Capitulo 19:

-Yo continuare hermanito- Dijo cariñosamente Hestia al dios del Inframundo, el cual le paso el libro con una ligera sonrisa.

-Descubrimos la verdad,...

-Ya era hora! –exclamaron todos felices.

-... más o menos -acabó Hestia de leer el título-. Es de mala educación interrumpir –reprendió suavemente.

Oh –murmuraron todos sonrojados.

Imagínate el concierto más multitudinario que hayas visto jamás, un campo de fútbol lleno con un millón de fans.

Ahora imagina un campo un millón de veces más grande, lleno de gente, e imagina que se ha ido la electricidad y no hay ruido, ni luz, ni globos gigantesrebotando sobre el gentío. Algo trágico ha ocurrido tras el escenario. Multitudes susurrantes que sólo pululan en las sombras, esperando un concierto que nunca empezará.

-Me lo imagino –dijo Leo haciendo una mueca-. Y no me gusta.

Si puedes imaginarte eso, te harás una buena idea del aspecto que tenían los Campos de Asfódelos.

Hazel asintió distraídamente.

La hierba negra llevaba millones de años siendo pisoteada por pies muertos. Soplaba un viento cálido y pegajoso como el hálito de un pantano- aquí y allá crecían árboles negros, y Grover me dijo que eran álamos.

Hazel cerró los ojos, Frank viendo esto le tomo la mano en señal de apoyo, y ella le dio una sonrisa a su novio.

El techo de la caverna era tan alto que bien habría podido ser un gran nubarrón, pero las estalactitas emitían leves destellos grises y tenían puntas afiladísimas. Intenté no pensar que se nos caerían encima en cualquier momento

, aunque había varias de ellas desperdigadas por el suelo, incrustadas en la hierba negra tras derrumbarse. Supongo que los muertos no tenían que preocuparse por nimiedades como que te despanzurrara una estalactita del tamaño de un misil.

-Cierto -dijo Hazel

Annabeth, Grover y yo intentamos confundirnos entre la gente, pendientes por si volvían los demonios de seguridad.

No pude evitar buscar rostros familiares entre los que deambulaban por allí, pero los muertos son difíciles de mirar. Sus rostros brillan.

Hazel asintió. Había tratado, en vano, de buscar a su madre allí.

Todos parecen enfadados o confusos. Se te acercan y te hablan, pero sus voces suenan a un traqueteo, como un chillido de murciélagos. En cuanto advierten que no puedes entenderlos, fruncen el entrecejo y se apartan.
Los muertos no dan miedo. Sólo son tristes.

Seguimos abriéndonos camino, metidos en la fila de recién llegados que serpenteaba desde las puertas principales hasta un pabellón cubierto de negro con un estandarte que rezaba: "Juicios para el Elíseo y la condenación eterna. ¡Bienvenidos, muertos recientes!"

-Menudo recibimiento – murmuro Piper.

Por la parte trasera había dos filas más pequeñas. A la izquierda, espíritus flanqueados por demonios de seguridad marchaban por un camino pedregoso hacia los Campos de Castigo,

Percy, Annabeth y Grover se estremecieron al recordar las torturas que contemplaron en los Campos de Castigo.

que brillaban y humeaban en la distancia, un vasto y agrietado erial con ríos de lava, campos de minas y kilómetros de alambradas de espino que separaban las distintas zonas de tortura. Incluso desde tan lejos, veía a la gente perseguida por los perros del infierno, quemada en la hoguera, obligada a correr desnuda a través de campos de cactos o a escuchar ópera. Vislumbré más que ví una pequeña colina, con la figura diminuta de Sísifo dejándose la piel para subir su roca hasta la cumbre.

Percy, Thalía y Nico se miraron de reojo.

Y vi torturas peores; cosas que no quiero describir.

-Mejor -susurró Jason, viendo que Julia estaba pálida como hoja de papel..

La fila que llegaba al lado derecho del pabellón de los juicios era mucho mejor.

Ésta conducía pendiente abajo hacia un pequeño valle rodeado de murallas: una zona residencial que parecía el único lugar feliz del inframundo. Más allá de la puerta de seguridad había vecindarios de casas preciosas de todas las épocas, desde villas romanas a castillos medievales o mansiones victorianas. Flores de plata y oro lucían en los jardines. La hierba ondeaba con los colores del arco iris. Oí risas y olor a barbacoa.

"El Eliseo" pensó todos soñadoramente.

El Elíseo.
En medio de aquel valle había un lago azul de aguas brillantes, con tres pequeñas islas como una instalación turística en las Bahamas. Las islas Bienaventuradas, para la gente que había elegido renacer tres veces y tres veces habían alcanzado el Elíseo.

De inmediato supe que aquél era el lugar al que quería ir cuando muriera.

-De eso se trata –me dijo Annabeth como si me leyera el pensamiento-. Ése es el lugar para los héroes.

En eso se oye una alarma, no como la del Olimpo, parecía la alarma de un teléfono celular.

-Ya era hora- decía Hades sacando el cristal con la calavera de plata, los ojos de la cual estaban encendidos en un fuerte color verde esmeralda- Mnnn curioso, muy curioso- decía viendo los ojos del artefacto.

-Que es curioso?- decía Atenea, como no, curiosa como siempre.

-Presentía que el alma de Percy era una reencarnada, al parecer no me equivoque- decía haciendo que todos se sorprendieran.

-Haber si entendí- decía Percy- dices que yo ya he vivido antes, y esta es mi segunda reencarnación?- decía digiriéndolo lentamente

-No, digo que has vivido antes y esta es tu tercera reencarnación- dijo Hades casualmente, nada que ver con los que lo oían, que casi se caen de no haber estado sentados ya- Algo debes estar haciendo bien, dos veces viviste, dos veces al Eliseo fuiste- termino mientras guardaba el artefacto en su túnica.

-DOS VECES?- Decían tanto los semidioses como los dioses, decir que se sorprendieron era un eufemismo, la mayoría pensaba que el que Percy fuera al Eliseo al morir era algo obvio, pero que un alma no se descarrié en tres vidas consecutivas era algo casi imposible.

-Si- decía Hades medio arto de ser el centro de atención- Y realmente te hiciste notar- dijo volviendo a sacar el cristas- Tardaste en reencarnar unos dos mil años esta vez, este eras tú- mientras de uno de los ojos de la calavera de plata salía un brillo, como el de una cámara de cine, y formo un holograma a todo color de un hombre rubio con una túnica roja con una toga encima, lo más vistoso era la corona de laurel dorada que llevaba en la cabeza, junto a él, aparecía un nombre y una fecha, Cayo Octavio Turino, 14 a.C. a 63 d.C., que hiso jadear a los romanos, dioses, y los griegos que sabían de historia (hijos de Atenea Duh).

-Algo me dice que debería saber que es- decía Percy viendo que algunos romanos se desmayaron, Octavian, Reyna y Jason lucharon para reiniciar sus cerebros y pronunciar palabra alguna, pero sería su novia quien saldría del Shock primero.

-Percy, ese es Cayo Julio César Octaviano- decía mientras veía a Percy con los ojos muy abiertos- es el Emperador Cesar Augusto, el primer emperador de Roma!- dijo aun procesando que su novio fue en otra vida Emperador de todo el mundo conocido.

-Emperador de Roma, sobrino-nieto de Julio Cesar… e hijo de Asia y mío- decía Apolo saliendo del aturdimiento y con sentimientos encontrados, por un lado feliz y orgulloso de estar emparentado con este héroe en dos vidas, en una de ellas era su hijo más exitoso, pero también esto le hiso recordad como su dinastía se degenero hasta Nerón, y la verdad no quería recordar a Calígula de por medio.

Los romanos aún seguían impactados, saber que Percy era un líder natural y digno Pretor era una cosa, pero el saber que es Cesar Augusto renacido, el que convirtió a Roma de una ciudad de ladrillo en una de mármol, el que logro la primera Pax Romana, era casi irreal.

El más "noqueado" era Octavian, él era descendiente de la Gens. Julio-Claudia, por lo tanto Percy, su odiado rival, seria, en otra vida, el fundador de su dinastía! (es debatido por los historiadores, porque Julio Cesar no fue emperador, pero si ostento un poder similar).

-Así que…- Empezó Percy- Tuvo/tuve tres nombres?- dijo haciendo que todos casi se fueran de espaldas por tan estúpida pregunta, emperador renacido o no, Percy era un Sesos de Alga.

-Sí, no como en tu primera vida- Decía Hades mientras el segundo ojo de la calavera brillaba mostrando ahora a un hombre de cabello largo y rubio, ojos azul eléctrico, llevaba indumentaria bélica griega, a un lado estaba su nombre y tiempo de vida, Alejandro III de Macedonia, 356 a.C. a 323 a.C., lo que termino de tumbar no solo a los romanos y dioses, sino ahora a los griegos, pues como no conocerlo.

-Alejandro… Magno- decía Annabeth alucinada- Alejandro el grande, Rey de Macedonia, Hegemon de Grecia, Faraón de Egipto, Gran Rey de Media y Percia…- Anny fue sostenida por su novio cuando perdió el conocimiento, el cual estaba igual de aturdido.

-E -Empezó una disgustada Hera- Hijo bastardo de mi marido con la cualquiera de Olimpia- dijo mientras veía a Zeus con dagas en los ojos, el cual no salía de su asombro, ese engendro del mar, fue uno de los hijos que más fama había alcanzado, no solo como semidiós sino como un conquistador.

-Liberador de Grecia del yugo Persa, solo para después caer en la sed de poder característica de su padre, una sed que lo llevo a erigir el segundo imperio más grande que existió… solo para caer muerto por veneno de manticora sin consolidar su reinado y sin un heredero claro- Decía Atenea saliendo de su asombro, por el que en otra vida fue su medio-hermano.

Los hermanos Grase, tenían sentimientos divididos, ambos sentían cierta hermandad por Percy, pero esto era otra cosa, además lo que dijo Atenea solo les recordaba que su debilidad por el poder podría ser su perdición, si alguien tan leal como Percy pudo caer en otra vida, que se esperaría de ellos?

En eso, Thalia recordó ciertos sueños recurrentes, en los cuales no debería pensar una cazadora, se sonrojo.

"Ahora resulta que no solo es mi primo"- pensaba medio escandalizada- "Fue mi hermano en otra vida! Dioses, todas las veces que pensé en… Kya! qué horror!"- Pensaba Thalia mientras cubría su cara con sus manos-" Y lo peor… es que no me arrepiento"- termino más roja aun por sus incestuosos pensamientos, no podría ver a la cara a Percy o Jason otra vez!

-Sera mejor- Empezó Poseidon- que sigamos leyendo- dijo para que dejaran de ver a su hijo como si fuera un Centauro de dos cabezas.

Pero entonces pensé que había muy poca gente en el Elíseo, que parecía muy pequeño en comparación con los Campos de Asfódelos o incluso los Campos de Castigo. Qué poca gente hacía el bien en sus vidas. Era deprimente.

-No es tan sencillo alcanzar el Elíseo -explicó Persefone.

-Aunque hay acciones buenas, que pueden contrarrestar a acciones malas, sin importar las que hayas hecho, como el sacrificio -añadió Hades.

Abandonamos el pabellón del juicio y nos adentramos en los Campos de Asfódelos. La oscuridad aumentó. Los colores se desvanecieron de nuestras ropas. La multitud de espíritus parlanchines empezó a menguar.

Tras unos kilómetros caminando, empezamos a oír un chirrido familiar en la distancia. En el horizonte cernía un reluciente palacio de obsidiana negra. Porencima de las murallas merodeaban tres criaturas parecidas a murciélagos: las Furias. Me dio la impresión de que nos esperaban.

-Supongo que es un poco tarde para dar media vuelta –comentó Grover, esperanzado.

-Muy tarde -confirmó Nico.

-No va a pasarnos nada. –Intenté aparentar seguridad.

-A lo mejor tendríamos que buscar en otros sitios primero –sugirió Grover- Como el Elíseo, por ejemplo...

-Yo voto por eso –dijeron todos.

-Venga, pedazo de cabra. –Annabeth lo agarró del brazo.

- Annabeth!-regaño Atenea, sonrojando a la rubia.

Grover emitió un gritito. Las alas de sus zapatillas se desplegaron y lo lanzaron lejos de Annabeth. Aterrizó dándose una buena costalada.

-Qué pasa? -le preguntó Anfitrite extrañada como todos..

-Grover –lo regañó Annabeth-. Basta de hacer el tonto.
-Pero si yo no...
Otro gritito. Sus zapatos revoloteaban como locos. Levitaron unos centímetros por encima del suelo y empezaron a arrastrarlo.
-¡Maya! –Gritó pero la palabra mágica parecía no surtir efecto-. ¡Maya! ¡Por favor! ¡Llamad a emergencias! ¡Socorro!

"Son las mismas zapatillas que el hijo de Hermes le dio a Jackson" pensaba Atenea.

Evité que su brazo me noqueara e intenté agarrarle la mano, pero llegué tarde. Empezaba a cobrar velocidad y descendía por la colina como un trineo. Corrimos tras él.
-¡Desátate los zapatos! –vociferó Annabeth.

Era una buena idea, pero supongo que no muy factible cuando tus zapatos tiran de ti a toda velocidad.

Grover se revolvió, pero no alcanzaba los cordones. Lo seguimos, tratando de no perderlo de vista mientras zigzagueaba entre las piernas de los espíritus, que lo miraban molestos.

-Desde luego, debe de haber sido algo increíble de ver -comentó Nico.

Estaba seguro de que Grover iba a meterse como un torpedo por la puerta del palacio de Hades, pero sus zapatos vibraron bruscamente a la derecha y lo arrastraron en la dirección opuesta.

-El Tártaro -Susurro Hades. Todos se pusieron pálidos.

La ladera se volvió más empinada. Grover aceleró.

Annabeth y yo tuvimos que apretar el paso para no perderlo. Las paredes de la caverna se estrecharon a cada lado, y yo reparé en que habíamos entrado en una especie de túnel. Ya no había hierba ni árboles negros, sólo roca desnuda y la tenue luz de las estalactitas encima.

-¡Grover! –grité, y el eco resonó-. ¡Agárrate a algo!
-¿Qué? –gritó su voz a su vez.

-Que te agarres a algo! –gritaron todos.

Se agarra a la gravilla, pero no había nada lo bastante firme para frenarlo.

El túnel se volvió aún más oscuro y frío. Se me erizó el vello de los brazos y percibí una horrible fetidez. Me hizo pensar en cosas que ni siquiera había experimentado nunca: sangre derramada en un antiguo altar de piedra, el aliento repulsivo de un asesino.

Entonces vi lo que teníamos delante y me quedé clavado en el sitio.
El túnel se ensanchaba hasta una amplia y oscura, en caverna cuyo centro se abría un abismo del tamaño de un cráter.

Ni Hades, que era el dios del Inframundo, se acercaba. El único que podía soportarlo era Tánatos por ser hijo de la noche y las tinieblas, Nix y Erebo, pero quien mandaba en el Tártaro era el mismo Tártaro.

Grover patinaba directamente hacia el borde.
-¡Venga, Percy! –chilló Annabeth, tirándome de la muñeca.

-Pero eso es...
-¡Ya lo sé! –gritó-. ¡Es el lugar que describiste en tu sueño! Pero Grover va a caer dentro si no lo alcanzamos. –Tenía razón, por supuesto.

-Como siempre -dijeron Percy, Grover, Nico, Thalía y Rachel, sonrojando a la chica.

La situación de Grover me puso otra vez en movimiento.
Gritaba y manoteaba el suelo, pero las zapatillas aladas seguían arrastrándolo hacia el foso, y no parecía que pudiéramos llegar a tiempo.
Lo que lo salvó fueron sus pezuñas.

-Qué?- preguntaron todos.

Las zapatillas voladoras siempre le habían quedado un poco sueltas, y al final Grover le dio una patada a una roca grande y la izquierda salió disparada hacia la oscuridad del abismo. La derecha seguía tirando de él, pero Grover pudo frenarse aferrándose a la roca y utilizándola como anclaje.
Estaba a tres metros del borde del foso cuando lo alcanzamos y tiramos de él hacia arriba. La otra zapatilla salió sola, nos rodeó enfadada y, a modo de protesta, nos propino un puntapié en la cabeza antes de volar hacia el abismo para unirse con su gemela.

Nos derrumbamos todos, exhaustos, sobre la gravilla de obsidiana.

-No es el mejor lugar para tomar un descanso – Comento Piper.

Sentía las extremidades como de plomo. Incluso la mochila me pesaba más, como si alguien la hubiese llenado de rocas.

"El rayo" pensó Percy.

Grover tenía unos buenos moratones y le sangraban las manos.

Las pupilas se le habían vuelto oblongas, estilo cabra, como cada vez que estaba aterrorizado.

-No sé cómo... –dije-. Escucha.
Oí algo: un susurro profundo en la oscuridad.

Los dioses se tensaron.

-Percy, este lugar... –dijo Annabeth al cabo de unos segundos.
-Chist. –Me puse en pie.
El sonido se volvía más audible, una voz malévola y susurrante que surgía desde abajo, mucho más debajo de donde estábamos nosotros. Provenía del foso.

-Padre/Cronos -murmuraron los dioses, en estado de shock.

Grover se incorporó.
-¿Q-qué es ese ruido?
Annabeth también los oía.
-El Tártaro. Ésta es la entrada al Tártaro.
Destapé Anaklusmos. La espada de bronce se extendió, emitió una débil luz en la oscuridad y la voz malvada remitió por un momento, antes de retomar su letanía. Ya casi distinguía palabras, palabras muy, muy antiguas, más antiguas que el propio griego. Como si...
-Magia –dije.
-Tenemos que salir de aquí –repuso Annabeth.

-Pero ya! –ordenaron Poseidon y Atenea, como si estuviesen allí.

Juntos pusimos a Grover sobre sus pezuñas y volvimos sobre nuestros pasos, hacia la salida del túnel. Las piernas no me respondían lo bastante rápido. La mochila me pesaba.

"La mochila, esta es la segunda vez que lo menciona" pensaba Atenea.

A nuestras espaldas, la voz sonó más fuerte y enfadada, y echamos a correr.

Y no nos sobró tiempo.

Un viento frío tiraba de nuestras espaldas, como si el foso estuviera absorbiéndolo todo. Por un momento terrorífico perdí el equilibrio y los pies me
resbalaron por la gravilla.

-No! –exclamaron todos.

Si hubiésemos estado más cerca del borde, nos habría tragado.

El dios del mar, junto a la de la sabiduría suspiraron aliviados.

Seguimos avanzando con gran esfuerzo, y por fin llegamos al final del túnel, donde la caverna volvía a ensancharse en los Campos de Asfódelos. El viento cesó. Un aullido iracundo retumbó desde el fondo del túnel. Alguien no estaba muy contento de que hubiésemos escapado.

-¿Qué era eso? –Musitó Grover, cuando nos derrumbamos en la relativa seguridad de una alameda-. ¿Una de las mascotas de Hades?

-No es una mascota, pero sin duda es una bestia -razono Hades, cosa en la que coincidieron todos los dioses.

Annabeth y yo nos miramos. Estaba claro que tenía alguna idea, probablemente la misma que se le había ocurrido en el taxi que nos había traído a Los Ángeles, pero le daba demasiado miedo para compartirla. Eso bastó para asustarme aún más.

Cerré la espada y me guardé el bolígrafo.
-Sigamos. –Miré a Grover-. ¿Puedes caminar?
Tragó salva.
-Sí, sí, claro –suspiró-. Bah, nunca me gustaron esas zapatillas.

Intentaba mostrarse valiente, pero temblaba tanto como nosotros. Fuera lo que fuese lo que había en aquel foso, no era la mascota de nadie. Era inenarrablemente arcaico y poderoso.

Ni siquiera me había dado aquella sensación. Casi me alivió darle la espalda al túnel y encaminarme hacia el palacio de Hades.
Casi.

Envueltas en sombras, las Furias sobrevolaban en círculo las almenas. Las murallas externas de la fortaleza relucían negras, y las puertas de bronce de dos pisos de altura estaban abiertas de par en par.

Hades frunció el ceño. Parecía querer que el chico llegase allí.

Cuando estuve más cerca, aprecié que los grabados de dichas puertas reproducían escenas de muerte.

-Que agradable -susurró Deméter, con el ceño fruncido.

Algunas eran de tiempos modernos –una bomba atómica explotando encima de una ciudad, una trinchera llena de soldados con máscaras antigás, una fila de víctimas de hambrunas africanas, esperando con cuencos vacíos en la mano-, pero todas parecían labradas en bronce hacía miles de años. Me pregunté si eran profecías hechas realidad.

-No -dijo Hades- Son solo escenas de muertes masivas causadas por la humanidad.

En el patio había el jardín más extraño que he visto en mi vida.

Pérsefone sonrió. Realmente amaba su jardín!

Setas multicolores, arbustos venenosos y raras plantas luminosas que crecían sin luz.

-Suena... interesante –murmuraron los semidioses, realmente Persefone tenía gusto un tanto… excéntricos y góticos como su marido.

En lugar de flores había piedras preciosas, pilas de rubíes grandes como mi puño, macizos de diamantes en bruto. Aquí y allí, como invitados a una fiesta, estaban las estatuas de jardín de Medusa: niños, sátiros y centauros petrificados, todos esbozando sonrisas grotescas.

"Definitivamente excéntricos gustos" confirmaron los semidioses.

En el centro del jardín había un huerto de granados cuyas flores naranjas neón brillaban en la oscuridad.
-Éste es el jardín de Pérsefone –explicó Annabeth-. Seguid andando.

-Buena idea -dijo Pérsefone.

Entendí por qué quería avanzar. El aroma ácido de aquellas granadas era casi embriagador. Sentí un deseo repentino de comérmelas, pero recordé la historia de Pérsefone: un bocado de la comida del inframundo y jamás podríamos marcharnos.

Pérsefone asintió. Ella lo sabía, sabía que siempre estaría atada a ese lugar, pero igualmente había comido. Solo para poder estar junto a su marido, su amor.

Tiré de Grover para evitar que agarrara la más grande.

-Grover -le regañó Thalía.

-Tenía hambre! -se quejó el sátiro.

Subimos por la escalinata de palacio, entre columnas negras y a través de un pórtico de mármol negro, hasta la casa de Hades.

-Eso se encuentra en el Epiro -replicó Hades.

-Lo sabemos- Dijeron los siete, Nico y Reyna, levantando muchas dudas en los dioses.

El zaguán tenía suelo de bronce pulido, que parecía hervir a la luz reflejada de las antorchas. No había techo, sólo el de la caverna, muy por encima. Supongo que allí abajo no les preocupa la lluvia.

Cada puerta estaba guardada por un esqueleto con indumentaria militar. Algunos llevaban armaduras griegas; otros, casacas rojas británicas; otros,
camuflaje de marines. Cargaban lanzas, mosquetones o M-16. Ninguno nos molestó, pero sus cuencas vacías nos siguieron mientras recorrimos el zaguán hasta las enormes puertas que había en el otro extremo.
Dos esqueletos con uniforme de marine custodiaban las puertas. Nos sonrieron.

Varios se estremecieron.

Tenían lanzagranadas automáticos cruzados sobre el pecho.
-¿Sabéis? –Murmuró Grover-, apuesto lo que sea a que Hades no tiene problemas con los vendedores puerta a puerta.

- La mochila me pesaba una tonelada. No se me ocurría por qué.

Atenea frunció el ceño.

Quería abrirla, comprobar si había recogido por casualidad alguna bala de cañón por ahí, pero no era el momento.
-Bueno, chicos –dije-. Creo que tendríamos que... llamar.
Un viento cálido recorrió el pasillo y las puertas se abrieron de par en par. Los guardias se hicieron a un lado.
-Supongo que eso significa entre-vous –comentó Annabeth.

-Piper y otras hijas de Afrodita/Venus levantaron una ceja a Annabeth pero ella las ignoro.

La sala era igual que en mi sueño, salvo que en esta ocasión el trono de Hades estaba ocupado. Era el tercer dios que conocía, pero el primero que me pareció realmente divino.

Dionisio y Ares fruncieron el ceño, mientras Hades sonreía con suficiencia.

Para empezar, medía por lo menos tres metros de altura, e iba vestido con una túnica de seda negra y una corona de oro trenzado. Tenía la piel de un blanco albino, el pelo por los hombros negro azabache. No estaba musculoso como Ares, pero irradiaba poder. Estaba repantigado en su trono de huesos humanos soldados, con aspecto vivaz y alerta. Tan peligroso como una pantera.

La sonrisa de Hades fue creciendo ante toda la descripción.

Inmediatamente tuve la certeza de que él debía dar las órdenes: sabía más que yo y por tanto debía ser mi amo.

Poseidón miro con el ceño fruncido a Hades.

Y a continuación me dije que cortase el rollo. El aura hechizante de Hades me estaba afectando, como lo había hecho la de Ares.

-Pudiste resistirte -dijeron los dioses con sorpresa en sus rostros.

-Claro que sí. Es Percy -dijeron Annabeth, Grover, Hazel y Frank con orgullo.

El Señor de los Muertos se parecía a las imágenes que había visto de Adolf Hitler, Napoleón y los líderes terroristas que teledirigen a los hombres bomba.

-Eran hijos míos... o al menos los dos primeros -respondió Hades, ni Hazel o Nico sabían cómo sentirse con esa revelación

Hades tenía los mismos ojos intensos, la misma clase de carisma malvado e hipnotizador.

-Eres valiente para venir aquí, hijo de Poseidón –articuló con voz empalagosa-. Después de lo que me has hecho, muy valiente a decir verdad. O puede queseas sólo muy insensato.

-Lo segundo -respondieron todos los semidioses, incluido el mismo Percy.

El entumecimiento se apoderó de mis articulaciones, tentándome a tumbarme en el suelo y echarme una siestecita a los pies de Hades. Acurrucarme allí y dormir para siempre.

"Debo de estar verdaderamente furioso" pensó Hades.

Luché contra la sensación y avancé. Sabía qué tenía que decir.
-Señor y tío, vengo a haceros dos peticiones.

"El rayo, y su madre" pensó Pérsefone.

Hades levantó una ceja. Cuando se inclinó hacia delante, en los pliegues de su túnica aparecieron rostros en sombra, rostros atormentados, como si la prenda estuviera hecha de almas atrapadas en los Campos de Castigo que intentaran escapar.

-Lo está - confirmo el dios.

La parte de mí afectada por el THDA se preguntó, distraída, si el resto de su ropa estaría hecho del mismo modo. ¿Qué cosas horribles había que hacer en la vida para acabar convertido en ropa interior de Hades?

Eso basto para romper tención, nadie paro de reír por cinco minutos, y Hades frunció el ceño a su esposa que tampoco paraba de reír.

-¿Sólo dos peticiones? –Preguntó Hades-. Niño arrogante. Como si no te hubieras llevado ya suficiente. Habla entonces. Me divierte no matarte aún.

-Qué dijiste, hermano? -preguntó Poseidón, jugando con su tridente.

-Que me divierte… su tan agraciada presencia -tartamudeó Hades.

-Eso creí- dijo Poseidón con suficiencia.

Tragué saliva. Aquello iba tan mal como me había temido.

Miré el trono vacío, más pequeño que el que había junto al de Hades. Tenía forma de flor negra ribeteada con oro. Deseé que la reina Pérsefone estuviera allí.

Pérsefone sonrió. Ese semidiós cada vez le caía mejor.

Recordaba que en los mitos sabía cómo calmar a su marido. Pero era verano. Claro, Pérsefone estaría arriba, en el mundo de la luz con su madre, la diosa de la agricultura, Deméter.

-Como tiene que ser -declaró Deméter.

Sus visitas, no la traslación del planeta, provocan las estaciones.

Annabeth se aclaró la garganta y me hincó un dedo en la espalda.
-Señor Hades –dije-. Veréis, señor, no puede haber una guerra entre los dioses. Sería... malo.

-Muy malo –añadió Grover para echarme una mano.

-Se notan que son amigos -dijo Clarisse.

-Devolvedme el rayo maestro de Zeus –dije-. Por favor, señor. Dejadme llevarlo al Olimpo.

Los ojos de Hades adquirieron un brillo peligroso.

-¿Osas venirme con esas pretensiones, después de lo que has hecho?
Miré a mis amigos, tan confusos como yo.

-No es el único –dijo Nico

-Esto... tío –dije-. No paras de decir "después de lo que has hecho". ¿Qué he hecho exactamente?

El salón del trono se sacudió con un temblor tan fuerte que probablemente lo notaron en Los Ángeles.

-Lo más probable-dijo Hefesto.

Cayeron escombros del techo de la caverna. Las puertas se abrieron de golpe en todos los muros, y los guerreros esqueléticos entraron, docenas de ellos, de todas las épocas y naciones de la civilización occidental. Formaron en el perímetro de la sala, bloqueando las salidas.

-Esto es malo -murmuró Jason.

-¿Crees que quiero la guerra, diosecillo? –espetó Hades.
Quería contestarle "bueno, estos tipos tampoco parecen activistas de la paz", pero la consideré una respuesta peligrosa.

-Demasiado peligrosa -aceptaron Nico y Hazel.

-Sois el Señor de los Muertos –dije con cautela-. Una guerra expandiría vuestro reino, ¿no?

-Ese cuento es viejo –suspiro cansado Hades.

-¡La típica frasecita de mis hermanos! ¿Crees que necesito más súbditos? Pero ¿es que no has visto la extensión de los Campos de Asfódelos?

-Bueno...
-¿Tienes idea de cuánto ha crecido mi reino sólo en este último siglo? ¿Cuántas subdivisiones he tenido que abrir?

-Ni yo quiero saberlo -murmuró Hades, mientras Pérsefone apoyo su cabeza en el hombro de su esposo para reconfortarlo.

Abrí la boca para responder, pero Hades ya se había lanzado.
-Más demonios de seguridad –se lamentó-. Problemas de tráfico en el pabellón del juicio.

Jornada doble para todo el personal... antes era un dios rico, Percy Jackson. Controlo todos los metales preciosos bajo tierra. Pero ¡y los gastos!

-Caronte quiere que le subáis el sueldo –aproveché para decirle, porque me acordé en ese instante.

-Idiota! –gritaron los semidioses.

Pero al punto deseé haber tenido la boca cosida.

-Nosotros también -dijeron Annabeth y Grover.

-¡No me hagas hablar de Caronte! –Bramó Hades

-. ¡Está imposible desde que descubrió los trajes italianos! Problemas en todas partes, y tengo que ocuparme de todos personalmente. ¡Sólo el tiempo que tardó en llegar desde palacio hasta las puertas me vuelve loco! Y los muertos no paran de llegar. No, diosecillo. ¡No necesito ayuda para conseguir súbditos! Yo no he pedido esta guerra.

-Pero os habéis llevado el rayo maestro de Zeus.

-Qué no ha sido él! -gritaron Nico y Hazel. Hades sonrió a sus hijos.

-¡Mentiras! –Más temblores. Hades se levantó del trono y alcanzó una enorme estatura-. Tu padre puede que engañe a Zeus, chico, pero yo no soy tan tonto.

-Por una ligera diferencia –Aclaro Poseidón con burla.

-Calla -ordeno Hades frustrado.

Veo su plan.

-¿Su plan?

-Tú robaste el rayo durante el solsticio de invierno

-Ni siquiera sabía que era semidiós en esa época -replicó Percy.

dijo-. Tu padre pensó que podría mantenerte en secreto.

-Sí -admitió Poseidón- Pero por otro motivo -añadió.

Te condujo hasta la sala del trono en el Olimpo y te llevaste el rayo maestro y mi casco.

-Robaron MI casco?- decía Hades con una calma aterradora al mismo tiempo que las sombras empezaron a cubrirlo todo, antes que cundiera el pánico, Persefone tomo de la mano a su marido, el simple tacto de su esposa basto y sobro para tranquiliza la cólera del dios, con un respiro profundo las sombras se retiraron- El culpable sufrirá- dijo con una voz tan calmada y suave como la seda, que todos tuvieron escalofríos.

De no haber enviado a mi furia descubrirte en la academia Yancy, Poseidón habría logrado ocultar su plan para empezar una guerra. Pero ahora te has visto obligado a salir a la luz. ¡Tú confesarás ser el ladrón del rayo, y yo recuperaré mi yelmo!

-Pero...-terció Annabeth, desconcertada-. Señor Hades, ¿vuestro yelmo de oscuridad también ha desaparecido?

-No te hagas la inocente, niña.

Atenea miró mal a Hades.

Tú y el sátiro habéis estado ayudando a este héroe,

-Correcto -dijeron Annabeth y Grover-. Pero no para eso.

habéis venido aquí para amenazarme en nombre de Poseidón, sin duda habéis venido a traerme un ultimátum. ¿Cree Poseidón que puede chantajearme para que lo apoye?
-¡No! –repliqué-. ¡Poseidón no ha...no ha...!

-No he dicho nada de la desaparición del yelmo –gruñó Hades-, porque no alberga ilusiones de que nadie en el Olimpo me ofreciera la menor justicia ni la menor ayuda.

Los del Olimpo se removieron incómodos en sus sitios. Hades tenía razón al no comunicar sobre la desaparición de su yelmo. No le habrían dado ninguna ayuda.

No puedo permitirme que se sepa que mi arma más poderosa y temida ha desaparecido. Así que te busqué, y cuando quedó claro que venías a mí para amenazarme, no te detuve.
-¿No nos detuviste? Pero...

-Devuélveme mi casco ahora, o abriré la tierra y devolveré a los muertos al mundo –amenazó Hades

-. Convertiré vuestras tierras en una pesadilla. Y tú, Percy Jackson, tu esqueleto conducirá mi ejército fuera del Hades.

- Los soldados esqueléticos dieron un paso al frente y prepararon sus armas. En este momento supongo que debería haber estado aterrorizado.

Lo raro fue que me ofendió. Nada me enoja más que me acusen de algo que no he hecho. Tengo mucha experiencia en eso.

-Demasiada -declaró Percy.

-Sois tan malo como Zeus

-Eh! -exclamaron Zeus y Hades

-Rectifico- Dijo Precy- Nadie es tan malo como Zeus.

-Eh!- Exclamo Zeus, pero a nadie le importo.

le dije-. ¿Creéis que os he robado? ¿Por eso enviasteis a las Furias por mí?
-Por supuesto.
-¿Y los demás monstruos?
Hades torció el gesto.
-De eso no sé nada.

No quería que tuvieras una muerte rápida: quería que te trajeran vivo ante mí para que sufrieras todas las torturas de los Campos de Castigo.

Poseidón miro mal a Hades, este apartó la mirada, pero fue un error, ya que sus hijos también lo miraban mal.

¿Por qué crees que te he permitido entrar en mi reino con tanta facilidad?

-Tanta facilidad? -repitió Artemisa incrédula.

-¿Tanta facilidad?

Artemisa se sonrojo al haber dicho exactamente lo mismo que Percy.

-¡Devuélveme mi yelmo!

-Estás algo ansioso, no? -preguntó Zeus, burlón, pero todos los presentes lo vieron con incredulidad- Que?-

-Nada "cariño"- dijo Hera con la mirada de no me jodas- Absolutamente nada-

-Pero yo no lo tengo. He venido por el rayo maestro.
-¡Pero si ya lo tienes! –Gritó Hades-. ¡Has venido aquí con él, pequeño insensato, pensando que podrías amenazarme!
-¡No lo tengo!
-Abre la bolsa que llevas.

-Qué?- todos dijeron con incredulidad

Me sacudió un presentimiento horrible. Mi mochila pesaba como una bala de cañón... No podía ser.

Me descolgué la mochila y abrí la cremallera. Dentro había un cilindro de metal de medio metro, con pinchos a ambos lados, que zumbaba por la energía que contenía.

La sala se quedó en silencio. El único sonido que se oyó, y que rompió el sonido, fue el grito de Zeus.

-TÚ! -rugió, mirando a Percy, con su rayo en la mano-. Tú eres el ladrón!

-No seas estúpido! -espetó Poseidón- Sabes que no robo tu chatarra inutil!

-Y por qué lo tiene él, entonces?! -replicó Zeus, con el brazo aún levantado. Los semidioses se movieron algo más cerca, dispuestos a defender al hijo de Poseidón.

-Padre -dijo en ese momento Atenea-. El libro está desde el punto de vista de Jackson. Y es más que obvio, que él no sabía nada del asunto- decía de manera conciliadora- deberíamos seguir leyendo para tener mas pistas- dijo a lo que Hestia siguió leyendo para salvar a su sobrino.

-Percy –dijo Annabeth-, ¿cómo...?
-N-no lo sé. No lo entiendo.

-Todos los héroes sois iguales –apostilló Hades-. Vuestro orgullo os vuelve necios...

-No en el caso de Percy! -replicó Annabeth, sabiendo que ella era otro cosa.

Mira que creer que podías traer semejante arma ante mí. No he pedido el rayo maestro de Zeus, pero, dado que está aquí, me lo entregarás.

-Si… no lo creo -bromeó Leo.

Estoy seguro de que se convertirá en una excelente herramienta de negociación. Y ahora... mi yelmo. ¿Dónde está?

Me había quedado sin habla.

No tenía ningún yelmo. No tenía idea de cómo había acabado el rayo maestro en mi mochila. De alguna forma, Hades me la estaba jugando. Él era el malo.

Pero de repente el mundo se había puesto patas arriba. Reparé en que estaban jugando conmigo. Zeus, Poseidón y Hades se enfrentaban entre sí, pero azuzados por alguien más. El rayo maestro estaba en la mochila, y la mochila me la había dado...

Todos los presentes, sin excepción, voltearon la vista al dios de la guerra, el cual se hallaba igual de sorprendido ante la revelación.

-Tú- Dijo Zeus con una ira mal contenida- Siempre fuiste tú, Ares- decía peligrosamente a su hijo, el cual estaba temblando.

-Padre- Empezó Atenea- Aunque me gustaría ver cómo le desuellas vivo a Ares- Muchos dioses presentes asintieron, incluso Hera, para pavor del dios de la guerra- Él no es ni la mitad de listo para pensar en un plan tan complicado como este- Razono con calma- Leamos el resto para saber porque hiso lo que hiso y podrás castigarlo tanto como se lo merezca – dijo Atenea mientras en su mente; "O tanto como tu sed de sangre se sacie, maldito sádico".

Más que ver la razón en lo que dice su hija, Zeus decidió esperar a escuchar todos los hechos solo para aparentar que era un rey "justo y sabia" ante todos los demás dioses y semidioses… nadie se lo trago, pero sigamos.

-Señor Hades, esperad –dije-. Todo esto es un error.

-¿Un error? –rugió.
Los esqueletos apuntaron sus armas. Desde lo alto se oyó un aleteo, y las tres Furias descendieron para posarse sobre el respaldo del trono de su amo. La que tenía cara de la señora Dods me sonrió, ansiosa, e hizo restallar su látigo.

-Parece que a la señora Dods le van esa clase de juegos -insinuó Leo.

-No necesitaba esa imagen en mi cabeza -gimió Percy, mientras Annabeth no supo si añadir o no a Alecto a su lista de posibles rivales.

-No se trata de ningún error –prosiguió Hades-. Sé por qué has venido; conozco el verdadero motivo por el que has traído el rayo. Has venido a cambiarlo por ella.

-Solo a por ella -aclaró Percy.

De la mano de Hades surgió una bola de fuego. Explotó en los escalafones frente a mí, y allí estaba mi madre, congelada en un resplandor dorado, como en el momento en que el Minotauro empezó a asfixiarla.

No podía hablar. Me acerqué para tocarla, pero la luz estaba tan caliente como una hoguera.
-Sí –dijo Hades con satisfacción-. Yo me la llevé.

Sabía, Percy Jackson, que al final vendrías a negociar conmigo. Devuélveme mi casco y puede que la deje marchar. Ya sabes que no está muerta. Aún no. Pero si no me complaces, eso puede cambiar.

-Hades!- gruño Poseidón y Hades palideció.

Pensé en las perlas en mi bolsillo. A lo mejor podrían sacarme de esta. Si pudiera liberar a mi madre...
-Ah, las perlas –prosiguió Hades, y se me heló la sangre-. Sí, mi hermano y sus truquitos. Tráemelas, Percy Jackson.
Mi mano se movió en contra de mi voluntad y sacó las perlas.
-Sólo tres –comentó Hades-.

Qué pena. ¿Te das cuenta de que cada perla solo protege a una persona? Intenta llevarte a tu madre, pues diosecillo. ¿A cuál de tus amigos dejarás atrás para pasar la eternidad conmigo? Venga, elige. O dame la mochila y acepta mis condiciones.

Todos se tensaron. La cosa pintaba bastante mal. O Percy dejaba a uno de sus amigos atrás, para salvar a su madre y devolver el rayo a Zeus. Le daba la mochila a Hades, salvaba a sus dos amigos y a su madre, y provocaba un enfrentamiento entre los dioses... O Percy tomaba la tercera y más ilógica de las opciones posibles!

Miré a Annabeth y Grover. Sus rostros estaban sombríos.
-Nos han engañado –les dije-. Nos han tendido una trampa.
-Sí, pero ¿por qué? -Preguntó Annabeth-. Y la voz del foso...
-Aún no lo sé –contesté-. Pero tengo intención de preguntarlo.
-¡Decídete, chico! –me apremió Hades.
-Percy –Grover me puso una mano en el hombro-, no puedes darle el rayo.

-Cierto -dijo Zeus.

-Eso ya lo sé.
-Déjame aquí –dijo-. Usa la tercera perla para tu madre.
-¡No!

Hestia le sonrió a su sobrino.

-Soy un sátiro –repuso Grover-. No tenemos almas como los humanos. Puede torturarme hasta que muera, pero no me tendrá para siempre. Me reencarnaré en una flor o en algo parecido. Es la mejor solución.

Atenea asintió, esa era la opción más lógica.

-No. –Annabeth sacó su cuchillo de bronce-. Id vosotros dos. Grover, tú debes proteger a Percy. Además, tienes que sacarte la licencia para buscar a Pan. Sacad a su madre de aquí. Yo os cubriré. Tengo intención de caer luchando.

-No! -gimió Atenea, su hija no!.

-Ni hablar –respondió Grover-. Yo me quedo.
-Piénsatelo, pedazo de cabra –replicó Annabeth.
-¡Basta ya! –Me sentía como si me partieran en dos el corazón. Ambos me habían dado mucho. Recordé a Grover bombardeando a Medusa en el jardín de estatuas, y a Annabeth salvándonos de Cerbero; habíamos sobrevivido a la atracción de Waterland preparada por Hefesto, al arco de San Luís, al Casino Loto.

A medida que se iba diciendo todo eso, los tres amigos sonreían cada vez más, recordando todo lo que habían vivido juntos, y lo que vivirían.

Había pasado cientos de kilómetros preocupado por un amigo que me traicionara, pero aquellos amigos jamás podrían hacerlo

-Jamás -dijeron ambos a la vez.

. No habían hecho otra cosa que salvarme, una y otra vez, y ahora querían sacrificar sus vidas por mi madre.
-Sé qué hacer –dije-. Tomad estas dos. –Les di una perla a cada uno.
-Pero Percy... -protestó Annabeth.
Quería sacrificarme y usar con ella la última perla, pero ella jamás lo permitiría. Me diría que mi deber era devolver el rayo al Olimpo, contarle a Zeus la verdad y detener la guerra. Nunca me perdonaría si yo optaba por salvarla a ella. Pensé en la profecía que me habían hecho en la colina Mestiza, parecía haber transcurrido un millón de años: "Al final, no conseguirás salvar lo más importante."

Artemisa miró a Percy, sorprendida. Durante la lectura, había demostrado ser alguien distinto, pero esto, esto era una muestra de lealtad genuina hacia sus amigos!

-Lo siento –susurré-. Volveré. Encontraré algún modo.
La mirada de suficiencia desapareció del rostro de Hades.

-Eso no me lo esperaba -confesó Hades.

-¿Diosecillo...?
-Encontraré vuestro yelmo, tío –le dije-. Os lo devolveré. No olvidéis de aumentarle el sueldo a Caronte.

-Tenías que recordármelo!? -gimió el dios de los muertos.

-No me desafíes...
-Y tampoco pasaría nada si jugaras un poco con Cerbero de vez en cuando. Le gustan las pelotas de goma roja.

-Percy Jackson, no vas a...
-¡Ahora, chicos! –grité.
-¡Destruidlos! –exclamó Hades.

-Ni se te ocurra! -exclamó Poseidón.

El ejército de esqueletos abrió fuego, los fragmentos de perlas explotaron a mis pies con un estallido de luz verde y una ráfaga de aire fresco. Quedé encerrado en una esfera lechosa que empezó a flotar por encima del suelo.

Annabeth y Grover estaban justo detrás de mí.

Las lanzas y las balas emitían inofensivas chispas al rebotar contra las burbujas nacaradas mientras seguíamos elevándonos. Hades aullaba con una furia que sacudió la fortaleza entera, y supe que no sería una noche tranquila en Los Ángeles.

-¡Mirad arriba! –Gritó Grover-. ¡Vamos a chocar!

Nos acerábamos a toda velocidad hacia las estalactitas, que supuse pincharían nuestras pompas y nos ensartarían como brochetas.
-¿Cómo se controlan estas cosas? –preguntó Annabeth a voz en cuello.
-¡No creo que puedan controlarse! –me desgañité.

Gritamos a medida que las burbujas se estampaban contra el techo y... de pronto todo fue oscuridad.
¿Estábamos muertos?

-No -dijeron Hades.

No, aún tenía sensación de velocidad. Subíamos a través de la roca sólida con tanta facilidad como una burbuja en el agua. Caí en la cuenta de que ése era el poder de las perlas: "Lo que es del mar, siempre regresará al mar."

-Exactamente -sonrió Poseidón.

Por un instante no vi nada fuera de las suaves paredes de mi esfera, hasta que mi perla brotó en el fondo del mar. Las otras dos esferas lechosas, Annabeth y Grover, seguían mi ritmo mientras ascendíamos hacia la superficie. Y de pronto... estallaron al irrumpir en la superficie, en medio de la bahía de Santa Mónica, derribando a un surfista de su tabla, que exclamó indignado:
-¡Eh, tío!

La sala soltó una carcajada al imaginarse la situación.

Agarré a Grover y tiré de él hasta una boya de salvamento.

Grover le sonrió a su amigo.

Fui por Annabeth e hice lo propio.

Annabeth también le sonrió a Percy, pero además, le dio un beso en los labios.

Un tiburón de más de tres metros daba vueltas alrededor, muerto de curiosidad.
-¡Largo! –le ordené.

-El pobre solo quería ayudar -le regañó Poseidón.

El escualo se volvió y se marchó a todo trapo.

El surfista gritó no sé qué de unos hongos chungos y se largó, pataleando tan rápido como pudo.

Varios sonrieron, divertidos.

De algún modo, sabía qué hora era: primera de la mañana del 21 de junio, el día del solsticio de verano.

La tensión volvió a la sala, El día había llegado, y seguían aún en la otra punta del país.

En la distancia, Los Ángeles estaban en llamas, columnas de humo se alzaban desde todos los barrios de la ciudad. Había habido un terremoto, y había sido culpa de Hades.

Hades hizo una mueca.

Probablemente acababa de enviar a un ejército de muerto detrás de mí.

Pero de momento el inframundo era el menor de mis problemas.
Tenía que llegar a la orilla. Tenía que devolverle el rayo maestro a Zeus en el Olimpo. Y sobre todo, tenía que mantener una conversación importante con el dios que me había engañado.

-Fin del capítulo –anuncio Hestia.


Y este capítulo tardo más de lo esperado, pero muchas cosas están pasando en Venezuela y la universidad no deja de consumir mi vida social.

A) Nombre las Islas más grandes de Italia.

B) Quien fue el Emperador que inicio la Tetrarquía?

C) Quien es el Krampus?

Bye.