Buenos dias preciosas!

Aquí os dejo un nuevo capítulo de esta historia :-)

Los personajes pertenecen a la señora SM, la ida de olla es sólo mía...

Muchas gracias a todos por leer y añadir a favoritos.

Y mil gracias más por sus reviews a DraBSwan, anouscha, Anaidam, Gatita Swan, Nurymisu, Cristal 82, Suiza19, anamart05, katyms13 y BronceCeniza16649. No sabéis la ilusión q me hace :_)

Capítulo 21:

No sabía cómo afrontar lo que estaba pasando. Se sentía totalmente desubicado, como fuera de sitio. Mientras se desperezaba en la cama le daba vueltas a la cabeza, pensaba y repensaba, una y otra vez.
Todo había pasado demasiado rápido. Era como si los cuatro años que había pasado en Egipto hubiera sido tan sólo un sueño. Tantos años sin saber de ella y nada más poner un pie en Seattle de nuevo todo cambia; no podía quitarse de la cabeza la conversación que tuvo aquél día con Alice.

— A ver Edward, sólo vas a escuchar, no vas a hacer un drama de esto – decía su hermana al otro lado del teléfono.
— Espero paciente.
— Bella ha descubierto que Jacob la estaba engañando – susurraba para que ella no la escuchara.
— ¿¡Qué!? – gritó Edward.
— ¡Shhhh! Que te ha oído hasta Jasper y está en el salón.

Le estuvo contando por encima lo que había pasado y desde entonces no había dejado de pensar en ella. Le había prometido a su hermana que no haría nada, que dejaría las cosas como estaban; pero él no podía dejar de pensar en ella. En sus ojos, en su sonrisa, el tacto de su lengua… lo que pudo haber sido y no fue. Sin darse cuenta el pequeño Eddy se había despertado "¡y sólo recordando su boca! Estoy fatal… definitivamente… un poco salido" pensaba mientras notaba que su dureza iba a más y que no podría salir de su cuarto en ese estado. Si lo pensaba con detenimiento… desde que estuvo en Egipto no se había desahogado. Se mordió el labio inferior y se metió con rapidez en la ducha.
Mientras se quitaba la ropa pensaba de nuevo en ella, en aquella vez que la paró en el parking de la facultad, sus pechos se adivinaban duros bajo la ropa "dios, necesito verla solo una vez más". Cogió su miembro con su mano izquierda y la fue moviendo lentamente mientras evocaba su olor, sus besos, sus manos apretándole. Aceleró el ritmo al pensar en su lengua "aaaah". No tardó mucho en terminar; cuando se relajó, terminó de ducharse y bajó a desayunar.

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— ¡Hola mamá! ¿Y Anthony? – preguntó Edward observando que no le había escuchado por la mañana.
— Hola cariño – le besó en la mejilla – los domingos por las mañana Carlisle se lo lleva a casa de Alice… ya sabes que lo trata como un muñequito.
— Si es verdad – rió Edward – hoy no voy a comer con vosotros. He quedado con Emmet ¡que me tiene que poner al día! Todavía no me ha perdonado que le abandonara. – Sonrió recordando a su amigo.
— Está bien hijo, así aprovecharemos tu padre y yo para… — se mordió la lengua.
— ¿Para? – levantó una ceja.
— Para hacer limpieza general en la casa – improvisó Esme.
— ¿Ahora se le llama así? – Edward reía por la pillada a su madre. Se acercó a ella y la abrazó – Ser prudentes, tomar precauciones, que vais a repoblar Seattle de Cullens – se partía de risa sin poder evitarlo.
— ¡Oye! Un respeto que soy tu madre – Esme estaba más colorada que un tomate.
— ¡Hola familia! – Carlisle entraba sonriente por la puerta con un gran ramo de rosas blancas.
— Papá, estás exultante – sonrió a Esme que seguía como la grana.
— Bueno, es que hoy hace 27 años que tu madre y yo nos conocemos…
— ¡Anda leñe! Haber empezado por ahí – dijo Edward apurando su desayuno. – Yo desaparezco, me esfumo.
— No tienes que irte. – dijo Carlisle que no entendía nada.
— Si tiene que irse sí – contestó Esme sin importarle ya lo que pensara su hijo.
— ¡Portaros bien! – cogió su chaqueta y las llaves del coche y guiñó un ojo a su madre.

La verdad que estaba feliz de que sus padres volvieran a ser tan empalagosos como siempre, bueno, quizá un poco más.
Recordaba como si fuera ayer cómo explicaron que estaba embarazada. Las caras que pusieron tanto él como Alice fueron cambiando gradualmente según avanzaba la conversación. Al principio, incredulidad, después fascinación y por último alegría infinita. Lo malo llegó cuando su madre les confesó el pequeño secreto que llevaba guardando más de un año.

Gracias a dios el embarazo fue sobre ruedas; Carlisle la mimaba demasiado y sus hijos también. No la dejaban hacer nada ya que debido a su edad y al riesgo por tener una pequeña enfermedad cardíaca la mandaron reposo absoluto. Tras dar a luz a Anthony por parto natural, y darle de mamar durante 6 meses, Esme se tuvo que hacer una pequeña operación revisada por un preocupado Carlisle. La vía accesoria se eliminó satisfactoriamente mediante un cateterismo. Estuvo ingresada por precaución sólo durante dos días.
Edward recordaba con angustia cómo entre él y Alice tuvieron que cuidar del pequeño; sonrió al acordarse del espectáculo cambiando pañales, con los guantes de goma y el delantal.

Aparcó frente a la casa de Emmet, había hablado varias veces con él por teléfono pero todavía no le había visto. Pensó en darle una sorpresa; no pasaban de las 12 del mediodía y, o mucho había cambiado, o seguro que todavía estaba en la cama. Mientras llamaba a la puerta recordó aquella vez que le cruzó la cara nada más verle, "espero que no lo repita, je". Pero nadie le preparó para lo que vieron sus ojos.

— R…. ¿Rose? – preguntó intentando reconocer a su "amiga".
— ¡Edward! – abrió los ojos como platos y sonrió sinceramente. No pudo hacer otra cosa que abrir los brazos y esperar su abrazo.
— Joder Rose, ¿Cómo estás? Deja que te vea – se separó un poco de ella y la miró fijamente. Pelo revuelto, cara de recién levantada, camisa de pijama diez tallas más grande… levantó una ceja divertido – veo que la vida te trata bien.
— Rose ¿Quién es? ¿Quién ha osado despertarnos en domingo? – preguntó Emmet apareciendo de la nada, con el pecho descubierto y los pantalones del pijama cayendo en su cintura.
— ¡Hola osezno! – sonrió al adormilado chico.
— ¡Edward tío! – Quitó delicadamente a Rosalie y le estrujó, literalmente – ¡Te ha crujido la espalda!
— Si sé que me vas a dar este recibimiento vengo antes gorila – rió Edward mientras estiraba la espalda sintiéndose menos cargado.

Rosalie se les quedó mirando y de repente recordó que debajo de la camisa no llevaba nada… nada de nada.
— Chicos, mientras os ponéis al día yo me meto en la ducha… — dijo mientras entraba en el cuarto rápidamente.
— Vale preciosa – soltó Emmet mientras guiaba a Edward al salón.

En cuanto estuvo sola se quedó pensando en la situación. Realmente se sentía un poco incómoda, joder… se había acostado con el mejor amigo del que ahora era su novio. Había huido como de la peste de Seattle por que se le caía la cara de vergüenza, nunca había hecho nada parecido con nadie, se sintió sucia en aquél tiempo. Siempre pensó que el hecho de ir borracha no la eximía de responsabilidad; aunque ciertamente, apenas recordaba nada… "bueno, menos cierto aparato de dimensiones increíbles; claro que mi Emmet no se queda atrás…"

Se metió en la ducha dando gracias al cielo por haberse reencontrado con él. Desde que le vio jugar aquél partido en la facultad se había fijado en él; tenía cara de niño pero sin desentonar en ese cuerpo de hombre. Los hoyuelos que adornaban sus mejillas la hacían perder el sentido cada vez que le veía sonreír. Ella pensó que al irse a terminar la carrera a otra ciudad sería suficiente para olvidarle. Pero el hecho de haber rechazado a unos 20 pretendientes y haber caído rendida a sus pies en cuanto le saludó en el instituto la hicieron ver que no era así.
Casualidades de la vida, él era el profesor de Educación Física de los chicos de secundaria. Aquél día que entró en su clase solicitando que saliera un alumno en concreto pensó que se había parado el mundo. Ninguno de los dos retiró la mirada del otro hasta que empezaron a oír las risitas de los alumnos.
Había sido mágico; sonrió sólo de recordarlo mientras se enjabonaba con cuidado. Ese primer día estuvieron hablando desde la salida de las clases hasta las 2 de la mañana; no se habían separado ni un solo día desde entonces. Suspiró embriagada de felicidad.

Mientras Rosalie terminaba de adecentarse los chicos hablaban en el salón despreocupadamente. Hasta que Edward no pudo más y abordó el tema de conversación.

— Tío… no sabía que ibais tan en serio – soltó mirándose las manos con cierta incomodidad.
— ¡Ey! No estés preocupado ni nada de eso, por favor. – Le puso una mano en el hombro – Estoy feliz Ed, te lo juro… no me cabe un piñón por el culo ahora mismo.
— Me hago a la idea – rió ante la espontaneidad de Emmet.
— De verdad. Es una diosa… — se perdió en millones de encuentros sexuales, en millones de caricias, y se puso un cojín en el bajo vientre.
— ¡Para toro! Que estoy aquí… si quieres me voy… ya encontraré otro amigo para pasar el domingo… — hizo como que se levantaba.

Rosalie apareció por la puerta.
— ¿Ya te vas? – se extrañó y pensó mal en el acto.
— No, no se va… lo que pasa es que sigue tan tocapelotas como siempre – rodó los ojos Emmet aprovechando para levantarse. – Me meto en la ducha. Tardo 10 minutos ¿vale?

Cuando Emmet se fue, Edward se quedó mirando a Rosalie con dulzura.

— Realmente tenemos una conversación pendiente… ¿no? – tanteó la rubia.
— Eso creo… — sonrió Edward.
— ¿Qué nos pasó? – dijo mientras se sentaba a su lado.
— Pues un cúmulo de estúpidas coincidencias – contestó mientras la cogía de la mano – Siento en el alma haberme comportado así contigo Rosalie; no lo merecías.
— ¡Oh vamos! Que yo también tuve mi parte de culpa – se carcajeó ella – no es que me violaras precisamente.
— ¿Me perdonas entonces? – puso cara de cordero degollado.
— Te pareces a tu hermana, ponéis esos ojos de gato de Shrek y no hay quien os niegue nada – rió de buena gana. Recordando las veces desde que la conocía que había puesto esos ojos para convencerla a ir de compras.
— ¡Es verdad! Que ahora salís en plan parejitas… pff, me voy a quedar de candelabro – cruzó los brazos fingiendo enfado.

Emmet apareció por la puerta, totalmente tranquilo. Sabía lo que había pasado entre ellos, pero también sabía que Edward era su hermano, y Rosalie… Rosalie lo adoraba y se lo había demostrado más de una vez. Cuando les vio en el salón, un pequeño pinchazo en el corazón le recordó que ellos habían tenido algo en el pasado; pero ese algo fue un error reconocido por los dos. Además, realmente en aquella época ambos estaban libres. Ahora era distinto, sabía que entre ellos quedaría una bonita amistad, y eso en cierto modo lo hacía sentirse feliz.

— Bueno chicos, desayunamos o qué – dijo mientras se frotaba la barriga en forma de tableta de chocolate. – Necesito proteínas urgentemente.
— ¡Cojo el bolso! – saltó Rose desde el sofá hacia el perchero.
— ¿A dónde me lleváis? – quiso saber Edward.
— Vas a flipar… ¿estuviste alguna vez en la cafetería al lado de la residencia de la facultad? – preguntó Emmet.
— Si… claro – sintió un nudo en el estómago.
— Pues una de las chicas que trabajaba allí la compró y ha abierto una cafetería nueva, más moderna… y prepara las mejores tortitas de todo Seattle, una receta de su abuela. La gente hace cola para desayunar allí a diario. La dueña se llama Jessica, y está allí siempre – soltó mientras terminaban de arrancar.
— La recuerdo – y a su amiga de ojos chocolate y las peleas por ver quién pagaba… — me alegrará saludarla.
— Pues vamos allá. – Rosalie se colgó del brazo de Emmet y emprendieron la marcha.

Nada más llegar a la zona de la facultad no pudo evitar recordar los encuentros que había tenido en ese aparcamiento, su primer beso. Y cuando entró en la cafetería, recordó cuando le dijo que era la hija de Charlie. Los recuerdos hicieron que sus ojos se ensombrecieran; acto que no pasó desapercibido a sus amigos.

— ¿Sigues pensando en ella? – preguntó Emmet recordando la cantidad de veces que le habló del embrujo de los ojos de aquella chica.
— Pche…
— ¿Me he perdido algo? – Rose levantó una ceja.
— La chica de ojos marrones y dulce sonrisa que le ablandó el corazón – soltó Emmet poniendo tono poético.
— ¡Ah! – soltó poniendo cara de recordar.
— Joé… no se os puede decir anda – contestó Edward con falso enojo.

Y allí pasaron la mañana, les contó mil historias de Egipto; se dejó llevar y les explicó lo que hacía allí, los sitios que había visitado, la vez que entró a escondidas en la pirámide más antigua con Zafrina, les habló de Zafrina, del sitio donde vivieron.
Y terminó hablando de Bella, de lo que le había pasado… sabía que había vuelto a Seattle y por un lado sentía ganas de ir a verla; pero por otro… ¿qué le diría?

— Mira Edward, yo pienso igual que Alice. – explicó Rose. – Esta chica ha pasado una muy mala experiencia, deja que las cosas surjan. Te estás obsesionando con ella, y eso no es sano. – Le reprochó dulcemente.
— Hazla caso tío, las chicas saben más de estas cosas. – Le palmeó la mano a Edward.
— Si tenéis razón, lo sé… pero la cabeza me traiciona muchas veces. Es como cuando estás a régimen y ves un donut que ha tirado un desalmado después de mordisquearlo. No debo, no debo, pero no dejo de pensar en el donut…
— Tío… que estás comparando a Bella con un donut… háztelo mirar – expresó Emmet con falsa preocupación.

Realmente se estaba volviendo loco. La charla con sus amigos le vino fenomenal; sabía que Bella estaba bien por Alice, la cual le puso al día ayer por la noche en cuanto llegó de compras.
Tras dejar a los chicos de nuevo en su casa llamó a su hermana por teléfono para ir a recoger a Anthony a su casa y de paso verles. Mientras se maldecía por no tener instalada en el coche la sillita especial para niños, cambió de idea y se dirigió para casa. Sonriendo llamó desde el manos libre a su padre.

— ¿Diga? – soltó un Carlisle un tanto sofocado al quinto tono.
— Papá… soy Edward… Si te digo que voy ya camino de casa ¿os hago la puñeta?
— No hijo, vente ya – rió con ganas su padre — Que no tenemos 20 años ya… — paró de hablar cuando sintió como Esme le golpeaba el hombro.
— Vale, vale… no riñáis. En 15 minutos estoy allí… para que os vistáis y eso… — colgó con una carcajada antes de que le pudieran responder.

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Lo prometido era deuda y a la mañana siguiente le tocó llevar a Anthony al cole. Aprovecharía el camino para ir a la facultad de nuevo; tenía que arreglar los papeles con su beca y mirar las ofertas de empleo de allí. Además se tenía que informar sobre un nuevo curso de restauración en el que se especializaría en nuevas técnicas.
Le pidió a su madre prestada la sillita del niño e intentó colocarla en su Mercedes deportivo… pero fue misión imposible. Optó por colocarla de nuevo en el coche de su madre y le pidió permiso para llevárselo toda la mañana.

Anthony canturreaba feliz al ver cómo su hermano le dedicaba toda su atención. El pequeño quería presumir de hermano en el colegio y estaba claro que Edward se iba a dejar hacer por ese niño "creo que lo consentiré demasiado, si es que tiene mi mismo problema con el pelo". Sonrió al enano por el espejo retrovisor.

— Tato.
— Dime ratón
— ¿Tienes novia?
— Nope… — frunció el ceño "a ver por donde sale"
— Guay – sonrió el niño
— ¿Por qué? – estaba realmente extrañado.
— Por que mis amigos dicen que cuando los hermanos se fijan en las chicas se olvidan de los hermanos – puso un pequeño puchero.
— Pero yo nunca te dejaré aunque tenga novia – se rió de buena gana.
— Ya claro – cruzó los bracitos – hasta que la tengas.
— Los hermanos de tus amigos son un poco tontos si hacen eso… — aparcó en la puerta del colegio y salió para abrirle la puerta.
— Sí un poco tontos sí que son – rió el pequeño.

Le acompañó a la fila de su clase y habló dos segundos con su profesor para presentarse.
Mientras conducía de nuevo rumbo a la facultad pensó que la cara del profesor le sonaba de algo, pero no lo conseguía ubicar. Aparcó de nuevo el coche, esta vez en el aparcamiento de la facultad y cogió los papeles que necesitaba del maletero. Mientras los colocaba y revisaba que toda la documentación estuviese correcta, no vio venir a una chica que revisaba también sus papeles cruzándose en su camino y chocando con ella sin poder evitarlo.


¡ay dios! ¿quién será...?
¿Qué os parece este Edward? Taaan tierno con Anthony

No se si dejaros adelanto del siguiente... bueno venga va. Ahí os lo dejo ^_^

EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO...

Cuando el profesor se dio la vuelta, Bella no pudo hacer menos que aguantar la respiración. Sus ojos azules la chequearon de arriba abajo y una sonrisa deslumbrante adornó su joven rostro.

— Disculpe mis maneras por favor, señorita… — quiso saber mientras extendía la mano hacia el frente.
— Swan, Bella Swan – le estrechó la mano sin titubear.
— Soy el profesor Witherdale, pero todos me llaman James – agregó de forma encantadora.
— ¿Los alumnos también le llaman por su nombre de pila? – quiso saber ella.
— Por supuesto… ¡soy joven por dios! Y no me trates de usted… Bella – aventuró el rubio.
— Está bien… James – sonrió Bella totalmente encandilada – sólo venía para saber qué temario había dado en una semana. Mañana me incorporaré a las clases y quería saber lo que me había perdido.
— Sólo me ha dado tiempo a presentarme y a dar una pequeña introducción… pero si quieres venir dentro de dos horas a la tutoría te puedo dar un pequeño esquema para que lo desarrolles. – Tanteó el profesor el terreno. Los ojos de esa chica le estaban llegando al alma. Su cara, su cuerpo… era preciosa "por dios James ¡es tu alumna! cálmate".
— … Pues… de acuerdo… podré pasarme en un par de horas. – contestó pensando en que tendría tiempo de hacer una visita a Jessica.

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