Albus Dumbledore se apareció justo enfrente de las inmensas puertas forjadas que cerraban el paso a cualquier persona ajena a la mansión.
Llamó al timbre y esperó pacientemente. Unos instantes después, las puertas se abrieron lenta y silenciosamente, mostrando orgullosas lo engrasadas y cuidadas que estaban.
Se adentró con paso ligero observando con curiosidad el vasto jardín. Una gran extensión de césped decorado con estatuas antiguas, cuidadas plantas y flores coloridas.
Cuando por fin llegó a las puertas de entrada de la gran mansión, éstas se abrieron con presteza.
El mayordomo que le abrió hizo una marcada reverencia y le instó a que pasara, Dumbledore lo evaluó con inteligencia. Llevaba un traje de pingüino muy bien confeccionado y totalmente a medida. Era alto y delgado, el cabello cano perfectamente peinado y los ojos azules. Se notaba que estaba en un sitio de alta aristocracia, aunque a él nunca le había impresionado esta clase de derroche en cada uno de los detalles.
−¿Me permite su chaqueta, sir? –preguntó educadamente.
−Por supuesto. –dijo Dumbledore al tiempo que le daba su abrigo.
−El señor Middleford le recibirá en su despacho. Si es tan amable de acompañarme…
Dumbledore siguió al mayordomo a lo largo de interminables pasillos y escaleras, hasta que al final llegaron a su destino. El mayordomo llamó suavemente a la puerta y después de recibir la aprobación para que entraran abrió la puerta para Dumbledore y le dejó pasar inclinándose de nuevo con una reverencia.
Cuando el anciano mago hubo pasado las puertas, el mayordomo las cerró desde fuera y allí se quedó.
La estancia estaba presidida por una gran mesa, llena de pergaminos y… Eso era un… ¿Cómo se llamaba? ¿Ordenador? Dumbledore alzó las cejas, sorprendido.
Middleford estaba sentado, tocando los botones del "ordenador" a una velocidad casi vertiginosa. En el cabezal de la silla, una imponente lechuza de color negro observaba fijamente con sus grandes ojos naranjas al recién llegado.
−Buenos días profesor Dumbledore. –saludó su anfitrión levantándose y acercándose a él para estrecharle la mano.
−Señor Middleford. –saludó a su vez.
−Tome asiento por favor. –pidió Middleford. Una vez los dos estuvieron asentados en sus respectivos sitios Middleford inició la conversación con presteza. − ¿Cómo está Lia? –preguntó afligido.
−Anoche se escapó. Pero tranquilo, ya está a salvo y custodiada. –tranquilizó al hombre, que se había levantado de golpe, provocando que la lechuza abriera sus formidables alas y ululara asustada.
−¿Dónde y con quién está? –exigió saber.
−En su casa con el profesor Snape. No corre ningún peligro, eso se lo aseguro.
−¿Aún confía en él? –preguntó receloso.
−Totalmente.
Después de un suspiro, Alastair Middleford pareció calmarse un poco. −¿Cómo está llevando… todo el asunto?
−Es muy reciente pero es una chica fuerte. Lo superará con el tiempo. –contestó muy seguro de sus palabras.
Alastair se frotó la frente con cansancio.
−Espero que tenga razón Dumbledore… −tras unos segundos de silenció volvió a hablar. –¿Le ha informado ya de su situación? –otro resquicio de temor se mostró en sus nobles facciones.
−Aún no. Esta tarde iré a hablar con ella, para que tenga un poco de tiempo para meditar… Y mañana la recogeré personalmente para llevarla al entierro.
−Sigo pensando que lo mejor sería que se quedase con los Weasley, Dumbledore. No me malinterprete, anhelo de todo corazón conocerla oficialmente por fin y que ella sepa… −se cortó −La pondremos en una situación muy complicada.
−Como ya le dije, usted es su único familiar vivo. Lo único que le queda de su sangre. Por ley, usted deberá asumir su tutoría a no ser que presente una renuncia formal. Si ese fuera el caso, pasaría a manos de los asuntos sociales muggles. Y con lo largo que sería el papeleo los Weasley no podrían adoptarla formalmente en un largo tiempo y la mayoría de edad muggle no es sino hasta los dieciocho. Pasaría un año entero en algún orfanato muggle.
Otro largo suspiro.
−Deja que sea ella quien decida, Alastair. –le tuteó por primera vez. –En menos de un año será mayor de edad. Creo que es lo suficientemente madura para escoger su futuro. Y creo que ya es hora de que conozca su historia. Su verdadera historia. Estoy seguro de que su madre así lo hubiera querido, al menos con el tiempo. –aconsejó al turbado hombre.
−Que así sea Dumbledore. –accedió no muy confiado.
Al irse Dumbledore se sentó de nuevo, se llevó las manos a la cabeza y apoyó los codos en la mesa. Nunca hubiera imaginado encontrarse en esta situación. El plan era esperar a que acabara los estudios, a que fuera adulta… Entonces sería Claire quien se lo contaría todo y si ella hubiera aceptado se conocerían al fin.
Pero en lugar de eso Claire había muerto. Y lo peor de todo es que se avecinaba una nueva guerra y él estaba metido hasta el cuello de mierda… Para corroborar sus pensamientos se arremangó la manga del traje y observó asqueado la horrible marca que antaño lucía con orgullo. Lia era aún demasiado joven… ¡Solo tenía dieciséis años, por Merlín!
Cuando se lo contara todo estaba seguro de que le despreciaría y con razón.
El destino de su familia había estado escrito desde que decidieron unirse al señor tenebroso. Y Alastair lo aceptaba, al fin y al cabo él había decidido andar por ese sendero. Y estaba convencido de que Altair pensó igual. Pero nunca jamás hubieran aceptado lo que sus padres les inculcaron desde críos si hubiesen sido conocedores del futuro. Simplemente a su edad no pensaban en la descendencia, en el amor o la amistad. Simplemente el orgullo de ser quienes eran y el ansia de demostrarlo al mundo los cegó.
No estaba muy seguro de estar haciendo lo correcto… Pero Dumbledore tenía razón… No era justo que Liadan siguiera viviendo en la ignorancia. Era hora de que descubriera su pasado y de dónde provenía, si ella así lo quería. Las cartas estaban echadas, que pasara lo que tuviera que pasar.
En el centro del Callejón Diagon dos jóvenes paseaban observando todas y cada una de las tiendas.
−Me alegra que aceptaras mi invitación Luna. –dijo Theodore Nott ruborizándose levemente.
−¿Por qué no la aceptaría? Fuiste muy amable al escribirme. –le dijo con una sonrisa. –Y también muy valiente por contarle a Lia lo que pretendían tus compañeros. Te lo agradezco mucho.
−No fue nada… −contestó, ahora si rojo como un tomate. Cambió de tema −¿Cómo está Liadan?
−¡Oh! ¿No lo sabes? –dijo Luna entristecida. Cuando Nott negó con la cabeza se lo explicó. –Su madre ha muerto… Ojalá pudiera hacer algo por ella.
−Pobre. Lo debe estar pasando fatal.
−Sí. Yo también perdí a la mía así que se por lo que está pasando. Es muy duro.
Estuvieron unos minutos paseando en silencio, Luna parecía muy preocupada y entonces Nott se armó de valor. Alargó levemente su brazo, rozó con su mano poco a poco la de Luna y la tomó con delicadeza por si ella le rechazaba. Se sorprendió de que ella se agarrara y no le soltara. La visión de sus manos entrelazadas le produjo palpitaciones en el pecho y cuando subió la mirada a la dulce cara de Luna Lovegood su corazón brincó más fuertemente.
Y así estuvieron toda la tarde, paseando por las tiendas, comentando los artículos, sin soltarse el uno del otro.
Liadan se levantó justo al instante en que el profesor Snape accedió a asistir al funeral. Dios… era demasiado impactante pensar que al día siguiente enterraría a su madre…
−¿Le apetece un té? –preguntó con la voz ahogada. Se aclaró la garganta para intentar deshacer el nudo que se le había formado. No quería volver a llorar.
−Por favor. –aceptó él.
Lia se dirigió a la cocina con el pensamiento de que su profesor se quedaría sentado en el sofá. Pero éste se levantó pesadamente y la siguió. En realidad lo prefería así, si él estaba cerca podía distraerse e intentar no pensar. ¿Lo estaría haciendo expresamente?
Mientras ponía a calentar el agua él habló.
−En la carta también dice que Dumbledore se presentará esta tarde para hablar con usted. –informó.
−Vale… −contestó apática. Ahora también le echaría Dumbledore la bronca… "Yupi".
Una vez servido el té, volvieron los dos al comedor y se sentaron en el sofá. A Lia aún le resultaba un poco extraño que su profesor de pociones estuviera sentado en su casa tomando el té… Era bastante surrealista. Pero la verdad es que se encontraba cómoda con su presencia. En el fondo se alegraba de haberse ido de Grimmauld Place por el simple hecho de compartir ese momento con él, allí hubiera estado constantemente agobiada y Snape era simplemente… No sabía cómo decirlo, pero era simple presencia. Hablaba lo justo y necesario y si se despistaba era como si él no estuviera allí. Todo calma y sosiego.
Demasiada gente en Grimmauld Place.
−¡Joder! –soltó de golpe mientras se levantaba de un salto.
Snape frunció el ceño ante su vocabulario. − ¿Ahora qué?
−Se me ha olvidado llamar a la Madriguera para avisar de que estoy bien, seré tonta…
−Sí, lo es... Bastante. ¿No me dirá enserio que no ha pensado en que Dumbledore ya lo había hecho? –preguntó mordazmente.
Lia se detuvo en seco sintiéndose como una verdadera tonta. Sonrojada completamente volvió a sentarse en el sofá sin decir una palabra. Levantó la vista hacia Snape y su corazón dio un vuelco. ¡Snape estaba sonriendo! Y tenía la sonrisa más deslumbrante que jamás hubiera visto. No sabía si era por el hecho de que nunca sonreía, pero igualmente era fantástica. Pero tan rápido como apareció esa pequeño gesto se fue y él centro su atención en la estancia.
Estuvieron unos minutos sin hablar, hasta que a Lia se le ocurrió encender la televisión. No es que le apeteciera hacer nada especialmente, su estado de ánimo era pésimo, pero necesitaba despejar la mente…
−¿Le ver la tele? –preguntó de sopetón.
Snape enarcó la ceja sin pronunciar ni una sola palabra y se encogió de hombros.
Lia cogió el mando de la mesita y pulsó el botón de "encender". Buscó por los canales, pasando por las noticias, videoclips y culebrones hasta que encontró un canal donde estaban echando una película que había visto millones de veces y le encantaba.
−¿Dibujos animados? –preguntó Snape de repente pasmado.
Lia sonrió un poco avergonzada. –Es una de mis películas favoritas. Se llama "El rey león" ésta es la segunda parte en realidad.
Snape negó levemente con la cabeza con socarronería.
−¡Enseña muchas cosas positivas! Mire ¿ve el león con la melena negra? Es Kovu. Lo han entrenado toda su vida para acabar con el rey Simba, para vengarse por la muerte de Scar su líder y para que los leones rebeldes vuelvan a tener el poder.
−Menuda tonte… −empezó a decir, pero Lia le corto.
−La hembra esa que sale ahora con él es Kiara, la hija de Simba. La madre de Kovu ha ideado un plan. Kovu debe acercarse a Kiara y debe ganarse la confianza del clan. Cuando esté infiltrado y Simba baje la guardia debe matarlo.
Continuaron viendo la película en silencio. Snape no podía evitar ver una pequeña semejanza entre él y el tal Kovu. Los dos estaban coaccionados y obligados a ganarse la confianza de terceros, por diferentes razones pero sin poder apartarse y se habían infiltrado y engañando aunque fuera en bandos contrarios.
Cuando la película terminó pensó en lo ridículos que eran los argumentos. Primero estaba con los villanos. Después se arrepentía y se enamoraba de la leona princesa. Y al final acababan todos felices y comiendo perdices.
No creía que esa película tuviera ningún tipo de enseñanza positiva. Los jóvenes debían aprender desde pequeños que la vida no era justa y ese tipo de historias de hadas no eran reales, eran totalmente inexistentes.
Se fijó en Liadan, que no había abierto la boca desde su breve introducción. La chica estaba con la mirada fija en la pantalla pero podía ver perfectamente que su cerebro no dejaba de retorcerse en pensamientos.
−Profesor… −habló de repente apartando los ojos de la televisión. −¿Puedo hacerle una pregunta indiscreta?
−Adelante. –contestó con curiosidad.
−¿Cómo llegó a hacerse… ya sabe… mortífago? –acabó susurrando la última palabra.
Sus ojos se abrieron inusualmente con una expresión sorprendida que muy pocas veces había tenido en los últimos años. ¿Ella sabía…? ¿Pero cómo?
−Harry siempre lo sospechó… −acertó en explicarse –Y un día, en una de las reuniones los gemelos consiguieron oír parte de una conversación… ¡Yo confío en usted igualmente! –le dijo con pasión –No hace falta que me responda…
−Era muy joven, inseguro e inmaduro. La peor combinación que uno pueda llegar tener... –explicó –En Slytherin yo era un simple mestizo sin un apellido relevante. Con el tiempo empezaron a darse cuenta de lo inteligente que era y del gran conocimiento que tenía en artes oscuras… Así que empezaron a aceptarme en su círculo. –Liadan escuchaba atentamente sin mover un solo músculo −En los cursos finales unos compañeros nos hablaron de el-que-no-debe-ser-nombrado y nos contaron todo lo que nos podría ofrecer. Respeto, poder y admiración, era lo que yo siempre había ansiado tener… y lo que el señor tenebroso podía otorgarme. Cuando terminé los estudios en Hogwarts no podía esperar a unirme a él. Y lo hice. Tiempo después me di cuenta de mi error, pero… ya era demasiado tarde.
Liadan le observaba fijamente y no sabía en qué pensaba. No tenía ni idea de por qué le había contado esa parte de su vida, pero el saber que ella conocía su secreto sintió la necesidad de explicarse.
−Gracias por contármelo –dijo de repente –Me gusta que confíe lo suficiente en mí como para abrirse de ésta manera. Yo también confío mucho en usted…
Tras unos minutos de silencio incómodo Liadan sonrió. No quería que el ambiente se quedara tan espeso y quería liberar tensiones después de esa gran confesión
−Le voy a contar un secreto a cambio del suyo. –dijo confidencialmente.
Snape alzó una ceja expectante.
−Fui yo la que les gastó esa broma a Malfoy y los demás…
−¡Lo sabía! –dijo casi triunfante –Estaba claro que fueron ustedes.
−Le recuerdo que es un secreto, se lo he contado con total confianza a Snape, no al "profesor Snape". –puso hincapié en su título.
¡Será posible! Pensó Snape. ¡Esa chica tenía un morro que se lo pisaba!
−Su secreto está a salvo conmigo… −dijo de mala gana –Igualmente… ya la pillaré en cualquier otra ocasión. –dijo confiado y maléficamente.
−Que tenga suerte, profesor.
−¿Me está desafiando? –preguntó divertido.
−Tal vez… −contestó airadamente la joven.
La atmósfera se había relajado y había adquirido un ámbito especial y acogedor. Los dos se sentían cómodos y el ambiente se había vuelto un tanto alegre y distraído. Casi como si fueran amigos… Pero el sonido del timbre rompió por completo el momento y la realidad se impuso, para ambos.
−Debe ser Dumbledore… −dijo Snape mientras se levantaba del sofá y se dirigía a la puerta seguido por Lia.
Lia alzó su brazo y miró su reloj de pulsera. ¡Eran las cuatro! Se les había pasado el tiempo volando y hasta se habían olvidado de comer.
Snape echó un ojo por la mirilla y rápidamente abrió la puerta.
El director de Hogwarts entró mientras se sacaba el sombrero. –Buenas tardes.
−Hola profesor. –saludó Lia mientras intentaba tragar con dificultad. Sabía que se había metido en un buen lío. Lo entendía, pero obviamente preferiría ahorrarse la bronca que su director le echaría en breves.
−Severus –dijo de amablemente –Me gustaría tener una charla con la joven Blake si no te importa. –era obvio que lo estaba echando.
Snape accedió con un movimiento de cabeza. –Bien. ¿Señorita Blake, podría usar la ducha? –preguntó volviendo a su tono de voz agrio e impersonal.
−Claro profesor… Esta arriba, la primera puerta delante de las escaleras.
Snape asintió de nuevo y subió al piso de arriba, dándoles la privacidad que Dumbledore le había solicitado.
−¿Nos sentamos? –dijo Dumbledore invitándola a pasar a su comedor.
Una vez sentados, Dumbledore la observó un instante en silencio como si la estuviera evaluando de alguna manera haciéndola sentir bastante incómoda, así que decidió hablar ella primero.
−Señor, siento mucho la preocupación que he causado. Sé que hice mal y aceptaré las consecuencias de mis actos. –por experiencia sabía que siempre era bueno disculparse antes de que empezara una regañina. Podía aligerarla considerablemente.
−Oh, no se preocupe. Aunque haya dado un susto de muerte a sus amigos y les haya hecho perder su valioso tiempo, no estoy aquí para eso.
Ese comentario le sentó igual que una patada en el estómago. Por mucho que se lo mereciera y fuera cierto, pensó que Dumbledore podría habérselo ahorrado. ¡Ella tenía un motivo! No creía que debieran juzgarla tan a la ligera…
−He venido para hablar de su actual situación y explicarle las opciones que posee. –Lia asintió con la cabeza gacha –Bien. Por un lado los Weasley se han ofrecido voluntarios para ser sus tutores legales. –Liadan levantó de golpe la cabeza con la mirada esperanzada.
Ellos no tenían ninguna obligación de hacerlo y aun así querían cuidar de ella con los pocos recursos que tenían… Eran las personas más generosas que había conocido jamás. –Pero eso no va a ser posible. –fue como echarle un balde de agua fría por la cabeza o como darle una bofetada que no se esperaba. Toda la esperanza que había tenido segundos atrás se evaporó al instante.
−Desechando esa opción le quedan dos. Ahora quiero que me escuche atentamente. –le dijo con una mirada extraña que no le había visto jamás. –Tiene un familiar vivo dispuesto a hacerse cargo de usted.
−Pero eso… eso es imposible. Solo éramos mi madre y yo. –dijo extrañada. Excepto por… No. Eso era imposible. Se negaba completamente a creerse la pequeña idea que le rondó la mente.
−Créame que lo que le digo es cierto. Tiene… Un tío, paterno. Ha aceptado su tutoría, sólo si usted está de acuerdo.
−¿Un tío? ¡Eso no puede ser, no tengo tíos, mi madre jamás me habló de la existencia de ningún tío! –esto era de locos.
−Esa es una larga historia que a mí no me corresponde contársela. –dijo tajantemente −Una opción es esa. La otra sería que los asuntos sociales muggles se hicieran cargo de usted… −lo soltó sin miramientos.
−¿Eso significaría que iría a un orfanato, no? –dijo con miedo en la voz. Ella no quería eso… ¡Quería irse con los Weasley! ¡O estar sola! Su mente no podría procesar el hecho de ir a un orfanato. Era algo que no podría soportar. El miedo se instaló en su columna vertebral produciéndole un gran escalofrío.
−Le recuerdo que si no quiere, no irá. Debe escoger una de las dos opciones. Si acepta vivir con su tío, mañana mismo después del funeral irá a su nueva casa. Si por el contrario quiere desechar esa opción, tendré que ponerme en contacto con los servicios sociales. Lo lamento, pero no puede hacer nada más al respecto.
Lia se llevó las manos a la cabeza apartándose el pelo de la cara y dejando los codos apoyados en las rodillas para sujetarse. ¿Qué podía hacer? Irse a un orfanato sería terrible, estaría completamente sola. Pero irse a vivir con su supuesto tío que hasta ahora ni era consciente de su existencia no era mejor. Además, era el hermano de su padre… Y ella no quería tener nada que ver con ese hombre que las abandonó. La presión en su pecho era rígida y su cerebro estaba embotado y completamente hecho un lío. Acababa de perder a su madre… y encima tendría que abandonar su hogar, su único vínculo con ella, de una manera u otra. Se sentía desgraciada y miserable.
Por otro lado… ¿Por qué su madre nunca le había hablado del supuesto tío? Un leve resquemor se apoderó de ella. Nunca le dijo la identidad de su padre y ahora se enteraba que había ocultado al hermano de éste. Parecía que su vida estaba envuelta en secretos y mentiras… Se sentía engañada y timada.
Si aceptaba convivir con su nuevo tío, podría averiguar la verdad –pensó- Sabría de una vez por todas porque su padre se largó y porque su madre ocultó la verdad. Desentrañar las intrigas de su vida ahora parecía de lejos la mejor opción.
−He tomado una decisión. Me quedaré con mi tío. –dijo irrevocablemente.
−Creo que esa es la mejor opción señorita Blake. Además, ahora que lo pienso ya conoció a su tío hace poco. –le soltó de repente.
−¿Lo conocí? –volvía a estar confusa y odiaba esa sensación.
−¿Recuerda la reunión que tuvimos por la pelea con el señor Malfoy? –Lia asintió con la cabeza sin saber a qué venía a cuento lo que estaba diciendo Dumbledore. –Entonces recordará al señor Middleford ¿Me equivoco?
−¡¿Qué?! –por supuesto que le recordaba. El amor platónico de Umbridge. Amigo de Lucius Malfoy. El hombre que casualmente tenía su mismo color de ojos y ahora que la revelación había sido sacada a la luz y la imagen mental del hombre le vino a la cabeza, vio su mismo color de pelo y la misma forma de los mechones. −¿Cómo…? ¿Pero…? ¿Qué…? –no encontraba las palabras para acabar con la frase.
−Bien, es hora de que me vaya. –dijo Dumbledore mientras se levantaba y se dirigía a la salida sin darle oportunidad a hilar sus preguntas. −Mañana por la mañana tenga listas las pertenencias que quiera llevarse. Despídase del profesor Snape por mí, por favor. Y de nuevo, siento mucho por lo que está pasando. –dijo apesadumbrado.
Y… se fue. Antes de que Lia pudiera siquiera asimilar la información.
Severus salió de la ducha sintiéndose como nuevo. Parecía que el agua se había llevado la tensión que se acumulaba en sus hombros.
Se vistió lentamente, dándoles tiempo para que acabaran la conversación, aunque ya llevaba media hora aquí arriba y no tardarían en acabar, si no lo habían hecho ya.
Una vez vestido, se peinó con los dedos y abrió un poco la puerta para escuchar. No escuchó nada, parecía que habían acabado…
Cuando estuvo al pie de las escaleras corroboró su pensamiento. Allí solo estaba Blake, sentada en el sofá de espaldas a él sin moverse ni un ápice.
Se acercó procurando hacer ruido para no espantarla, pero la chica no se volteó. Una vez estuvo de pie a su lado pensó que le miraría, pero estaba completamente seguro de que ni siquiera se dio cuenta de su presencia.
−Blake. –Nada. –Blake. –llamó de nuevo alzando la voz.
−¡Ah! Profesor… No le había oído.
−¿Se encuentra bien? –preguntó preocupado pero intentando que no se notara.
La joven cerró los ojos y suspiró pesadamente. –Creo que no…
Se sentó a su lado y la observó atentamente sin decir una palabra, esperando a que fuera ella quien hablara.
−Se ve que tengo un tío paterno que no conozco y mañana deberé mudarme con él. –explicó intentando sonar indiferente aunque a él no lo engañaba, podía notar perfectamente lo afectada que estaba. Lo que le sorprendió fue el hecho. Estaba casi seguro de que la joven sería acogida por la manada Weasley, igualmente tener una boca más a la que alimentar no les supondría diferencia.
−Eso no es lo más fuerte. –dijo cínica −Mi tío desconocido es el señor Middleford, no sé si se acordará de él, estuvo en la reunión con el señor Malfoy el día que me pelee con Draco.
Pero Snape no escucho nada más. Lo había supuesto. Algo raro le llamó la atención de Middleford desde el primer día, en esa estúpida reunión. Su atención estaba centrada casi por completo en Blake y el parecido era demasiada casualidad…
Su cerebro trabajó con rapidez. Que Alastair Middleford fuera su tío quería decir que Altair Middleford era el padre de Blake. Que historia más rocambolesca… Un Middleford cuya familia había seguido los estándares de la pureza a rajatabla, teniendo una hija con una muggle… Inaudito.
Pero eso no era secundario. ¡Middleford era un mortífago! ¿Qué diablos pasaba por la cabeza de Dumbledore para meter a Blake en la boca del lobo? Ese estúpido y chiflado viejo estaba poniendo a consciencia en peligro a la chica. Dumbledore sabía la identidad de la mayoría de mortífagos ¡Sabía que Middleford era uno de ellos! La ira se apoderó de él y sin pensarlo ni un segundo se levantó con rapidez. –Ni se le ocurra salir de esta casa. Volveré pronto. –ordenó sin inflexión mientras salía apresuradamente y se desmaterializaba, dejando a una muy desconcertada Lia.
Cuando llegó a su casa en la Hilandera fue directo y sin ceremonias a la chimenea. Tras soltar los polvos con rabia y gruñir el nombre de su destino las llamas lo consumieron.
Al instante llegó a su despacho en las mazmorras de Hogwarts. Salió de la chimenea sin siquiera sacudirse las pocas cenizas y se encaminó por los interminables pasillos a grandes zancadas. Parecía un toro a punto de embestir, con la cara deformada por la ira y los ojos inyectados en sangre. Estaba cabreado hasta la médula.
Como Liadan no era el precioso elegido de Dumbledore el que corría peligro daba igual. Solamente era otra alumna más del montón, una pieza reemplazable y desechable sin valor alguno. ¿Qué más daba lo que pudiera pasarle, no? –pensó ácidamente.
Al llegar a la gárgola que daba paso al despacho de su objetivo ladró la contraseña y cuándo le dio paso subió los escalones de dos en dos. No quería perder tiempo. No se molestó en llamar a la puerta, así que cuando entró se encontró con un calmado Dumbledore sentado en su asiento con las manos entrelazadas en el escritorio. Parecía como si lo estuviera esperando.
−Veo que la señorita Blake ya te ha informado. –dijo sin ceremonias el anciano mago.
−¡No puede permitir esto! –siseó con furia.
−No está dentro de mi potestad decidir el futuro de la señorita Blake, Severus… No soy su tutor, simplemente el director de su escuela. No puedo hacer nada. Además, ha sido ella quien ha decidido. –se escudó llanamente.
−No puede dejar que se vaya con él ¡Es un mortífago por Merlín! –gritó impasible.
−¿La he dejado contigo, no? Eres el profesor de cientos de alumnos en esta institución, y también eres un mortífago. No veo la diferencia. –contestó calmadamente pero con un deje de prepotencia.
−¡Por supuesto que es diferente! –dijo incrédulo. Él jamás le haría daño a ninguno de sus alumnos –aunque fuera un cabrón con ellos- y mucho menos se lo haría a Blake.
−No, no lo es. –se limitó a contestar el viejo mago mientras se ponía de pie lentamente. –Confía en mi Severus, cuando te digo que no hay diferencia alguna entre Middleford y tú. ¿Enserio creías que no he tenido un plan B en todos estos años? ¿Qué no he tenido un as bajo la manga? Has creído que eras especial, un hombre queriendo redimirse de sus pecados. Pero no eres el único. Jamás lo has sido y jamás lo serás.
−¿Me está diciendo que Middleford está con usted? –esto fue una impactante revelación para él.
−Desde antes que tú. La única diferencia ha sido que a él lo he mantenido completamente apartado de la orden. Totalmente oculto a todo el mundo. Principalmente para tener a dos espías dentro de las filas de Voldemort. Si tú renegabas y acababas rindiéndote, me aseguraba de tener a otra pieza en su círculo. Si me dabas información, podía corroborarla con él para que jamás me engañaras. Simple estrategia.
−Es usted un sociópata malnacido… −no podía creerlo. Todos estos años pensando que ese viejo cabrón confiaba en él, que le estaba ayudando a reparar un error y a cambio Dumbledore obtenía poder para acabar con el señor tenebroso. Él era simplemente otra pieza desechable… Lo había sabido, obviamente. Su trabajo era el más peligroso de todos y en cualquier momento podía ser descubierto y asesinado. Pero que Dumbledore fuera tan impasible e indiferente con él… Fue un duro golpe que no se esperaba.
−La guerra es así hijo… O juegas bien tus piezas o pierdes. Simple, sencillo. –hizo una pequeña pausa. −No te preocupes por Blake, estará a salvo. Ahora si me disculpas, debo ir al ministerio. Nos vemos mañana.
Cuando llegó a casa de Blake, ella no le preguntó a donde había ido, cosa que agradeció. Simplemente tenía preparada una sencilla cena. Se sentaron en la mesa, comieron con presteza y en silencio. Ninguno de los dos estaba de humor para nimiedades. Al terminar, la chica alegó que debía preparar sus cosas y que estaba cansada. Le deseo las buenas noches y se encerró en su habitación.
Él también se sentía como una mierda, así que se echó en el sofá e intentó dormir un rato.
Ese rato se convirtió en toda la noche. Y en un parpadeo Dumbledore llegó para llevar a Blake al cementerio.
−¿Tiene todo lo que necesita? –le preguntó a la chica, que llevaba un largo vestido negro con una rebeca del mismo color cubriéndole los hombros y un sencillo recogido en el pelo.
−Sí. –se limitó a responder Lia.
−Es hora de irnos entonces. Severus, nos vemos en el colegio. –fue a agarrar el hombro de Lia para marcharse pero la chica se escabulló,
−El profesor Snape también viene. –al ver la expresión del director volvió a hablar. –Yo le he invitado, así que va a venir. –acabó tajantemente.
Dumbledore simplemente accedió con la cabeza, receloso. Severus pondría la mano en un caldero hirviendo a que Middleford iba a estar presente y seguramente el viejo temía que montara una escena como la de ayer. Cosa que le ofendió. Era un puto funeral, el funeral de la madre de Blake. ¡Ni que fuera un desalmado!
Sonriéndole al viejo con superioridad, salió de la casa y se desapareció hasta el cementerio de Stoke, en la misma población de Guildford como indicaba la carta que envió el día anterior el director.
Lia observó cómo su profesor se desaparecía en un remolino de prendas negras y salió de la casa junto a Dumbledore.
−Nosotros también nos apareceremos. Pero antes de eso quiero decirle unas palabras si no le importa. –dijo mirándola desde detrás de sus gafas de media luna. –Aun cuando creemos que lo hemos perdido todo, llegan personas a nuestras vidas que te ofrecen todo lo que creíste perder. Dale una oportunidad a tu tío Liadan. Podrías llegar a sorprenderte.
Lia observó atentamente al mago que tenía enfrente. Algo en sus palabras y su mirada le dijo que había muchísimo más trasfondo del que creía. No conocía a ese hombre de nada, pero ella era una de esas personas que hasta que no conocen a una persona no se atreven a juzgarlas. Así que bueno… ¿Qué podía perder?
−Claro profesor. No se preocupe.
Cuando él le ofreció su brazo para que se agarrara, lo hizo con temor. En ese mismo instante se dirigían al cementerio, a darle el último adiós a su madre… Sus pulmones amenazaron con hiperventilar, un sudor frio se instaló en cada uno de los poros de su cuerpo y su corazón retumbaba con fuerza, como si hubiera corrido un maratón.
No podía hacerlo…
De repente la imagen del profesor Snape, sentado en su sofá sonriendo levemente le vino a la mente. El estaría allí con ella. Podía hacerlo.
−Vayamos. –dijo respirando profundamente.
Al llegar al cementerio no lo hicieron en la puerta de entrada, si no en el mismo sitio donde enterrarían a su madre, ya que había un agujero enorme a sus pies.
Un cura vestido completamente de negro con una biblia en los brazos saludó amablemente, cosa que le extrañó. Habían aparecido delante de sus narices, pero no le dio más importancia.
Snape estaba al otro lado del agujero, observándola fijamente. Seguramente temiendo otro nuevo ataque como el del día anterior. Pero no. "Puedo hacerlo…" se repitió.
Estaban completamente rodeados por tumbas de todos los tamaños y formas, unas mucho más desgastadas que las demás. Con indecisión llevó sus ojos a la que pertenecería a su madre. Y entonces sus ojos se inundaron de lágrimas. Era la más preciosa que había visto jamás, no era un simple trozo de mármol con la típica inscripción, era una estatua de un ángel observando el cielo con una expresión tan serena que te encogía el corazón. El tallado era magnífico, podías apreciar todos y cada uno de los detalles, la cara, los ropajes, las plumas de las alas… Era espléndido.
La inscripción a los pies del ángel rezaba: Claire Blake. Amada madre, preciada esposa.
Volteó la cabeza rápidamente hacia Dumbledore para agradecérselo pero él negó con la cabeza. –Tu tío. –se limitó a decir.
De repente ruidos de pisadas se oyeron a su izquierda y cuando observó hacia el lugar derramó más lágrimas.
Los Weasley, Sirius, Remus, Tonks, Harry, Hermione y Luna estaban allí. Todos vistiendo de riguroso negro.
Todos y cada uno de ellos le dieron el pésame y la abrazaron con fuerza, intentando transmitirle la sensación de que no estaba sola, y funcionó.
La señora Weasley, Ginny y Hermione lloraban silenciosamente, como si el derecho a hacerlo fuera exclusivamente suyo, pero no era así. Todos los allí presentes sentían su dolor como propio. Y sintió profundamente las lágrimas que derramaban, ya que no eran solo para su madre, también iban dirigidas a ella misma. Les sonrió levemente para transmitirles agradecimiento, aunque solo le salió una fea mueca.
Miró a Snape, estaba completamente en silencio recibiendo miradas de desprecio por parte de Sirius, pero él simplemente estaba observando con atención el precioso ángel, con la expresión neutra.
−Liadan. –le susurró Dumbledore una vez todos se hubieron colocado alrededor de la tumba –Por ahí viene Alastair Middleford. –le informó para que se preparara, o al menos lo supuso.
A lo lejos vio una silueta que se acercaba con paso ágil y el porte de un aristócrata. Espalda completamente recta, pisadas firmes y cabeza alzada. A medida que se acercaba más pudo observar más detalles. Llevaba un traje negro con corbata y el cabello peinado hacia atrás sin que se escapara ni un solo mechón. La estaba observando a ella fijamente, su expresión mostraba pena, temor y un poco de inseguridad. Le sorprendió ver a un hombre con sus características con esa expresión.
Cuando Middleford al fin llegó, saludó con una inclinación de cabeza a los presentes. La mayoría le observaban con curiosidad. Luego se acercó a ella y con dudas le ofreció la mano. Lia le miró directamente a los ojos y sus mismos ojos le devolvían la mirada. La forma, el color, idénticos… Era raro.
Levantó su propia mano y estrechó la que su tío le ofrecía –que extraña se le hacía la palabra "tío"- Al instante en el que se tocaron, la inseguridad y el temor del hombre se difuminaron levemente. Era un gran paso el que habían dado, aunque solo fuera un mero saludo, él sabía que Liadan le estaba dando una oportunidad con ese gesto.
−Lamento mucho tu perdida. –dijo con la voz modulada. Su tono era agradable al oído.
−Gracias. –respondió Lia. Iba a decir algo más, pero al darse cuenta de que no sabía que decir lo dejó estar.
Estuvieron todos en silencio unos minutos. Llegó más gente. Compañeros de trabajo de su madre. Su jefe del hospital y enfermeras con las que había trabajado muchos años. Todos y cada uno de ellos se acercaron a darle el pésame, fue un momento muy duro.
Cuando parecía que no llegaría nadie más, el cura habló −¿Empezamos? –preguntó mirando directamente a Lia.
Ella asintió y en el momento en que aparecieron cuatro hombres llevando el ataúd, todo desapareció.
Severus no le quitó los ojos de encima en toda la ceremonia. Liadan tenía la mirada fija en el ataúd, pequeñas lágrimas se derramaban de sus ojos pero no emitía ni un simple ruido, simplemente las lágrimas se deslizaban en completo silencio. No como la mayoría de muggles que habían llegado. Muchas de las mujeres que estaban allí reunidas lloraban a moco tendido, sonándose e hipando. Pero Liadan era fuerte. Estaba aguantando el sermón con estoicismo y valentía.
Cuando llegó el momento de echar la tierra, vio algo que le hico sentirse muy orgulloso de ella, Liadan sonrió levemente. Era una sonrisa triste y apagada, pero una sonrisa de despedida y aceptación. El mayor honor que se le puede otorgar a alguien que se ha ido es ser recordado con cariño y hacerle saber que estarías bien, que lucharías día a día con su ausencia, pero que seguirías adelante. La mayoría de personas tardaban años en otorgar esa sonrisa a sus difuntos.
Al terminar la ceremonia, los muggles se fueron inmediatamente, como si hubieran cumplido con lo que se esperaba de ellos y se hubieran sacado un peso de encima. Le hirvió la sangre.
Los demás se habían congregado alrededor de la chica y le estaban mostrando su apoyo y cariño. Él se quedó dónde estaba. Le echó otra mirada a la increíble estatua que presidia la tumba, que se difuminaba levemente con el cielo que estaba pintado de un gris plomizo casi idéntico al de la estatua.
Se empezó a plantear irse de allí pero una voz a su espalda cortó ese pensamiento.
−Profesor. –le llamó Liadan Blake –Le agradezco mucho que haya venido.
El asintió con la cabeza –No hay de qué.
La chica se veía agotada psicológicamente y seguramente así estaría durante una temporada.
−¿Puedo pedirle algo? –preguntó indecisa.
Él accedió con un gesto. −Si le escribo durante las vacaciones ¿Podría… corresponderme?
Eso no se lo esperaba en absoluto. Dudas le avasallaron ¿Por qué quería mantener correspondencia con él? ¿Por qué le había pedido que asistiera al funeral? ¿Por qué parecía que le soportaba? Y después de la revelación que le hizo el día anterior aún lo entendía menos. Nadie lo apreciaba, era un cabrón con todo el mundo, había sido un cabrón con ella y sus amigos. Era malhumorado, cínico, sarcástico…
No le entraba en la cabeza. Pero no iba a negarse, no podía. ¿Dos semanas sin tener noticias de ella cuándo estaría conviviendo con Middleford? Se volvería loco de angustia… Se alegraba que se lo hubiera pedido. Así podía cumplir la promesa que se había hecho a sí mismo. Si llegaba a leer en alguna carta algo malo, por mínimo que fuera, removería cielo y tierra para alejarla de Middleford.
Una vez ya había ignorado una carta que le ella le había enviado. No lo haría una segunda vez y aún menos con la actual situación.
−Si es lo que desea, lo haré.
Le sorprendió cuán alegre parecía al escuchar sus palabras y él gozó por esa reacción. Sentía calor en el pecho al hacerla feliz.
−Lia.−les interrumpió de repente Black con el tono agrio –Los Weasley se irán ya, Arthur debe volver al Ministerio. Deberías despedirte.
−Claro. –dijo Liadan. Volteó el rostro de nuevo hacia Snape –Gracias. Por todo.
−Ningún problema. –le contestó él.
−Hasta pronto profesor Snape. –se despidió y se fue con Sirius, el cual puso una mano en el hombro de Liadan y le echó una mala mirada. Un pequeño gruñido involuntario salió de su garganta. No le había gustado en absoluto que el imbécil de Black tocara con su sucia zarpa a la joven.
Malhumorado se dio la vuelta y desapareció en el aire. No quería seguir viendo a esos dos caminando juntos hacia el horizonte.
Una vez los Weasley y los demás se fueron, Alastair Middleford se acercó a ella. Se puso a su lado y los dos observaron la tumba de Claire Blake.
−Ha sido un bonito funeral. –dijo un poco incómodo. Se notaba que no sentía confianza y seguía inseguro. A Lia le dio lástima, así que le miró y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
−Sí que lo ha sido…
−Sé que esto es muy difícil para ti, pero quiero que sepas que puedes contar conmigo. Sé que no me conoces, pero si lo intentamos podemos hacerlo funcionar… Si quieres.
Liadan inspiró profundamente y soltó todo el aire lentamente. –Tiene que ganarse mi confianza… Como ha dicho, no le conozco de nada.
−Por supuesto. –dijo calmadamente. –¿Puedo mostrarte algo?
Lia aceptó intrigada. Alastair la condujo tres metros a la derecha y se detuvo enfrente de otra tumba. Lia alzó una ceja confundida. Al ver la afectada mirada que se dibujó en el rostro del hombre, observó lo que su tío veía.
Se llevó una mano a la boca, impactada.
La tumba rezada: Altair Middleford, amado padre, devoto marido.
−¿Es…?
−Sí. Mi hermano. Tu… padre. –dijo con la voz estrangulada.
−¿Sabe que tengo muchas preguntas, verdad? –dijo aturdida. No sabía clasificar lo que sentía en ese preciso instante. Tenía tal cantidad de sentimientos al mismo tiempo que se sentía desbordada.
−Lo sé. Y contestaré a todas y cada una de ellas. Es lo menos que puedo hacer. –dijo mirándola directamente a los ojos.
Estuvieron un rato observando ambas tumbas. Lia no sabía que pensar. Acababa de enterrar a su madre y el mismo día se enteraba de que su padre, el que supuestamente las había abandonado, estaba muerto.
Su cabeza era un hervidero de pensamientos. Ya no sabía que pensar, que creer… Necesitaba respuestas.
−¿Nos vamos? –pregunto Alastair con precaución.
Se limitó a asentir con la cabeza, sabía que no le saldría voz alguna. Anduvo un par de pasos hacia atrás sin apartar la mirada de las tumbas. Luego se giró hacia su tío, que le tendía su largo brazo.
Ella se agarró con fuerza. Tenía un largo y duro camino por delante.
Éste ha sido un capítulo más largo de lo normal, pero no quería cortarlo.
¡Por fin conocemos la identidad de Alastari Middleford! ¿Os lo esperábais? Muchas de vosotras pensabais que era el padre de Lia, pero como habéis comprobado no es así... ¡Quedan muchas dudas por resolver aún!
Como siempre espero que os haya gustado, y ya sabeis, comentad vuestras impresiones :)
Lady Nala.
Anita Snape: Lo se, ha sido una gran faena hacerlo... Créeme :( Exactamente como dices... Lia necesitaba lamerse sus heridas y para ella la mejor opción fue hacerlo a solas. Aunque al final lo mejor para ella ha sido que Severus estuviera allí. Ha sido un gran apoyo para ella en el momento que más lo necesitaba. Una persona calmada y que supiera empatizar con sus necesidades. Su simple presencia bastaba. Pasando a tu pregunta, si claro que se les había ocurrido, pero debían tener cubiertos ciertos lugares para asegurarse, y como dices, Dumbledore mueve los hilos como le rota... ¡Gracias por comentar! Un besazo.
