20. Christine, Christine.

Todo era tan perfecto que podría haber estado soñando. Los amigos de Rachel ya sabían lo suyo y ya no parecía avergonzarse de ella. Además, casi podía asegurar que su novia iba a tener un papel protagónico en una de las producciones anuales de la NYADA, que aunque no fuese teatro estrictamente profesional, se llenaban de críticos, directores y otras personas relacionadas con el mundillo que buscaban nuevos jóvenes artistas llenos de vitalidad que con un poco de suerte pudiesen llenarles los bolsillos. Si Rachel cantaba en El Fantasma de la Ópera, podía asegurarse que en cuanto se graduase en la academia tendría un guión recién impreso esperando por ella sobre la mesa del despacho de algún director aspirante al Tony.

- Cielo, es muy tarde – Dijo Quinn, por la que debía ser la enésima vez ya. El despertador digital de Rachel marcaba las cinco y media de la mañana, pero Rach no había sido capaz de dormir. Nada más llegar al apartamento se pusieron manos a la obra con lo que quedaba de la botella de champán de Kurt y a eso de las una, se metieron las dos en la cama de la morena, para empezar lo que parecía ser un concurso de quien era capaz de estar más rato sin respirar. Sin respirar porque desde que se acostasen no había habido ni un solo minuto en el que las lenguas hubiesen estado dentro de sus respectivas bocas.

- ¿Y qué más da? Soy feliz, Quinn. Respétalo. – Le soltó Berry, mordiéndole el labio con delicadeza. – Además, tú tampoco tienes sueño y lo sabes.

- Dentro de dos horas sonará tu despertador y te arrepentirás de haber pasado la noche en vela. No te gustaría que te diesen la noticia de que tienes el papel con ojeras, ¿Verdad? – Replicó Quinn. Rachel siguió sin darse por aludida.

- Al cuerno las ojeras y las caras bonitas. Sólo importas tú.

Y punto. Para evitar cualquier otra objeción, giró hasta quedar sobre Quinn, cuerpo con cuerpo. Podía sentir el subir y bajar de su pecho con la acelerada respiración de la rubia. Podía sentir sus senos, aplastados contra ella, proporcionándole un agradable calor. Los mechones de su pelo castaño acariciaban el rostro pálido e impoluto de Fabray, que ya había dejado que sus manos vagasen hasta sus nalgas. Al contrario de lo que hubiese previsto, Rachel no las retiró, sino que se acercó más a ella, dejó caer su pierna entre las de Quinn y le propinó un beso tan húmedo que pudo sentir como su parte más íntima, pegada a su muslo, aumentaba considerablemente la temperatura.

- Rachel… - No la dejó seguir hablando, selló la boca de la rubia con la suya y sintió cómo todos los poros de su cuerpo se endurecían al notar el contacto de una temblorosa mano acariciando la zona de su pantalón que tocaba el muslo de Rachel.

- Está calentito – Dijo la morena, con una sonrisa bobalicona y los ojos entornados de perversión. – Me vas a manchar la pierna.

En respuesta, Quinn hizo lo propio. Rachel se revolvió inquieta cuando notó el tacto de la mano suave de la rubia acariciándole aquel lugar sagrado.

- Vaya, creía que era la única. – Dijo, riendo. Y, cuando estaba a punto de rebasar la barrera que imponía el pantalón del pijama de Rachel entre la mano de Quinn y su finísima ropa interior, Berry rodó de nuevo y se quedó junto a ella.

- Dos horas, Quinn Fabray.

- ¡Maldita seas, Rachel Berry! – La rubia, irritada, propinó un manotazo a su chica en la cabeza. Rachel rió por lo bajo.

- Buenas noches, cielo.

Y se dio la vuelta, dejándola ansiosa y derretida. Se acercó a Rachel, tumbada de lado, encogida, y la abrazó.

- Te quiero. – Murmuró Rachel.

El corazón de Quinn se le subió a la garganta.

¿Qué había dicho?

¿Qué la quería?

La rubia permaneció alerta unos segundos más, para ver si añadía algo, pero Rachel ya estaba dormida, su respiración profunda y relajada se lo dijo. Y entonces, una furiosa sensación de alegría comenzó a abrirse paso por sus venas. Rachel había dicho que la quería. Estaba dormida, pero ¿Y qué? Si lo había dicho, lo más probable era que lo sintiera.

Y por culpa de aquellas hermosas dos palabras, Quinn pasó lo que quedaba de noche despierta, observando cómo su amor dormitaba tranquilamente junto a ella.

Si un año antes le hubiesen dicho que cuando se graduase cambiaría Yale por una vida neoyorquina junto a Rachel Berry, habría reído hasta llorar. Y sin embargo allí estaban. Durmiendo juntas, abrazadas, y se querían. Rachel lo había dicho.

El despertador sonó un rato después y, en consecuencia de las dos noches en vela, Rachel soltó un quejido que la mullida almohada de su cama ahogó.

- Vamos, ya son las seis y media, Rach. – Quinn le dio un beso en la mejilla y la destapó.

- Pero es tan pronto… Y estoy tan cansada… - La morena se frotó los ojos y Fabray la miró con cariño. Aquél gesto, más propio de una niña de dos años, le pareció tan adorable que sintió unas ganas terribles de permitirle que se quedase en la cama en lugar de ir a clase. Pero no podía, era el día de la adjudicación de papeles.

- Venga, prepararé café.

Y canturreando por lo bajo "Funny Honey", Quinn le hizo a Rachel un completísimo desayuno compuesto por todas las cosas que sabía que le encantaba comer a aquellas horas. Estaba tan contenta que sus "buenos días" para Kurt consistieron en un abrazo y un gracioso baile acompañado por la canción. El desayuno transcurrió lento y pesado para Berry, a quien los párpados se le cerraban sin que ella pudiese evitarlo. Se bebió medio litro de café prácticamente al trago y esperó a que el subidón de la cafeína le devolviese las ganas de vivir.

- Iré a recogeros para almorzar ¿De acuerdo? – Quinn le recolocó la bufanda y le dio un beso en la frente. Rachel le rodeó el cuello con los brazos y se entregó a su boca. – Y recuerda que pase lo que pase, para mí sigues siendo una estrella.

Bajó las escaleras arrastrando los pies, con Kurt y se sumió en una aburrida mañana de clases de baile de las que casi no sale con vida, clases de canto que le parecieron un infierno y, cuando fue a quitarse la malla de ballet, los calentadores y los zapatos con punteras ya sólo le quedaba una hora más que soportar. Una asignatura nueva, Historia del Teatro. Si había algo que no le apeteciese en aquél momento era soportar dos horas de pura y aburridísima teoría, y por un momento estuvo tentada de esconderse en los armarios del cuarto de contadores, donde guardaban los vestuarios de producciones antiguas, para echarse una siesta. Sin embargo, a Sierra le preció una idea terrible y la llevó casi por la fuerza hasta el Aula nº 56.

- Anímate, piensa que después de esto sabremos los resultados de las audiciones. – La apremió su compañera. Se sentaron en la primera fila y esperaron a que llegase el nuevo profesor.

Para sorpresa de todos, Erik Andersen, el director de la producción del Fantasma de la Ópera de la NYADA hizo su aparición en el encerado que presidía la sala. Soltó una pila de libros en la mesa con un golpe sordo y se pasó unos largos y delicados dedos por el pelo negro. Tampoco aquél día estaba afeitado, su descuidada barba seguía ocupando la mitad de su cara. Sus ojos negros pasearon por las dieciséis filas de alumnos que, expectantes, lo miraban. Se detuvieron en Rachel. La reconocía. La morena sintió que el corazón se le aceleraba, ¿Le estaba dando esperanzas?

- Buenos días a todos. – Dijo por fin. Descartó la silla que había sobre la tarima de madera y se acercó a la pizarra. – Bienvenidos a la clase de Historia del Teatro. Yo soy Erik Andersen y durante un curso entero vais a tener que soportarme todos los malditos días a unas horas tan estratégicamente colocadas que seguro que os apetece estar en cualquier otro sitio. Y yo os animo a que lo hagáis, si alguien no quiere estar aquí, sabe dónde está la puerta.

Nadie se movió, aunque a Rachel le habría encantado hacerlo. En su mente aparecieron los armarios del cuarto de contadores.

- Bien, me alegra vuestra disposición. – Risas de cortesía. – Estoy convencido de que todos los que estáis aquí sois excelentes bailarines, cantantes y actores. Es más, sé que muchos de vosotros aspiráis a tener un puesto en la producción anual. Por cierto, enhorabuena, fueron unas audiciones de lo más entretenidas.

Nuevamente, sus ojos se dirigieron a Rachel. Berry se revolvió incómoda en su asiento.

- No obstante, no se puede ser bueno en algo si no se conoce lo que se está haciendo. A no ser que queráis ser unos actores muy preparados y muy incultos. Tenéis que conocer el origen del teatro, el por qué de estar en un escenario representando una divertida comedia en lugar de estar encerrados en un quirófano operando a corazón abierto para salvar una vida. – Mientras hablaba, paseaba por el encerado y movía expresivamente las manos. Rachel se preguntó si él sería actor. – Por eso, me gustaría que sacaseis una hoja y respondieseis esta sencilla pregunta.

Cogió una tiza y garabateó con una floreada letra "¿Qué es el teatro?". Dejó caer la tiza y cruzó los brazos.

- Tenéis cinco minutos.

Cuando Sierra ya llevaba medio folio escrito, Rachel cogió el bolígrafo. No se le ocurría nada, y como el tiempo apremiaba, escribió de mala gana dos únicas palabras de tinta negra que resaltaban en el mar de alba celulosa.

- Bien, dejad de escribir, soltad los bolígrafos. Me gustaría escuchar algunas de vuestras respuestas. Por ejemplo… - Su dedo paseó por el aire hasta detenerse en un chico de la última fila. – La tuya.

- El teatro es una forma de expresión. – Respondió secamente el muchacho.

Andersen no dijo nada. Seguidamente, señaló a una chica del otro lado de la sala.

- El teatro es representar una sucesión de acontecimientos que emulan la vida real. – La chica, pagada de sí misma, sonrió con suficiencia, pero el profesor tampoco habló en esta ocasión.

Finalmente, su dedo se posó sobre Rachel.

- El teatro es… - La morena vaciló sobre si dar la respuesta que había escrito o inventarse otra sobre la marcha. Optó por lo primero, para no complicarse la mente. – Un arte.

- Interesante. – Erik Andersen se llevó el dedo al mentón, caminó hasta la pizarra y garabateó bajo la pregunta que había escrito previamente "Un arte". – Interesante, señorita Berry.

Nueva sacudida del corazón de Rachel. Andersen se acordaba de su nombre. La recordaba, en efecto, se acordaba de ella.

- Y digo interesante porque he podido comprobar que, en general, todos tenéis una concepción muy… digamos… concreta del teatro. Podemos decir que el teatro es una forma de expresión, pero hablar por teléfono también lo es, y os aseguro que cuando mandáis esos irritantes mensajes de texto no estáis haciendo nada artístico. Y en absoluto podemos decir que el teatro es representar una sucesión de acontecimientos. – La chica que había dado aquella respuesta arrugó la nariz. – Porque hemos preguntado qué es, no qué hace. El teatro, como muy bien ha apuntado vuestra compañera, es un arte. Una de las ramas que componen las artes escénicas, que como supongo que sabéis, son todas aquellas formas de expresión inscritas en un contexto escenográfico, como la danza o la música. Pero su complejidad radica en que desde sus inicios, el teatro combina todas estas artes para convertirse en un vehículo de expresión de muy diversos elementos.

A Rachel se le había pasado el sueño de repente. Escuchaba, maravillada, cómo sin siquiera pararse a pensar, el profesor desglosaba la materia y rebatía todos los argumentos que algunos alumnos que querían considerarse aventajados ponían en su contra. Era prácticamente un genio, y al mismo tiempo, un misterio, porque no podía explicarse cómo un hombre tan joven sabía tantísimas cosas. La hora se le pasó volando.

- Y para acabar, os recuerdo que ya podéis consultar las adjudicaciones en el tablón de anuncios del vestíbulo. Mucha suerte a todos. – Anunció, y volvió a mirar a Rachel enigmáticamente.

- ¿Nerviosa? – Le susurró Sierra, cogiéndole las manos.

- Un poco. – La clase le había servido para olvidar lo que se le venía encima, y toda relajación que hubiese experimentado se había vuelto utópica en aquellos instantes. Salieron del aula y caminaron lenta y parsimoniosamente hacia el vestíbulo.

La estancia estaba tan llena de gente que era imposible abrirse camino hacia el tablón de anuncios. Rachel miró las caras de los que habían comprobado ya los resultados: Unos lloraban, otros soltaban maldiciones y despotricaban contra el jurado y una minoría se abrazaban y mostraban felices. ¿A que grupo se uniría ella una vez que supiese su lugar en la obra?

No le hizo falta ver el papel. Una chica pelirroja, a la que conocía únicamente de verla en las clases, se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla con emoción.

- ¡Enhorabuena, Rachel! ¡Y enhorabuena también a ti, Sierra! – Hizo lo propio con su compañera y después desapareció. La gente se giraba hacia ellas, les daban la enhorabuena algunos con sinceridad, otros, con despecho. Rachel no reaccionaba, necesitaba ver la lista, necesitaba ver con sus propios ojos por qué le daban aquella calurosa congratulación.

Kurt apareció de repente de entre el gentío y la abrazó con tanta fuerza que sintió cómo se le iba la respiración.

- ¡Rachel! – Gimió tan emocionado que el nudo de su garganta se deshizo en forma de lágrimas de alegría. - ¡Lo tienes! ¡El papel es tuyo!

Sintió que desfallecía, que se moría. Debía de ser un sueño. Se deshizo de Kurt sin ser capaz de articular palabra. Sólo un par de pasos la separaban de la confirmación definitiva.

Elenco de "El Fantasma de la Ópera" por Andrew Lloyd Webber.

Producción de fin de grado, dirigida y coordinada por Erik Andersen y Suzanne Andrews.

Adjudicación Final:

El Fantasma – Chuck Sanders

Rachel lo reconoció enseguida. Era el chico que había entrado antes que ella, el número veintiuno. Sin poder esperar más, sus ojos descendieron buscando su nombre. Aparecía en segundo lugar.

Christine Daaé – Rachel Berry

¡Era suyo! ¡Lo había conseguido! ¡Había superado a todas las otras aspirantes y se había hecho con la recompensa perfecta a todo el esfuerzo que había invertido!

Comenzó a hiperventilar, se mareó y cuando pensó que se golpearía contra el suelo los brazos de Sierra la salvaron de la caída.

- ¡Oh, Rachel! ¡Enhorabuena, sabía que lo harías! – Le dijo su amiga, abrazándola con impetuosa alegría. Sintió la necesidad de hablar, de darle las gracias o decir algo que no la dejase en mal lugar, pero no podía. Con dificultad, volvió a darse la vuelta y buscó en la lista el nombre de Sierra. Lo encontró en el cuarto lugar.

La Carlotta – Sierra Westwick

- ¡Tú también estás! – Balbució Rachel. Aunque no podía creerse que Sierra celebrase el triunfo de su contrincante, ésta daba saltitos de emoción.

- ¡Sí! ¡Vamos a actuar juntas, es increíble! ¡Oh, Rachel, estoy tan contenta y tan emocionada! ¡No puedo esperar a los ensayos! ¡Voy a llamar a Alex ahora mismo!

Cuando salieron la gente la paraba para felicitarla. Kurt las escoltaba, como si se hubiese autoadjudicado el papel de su guardaespaldas. Ya sólo le quedaba una persona a la que darle las gracias.

El ángel de la música que había colaborado para que todo fuera posible los esperaba en la puerta de la academia. Rachel no recordaba haberla visto tan hermosa antes. Su pelo rubio brillaba al sol, sus ojos verdes relucían y cuando vio las caras de felicidad de Rachel y Kurt corrió hacia ella y la levantó en sus brazos, poseída por una fuerza que no sabía que tenía.

- ¡Lo he conseguido, Quinn! ¡Christine Daaé!

- Te dije que lo harías. – La volvió a dejar en el suelo y se apoderó de sus labios de inmediato.

- Canté para ti. De ahora en adelante no lo haré para nadie más. – Le anunció, y volvió a dejarse llevar por su insistente caricia.

- ¡Dejaos de romanticismo, chicas! – Bramó Kurt. - ¡Vamos a celebrarlo ahora mismo!