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La motocicleta rompió los cristales y se infiltró en el edificio, los agentes de seguridad tomaron sus armas y comenzaron a disparar; por suerte Doni le había prestado aquel chaleco anti balas hecho de acero, pero tenía que apurarse, no sabía cuánto podría aguantar.

Viró el volante y se trepó a las escaleras eléctricas, todo mundo gritaba y saltaba para evitar ser atropellado. Los de seguridad la seguían de cerca.


Levantó con cautela la reja de la alcantarilla, el estacionamiento se encontraba silencioso, la poca luz que había le indicaba que no había nadie, aguzó el oído… nada.

-No hay nadie – dijo saliendo de la tubería.

-Por fin, comenzaba a desesperarme – dijo Rafael mientras se incorporaba.

-Díganme que ya entraron – dijo Celeste por el radio.

-Estamos dentro ¿y tú? – contestó Donatello.

-Divirtiéndome con la motocicleta de Rafael – el mencionado sonrío torcidamente hacia su hermano.

-Lo bueno es que yo no tengo que arreglarla.

-Muévanse – dijo Leo. Corrieron a las escaleras con sigilo y comenzaron el ascenso.


Estaba segura que su armadura no resistiría más, sólo tenía que llegar a la oficina de Tony, era todo lo que necesitaba… cuatro guardias le cerraron el paso por el pasillo, ella siguió andando en la moto a toda velocidad, comenzaron a disparar, una bala rompió el cristal del casco, alcanzó a cerrar los ojos pero sintió correr hilillos de sangre por sus sienes y cejas. Los obligó a que se quitaran del camino. Sólo eran tres pisos más.


Las escaleras de emergencia llegaban hasta el penúltimo piso, sólo era necesario entrar al edificio en ese momento, si las cosas resultaban Tony estaría demasiado ocupado con Celeste como para percibirlos. Escucharon el tronar de las armas, al parecer ella estaba causando un gran revuelo...

Rafa miró a Leo.

-¡Rápido, rápido!


Llegó al último piso, de nuevo le cerraron el paso, esta vez la armadura no aguantaría, además de que tenía sus ojos descubiertos; viró bruscamente sólo para toparse con otra pared humana y caer de la motocicleta, las llantas del vehículo seguían girando cuando ella se incorporó, el círculo se hizo más estrecho, las múltiples armas le apuntaban, se quitó el casco, al reconocerla ellos se miraron los unos a los otros no sabiendo qué hacer.

-Hay que llevarla con el jefe – dijo por fin uno.


Ya no se escuchaban explosiones, según los cálculos de Donatello, Celeste tendría ya que estar en la oficina de Tony. Llegaron al penúltimo piso, Rafael comenzó a forzar la cerradura con sus sais.

-Date prisa – dijo Miguel.

-Cállate – tenía que controlarse y dejar de pensar en el peligro que corría su chica. La puerta cedió.

-¡Ya!

-¡Esperen! – gritó Donatello.

-¿Qué? – contestaron todos al unísono, dirigieron su mirada hacia donde apuntaba el dedo de su hermano.


La empujaron hacia la oficina y cerraron la puerta tras ella, se despejó los cabellos del rostro, Tony la miraba con esa sonrisa retorcida que solía exponer cuando estaba satisfecho con algo.

-Pensé que estarías muerta.

-El daño que me hiciste no es tanto como parecía.

-Te estabas desangrando, de no ser por esa cosa que salió a salvarte – cuando habló de Rafael sus pupilas reflejaron incomodidad - ¿Dónde está?

-¿Quién? – comenzó a reírse y acto seguido lanzó su vaso de whisky contra ella, lo esquivó y pasó a estrellarse contra la puerta.

-¿Crees que soy idiota o qué? – se levantó con brusquedad y volteó su escritorio, un montón de papeles inundaron la pieza, estaba furioso. Celeste plantó bien los pies, esperando cualquier ataque suyo.


Entraron corriendo a toda velocidad

-¿No lo sabías? – preguntó Leo.

-No, en los planos no venía nada y hemos estado fuera un mes ¡por supuesto que no sabía que estaban construyendo!

-¡Cuidado! – gritó Miguel Ángel, los guardias habían captado su presencia y comenzaban a disparar a diestra y siniestra.

Le había dado unos cuantos golpes y él también. Ambos jadeaban.

-Veo que sabes pelear.

-Hay muchas cosas de mí que no sabes… - fue un segundo que su vista se desvió hacia el gran ventanal, ahí podía verla, la estructura de hierro que evidenciaba la construcción de otro piso - ¿Estás construyendo?

-¿Recuerdas que siempre te dije que quería un helipuerto?

-¡Jefe! – Entró un guardia – están estas cosas verdes ahí afuera – Celeste no tuvo tiempo de regodearse cuando una pistola apuntaba a sus ojos.

-Tú vienes conmigo.


Pateó a uno y justo cuando iban a golpearlo en la cabeza él colocó su sai en su abdomen.

-Baja eso antes de que te rebane de abajo y hasta tu cerebro – el guarura soltó el arma y salió despavorido. Más de la mitad de estos se encontraban fuera de combate, encontrarse con Celeste estaba próximo.

La puerta de la oficina se abrió, entre el tumulto, los cuatro alcanzaron a distinguir a Tony tomando fuertemente a la chica por el antebrazo mientras le apuntaba a la cabeza.

-¡Celeste! – los guardias comenzaron a cubrir a su patrón mientras éste se dirigía al final del pasillo donde se encontraba un elevador. Dispararon con más energía.

-¡Don y Rafa! ¡Vayan por ella! – gritó Leo antes de seguir peleando, ambos hermanos comenzaron a abrirse camino, pero el elevador ya se había ido. Entre los dos abrieron la compuerta, ambos comenzaron a escalar por las gruesas cuerdas de alambre.


Llegaron al helipuerto, aún no estaba terminado, faltaba terminar de aplanar algunas partes…

-¿Dónde está mi helicóptero? – preguntó de manera brusca, el guardia que los acompañaba tembló levemente.

-No lo sé, señor.

-¿Cómo que no lo sabes? – apretó los puños fuertemente y soltó a Celeste, el guarura lo miró suplicantemente pero no sirvió de mucho pues una bala fue a parar en su cráneo. La chica ahogó un grito y miró perpleja el cadáver y luego a su agresor – Muy bien bonita – la jaló del cabello y la acercó hacia él – si tus amigos vienen por ti me dejarán vivir o te mataré… - un shurikken hizo que su pistola cayera por la borda del edificio.

-Te quedaste sin negociación, sapo – dijo Rafael, el mafioso miró a su rehén y luego a las tortugas.

-No lo creo – dijo antes de colocar a Celeste a la orilla del edificio, su amante se adelantó un paso pero su hermano lo detuvo.

-Con cautela.

-O me dejan salir con vida o juro por todo el dinero que tengo que la voy a soltar – ella turnaba sus miradas entre Rafael y el precipicio. La tensión se respiraba en el ambiente, Donatello se adelantó un poco más y abrió la boca para hablar.

-Déjala ir – pero no fue el menor el que pronunció dichas palabras, fue su hermano mayor.

-Mala elección – dijo Tony antes de dejarla caer.

-¡NO!


Manfariel