defecto, los miembros de una escolta.
—Tomaremos a Kirara —su padre le avisó, señalando a la gatita que reposaba en su hombro. La forma de pelota rosada de Shippō no soportaría a un adolescente en pleno crecimiento en compañía de un adulto fortachón.
—Está bien —Sango lo aprobó, sin prestar demasiada atención habrá que confesar. Ella seguía analizando en qué escenario sería legal hacer qué o cuál cosa y, cuando terminó el garabato de un gato ojón, se dio cuenta de un pequeño detalle—. Un momento…
Sin Kirara, ¿cómo se suponía que se encargaría de recorrer sus calles asignadas?
—Yo me encargo de eso —Kuranosuke, un personaje que se mantuvo callado haciendo casi obligatorio el olvidarse de él, pareció leerle la mente. Sacó unas llaves de un bolsillo de su pantalón con un tintineo metálico que asoció con la salvación, el canto de unos ángeles robóticos.
Sango se sintió genuinamente agradecida los primeros minutos de su ronda, ella gritando con la ventanilla abierta el nombre de su vampiro asignado por los azares de la vida y el jovencito Takeda fungiendo como un hábil chófer. Mucha colaboración y trabajo en equipo que se vio interrumpido por esa costumbre de su cerebro que trabajaba haciendo conclusiones en momentos no adecuados. Tal obviedad chocó en su cráneo como si se tratara de una cubeta de metal: Kuranosuke sentía algo por ella.
Sí, a este punto de la trama resultaba un hecho sabido por todos, incluida Sango. El detalle radicaba en su negación a los hechos. ¿Kuranosuke fue el primero en proponerse a ayudarle a estudiar? Claro, es porque es un buen compañero. ¿Salieron juntos en una cita? Ella fue quien lo invitó para darle celos a Miroku —ahí su subconsciente le falló—. ¿Qué significó todo eso de formar una familia juntos? Insolación.
Así de fácil nuestra heroína no aceptaba aquello que le podría sumar más subtramas a su historia que de por sí era complicada. A su punto de vista, pecar de ignorante era preferible a herir los sentimientos de una persona inocente —Sango la rompecorazones, ¿en qué universo paralelo sería eso creíble?—. Pese a sus esfuerzos, la incomodidad de la situación ya no podía ser ignorada, todavía menos en un sitio reducido y silencioso.
Con los vellos de punta, Sango se concentró en un grupo de gatos que se dirigían a sus respectivos hogares después de una aventura callejera, pero ninguno reunía las características necesarias. Su estado de alerta provocó que diera un salto en el momento que el conductor abrió la boca.
—¿Ya tienen planeado en qué lugar será su luna de miel? —Takeda habló, sereno, sobre el elefante en la habitación, pese a que no había ningún animal acompañándolos y ese era un automóvil—. ¿Saben cuáles son las mejores escuelas de la zona? ¿En qué país van a pasar sus días de jubilados?
—Todavía es muy pronto para pensar en eso —ella contestó, animada por la inexistente urgencia que Kuranosuke le mostró; él permanecía viendo hacia el frente, con las manos en el volante. Lo más urgente era encontrarlo y resolver los malentendidos.
—Pero te gustaría, ¿no? —sumó a la conversación. Un muchacho innegablemente listo cuando se ponía serio.
Sango tenía, como siempre, dos opciones frente a ella: correr hasta que se tropezara de cara a causa de sus propios pies, o ser una chica valiente a quien no le importa la posibilidad de quedar en ridículo.
—Sí —confesó.
No llevaban gran cosa conociéndose si lo comparaban con los cientos de años de una criatura mitológica, pero los momentos compartidos debían contar de alguna forma; al menos a ella sí le importaban.
—Entonces díselo —Takeda le sonrió con esos dientes suyos tan relucientes—. Átalo con ese lazo para que ya no escape.
Sango le respondió de la misma forma, agradecida por sus consejo y entendimiento de personaje maduro. La gratitud que sentía no fue demostrada con palabras, no porque no supiera cómo hacerlo, sino por el frenado precipitado que Kuranosuke hizo a mitad de la calle. El acto fue tan repentino que la chica no pudo evitar golpearse la cara contra la ventanilla por la que tanto buscaba a la criatura prófuga.
—¿Qué pasó? —ella dijo, con la voz de resfriada por apretarse la nariz adolorida.
—Algo cayó del cielo —el muchacho contestó, con la mano sobre el pecho, no fuese que el corazón se le saliera por el susto.
Sango obtuvo un nuevo impacto cuando Kagome saltó sobre el capó del auto y tocó el cristal del parabrisas como si fuera una puerta.
—¡Lo encontramos! —gritó, con la respiración agitada. Por las prisas, debió olvidar la opción de una llamada telefónica o un mensaje para evitar posibles visitas al hospital.
—Todo gracias a las narices de Inuyasha y Kōga —Shippō apareció al poco tiempo, con Kohaku sentado sobre su superficie rosada.
—¿Dónde están? —Sango no vio por ninguna parte a los mencionados, ni siquiera con el sol casi en su punto más alto.
—Están haciendo tiempo para nosotros —su hermano resolvió su duda, preguntándole con la mirada cuál sería la siguiente parte de su plan ahora que Miroku había sido localizado.
Sango le pidió a su amable chófer que abriera las puertas para permitir que sus amigos entraran porque se merecían un descanso después de un trabajo bien realizado. Teniendo a los tres nuevos pasajeros acomodados en el asiento trasero, lanzó una nueva orden.
—Kuranosuke, acelera.
—A tus órdenes —el chico sacó unas gafas negras de la guantera y, tras colocárselas con estilo, obedeció a la exterminadora, llevándoles más allá del límite de velocidad permitido.
Todos esos días no serían tirados a la basura.
…
Miroku suspiró a causa de sus emociones deprimentes y la situación en la que se encontraba. Él, siendo consciente de cuántos problemas podría seguir causando, salió antes del amanecer de la residencia Kuwashima en búsqueda de un autobús que le llevara de regreso a la casa que compartía con sus amigos, donde estaba seguro que se quedaría recostado un día entero. Pero olvidó qué tan alejado de la civilización moderna estaba, hasta que pasó una hora sentado en una parada de autobuses sin que ningún transporte apareciera.
Quiso soltar una maldición cuando los primeros rayos del sol aparecieron y le transformaron en su peludo ser. Pero el destino no podía ser tan cruel con una criatura de apariencia adorable, porque pronto obtuvo el milagro de un autobús deteniéndose, ¡y su destino era el mismo que el suyo! El problema de cómo subir se solucionó solo cuando un montón de niños llegaron y lo rodearon al famoso grito de «¡Ah, un gatito!».
Fue de las manos de un estudiante a otro hasta que terminó en su destino actual, siendo acariciado sobre las piernas de una profesora de rostro redondo, en medio de gritos de niños y cantos que intentaban ser afinados.
«No se puede todo en la vida —Miroku intentó animarse a sí mismo—. Es mejor que estar rodeado de familiares que no te aceptan. O recordar que Sango no es tu novia.»
Sí, sus intentos se quedaron en eso, ya que lo único que consiguió fue sentirse peor. Algo le decía que estaba actuando como un tonto berrinchudo, aunque ese mismo algo era menos audible entre el alboroto de los chicos de primaria. Situación que se agravó con una parada de golpe. ¿Dónde le enseñaron a conducir a ese chófer? No traía un cargamento de papas.
—¿Estás bien, Señor Bigotes? —la mujer le preguntó. Él, un poco mareado por la acción repentina, estuvo a muy poco de contestarle, aunque al final logró contenerse.
Otra profesora se levantó de su asiento para preguntarle al conductor sobre la razón de su travesuras de película de acción. Ambos cruzaron unas cuantas palabras, suficientes para poner pálida a la enseñante.
—¡Niños, no vean! —gritó, extendiendo sus brazos para evitar que vieran a través del parabrisas, un grave error porque hasta él sabía qué tanto les gustaba a los pequeños de hacer lo contrario, más con una prohibición tan tentadora.
Más pronto que tarde, los alumnos se amontonaron para ver, junto con su fiel protectora que aún lo sostenía fuertemente. Por ello, Miroku pudo contemplar el espectáculo creado por un hanyō atropellado.
—Oh… Padre, ¿eres tú? —con la mitad inferior de su cuerpo abajo del autobús, el muchacho le habló al cielo sin escasear en melodrama y movimientos pausados, de los que destacó su brazo extendido—. ¿Podrías decirle a Sesshōmaru que deje de ser un imbécil?
Del otro extremo del vehículo se asomaron una piernas bastante molestas: —¡Hazlo bien o no lo hagas! —ellas hablaron, con una voz bastante diferente a la de su dueño, el cual sólo hizo una mueca antes de retomar la discusión con su difunto padre sobre los maltratos por parte de su medio hermano.
La presencia de la declamación de Inuyasha y Kōga no fue una buena señal para el vampiro, y su mal presentimiento se intensificó con el ruido de algo o alguien cayendo sobre el techo —tan espeluznante que le recordó esa película de terror donde un espantapájaros ataca a unos adolescentes que están de viaje—. Con el evidente papel de presa, no hubo modo de no asustarse por el sonido de un vehículo estacionándose detrás de ellos.
—¿Qué ocurre, amiguito? —la profesora notó su nerviosismo tan evidente como sus forcejeos por salir de cualquier forma posible.
El pobre gato casi se desmaya en los brazos de su nueva amiga al momento que la puerta fue abierta y, haciéndose paso entre la multitud de pequeños humanos curiosos, emergió Sango Kuwashima.
—Creo que tienen algo mío —soltó, con la mirada que le definía como una persona peligrosa.
—Eso —Miroku contestó de forma tardía. Habló y actuó muy tarde.
La muchacha lo localizó sin dificultad, puesto que todos se le quedaron viendo, preguntándose si en verdad habían escuchado hablar al pequeño gato o sólo se trató de su imaginación. Cuánto desconcierto sintieron a causa de Sango que, al tener a un paso de separación respecto al fugitivo, metió un dedo en su boca. Miroku saboreó la sangre y, acto seguido, su cuerpo humano era sostenido por los brazos de una mujer impactada.
—¡Magia negra! ¡Sabía que era una bruja! —la mayor de las mujeres señaló a la que debió ser una antigua alumna suya, conocida del vecindario al menos.
Sango no le dio importancia a la acusación propia de la Inquisición ni a los chillidos de sorpresa de los chiquillos, los cuales pidieron otro truco de magia; no, puso toda su fuerza en la palma de su mano para que aterrizara efectivamente en la mejilla de Miroku.
—Auch. Hasta a mí me dolió —se escuchó por ahí, comentario seguido por varios asentimientos.
—¡A buena hora lo dices! —ella comenzó con el regaño—. A buena hora se te ocurre pensar que eres una molestia o preocuparte por causar problemas. ¡¿De qué sirve eso ahora?! —el grito estruendoso fue proseguido por una voz más tenue, casi tímida. ¿Cuántas personas habitaban el cuerpo de esa chica?—. Es muy tarde. Contaminaste tantas cosas que ya no puedo ponerlas como estaban.
—Sango… —el vampiro suspiró. Un vistazo hacia el lado sensible de Sango fue suficiente para enternecerlo. Bum. Un golpe asfixiante en el corazón.
—Ahora veo por qué el Señor Bigotes escapó. Pobrecillo —la profesora protectora salió de su trance y se aferró aún más al muchacho atractivo que el destino le había obsequiado.
—Disculpe —Miroku se apresuró para liberarse del escudo amoroso de la mujer cachetona. Arruinar lo que tenía en frente sería una completa estupidez—. Si es así, ¿a qué vino eso de la competencia? —le preguntó a la doncella de carácter cambiante.
—Inuyasha y tú llamaron mucho la atención —bien, la vergüenza fue proseguida por acusaciones—. Ustedes demostraron unas habilidades bastante riesgosas, así que debía pararlos antes de que a alguien se le cruzara los cables y quisiera jugar a policías y ladrones. Fue por su seguridad, pero parece que alguien no entendió.
—No veo cómo lo hubiese hecho si no me dijiste nada —él se defendió, no tan seguro al saberse responsable de la mitad del conflicto.
—Pudiste esperar a que te lo explicara, no irte para remarcar tu protagonismo —ella también se aferró con las puntas de los dedos al orgullo, el condenado orgullo.
—Pero tu familia, tu padre… —balbuceó su última excusa frágil. Después de eso, aceptaría sus pecados y castigos correspondientes.
Sango soltó un bufido no muy alentador en un principio.
—Yo soy quien toma sus propias decisiones, siempre lo hago —le dijo, demostrando cansancio por la conducta de su progenitor—. Él sólo estaba jugando con todo eso de las pruebas.
Para comprobar el punto de Sango, el señor Kuwashima apareció arrastrándose por el suelo, entre el poco espacio libre que los observadores le dejaron. De un salto se puso de pie, elegante e imponente como siempre, cosa que logró pese a vestir pantalones deportivos y una camiseta.
—Perdóname, Miroku —él se disculpó—. No quería hacerte sentir mal o asustarte, es sólo que… nunca creí que Sango tendría una pareja, por lo que no supe cómo actuar adecuadamente —limpiarse una lágrima falsa fue un buen detalle.
—Gracias por el apoyo —Sango cortó de golpe el sentimentalismo de su padre.
El hombre se acercó hacia el vampiro y le habló en voz baja: —Además, entre tú y yo, ese Takeda es un poco rarito, tan positivo… Me dan escalofríos con sólo mirarlo —el señor observó por una ventana a Kuranosuke, quien le saludó amigablemente. Él le respondió con un forzado movimiento de cabeza—. Te deseo suerte.
—Gracias —Miroku vio con solemnidad al exterminador que se alejó rodando, mezclándose de nuevo entre la multitud. Prefirió ponerle la etiqueta de espía antes que de excéntrico—. ¿Entonces…? —se dirigió a la hija, todavía con suficiente nerviosismo como para temer la respuesta.
Sango golpeó su hombro —siempre tan dulce—. Pese a que su ataque fue certero, no sintió dolor a causa de su cuerpo anestesiad por el amor.
—Entonces deja de pensar por una persona porque ahora somos dos —la reprimenda de la exterminadora le resultó maravillosa.
—¿Un equipo? —Miroku fracasó en verse serio, pues su felicidad movía sus cejas y jalaba sus labios a los extremos, formando una sonrisa.
—Una pareja de novios —le corrigió.
La avergonzada Sango recurrió a otro puñetazo para ocultar el alboroto de sus sentimientos, pero los reflejos vampíricos lograron detenerlo. Sostuvo su mano sin la intención de soltarla. «Los vampiros son codiciosos», escuchó por ahí y se le antojó el demostrarlo.
—Me gusta eso —entrelazó sus dedos, un acto que fue recibido por gritos y muecas de asco de los niños, también un jadeo de tristeza por parte de la maestra con las ilusiones rotas—. Prometo no volver a hacerlo. Además, dejé parte de mi equipaje en tu casa.
—Está bien —Sango meneó los hombros como si estuviese bailando la danza de la dicha—. No es necesario que te lo lleves.
—¡Qué alegría! —Kagome celebró del otro lado de una ventanilla. Estaba colgando del techo de cabeza y tenía el rostro pegado al cristal, puesto que de ninguna forma se perdería la culminación de ese molesto estado no definido.
La pequeña frase de la vampira contenía una palabra clave para los estudiantes, ya que, al escucharla, comenzaron a cantar, dejando en claro que su destino era un concurso de coros. Innegablemente, algunos desafinaron y a otros les costaba encontrar su tono, aunque, para el par de enamorados, su interpretación del Himno de la Alegría tenía el primer lugar asegurado.
¡Hola! Les dije que iba a ser corto, jaja. ¡Por fin la oficialidad! Además, le obsequié un pequeño momento a Inuyasha y Kagome, una escena en la cama *guiño, guiño* (literalmente); contando también con un cierto cierre para algunos aspectos, como nuestro chico Kuranosuke que demostró madurez ante todo, sólo esperemos que no se arrepienta al día siguiente como muchos (L).
Los agradecimientos de los reviews del capítulo anterior son para Marilole, Artemisa y Alinha, quienes me suministraron de energía para traer el final y, también, un epílogo. ¡Vayamos entonces para conocer la conclusión de esta historia! (No lloraré)
