Capitulo 21
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-Bella vamos, te tienes que cambiar –me dijo Alice acercándose a mi. Me separé de mamá y seguí a Alice.
-¿A dónde me va a llevar, Alice? –le pregunté mientras me guiaba de la mano por las escaleras de la casa.
-Me ha prohibido decírtelo, quiere que sea una sorpresa.
Puse un puchero…
-Lo siento –me dijo.
-Está bien, Alice, no pasa nada, solo es curiosidad.
Me ayudaron a quitarme el vestido blanco entre todas y me puse el vestido azul que descansaba en la cama con unos zapatos negros de raso que habían sido un regalo de Rose días antes.
-Tus maletas ya están listas y en el coche de Edward –dijo mamá mientras se acercaba y me abrazaba- Te voy a echar de menos.
-Yo también mamá.
Me despedí de las chicas en la habitación y bajé las escaleras, ellas me seguían mientras un Edward ansioso me estaba esperando en la puerta.
-¿Lita, amor? –nos despedimos de todos.
-Mamá recuerda lo que quiero ver cuando vuelva –le dije con una sonrisa mientras la abrazaba por última vez antes de irme.
-Estate segura de que lo voy a intentar.
-Me alegro, te quiero mamá.
Cogí la mano de mi esposo y este me llevó hasta la puerta del copiloto la cual me abrió como todo un caballero, y entré en el coche. Segundos después él ya estaba adentro arrancando el coche.
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-¿A dónde vamos?
-Es una sorpresa, amor –me dijo con una sonrisa, parecía divertirse.
-¡Oh vamos Edward!, por favor –le insistí.
-No –me contestó con una dulce voz- quiero que sea una sorpresa, ahora te enterarás –me dijo mientras aparcaba en el aeropuerto de Seattle.
-¿Vamos a viajar en avión? –le pregunté fascinada, era obvio que si pero tenía que preguntárselo, lo necesitaba.
-Sí.
-Y… ¿me vas a decir a donde vamos?
-Ahora lo averiguarás.
Habló con la mujer que se encontraba al otro lado del mostrador y cuando terminó de revisar nuestra documentación y tarjetas de embarque nos indicó a donde teníamos que ir.
-La puerta de embarque es la 2B. El número de vuelo es 03965 con destino Paris.
-Muchas gracias –contestó Edward amable. Me cogió de la mano y comenzamos a caminar.
-¿Me llevas a Paris? –le dije con una gran sonrisa.
Nunca había ido a Paris y llevaba desde pequeñita queriendo ir.
-Sí, sé que quieres ir desde que eras una renacuaja –dijo sonriendo mientras me acariciaba el pelo.
-Te quiero –le dije poniéndome delante de él y besándolo.
- Y yo.
Llegó la hora y nos subimos al avión. Tras demasiadas horas de vuelo aterrizamos en Paris. Estábamos en Septiembre por lo que no había sol en aquella hermosa ciudad. El cielo estaba cubierto por unas nubes grises que impedían que pasaran los rayos del sol. Edward paró el coche, que había alquilado, enfrente de un hotel de cinco estrellas siendo las nueve de la noche.
Mi esposo pidió en un fluido francés la habitación que tenía reservada y le entregaron las llaves. Los botones nos subieron las maletas a la habitación y cuando nosotros llegamos ya estaban allí colocadas enfrente de la puerta. Edward la abrió y metió las maletas después salió a por mí. Me cogió en volandas, como los esposos cogen a sus esposas para entrar juntos a su nueva casa, pero en este caso no era nuestra casa, sino una habitación de hotel que desbordaba lujo por todos lados.
-¿Te gusta?, es la suite nupcial –me dijo Edward mientras me dejaba delicadamente en el suelo y me cogía de la cintura por la espalda y comenzaba a besarme el cuello.
-Si me gusta, es muy bonita.
-No tanto como tú –dijo entre beso y beso en mi cuello.
-¿Pararás alguna vez de decirme tantos piropos? –le dije mientras me daba la vuelta para quedar enfrente de él.
-¿Qué pasa? ¿No te gustan? –preguntó confuso, yo negué con la cabeza provocando que se quedara más confuso todavía.
-Me encantan –le contesté con una sonrisa y comenzamos a besarnos.
El beso comenzó suave, tierno… pero a la vez que pasaba el tiempo y nuestros labios seguían en contacto ese beso se iba volviendo más apasionado, fiero. Era nuestra noche de bodas y los dos sabíamos lo que queríamos, habíamos esperado tanto tiempo para poder estar juntos…, solos, sin que ningún hermano, madre, padre, amigo… sin que nadie nos molestara. A los pocos segundos de pensar eso los dos estábamos tumbados en la blandita cama, ahí comenzó la noche más especial de mi existencia.
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A la mañana siguiente, después de una reconfortante sesión de sexo matutino, salimos a la calle.
-¿Qué quieres que veamos primero? –me preguntó mi esposo mientras caminábamos por las calles de París.
-¿Qué te parece la Tour Eiffel?
-Lo que mi vida quiera –Era tan dulce
-Gracias –me dijo sonriente.
-¡Eh! –Exclamé mientras le daba un codazo cariñoso en el costado- no me leas la mente –le dije en bajito para que ningún humano nos oyera. Él sonrió.
-Resulta demasiado tentador leerte la mente cuando puedo.
-Últimamente no tengo mi escudo puesto…
Le sonreí antes de darle un beso.
Subimos a la Tour Eiffel, caminamos por los capos Elíseos y por los campos de Marte antes de entrar en el museo del Louvre donde nos recorrimos todas las salas que había en él.
Volvimos al hotel a eso de las cinco de la tarde pues a las nueve iríamos a la ópera de Paris a ver el Fantasma de la Ópera, la cual me encantaba y deseaba ver desde niña. Edward me conocía bastante bien y conocía todos mis gustos.
Todavía no me acostumbraba al hecho de que no me hacía falta ducharme, así que me metí en el jacuzzi lleno de agua con espuma, mucha espuma. Tenía la cabeza apoyada en el borde con los ojos cerrados, me estaba relajando cuando su dulce voz me habló.
-¿No me ibas a esperar? –me preguntó con una sonrisa ladina mientras se metía en el jacuzzi.
-No sabía que te fueras a bañar… -intenté disculparme- …creo que todavía no he perdido la costumbre de bañarme, lo siento.
-No pretendía que te disculparas, amor –me dijo acurrucándome en su pecho- solo te lo decía de broma.
-Ah, pues… si te iba a esperar pero como el señorito estaba viendo no sé qué y tardaba taaantoooo –dije haciendo un gesto con las manos- me metí en el agua.
-¿Con que tardaba taaantoooo, eh? –dijo imitándome con una sonrisa picarona.
-Sí, tardabas mucho y eso que eres un vampiro…
Sin darme cuenta comenzó a hacerme cosquillas.
-Edward… pa… ¡para! –le dije entre risas- por favor…
-Esto para que vuelvas a decirme que tardo mucho –me dijo también riéndose mientras no paraba de hacerme cosquillas.
-¿Ah sí? Pues te lo volveré a decir todas las veces que quiera –le dije quitándome sus manos de encima y haciéndole yo cosquillas- tar-dón.
Con un rápido movimiento consiguió atrapar mis manos y sostenerlas por encima de mi cabeza. Se acercó despacio y acarició mi cuello con su nariz mientras dejaba pequeños besos que iban descendiendo poco a poco. Mi respiración se volvió agitada, mi pecho subía y bajaba hasta que Edward atrapó mi pezón entre sus labios. Chupó, lamió y saboreó mientras, poco a poco, me perdía. Noté como una de sus manos descendió lentamente hasta perderse debajo del agua y llegar a mi sexo, abrió mis labios y comenzó a acariciar de arriba abajo deteniéndose en mi botón. Me tenía al límite y él lo sabía. Mi cuerpo, yo quería que de una vez por todas metiera sus dedos, lo necesitaba. En ese momento dos de sus dedos entraron bruscamente bombeando con fuerza. Cerré los ojos y comencé a disfrutar de las sensaciones que comenzaban a formarse dentro de mí.
-Todavía no –me ordenó antes de sacar sus dedos y entrar hasta la base en mí.
Se quedó quieto unos segundos para luego moverse lento y aumentar el ritmo. Me alzó de las caderas y me agarré a sus hombros para no perder el equilibrio. Con ese nuevo ángulo accedía a zonas de mi cuerpo que no sabía que existían haciendo que mi orgasmo se acercase más rápidamente.
-Ahora –rugió Edward y después de dos embestidas más los dos acabamos gritando el nombre del otro.
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Salimos a tiempo de cambiarnos para ir a la Ópera. Me puse un vestido negro que Alice había colocado en mi maleta. Edward se puso un traje negro al igual que la corbata, la camisa blanca. Salimos del hotel y fuimos caminando a la Ópera. Esta era casi igual que en mis sueños, la única diferencia que había era que: era mucho más grande de lo que me había imaginado. Tenía los adornos y estatuas pequeñas de oro y una gran escalera que conducía a todos los palcos.
Nos sentamos en el primer palco, pues en el patio de butacas a Edward no le gustaba. Estábamos solos, por lo que supuse que Edward había pagado demás.
La obra comenzó a la hora indicada y duró hasta la una de la madrugada.
-Ha sido preciosa –le dije a Edward mientras salíamos de la Ópera y volvíamos a caminar por las calles de Paris devuelta al hotel porque yo se lo había pedido - y no me digas que más que yo, que nos conocemos –. Él me sonrió dulcemente y pasó su brazo por encima de mis hombros.
Mientras caminábamos observaba a la gente que nos cruzábamos, gentes de todos los colores y razas, en grupos, por parejas o solos, aun siendo la una de la madrugada había personas caminando por las calles todavía. De un callejón próximo a nosotros salió una mujer con las ropas desgastadas con un bolso y un bebé en brazos. Me quedé paralizada al verla parada delante de mí.
-Sería tan amable de sostenerme un momento al bebé.
-Sí, claro –noté que Edward se ponía tenso a mi lado y aquella mujer me dio al bebé.
Ella se quitó el bolso que llevaba y comenzó a correr en dirección opuesta a nosotros. No nos dio tiempo a reaccionar. Verdaderamente patético para seres con una supuesta rápida capacidad de reacción.
-¡Edward! –le dije preocupada. Iba a salir corriendo detrás de aquella mujer para pedirle una explicación pero Edward me sujetó dulcemente del brazo.
-No.
-Pero…
-Está enferma de cáncer, el médico le ha dado solo días de lo mal que está. No sabe con seguridad quién es el padre del bebé, este ni siquiera está registrado como nacido, y no tiene familia ni a nadie de confianza con quien dejar a esta criaturita –dijo apenado.
En ese momento sonó el móvil de Edward. Era Alice.
-¿Ya tenéis a mi sobrinita? –preguntó a Edward cuando este descolgó.
¿Sobrinita? No me había dado cuenta de que era una niña y era preciosa, era la más bonita que había visto en mi vida.
-¿Por eso me dijiste que viniéramos aquí verdad? –oí como le preguntaba Edward a Alice.
-Claro que si, hermanito. No te pongas nervioso, eso también lo vi. Id al hotel, en el fondo de la maleta de Bella hay ropa para la niña y en la tuya unos billetes para volver esta noche a Forks, os esperaremos en el aeropuerto ¿vale?
-Está bien, hasta dentro de unas horas, Alice.
-Ciao hermanito, adiós Bella.
-Adiós Alice –acto seguido Edward colgó el teléfono y cogió el bolso de la niña.
Llegamos al hotel y fuimos a nuestra habitación, miramos en la maleta y como había dicho Alice todo estaba en su sitio. La niña tenía que tener unos tres meses.
-¿A qué hora sale el vuelo?
-En una hora –me contestó.
-Voy a duchar a la niña, me da tiempo.
-Vale amor, yo voy a recogerlo todo.
Preparé el agua del jacuzzi mientras que tenía al bebé en brazos, menos mal que Alice había echado un termómetro porque si no… no hubiera sido capaz de poner el agua a punto para duchar a la bebé. Duché bien a aquella preciosa niña mientras jugaba con ella y se reía. Tenía el pelo rizado y de un color parecido al de Edward. Le puse un vestidito azul de cuadritos y salí con ella en brazos del cuarto de baño. Edward estaba sentado en la cama.
-¿Qué te pasa, cariño? –le pregunté mientras nos sentábamos al lado de él en la cama, la niña estaba radiante, la senté en mis piernas- ¿Es por la niña? ¿No quieres que nos la quedemos por lo que somos? Si es así lo entenderé.
-No, no es eso. Todo lo contrario, claro que la quiero, ¿quién no?, mira que cosita más linda es –me dijo mientras acariciaba a la niña- tan solo la tenemos desde hace un rato y ya me tiene encandilado.
-La verdad es que si, pero entonces ¿qué te pasa? –le pregunté otra vez mientras lo acariciaba.
-Es que todo ha pasado tan deprisa. No se…
-Lo sé pero pudiste leerle la mente ¡¿no?! –dije un poco alterada.
-Sí, la niña ni siquiera está registrada como nacida –me dijo tranquilizándome.
-¿Quieres que te diga la verdad?
-Claro que quiero cariño.
-Esta niña es lo que me mejor me ha pasado en la vida después de ti y me gustaría quedármela y cuidarla si tu quieres, claro.
-Si te digo la verdad a mí también me pasa lo mismo es una gran oportunidad para nosotros ya que no podemos tener hijos biológicos –le sonreí levemente mientras él me acariciaba la mejilla- y claro que nos la vamos a quedar. Esa mujer nos eligió por algo ¿no?
-Gracias –le dije mientras me acercaba para besarlo.
-No me las des –me contestó antes de juntar nuestros labios.
Me cambié de ropa antes de irnos al aeropuerto. Nos montamos en el avión con la niña. Durante el trayecto estuvimos pensando en el nombre que le pondríamos mientras ella dormía plácidamente en mis brazos.
Hola chicas, siento el retraso, pero aqui dejo otro capi de esta historia. Quiero aclarar que aunque tarde un mundo en subir capitulos no abandonaré la historia, gracias por estar ahi! Decirme que os ha parecido, un beso.
