Consigo protegerme la cara con los brazos de una lluvia de trocitos de materia, algunos ardiendo. Un humo acre lo llena todo, lo que no resulta muy adecuado para alguien que intenta recuperar la respiración.
Consigo, que la caida no sea tan grande, gracias a la mochila.
Empiesa el panico, como sigo aquí, me tengo que ir, pero no puedo ni andar, ni oír. Me llevo una mano a la oreja izquierda, la que estaba vuelta hacia la explosión, y veo que se mancha de sangre. ¿Me he quedado sorda? La idea me asusta porque, como cazadora, confío en mis oídos tanto como en mis ojos, quizá más algunas veces. En cualquier caso, no dejaré que se me note el miedo; estoy completa y absolutamente segura de que me están sacando en directo en todas las pantallas de televisión de Panem.
Intento avanzar; sí, si voy muy despacio, puedo arrastrarme. Casi todas las zonas del bosque resultarían insuficientes para ocultarme. Mi única esperanza es llegar al bosquecillo de Rue y ocultarme entre la vegetación.
Otro estallido me hace caer de morros; una mina alejada que se habrá disparado al caerle encima una caja. Pasa otras dos veces más, lo que me recuerda a los últimos granos que saltan cuando Prim y yo hacemos palomitas en la chimenea.
Decir que lo consigo en el último momento es decir poco: justo cuando llego a rastras hasta el enredo de arbustos al pie de los árboles, aparece Cato en el llano, seguido de sus compañeros. Su rabia es tan exagerada que podría resultar cómica (así que es cierto que la gente se tira de los pelos y golpea el suelo con los puños...), si no supiera que iba dirigida a mí, a lo que le he hecho. Si a ello le añadimos que estoy cerca y que no soy capaz de salir corriendo, ni de defenderme, lo cierto es que estoy aterrada. Me alegro de que mi escondite no permita a las cámaras verme de cerca, porque estoy mordiéndome las uñas como loca, arrancándome los últimos trocitos de esmalte para que no me castañeteen los dientes.
El chico del Distrito 3 ha estado tirando piedrasal destrozo y debe de haber concluido que se han activado todas las minas, porque los profesionales se acercan.
Cato ha terminado con la primera fase de su rabieta y descarga su ira en los restos quemados, dándoles patadas a los contenedores. Los otros tributos examinan el desastre en busca de algo que pueda salvarse, pero no hay nada. El chico del Distrito 3 ha hecho su trabajo demasiado bien; a Cato debe de habérsele ocurrido la misma idea, porque se vuelve hacia el chico y parece gritarle. El pobre sólo tiene tiempo de volverse y empezar a correr antes de que Cato lo coja por el cuello desde atrás. Veo cómo se le hinchan los músculos de los brazos mientras sacude la cabeza del chico de un lado a otro.
Así de rápida es la muerte del chico del Distrito 3.
Los otros dos profesionales parecen intentar calmar a Cato.
Los tributos se retiran al otro lado del lago para dejar que los Vigilantes se lleven el cadáver del chico del Distrito 3. Y esperan.
Supongo que se oye un cañonazo, porque aparece un aerodeslizador y se lleva al chico muerto. El sol se pone en el horizonte. Cae la noche. En el cielo veo el sello y sé que debe de haber empezado el himno. Un momento de oscuridad y después ponen la imagen del chico del Distrito 3; también la del chico del Distrito 10, que debe de haber muerto esta mañana.
A la luz del sello veo que Cato y la chica del Distrito 2 se ponen las gafas de visión nocturna. El chico del Distrito 1 prende una rama de árbol a modo de antorcha, lo que ilumina sus rostros lúgubres y decididos. Los profesionales vuelven a los bosques para tambien me pongo las mias, y me voy a lavar mi oreja de sangre y voy por un poco de agua.
Me pregunto ¿Dónde esta mi aliada?, ¿Dónde estara?
Cuento con los dedos los tributos que quedan: el chico del 1, los dos del 2, la Comadreja, los dos del 11 y el 12. Sólo ocho; las apuestas deben de estar poniéndose interesantes en el Capitolio, seguro que estarán emitiendo reportajes especiales sobre todos nosotros, y probablemente entrevisten a nuestros amigos y familiares. Hace ya mucho tiempo que no había un tributo del Distrito 12 entre los ocho finalistas, y ahora estamos dos, aunque, por lo que ha dicho Cato, Peeta no durará.
Es triste, pero por la mañana que busque a Rue, voy a ir por Peeta y tal ves lo podamos curar, al fin Cato no siempre tiene la razon.
Ya me tengo que dormir, me quise poner el saco de dormir, pero se lo quedo mi aliada, le dije que iva por otro, pero no me podia arriesgar por las minas, a si es que con las hojas y a la naturaleza me intente dormir, pensando en Peeta, Rue, Prim, mi madre, Gale, etc, para ser mas sincera en Peeta y en mi aliada, por que, se que mis madre, Gale y Prim, estan en casa, en cambio, Peeta, Rue y yo, estamos en esta arena y de ellos solo puede ir a casa 1.
de algún modo, consigo dormirme.
Cuando abro los ojos, el mundo sigue pareciéndome algo fracturado, y tardo un minuto en darme cuenta de que el sol debe de estar muy alto y las gafas hacen eso con mi vista. Me siento para quitármelas y, justo entonces, oigo unas risas en algún lugar cerca del lago; me quedo quieta. Las risas están distorsionadas, pero el hecho de que las oiga quiere decir que estoy recuperando la audición. Sí, mi oído derecho vuelve a funcionar, aunque sigue zumbándome. En cuanto al izquierdo, bueno, al menos ya no sangra.
Me asomo entre los arbustos, temiendo que hayan regresado los profesionales y esté atrapada durante un tiempo indefinido. No, es la Comadreja, de pie entre los escombros y muerta de risa. Es más lista que los profesionales, porque logra encontrar unos cuantos artículos útiles entre las cenizas: una olla metálica y un cuchillo. Me desconcierta su alegría hasta que caigo en que la eliminación de los profesionales le da una posibilidad de supervivencia, igual que al resto de nosotros. Se me pasa por la cabeza salir de mi escondite y reclutarla como segunda aliada, pero lo descarto. Su sonrisa maliciosa tiene algo que me deja claro que si me hiciera amiga de la Comadreja acabaría con un puñal clavado en la espalda. Si tuviera eso en cuenta, éste sería el momento perfecto para dispararle una flecha; sin embargo, la chica oye algo que no soy yo, porque vuelve la cabeza en dirección contraria, hacia el lugar dondenos soltaron, y vuelve corriendo al bosque. Espero. Nada, no aparece nadie. Sea como fuere, si a ella le ha parecido peligroso, quizás haya llegado el momento de que me marche yo también. Además, estoy deseando contarle a Rue lo de la pirámide.
Como no tengo ni idea de dónde están los profesionales, la ruta de regreso por el arroyo parece tan buena como cualquier otra. Me apresuro, con el arco preparado en una mano y un trozo de granso frío en la otra; ahora estoy muerta de hambre, y no me vale con hojas y bayas, sino que me faltan la grasa y las proteínas de la carne. La excursión hasta el arroyo transcurre sin incidentes. Una vez allí, recojo agua y me lavo, prestando especial atención a la oreja herida. Después avanzo colina arriba utilizando el arroyo como guía. En cierto momento descubro huellas de botas en el barro de la orilla; los profesionales han estado aquí, aunque no ha sido hace poco.
Cuando llego al lugar de nuestro primer encuentro, estoy segura de que no ha venido nadie. No hay ni rastro de Rue, ni en el suelo, ni en los árboles. Qué raro, ya debería haber regresado: es mediodía. Está claro que ha pasado la noche en un árbol de alguna otra parte. ¿Qué otra cosa podía hacer sin luz y con los profesionales recorriendo los bosques con sus gafas de visión nocturna? Además, la tercera fogata que tenía que encender era la que estaba más lejos de nuestro campamento, aunque se me olvidó comprobar si la encendía.
Voy hacia un pequeño lago, cazo uno y caze tambien otro para Rue.
Comi unas nueces que agarre por ahí, y pense, que como perdi muchos kilos en la arena, solo de recordar que, yo estaba en el capitolio y comia tartas con Peeta, mi Peeta y ahora no se donde esta, una ves que encuentre a Rue voy a ir por el.
Conforme crecen las sombras, también lo hace mi inquietud. A última hora de la tarde ya he decidido salir en su busca; al menos, puedo pasarme por el lugar en que encendió el tercer fuego y ver si encuentro pistas sobre su ubicación.
Antes de irme esparzo algunas hojas de menta alrededor de nuestra antigua fogata. Como las recogimos a cierta distancia de aquí, Rue entenderá que he estado aquí, mientras que para los profesionales no significaría nada.
En menos de una hora me encuentro en el lugar donde acordamos hacer la tercera fogata y noto que algo va mal. La madera está bien colocada, mezclada de forma experta con yesca, pero no se ha encendido. Aunque Rue preparó el fuego, no volvió para prenderlo. En algún momento posterior a la segunda columna de humo que vi antes de la explosión, ella se metió en problemas.
Tengo que recordarme que sigue viva, ¿o no? A lo mejor el cañonazo que señalaba su muerte sonó de madrugada, cuando mi oído bueno estaba demasiado dolorido para captarlo. ¿Aparecerá esta noche en el cielo?
Me arrastro en silencio por las sombras, dejando que me oculten, pero no veo nada sospechoso; no hay signos de lucha, ni agujas rotas en el suelo. Me paro un momento y lo oigo, aunque tengo que inclinar la cabeza para asegurarme: ahí está otra vez, es la melodía de cuatro notas de Rue, cantada por un sinsajo. La melodía que me dice que sigue viva.
Sonrío y avanzo hacia el pájaro. Otro repite un puñado de notas un poco más allá, lo que significa que Rue ha estado cantándoles hace poco; si no, ya habrían pasado a otra canción. Levanto la mirada en busca de la niña, trago saliva y canto la melodía en voz baja, esperando que ella sepa que es seguro reunirse conmigo. Un sinsajo la repite y, entonces, oigo el grito.
Es un grito infantil, un grito de niña, y en el estadio no puede pertenecer a nadie más que a Rue. Empiezo a correr sabiendo que puede ser una trampa, sabiendo que los tres profesionales pueden estar preparados para atacarme, pero no puedo evitarlo. Oigo otro grito agudo, aunque esta vez es mi nombre:
-¡Katniss, Katniss!
-¡Rue! -respondo, para que sepa que estoy cerca, corro y corro cerca de ella, no puedo evitar llorar-. ¡Rue! ¡Ya voy!
Cuando llego al claro, ella está en el suelo, atrapada por una red. Tiene el tiempo justo de sacar la mano a través de la malla y gritar mi nombre antes de que la atraviese la lanza.
He visto y es el chico del 1, antes de que el pueda responder le lanzo una flecha
Rue ha rodado por el suelo con el cuerpo acurrucado sobre la lanza. Aparto de un empujón el cadáver del chico y saco el cuchillo para liberarla de la red. Con sólo echarle un vistazo a la herida sé que está más allá de mis conocimientos de sanadora, y seguramente esté más allá de los conocimientos de cualquiera. La punta de la lanza se ha clavado hasta el fondo en su estómago. Me agacho a su lado y miro el arma con impotencia; no tiene sentido consolarla con palabras, decirle que se pondrá bien, porque no es idiota. Alarga una mano y me aferró a ella como si fuese un salvavidas, como si fuese yo la que se muere, y no Rue.
-¿Volaste la comida en pedazos? -susurra.
-Hasta el último trocito.
-Vas a ganar.
-Lo haré. Ahora voy a ganar por las dos -le prometo. Oigo un cañonazo y levanto la vista; debe de ser por el chico del Distrito 1.
-No te vayas -me pide, apretándome la mano.
-Claro que no, me quedo donde estoy.
Me acerco más a ella y le apoyo la cabeza en mi regazo. Después le aparto unos tupidos mechones de pelo oscuro de la cara y se los recojo tras la oreja.
-Canta -dice, aunque apenas la oigo.
«¿Cantar? -pienso-. ¿Cantar el qué?»
Toso un poco, trago saliva y empiezo:
•
• En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce,
• hay un lecho de hierba, una almohada verde suave;
• recuéstate en ella, cierra los ojos sin miedo
• y, cuando los abras, el sol estará en el cielo.
•
• Este sol te protege y te da calor,
• las margaritas te cuidan y te dan amor,
• tus sueños son dulces y se harán realidad
• y mi amor por ti aquí perdurará.
•
Rue ha cerrado los ojos. Todavía se le mueve el pecho, pero cada vez con menos fuerza. Dejo que se me deshaga el nudo de la garganta y fluyan mis lágrimas, pero tengo que terminar la canción para ella.
•
• En lo más profundo del prado, bien oculta,
• hay una capa de hojas, un rayo de luna.
• Olvida tus penas y calma tu alma,
• pues por la mañana todo estará en calma.
•
• Este sol te protege y te da calor,
• las margaritas te cuidan y te dan amor.
•
Los últimos versos son apenas audibles:
•
• Tus sueños son dulces y se harán realidad
• y mi amor por ti aquí perdurará.
Después de unos minutos los sinsajos repiten la nota.
Despacio, como si no quisiera despertarla, dejo su cabeza en el suelo y le suelto la mano.
Seguro que quieren que me vaya para poder recoger los cadáveres, y ya no hay ninguna razón para que me quede. Pongo boca abajo el cadáver del chico del Distrito 1, le quito la mochila y le arranco la flecha que le ha quitado la vida. Después corto las correas de la mochila de Rue, porque sé que ella habría querido que me la llevase, pero no le saco la lanza del estómago.
La muerte de Rue me ha obligado a enfrentarme a mi furia contra la crueldad, contra la injusticia a la que nos someten. Sin embargo, aquí me siento todavía más impotente que en casa, pues no hay forma de vengarme del Capitolio, ¿verdad?
Entonces recuerdo las palabras de Peeta en el tejado: «Pero desearía poder encontrar una forma de... de demostrarle al Capitolio que no le pertenezco, que soy algo más que una pieza de sus juegos».
Por primera vez, entiendo lo que significa.
Quiero hacer algo ahora mismo, aquí mismo, algo que los avergüence, que los haga responsables, que les demuestre que da igual lo que hagan o lo que nos obliguen a hacer, porque siempre habrá una parte de cada uno de nosotros que no será suya. Tienen que saber que Rue era algo más que una pieza de sus juegos, igual que yo misma.
A pocos pasos de donde estamos hay un lecho de flores silvestres. En realidad, quizá sean malas hierbas, pero tienen flores con unos preciosos tonos de violeta, amarillo y blanco. Recojo un puñado y regreso con Rue; poco a poco, tallo a tallo, decoro su cuerpo con las flores: cubro la fea herida, le rodeo la cara, le trenzo el pelo de vivos colores.
Doy un paso atrás y miro a la niña por última vez; lo cierto es que podría estar dormida de verdad en ese prado.
-Adiós, Rue -susurro.
Me llevo los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y después la apunto con ellos. Me alejo sin mirar atrás.
Cuando estoy a punto de subir mis mochilas a un árbol para acampar, un paracaídas plateado aterriza a mis pies. Un regalo de un patrocinador. ¿Por qué ahora? Me va bastante bien con mis suministros; quizá Haymitch haya notado mi abatimiento e intente animarme un poco. ¿O será algo para mi oído?
Abro el paracaídas y encuentro una pequeña barra de pan, no del elegante pan blanco del Capitolio, sino hecho con las raciones de cereal oscuro, con forma de media luna y cubierto de semillas. Recuerdo la lección de Peeta en el Centro de Entrenamiento sobre los distintos panes de los distritos: este pan es del Distrito 11. Lo sostengo con cuidado: todavía está caliente.
Peeta, Peeta, Peeta, Peeta, Rue, Rue, Rue, Rue, Peeta, Rue, no dejo de pensar en ellos, pien y pienso en donde puede estar mi Peeta.
Me subo a un árbol y trepo a una altura peligrosa, aunque no por seguridad, sino para alejarme todo lo posible de este día. Mi saco de dormir está bien doblado dentro de la mochila de Rue. Mañana ordenaré las provisiones; mañana decidiré un nuevo plan. Sin embargo, esta noche sólo soy capaz de amarrarme con el cinturón y darle mordisquitos al pan. Está bueno. Sabe a casa.
El sello no tarda en aparecer, seguido del himno, que sólo oigo con el oído derecho. Veo al chico del Distrit Rue; nada más por hoy.
«Quedamos seis -pienso-. Sólo seis.»
Con el pan todavía entre las manos, me quedo dormida de inmediato.
Por al mañana, Me paso varias horas sin moverme y, como siempre, es la imagen de la cara de preocupación de Prim viéndome en pantalla lo que me saca de mi letargo.
Empiezo por una serie de órdenes fáciles, como: «Ahora tienes que sentarte, Katniss. Ahora tienes que beber agua, Katniss». Sigo las órdenes con lentos movimientos robóticos. «Ahora tienes que ordenar las provisiones, Katniss.»
En la mochila de Rue está mi saco de dormir, su bota de agua casi vacía, un puñado de nueces y raíces, un poco de conejo, sus calcetines de recambio y su honda. El chico del Distrito 1 tiene varios cuchillos, dos cabezas de lanza de repuesto, una linterna, un saquito de cuero, un botiquín de primeros auxilios, una botella llena de agua y una bolsa de fruta desecada. ¡Una bolsa de fruta desecada! De todas las cosas que podría haber cogido, se le ocurre llevarse esto. Para mí es una señal de extrema arrogancia: ¿por qué molestarse en llevar comida cuando tienes todo un botín en el campamento, cuando matas con tanta rapidez a tus enemigos que puedes estar de vuelta antes de que te entre hambre? Sólo espero que los demás profesionales viajasen igual de ligeros en lo tocante a la comida y ahora no tengan nada.
Hablando de lo cual, mis suministros también empiezan a menguar. Me acabo el pan del Distrito 11 y lo que queda del conejo. Hay que ver lo deprisa que desaparece la comida; sólo me quedan las raíces y nueces de Rue, la fruta desecada del chico y una tira de cecina.
«Ahora tienes que cazar, Katniss», me digo.
Pienso en Rue, Peeta, ellos no quería ser piezas de sus tontos juegos y si acaso a Peeta le llega a pasar algo, los voy a vengar, ahora si el capitolio me va a ver enojada.
