Capítulo Veintiuno
Chispas
Mi madre siempre había sido una criatura de fantasía. Compraba las pequeñas guías del horóscopo en el supermercado, una vez se apuntó a clases de baile después de oír la canción de Brian Setzer en la radio, y se cortó el pelo sin espejo y usando unas tijeras de cocina el verano en el que el aire acondicionado se estropeó. Sin embargo, su acto de mayor impulsividad fue cuando hizo las maletas y me alejó de Forks, separándonos de mi padre y de nuestra única fuente de ingresos cuando aún estaba en pañales porque se había cansado de las interminables tardes lluviosas y de jugar a la ama de casa. Me dijo que le había querido, pero que casarse tan joven le había chupado toda la vitalidad y sabía que nunca se habría perdonado si no se hubiera escapado.
A pesar de su actitud irresponsable y de su falta de previsión, quería a Renee con todo mi corazón. Habíamos soportado tantas tormentas las dos juntas que no dudaba en confiar en ella. Cuando se casó con Phil en mi primer año de secundaria, le dije a esa parte de mi cerebro que me decía que él era demasiado joven para ella que se callara porque veía lo feliz que estaba. La envidiaba porque había echado la precaución al viento y se había entregado a alguien, incluso después de haber fracasado tan miserablemente con mi padre una década atrás y de una agenda llena de perdedores. Como un gato, Renee había aterrizado con los pies. Había cometido errores, pero al final había encontrado la felicidad.
Yo, por otro lado, no podía comprar calcetines sin sopesar los pros y los contras del algodón blanco versus el sintético gris. Cada decisión que tomaba era un laborioso proceso por el que miraba cualquier posible opción desde cientos de ángulos diferentes. Sin embargo, era yo la que no podía dormir por la noche o la que apenas comía; a pesar de mi prudencia y de mi inquebrantable cautela, era yo, y no mi madre, quien era un caso perdido.
Me pasé la mayor parte de las tres semanas siguientes evadiendo a las dos fuentes de mi dolor al evitar la cafetería y al descolgar el teléfono para que estuviera comunicando. Tenía perfecto sentido que cuando llegara al punto en el que no pudiera más, ella estuviera allí. Después de tantos años cuidando a mi madre, por fin me había convertido en la hija.
Había estado comportándome de forma mecánica durante semanas, diciéndole a Jake que estaba estresada por las clases y los formularios de las universidades, y que no podría verle más de una o dos horas de vez en cuando. Pareció tragárselo, y mi culpabilidad aumentó día a día. Una y otra vez me decía que debía amar más Jacob, que si me esforzaba un poco todo saldría bien… pero solo acabó empeorando.
Le dije a Edward las mismas mentiras que a Jake, e incluso me pasé varias horas estudiando en la biblioteca en lugar de ir a comer a la cafetería. Las pocas veces que intenté comer con él, me concentraba en las admisiones de las universidades y las becas, sin permitir que Alice rompiera mi fingida concentración. Edward había intentado arrinconarme y preguntarme qué iba mal, pero yo me limitaba a responder con una sonrisa poco convincente y a decir que solo estaba preocupada por las notas y la vida después de la graduación.
Eventualmente, el insomnio me afectó al cuerpo y me quedé en cama durante una semana por culpa de la gripe. El dolor emocional me había estado afectando desde hacía tanto, que acogí con gusto el dolor físico para variar un poco.
A la una de la madrugada del 19 de noviembre, el dique que retenía los restos que me quedaban de cordura finalmente se derrumbó. Después de que Jacob me comprara una bolsa llena de jarabes y clínex, empecé a llorar en mi habitación y no pude parar. Durante siete horas.
Además de la nariz taponada, el dolor de estómago y la fiebre, los sollozos eran demasiado para mí. Estaba tan deshidratada que ya no me podían salir más lágrimas. Escondí la cabeza en la almohada para disimular el sonido de mis propias arcadas, casi sofocándome en un intento por esconderle mi dolor a Charlie. La idea que me golpeó fue el primer indicio de alivio que sentí en días: necesitaba a mi madre.
Eran las cuatro de la madrugada en Florida, pero era una emergencia. No quería preocuparla, pero ya no podía soportarlo más. Bajando a la cocina en silencio, cogí el teléfono inalámbrico, me metí dentro de un armario del pasillo, y cerré la puerta. Renee respondió al cuarto tono.
—¿Mamá?
—¿Cielo? —Estaba sin aliento y grogui, pero el pánico alteró la velocidad de sus palabras. —¿Qué pa-?
—Estoy enamorada de un chico que no es Jake, y que no me quiere. Pero no puedo parar de pensar en él. —Hablaba rápido, y no estaba segura de si lo que estaba diciendo tenía sentido, pero Renee era muy fluida con las locuras, así que no tuvo problemas en entenderme. —Siento llamarte a estas horas, pero no puedo dormir y yo… Necesito que me digas que se me pasará, que volveré a recuperar mi vida. —Limpiándome la nariz con la manga, le supliqué. —Por… por favor, mamá.
A pesar de que tuvo que viajar cinco mil kilómetros para llegar hasta aquí, su suspiro me tranquilizó. —Oh, cielo. Estaba empezando a preocuparme de que nunca te ocurriera algo así. —Su voz se alzó, y podría jurar que se estaba riendo.
Sorprendida, le pregunté. —¿Es que lo encuentras gracioso? Mi vida se está arruinando. —Me mordí el labio para evitar que los sollozos empezaran de nuevo.
—Isabella… pareces una adolescente. —Sonaba divertida, incluso impresionada. —Como si estuvieras enamorada, como el tipo de amor de cuento de hadas que tanto odias.
Me hubiera gustado tenerla delante para que viera como mi enfado me coloreaba las mejillas. —¡Mamá! ¿Cómo puedes…?
—Relájate, cariño, no me estoy burlando de ti, es solo que… Este chico, el que te ha hecho llamarme en medio de las lágrimas y a mitad de la noche, ¿te ha dicho que no está interesado en ti?
Ella no había visto a Edward, por lo que la respuesta no le estaba tan clara como a mí. —Créeme, no lo está. Para nada. Solo somos amigos.
—¿Pero hay chispas, verdad?
—Agh. ¿Ves? Ese es el típico cuento de hadas que no soporto. —Este había sido el problema de Renee durante años. Creía que cada hombre que entraba en su vida era un potencial Príncipe Encantador. —Además, se supone que estas "chispas" tienen que ser mutuas. No puedes sentir chispas contigo misma, Madre.
—Así que no le has dicho lo que sientes, ¿verdad?
Empecé a reírme histéricamente, el tipo de risa que solo unas semanas sumergida en un infierno emocional, varias noches sin dormir y cuatro cucharadas de jarabe, puede producir. —Ni de broma, —dije, respirando irregularmente, —me crucificaría.
Renee no dijo nada más y esperó a que dejara de reír. Una vez seria, continué. —Dejaría de hablar conmigo… y no quiero que… No puedo perderle.
—¿Así que estás segura de que no está en la misma página que tú?
—Ni siquiera está leyendo el mismo libro, mamá.
Oí cómo empezaba a arrastrar los pies al otro lado del teléfono, y supe que estaba andando de un lado a otro como siempre hacía cada vez que se ponía a pensar. —¿Y Jacob? ¿Y él dónde está en toda esta historia?
La pregunta del millón. —No tiene ni idea, aunque sabe que algo va mal. —Me mordí el labio inferior, sabiendo que dentro de una hora se me agrietaría. —Y tampoco puedo hacerle daño. Él… él es todo lo que tengo, y me quiere tanto. Y confía en mí. Y me promete todo lo que le pido. No puedo…
Se quedó en silencio durante unos instantes, pero sabía que aún seguía despierta. Todos los errores de sus relaciones pasadas la habían convertido en una gurú de los novios, pero nunca antes había necesitado su experiencia.
Finalmente, comenzó a hablar con la intensidad de un sabio. —¿Quieres a Jacob?
—Sí, claro. Ya te lo he dicho, él lo es todo para mí. —No me podía creer que necesitara que le explicara algo así. Creía que el mundo entero sabía que Jake y yo éramos las dos mitades de un todo.
—Hmm, —fue todo lo que dijo en varios minutos. Después, empezó a hablar de una forma que me decía que había querido explicarme estas palabras desde hacía bastante tiempo. —Bella, yo quería a tu padre. Mucho. Confiaba en él y sabía que él haría cualquier cosa por mí. Con él me sentía a salvo y cómoda, y a veces los miércoles me traía flores sin ninguna razón. —Oí su sonrisa. —Y eso me gustaba mucho. Pero cuando se iba a trabajar, me sentía sola. Y la cosa era que no le echaba de menos a él… echaba de menos la forma en la que él me hacía sentir. La forma en la me hacía sentir llena. No echaba de menos sus conversaciones ni sus chistes. No nos gustaban las mismas cosas, y siempre había sentido que había partes de mí que él nunca entendería. Me quería, pero no creo que estuviéramos enamorados. Quizá al principio, pero seguía esperando algo más, algo que me estaba perdiendo… chispas, Bella.
—Bueno, los chistes de Jake son graciosos, y él sabe todo lo que hay que saber de mí, —solté sin pensar. Renee me estaba abriendo su corazón, pero yo estaba tan a la defensiva que no podía dejar que sus palabras me llegaran.
—Vale, —murmuró, sin saber qué más decir. Después de unos segundos, preguntó. —¿Te acuerdas de la primera vez que me llamaste para decirme que Jake te había besado?
—Tú me llamaste a mí. No parabas de preguntarme cosas porque pensabas que te estaba ocultando algo, y al final tuve que decírtelo.
—Exacto.
Estaba demasiado aturdida para descifrar sus trucos. —¿Eh?
—No me llamaste. Tuve que obligarte a decírmelo, y cuando me lo confesaste parecía que habías roto una de mis piezas de cerámica.
—Me daba vergüenza. —Renee y yo teníamos una relación bastante abierta, pero hablarle de mi primer beso y de mi primer novio me hacía sentir incómoda. Tenía que entender que ese era el motivo del poco entusiasmo que había mostrado.
—Quizá. Pero me acabas de llamar a las cuatro de la mañana por un chico, un chico que no es Jacob, para decirme que te has enamorado de él.
Gemí demasiado alto. Esperé oír sonidos desde la habitación de Charlie, pero solo me llegó silencio. —Pero eso es porque me está volviendo loca. No puedo quitármelo de la cabeza. ¿Te pasaba lo mismo cuando dejaste a papá? ¿Cuándo se me pasará?
—Oh, Bella. —Renee siempre usaba ese tono de voz cuando me abrazaba después de haberme caído al suelo o haber suspendido un examen de matemáticas, y entonces volví a acordarme de lo mucho que la echaba de menos. —Me arrepiento de hacerle daño, pero no me arrepiento de haberme ido. Sé de qué me estás hablando, del deseo y la obsesión… pero solo lo siento cuando Phil no está a mi lado. Porque le quiero, el tipo de amor que tu padre y yo no teníamos.
—Mamá, no puedo. Tengo que estar con Jake. Le haría tanto daño…
—No hay ninguna ley que te esté obligando a casarte con tu novio del instituto, cariño. —Sus palabras, a pesar de lo dulces que eran, me hicieron daño. —Tienes más opciones, aunque no sean fáciles de elegir.
Solo estaba escuchando lo que quería escuchar. —¡No, no tengo más opciones! Jacob confía en mí y Edward no quiere…
—¿Te acuerdas de esa pequeña heladería que tanto te gustaba, en Phoenix, de camino a Scottsdale? ¿Con esos batidos de plátano que te volvían loca?
—¿Qué? —Durante unos instantes me pregunté si en algún momento me había desmayado, y Renee había continuado hablando sin darse cuenta de mi ausencia, cambiando completamente el tema de conversación.
—No me dejabas ir a Steak 'n Shake. Teníamos que conducir durante cuarenta y cinco minutos para poder comprarte uno de esos batidos porque tú insistías que eran mucho mejores que los ostros.
De forma estúpida, caí en la trampa. —Sí, bueno. En Steak 'n Shade utilizaban sabor a plátano, y su batidos eran demasiado dulces y de color amarillo brillante, como si fueran limones en lugar de plátanos. Sabían… mal. Además, en el Sugar Bowl utilizaban nata de verdad…
—¿Pero el viaje merecía la pena, verdad?
Renee no podía verlo, pero me conocía lo suficientemente bien para saber que estaba poniendo los ojos en blanco. —Jake no es como el sabor de plátano, mamá. Él sí es real. Y la otra heladería ni siquiera está abierta, así que no hace falta gastar tanta gasolina. —La metáfora no me estaba ayudando a retener las náuseas por la falta de líquidos y de sueño.
—Piénsatelo. Por favor. No rehúyas lo que de verdad quieres solo porque tienes que esforzarte por conseguirlo.
Mi versión más alerta hubiera dado la razón a mi madre, pero ahora estaba demasiado cansada para vencer a la dosis de jarabe que me había tomado una hora antes. —Creo que ahora puedo dormir.
—Suenas horrible. ¿Estás enferma? —Se parecía tanto a una madre; no estaba acostumbrada a que nuestros papeles estuvieran invertidos durante una conversación entera.
—Ahá.
—Duerme un poco. Te quiero, cielo.
—Siento haberte despertado.
Renee se rió entre dientes. —Oh, créeme, no me hubiera gustado perdérmelo.
Tenía el presentimiento de que me llamaría al día siguiente para obtener más detalles, pero por ahora me sentía feliz de haberle dicho a alguien la verdad. Mentir era agotador. —Buenas noches, mamá. Te quiero.
—Buenas noches, Bella. Sé fuerte.
Me sentía totalmente lo opuesto a lo fuerte cuando colgué el teléfono y me arrastré hasta mi habitación. El medicamento me acunó a un sueño tranquilo, y dormí catorce horas seguidas.
Ya había perdido dos clases la semana anterior por culpa de la gripe, así que decidí dejar de esconderme y el lunes fui a clase, a pesar de mi nariz taponada y aspecto pálido.
Aparte de la gripe, estaba cansada de estar atrapada en un limbo en el que no sabía qué hacer con Jake, si decirle que mi amor estaba divido entre él y alguien más, o ignorar mis sentimientos y quedarme con él. En cuanto a Edward, supuse que nunca dejaría de estar en mi cabeza, independientemente de que estuviera en mi presencia o no, así que no había ningún problema en dejar que volviera a mi vida durante las horas escolares. Le echaba locamente de menos, y él nunca permitiría que mis fantasías se volvieran realidad, así que el único peligro eran mis propios pensamientos egoístas.
Demasiado absorta en mis propios sentimientos, estaba rellenando mi taquilla con clínex y jarabe para la tos, cuando sentí cómo una mano se apoyaba cautelosamente sobre mi hombro derecho.
No me hacía falta darme la vuelta para saber que era Edward, pero que me tocara de forma voluntaria era, sin duda, algo nuevo. Cerré los ojos durante unos segundos, sintiendo el suave roce. Su mano estaba fría, y quise agarrarme a él para que mi cuerpo febril se deshiciera de la pegajosa sensación que me había plagado durante días.
Cuando finalmente me giré hacia él, su proximidad me abrumó. Parecía perdido, pero a la vez encontrado. Sonreí débilmente cuando me di cuenta de que me había echado de menos.
—Hey, —murmuré.
—No sabía que estabas tan enferma, —respondió, dejando que su mano se deslizara por mi brazo antes de descansar a su costado. Mantuvo la mirada fija en sus propios movimientos como si estuviera estudiando algún tipo de experimento científico. Después alzó los ojos para mirarme, y me imaginé que tragaba saliva nerviosamente.
No permití que el hechizo que me había echado encima arruinara mi oportunidad de ser sarcástica. —¿No volverás a cogerme en brazos y arrastrarme hasta el hospital, verdad?
Puso sus preciosos ojos ambarinos en blanco. —Eso depende. ¿Cómo esta tú cabeza?
—Taponada y sin concusiones, pero te mantendré informado.
—Entonces supongo que aún no necesito secuestrarte. —Sonrió, pero aún parecía preocupado. —Así que, a pesar de tu enfermedad, ¿significa esto que volverás a hablarme?
—Nunca he dejado de hacerlo, —respondí evasivamente. —Pero me estoy tomando unas vacaciones oficiales. Estoy cansada de fingir una personalidad que no tengo. No quiero volver a ver una redacción de "¿Por qué Dartmouth?" nunca más. —Mierda.
Sus ojos se agrandaron de la sorpresa. —¿Dartmouth? ¡Dartmouth! ¿Así que al final vas a pedir una plaza?
—Shh, —siseé, mirando a mí alrededor. No quería que nadie supiera que tenía fantasías imposibles con la Liga Ivy. —Sí, decidí darle una oportunidad. Siempre puedo enmarcar la carta de rechazo y colgarla en mi habitación; apuesto a que el papel de las cartas de Dartmouth es de buena calidad.
Él ignoró mi pesimismo y sonrió ampliamente, enseñando sus blancos y relucientes dientes. —Eso es tan… —esbozó otra sonrisa, —maravilloso.
Avergonzada, me concentré en retorcer las manos. —En realidad es estúpido. No hay ninguna posibilidad…
—Oh, calla. Ten un poco más de fe, eres una chica lista.
Últimamente no, quise añadir.
También quería que dejara de sonreír, era lo más tentador que había visto en mi vida. Con mi atención focalizada en su boca, me incliné ligeramente para ver si podía oler su aliento, pero no pude sentir nada. Era como si ni siquiera estuviera respirando. Frustrada, suspiré.
—Puedo ayudarte con tu redacción en la comida, si quieres. Soy bastante decente con ese tipo de cosas. —Él era "bastante decente" en todo, pero no quería darle a su ego aún más impulsos de los que mi rostro le estaba dando en ese instante.
—No quiero aburrirte, Edward. No te preocupes por mí.
El pasillo estaba prácticamente desierto, lo que me decía que tenía que meterme en clase. Edward comenzó a caminar de espaldas en dirección contraria, todavía abrumándome con su alegre expresión. —Tráetelo a la cafetería, —me sugirió con seguridad, —y Dartmouth te estará suplicando que estudies allí el año que viene.
Cuatro horas más tarde, cumplí lo que me pidió, principalmente porque así tendríamos algo seguro sobre lo que hablar.
Edward se vertió sobre mi redacción de tres páginas, añadiendo comas y borrando párrafos enteros antes de devolvérmelo con una expresión confusa. —En esta redacción no eres tú, Bella. Es fría y vacía, y ni una vez muestra lo que realmente eres.
Me encantaba escribir, pero alardear de mis propios logros, o rellenar los huecos en los que no tenía nada que mostrar no era mi especialidad. —¿Y quién soy, Edward? No puedo inventarme mentiras, como pasar un verano entero en Haití de voluntaria, o construir un refugio con mis propias manos. No soy lo que están buscando. —Le quité los papeles, y murmuré, —no tengo nada que ofrecerles.
Se inclinó hacia delante y me arrebató de nuevo la redacción. Nunca le había visto tan enfadado. —No digas eso.
—¿Por qué no? Es verdad. No soy el punto en el radar de nadie, y menos para una de las mejores universidades del país. Mi vida es… una mierda, ¿vale? Solo estoy un poco por encima del estudiante medio, y ni siquiera puedo articular un pensamiento racional en voz alta. Vivo en Forks, por el amor de Dios, y no puedo convencer a unos fanfarrones en una torre de marfil que también pertenezco a su lugar. Ni siquiera sé si quiero. Lo mejor será que queme todo esto, —alargué el brazo hacia los folios que tenía en la mano, —y fingir que nunca me metiste esta horrible idea en la cabeza.
Tosí, me soplé fuertemente la nariz con un pañuelo, y le miré a los ojos sin vacilar, sin preocuparme por sentirme avergonzada al tener el aspecto de alguien que pertenecía al bando perdedor en una apuesta contra la Parca.
Edward me devolvió la mirada, pero su expresión hostil se suavizó y se convirtió en algo… nuevo. Sus ojos me suplicaban, pero no sabía qué era lo que me estaba pidiendo.
En algún momento entre su crítica hacia mi gramática y el repentino y pesado silencio que había caído sobre nosotros, Alice desapareció sin decir adiós. Edward se inclinó sobre la mesa, sin inmutarse por mi gripe, y finalmente pude oler su aliento. Un olor tan dulce y acogedor, que me dolió inspirarlo porque no podría volver a olerlo cada vez que quisiera.
—Bella, eres… tú eres… —Nunca le había visto sin palabras. —Eres increíblemente especial. Eres generosa hasta el punto en el que te vuelves miserable por el bien de aquellos que te preocupan, y eres la persona más auténtica que he conocido en mi vida. Estás muy por encima de cualquiera en este instituto, en este pueblo, cuando hablamos de inteligencia. Y, por encima de todo eso, no tienes ni idea de lo especial que eres. Estoy cansado de que no creas que te mereces algo mejor, de salir de aquí y vivir la vida que quieres vivir. No perteneces a Forks; estás destinada a hacer cosas más grandes. Dartmouth estaría loco si no te quisiera. Cualquiera estaría loco si no te quisiera.
Espera… ¿Qué?
Malinterpretó mi expresión maravillada y el incontrolable temblor de mis manos. Sonriéndome amablemente, con los ojos vacíos, continuó. —Mira, no tienes por qué tener miedo; él te quiere, créeme. Te seguiría a todas partes, pero tienes que dejar este sitio antes de que trague entera.
—No es lo que… Eso ya lo sé. —Cerré los ojos para que las lágrimas que no se me cayeran, pero estaba luchando contra una batalla perdida. No podía creer que estuviera hablando de Jacob con Edward. Y con toda franqueza. Era un completo error, pero vi cómo algo había cambiado en Edward, algo que podría haber imaginado, pero que necesitaba saber si era real. —No es eso. Creo que, ehm, quiero algo… algo que no puedo tener. No sé lo que debería querer, lo que es mejor para mí. Quiero decir que sé cuál es la repuesta, sé cuál es la opción inteligente, pero está esta otra cosa que me está persiguiendo, y quiero no quererlo, pero lo quiero. Lo quiero, y no puedo dejar de hacerlo.
Me observó, sin pestañear. —No estoy muy seguro de entenderte.
Suspiré, y mi exhalación salió rota por los silenciosos sollozos que me constreñían el pecho. —Yo no tampoco estoy segura de entenderlo. No importa.
—No hagas eso. No me eches a un lado. —Siguió inclinándose hacia delante, y si no hubiera estado tan alucinada, podría haber jurado que estaba teniendo un conflicto interno sobre si debía tocarme o no. Al menos, quería más que nada en el mundo que eso fuera cierto. Me frené e intenté dejar de memorizar su aroma mientras me decía, —no has sido tú misma estas últimas semanas, Bella. Sé que no sabes mucho sobre mí, pero si hay algo que te preocupa, puedes contármelo. Quizá pueda ayudarte…
—No puedes.
—Quizá yo…
Dejé de pensar y le interrumpí, preguntándole algo que siempre había querido saber. —¿Por qué nunca has tenido novia, Edward? La verdadera razón, y no la escusa esa de que no 'me gusta la mayoría de la gente' que le dices a todo el mundo. —Que me dijiste a mí.
El motivo de mi pregunta era tan transparente, y sin embargo Edward pareció desconcertado. Se pasó los dedos por el pelo antes de responder. —Supongo que no soy el tipo de persona que se compromete. No voy a forzar algo que no está bien.
—¿Y cuándo se supone que tiene que pasar? ¿Cuándo sabes que está bien? —No sabía lo que estaba buscando, quizá un poco esperanza de que pudiera sentir algo por mí, o quizá la clave para saber con quién pertenecía, en caso de que tuviera varias opciones.
Con el dedo índice, comenzó a trazar las líneas de la palma de su mano. Inspiró, profunda y lentamente, y dejó que la emoción le desapareciera del rostro. —Cuando sucede… simplemente lo sabes. No sé cómo explicarlo.
Los celos me pusieron los pelos de punta e hicieron que mi corazón latiera con fuerza e irregularidad. —¿Así que lo has sentido antes?
Finalmente alzó la vista y me miró. Sus ojos eran fríos y pedían silencio. —Solo una vez.
—Yo, también. —Mi respuesta estaba destinada a ser una mentira, pero mi corazón dio un vuelco cuando me di cuenta de que era la verdad. Solo lo había sentido una vez, ese tipo de amor que mi madre buscaba cuando dejó a mi padre. Y no lo había sentido con Jake, la persona con la que debía estar, la persona con la que yo tenía sentido.
Durante unos instantes, la expresión de Edward se volvió condenada, y se llenó de un dolor que no podría llegar a comprender. Su lenguaje corporal me decía que mis preguntas ya no eran bienvenidas, y odié a la chica que le había dejado escapar.
—Bella, escúchame. —Solté un respingo al oír su voz, tan insistente y honesta, pero con unos matices que me decían que no me iba a gustar lo que estaba a punto de decir. —Tienes que dejar este sitio. No va a dejar de quererte, confía en mí.
—No puedes saber…
—Confía en mí. —Se echó para atrás y comenzó a juguetear con el borde su bandeja. —Él te seguirá, y podrás ser feliz. Te lo prometo.
Él pensaba que todo esto era por Jake, que me había estado lamentando y evitando a todos los que conocía porque creía que Jake me iba a dejar a mí. Casi me reí ante esa intuición tan equivocada. Me pregunté qué me diría si supiera que Jacob no era la fuente del problema, que era Edward quien consumía cada uno de mis minutos.
Edward se levantó, alargando el brazo para darme la redacción. —Vuelve a redactarlo, y hablaremos mañana.
—Es más fácil decirlo que hacerlo, —dije automáticamente.
Se inclinó hacia nuestra mesa y bajó el tono de voz para que mi corazón se tranquilizara. —Escribe sobre tu madre. Cuando hablas de ella, tu rostro se ilumina. Ella le ayudará a Dartmouth a ver quien realmente eres. —Sus labios se torcieron en leve y tímida sonrisa.
Entonces, lo sentí.
La chispa.
Edward me conocía, todas y cada una de mis partes; y no importaba lo que hiciera, nunca podría esconderme de él. No podía saber si él también lo sentía, pero me había dicho que cualquiera me querría. No me lo había imaginado. Y lo había dicho con tanta pureza, que ni siquiera yo podría contradecir algo así.
¿Era posible que alguien que me conocía tan bien pudiera quererme? No si esa persona es Edward, me advertí, repitiéndome la misma respuesta de siempre para devolverme a la realidad. Pero esta vez mi debate interno no me llegó a convencer.
No podía olvidarme de su mirada, de la forma en la que sus labios habían formado las palabras…
Cualquiera estaría loco si no te quisiera, Bella.
Y durante unos segundos, antes de que pudiera pesar los pros y los contras, y analizar mi recién encontrada felicidad y destruirla, me atreví a pensar que Edward decía la verdad.
Siento haber tardado tanto en subir, pero quería adelantar capítulos para poder subir más de seguido ^___^
