Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es de Rochelle Allison, yo solo la traduzco.
Hola, vamos con un nuevo capítulo :)
Capítulo 21: Club
Me desperté con el sonido de la lluvia cayendo. Yo nunca en mi vida había visto llover tanto. No se detenía. En cierto modo, me gustaba, me hacía sentir cómoda, segura, como si nada pudiera llegar a mí. Me había sentido de esa manera acerca de la lluvia desde mi infancia, pero en los lugares en los había vivido por lo general no veía mucha lluvia.
Tal vez la constante humedad y el cielo gris sería algo deprimente después de un tiempo, pero por ahora era una cosa que reforzaba la sensación de que Edward y yo estábamos dentro de nuestra pequeña burbuja. A mi lado, Edward dormía profundamente, su pecho subía y bajaba. Débil, luz de la mañana acuosa iluminaba la habitación lo suficiente para que yo pudiera ver los moratones en su pálida piel. Queriendo tocarlos, y su pelo, junté mis manos, no quería molestarlo. Los dos habíamos pasado a través de muchas cosas, y él se merecía todo el resto del mundo. Yo me acurruqué profundamente debajo de las mantas, dejando que el suave silencio de la lluvia me hiciera dormir.
Cuando me desperté de nuevo, estaba en la cola de un mal sueño. Me olvidé de tomar mis medicamentos la noche anterior, pero como Edward y yo estuvimos despiertos y dormidos todo el tiempo, tocándonos y besándonos, mi insomnio no era tan evidente. Ahora, sin embargo, todas las familiares manchas de terror y miedo aparecieron, y me obligué a respirar profundamente y de manera uniforme, sin querer asustar a Edward si se despertaba. Era difícil calmarme después de esos episodios, pero me las arreglé para hacerlo, inspirando por la nariz y exhalando por la boca mientras me concentraba en cerrar mis puños.
Poco a poco, los detalles de mi pesadilla se disiparon con la vigilia. Se trataba de Alec de nuevo, lo sabía, pero eso era todo lo que iba a permitirme recordar. En lugar de seguir durmiendo, me deslicé fuera de la cama, temblando cuando mis pies tocaron el frío suelo de madera. Fui de puntillas para coger mi bolsa y un polar grueso y suave con capucha, algo que me envolviera con calidez y suavidad.
Abajo, el contenido modesto de la nevera estaba limitado si hablábamos de desayuno. Cogí los huevos, la leche, el queso, el pan y la mantequilla, y me puse a hacer tortillas. Mientras el pan se estaba calentando, medí el café y lo preparé, anticipando ya el olor y el sabor.
A medio camino, oí el suave y revelador golpe de unos pies golpeando el piso de arriba, y luego pasos. Nunca había vivido en una casa de dos pisos, así que eso era nuevo. Me hizo sonreír el saber que compartía este espacio con Edward. Sabía que estábamos jugando a las casitas, pero yo no podía dejar de construir mis esperanzas en torno a ello. Anhelaba tanto la normalidad, todas las cosas que otras chicas podían encontrar típicas, incluso banales.
Había tenido dinero, ropa, drogas, clubes, vacaciones, lujo. Había tenido lo mejor de lo mejor, y el precio que había tenido que pagar había sido demasiado alto. En lo más profundo de mi corazón, me di cuenta de que de alguna manera aún anhelaba la experiencia de la universidad, en algún lugar. Quería estar al lado de Edward, que él dependiera de mí y yo dependiera de él.
Y no iba a mentir... había pensado en tener sus bebés, para sentirme bien en mi interior al saber que habíamos hecho algo tan increíble.
—Debe ser un buen día —dijo, apareciendo a mi lado. Apoyó sus manos sobre el mostrador, divertido—. Por la sonrisa en tu cara, quiero decir.
Me ruboricé, me encogí de hombros y me puse con la tortilla, levantándola un poco para ver si estaba lista para ser comida.
Acercándose más, él hizo que nuestros cuerpos se tocaran del todo.
—Buenos días, Bella.
—Buenos días, Edward.
Él sonrió. Yo sonreí. Era cursi y estupendo y me sonrojé tan fuertemente —olvidando el desayuno— que mi cara podría incendiarse.
—He pensado en prepararte algo de comida... me he acordado de que te gustaban mis huevos —le dije tímidamente, pensando en nuestros desayunos en la colina.
—Me gustaban. Me gustan. —Él estaba detrás de mí, con las manos en mis caderas y luego las deslizó hacia abajo—. Te has vuelto a vestir inapropiadamente para el frío...
—Un suéter y calcetines no son inapropiados —resoplé—. Además, no hay nadie aquí, solo tú y yo. Me gusta sentirme… relajada.
—A mí también me gusta —se apretó contra mí, mostrándome lo mucho que le gustaba, y apartó mi pelo a un lado. Esta era una de sus cosas. También se estaba convirtiendo en una de las mías. Mi aliento se enganchó, y me centré en la tortilla, girándola antes de que se quemara—. Antes era una mierda el tener que fingir.
— ¿Fingir que no estabas interesado?
—Fingir que no te amaba.
Mi aliento se volvió a enganchar y tragué.
—Para mí también.
—Tú me dijiste que fantaseabas —dijo.
Asentí con la cabeza, poniendo la tortilla en el plato y tapándola para mantenerla caliente.
—Todo el tiempo.
—Yo también.
Le eché un breve vistazo.
—Estás hablador hoy. Estoy empezando a darme cuenta de que hay aspectos de tu personalidad sobre los que realmente no sé nada.
—Bueno, no siempre soy hablador. Al igual que no siempre soy tímido —tocó el rojo de mis mejillas—. Pero yo sé cosas sobre ti y siento que es justo que tú sepas acerca de mí.
—Me gustaría eso —derramé el segundo plato de huevos batidos en la sartén. Éste sería el mío. Mi boca estaba babeando ya por ver lo buena que estaba, el queso estaba derretido en algunos lugares.
—Me gusta el café fuerte...
—Ya lo sabía.
—Mezclado con chocolate caliente.
Sonreí.
— ¿Por qué no me lo dijiste? Podría habértelo comprado antes.
—Yo lo tenía en mi propia cocina —sus dedos encontraron mi ombligo. Me estremecí instintivamente y me alejé, empujando mi trasero contra su ingle. Él me agarró, sosteniéndome aún más cerca—. Lo tuve todo el tiempo.
—Antes de probar mi café —le dije.
—Así es —besó mi oído.
—Déjame adivinar —respiré—. Te gusta el sexo por la mañana.
Sus pulgares me hicieron cosquillas y jugó con la cintura de mi ropa interior, llegando a tocar la piel de debajo.
— ¿Cómo lo sabes?
—Lo supongo.
Metiéndose de nuevo bajo mi sudadera, Edward pasó la mano por mis pezones antes de coger uno de mis pechos. Lo apretó suavemente antes de volver al pezón, haciendo círculos con sus dedos hasta que estuve ansiosa, caliente y lista para dejar de jugar. Deslizó la otra mano hasta el final de mi ropa interior y en ese momento, di por terminada mi tortilla. Yo la empujé fuera de la encimera al mismo tiempo que él me ponía sobre el mostrador, lejos del fuego. Me quitó la ropa interior, dejándome la sudadera, y chupó mi cuello mientras me frotaba para prepararme. Inclinándome hacia delante para que estar inclinada sobre el mostrador, se metió en mí tan repentinamente que sentí que la respiración estaba siendo extraída de mi cuerpo.
Él no estaba mintiendo cuando dijo que le gustaba el sexo por la mañana, porque el ritmo que se suponía que era fuerte y rápido, era un poco más áspero de lo habitual. Él debió haber estado pensando en ello y entonces, bajó ya listo. Sus manos corrieron por todo mi cuerpo, como si él no pudiera decidir lo que quería tocar más: mis caderas, mi culo, la parte baja de mi espalda. Me encantaba eso. Era tan profundo, y eso me hacía sentir tomada de la mejor forma.
Pero Edward se ralentizó. Él se curvó sobre mí, tocándome mientras se movía. Puse mi mano sobre la suya cuando empecé a correrme, mis rodillas temblaron, y él aceleró, terminando poco después. Estuvimos allí por un minuto, hasta que abrí los ojos, levantándolos para así poder mirar hacia él. Su cara estaba enrojecida y tenía esa sonrisa tonta, era tan guapo.
—Gracias por la llamada de atención —bromeé, moviéndome para que él saliera de mí—. Si hubiera sabido que iba a ser así, te hubiera pedido que me lo dijeras antes.
Riendo humildemente, él me devolvió mi ropa interior.
—Lo siento. Tal vez deberías usar pantalones de ahora en adelante.
—Tal vez.
Nos besamos. Puse labios en la punta de su nariz rota tan suavemente como pude, besándola también.
—Tengo que limpiar. ¿Hago tostadas?
—Está bien.
… …
Estábamos de vuelta en la cama, sobre todo porque sigue siendo el lugar más cómodo de la casa. El sofá de la planta estaba bien, pero necesitábamos una manta o algo así. No es que yo esperara esa clase de comodidades estando aquí. Se nos había dado lo esencial, y como explicó Edward, un dinero para comprar lo demás. Él me dijo que también tenía dinero. Estaba 'trabajando con alguien' para que cuando el juicio terminara y los detalles de nuestras nuevas vidas estuvieran resueltos, él todavía tuviera sus ahorros.
Pero por ahora, esta habitación parecía ser nuestro lugar seguro.
Él me estaba enseñando a jugar al ajedrez, pero yo no dejaba de sentirme frustrada.
—Ponme a prueba en la piscina —resoplé, resistiendo la tentación de pasar las manos sobre la mesa, apartando las figuritas, enfurecida—. Te daría una patada en el culo.
El fantasma de una sonrisa apareció en su boca.
—Tal vez —murmuró.
—Lo haría.
—Jaque mate.
Haciendo una mueca, me tiré de nuevo sobre las almohadas.
—Necesito un descanso.
—Está bien.
—Cuéntame más.
— ¿Sobre qué?
Me giré para ponerme de lado, frente a él.
—Sobre ti. ¿Es verdad lo que me contaste sobre tus padres?
—Sí. Nunca te mentiría sobre eso.
Asentí con la cabeza, pensando en mi madre, Renée. Era una borracha feliz, pero sin embargo, una borracha. Pero ella me quiso. Lo sabía ahora más que nunca. Ser adulto era difícil. Yo tan fácilmente podría haberme dejado caer en el ciclo de la adicción como ella hizo. De hecho, casi caí. ¿Qué sería de mi vida si Masen Hale no hubiera sido mi guardaespaldas?
— ¿Y sobre tus hermanos? —pregunté después de un momento.
—Sí.
— ¿Eres realmente de Chicago?
Él asintió con la cabeza.
— ¿Cuáles son sus nombres?
Él sonrió con cariño, contando con los dedos.
—Carlisle, Garrett y Michael.
— ¿Se parecen a ti? —pregunté, sonriendo al ver la expresión en su rostro. Eran muy cercanos, lo podía decir.
—Carlisle se parece a mi padre. Cabello rubio, ojos azules. Sin embargo, el resto nos parecemos a mi madre.
—Ella debe ser hermosa.
—Lo era —se quedó mirando la ventana, con los ojos lejanos. Dirigí mi mano hasta la parte superior de su cabeza y él sonrió, cerrando los ojos.
—Me gusta cómo se siente tu cabello. Y... me encanta el color —le dije tímidamente, tocando su nuca. Supuse que todo estaba saliendo ahora, todos esos meses de admiración reprimida.
—Tengo que afeitarme —se rió.
—Estás guapo.
—Justo lo que todos los hombres quieren oír. ¡Tienes una bonita barba, Edward!
— ¡Cállate! —resoplé—. ¡Lo es! Es como... roja y rubia, y simplemente... muy agradable.
Él negó con la cabeza, sonriendo.
— ¿Cómo te hiciste esto? —pregunté, tocando la cicatriz que se asemejaba a un hoyo.
—Me caí de un árbol cuando tenía nueve años.
Yo hice una mueca.
—Ouch.
—Me caí de la bici —dijo tirando de la manga y mostrándome otra cicatriz cerca de su codo.
—Bueno, yo me torcí el tobillo cuando tenía trece años. Es una mierda ir con muletas.
—Ahí me has ganado, nunca he tenido que usar muletas.
—Entonces, considérate afortunado.
—Lo hago —dijo en voz baja, mirando hacia mí, y me dio la impresión de que quería decir algo más.
Una cosa acerca de Edward: casi siempre habíamos tenido silencios sociables, incluso cuando él era Masen y yo era la chica de Alec. Esa era una cosa que no había cambiado, y me alegré. Era fácil estar con él.
—Yo odiaba cuando te metías coca —susurró, sus ojos estaban llenos de algo que yo no conocía muy bien. ¿Tristeza, tal vez?
Asentí con la cabeza, mordiéndome el interior de mi mejilla, recordando aquellos días.
—Yo... siempre me pregunté por qué tú te resistías. Por qué no lo hacías con nosotros —miré hacia él—. Yo quería hacerlo contigo.
— ¿Por qué?
—No lo sé. Era algo que podía compartir contigo, supongo. Quería sentirme de esa manera contigo, incluso antes de que realmente entendiera que estaba sintiendo algo por ti —suspirando, me pasé la mano por la cara—. Sin embargo, tú me hiciste querer dejarlo. Sabía que lo odiabas. Conseguiste... esto.
Nuestros ojos se miraron. Era surrealista recordar esas cosas. Era como si le pasara a otra persona... habíamos pasado por muchas cosas.
—Odiaba cuando dejabas que las otras chicas se te acercaran —dije—. Eso realmente... me molestaba.
Él asintió con la cabeza lentamente, moviendo el tablero de ajedrez a un lado para que poder acostarse a mi lado.
—Lo siento.
—No lo hagas —exhalé larga y lentamente, dejándolo ir—. Me alegro de que tengamos esto ahora.
Ainss, que bien que puedan estar juntos de momento :)
¡Buen fin de semana, nos vemos el lunes! ;)
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