Lo que le había dicho sobre querer tener un hijo por cuyas venas corriera la sangre del padre de Sam era cierto, pero era solo una pequeña parte de la verdad.

Max Puckett había sido un padre bueno y cariñoso, y también un hombre muy astuto que no había tardado en darse cuenta de la naturaleza de los sentimientos de su hija hacia Freddie.

—Cree que está enamorada de ti —le había dicho Freddie en una sincera conversación de hombre a hombre que habían tenido poco tiempo antes de que Sam cumpliera los dieciséis años.

—Lo sé —había coincidido Freddie—. Yo la quiero, Max, pero sé que es demasiado joven como para…

—Freddie —lo había interrumpido su buen amigo inmediatamente—, no dudo de tus sentimientos pero, como padre de Sam, quiero pedirte que me des tu palabra de que vas a darle el tiempo necesario para que crezca y viva lo suficiente antes de decirle que la quieres. Si de verdad la amas entenderás por qué te pido esto.

Por supuesto que lo había comprendido, aunque lo destrozaba la idea de tener que apartarse y ver cómo la chica que amaba se convertía en mujer junto a otro.

—Si Sam y tú alguna vez os convertís en pareja —había continuado diciendo Max Puckett emocionado—, y puedo prometerte que no habría nada en el mundo que me hiciera más feliz, tendría que ser como iguales; dos adultos que deciden libremente estar juntos. Y, por ahora, mi hija no tiene esa madurez, por mucho que crea estar locamente enamorada. Sé lo duro que va a ser para ti hacer lo que te pido, pero por el bien de Sam y del amor que quizás compartáis algún día, ¿me prometes no decirle nada de lo que sientes hasta que cumpla veintiún años?

¡Para eso quedaban cinco años! Pero Freddie había comprendido perfectamente el motivo de tal petición, por eso había aceptado, sabiendo que él habría hecho lo mismo de estar en la situación de Max.

Después de su muerte había decidido que tenía que proteger a su única hija porque se lo debía al que había sido su mentor además de su amigo. Al final las circunstancias no le habían dejado otra opción que la de casarse con Sam.

Tras una verdadera agonía de indecisión, había optado por pedirle consejo a Henry Fairburn, el abogado de Max Puckett. Éste le dijo que no podía romper la promesa que le había hecho al padre de Sam y que de algún modo, tendría que encontrar las fuerzas para hacer creer que su matrimonio con ella era solo por cuestiones económicas y así ella siguiera teniendo la libertad de elegir con quién quería estar.

Pero entonces, al salir de la iglesia, cuando ella le había preguntado si estaba enamorado de alguien, Peter se había dado cuenta de que Sam había descubierto la verdad, sus ojos le habían dicho que sabía perfectamente cuál era la respuesta a su pregunta. La forma en la que había reaccionado le había dejado muy claro lo que sentía al respecto. No había una manera más obvia de expresar su rechazo hacia él que salir huyendo.

Margaret se había encargado de hostigarle por su decisión diciéndole que debía haberla dejado que jugara al amor con alguien de su edad porque seguramente acostarse con un hombre de verdad la había aterrado.

—Un hombre de verdad necesita una mujer de verdad —le había dicho poniéndole la mano en el hombro, de manera sugerente. Pero Freddie se había apartado de ella sin poder ocultar ni su desprecio por aquella mujer ni el dolor de haber perdido a Sam.

El sentimiento de culpabilidad había sido lo único que le había impedido ir en su busca y hacerla volver. ¿Cómo podría obligarla a aceptar un amor que no deseaba y que la quería?

Cuando David Bryant le había hablado de la carta que había recibido, y aunque no tenía demasiadas esperanzas de que aquello pudiera salir bien, Freddie había empezado a hacer planes para…

¿Para qué? ¿Es que ni siquiera podía admitir ante sí mismo lo que había hecho? Quizás ya iba siendo hora de que lo hiciese. Había manipulado a Sam de una manera maquiavélica para conseguir que volviera a su lado. El caso era que el resultado había excedido con mucho a las expectativas más optimistas que hubiera tenido en sus largas noches de soledad.

Cuando la había oído hablar de amor hacía solo unos minutos había sentido el impulso de estrecharla entre sus brazos y demostrarle que lo de la noche anterior no había sido más que una pequeña muestra de hasta dónde podían llegar los dos juntos. Pero lo que quería de ella era algo más que aquella declaración de amor inducida por el reciente placer físico. Lo que deseaba era su amor, un amor como el suyo propio, un amor que iba mucho más allá del mero acto sexual. Por supuesto era gratificante saber que ella también lo encontraba sexualmente atractivo, pero a la vez resultaba algo amargo porque no era su cuerpo lo que él quería sino su alma. ¿Cómo iba a ganársela después de lo que había hecho?

Ni siquiera en la soledad podía encontrar una explicación a su forma de reaccionar cuando el primer día ella había creído que Freddie quería el divorcio.

Claro que quería tener un hijo, y que ese hijo lo emparentara con Max Puckett, pero había sido enormemente mezquino al utilizar eso como excusa para consumar su matrimonio…

No sabía qué había ocurrido, de repente todo se le había escapado de las manos y le había resultado mucho más difícil de lo previsto controlar sus sentimientos. El tener que enfrentarse a una mujer hecha y derecha en lugar de a una jovencita lo había hecho ver lo vulnerable que era. Por eso había tratado de mantener la mayor distancia posible; pasando mucho tiempo fuera de casa, durmiendo en su despacho… Pero la noche anterior había tirado por la borda todos aquellos intentos, acompañados de su autocontrol: había hecho justo lo que había prometido tantas veces que jamás haría.

Y ahora Sam le decía que lo amaba pero no porque lo hiciera, desgraciadamente, sino porque él había sido su primer amante y para una mujer tan idealista y romántica como ella, eso significaba que tenía que convencerse a sí misma de que lo quería para justificar lo que le había entregado. Sin embargo, no había estado enamorada de él cuando había huido el día de su boda.

Freddie había visto el dolor en sus ojos hacía solo unos minutos y habría deseado abrazarla y confesarle lo que sentía por ella… No sabía qué era más doloroso si el amor o los remordimientos.

Abrió los ojos sin saber cuánto tiempo llevaba sentado allí, en el arcén de la carretera, pero tampoco le importaba. Si volvía a cerrarlos su mente se trasladaba inmediatamente al despacho de Max Puckett, que ahora era el suyo. Era el día en el que Sam cumplía los diecisiete años, aquella mañana al verlo llegar había bajado las escaleras corriendo y, llena de timidez, le había pedido un beso como regalo de cumpleaños; en ese momento Freddie se había dado cuenta de que iba a tener que pedir ayuda a Max para que lo eximiera del cumplimiento de su promesa.

—Sé lo duro que es —le había dicho el señor Puckett después de que Freddie le explicara la situación—. Pero solo tiene diecisiete años.

—Es que no lo parece —había protestado él desesperado—. A veces me mira con los ojos de una mujer experimentada, sin embargo otras veces me mira con la inocencia de una niña.

—Y es esa inocencia la que te pido que protejas y respetes —le había dicho el padre de Sam con ternura—. Si la quieres, desearás que te dé su amor como mujer, no como una chiquilla ingenua.

Freddie no había podido rebatir aquellas palabras porque sabía que eran ciertas.

—Nada podría cambiar lo que siento por ella —había asegurado con firmeza—. Por su bien haré lo que me pides.

—Te prometo que para mí es casi tan difícil como para ti —su tono de voz reflejaba la sinceridad con la que hablaba—. Cuando te digo que te quiero como a un hijo no exagero lo más mínimo; por eso nada me ocasionaría más placer que el verte casado con mi hija… y que me dierais un nieto. Pero Sam es demasiado joven para verse cargada con el amor de un hombre, necesita tiempo y espacio para crecer como es debido.

Después de tanto tiempo, ahora Freddie se odiaba por lo que había hecho la noche anterior. Era como si sus propios sentimientos lo hubieran corrompido por dentro; el amor y el deseo incesante de estar con Sam se habían contaminado al dejarse llevar de aquel modo. Sabía que aquel dolor nunca se apartaría de él, del mismo modo que sabía que nunca dejaría de amarla.

Llevaba más de una hora metido en el coche, tenía que llamar a David Bryant para decirle que iba a llegar un poco tarde a su cita.