La mayor parte de estos personajes han sido creados para nuestro disfrute por Charlaine Harris, alguno, menor, ha sido sacado del fanfic del sr. Ball, y hay por ahí uno que es sólo mío.


21.

Bueno, ya lo había dicho. En voz alta y en su cara. Lo que no esperaba es que él me contestara lo mismo. No estaba preparada para esa respuesta. De repente comprendí lo que había pasado la noche anterior. Cuando me levanté para ir al baño y me vi llena de señales y marcas por todo mi dolorido cuerpo, me asusté. Me vestí corriendo y huí. Había pasado todo el día avergonzada conmigo misma por haber disfrutado de su rudeza. Cuando Tara me vio los brazos y luego indagó debajo de mi pañuelo me gritó que si estaba loca, que cómo le había dejado hacerme eso. Sam no los vio pero sumó dos y dos con mi atuendo y los gritos de Tara. Sólo Lafayette se puso de mi lado y les dijo que me dejaran en paz, y aunque intentó calmarme en la cocina con un abrazo y un té, yo ya no atendía a razones cuando me decía que eran gajes del oficio, que a veces, la cosa se ponía un poco dura pero no tenía porqué ser en el mal sentido, y si ésta no lo había sido, no tenía de qué avergonzarme. Pero lo hacía. Así que ahora, después de haberle besado delante de medio pueblo, después de haber escuchado los reproches y quejas de Sam y Tara y de haberme peleado con varios clientes por él, escucharle que era mío le daba una nueva dimensión a la noche anterior. Y deseé haberle marcado yo también a él.

Me esperó a que terminara el turno y salimos de la mano, paseando mientras nos seguían las miradas indignadas y llenas de incomprensión de mis vecinos. A la mierda todos. Si ya le habían juzgado y condenado, no estaba por la labor de ser amable con ellos. Era mi hombre e iba a luchar junto a él y por él hasta el final, donde fuera que estuviese.

Por el camino me fue contando lo que había pasado en Inglaterra, explicándome lo que vendría a continuación. Debió ser horrible que en su peor momento, cuando había perdido lo que más quería, le acusaran de haber sido el responsable. Dolía oírle decir que aunque un jurado le declaró inocente, para casi todos los que le rodeaban nunca lo fue, que sobre su cabeza siempre planeó la sombra de la duda y mientras, él se moría por dentro cada día un poco más, en soledad, sólo Pam se mantuvo a su lado contra viento y marea. Cuando encontraron al culpable, se fue, desapareció, no quería tener que ver las caras de todos los que se volvieron contra él, de todos a los que sólo vio la espalda durante meses. Por un momento me sentí mal, yo estaba agradecida a eso, era lo que le había traído a aquí, era lo que le había traído a mí.

Su voz contando los meses previos se apagó, con mi mala conciencia por mis pensamientos, en cuanto llegamos a casa y, cuando subía las escaleras para entrar, me paró para tenerme a su altura. Sus ojos llameaban con una intensidad y una emoción que no supe definir, cuando me miraba así, tenía serios problemas con mis rodillas, que, por un lado, casi no me aguantaban el peso y por otro, sólo querían abrirse para recibirle. Me rodeó por la cintura y me besó. Cada vez que lo hacía mejoraba a la anterior, mi corazón primero dejaba de latir para luego desbocarse y los dedos de mis pies hacían cosas extrañas, como si fuesen independientes del resto de mi cuerpo. No voy a decir que nunca nadie me había besado así, menuda tontería, claro que no, tampoco me había besado con tantos, pero en una escala del uno al diez, todos los demás, siendo generosa, se podía decir que rozaban el seis mientras que Eric subía al quince, por lo menos. Cuando me besaba el tiempo se detenía, ya no había nada más, ni preocupaciones ni cansancio ni miedo, y cuando su boca dejaba la mía, volvían multiplicados por mil, ¿cómo íbamos a salir de esa?, ¿cómo iba yo a retener a un hombre así?, las rodillas se negaban a sostenerme y los pies me mataban, y una mañana me levantaría y él ya no estaría.

Pam abrió la puerta y nunca he estado más agradecida porque me interrumpieran.

_ ¿Pensáis entrar?

_ Pamela – murmuró Eric con fastidio sin dejar de mirarme-, ¿te corre mucha prisa?

_ A mí no – respondió con tono aburrido e indiferente-, pero Amelia se tiene que ir.

Entramos y mientras que ellos hablaban fui a ver a la abuela que estaba en la cocina. Parecía estar algo mejor, sobre la mesa había unas pastillas que nunca había visto. La miré interrogándola y nos sentamos a la mesa.

_ Eric estaba preocupado y ha hecho que venga el médico, ya ves, menudo gasto tonto – miró el bote-. Es un amor, ¿a que sí?, pero, qué te voy a contar a ti, ¿no? – se rió y yo también pese a haberme puesto como un tomate.

_ ¿Qué te ha dicho el doctor? – cambié de conversación.

_ Lo que ya sabíamos, que el tiempo se acaba – dijo sencillamente y con una pequeña sonrisa.

_ Abuela... – me arrodillé delante de ella y puse la cabeza en su regazo sollozando.

_ No, hija, no llores. Estoy viviendo un tiempo prestado – acarició mi pelo como cuando era niña-, esto iba a pasar, ya lo sabíamos. Ahora deja de llorar y vamos a disfrutar del tiempo que nos queda. Quería verte feliz y con alguien que te quisiera a tu lado, es como si hubiese estado esperando a eso – se rió.

Eric entró en la cocina y nos miró. Su mente debió registrar lo que estaba pasando porque su cara se ensombreció.

_ Adele... – murmuró con pesar.

_ Ah, no – le regañó mi abuela-, no me irás a llorar tú también, ¿verdad?

_ No, claro, voy a ser un buen nieto adoptivo y haré lo que me pidas – sonrió pero la voz le salió triste.

_ ¿Ves? – me dijo la abuela levantándome la cara y haciendo un gesto hacia él-. Perfecto.

_ Bueno, Amelia se va y quiere despedirse. Luego hablamos de perfecciones.

Se acercó hasta nosotras y me ayudó a levantarme y luego ofreció su brazo a la abuela, que se cogió de él con orgullo y comenzaron a caminar despacio hacia el salón.

Amelia se despidió de nosotros y volvió a Shreveport. Pam nos explicó lo que iba a hacer y que hasta que el FBI o el sheriff no actuasen contra Eric, no había más que prepararse y que la mejor defensa era un ataque, así que su investigadora y ella estarían ocupadas haciendo el trabajo que nadie estaba haciendo. Amelia era una mujer expeditiva y optimista, no parecía detenerse en tonterías ni tener remilgos a la hora de moldear la ley a su conveniencia, lo que, tengo que admitir, me tranquilizaba como ninguno de ellos se podía imaginar. Eric se sentaba en el sofá al lado de la abuela, con su mano entre las suyas, y ella se apoyaba un poco sobre su hombro. Me escurrí sin que se dieran cuenta mientras hablaban y corrí a buscar la vieja cámara de fotos que a Jason le había tocado en una tómbola en una feria en Monroe. Quería conservar ese momento, congelarlo en el tiempo, como había hecho Eric con su mujer, porque sabía que llegaría un día en el que necesitaría el confort que me daría recordar un momento en el que fuimos felices.

_ ¿Qué te apetece hacer mañana, Adele? – le preguntó Eric con su mejor sonrisa, llevándose su mano a los labios. La abuela soltó una carcajada.

_ Menudo seductor estás tú hecho, guapo, pero a esta pobre anciana ya la tienes en el bote, no hace falta que te esfuerces.

_ ¿Quién dice que es un esfuerzo? Me encantaría consentirte, ya lo sabes – la rodeó con su brazo y se veía tan pequeña junto a él-. Además, tampoco sé de quién me hablas, yo no veo a ninguna anciana aquí – la abuela volvió a reírse y apoyó la cabeza en su hombro mientras lo hacía.

_ Pues, entonces, mañana vamos a hacerte un huerto, ¿te parece bien?

_ Si es lo que deseas, sí, aunque yo me refería a otro tipo de actividad – le guiñó un ojo y ella le pegó en la mano que le cogía, y se rieron- Te hubiese llevado donde me dijeras, al teatro, a cenar, donde hubieses querido.

_ No tendrás un abuelo de quien hayas heredado este encanto y que me puedas presentar, ¿verdad?

Continuaron así durante el resto de la noche. Era tan agradable verles interaccionar entre ellos que Pam y yo apenas si dijimos palabra en todo el rato. Nos limitamos a levantarnos e ir a preparar la cena para dejarles solos con sus risas y su conversación. Llevaba todo el tiempo mirándome con ganas de preguntar y si seguía poniéndome nerviosa acabaría por cortarme un dedo junto con la verdura.

_ Pregunta, vamos, te mueres de ganas– dije sin levantar los ojos de la tabla de cortar.

_ ¿Lo habéis hablado?

_ Sí.

_ ¿Y todo bien?

_ Sí.

_ No eres muy comunicativa que se diga, ¿verdad?

_ Pam, no sé si quiero compartir contigo lo que hacemos – bajé el tono avergonzada.

_ No quiero detalles, no te preocupes, es más, te agradecería la mínima información al respecto, es sólo que te he visto entrar esta mañana y ahora también y, me vas a perdonar, pero qué cambio, guapa.

_ Hemos estado poniendo las cosas en claro, sobre lo que pasó anoche, sobre lo que va a pasar, sobre nosotros... Hemos hablado de muchas cosas.

_ Pero, todo bien, ¿no?

_ Sí, todo bien.

_ Pues yo me quedo con Adele, vosotros os vais a casa y haced lo que tengáis que hacer.

_ No puedo dejar sola a la abuela, Pam.

_ No la dejas sola, la dejas conmigo. Las dos nos divertimos y, además, ella preferiría que te fueses con él a que te quedaras aquí mirando como duerme, que no vas a poder hacer otra cosa.

_ Ya veremos... – dije no muy convencida.

_ Mira que eres terca.

Terminamos de hacer la cena y los llamamos para comer. La cena fue como el resto de la noche, ellos hablaban y nosotras escuchábamos. Estábamos levantándome para recoger la mesa cuando la abuela me miró y me paró.

_ No, hija, vete con Eric – me sonrió con picardía-. Ya lo hacemos Pam y yo – se volvió hacia ella-. ¿verdad, cariño?

_ Claro que sí, Adele, además, hoy te voy a dar una paliza al póquer, voy a recuperar todo lo que me sacaste ayer.

_ Pero si no sabes jugar, hija, ¿por qué te empeñas? – soltó una carcajada.

_ Te voy a desplumar igualmente, ya verás.

Las dos empezaron a recoger, dándome la espalda e ignorándome. Miré a Eric que sonreía ante mi asombro.

_ Coge algo de ropa, nos vamos a casa – me acarició el muslo-. Quizá deberías dejar allí una muda, por si acaso.

_ ¿Quieres dejarme un cajón de tu cómoda? – me extrañé-, ¿no te parece un poco pronto?

_ Depende de como se mire. Yo no tengo tiempo que perder – murmuró con tristeza-, sé lo rápido que todo puede terminar...

¿Qué se puede responder a eso? Nada, me limité a acercarme y a ponerme entre sus piernas, abrazándole y peinando su flequillo, aunque desde que tenía el pelo corto, había poco que peinar, y le besé. Un besó pequeño, sin pretensiones, para hacerle ver que le quería, no el que me devolvió, con las manos deslizándolas de mis muslos a mi culo y vuelta a los muslos, y con ganas de profanar la mesa del comedor. Mejor nos íbamos y en unos diez minutos podíamos estar haciendo lo que podía ver en su mente, sin necesidad de ser telépata ni adivina. Y eso fue lo que hicimos, varias veces.

A la mañana siguiente, Pam y la abuela nos despertaron de buena mañana. Eric se apretaba contra mí, escondiendo la cabeza en mi cuello. Yo le decía que se levantara y él sólo me abrazaba más y apretaba más su erección contra mí. ¡Y con la abuela abajo! Me moría sólo de pensar que ella lo descubriera, como si tuviese rayos x en la mirada u oído de vampiro. Después de luchar contra él un rato, que no me dejaba y era como un pulpo, conseguimos bajar. En la cocina, nos esperaban con café y tarta.

_ Habéis bajado muy rápido – dijo la abuela casi decepcionada-, pensé que tardaríais más.

_ Tu nieta – me culpó-, me ha echado de la cama.

_ ¡Eric! – me sonrojé.

_ ¿Qué? – se encogió de hombros con una sonrisa llena de deseo-, es cierto. Yo me hubiese quedado un rato más...

_ No puede ser que hayas dicho eso delante de mi abuela – murmuré llevándome las manos a los ojos espantada.

Se rieron de mí un rato más y después de muchas más bromas a mi costa y de terminar nuestro desayuno, salimos al jardín trasero para hacer el huerto. Y después de una larga jornada de trabajo, para la hora de irme a mi turno en Merlotte's, estaba medio arreglado. Para cuando Eric fue a recogerme después de terminar, ya estaba todo hecho.

Todo parecía tan perfecto, tan tranquilo en los días que siguieron... Evidentemente, sólo era la calma que preludia la tormenta.