Hola a todos, les pido una ENORME disculpa por la espera, pero como dije en mi comunicando anterior, no me sentía bien y, bueno, lo explicaré mejor en la sección: "Deliraciones de la autora". Sin más, les dejo el último capítulo de esta FanFic. Gracias a todos por su apoyo.

Nuestra Historia Sigue

Décimo Noveno Acto: Nuestro último acto.

Caos. Terror. Preocupación. Miedo. Todas esas sensaciones y muchas más se podían percibir en el palacio de la Nación del Fuego, flotaban en el aire con el único objetivo de entrar en los pulmones de todos y así invadir todo su sistema mediante su circulación. Soldados corrían con papeles en brazos que salían despedidos gracias al aire que éstos provocaba cuando iban de un lugar a otro a toda prisa, otros se estrellaban contra sus compinches por estar sumergidos en sus pensamientos o muy ensimismados en cumplir con alguna orden de un superior que les era de vital importancia ejecutar a menos que quisieran una reprimenda que tuviese como resultado una baja de salario o, peor aún, de rango. Los gritos no faltaban al igual que las maldiciones y otras que era mejor jamás escuchar, el estrés que se vivía en ese momento era horrible, como una tormenta que se descargaba en pleno día soleado o como un maremoto que atacaba a una pequeña isla sin aviso anticipado alguno. Era compresible, pues no todos los días te enterabas que sólo tenían dos o a lo mucho tres días para alistar todo, mover tropas, hacer un plan de contraataque y mucho, pero mucho, papeleo al igual que movimientos dentro de inteligencia.

La Avatar y su esposa se encontraban en la sala de reuniones del hermoso castillo de color igual al del rubí y la misma sangre que en esos instantes les hervía por la ira e impotencia, todos estaban al rededor de la enorme mesa central de madera de caoba en dónde anteriormente habían discutido sobre los traidores que ahora estaban en las mazmorras más sucias, repugnantes y lejanas de Ciudad Capital esperando sus respectivas sentencias después de haber confesado todo lo que sabían: Ellos eran un grupo relativamente nuevo que se encargaba de planificar todas las estrategias de guerra basados en la información que robaban, por esa razón los "Rebeldes", perdían constantemente en el frente. Después de un tiempo, aquel equipo dio a luz un plan que aterraría a cualquiera: Iban a engañar al bando enemigo haciéndoles creer que se estaban retirando, así se mantendrían por un tiempo para que posteriormente ellos atacasen a los tres lugares más importantes en cuestión política y estratégica del bando enemigo; La Tribu Agua del Sur, La Nación del Fuego y, claro está, el punto central y de mayor peso a nivel burocrático y donde yacían la esperanza de muchos, Ciudad República, dónde los cuatro reinos permanecían aún unidos y la cuna del tercer Portal Espiritual. Una vez tomados esos tres lugares bajo en nombre de "Las Fuerzas del Mañana", que el resto del mundo cayera sería relativamente fácil, pues aniquilando los lugares que más apreciaban, las esperanzas estarían perdidas y la rendición quedaría como el único escape para todos esos pequeños estados, y lo que no quisiesen colaborar, serían tomados a la fuerza.

La tensión se podía sentir en el aire, sobre todo por parte de la ingeniero y la Avatar quienes mantenían una conducta muy cortante, distante y algo arisca cuando la conversación pasaba de simples planes a una discusión algo mayor en comparación a como eran ellas normalmente en una situación así de delicada y sería, y era aceptable en esos momentos, pues a pesar de que la morena fuese la Avatar y la ojiverde miembro del equipo Avatar, seguían siendo humanas. Korra y Asami estaban ahí cumpliendo con sus deberes para con el mundo mientras que sus hijos estaban a unas cuantas puertas de ellas recibiendo curaciones, después de haber salido de la casa donde encontraron el plan de Akumi, Yasuko y Tonraq habían tenido nauseas, mareos y problemas para caminar debido a que de la nada sentían fuertes calambres en sus piernas o extremidades debido a que aún la carga eléctrica del arma con la que les atacaron seguía presente en su organismo, y no solo eso, cuando ambas madres quisieron ayudar a sus pequeños se percataron de las marcas rojizas que empezaban a aparecer en sus pieles y también de los horrorosos surcos color negro con rojo que tenían en las manos de donde borboteaba un líquido amarillento y un hedor emanaba de éstos. Por ahí había la electricidad había encontrado una salida después de recorrer todo el cuerpo de los hermanos por un buen rato y, si así tenían las manos no querían imaginar el estado en el que se encontraban las plantas de los pies de sus pequeños.

— ¡Ya les dije que debemos prepararnos! — Chillaba Korra con impaciencia. — ¡Nos van a atacar y ustedes aun quieren hacer un estúpido plan!

— Estoy de acuerdo con Korra. — Intervino Asami algo más tranquila que su esposa, pero con voz firme. — Tenemos que movilizarnos rápido, el ataque es inminente y no tenemos el tiempo necesario para desarrollar un plan tan complejo.

— ¿Entonces, qué sugieren? — Preguntaba Izumi con severidad y mirada afilada. — ¿Qué mándenos soldados al frente y que combatan hasta la muerte? ¿Usarlos escudo humano? No lo creo. La Nación del Fuego no hará nada hasta tener un plan, somos buenos en las guerras y es porque siempre estamos bien organizados y tenemos una guía que seguir en el campo de batalla. No me es grato mencionarlo, pero por algo estuvimos ganando una guerra que duró cien años.

— ¿Quieres un plan? Te daré un plan. — Rezongó la morena colocándose en medio de la meas sintiendo las miradas sobre ella mientras acariciaba con sus manos el gran mapamundi que se extendía sobre esta. — Asami, ¿por dónde van a atacar?

La ingeniero sacó de entre sus ropas la carta que habían encontrado en la casona dónde los traidores se ocultaban antes de que sus pequeños decidieran entrometerse ahí, estaba arrugada y muy maltratada gracias al ajetreo a la que la CEO se sometió después del encuentro de dicho documento que sentenciaba el destino de la guerra en la que se encontraban si es que no hacían algo al respecto.

— Van a mandar un ataque marítimo para la Nación del Fuego y la Tribu Agua del Sur y un ataque terrestre para Ciudad República. — Explicó la ojiverde mientras leía y traducía el código enemigo.

— De acuerdo. — Captó la Avatar y de inmediato empezó a mover las piezas de su bando por todo el mapa cercando los tres lugares que iban a ser objetivos de ataque. — Quiero que toda la armada de la Tribu Agua se prepare, ningún soldado debe estar fuera de su lugar, también quiero que informen que cualquier hombre o mujer que sea capaz de pelear y desee proteger a su tribu, puede ayudar. Bo. — Llamó la morena a su amigo bonachón. — Quiero que le manden un mensaje a Jinora y Kai: Que todos los Nómadas Aire ayuden, debemos proteger la Tribu Agua de Sur, es nuestro principal proveedor de mercancía y comestibles.

— De acuerdo. — Acató el maestro tierra haciendo un saludo militar.

— ¿No crees que eso es muy obvio? — Se metió Izumi. — Sabrán como contraatacar, tienen casi toda nuestra información con ellos.

— La Señora del Fuego tiene razón, Korra. — Intercedió Asami. — Se esperan que actuemos así ante su "ataque sorpresa".

La Avatar se quedó callada unos instantes, tenían razón, eso era solo una medida meramente defensiva para que no tomaran su amado hogar y el lugar dónde sus pequeños crecieron, debía hacer algo, tener una carta bajo la manga. La ojiazul sonrió cuando a su mente le llegó una idea que no se le había ocurrido antes. Si tenía una carta, una carta hecha de frío y sólido mental.

— Bo. — Volvió a llamar a su amigo la morena. — Quiero que le des esta orden a los Miembros del Loto Blanco: Liberen a Kuvira.

Todos se quedaron pasmados ante tal declaración salida de los labios del ser que era capaz los cuatro elementos, ¿acaso acababa de dejar libre a la persona que alguna vez trató crear una dictadura en el Reino Tierra? ¡¿Es qué estaba demente?!

— ¿Estás segura de esto, Korra? — Hablaba rápidamente el general Iroh incrédulo. — Es Kuvira, una enemiga declarada del que alguna vez fue el Reino Tierra.

— Kuvira se ha reformado, lo sé... Tomó conciencia de lo que hizo y estoy segura de que ayudará y no nos traicionará. Además, nadie se espera que la pongamos en el frente de la batalla y eso les sacará de lo previsto a los oponentes. — Argumentó la Avatar con semblante serio.

— Pero... — Trató de intervenir el nieto de Lord Zuko.

— ¿Tienes alguna mejor idea? — Preguntó Korra ya algo frustrada.

— No... — Musitó el general agachando la cabeza.

— ¿Y usted, Señora del Fuego Izumi? — Se interesó la Avatar.

— Mientras todo salga bien, cuenta conmigo. — Accedió Izumi con aquel porte elegante y tranquilo que la caracterizaba.

— Vale. — Sentenció la morena regresando al mapa que estaba sobre la mesa. — Supongo que la gran Nación del Fuego puede cuidarse sola, ¿no?

— Hasta a interrogante ofende, Avatar Korra. — Contestó la Señora del Fuego con una altiva sonrisa.

— Mako, Bo y Iroh se encargaran de ella, si así lo autoriza usted. — Ofreció la ojiazul.

— Claro, pero yo estaré al mando de las operaciones. — Aceptó Izumi, pues ella era una de las mejores maestras fuego que habían en el mundo aún y poseía una mente brillante para la milicia heredada de sus abuelos y bisabuelos.

— Por mi está bien. Asami y yo partiremos apenas acabemos los asuntos aquí a Ciudad República. Deseo que manden un comunicado de nuestra llegada y que los soldados que la cuidan se alisten para lo peor, que la evacuación de la ciudad y todos los puntos a ser atacados empiece de inmediato. — Sentenció Korra con voz firme. — La última batalla empieza.

Todos los presentes miraron al Avatar y asintieron con severidad, las palabras que el ser que dominaban los cuatro elementos habían retumbando en sus cabezas puesto que en ellas había una gran verdad que se ocultaba entre esas palabras de ánimo. La batalla empezaría, pero no sería la última.

- o - o - o - o - o - o - o - o -

Su cuerpo dolía, sentía como el agua pasaba por cada una de sus heridas y cómo penetraba en la piel para lograr que la curación de su maltratada epidermis se acelerara. No día estar allí siendo tratada por una curandera, debía estar junto a sus madres ayudándoles a planificar y no causarles más dolores de cabeza. «Excelente, Yasuko... Excelente», se recriminaba la maestra fuego mientas de mordía el labio inferior para reprimir algún quejido, ya era suficiente con los berridos que su hermano menor estaba dando en la habitación contigua como para que le sumara otra voz a tan estruendoso ruido que se seguro podía ser escuchado hasta el terrario dominado por Akumi. Ella sabía que Tonraq jamás fue del tipo de personas a los que les gustase ser curado por aquel método, prefería siempre ser el sanador y no el paciente, por algo había estudiado con la maestra Katara y siempre procuraba salir ileso de cualquier misión que les mandaran a hacer, era rara la vez que su hermano recibía alguna herida, normalmente era ella quien acaparaba todos los maltratos de sus aventuras juntos, como hacía dos años cuando le dieron la paliza de su vida. Pero ahora era diferente, su hermano por primera vez estaba experimentado lo que él le hacía a ella después de cada viaje juntos y, de cierto modo, le divertía, quisiera o no, seguía siendo la hermana mayor y a veces, solo a veces, el sufrimiento del menor le era más que gracioso, como cuando recibió su primera vacuna a tan solo unos minutos después que ella. «Tonraq, Tonraq, Tonraq, ya era hora de que te tocara...», se burló mentalmente Yasuko mientras seguía reprimiendo quejidos de dolor.

La sesión de curación había terminado y al fin se disponía a ponerse sus ropas, las vendas con ungüentos olor menta hecho con varias hierbas medicinales que tenía en las manos le picaban y ardían al par que le molestaban para agarrar sus ropajes, pero no tenía otra alternativa, era eso o dejar sus heridas expuestas y que se infectaran. Miró al rededor en la habitación dónde estabas, era pequeña y solo tenía una mesa, una tina y una silla. Suspiró cansada, se dirigió a la mesa donde estaban sus prendas y como pudo tomó sus pantalones y, tenido un cuidado inhumanos con sus pies que estaban parcialmente chamuscados, introdujo una pierna y luego la otra con tal delicadeza que cualquier persona que viese eso no pensaría que fuese la minas Yasuko Sato, quien se caracterizaba por su porte femenino y por su brusquedad ante todas las cosas. Una vez colocado sus pantalones, los ató con el cinturón que tenía la insignia de su familia. Luego se colocó su blusa roja que se le ceñía al cuero dejando poco a la imaginación, se colocó su pechera y tomó sus botas mientras se estaba a en la silla para tener un lugar firme y donde posarse, introdujo su hermosa bota negra con adornos dorados en su pie con un cuidado, semejante al que tiene un ladrón al robar cualquier objeto de valor, agradecía que sus zapatos solo fuesen de meter pues, si tuviesen agujetas, de seguro lloraría por el insoportable roce de su planta de los pies con la suela de su bota. Una vez estuvo asegurado su calzado, se afianzó de la mesa dónde había encontrado un lugar como para realizar aquella tarea que en ese ínstate le era inmensa y, usando la fuerza de sus brazos y evitando hacer mucha presión en sus palmas, se paró con lentitud y encaminó sus pasos hacia la puerta. Debía ver como estaba su hermano y asegurase de que al menos estuviese mejor que ella.

Salió de la habitación con un ninja, sin hacer ruido alguno y con una lentitud asesina, estaba cerrando la puerta cuando decidió echarse para atrás unos cuantos pasos y así lograr su objetivo, pero su parte lumbar chocó con algo que era demasiado suave y que no se movía de su lugar. Su semblante palideció a pesar de que su rostro seguía intocable, con cuidado se irguió separándose de la persona que estaba detrás de ella, no necesitaba virar el rostro para saber que un par de ojos azules la miraban con desaprobación acompañados de unos verdes que también estaban enojados, pero no tanto como los de la morena. Suspiró y, con el valor que la caracterizaba, giró sobre sus talones haciendo bailar la hermosa trenza con la que domaba aquella melena ondulada que había heredado de la ingeniero y se topó con sus madres quienes no se veían para nada alegres. No tuvieron que decir palabra alguna, ya sabía lo que dirían con solo percibir esas expresiones en sus rostros: «No hables, que eso lo harás después cuando llegamos a casa, Yasuko. Vamos por tu hermano y nos volvemos», se decía a sí misma la maestra fuego viendo como sus madres tomaban la delantera y se dirigían al cuarto continuo para esperar la salida de Tonraq quien de seguro aún estaba luchando con su ropa para poder salir vestido y no en ropa interior. No es que les molestara el clima, ellos habían nacido y parcialmente crecido en la Tribu Agua del Sur, así que estaban acostumbrados a las brisas fuertes, pero también tenían algo de decencia y dudaba que su hermano, a pesar de ser una persona muy relajada, fuese en trapos menores por allí, Tonraq podía ser lo que quisieran, pero era todo un caballero de alta sociedad -cuando le convenía-.

Una vez el maestro agua salió de la habitación de curación, la familia Avatar se dirigió a su hogar en compañía de los primeros rayos del sol. El paso del tiempo le fue imperceptible al ser capaz de controlar los cuatro elementos, a su esposa y a sus hijos, pues tanto ella como su hermosa ingeniero tuvieron que permanecer encerradas en un cuarto discutiendo los preparativos que debían hacerse y sus niños en unas pequeñas habitaciones siendo curados de los maltratos recibidos. Conforme el astro rey subía, la temperatura lo hacía a su par tratando de competir entre ellos mismo con el afán de ver quién alcanzaba su punto máximo, el viento dejó de silbar dando como anunciado de manera oficial que el día había llegado dejando atrás las tinieblas de la noche junto con su brisas y su hermosa princesa que la gobernaba.

Una vez el maestro agua salió de la habitación de curación, la familia Avatar se dirigió a su hogar en compañía de los primeros rayos del sol. El paso del tiempo le fue imperceptible al ser capaz de controlar los cuatro elementos, a su esposa y a sus hijos, pues tanto ella como su hermosa ingeniero tuvieron que permanecer encerradas en un cuarto discutiendo los preparativos que debían hacerse y sus niños en unas pequeñas habitaciones siendo curados de los maltratos recibidos. Conforme el astro rey subía, la temperatura lo hacía a su par tratando de competir entre ellos mismo con el afán de ver quién alcanzaba su punto máximo, el viento dejó de silbar dando como anunciado de manera oficial que el día había llegado dejando atrás las tinieblas de la noche junto con su brisas y su hermosa princesa que la gobernaba. Apenas llegaron a su hogar, las matriarcas guiaron a sus hijos hasta la sala del comedor, una habitación amplia con una mesa pequeña, similar a la que tenían en la Tribu Agua del Sur. Korra ocupó el asiento de la cabecera, dónde ya era su lugar de costumbre y, Asami, haciendo el papel de buena esposa tomó asiento a su lado derecho dejando como a sus hijos los dos únicos asientos que quedaban disponible. Tonraq enseguida se sentó junto a la ingeniero obligado a su hermana mayor a sentarse junto a la Avatar.

— ¿Y bien? ¿Tienen algo que decir respecto a lo que pasó hoy? — Habló la morena con severidad mirando a sus dos hijos.

— Yo... Ma'... verás... — Inició a Tonraq nervioso. — Yas y yo...

— Todo fue mi culpa. — Interrumpió la mayor. — Yo le pedí a Tonraq que me acompañara a ir a buscar a los traidores. Solo íbamos a llegar, darles un escarmiento a los traidores e irnos. Pero nos atacaron y...

— Yasuko, ¿sabes el peligro que pudieron correr? Es tu deber proteger a tu hermano menor, no exponerlo. ¡Por dios, ya tienes diecisiete años! — Gritaba la Avatar empezando a cegarse por su enojo. — ¡¿Podrías usar esa brillante mente tuya para pensar?!

— ¡Korra! — Llamó Asami a su esposa con seriedad.

La morena iba a contestar a aquel gritillo que su esposa le dio, pero cuando sus ojos azules se posaron en los verdes de su esposa se topó con una mirada reprochante y ceñuda, de manera instintiva viró su rostro en dirección a sus hijos. Tonraq trataba de evadir la mirada celeste de la Avatar mientras que Yasuko solamente se limitaba a agachar la cabeza en señal de rendición. Korra bufó y trató de tranquilizarse recordando que gracias a sus pequeños ahora ellas sabían de los planes que Akumi tenía, además de tener en su posesión las nuevas armas que el grupo de infiltrados había creado.

— Creo que Yasuko y Tonraq aprendieron su lección hoy, ¿no es así? — Siguió hablando Asami con un tono más dulce, sus hijos solo se limitaron a asentir con lentitud evitando cualquier movimiento brusco.

— De acuerdo, váyanse a su habitación y duerman un poco, apenas su madre y yo terminemos de arreglar unos cuantos papeles aquí no dirigiremos a Ciudad República. — Ordenó la Avatar con tranquilidad. — Y den gracias que los vamos a llevar y no a dejarlos aquí a cargo de la evacuación después de su conducta demostrada hoy.

Yasuko y Tonraq volvieron a afirmar con la cabeza y, posteriormente, se retiraron de la habitación como un perro-oso polar con la cola entre las patas, quizá la charla no había sido la más severa que habían tenido, pero ese factor fue el que más les dolió a los hermanos, sobre todo a la mayor de ellos. Korra y Asami vieron con pesar como sus hijos se retiraban con los ánimos por los suelos y suprimieron todo impulso maternal por ir a con ellos y acogerlos entre sus brazos y reconfórtalos susurrándoles palabas de aliento y excusando sus actos. Pero sabían que no debían hacer tal cosas, esa sería una lección que ambos debían aprender y no había mejor castigo que el sabor de su propia culpabilidad, al no darles un regaño tan severo -gracias a la intervención de la ingeniero-, podían hacer que aquella sensación de saber que hicieron algo mal se apoderara de ellos y así, jamás volver a cometer el mismo error que antes. Muchas veces los propios demonios eran los mejores remedios para corregir tu ser, y tanto la Avatar como la CEO de Industrias Futuro sabían de aquello.

Las cosas habían pasado de una manera demasiado rápida, hace apenas unas horas ellas estaban en el palacio de la Nación del Fuego dando las últimas órdenes y, ahora, se encontraban preparando todo para el viaje de regreso a Ciudad República. Asami revisaba los motores de su fiel aeronave que tantos años estuvo con ella y su familia llegando a tal punto que sus hijos llegaron a relacionar aquel dirigible con el logo de su familia como su hogar. Aquel gran armatoste metálico tenía tantos recuerdos guardados celosamente entre sus frías paredes color platino, ¿cuántos secretos no habría guardado en su interior? A la mente de la ingeniero llegaron recuerdos de cuando Tonraq y Yasuko tenían aproximadamente doce años y corrían de un lugar para el otro con una sonrisa inocente en sus rostros cuando era la hora de dormir y ninguno de los dos deseaba acostarse aún. O cuando la Avatar y ella compartían algún momento de intimidad justamente ahí dónde estaba parada, pues el ruido estrepitoso de los motores y la caldera ocultaba sus propios gritos de placer que su morena le causaba cada vez que la lograba acorralar en ese lugar sabiendo de antemano que a sus dos niños les aterraba estar en aquella recamara llena de tubos cantantes y de engranajes chillantes. Tantas cosas que en su momento le fueron palpables ahora se limitaban simples memorias que le hacían sonreír como estúpida mientras ajustaba una tuerca suelta. Ya todo revisado y probado a manos de la ingeniero, llamó a su familia para que se acomodaran y el viaje empezara.

El viaje hacia Ciudad República fue agradable, la tensión que la familia de la Avatar tenía no duró ni veinticuatro horas, todo aquello se resolvió con un abrazo grupal, literalmente, puesto que la morena de ojos azules era demasiado débil y no soportó ver más de tres horas a sus hijos en un estado depresivo sin acudir a ellos dándoles un confortante abrazo, cosa que secundó su esposa terminando todos en la habitación de la mayor de sus pequeños compartiendo un lindo momento familiar. Korra y su familia pasaron momentos de mucha calma en su trayecto a la Ciudad de las Naciones Unidas, la morena y la CEO de Industrias Futuros tuvieron al fin la oportunidad de entrenar con sus hijos después de mucho tiempo sin hacerlo. Una guerra no solo tomaba vidas, sino que momentos importantes de uno mismo. Rieron bajo las nubes blancas y esponjosas recordando viejas anécdotas de cuando viajaban por todo el mundo acompañando a la Avatar en su misión de traer paz y balance. Asami se enfrentó a sus pequeños en un juego de Pai-Sho que duró más de dos horas dado como ganadora a la ingeniero quien no por nada había sido la única capaz de competir con el mismo general Iroh. Y, el momento más especial vivido en ese viaje de dos días, fue la pequeña fiesta en honor al aniversario número catorce de la unión marital entre la Avatar Korra y la CEO Asami Sato. No fue nada glamuroso ni ostentosos, peor si muy conmovedor ya que sus hijos se encargaron de todo por ese día. Yasuko demostró que, a pesar de ser una maestra en la lucha, la cocina no se le daba y, por otro lado, Tonraq probó que no solamente era bueno en asuntos mecánicos y espirituales, sino que la decoración se le daba bastante bien.

La noche del primer día de viaje ya estaba cayendo, cuando el sol saliera de nuevo por el horizonte sería cuando llegaran a Ciudad República. La Avatar miraba absorta las hermosas estrellas que empezaban a aparecer en el basto y hermoso cielo nocturno, eran simplemente bellas. Cerró los ojos y dejó que la brisa le rozara como las manos de su esposa lo hacía cada vez que volvían a encender la llama de la pasión que jamás se había apagado o disminuido entre ellas, dejó escapar el aliento que tenía retenido en sus pulmones, a pesar de que esas horas compartidas con su familia le reconfortaban bastante, su mente no dejaba de ser perturbada por la idea de que cuando llegaran a su destino les esperaba mucho trabajo y una lucha que definiría al fin al ganador de aquella disputa que se había extendido por tantos años. ¿Estaba haciendo un buen trabajo como Avatar? Había pasado mucho tiempo hablando con Aang los primeros meses en los cuales ella al fin había tomado "un bando" y, de cierta forma, le apaciguaba bastante que su vida pasada y padre de su mentor apoyara aquella decisión que con cierto temor había tomado. Ella era la Avatar, un ser neutral, no la líder del bando "contrario", si no fuera porque el que alguna vez fue el último maestro del aire le explicó que, en su tiempo, él también había llegado a ser el líder del movimiento que iba contra la Nación del Fuego (en aquel tiempo mala), no sabría si habría podido superar tantas críticas a su persona cuando todo esa oscuridad invadió el mundo. Estaba tan absorta en aquel mar de ideas que, al pudo percibir una mano cálida sobre la suya, dio un pequeño saltito ocasionado por el susto inicial, pero luego sonrió al toparse con aquellos ojos verdes que siempre veía antes de irse a conciliar el sueño y volverlos a encontrar en éstos.

— ¿Cómo está la cocina? — Preguntó la morena acariciando el cabello negro de aquella mujer que estaba frente a ella.

— Yas dejó un desastre, pero entre Tonraq y yo lo conseguimos limpiar. Ambos duermen en estos momentos. — Informó la ojiverde dejándose acariciar por esas manos robustas pero delicadas de color chocolate.

— Me alegro. — Musitó la Avatar dejando el cabello de su esposa para volver a colocar su mano en la barra de protección de la plataforma de la nave y dirigió de nuevo sus ojos al cielo.

— ¿Estás bien? — Escuchó preguntar a la ingeniero con tono preocupado.

— Si, solo que... — Hizo una pausa para poder pensar bien en sus palabras y no alterar tanto a su esposa. — Este día fue tan hermoso... Vi sonreír a Yas, Tonraq y a ti de una manera no lo hacíamos hacía bastante tiempo. Dejamos atrás los problemas de esta estúpida guerra y, ahora... cuando el sol salga... estas horas van a ser como si nunca hubiesen existido de nuevo.

— Korra... — Susurró la mecánica percibiendo como unos brazos la rodeaban y una cabeza se ocultaba en su cuello.

— Cuando todo esto acabe, quiero volver a la Tribu Agua del Sur... quiero pasar un tiempo a solas con los niños y contigo como antes. — Confesó la morena.

— Y lo haremos, pero primero debemos acabar con esta guerra. — Le trató de animar su esposa.

— ¿Y si no la acabo? ¿Y si esto sigue y sigue? ¿Y si no logró acabar la guerra? — Asami solo pudo alzar el rostro de su esposa y acallar su palabrería uniendo sus labios con los suyos propios en un delicado beso.

— Korra, la vas a acabar, estaré ahí para ti en ese momento. Eres el Avatar, el mejor que ha existido y eres más poderosa que cualquiera que haya vivido. Lo lograrás y serás la ganadora. — Aquellas palabras llegaron dentro del ser que dominaba los cuatro elementos y una sonrisa se pintó en su rostro.

— Gracias, Asami... Siempre sabes que decir. — Le dijo Korra a su ingeniero robándole un beso.

— Solo digo lo que creo de ti, eres asombrosa, Korra, jamás lo olvides. — Le contestó la CEO dejándose hacer de nuevo, se había vuelto una mimada después de tantos años con la morena.

La morena sonrió al ver la sumisión de su esposa ante sus carisias, «Si tan solo fuera así siempre, quizá ya no tendría que lavar los platos después de cenar», se dijo a sí misma la Avatar siguiendo con aquel tacto sutil y delicado. La ojiazul pasó de estar acariciando los delicados pómulos de su mujer a rozar con la yema de sus dedos sus labios, sus achocolatadas falanges pasaron a su barbilla y recorrieron esos menudos hombros imaginando que con tan solo ese sencillo acto la ropa de su pareja desaparecía dejando expuesta su blanquecina piel que con los años no había sufrido cambio alguno; con cuidado escabulló su mano por detrás de la CEO teniendo total contacto con la espalda de la ingeniero quien al sentir aquel tacto se estremeció dejando salir de sus labios un ligero suspiro. Aquel bello sonido acarició el tímpano de la maestra plurielemental como ella misma lo estaba haciendo con su amante. No podía esperar más. Tomó con fuerza las **anchas caderas de su hermosa mujer de ojos color verde y unió sus labios en un desesperado beso que desde el primer instante que ambas pieles tuvieron contacto pedían con urgencia y desesperación. Quería sentir esos labios rojizos como la sangre sobre los suyos, saborear el exquisito sabor a té de jazmín que Asami desprendía, percibir su textura con su lengua y dientes si eso era posible. Por Raava. La amaba. La adoraba y, a pesar de no ser el momento ni las circunstancias. La deseaba. Su morena tez gritaba ser fusionada con la nívea de la ingeniero y volver a ser un solo ser como en aquellas noches cuando nada las perturbaba, no tenían preocupaciones. Como cuando eran felices.

La luz se colaba por las cortinas rojas que trataban de impedir que los potentes rayos del sol entraran en la habitación de la pareja casada, lo primero que tocaron los incorpóreos brazos del astro rey amarillo fueron los dormidos parpados de una mujer morena de larga cabellera que entre sus brazos mantenía aprisionado un cuerpo femenino notoriamente más alto que ella. Refunfuñó entre sueños quejándose de la repentina iluminación que irrumpía su sueño que como protagonista tenía a la misma mecánica que en esos instantes tenía retenida con el único afán de que no le dejara, podía parecer algo estúpido, pero aquel miedo de que la ingeniero Asami Sato conociera a alguien más seguía presente en su mente desde el incidente de Yuko. Con pereza ocultó su rostro entre la sedosa y negra cabellera de la CEO quien permanecía impasible ante la llegada del nuevo amanecer que se estaba desarrollando fuera de su habitación en la cual aún predominaba la penumbra. En el piso se podían ver las ropas que en la noche cargaban ambas mujeres, arrugadas, empapadas de sudor y una que otra rota por el frenesí que de seguro la Avatar y la mujer de ojos verdes experimentó. No supieron como de estar en la terraza de la hermosa aeronave de Industrias Futuro acabaron en la habitación que ellas dos compartían activando la insonoración de la recamara y concluyendo esa sesión de besos y caricias desenfrenadas en un acto tan carnal y mortal que solamente la pareja del Avatar era capaz de creer que el ser capaz de controlar los cuatro elementos y traer paz al mundo podía ser tan pasional como un humano normal.

Asami abrió los ojos de poco a poco, su organismo ya le estaba pidiendo su té matutino para poder empezar el día como era debido. Con cuidado se incorporó y se estrujó los ojos quitándose las lagañas y se estiró cual perro-oso polar para quitarle lo entumido a su cuerpo. Estaba a punto de salir de entre sus sabanas cuando se percató del brazo moreno que la mantenía aprisionada, recorrió aquella bella extremidad hasta toparse con una hermosa mujer de tez tostada y cabellera larga castaña quien seguía durmiendo plácidamente. Una curva se dibujó en su boca que aún seguían manchados con labial y, sin contenerse, se inclinó para poder besar esos delicados labios que con tanta pasión poseyó y mordió cuando la luna estaba en su punto máximo. Esa mujer le encantaba. ¿Quién diría que esa morena que dormía con una cara angelical era un demonio cuando se trataba de complacerla? Aún podía sentir su fuerte tacto sobre ella, los suspiros y gemidos que le robó esa noche fueron incontables y las heridas que la Avatar portaba en sus hombros y espalda delataban lo buena que era en su trabajo como amante, y eso era sin necesidad de activar el estado avatar que, para fortuna o desgracia de Asami, había logrado experimentar en más de una ocasión y, cuando ocurría, era incapaz de mover ni un solo músculo por un buen periodo de tiempo debido a la gran exigencia que tenía su amante al entrar en ese modo de "autoprotección".

Al sentir unos labios sobre los suyos no tardó ni una milésima de segundo el reconocer de quienes eran aquellas delicias que en ese instante tenía el placer de saborear, hasta dormida podría reconocer el sabor de los labios de Asami. No hizo nada, solo se dejó llevar por las caricias que en esos instantes su esposa compartía con ella, por un instante en lo más profundo de su mente, le rogó a Raava que aquel momento jamás acabase, que el tiempo mismo se congelara en esa escena y que las sensaciones fuera eternas. Pero sabía que no podía ser, que debía pararse y volver a ser el Avatar Korra y no solamente Korra, pero en esos instantes nada de lo que pensaba importaba mucho, lo único en lo que lograba enfocar todos sus pensamientos era en la ingeniero quien le estaba dando el típico beso de buenos días. Era tan dulce, tan atenta. De manera inconsciente tomó a la mujer quien le besaba y la colocó sobre ella solo para poder tener total acceso a su tersa piel de nuevo, las caricias que habían compartido esa misma noche seguían impregnadas en su piel y le quemaban como fuego al rojo vivo. «¿Sería muy malo hacer una segunda ronda?», pensó la Avatar acariciando la espalda desnuda de la CEO quien estaba a punto de perder la poca cordura que le quedaba, la morena lograba hacer añicos su auto-control con solo acariciarla de esa forma tan sutil y delicada. Korra podía tener un aspecto rudo, varonil a veces, pero era todo lo contrario. Era dulce, la trataba como su diosa, como si fuera del material más frágil y aquellos contrastes de la morena le encantaban a Asami, jamás le dejaba de sorprender.

— Buenos días... — Suspiró la ingeniero contra los labios de la morena con un tono sugerente y dulce a la vez.

— Yo diría que son excelentes. — Ronroneó la morena con una sonrisa.

— ¿Lista para el día de hoy? — Preguntó la ingeniero levantándose un poco para lograr divisar esos hermosos ojos azules que tanto le gustaban.

— Si estás a mi lado, estaré lista para enfrentar lo que sea. — Soltó dulcemente la Avatar entre pequeñas risitas.

La pareja se miró un rato, les esperaba un día bastante largo por delante. Tenían que ver si la evacuación había sido efectuada correctamente y verificar que las tropas estuviesen listas para recibir un ataque inminente y además preparar la estrategia en caso de que el plan que en esos momentos tenían saliera mal. Así que, sin quererlo mucho, rompieron el contacto visual y se pararon de su hermoso lecho hecho un caos total y se metieron a la ducha para limpiarse y poder salir, que sus hijos ya tuviesen cierta edad les hacía más difícil ocultar el hecho de las cosas que hacían, así que entre menos pruebas dejasen a su alcance, mejor para ellas. Ya las habían pillado una vez con las "manos en la masa" y fue uno de los momentos más vergonzosos de sus vidas, solo agradecían que Yasuko y Tonraq solo tuviesen un añito de edad y que las luces estuviesen apagadas, *tuvieron que mentirles diciendo que la ingeniero y la Avatar estaban jugando al caballito para que los niños no les hicieran preguntas que no estaban dispuestas a contestar.

Una enorme nave impulsada por hélices descendía en los jardines de la hermosa Isla del Templo Aire, hacía tanto la pareja no pisaba aquel lugar, y menos desde que la guerra había empezado. Tenzin junto con su familia se habían mudado "temporalmente" a la Tribu Agua del Sur para cuidar a la gran maestra Katara cuya salud empeoraba con cada día que pasaba dejando abandonado aquel sitio que ahora sería convertido en la base de operaciones de la Avatar y su familia. Apenas el dirigible de Industrias Futuro se afianzó en tierra con amarras metálicas cortesía de la maestra de los cuatro elementos, todos los miembros de los Sato bajaron sus pertenencias de la máquina voladora y las colocaron en las habitaciones que ocuparían mientras estuviesen ahí. Tonraq eligió la habitación que antes le pertenecía a su tío Bolin por ser la más cercana a la cocina. Yasuko se conformó con la recamara que antes usaba Asami y, la pareja, eligió el cuarto que le perteneció y seguía perteneciendo a la morena. Nada había cambiado, la misma ventana al mar, los muebles seguían en su lugar al igual que la cama que sufrió en más una ocasión por su culpa, inclusive el techo seguía teniendo la misma marca de negra que Korra le había provocado cuando experimentó por primera vez los placeres de la vida a manos de su novia. Tantas memorias guardadas en tan solo cuatro paredes, pero no era momento para pensar en los ayeres, estaban ahí por una guerra.

Una vez instalados, la familia de la Avatar se dirigió directo al palacio de gobierno para poder hablar con el presidente que estaba a cargo. Estaban en la orilla de la Isla cuando se percataron que el Ferri que supuestamente no debía estar activo debido a la evacuación de la Ciudad llegaba a la orilla como todos los días, aquello extrañó tanto a Korra como Asami, pues desde que descubrieron lo del ataque habían mandado una carta con instrucciones más que precisas que exigían la inmediata evacuación de la República de las Naciones Unidas al igual que el preparamiento de su ejército. Al llegar a la urbe los rostros de los Sato se quedaron desencajados al a toda la gente ir y venir en como si fuera un día normal. «¿Qué demonios está pasando aquí?», se preguntaba constantemente la morena mientras caminaba por las aglomeradas calles de la metrópolis tratando de esquivar ciudadanos, la razón por la cual Ciudad República era un blanco muy deseado era por tener a la mayor concentración de civiles y, por lo tanto, menos riesgo de una confrontación armada si se daba el dichoso ataque. Decir que Korra estaba molesta era poco, pues ella había dado una orden directa que al aparecer fue ignorada por completo o no efectuada, y que la carta que ella mandó hace más de dos días se perdiese tenía una probabilidad realmente baja. A menos que hubiese otro traidor entre sus filas, aunque no creía aquello debido a que los que capturaron soltaron toda la información tenida.

Después de una larga, agotadora y estresante caminata, al fin la familia Avatar llegó al hermoso edificio de gobierno cuya reconstrucción corrió a manos de nada más y nada menos que de Varrick. Aquella estructura metálica tenía una forma para nada convencional como la misma mente que lo había concebido. No era rectangular como los edificios comunes, sino tenía una forma redonda y se alzaba imponente terminado en punta, algo insólito a la vista pero muy llamativo y eficaz como todos los inventos de Black-Ston. Las paredes metálicas de dicha estructura eran de un color plateado y sus ventanas lo rodeaban por completo como si tuviese miles y miles de ojos que observasen a cada ciudadano que transitasen por ese lugar. Una enorme puerta doble de platino color dorado condecorado con los cuatro escudos de las naciones era la única puerta de acceso que poseía aquel edificio dónde se encontraba el actual presidente: Kito, un hombre de tez morena, ojos verdes, cabello castaño atado en una coleta, cálida sonrisa y no mucho mayor que Mako crecido en la capital, más específicamente en la parte pobre que escapó de ahí cuando Zaheer tiró los muros que separan al pueblo con la capacidad social y aristócrata de Korra, por eso había sido elegido como presidente después de que a Kazuki se le acabara su lapsus con el poder siendo ganador prácticamente unánime en el conteo de votos.

Korra entró junto con su familia al peculiar edificio y saludó amablemente a la secretaria mientras le informaba acerca de lo que hacía en ese lugar, la joven mujer apenas ver a la persona quien estaba frente a ella no dudó ni un segundo en darles total libertad al ascensor que daba justamente a la oficina del presídete. La Avatar agradeció la atención y le pidió a sus hijos que se quedaran abajo esperándolas, pues aquello era una conferencia privada, además de que si llegaban los cuatro podrían intimidar al pobre de Kito. Puede que sea un prescindente de mano dura con los servicios públicos, pero cuando era rodeado de gente muy importante o con un título más allá de lo gubernamental, podía asustarse bastante dejando relucir su verdadera personalidad. Así que, despidiéndose de sus pequeños, la maestra agua y su esposa se encaminaron al armatoste metálico que las llevaría a su destino y, antes de que las puertas se cerraran, Korra le hizo una advertencia a Tonraq de que cuando regresara no quería verlo enrollado o cortejando a alguna señorita del recinto. Su hijo menor tenía una debilidad abismal por las féminas de cualquier estirpe mientras a él le pareciese abstractiva e interesante, así que era mejor mantenerlo a raya y para eso tenía a Yasuko, aunque una advertencia de vez en cuando no le estaba mal al menor de los hermanos.

El viaje en el elevador fue tranquilo, la pareja aprovechó esos momentos de soledad para poder dialogar acerca de lo que habían visto en su llegada, sobre todo por la gran cantidad de civiles que había aun en la ciudad. Una vez ya alcanzado el piso deseado, Korra y Asami se encaminaron a la oficina de Kito. Tuvieron que atravesar todo un pasillo adornado con una alfombra roja y custodiado por estatuas de ojos vacíos y de grisácea tez que lograban incomodar bastante a cualquiera que se atreviese a andar por ahí con menos claridad o sin él aparo del sol, en ese instante la pareja se interrogó severamente como era que Varrick no había logrado traumatizar de por vida a alguno de sus cuatro hijos, de seguro ahí algo tenía que ver su dulce esposa Zhu-Li, porque de lo contrario, esos niños hubiesen un severo problema con tantas peculiaridades por parte de su progenitor. A su lado derecho podían ver ventanas cuadradas con persianas rojas abiertas que les permitían una vista excepcional de toda la cuidad. Si tan solo ese corredor careciera de esos guardias hechos de roca la transición del elevador a la oficina del presidente sería más que apacible. Llegaron hasta las hermosas puertas de madera que limitaban el pasillo y daban el inicio a la sala presidencial. La Avatar tomó aire y golpeó la delicada madera con sus nudillos.

— Adelante. — Se escuchó una voz grave venir del interior.

La morena tomó uno de los picaportes en forma de "s" que tenía la puerta y empujó con la suficiente fuerza para abrirla dejando a relucir su interior. La oficina del presidente no era tan amplia como la de Asami, al contrario, quizá era de la mitad de su tamaño, pero tenía el suficiente espacio como para que el líder de la República de Naciones Unidas pudiese trabajar con comodidad. En las paredes de los costados se encontraban dos libreros repletos de documentos, de seguro archivos de la ciudad o algo similar, el piso estaba recubierto de la misma alfombra roja que tenía el pasillo dando a entender que era la continuación de éste, enfrente de a la se podía ver un escritorio con dos sillas viradas en dirección a un hombre que sentado detrás de éste ya entrado en años que sostenía una hoja frente a sus ojos.

— Presidente Kito. — Habló finalmente la Avatar. — Deseamos hablar con usted.

El hombre de inmediato apartó la vista del documento y fijó sus orbes olivo en los zafiro de la Avatar. No tardó ni dos segundos en pararse e ir a recibir a la pareja como si fueran viejas amigas a pesar de solo mantener un contacto puramente profesional.

— ¡Oh, pero si es la Avatar Korra y su adorable esposa, Asami Sato! — Saludó Kito mientras le daba la mano a la pareja. — Por favor, por favor, siéntense.

Ofreció el presidente mientras guiaban a la maestra de los cuatro elementos y a la ingeniero hasta su escritorio donde les ofreció caballerosamente que tomaran asiento en las sillas que estaban frente a él mientras que él ocupaba su respectivo asiento.

— ¿A qué se debe su visita? — Se interesó Kito prestando su total atención a sus invitadas.

— ¿Por qué aún hay civiles en la ciudad? — Lanzó Korra directamente confundiendo a Kito.

— ¿A qué se refiere, Avatar Korra? — Respondió obviamente atontado al presidente.

— Déjeme explicarle. — Intervino Asami con sutileza. — Verá, ayer por la noche la Avatar Korra y yo con ayuda de nuestros hijos descubrimos que mañana hay un ataque planeado por parte de "Las Fuerzas del Mañana". Apenas supimos la noticia lo informamos y mandamos una carta solicitando de manera oficial la evacuación total de la ciudad y la preparación de las Fuerzas Unidas.

— ¿Ataque? ¿Carta? — Repitió Kito asombrado. — Con todo respeto, a mí no me han hecho llegar migues carta con tal información.

— ¿A qué se refiere? — Se interesó Korra frunciendo el ceño.

— La última carta que recibimos de su parte fue el de la liberación total de la capital y que permitiésemos a los habitantes refugiados pertenecientes a Ban Sin Se regresar a su hogar. — Explicó Kito nervioso debido a las declaraciones antes dichas por la Avatar.

— ¿Me permitirá hacer una llamada rápida? — Preguntó la morena viendo al teléfono. — Debo informar de esto a la Señora del Fuego Izumi.

— Por supuesto. — Accedió el presiente cediendo su teléfono a la ojiazul.

Korra cogió el teléfono y marcó los números que Asami le decía para poder comunicarse con la hija de Lord Zuko. Después de una breve charla donde descubrió que, al parecer, el mensajero se había perdido gracias a una lluvia torrencial, colgó el aparato y regresó su atención a la charla inconclusa.

— ¿Y bien? — Inquirió Kito deseoso de saber lo que pasaba.

— El mensajero se perdió en el mar, lo más probable es que esté navegando en algún lugar en el Sur. — Bufó cansada la Avatar. — Debemos evacuar la ciudad de inmediato, presiente Kito.

— Lo sé, pero todos no tengo a todos mis oficiales, algún están en la frontera y otros ocupan cargos en el ejército. — Comentó el hombre de ojos verdes mientras miraba a su escritorio en señal de preocupación.

— No se apure, denos a los que tengan, quedaran a cargo de mi hija y mi hijo. — Aseguró Korra segura que sí.

— ¿Está de acuerdo con ellos? — Preguntó incrédulo el líder de Ciudad República. — Sus hijos son los únicos maestros capaces de controlar dos elementos a la vez, ¿no serán más eficaces a hora de la batalla?

— Por eso mismo, deben proteger a los civiles. — Argumentó la Avatar. — Dejándolos a ellos con los ciudadanos se sentirán protegidos, como si una parte de mi estuviese con ellos.

— Entiendo su punto. — Captó Kito. — Pero aun así...

— Presidente. — Irrumpió Asami. — Mis hijos son capaces de hacer esto y los dejamos al cuidado de todo un poblado porque sabemos de sus capacidades. Mientras Korra y yo estamos al frente, ellos están ahí con su gente cuidándolos y protegiéndolos. Es un trato justo por donde lo vea.

— De acuerdo. — Terminó aceptado el hombre de cabello largo. — Ahora mismo les proporciono a los policías.

— Perfecto, mientras tanto Asami y yo alistaremos a las Fuerzas Unidas. — Anunció la Avatar parándose de su lugar y dándole la mano al presidente. — Le prometo que todo esto saldrá bien.

Una vez dicho eso, la Avatar y su esposa abandonaron el lugar, no habían errado al pensar que ese día sería largo, pero jamás pensaron cuan tedioso seria en realidad. No solo ahora debían organizar un ejército, sino que también tenían que ver lo de la evacuación, darles a sus hijos las instrucciones a seguir para hacerlo de una manera rápida y ágil, convencer a los ciudadanos de abandonar sus hogares -de nuevo-, estar pendientes de cualquier actividad sospechosa fuera de las fronteras de la ciudad, verificar el material contra armas de fuego, cerciorarse de que sus Yasuko y Tonraq cumplieran bien su labor y que la maestra fuego no perdiera los estribos. Después de eso regresar con Kito para exponerles los avances y acordar el lugar en donde él se escondería, pues no podía dejar su lugar por si Akumi deseara negociar la rendición voluntaria (cosa que solía hacer, ya que esa fue la forma en la que se adueñó de la Tribu Agua del Norte) y luego comunicarse con sus compañeros para ver cómo se desarrollaba todo en las demás naciones quienes también estaban amenazadas. En fin, demasiadas cosas para hacer y sólo tenían ese día para cumplirlas todas puesto que, cuando el sol volviera a salir, ya tendrían al ejército de Akumi en la puerta y no necesariamente la tocaría con educación, sino que la derrumbaría para hacer notar su presencia en el lugar.

- o - o - o - o - o - o - o - o -

La noche era abrumadora y con un cielo despejado que solo causaba más intranquilidad, puesto que aquello era solo un mal augurio de lo que se aventaba. Gente corría de un lugar para otro abordando trenes y barcos, de arremolinaba y se estrujaban unos contra otros con el simple afán de poder entrar en algún medio de transporte, ya fuese marítimo o terrestre, y ponerse a salvo, la experiencia de los Ciudadanos de la República de Naciones Unidas con los enfrentamientos armados no era buena, así que lo mejor sería abandonar el lugar lo antes posible. La evacuación resultó ser más complicado de lo que había pensado inicialmente la Avatar, principalmente porque solo contaban con cinco policías y sus hijo para controlar a más de medio millar de persona alteradas en vez de todos los ayudantes y la armada de los agentes de la ley, y era comprensible tal alboroto, todos querían salir de Ciudad República y los medios no eran suficientes. Algunos niños lloraban sacando de quicio a la hija menor de Korra que en más de una ocasión recibió un regaño por parte de alguna de sus madres por su actuar tan arisco con las masas, Yasuko era buena en la pelea, pero no en sus relaciones sociales, para eso, según ella, tenía a Tonraq, quien era el más amable y solicitado principalmente por las chicas y alguno que otro joven. A la mayor de los Sato no le gustaba estar en ese lugar, había tratado de negociar con su madre, pero había sido inútil.

Después de que la mayoría de los habitantes de la Ciudad fueron evacuados de la misma a lugares más seguros o lejanos dónde el estruendo de una guerra armada no los alcanzase, al fin la Avatar y su familia regresó exhausta a la Isla del Templo del Aire que en esos momentos ocupaban como su guarida en la espalda del magnífico dragón de la CEO, Ryou. Apenas los hermanos Sato acariciaron con sus pies la madera café y suave de sus habitaciones respectivamente, el cansancio cayó sobre sus hombros tensando todos sus músculos, como pudieron se arrastraron a sus camas y cayeron como sacos de papas provocando un sonido mudo al estrellar sus cuerpos en el colchón. Korra solamente se quitó parte de su armadura, esperó a que Asami terminara de ponerse su bello camisón de seda rosa para abrazarla como su almohada y al fin dejarse caer ante el sueño.

El sol reinaba en cielo, ninguna nube se podía ver en el cielo, como si ellas supieran acerca del evento del que iban a llevarse a cabo en ese lugar. Un enorme ejército confirmado por maestros y no maestros esperaban impacientes a sus enemigos, la tensión se sentía en todos los lugares al igual y los nervios estaban a flor de piel. Al frente de ellos se encontraba la Avatar con el ceño fruncido, antes de estar en ese lugar había tenido una pequeña riña con sus hijos. Sus puños estaban cerrados y eso no pasó desapercibido por su esposa quien había sido testigo de la disputa entre la mayor de los gemelos Sato y la morena que era capaz de controlar los cuatro elementos, sintió una presión en su corazón por aquello, estaban a nada de ir a pelear con uno de los que podrían entrar en la lista de los mayores enemigos de la Avatar y ella de seguro solo pensaba en las palabras que la maestra fuego le había dicho antes de dejarla atrás junto con el resto de la población. Sabía que Yasuko era una chica fuerte cuyo potencial estaba en el campo de batalla protegiendo a los demás, no cuidando de éstos cual niñera, pero en esos momentos estaba mejor allí y que junto a ellas. Ambas lo sabían.

— ¿Por qué no puedo ir con ustedes? — Cuestionaba Yasuko con un tono serio exigente. — He estado peleado a su lado desde que tengo doce, ¿por qué me mandan a mí y a mi hermano a cuidar a un grupo de refugiados que bien podrían hallar su camino por sus propios medios?

— Yas, ya hablamos de esto. — Le respondía cansada la morena maestra agua mientras se colocaba sus ropas normales. — No vas a ir con nosotras, debes cuidar a los civiles.

— Ma', has visto mi potencial, ¿por qué me limitas a una tarea que el inútil del príncipe Wu hizo? — Preguntó la maestra fuego colocando su mano en su pecho entre gruñidos.

— ¡Yasuko! — Le reprendió Korra a su hija. — ¡Wu es un gran hombre! Quizá no cuando lo conocí, ¡pero se hizo responsable de su tarea y dio todo lo que tenía en ella!

— ¡Pero, madre! — Reprochó la joven de ojos heterocromaticos. — ¡Tonraq y yo seremos más útiles en la batalla! ¡Los agentes de policía pueden con los restantes!

— ¡He dicho que no! — Rugió la Avatar.

Korra agachó su rostro y en ese instante sintió la mano cálida de su esposa sobre la de ella. La mirada azulina se encontró con la verdosa de su mujer quien en ella reflejaba la preocupación que sentía.

— ¿Sigues pensando en lo de Yas, no? — Se interesó la CEO.

— No me gustó gritarle... — Susurró la morena mirando al horizonte. — ¿Por qué es tan necia?

— Porque es igual a ti. — Respondió la ingeniero con suavidad. — No soporta que la mantengan alejada de los lugares donde puede hacer una diferencia. Es como cuando te conocí, pero sin ser muy expresiva.

— No me gusta esa actitud de ella. — Musitó la Avatar en un suspiro. — Cuando acabemos con todo esto hablaré con Yas.

— Eso has dicho desde siempre y solo acaban ambas llorando y abrazadas. — Bromeó Asami tratando de subirle el ánimo a su esposa.

— Ángel, no me ayudas... — Sonrío levemente Korra.

— Eso te pasa por tener un corazón tan grande. — Le comentó la ingeniero.

Korra estaba a punto de contestar a aquel comentario cuando un rugido metálico azotó el ambiente. Sus ondas sonoras eran tan potentes que logró hacer temblar el piso como si un trueno hubiese caído cerca. Aquello llamó la total atención de la Avatar y la de su esposa que dirigieron sus miradas al origine del sonido.

— Creo que dejaremos esos para más tarde. — Roñó la morena frunciendo sus cejas.

— Es hora del trabajo. — A completó la CEO colocándole sus guantes eléctricos.

- o - o - o - o - o - o - o - o -

Estaba enojada, furiosa, ¿cómo es que ella, Yasuko Sato, la gran hija de la Avatar y la ingeniero Asami Sato estaba ahí diciéndole a un niño que se callara mientras que sus madres peleaban contra una oleada de enemigos? No lo sabía y eso le irritaba aún más. A diferencia de Tonraq quien disfrutaba de ayudar a las personas de manera más personal, ella no era capaz de mostrar la suficiente empatía por alguien ajeno a ella, pues, por llevar el simple título de "hija del Avatar" le solían a hacer a un lado cuando ella quería jugar con otros niños de pequeña, nunca se sintió acostada en su totalidad cuando apenas era una infante dando como resultado que en su adolescencia y, ahora, juventud, tuviera un carácter demasiado frío para con las demás personas a pesar de que ella daría todo por protegerlas así como sus progenitoras lo estaban dando en el frente de batalla. ¿Cuántos enemigos serían? ¿Usarían aquellas armas extrañas que combinaban la precisión de una pistola con la capacidad eléctrica de un guante de eléctrico de Industrias Futuro? No lo sabía y moría por averiguarlo, pero estaba atrapada abajo de la tierra tratando de hacer entrar en razón a un niño llorón cuyos padres no encontraba. «No entrené casi toda mi vida para esto...», refunfuñó la maestra fuego en su mente.

Los hermanos Sato seguían en su labor cuando un gran temblor los obligó a tomarse mutuamente de las manos para conservar su equilibrio. Algo había pasado y eso no les gustaba a ninguno de los dos. Yasuko fue la primera en salir seguida de cerca por Tonraq quien le llamaba a gritos exigiéndole que no saliera del subterráneo o, mínimo, le esperarse un poco. Apenas la alcanzó sintió como su corazón se estrujó y su respiración se detuvo por un segundo, algo en ambiente no le parecía grato, estaba muy pesado y vacío, escaso de vida alguna, tan negro como el cielo nocturno y a la vez tan claro y despejando como el mismo día soleado. Al salir de la estación de trenes que se encontraba bajo tierra el menor de los gemelos Sato pudo notar la ausencia total de espíritus al rededor y eso era más que extraño siendo que Ciudad República era la orgullosa poseedora del famoso Tercer Portal Espiritual que había en el mundo y el cual fue creado nada más y nada menos que por la misma Avatar Korra hacía ya más de quince años. Los seres incorpóreos de escasa y de escasa y muy ligera materia eran una de las cosa más que comunes en ese lugar precisamente caso ocupando el cincuenta por ciento de toda la ciudad y que el moreno mismo no siéntese nada solo lo alertó más de la cuenta. En sus años estudiando a esos seres tan alabados y misteriosos a su vez descubrió que tenían algo semejante a un sexto sentido que les permitía saber o detectar cuando cosas malas iban a ocurrir ya sea de manera natural o, en este caso, provocada por los mismos seres humanos. Sus temores se hicieron realidad cuando a lo lejos logró divisar a todo el escuadrón que había acompañado a sus madres al frente de la batalla, algo estaba pasando y él como su hermana iban a averiguar de qué se trataba.

Estaba estática. Impresionada y aterrada a su vez. ¿Qué demonios era esa *cosa que arroja balas tan grandes como un bisonte volador? Jamás había visto algo así y aquella máquina infernal le asustaba a pesar de que en su mirada solo hubiese incredulidad. Después de que escucharon el estruendo en el horizonte no divisaron ni ejército ni nada, solo un artefacto tan grande que fácilmente ocupaba de ancho y largo la misma área que toda la Isla del Templo aire. Era de un color gris oscuro semejante al granito, tenía un par de ruedas anchas que protegían sus costados con recelo y eran cubiertos por una cinta metálica que le permitía aplastar cualquier cosa que estuviese en su camino; en la parte superior tenía una pequeña cúpula con un cañón de circunferencia envidiable que era de dónde salían las gigantescas balas que la Avatar en su momento trató de detener en un intento inútil, aquellas cosas eran demasiado pesadas y rápidas para ella, a pesar de que era una maestra metal y a su vez el ser más poderoso del mundo, también era un simple mortal como todos y eso, en esa ocasión, molestó de sobremanera a Korra. Y más cuando una de esas cosas se estrelló contra la cuarta parte de su ejército haciendo relucir su poder destructivo dejando cadáveres o solo fragmentos de éstos regados por todos lados, algunos inclusive llegaron a volar por los aires tres o cuatro metros. Si le había tenido miedo al cañón de Kuvira, este lo superaba por el simple hecho de que, ahora, no iba a poder detenerlo con su simple control.

— ¡Retírense todo! — Gritaba la Avatar tratando de poder divisar a los soldados que aún se encontraban de pie. — ¡Vayan a la estación de tren y póngase a salvo!

Tan solo acabó de decir aquello la morena, se escuchó el estruendo que ahora todos reconocían como el disparar del arma, no tuvieron que pensar mucho para buscar refugio ya que con el impacto de la bala contra el suelo roco dónde estaban, miles de pequeñas piedras salían disparadas por los aires convirtiéndose en mini proyectiles que podían matarte si se estrellaban en el lugar correcto, Korra lo había visto y no deseaba que sus hombres ni su mujer sufrieran daño alguno. La maestra agua tomó a la ingeniero y ambas se ocultaron detrás de una inmensa roca siendo cubiertas por el polvo alzado por la gran bala metálica. El poder de tiro de aquel trasto gris era impresionante, pero no podía decirse lo mismo de su avance, era tan pesado que apenas podía moverse unos cuantos metros en una hora completa.

— Asami, ¿estás bien? — Preguntó notoriamente alterada la Avatar con solo la idea de que algo malo le hubiese pasado a la mujer que más amaba en el mundo.

— Estoy... — Tosió un poco la ingeniero limpiando sus fosas nasales y faringe. — Estoy bien, Korra, no te apures.

— Esa maldita de Akumi... — Gruñó la morena. — No sabíamos nada de esa cosa, no encontramos planos ni nada por el estilo en la base que saqueamos.

— Es porque esa base era de experimentación de armas pequeñas, esa cosa debió estar bajo la supervisión de la misma Akumi. — Razonó Asami asomándose por arriba de la roca para tratar de ver qué pasaba a su alrededor. — Es realmente grande, lenta y acorazada. Se parece al robot gigante de Kuvira.

— Quizá pueda entrar a ella usando metal-control... — Soltó la Avatar en un pensamiento a la ligera.

— Quizá puedas, si es que no te hace papilla de frutas primero. — Reprochó la ingeniero en el acto.

La joven de ojos azules iba a contradecir aquel argumento que le había lanzado su esposa cuando un aletear de alas enormes les obligó a mirar el cielo. Ahí, montados en Ryou, estaban Yasuko y Tonraq preparados con sus trajes de batalla. El hermoso animal de color verde no tardó nada en aterrizar con esa elegancia digna de un ser que arrojaba fuego y que de seguro había aprendido de su bellísima dueña. Los hijos del Avatar, apenas tocar tierra, bajaron apresurados y se encontraron con sus mandares quienes los veían entre confusas y enojadas, ¡¿qué rayos estaban haciendo ahí?!

— ¡Ma', mamá! — Gritaron los hermanos Sato con preocupación.

— Yas, Tonraq, ¿¡qué hacen en el frente!? Se supone que deberían estar evacuando gente. — Les reprendió la Avatar en un hilo de voz.

— Nosotros... — Iba a empezar a hablar la mayor de los hermanos cuando su vista pudo divisar el enorme aparato metálico a lo lejos. — ¿Qué demonios es eso?

— No tenemos idea, no sabíamos de eso. — Explicó la CEO con el ceño ceñido. — Pero eso no responde la pregunta de tu madre.

— Escuchamos unas explosiones a gran escala, no íbamos a dejarlas estar aquí solas si aquellos estruendos eran provocados por los enemigos. — Respondió rápidamente la maestra fuego.

— Algo no es normal aquí. — Continuó el maestro agua. — A pesar de ser una pequeña confrontación, no hay espíritu alguno en la cuidad y eso no es nada bueno.

— ¿No hay ningún espíritu en toda Ciudad República? — Interrogó incrédula Korra.

— Ni uno solo, Ma'. O bien, que yo pueda percibir. — Afirmó el moreno con seguridad.

— Es no... — Iba a decir la Avatar, pero el sonido tan característico del disparo de un arma a mayor escala se lo impidió. — ¡Corran!

Ante el grito dado por Korra, ella y su familia empezaron a avanzar tan rápido como sus piernas podían para evitar que la enorme bala metálica se estrellara contra ellos. A su alrededor salieron volando fragmentos de tierra y una gruesa capa de polvo los envolvió como cada vez que aquello ocurría. Como pudieron se refugiaron de un salto detrás de una roca saliente que un anterior disparo había provocado quedando temporalmente fuera del rango del arma, o bien, hasta que los encontrara.

— ¿Todos están bien? — Preguntó la Avatar asegurándose de que fuesen cuatro los que están allí.

— Si. — Contestó inmediatamente Asami. — Ryou percibió al peligro antes y salió volando.

— Yas, Tonraq. — Llamó la maestra agua a sus hijos. — ¿Cómo están?

— Estamos bien. — Respondieron ambos en unísono parándose y limpiándose la ropa.

— Me alegro, porque se van ahora mismo. — Sentenció la norma con firmeza.

— ¿¡Eh!? ¿¡Por qué!? — Chillaron ambos hermanos.

— ¡Cuidado! — Sobresaltó Asami a los demás mientras Korra envolvía a su familia en un protector abrazo.

Casi de inmediato otra munición pesada impactó a escasos metros de donde se encontraba la familia, sabían que no los veían aun, de lo contrario ya habrían disparado directamente en su dirección.

— ¡Este es un lugar muy peligroso! ¡Deben irse! — Bramó Korra al ver que el peligro ya había pasado.

— ¡Pero queremos estar con ustedes! ¡Somos la familia del Avatar! ¡Los mejores guerreros y maestros en el mundo! — Decía Tonraq con elocuencia y algo de agresividad.

— Podemos ayudar. — Korra solo suspiró ante las palabras de sus hijos y colocó una mano sobre cada hombro de ellos mirándolos con amor y paciencia.

— Ustedes son mis bebés, los he llevado a misiones y les he permitido estar al frente en más de una ocasión. Pero esta es diferente. — La Avatar hizo una leve pausa para tomar aire. — No quiero que les pase nada, la gente los necesita y, ahora, también los soldados que de seguro no saben a dónde deben ir para ser evacuados. Ustedes son lo más valioso que su madre me ha podios dar y no les queremos poner en un riesgo tan grande como este. Por favor, se los imploro... Váyanse.

— Ma'... — Susurraron ambos hermanos en un solo hilo de voz.

— Korra... — Musitó impresionada la ingeniero, jamás había escuchado a su esposa hablar de esa manera tan dulce y maternal.

Toda la familia se quedó estética por un segundo tratando de asimilar todos esos sentimientos que sus cuerpo estaban experimentado en ese mismo momento, Yasuko quería estar ahí con ellas, ayudarlas a defender el mundo donde vivía y en el cual había engendrado recuerdos maravillosos cuyas protagonistas en ese instante estaban frente a ella. Tonraq solo deseaba proteger a sus madres, ellas eran las dos personas más valiosas, junto con su hermana, que tenía en el mundo, daría su vida por esas mujeres que tanto amaba. Pero los hermanos sabían que de cierta forma, Korra tenía razón y, a regañadientes, los aceptaban. El sonido particular del batir de unas enormes alas llamó la atención de todos, el hermoso Ryou apareció detrás de ellos aparcando sus patas en el suelo y esperado a que sus pasajeros subiesen a su lomo. Korra vio como con algo de pesar sus hijos subían al hermoso dragón con lentitud y sin gana alguna de hacer aquello que les estaba ordenando con empeño, antes de partir, ambos voltearon a ver a sus madres con mucha pidiendo mudamente que reconsideraran aquella elección ya tomada, pero era inútil, ambos lo sabían, pero aun así lo intentaban porque los milagros existían, su misma vida era una prueba de ello.

— Asami, eso va también para ti. — Comentó la Avatar sin perder de vista a sus hijos. — No quiero que te pase nada, vuelve con los niños y póngase a salvo.

— Korra, me voy a quedar contigo. — Fulminó la ingeniero. — Ya te lo he dicho miles de veces, te juré acompañarte donde sea el día de nuestra boda y lo pienso cumplir.

Al terminar de recordarle su jurarte a su pesos, Asami se encaminó donde estaba su hermoso Ryou y no pudo evitar pensar en lo pequeño que era cuando lo había encontrado, ahora ya no podía meterlo entre sus ropas o cargarlo en su hombro como antes. Ya era todo un dragón adulto, sus colores verdosos le daban una apariencia única. Agachó su cabeza para frotarla con el rostro de la mecánica quien respondió a aquel gesto con leves caricias en la barbilla peluda del animal. Los largos y lindos bigotes de Ryou rozaban las mejillas de su dueña con tal amor y devoción que parecía increíble, como si con aquel acto él pudiese comunicarse con la persona que consideraba su madre.

— Por favor, mi pequeño dragoncito, cuida a mis hijos. — Pidió en voz baja la ingeniero deseando que nadie le escuchara y que aquellas palabras solo quedasen entre Ryou y ella. — ¡Ahora, vuela! — Ordenó la CEO.

Ryou no tardó no dos minutos en emprender vuelo dejando cada vez más lejanas las figuras de Asami y Korra quienes veían con cierta tristeza como sus hijos se alejaban de poco a poco. En un repentino acto, notaron como la mayor de sus pequeños quien dirigía al hermoso dragón giró su rostro uniendo sus ojos de color verde y azul con los de sus progenitoras quienes se preocuparon de inmediato por aquello, Yasuko no era de las personas quienes mirase atrás para dar un último análisis o algo semejante. Estaban a puro de cuestionarle a su hija que pasaba cuando ambas chicas pudieron notar como los labios de Yasuko se movían formando las palabras: "Las quiero…", provocando una sonrisa y un nudo de garganta en la Avatar y su esposa quien reprimía el llanto por aquel acto tan tierno.

— ¿Viste eso? — Preguntó anonadada la morena de ojos azules.

— Si. — Respondió la pelinegra en el mismo estado que su pareja.

— Al parecer no debemos concebir esta batalla. — Sonrío de medio lado la Avatar. — Así que, ¿cuál es el plan?

La Avatar y la ingeniero se ocultaron lo mejor que pudieron atrás de esa enorme roca adyacente del suelo maltratado por tantas explosiones y tierra control utilizado, debían estar agachadas y prácticamente inmóviles debido a la vista casi omnipotente que poseía aquella máquina infernal de tal aspecto que solamente una mente desquiciada y enferma podría alguna vez haber imaginado en alguna pesadilla antes tenida con un fondo de llamas y gritos agónicos para hacer el acompañamiento musical perfecto. La veterana pareja de mujeres no tardó mucho en concebir un plan que podría calificar como descabellado y estúpido pero que sería de gran eficacia si es que salía como ellas habían pensado. Al estar peleando contra un armatostes gigantesco de metal, Asami pensó que si la morena hacia uso de su domino con el aquella derivación de la tierra, podrían penetrar al interior del tanque y ahí i donde Akumi para acabar desde el corazón, tal y como lo habían hecho con Kuvira Pero, para lograr hacer eso, primero debían acercarse. La ingeniero, usando su cerebro a su total capacidad, ideó que acortaran distancia bajo tierra, ya que así no las verían y el enemigo pensaría que habían decidido retirarse, puesto que ahora, en esa explanada rocosa de color amarillo y piedras por donde sea, los únicos vestigios del Ejército de las Fuerzas Armadas eran ellas dos, además de que seguro habían divisado a Ryou marchándose con sus pequeños y, tanto la morena como la CEO, sabían que sus hijos eran más que parecidos a ellas.

Una vez que la Avatar aprobó el plan hecho por su esposa, empezó a golpear la tierra que estaba bajo sus pies agrietándola y, posteriormente, haciendo un agujero de un tamaño razonable para que ambas pudiesen entrar con facilidad. La oscuridad prontamente se hizo presente, ya que apenas ambas chicas pudieron empezar a caminar de merma vertical Korra tapó el único orificio que tenían por donde la luz del sol podría ayudarlas a iluminar el camino. Asami no era de las personas que le sintiese miedo a la oscuridad ni a los lugares estrechos, pero no se podía decir lo mismo de la Avatar quien sólo soportó estar bajo tierra unos cuantos minutos antes de que empezara a desesperarse por salir de ese lugar. Desde que sufrió el secuestro por Amon y había sido encerrada en es jaula, algo dentro de ella cambió, de por si jamás le había gustado estar tan limitada y después de aquella experiencia aquel malestar de volvió una fobia. Fobia que en esos momentos le provocaba que su pecho se oprimiese, y que cada vez empezara a romper piedras con mayor velocidad ignorando. Debía de allí, eso era lo que le decía su cuerpo y su mente cegándose casi por completo. El miedo cada vez era mayor al igual que la desesperación y las pequeñas convulsiones que recorrían su cuerpo. Estaba a nada de sucumbir ante él cuando una mano suave y cálida se posó en hombro. «Asami», pensó la Avatar relajando todos sus músculos y dejando que esa paz que su esposa le transmitía de apoderase de su cuerpo y le sonrió a su mujer dándole gracias por aquel gesto.

Asami tranquilizó a la morena de ojos azules de la mejor manera que pudo, ella desconocía por completo de su aberración ante los lugares cerrados, así que solo se limitó a darle ánimo mientras le dirigía. Tenía cierta idea de cuánto debían avanzar y faltaba poco, así que, cuando dedujo que ya estarían a un lado de la máquina, le dijo a Korra que podían salir y la morena no tardó ni un segundo tomar a su esposa estilo nupcial y arremetió contra el techo rompiendo todo lo que se le atravesará en el camino cabeza. Después de unos cuantos minutos, ambas aparecieron a un lado del gran armatoste y por puro instinto se pegaron al frío metal cuya temperatura helada podía ser percibida a través de los ropajes de la pareja. Asami se alzaba la cabeza para vigilar que la maquina monstruosa no se percatara de su existencia mientras escuchaba como el metal que recubría el aparato cuyos movimientos eran más lentos que un gusano. La ingeniero solo escuchó el chillido chirriante agudo y penetrante característico del metal doblándose y retorciéndose, su esposa ya estaba trabajando en una entrada y el hecho de que aquel sonido fuese así de fuerte le puso nerviosa por un momento y le rogó mudamente a Raava que nadie estuviese cerca del lugar dónde estaban. «Creo que eso no lo pensé...», se reprendió la mecánica al darse cuenta de aquel olvido.

Sentía el mental moldearse, romperse y deformarse bajo su control, trataba de hacer el mínimo de ruido posible, pero sabía que con aquella materia era más que imposible. Apenas abrió un agujero lo suficientemente grande como para que ella y su mujer pasaran, dejó de usar su metal-control. Korra le avisó a Asami con voz queda que ya estaba listo y entraron a la enorme maquina metálica. Su interior era escalofriante, tubos salían por dónde sea, luces amarillas iluminaban el entorno dejando ver grandes máquinas, botones y demás cosas que ni la misma Asami podía reconocer, el calor, el vapor que les invadía y una gigantesca máquina con tubos de dónde salía humo les indicaba que de seguro estaban en la sala de calderas. La Avatar divisó a unos cuantos metros una puerta chapada metálica con una extraña perilla que se semejaba al timón de un barco, con su mano, llamó la atención de su pareja dándole un leve toque a su hombro y con su falange indicó la puerta, no se iban a arriesgar a hacer algún ruido, pero entre ellas no hacía falta, tantos años juntas les había dado la habilidad de saber comunicarse con solo una mirada, una caricia o en casos más extremos, solo con sus acciones, cosa que usualmente se limitaba a cuando ambas combatían. Las chicas se miraron mutuamente y se tomaron de las manos, cuando cruzaran esa puerta toda aquella guerra se acabaría, estaban seguras de ello.

Apenas Korra y Asami salieron, lo primero que hicieron fue mantenerse al margen, para su suerte no había guardia alguno por donde estaban lo que les daba una pequeña liberad de movimiento. La Avatar tomó la delantera por si algún imprevisto se les ponía enfrente, con paso rápido y silencioso recorrieron el pasillo dónde se encontraban hasta toparse con una puerta igual al que estaba en la caldera a diferencia de que ésta tenía una ventana. La joven morena, alzándose de puntitas, se asomó por el cristal para ver lo que se encontraba del otro lado. Había una escalera que conducía a la parte superior de la maquina custodiada por dos guardias de las fuerzas de Akumi. Eran dos hombres grandes con pistolas en sus cinturones, insignias de rango menor en su pecho y con navajas de metal en sus brazos, por la ropa verde que usaban podían deducir que eran maestros tierras, puesto que solo a los que eran capaces de controlar un elemento eran a los que les daban colores, a los no-maestros los vestían con ropajes más llamativos de tonos dorados o, inclusive, plateados. Sabían que no iban a tener el camino fácil, pero no pensaron que su suerte dudaría tan poco. La avatar bufó sacando aire entre sus diantres antes de comunicarle la noticia a la CEO, tan solo esperaba que Asami tuviese alguna idea para sacarla de esa. Y, para su fortuna, así era, la mecánica jamás la decepcionaba.

La puerta chapeada se abrió con una lentitud llamando la atención de los dos hombres que cuidaba con recelo en acceso a la parte superior, puesto que en esa planta se encontraban las escaleras que conducían al centro de control donde solamente podían acceder los ingenieros, mecánicos y maestros que se encaraban del manejo del tanque de guerra. Uno de ellos se acercó con cuidado y algo nervioso, nadie de los de allá arriba había bajado a ver la sala de calderas y esa plancha de metal era lo suficientemente pesada como para que "el aire" -que era prácticamente nulo en ese lugar, puesto que estaba totalmente sellado con frío hierro y muchos clavo tan grandes como un huevo-, la abriera. Lo último que supieron los guardias fue que una mujer de cabellera negra larga atada en una coleta corría hacia ellos con un extraño guante del cual salían chispas azules brillantes y unos labios rojos cual fresa antes de caer ante la inconsciencia debido a una fuerte carga eléctrica que paralizó todos sus músculos provocando que su sistema nerviosos saltará en el acto y que su cerebro lo interpretara como dolor haciéndose desmayarse. Quizá el guante de la ingeniero no era letal o tan potente como las pistolas eléctricas que poseían los hombres de Akumi, pero tenía lo suyo y un diseño que no le pedía nada a las tontos juguetitos que la líder de "Las Fuerzas del Mañana" concibió con ayuda de sus mismos planos, cosa que molestaba en exceso a Asami, pero ya no podía hacer nada por aquello.

La Avatar y la ingeniero tardaron un poco en poder llegar hasta la sala de control, sobre todo porque en el transcurso del viaje se habían encargado de cortar la comunicación del gran tanque y de los guardias que podrían intervenir en la disputa que se llevaría a cabo cuando llegaran a su objetivo, y si iban a atacar directamente el centro de mando, era mejor que a Akumi no pudiese comunicarse con nadie y, mucho menos, que fueran a su auxilio. Ambas se encontraban delante de una puerta semejante a las demás y supieron que había llegado el momento, los nervios empezaron a invadir el cuerpo moreno de la Avatar y el pálido de la ingeniero, sus manos sudaban y la adrenalina ya corría por todos sus vasos sanguíneos exhortándoles de lo que se aproximaba apenas aquella limitantes de platino color fuese echada abajo y los gritos comenzaran a invadir sus odios. Korra se colocó sus pies con firmeza en el suelo adquiriendo la postura dura de un maestro tierra e hizo el ademán de golpear la plancha de color plateado como ambos puños inclinado su cuerpo adelante con fuerza. De inmediato la pesada puerta salió volando por los aires haciendo un estruendo metálico que anunciaba el inicio de la última batalla dejando tan solo un agujero donde ante fiambre estaba permitiendo a los ocupantes que estuviesen adentro de la sala de control viesen a la inusual pareja.

La sala de control era amplia, muchos botones y pequeños focos brillaban con una frecuencia extraña, tubos salían por todos lados de los cuales salía algo de vapor, en el centro de ésta estaba Akumi sentada en una silla del mismo material del cual estaba construida el enorme armatoste con una serie de palpabas junto a ella y en su cabeza había unas especies de lentes que de seguro era la manera en la cual podía ver a la distancia. A pesar de lo que habían pensado Korra y Asami, Akumi se encontraba por completo sola, su única compañía era el frío metal que la abrazaba y el sonido del agua condensada salir despavorido de agujeros o grietas en los cilindros que se esparcían por todos lados como raíces que buscaba su origine. Las ventanas en ese sitio eran inexistentes, como si aquella mujer que manejaba el enorme apartado no desease que el brillo del sol o el velo de la luna penetrasen en ese santuario tecnológico que solamente ella podía dominar.

— ¡Akumi! — Gritó la morena alzando sus puños mientras veía como la mujer de cabellera rubia oprimía varios botones con la ira reflejada en su rostro. — ¡Ni se te ocurra llamar a nadie, que nos hemos encargado de todo!

La joven de cabello tan amarillo como el trigo bufó resignada, cuando vio al dragón de la Sato alejarse con rapidez dedujo que se habían retirado de la batalla para reorganizarse o algo similar, más nunca pensó que estarían ahí mismo. Sin hacer notar su furia creciente, se quitó el casco dejando relucir su largo y sedoso cabello en un movimiento que solo la misma Asami sería capaz de repetir y miró directamente a la pareja.

— Pero, mi estimada Avatar, yo no necesito a nadie para poder lidiar contigo. — En ese instante, en un movimiento tan ágil como los de sus oponentes, Akumi sacó su fiel pistola y apuntó directamente a Korra. — Para eso tengo esta preciosidad.

El sonido de las balas saliendo de la cámara del arma no tardaron en resonar entre las paredes, ¿a qué horas sacó esa arma? Y la interrogante más sorprendente, ¿dónde la tenía? La Avatar no cabía en su asombro, en lo poco que había podido observar a su contrincante jamás vio algún culto extraño o algo semejante donde pudiese tener escondida su arma, Akumi iba vestida con un típico traje militar dotado con negro y unas medallas condecoraban su pecho remarcándole su estatus social y militar.

— ¡Korra, cuidado! — Se interpuso Asami en el rango de tiro de la rubia.

— ¡Asami!

La morena se quedó helada, la ingeniero solo sintió un dolor en el estómago y parte de su pecho. Dolía, eso realmente dolía. Sus piernas flanquearon por un segundo y cayó al piso, respiraba con dificultad y el sudor empezaba a adornar su bello rostro con pequeñas gorditas. Korra no podía moverse, de nueva cuenta una presión en su pecho la dominó. No quería que eso volviera a suceder, casi había perdido a su Asami en una ocasión, no deseaban volver a pasar por eso. La Avatar no dudó ni un segundo y se colocó alado de la ingerido para ver si podía hacer algo, fue en ese momento que notó la ausencia de sangre y la sonrisa de satisfacción que tenía su esposa.

— Korra, ve por ella. — Fue lo único que dijo la CEO de Industrias Futuro.

— 'Sami, algún día me vas a matar de un infarto. — Bramó la morena una vez asegurada de que, en efecto, su esposa no tuviese ningún rasguño.

La pelea al fin se dio. Korra contra Akumi por primera vez. Desde el incidente cuando se conocieron, ninguna de las dos de había topado frente a frente, siempre que la Avatar llegaba para lidiar con la rubia, ésta se retiraba o era demasiado tarde como para que la morena pudiese intervenir. La ojiazul atacaba sin piedad alguna usando todas sus habilidades posibles. Agua. Metal. Fuego. Aire. Pero por más que se empeñara, Akumi siempre lograba eludir los golpes fulminantes y usualmente cuando eso ocurría ella contraatacaba con aquella arma cuyos proyectiles Korra lograba esquivar por pura suerte o simplemente usaba el mismo metal que la rodeaba para protegerse a sí misma y a Asami, pues la rubia tenía más que claro que si lograba herir a la persona que la Avatar más amaba, teóricamente a ella también le heriría y de una forma aún más dolorosa y satisfactoria que cualquier otra llaga física pudiera hacerle. La maestra plurielemental sabía que su esposa era perfectamente capaz de cuidarse sola y que el chaleco anti-balas mejorado que había hecho al parecer funcionaba, pero aun así no bajaba su guardia, si Akumi hería a Asami, ella no dudaría en entrar en estado Avatar y acabar con su patética vida de no-maestra y el peso de una muerte era algo que Korra no deseaba tener, ya suficiente presión tenía con todos los asuntos del ser quien mantenía la paz entre las naciones y el mundo -cosa que al parecer no estaba haciendo muy bien esos momentos- y quien es el que se encarga de traer el equilibro.

La riña se alargó más de lo previsto y eso le molestaba a Korra, debía acabar con eso de una vez por todas. En un solo movimiento, la Avatar convocó una oleada de llamas que envolvieron a Akumi en una enorme esfera, así por lo menos la mantendría encerrada hasta que Asami se recuperarse del impacto de las balas y la fuese a ayudar. Mientras la joven morena trataba de mantener el control bajo el fuego, algo en éste le llamó la atención con potencia. Sentía como alguien más lo estaba dominado, y no solo eso, sino que también manipulando. La cara de asombro de la tribal fue todo un poema al ver como de entre aquella burbuja roja, una pequeña grieta se abría y de ésta salía nada más y nada menos que Akumi usando una técnica muy avanzada del control del fuego. «No puede ser...», pensó Korra al caer en cuenta que aquella mujer que ella pensaba era una no-maestra que seguía los absurdos ideales de Amon y de Kuvira -hablado en el aspecto militar y gubernamental-, era en realidad una maestra fuego. Era imposible, todos sabían que Akumi era una de las personas que más odiaba lo tradicional y sagrado, jamás pensó que ella sería una maestra, un ser concebido con el don más antiguo y sagrado de todos. Un control.

Las balas danzaban por el aire acompañadas de fuego candente, la sala de control era un caos total. Asami no podía mover ni un solo musculo ante tal batalla que se desplegaba frente a sus ojos, había visto miles de veces combatir a la Avatar y usualmente ella estaba justo a su lado cuidando de su espalda, pero esa vez ella era una simple observadora, sabía que no debía meterse, aquella pelea era solo de su morena y de Akumi. Korra bloqueaba los proyectiles que le disparaba la rubia con el metal y desviaba las llamaradas de su enemiga con su propio control, debía hacer alguna cosa para inmovilizarla o algo semejante. La morena estaba pensado en qué estrategia usar cuando notó una pequeña abertura en la defensa de Akumi, siempre que intentaba usar metal-control aprisionarla la rubia lo esquivaba, pero esa vez, la maestra fuego estaba concentrada en no perder de vista a la Avatar mientras que cargaba su arma que no se percató de los enormes tubos que tenía atrás y que también surgían por entre sus pies. Korra sonrió ante ese pequeño detalle y, antes de que Akumi pudiese tan siquiera alzar el arma que tenía entre sus manos o usar su fuego-control, la morena alzó sus brazos y, con este gesto, los tubos que estaban en el suelo y los que se encontraban en el techo cerca de la rubia se proyectaron creando una especie de jaula. Los brazos de la líder de "Las Fuerzas del Mañana" tenía los brazos afuera con una movilidad mínima, su rostro se mantenía agacho resultado de las tuberías en su nuca y su respiración era agitada.

— Esto se acabó, Akumi. — Siseó la morena cansada.

Una risa desquiciante se escuchó en todo el lugar proveniente de una la rubia quien no había dejado de reír desde que fue capturada por la Avatar.

— ¿Qué es tan chistoso? — Gruñó la Avatar.

— ¿Crees que iba a perder tan fácilmente? — Aquellas palabras sonaron más como una burla que como una advertencia.

— ¿A qué te refieres? — Habló Asami acercándose.

— Quizá hoy pierda, pero dejaré al mundo sin su conexión con lo espiritual, mientras éste siega atado a ti, no podrá avanzar, está sentenciado a quedarse estancado entre el lodo. — Gruñó la líder del bando enemigo. — Cosas como lo humanamente correcto, lo moral, lo espiritual, lo que tú representas es un obstáculo para que la tecnología avance, para que la humanidad se haga superior a los espíritus. Por eso, debo acabar contigo. Restricción cuatro levantada, autodestrucción confirmada. Tiempo estimado, estándar. — Fue lo único que dijo Akumi antes de poner su arma en su cabeza y que una luz roja empezara a destellar por todos lados. — *Bon voyage, Avatar, señora Sato.

Una vez dicho aquello, lo único que se escuchó fue el sonido del arma que tenía la rubia ser disparada para que una cascada de sangre saliera de la parte trasera de su cabeza junto con una masa de color rosa.

— Pero que... — Comentó Korra impresionada y asqueada a la vez.

— No puede... no pudo... — Musitó Asami sin dejar de ver la chorreante cabeza de la rubia.

— Autodestrucción confirmada, tiempo restante: diez segundos. — Soltó una voz metálica e inhumana seguida de una cuenta regresiva en reversa.

— ¡Korra, debemos salir de aquí! — Chilló la ingeniero al darse cuenta de la situación en la que estaban. — Esta cosa explotará.

La Avatar miró a todos lados buscando una salida, con cada segundo que pasaba la voz sintética decía un número menor y cada vez más cercano al cero. Sin pensarlo mucho, se dirigió hacia dónde estaba una de las paredes metálicas que según ella debía de dar al exterior. Tomó la fría pared de hierro e hizo un agujero que con lentitud fue expandiendo hasta hacerlo lo suficientemente grande como para que ella y su esposa fueran capaces de salir del enorme armatoste. Apenas Korra pudo divisar un haz de luz, supo que estaba cerca de la libertad. Tomó a Asami de la cintura y se lanzó al vacío justamente cuando aquella voz que la estresaba a más no poder llegó al número cero. Se escucharon estruendos, gritos despavoridos dados por los pobres hombres que de seguro no habían logrado salir de aquella prisión metálica, un calor ardiente empezó a envolverlas y lo único que la Avatar atinó a hacer fue abrazar a su adorada mujer para protegerla con su cuerpo de todo daño ocultando su cabeza en su pecho y la suya propia en el cuello de la ojiverde.

- o - o - o - o - o - o - o - o –

Caminaba con dificultad, a su alrededor yacían cuerpos inertes, quemados, magullados y destrozados. Jamás había visto tal nivel de destrucción masivo y con tantas víctimas a su alrededor. Sentía el pecho arder, sus músculos no podían mantenerla más tiempo de pie, pero debía seguir adelante, Korra contaba con ella para ponerla en algún lugar seguro, pero no tenía la certeza de poder aguantar tanto. Su brazo estaba totalmente roto, podía percibir el hueso amenazar con destrozar su blanca piel, su espalda era adornada con raspones y perforaciones de trozos metálicos que habían salido disparados en la explosión del armatoste, tenía un ojo cerrado debido a que éste fue golpeado por una piedra, un hilo de sangre le recorría la comisura de sus labios y dibujaba un río carmín hasta su quijada, sus pómulos estaban inflamados y de un color morado, las quemaduras se esparcían por todo su cuerpo provocándole dolores que prefería ignorar, su izquierda rodilla no le respondía, parecía como si ésta se negase a seguir adelante obligándola a arrastrar la pierna, su estómago se sentía asqueado, con náuseas y sus pulmones adoloridos al igual que todo su ser. En algún punto Asami se tuvo que detener para toser y lo que vio que expulsó de su interior le dejó helada, tanto que su andar se detuvo. Sangre. Escupía sangre con cada exhalación que daba para despejar sus vías respiratorias y con ésta un poco de su energía vital se iba.

Korra solo podía aferrarse del hombro de Asami, su cuerpo pedía a gritos un descanso, su espalada estaba totalmente quemada, a tal grado que podía verse como su tez morena era sustituida por aquellos músculos de los cuales se sentía tan orgullosa, su rostro era adornado con líneas carmesí que veían desde el centro de su cráneo, en la ranura de sus labio se podía ver como la sangre chorreaba dejando un rastro nada agradable en las desgarradas ropas de la Avatar, sus piernas eran prácticamente inútiles, por eso dependía de la ingeniero para poder moverse, Sus costillas estaban totalmente destrozadas, pues ella fue quien recibió el impacto directo contra el suelo, su brazo izquierdo estaba partido en mil y un secciones y sentía claramente como le costaba a sus pulmones retener el aire dentro de ellos, pero a pesar de su pésimo estado, estaba feliz, pues una sonrisa radiante se yacía en su moreno y magullado rostro. Habían ganado, ella había salido victoriosa ante un enemigo tan temido y letal como Akumi y tenía en presentimiento de que al fin volvería a su vida normal con sus hijos y su adorada esposa, hasta que se percató del estado en el que se encontraba su compañera de vida y de lo que expulsaba cada vez que ambas se detenían. La Avatar vio una roca erguida de manea perpendicular que terminaba en punta y le pidió a su esposa que fueran ahí, descansar un rato no les haría mal ni las mataría, además de que de seguro Yasuko y Tonraq de seguro ya estaban empezando a buscarlas.

La pareja, con algo de dificultad, se encaminó a aquel pedacito de cielo que la morena había divisado, pues parecía como si algo o alguien hubiese protegido aquella zona de todo aquel caos que las rodeaba. La roca, de un color amarillo característico del lugar, yacía parada imponente y a su alrededor un hermoso campo verde le adornaba como haciéndole una ofrenda al enorme pedazo de tierra. Con cuidado, Asami ayudó a Korra a sentarse apoyando con suma delicadeza su espalda contra la dura roca que actuaba como soporte, seguidamente, ella se dejó caer a su lado percibiendo como cada nervio de su sistema le mandaba una oleada de dolor que pensó jamás experimentar desde el día en el que dio a luz a sus hijos. Cuando ya estuvo totalmente sentada, se pegó lo más que pudo a la morena que estaba a su lado y entrelazó su brazo con el de ella teniendo la precaución de no infligirle más dolor del que ya tenía. Korra la había protegido, usó su cuerpo como escudo humano para que a ella no sufriera tantas heridas o quemaduras, pero aquello no sirvió de mucho, ya que los cuando ambas volaban por los aires demasiados fragmentos de material o clavos taladraron ambos cuerpos, algunos inclusive atravesando la piel y músculos de una para acabar en el cuerpo de la otra con tanta facilidad que a cualquier ser le daría miedo estar en el mismo lugar dónde ellas estuvieron hacía unos minutos atrás. El silencio era mortal, pero eso no parecía molestarlas, al contrario, les daba una sensación de paz inmensa.

— ¿A-Asami? — Logró decir la morena con dificultad forzando a sus cuerdas vocales a emitir aquel sonido.

— ¿Si? — Respondió la ingeniero con tranquilidad cuando percibió la mano de la morena entrelazarse con la suya.

— No saldremos de esta, ¿verdad? — Soltó al fin la Avatar sin perder la sonrisa de su rostro.

Asami no dijo nada, solamente desvió la mirada para ver el enorme agujero que se tenía su esposa en el pecho para después ver el que ella misma tenía en el suyo. En el momento de la explosión una enorme tubería había atravesado los cuerpos abrazados de la pareja con tan velocidad que ni una ni la otra se percató de aquello hasta que ambas estaban tendidas en el suelo chorreando borbotones de sangre y con la respiración fallándoles.

— Me temo que no, Korra. — Contestó la CEO igual de sonriente que la morena pero con el rostro lleno de lágrimas. — Esta vez no...

— Perdóname. — Dijo la maestra plurielemental al fin cediendo al llanto.

— ¿Por qué me estás pidiendo disculpas? — Preguntó la ingeniero con dulzura.

— Por hacer que nuestra peor pesadilla se esté cumpliendo ahora mismo. — Confesó amargamente Korra. — Yasuko y Tonraq ahora estarán solos... Esto era lo que ambas temíamos cuando nos enteramos de que ellos estaban en camino. Ahora no estaremos más con ellos, no veremos sus sonrisas y, sobre todo, les hemos fallado como madres.

— Korra... — Susurró la ojiverde antes de usar sus pocas energías para inclinarse y besar aquellos labios que carecían de su sabor mentolado usual y ahora solo sabían a hierro. — No te preocupes por ellos... Entenderán, los hemos criado lo mejor que pudimos para que cuando este momento llegase no se sintieran solos o abandonados... Yasuko es la mayor, sabrá consolar a su hermano. Tonraq es muy pérsicas y sabrá como apoyar a su hermana mayor cuando al fin se deje dominar pos sus sentimientos. Lo único de lo que me arrepiento es que no les pude decir que los amaba por última vez.

— 'Sami, ellos lo sabes que los amamos, más que a nuestras vidas, por eso estamos aquí en estos momentos. — Susurraba la morena percibiendo como su energía era cada vez menos. — Oye, ¿y si te cuento una historia?

— No creo que sea momento para eso. — Asami trató de reír ante la ocurrencia de su esposa, pero sus pulmones no le dejaron. — Pero está bien...

— Vale. — Sonrió Korra. — Esta es la historia de una apuesta Avatar llamada Korra y de su hermosa novia llamada Asami Sato y de cómo ambas fueron felices el resto de su vida.

— ¿Y cómo se llama? — Preguntó curiosa la CEO.

— Se llama... Se llama... — Pensó un momento la sureña antes de dar con el título perfecto. — Se llama: "Nuestra historia sigue", ya que así será, 'Sami, este no será nuestro final... Ya lo verás.

Korra empezó a narrar como la ingeniero y ella se habían conocido y cómo fue que su amor surgió. Sus vacaciones en el mundo espiritual, la tan inesperada forma en la cual todos se enteraron gracias a un reportero que ella y Asami estaban saliendo, el viaje que ambas hicieron para recuperar las vidas pasadas de la Avatar y su primer encuentro con Ryou. El encuentro con Ryouzaki, su cita en la Tribu Agua del Sur, el miedo que sintieron cuando se enteraron que Yasuko y Tonraq venían en camino, el bache que provocó Yuko en su relación, en terror que Korra sintió cuando pudo percibir como el respirar de Asami se detenía después de que un sujeto contratada por esa maldita la atacara, como fue que su padre le hizo entrar en razón y, a su vez, como fue que la madre de Asami le ayudó a darse cuenta que amaba a esos pequeños que crecían en su interior y cómo fue que al final decidieron conservarlos y armar su propia familia. El nacimiento de los hermosos Tonraq y Yasuko, su primer cumpleaños, *aquel viaje en el tiempo en el cual estuvieron casi un año, el reencuentro con sus hijos y sus amigos, la primera vez que vieron a sus bebés hacer fuego y aire control, sus viajes por el mundo, el nacimiento del pequeño Mang y las aventuras que tuvieron esos tres niños mimados por todo el equipo Avatar y, con cada nueva anécdota, la energía usual de Korra disminuía a un paso alarmante.

— Entonces... La Avatar miró como dulzura a su esposa y beso aquellos hermosos labios rojos que tantos adoraba... — Narraba Korra disminuyendo su tono de voz con cada nueva palabra. — Y... entonces...

Se hizo un silencio casi total, cosa que no pasó desapercibido para la ingeniero quien escuchaba atentamente la historia que su esposa le contaba mientras dejaba que el frío se apoderara de su cuerpo.

— ¿Y...? — Comentó Asami tratando de que la Avatar continuase con su historia, pero no obtuvo respuesta alguna. — Korra, ¿qué más si...?

Los ojos verdes de la Sato empezaron a expedir lágrimas y de su garganta salían chillidos casi inaudibles, tan suave como sus destrozados músculos pudieron, acarició la pálida mejilla de que alguna vez fue coloro chocolate. Estaba helada y por lo que podía percibir, Korra ya no respiraba, pero en sus labios se podía ver una sonrisa que llenó de ternura a la ingeniero. Su amada se le había adelantado, como siempre. «Siempre quieres ir primero, Korra... solo espera un poco más, que ya te voy a alcanzar, esta vez no te irás sin mi», pensó Asami imitando el gesto de su esposa en ese momento. Relajó todo su cuerpo y solo se dedicó a esperar que su destino le llegara, hacia bastante rato que había dejado de sentir calor o frío alguno. Su respiración de poco a poco fue aminorando, cada vez le costaba más adquirir aquel vital elemento que le servía para mantenerse con vida, pero ya no le importaba, dónde Korra la esperaba de seguro no necesitaría aquel gas. Unas cuantas lágrimas recorrieron sus mejillas, en su mente se volvían a repetir todos aquellos momentos vividos que le causaron felicidad: Cuando su padre y madre le regalaron su primer estuche para hacer planos, aquella tarde en el hospital dónde su padre y ella al fin habían vuelto a hacer las paces. Pero después de eso, su mente solo me mandó imágenes de unos ojos azules y de una piel morena que le encantaba tocar. De unos niños con ojitos verdes y azulados. De sonrisas. De dichas. De alegrías. De Korra. De Yasuko. De Tonraq. De sus amigos. De todos y cada una de las personas que le hicieron sonreír, y ella sonrió al darse cuenta de que, al fin de cuentas, había sido feliz.

Y, entre recuerdos y memoras, Asami Sato dejó su vida atrás para unirse con su amada quien ya le esperaba dejado solamente su cuerpo para que le hiciera compañía a la de la morena. «Yo, Asami Sato, te tomé a ti, Korra, como mi esposa. Jamás me separaría de tu lado, te ayudaría a levantarte. Cuando estuvieses sonriendo, compartiría tus risas. Cuando estuvieses llorando, estaría ahí para ser tu apoyo y ofrecerte consuelo... Te amo... Te protegí a costa de mi vida y no me importó, ya casi te perdí una vez y me aseguré de que eso jamás volviese a pasar. Solo quiero despertar como tu esposa ahora que me vaya y ver esa sonrisa de lado que tanto te gusta... Por eso... Solamente espérame...», fueron los últimos pensamientos de la joven CEO al abandonar el mundo material.

La tez morena de la Avatar se había vuelto pálida y fría como la nieve, y, a su lado, tomada de su mano, estaba su mujer. Ambos cuerpos a pesar de tener heridas graves y magulladuras severas, yacían tranquilos y sonrientes en señal de que no se arrepentían de absolutamente nada. Korra y Asami habían sido felices el tiempo que vivieron, ambas trabajaron muy duro para construirse aquel futuro en el que vivían y al cual ya no regresarían jamás. Pero eso no importaba, ya no. Asami y Korra habían conseguido formado lazos que no se disolverían tan fácilmente, su muerte no era el final de su historia, al contrario, apenas iniciaba. Quizá ellas no estarían más de manera física, pero seguían vivas en la mirada azulina y verdosa de sus hijos quienes las veían con tristeza e incredulidad. Tonraq lloraba de manera desconsolada mientras era abrazado por Yasuko quien hacía lo mismo de una manera menos obvia. El cielo se cerró con nubes de negras dejando solo un pequeño espacio dónde el sol iluminaba los cadáveres de la que alguna vez fue la gran Avatar Korra y de su esposa Asami Sato, era como si la misma naturaleza supiera que su protectora y su amante se habían ido y que ahora solo le quedase esperar a que la reencarnación de aquella morena y la ingeniero saliera a la luz para que aquel ciclo empezara de nuevo y, con éste, su historia siguiese adelante porque, en efecto, tal y como Korra lo había dicho: Ese no era su final, su historia seguiría y no tendría un final.

..::~FIN~::..

NOTAS DE LA ESCRITORA:

Primer*: Sé que técnicamente aquí debió ser "e Iroh", pero su nombre se pronuncia "Airo", por lo tanto debe de llevar una "y". No sé, solo hago mención de esto por cualquier duda...

Segundo**: Consecuencias del embarazo… supongo…

Tercer***: Normalmente no me gustan las cosas dulces, pero sentí que esto era importante por lo que pasó después.

Cuarto****: Chiste inspirado del libro "Sorpréndeme" de Megan Maxwell cuando a la protagonista le sorprende su hija en plena faena con su novio y le dice que está jugando a los vaqueros.

Quinto*****: Zakuro suele exagerar un poco...

Sexto******: No creo que necesite explicar esto.

Séptimo******: PRÓXIMO FANFIC.

DELIRACIONES DE LA ESCRITORA:

Hola a todos, perdón por la tardanza, pero estas últimas semanas de mi vida han sido mierda tras mierda (y espero puedan perdonar el vocabulario tan vulgar que he usado). Hace algunos días subí un comunicado donde decía que este capítulo se retrasaría, no me gusta dejarles sin capítulo, puesto que hacer esto y sus comentarios son una de las pocas cosas que le da luz a mi patética y estúpida existencia. Como ya habrán notado algunos que se han animado a hablar conmigo, no soy el tipo de persona a la cual le guste hablar mucho de su vida personal y ese estilo de cosas, pero realmente pasé por una semana muy dura que me obligó a retrasar esto y siento que merecen una explicación.

Para empezar, la persona quien me inculcó el amor por la lectura y principal causa de que el día de hoy yo esté aquí escribiendo, mi abuelo al cual considero un padre, tuvo que ser intervenido quirúrgicamente. Esto desembocó que en mi hogar se dieran muchos problemas en todos los aspectos, económicos, emocionales y demás, provocando que donde vivo el ambiente fuera muy hostil. Usualmente soy una persona que no demuestra mucho como se siente y se traga todo, pero como siempre pasa, uno termina estallando y yo no soy la excepción. Lo malo fue que el mi estallido fue a causa de otra persona a la cual aprecio y temo mucho a su vez provocando que todo fuese empeorando ya que, mientras esa persona estallaban en ira, yo estallaba en lágrimas. Todas aquellas que no derramé en esas duras semanas en las cuales todos en mi hogar necesitaban a alguien que siguiese adelante y no demostrara debilidad alguna, quien le sonriera a mi padre, le diera el valor suficiente y le asegurara de que alguien estaría cuidando a los demás y secando su llanto. Todos ese peso en mis hombros cayó de una manera tan poco ortodoxa que me abatió por completo, así que si de por si estaba en un estado bastante depresivo aquello solo lo empeoró.

Las cosas no siguen muy bien que digamos, pero al menos tengo un poco menos de presión. Mi padre se está recuperando de poco en poco y yo puedo lidiar con este estado anímico de felicidad, puesto que yo de por sí padezco de depresión así que la controlo fácilmente.

Quiero agradecer a todos los que me escribieron dándome palabras de aliento, sobre todo, a cierta usuario quien me escribió un PM hermoso expresándome su apoyo y, no solo eso, sino también la importante que era para ella «Nuestra Historia Sigue» en su vida. Saber todos los sentimientos que tenía por mi historia me hicieron ver un poco de luz entre tantas tinieblas. Con esto no menosprecio a los demás quienes me ayudaron, al contrario, ellos fueron aquellas pequeñas estrellas que brillaban todas mis noches de agonía. Realmente, gracias. No saben cuánto me ayudaron sus comentarios en esta difícil etapa de mi vida, saber que habían personas allá afuera que se preocupaban por mí fue maravilloso, jamás me había sentido tan querida o apreciada. Nunca tendré palabras suficientes para poder expresar mi gratitud. En serio, gracias.

Ya dejando de lado todo este drama, espero les haya gustado el final y pido una disculpa de antemano por la escena de la pelea, como pueden apreciar, soy más de escribir escenas dramáticas con mucho feeling, en cambio, cuando escribo algo que requiere una descripción de alguna pelea o semejantes se me da muy mal, en el transcurso que estuve en el hospital traté de leer un poco de esto, pero también descubrí que las cosas con muchas peleas escritas no son lo mío… Me doy asco. Como sea, en serio, perdón.

Y bien, al fin me siento más tranquila sabiendo que esta historia finalmente llegó a su fin, espero que hubiese sido de su agrado, porque por mi parte, ya moría por escribir esa última escena. Parece como si apenas ayer estuviese en mi cama a media noche pensando en todo este trama y después de casi seis meses o más al fin terminó. Les agradezco a todos ustedes por seguir conmigo estos veinte capítulos, ¡es el Fic más largo que he hecho y me siento orgullosa de ello! ¡Así que gracias, ustedes hicieron todo esto posible!

Ahora, quisiera dar un anuncio:

En el capítulo pasado anuncié que me iba a hacer una cuenta en para recibir donaciones, ya que estudio animación y los materiales que uso no son nada baratos, aquí les dejo en link con espacios: www. ZakuroHatsune

Todos aquellos que donen una suma mayor a tres dólares, obtendrán un drabble escrito por mi y, así, muchas más cosas que podrán ver en mi página. Y, para aquellos que se atrevan a donar 30 dólares, serán acreedores de una pequeña guía de como hago mis Fics que incluyen:

Capturas de pantalla de cómo escribo y que programa uso (los que me conocen saben que no uso Word a menos que ya esté acabado el fic).

Fotos de todo el proceso:

Creación de la idea.

Desarrollo de la idea.

Adaptación de personajes para AU's.

Vídeo explicando todo lo anterior.

Y los que donen un dólar, tendrán un acceso total al material inédito que subiré acerca de "Nuestra Historia Sigue" como:

Primeros bocetos de Yasuko y Tonraq.

Una escena cortadas que guardé.

Borrador del capitulo final.

Borrador del primer final que quería hacer y del segundo.

ANUNCIO IMPORTANTE, FUTURO PROYECTO:

Ahora vamos a un tema que sé que todos les interesa saber, ¿qué demonios hará Zakuro ahora? Pues bien, como comenté en el directo de hace unos meses, tengo en puerta dos Long-Fics y el primero que pienso desarrollar será: "Paradoja" que sé no tengo la necesidad de explicar, pero que aún así haré:

Volveré a tomar el tema de los viajes en el tiempo ya que, originalmente, iba a ser otro arco en "Nuestra Historia Sigue", pero por ser demasiado extenso y por desviarse demasiado de la historia, lo desarrollaré en un Fic aparte. Aún no sé cuando lo pueda publicar, pero apenas esté listo se los haré saber por mi Facebook (Zakuro Hatsne)y mi adorado Tumblr (zakurohatsune . tumblr . com).

Sin más por el momento, me despido y hasta la próxima.

Zakuro Hatsune.