Disclaimer: Ninguno de los personajes de Naruto me pertenece.

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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Bueno, acá les traigo -lo prometido- el final de "Rosa y celeste" y el comienzo de una nueva historia. Antes de pasar a la nueva historia me gustaría mucho dedicarles este capítulo a todos lo que siguieron la historia capítulo a capítulo, a los que me apoyaron durante todo el fic y a los que se molestaron en dejarme un review con su opinión, de verdad jamás pensé que llegaría a tantos. En fin, ya saben este capítulo es para ustedes :) Espero que les guste y creo que no hace falta repetir que estoy muy agradecida con ustedes ¡GRACIAS! Son los mejores ¡Los adoro! (¡Ah! perdón, no quiero abusar de su bondad pero si no es mucha molestia me gustaría saber que les pareció el final)

Y en cuanto a la nueva historia se llama "Últimos suspiros" y es también un ShikaIno, si si tiendo a volverme adicta. Catalogada, al igual que esta como T, y en la categoría de Romance. Simplemente por si les interesa, y ya saben que yo actualizo todas las noches. Espero que les guste ¡Nos vemos y besitos!


Rosa y celeste

XXI

"Qué es una mujer"

—Ino… —murmuró contra los labios de ella, temblando de pasión y nervios. Completamente al borde del delirio.

—Quiero sentirte, Shika —él tembló más no se retiró.

—No quiero hacerte mal —pues a pesar de desconocer mucho sobre las mujeres, sabía que la primera vez para ellas era dolorosa.

—No puedes —lo besó tiernamente—, tu jamás me harías mal.

Sin embargo no avanzó, permaneció allí contemplándola por unos segundos. En completo silencio. Las piernas le temblaban, las manos le sudaban. No sabía porque pero de repente se había paralizado y su cuerpo no parecía querer responder.

Por su parte Ino le besaba el cuello, lenta y suavemente. Acariciando con gentileza la espalda de él, mientras que las manos de Shikamaru permanecían estáticas en la pequeña cintura de ella.

—Esta bien ¿Sabes? Quiero que lo hagas… —él suspiró más no se movió.

—No puedo. No se porque… —y derrotado bajó la cabeza. No era que su anatomía no se lo permitiera, sino que no tenía el valor de hacerlo. Tenía demasiadas dudas, la batalla campal que se libraba en su cabeza era incontrolable.

—Shika… Si no quieres —lo besó lentamente en los labios— está bien. Pero si es por otra cosa… —suspiró— ¿Es porque no quieres?

—No, no es eso Ino —ella sonrió.

Entonces ella lo abrazó, con firmeza. Aferrándose a su cuerpo como si aquella fuera la última vez que fuera a verlo. Como si aquella noche fuera la última, como si al amanecer el mundo dejara de existir. Y lo besó, poniendo su corazón en cada beso. Como si en sus labios estuvieran de forma evanescente y etérea, todos los sentimientos y sensaciones que en aquel momento sentía. Toda la ternura, la pasión. El deseo, el anhelo, la felicidad contenida. Y quizá, algo más…

—Ino… —suspiró decepcionado al sentir los labios de ella separarse de los de él. Aquel beso había sido quizá lo más intenso que había sentido jamás en su vida.

Sonriendo la chica tomó su mano y la colocó sobre su pecho, por un segundo se sonrojó al sentir el pecho de ella. Sin embargo pronto sintió algo más, algo que estaba allí pero no se veía. Los latidos del corazón de Ino, acelerados. Golpeando contra su pecho, con violencia y agitación.

—Yo también estoy nerviosa, pero si estoy contigo no me importa —él se sonrojó y avergonzado bajó la mirada. Estaba siendo un tonto, lo sabía. Era quizá hasta patético, sin embargo él sabía que todo aquello sucedía porque para Shikamaru aquel momento era demasiado importante. Tal vez le daba demasiado valor pero para él lo valía. Estar de aquella forma con ella. Completamente desnudo, no sólo en cuerpo sino también en alma. Totalmente expuesto.

Entonces se armó de valor y separando con sus rodillas las piernas de ella se ubicó entremedio. Aún temblando, sin embargo sonreía.

Ino sonrió y cerró los ojos, en el justo momento en que él arremetió. Sintió un punzante dolor dentro de ella, como una puntada. Apretó los puños y suspiró. Ahogando un pequeño gemido de dolor.

Él esperó. A que la expresión de dolor abandonara sus labios. Hasta que sus ojos volvieran abrirse, asegurándole que todo estaba bien. Y esperó, hasta que las pestañas de ella oscilaron y su mirada azul se encendió. Ino sonriendo débilmente, lo besó.

—No te preocupes… —esta vez fue el moreno quien la besó y lentamente comenzó a moverse. Deslizarse cuidadosamente dentro de ella. Jamás había percibido tal sensación. Con cada empujón fruncía los ojos con fuerza, sintiendo el placer invadirlo. Con cada retraída no podía sino gemir levemente. Aquello era simplemente indescriptible.

Por su parte Ino jadeaba débilmente, sintiéndolo más en ella que nunca. Sintiéndose colmar por él. Por su presencia. Por sus besos. Fuertes descargas se disparaban por todo su cuerpo, haciendo que su espalda se arqueara e inconscientemente se aferrara a la espalda de él. Con más y más fuerza, a medida que la intensidad del momento aumentaba.

De pronto sintió algo extraño en su pecho, algo que lentamente comenzó de forma incorpórea a subir por su garganta. Rápidamente trepó hasta sus labios, donde las palabras escaparon. Sin que ella pudiera hacer nada.

—Te amo.

Shikamaru se detuvo. Ino se detuvo, extrañada de haber pronunciado a aquellas dos palabras. Hasta el tiempo pareció detenerse.

Sin embargo el moreno no dijo nada, se quedó allí observándola. Completamente enrojecido. Con el corazón palpitándole impetuosamente. Retuvo el aliento.

Ino se sonrojó.

—¡Lo siento! Shikamaru… —quizá hubiera cometido el peor error de todos. Y con ello lo hubiera asustado, y posiblemente alejado. Más el no se retiró. Sino que la besó y volvió a arremeter.

Sin embargo Ino ya no lo miraba, ladeaba la cabeza evitando sus ojos. Fijaba la vista en un punto fijo, mientras él seguía apoderándose de su cuerpo.

Entonces, y de forma inesperada, él la tomó por la barbilla. Forzándola a enfrentarlo.

—Mírame, por favor. Ino —la besó y la chica lentamente correspondió. Temblando frenéticamente. Sin embargo, y a medida que los besos y las embestidas se hicieron más y más intensas. Más y más profundos. La sintió relajarse en sus brazos. Lentamente derretirse.

Entonces sintió un súbito espasmo, desde sí mismo. Como una fuerza que emergía desde lo más profundo de su interior y se apoderaba rápidamente de su cuerpo. Haciendo que todo su ser se tensara, para finalmente morir. En un repentino estado de relajación. Con un leve soplido. Ino por su parte gimió, la sintió aprisionarlo aún más. Y finalmente ella también, cayó rendida. Jadeando.

Aún así no dejó de abrazarlo. De aferrarse a él. Lo sentía exhausto, todo su cuerpo poblado de pequeñas gotitas de sudor. Una de las cuales resbaló por su nariz y fue a morir en la mejilla de ella.

Ino sonrió.

—Shika…

—Ino yo… —jadeó agitado, lentamente se levantó sirviéndose de sus brazos. Salió de ella y se apartó, quedando acostado a su lado—. Yo…

—Shika no tienes que decirme nada —respondió avergonzada. Él negó con la cabeza tomándola suavemente por la cintura. Las manos aún le temblaban, sin embargo ya no tenía dudas. Ni temores. Y es que aquello se sentía tan bien, estar con Ino de aquella manera. Se sentía tan correcto. Como si estuviera en el lugar en que el que tenía que estar. Allí junto a la rubia. No lo cambiaría por nada. Y quería decírselo, pero le era tan difícil. Hacerlo. Poner en palabras aquellas cuestiones. Tantos sentimientos mezclados. No sabía como hacerlo.

—Esto no es fácil… —bufó— es problemático. Pero yo… —rascó nerviosamente su cabeza—. No se como decirlo. Que tonto…

—No te entiendo —dijo genuinamente confundida. El moreno la miró y cerró lentamente los ojos.

—Ino, por favor. Estoy tratando de decir algo, no hagas que me arrepienta —rascó una vez más su cabeza—. Lo que tú me dijiste…

—¿Si?

—Bueno… sobre eso —ella asintió, expectante.

Una vez más la tomó por la cintura y acercándola a él la besó, lentamente. Como queriendo prolongar el momento. Sin embargo finalmente tuvo que arrancarse de ella y aproximándose cautelosamente a su oído susurró un efímero, casi inaudible, Yo también…

Los ojos de Ino se abrieron desmesuradamente, sintiendo su corazón palpitar ahora pausadamente. Sin embargo a un ritmo distinto, con el eco de las palabras de él.

Y lo besó, con incomparable ternura. Cediendo en cada roce un fragmento de su corazón, hasta habérselo entregado por completo. En un sin fin de besos dulces, genuinos, honestos. Y él correspondió, por primera vez plenamente. Sin represiones ni resguardos. Sin duda alguna, sino con su alma.

Entonces la muchacha se acurrucó, de espaldas a él. Shikamaru sonrió y la tomó por la cintura, desde detrás. Atrayéndola hacia él, pegando su cuerpo al de Ino. Sintiendo su respiración acompasada con la de él. Pausada y rítmica. Pronto sus ojos empezaron a cerrarse e Ino se había dormido. La contempló unos segundos más e imitándola cerró sus ojos.

—Buenas noches… —murmuró al vacío silencio de la habitación.

Entonces recordó la pregunta que todo lo había empezado, la que por mera curiosidad lo había arrastrado a aquello: "¿Qué es una mujer?". Y recordó todo lo que había pasado. Desde aquel día.

Bueno, quizá ahora estuviera en posición de responderla. En base a lo que había aprendido. A lo que ella le había enseñado.

Y si tuviera que explicarlo análogamente, podría tomar para ello una dualidad claramente diferenciada. Y sin embargo sus límites nunca lograban delimitarse, visiblemente. Sólo en el amanecer y el ocaso.

Para Shikamaru. Ellas llevaban dentro el día y la noche. Fusionados en la misma carne, misma alma. La luna y el sol brillaban fundidos en ellas. Algunas veces eran como el día, claras, transparentes. Sin oscuridad alguna que las opacara. Desplegando sus dorados rayos de encendida pasión. Iluminándolo todo de alegría y espontaneidad. Como fuente de energía, llenas de ella. Impetuosas. Deslumbrantes y a la vez cegadoras.

Acarreando con ellas toda la locura que el mismo día implicaba, las agitaciones.

Como todo, a veces el día era demasiado abrumador. Agotador. Tanto despliegue de energía, drenaba. Quizá por ello también eran la noche.

A veces serenas, permitiéndose el silencio. De vez en cuando. Podían ser frías. Sin embargo, enigmáticas. Desplegando haces de plata, embriagadores. Llenos de erotismo. Como la noche, había algo de ellas que hipnotizaba. Seducía y a la vez ocultaba, a la penumbra de las sombras que la belleza de la luna proyectaba. Tímidas, coquetas. Sin embargo indómitas. Como la luna que se muestra en todo su esplendor sin embargo parece inalcanzable. Como algo que se da y se quita. Así eran ellas. Tejedoras de intimidad, hacedoras de fantasías. Sensuales y dulces. Instintivas.

Quizá por ello reían, y a veces, en efímeros segundos lloraban. Quizá por ello ardían en ira desmedida, y a veces se apagaban. En ternura apacible e infinita. Quizá por ello eran tan contradictorias. Aparentemente, tan absurdas. No era culpa suya, estaba en su esencia. En su mismo ser.

Con la suave piel endulzada de sensaciones. Sentimientos. Emociones a flor de piel, cargaban con ellas. Las sentían de forma intensa, cada estímulo del mundo. A cada día. Porque la brújula de ellas no era primeramente el cerebro, sino el corazón. Lo cargaban a cuestas, como una pequeña cajita de cristal. Frágil, cristalino. Sin embargo lo entregaban en cada cosa que hacían, dejaban un fragmento de él en cada persona que amaban. Aunque temerosas de perderlo. Lo hacían de todas formas.
Dotadas de un pequeño cuerpo grácil, aparentemente frágil. A pesar de ello fuertes. Firmes, sin embargo, vulnerables. Pero nunca débiles. Decididas, temerosas. Temibles a la hora de defender lo suyo. De protegerlo.

Por ello tal vez fueran en extremo volubles. Por ello quizá derramaran lágrimas de felicidad, de furia y de alegría. Como máxima expresión de cada sensación. Por cargar con su alma en cada centímetro de su piel.

Artistas del detalle, capaces de ver en las pequeñas cosas las más maravillosas esencias. Capaces de distinguir de cada diminuto acto lo más valioso.

Posiblemente por ello apreciaran las pequeñeces. Porque eran capaces de ver en lo ínfimo algo inmenso. También hacer de un problema pequeño algo inmenso. Asimismo, quizá por ello fuera capaz de sentir tan intensamente. De poder transmitirlo todo con una simple mirada. Y de poder ver en los ojos de los demás, los sentimientos más profundos que ocultan.

Shikamaru suspiró, contemplándola una vez más. Sintiendo la calidez del cuerpo de ella emanar hasta su piel. Confortándolo. Los latidos de ella, pausados. Podía sentirla respirar mientras dormía profundamente. Con una amplia sonrisa en los labios, quizá aquella fuera la sonrisa de la que su padre hablaba. Si era así, todo tenía sentido.

A lo mejor era por todas esas particularidades de ellas que a veces solían decir "no" cuando realmente su mente estaba en un "si". Que a veces solían decir que querían una cosa, cuando realmente era otra lo que verdaderamente anhelaban. Quizá por ello en un momento golpearan y al siguiente sonrieran. Gritaran y al siguiente rieran. Quizá por ello, en determinados momentos de su vida, se mostraran fuertes (como Kunoichi, por ejemplo) y en otros se mostraran vulnerables. Sólo por sentirse protegidas. Por regirse por el corazón.

Sin embargo Shikamaru sabía mejor, y sabía muy bien que el hecho de que su corazón fuera su guía. No les quitaba que su cerebro fuera su medio. Porque a pesar de dejarse llevar, habitualmente, por lo que sentían eran quizá las mejores estrategas. Al menos en las temáticas en que las ocupaban, como por ejemplo las relaciones, eran hábiles en la elaboración de planes. Algunos complicados. Algunos manipuladores, que decir, después de todo él había caído en sus redes. A pesar de sus esfuerzos. No, él sabía mejor. Las mujeres eran inteligentes. Y no debían, por ningún motivo, ser subestimadas. Porque hacerlo podría significar la perdición de un hombre.

Como ser racional que era, ser lógico. El hombre quizá más que la mujer, se dejaba llevar por la mente. Y ese era justamente el error en cuanto a ellas, porque ellas se regían por otra lógica. Una que nada tenía que ver con el razonamiento sensato.

Sonrió. También había aprendido que su cuerpo era el espejo de su alma. Que la razón por la que se alegraban tenía que ver con mostrarse plenamente. Para captar la atención de los ojos, disfrutaban robar miradas embobadas. Que gran parte de lo que decían no lo expresaban con palabras plenas sino con gestos corporales y el tono de su voz. Que no había que interpretarlas siempre de forma literal, sino que había que descifrarlas. Y si las tocabas en ciertos puntos estratégicos de su cuerpo, podías hacerlas perder la razón.

Y podían hacerlo todo, sin siquiera perder su belleza.

Sonrió quizá aún más ampliamente. Tal vez hubiera aprendido mucho de ellas. Sin embargo, estaba seguro de que jamás terminaría de comprenderlas. Porque las mujeres, eran para el hombre, una caja de sorpresas. Y así había sido desde hacía siglos, y así seguiría siendo. Porque era justamente aquello lo que las hacía enigmáticas, seductoras. No, él no había terminado de comprenderlas. Ni las idealizaba. Simplemente había aprendido a amarlas.

Pero aún así, a pesar de todo… siempre serían, para el hombre, para Shikamaru, problemáticas. Al fin y al cabo ¡Eran mujeres!

FIN