Mil perdones por la espera. Me temo que a partir de ahora mis tiempos son escasos, mi inspiración está sepultada; y mis ánimos, cremados. Ya ven. (?)
Aún así no abandonaré mis fanfics porque los amo, simplemente ya no podré actualizar tan seguido, pero prometo que apenas tenga la oportunidad lo haré. Por favor, no piensen que entró en hiatus, porque no es así. Si se aburren, pueden leer mis otras historias, ya saben. (?)

Espero con ansias sus comentarios y favoritos y hasta la próxima.

¡Por cierto! Ya tengo mi notebook y soy feliz dkfasjdf.


Capítulo Veintiuno. Invitaciones y arrepentidos.

Los rayos de luz matutinos se desparramaban uniformemente sobre sus párpados como una cálida purpurina que lo adornaba delicadamente con unos destellos dorados. Poco a poco, despertó. Se sentó sobre su cama, sin siquiera despabilarse bien. Llevó sus manos a sus ojos y se frotó contra su palma sin ninguna clase de delicadeza, como era su costumbre. Se quedó unos segundos sin decir nada, con su espalda encorvada y mirando a algún punto inexistente, o al infinito, quién sabe.

Bostezó sin cubrirse la boca, para desperezarse y estirar sus brazos hacia arriba como acto seguido.

Tragó saliva, provocando un ruido característico de algunas caricaturas de época, claro que sin gracia alguna. Mientras tanto, sus párpados amenazaban con caer para dormir nuevamente, algo que le inquietaba de una sobremanera. Intentaba sobre todas las cosas mantenerse lo más despierto posible. Debía ir a clases. Debía tener fuerza de voluntad.

Se rascó su rechoncho y suave estómago, sólo que esta vez de una forma bastante sutil. Se notaba que tenía sus prioridades en su propio cuerpo. Se levantó, oscilando, empero antes de separarse totalmente de su cálido lecho, le dirigió la mirada al collar que yacía en la madera del respaldo de su cama. Su madre, Liane, no había hecho ninguna pregunta al respecto, o mejor dicho, ni siquiera lo había notado. Agarró el objeto con prisa, se lo colocó en su muñeca como si de una pulsera se tratase, y empezó a vestirse con sus ropas de siempre, porque simplemente el cambiar de estilo prenda era algo casi inexistente para él.

Bajó a desayunar. Después, fue al instituto.

Se encontraba sin abrir la boca ni por un segundo. A la gente le parecía una cualidad extraña viniendo de Cartman, pero al mismo tiempo era un significante alivio. Se trataba de, finalmente, un tranquilo y merecido descanso de aquellos chistes tan malos y ofensivos que solía contar. Claro que la gente cercana a él sabía que algo estaba mal con él, como Kenny, y Stan; y por obviedad uno de ellos también fue Kyle, quien había convivido con él durante meses, y había descubierto que no era tan malo, no como lo aparenta. Era doloroso para el judío verlo fingir ser otra persona con tanta insistencia. Kyle reconocía por cuenta propia el haber logrado conocer una faceta de Cartman lo suficientemente rara e inverosímil: que era agradable, tierno e insoportable en ocasiones, pero lo suficientemente agradable. Buen amigo, después de todo. Pero por supuesto, ¿quién iba a creerle? Nadie. Y sólo por eso decidió no corregir a la gran parte de sus compañeros cuando decían algo acerca de Cartman.

Eric salió durante el descanso, siendo seguido por la mirada curiosa del pelirrojo, quien salió luego de unos pocos minutos en la misma dirección del castaño. Lo siguió hasta el baño, claro que Theodore ya estaba encerrado en el cubículo, mientras que Kyle había entrado con la excusa de lavarse la cara, cosa que hizo.

Cartman salió del baño luego de una placentera sesión con el váter, y lo primero que vio fue el rostro de Kyle, quien lo observaba con un semblante serio, pero calmado.

Lo primero que hizo el robusto fue quedarse en un mediano shock, mas le ignoró al instante y se dirigió a la puerta; sin embargo, su atención fue llamada por un chistado. Se dio vuelta para ver a quien llamó, quien, obviamente, era el judío.

—¿No vas a lavarte las manos? —Interrogó Kyle al menor. Eric arqueó una ceja, medianamente ofendido.

—No. —Respondió a secas.

—Que asqueroso. —Sentenció el mayor, para luego negar ligeramente con su cabeza. Cartman se acercó al muchacho, y sin ninguna delicadeza le posó sus manos sobre las mejillas del ajeno. Kyle hizo una mueca de asco e hizo que se separara con cuantos forcejeos. Cartman sonrió con ligereza y con un característico deje de malicia totalmente realista, y lo siguiente que hizo fue pasar su dedo pulgar sobre sus labios. Kyle frunció el ceño mientras se hacía cada vez más hacia atrás.

— ¡Cartman, basta! —Reprochó Broflovski, para luego morderle un dedo de la forma más fuerte que su mandíbula pudo formular.

—Kyle, no me rompas las bolas. Te estoy ayudando a descargar arena. —Se quejó Cartman, sin siquiera haber apartado sus manos ni un milímetro de distancia. Broflovski mostró un ligero rubor que se posó en sus mejillas.

—Eres un cerdo. —Murmuró el judío con total convencimiento, logrando, al fin, hacer que Cartman se alejara y su expresión fuera similar a la indiferencia y desinterés personificada. De un momento al otro había pasado de estar sonriendo como un bandido a una desilusión tal como la de un preso. Kyle se sorprendió por ello, mas no iba a preguntar, sentía que no tenía porqué hacerlo.

Eric pasó sus manos por sus muslos para limpiarse en sus pantalones, y luego acomodó los puños de sus mangas para que no se pudiera ver ni un rastro de lo que llevaba en su muñeca.

—Asqueroso... —susurró el menor, sin siquiera mirarle. Kyle frunció el ceño, pero fue tarde para reprochar algo, pues Cartman ya había salido, y en su lugar se instaló una extraña e incómoda ausencia.

Y el llamado de vuelta a clases sonó de la forma más ruidosa y fastidiosa que podría existir.

El salón de clases estaba desolado, el judío era el primero en entrar de regreso, y pudo notar que, al abrir su mochila, se encontraba un pedazo de papel azul francia, cubierto con un pequeño listón de negro. Arqueó una ceja y sacó el papel de su mochila lo suficientemente confundido como para dejar que su curiosidad fuera más fuerte que él. Se sentó en su lugar, y con destreza desató el pequeño listón y leyó las palabras que traía guardadas y protegidas. No se sorprendió por el resultado.

Durante casi finales de año, siempre, ¡siempre! había una fiesta elaborada por Token, y por supuesto siempre eran las mejores, dado al punto en el que cada una superaba a la anterior. El motivo era simple: tenían dinero. Otro motivo era que ese dinero debía ser invertido en algo, y bueno, nada mejor que alguna que otra puta fiesta anual o cada seis meses. De inmediato supuso que cada uno de sus compañeros habían recibido la misma invitación, y de repente su corazón dio un vuelco digno de participar en cualquier juego olímpico sin conocer el motivo.

Guardó la invitación con prisa de vuelta en su mochila, y se prometió internamente el asistir. Sentía un buen presagio de lo que podría suceder, y esa misma predicción lo mantendría sin poder dormir hasta que el día de la fiesta llegara. Stan y Kenny llegaron juntos al salón, pues desde que eran pareja solían pasar un mayor tiempo estando unidos; le siguieron Craig y Tweek, luego gente sin demasiada importancia, y por último, Cartman.

El tiempo pasó y claro, no para todos el ser invitado a una fiesta era la octava maravilla del mundo; y una de esas excepciones era Cartman; quien, al apenas haber terminado la jornada educativa, se encaminó a su casa, y al llegar y abrir su mochila, se encontró con un primer plano de aquella invitación azulada y llamativa, que lo mantuvo sin poder hacer nada más que suspirar.

Su mochila reposaba a los pies de su cama, la oscuridad reinaba en el entorno y el frío típico se hacía sentir con todo esplendor. Se quitó su collar de su muñeca, y descolgó la correa de donde la había mantenido guardada. Puso ambos objetos sobre la cama, y simplemente se dedicó a contemplarlos con una sincera nostalgia. Tomó a los dos en sus brazos, a aquellos objetos que le habían obligado a usar hace poco tiempo atrás.

Algo se había roto y perdido en su interior.

De repente, desolado en el frío y en la oscuridad de su habitación, comprendió que no podría volver a acurrucarse en el regazo y ser acariciado por quien siempre había detestado con tanta obsesión. Comprendió que no le llevarían comida a su cama para no tener que moverse demasiado ni sufrir el molesto frío, ni mucho menos que el pelirrojo lo trataría igual de bien como sucedió durante aquellos días.

Siempre creyó que el momento en el que vuelva a ser normal sería maravilloso, que se llenaría de gente que lo había extrañado, y las personas le darían una mayor importancia a la que antes había padecido, pero claro, no todo podía ser como uno lo planea. A sus compañeros les daba igual su presencia o ausencia, y lo había comprobado con sus propios ojos, por más que doliera admitirlo. Su madre ni siquiera sabía de su desaparición, ahora el simple hecho de volver a ser quien era lograba que su orgullo se apoderara de su mente nuevamente, tal cual antes, haciéndole imposible el disculparse o darle las merecidas gracias al judío.

Abrazó los objetos que con tanto cuidado y dedicación atesoraba de aquellos felices momentos, con los que Kyle lo paseaba desde que Stan lo sugirió luego de su estúpido primer escape. Recordarlo era divertido, pero al mismo tiempo se veía tan lejano, como si hubieran pasado mil años desde que se sintiera tan enormemente feliz y libre, que lo único que podía confirmar que sólo habían pasado unos pocos meses era el almanaque.

Cartman suspiró, perdiéndose en esos recuerdos de un afortunado pasado que mostraba su memoria de elefante hasta que se quedó desvanecido por el cansancio sobre su cama; dejando aquel trozo de papel y su correa y collar a un costado de su cuerpo.

Estaba arrepentido, arrepentido por no haber aprovechado cada segundo como podía, arrepentido por no haberse dado cuenta de las cosas maravillosas por las que pasaba y todo lo que había aprendido; y sobre todo, arrepentido por no haber aprendido o no atreverse a valorar a la persona que se había mantenido a su lado durante tanto tiempo sin importar del desprecio.

Pidió un último deseo. Volver a lo que era. Volver a sentirse querido. Volver a sentirse feliz, y por sobretodo, dejar de sentirse tan extraño al ver al judío; o al menos lograr olvidar lo ocurrido en el lago.