La abuela esperó que su hijo diese la vuelta en el coche y le tendiese la mano para bajar. Alice sonrió con tristeza, acordándose de la mujer llena de vitalidad que había venido a su casa hace un mes. La estupidez de James hacía a su familia sufrir.
–Buen día, abuela –saludó Alice, besándola en la mejilla.
–Buen día, querida.
En cuanto alzó la mirada hacia el rostro el padre de James, Alice se sorprendió. Fred Whiterlade había envejecido unos diez años, estaba pálido y tenía fuertes ojeras. En sus ojos, un profundo dolor. Alice tembló al acordarse que indirectamente era responsable por aquello, pues James asesinó al Mayor por tener celos de ella.
–Buen día, Alice–el señor Whiterlade la saludó con una sonrisa triste, pero gentil.
Alice le contestó. Cruzaron algunas palabras y él se fue.
–Ha sido muy difícil para él aceptar lo que James hizo –dijo la abuela aún en el patio.
–¿Revelaste lo que sabes, abuela?
–No, querida. No hace falta que sepan los detalles tristes de esa historia. Además, James me ha contado como un secreto, no puedo traicionarlo.
Alice cogió la mano de la abuela.
–No conté a Jasper los detalles, solo dije que James te había contado que lo hiciera por celos –dijo la joven y tomó aire para terminar–. Él cree que el señor Whiterlade está involucrado.
–Yo también.
Alice dio un respingo y miró la abuela.
–Cálmate, querida. Todo terminará el domingo. ¿Cómo está nuestro amigo?
–Ansioso. Y triste. Se echa la culpa por... –Alice tardó un rato en escoger las palabras–. Por nuestra relación.
–Él debería saber que nadie logra huir de su destino. Vamos entrar que lo estoy echando de menos.
Apenas entraron en la cocina Jasper vino a saludar la abuela.
Alice se sorprendió con el cariño y la complicidad entre ellos. Seguro que lo habían desarrollado cuando ella había viajado hacia la capital. Se sintió un poco celosa y eso la hizo reír.
–Ya veo que mi niña se queda contenta con tan solo mirarte –dijo la abuela.
Alice se sonrojó, pero no le ocurrió nada para contestar. La faz de Jasper no se inmutó, pero el negro de sus ojos se llenó de dolor.
Pasaron a la sala, donde la abuela ocupó una silla y les señaló el sofá. Alice hesitó un rato y entonces sentó. Jasper se sentó a su lado y pasó el brazo por sus hombros, haciéndola ponerse colorada otra vez.
–Hoy la luna entra en su cuarto menguante –empezó la abuela–, si tenemos suerte la noche de domingo estará todo lo oscura que necesitamos. Ayer salí a cabalgar y revisé nuestro escondite: todo está como he dejado.
–No te arriesgues innecesariamente, abuela –dijo Jasper.
Ella sonrió hacia él.
–Desde luego que no. Ahora estás por tu propia cuenta –la abuela dejó una brújula y un reloj de bolsillo en la mesilla–. Sal a la una y sigue hacia el sur. Encontrarás el "Sueños del Sur", tu destino.
El corazón de Alice se encogió. Si cerrase los ojos podría ver Jasper alejándose en el mar oscuro, desapareciendo en la neblina. Para siempre. Parpadeó, pero una lágrima terca le escapó. Alice intentó disfrazar la causa diciendo:
–Te quedarás en peligro.
–No hay como salir sin enfrentar el peligro de ser atrapado –contestó Jasper.
La abuela se puso muy seria y miró a Alice con preocupación.
–Quiero un vaso de agua –dijo la señora.
Alice le dio una sonrisa agradecida por la disculpa para alejarse un rato. Apenas Alice salió, la abuela miró a Jasper con incredulidad.
–¿No vas a pedirle que te acompañe?
–No, abuela.
La señora se recostó en el respaldo del sillón y rió.
–Creo que es eso que Alice llama de tu "mirada de soldado". De veras que es terrible, pero no me engañas, muchacho.
Alice volvió con el vaso de agua. La abuela lo cogió y sorbió un largo trago antes de seguir hablando.
–Ese domingo, Alice, debes pasarlo con nosotros. Así no habrá riesgo de nadie venir a tu casa antes del tiempo necesario.
–Sí, abuela. Además, estoy en deuda con la señora Whiterlade.
Hablaron de cosas sin importancia por algún tiempo, pero el tema del asesinato del Mayor no pudo ser evitado.
–A pesar de todos los rumores que siempre escuché, tras ver como el actuó con Alice, ya no los creo –dijo la abuela–. Ha sido un hombre honrado.
–Desde luego –concordó Alice.
–Estoy seguro de que eran mentiras –afirmó Jasper–. El Mayor Foxsprint no era la clase de hombre que actúa de esa manera con aquellos que están bajo su protección.
La abuela sonrió.
–Estás defendiendo el hombre que te habría asesinado si lo hubiese encontrado. Muy noble.
–Justo. Él tenía ordenes a cumplir, si yo las tuviese, cumpliría.
Enseguida Alice sirvió el almuerzo en el comedor. La abuela se quedó a la puerta observando a los dos preparar la mesa. Trabajaban juntos con familiaridad, cruzaban miradas que sustituían palabras como si fuesen una pareja de años. La abuela balanceó la cabeza con desconsuelo.
Apenas terminaron la comida, la abuela miró a Jasper con una sonrisa burlona.
–Vete a echar una siesta, estás muy pálido, muchacho.
Jasper carcajeó y se levantó.
–Ven, Jake. Los hombres no son bienvenidos aquí.
En cuanto ellos salieron, la abuela ayudó a Alice a llevar las cosas hacia la cocina. Sentó a la mesa y señaló a Alice que hiciese lo mismo.
–Si pudieses, no lo dejarías partir.
–Así es –masculló Alice–. Pero él no puede ni quiere quedarse.
–¿Qué vas hacer tras su partida?
–Partir también.
–¿No seguirás luchando por tu hacienda?
–No, es una causa perdida.
–No existen causas perdidas. El que hay son las causas que nosotros abandonamos –dijo la abuela.
–Que sea, pero no voy malgastar mi tiempo aquí para después tener que dejar todo atrás. Si voy hacerlo, creo que ese es un buen momento.
–De acuerdo.
Las dos se quedaron un largo rato en silencio.
–También me enamoré en un verano –dijo la abuela en voz muy baja–. Y como tu, de un extranjero.
Alice parpadeó y la miró con incredulidad. La abuela sonrió y siguió hablando:
–En el norte, donde papá tenía su hacienda, las aguas son más tranquilas y a él no le molestaba que yo velejase sola. Me encantaba nuestro velero, la libertad del mar y la soledad. A veces pasaba toda una semana en el mar. Yo tenía catorce años aquel verano en que conocí Miguel. Él era pescador y se acercó porque pensó que el pequeño velero necesitaba de ayuda. Miguel era altivo, orgulloso, gentil y cariñoso, muy distinto de los hombres de la Isla.
La abuela cerró los ojos por un rato, como si estuviese buscando los recuerdos.
–Yo aprendí el español con él y le enseñé el inglés. Por tres años nos encontramos en los veranos. Él traía su pesquero hacia las Islas y yo salía con mi velero. Fueron días de ensueño. En el tercer verano creo que mi padre sospechó de aquellas salidas. No me prohibió de salir con el velero, pero me presentó a John Whiterlade y apresuró un compromiso entre nosotros. Cuando me percaté de las intenciones de mi padre hacia John, hablé con Miguel.
Alice acompañaba el relato con mucha atención y se percató de la tristeza en la voz y la faz de la abuela.
–Miguel sugirió que yo huyese con él, prometiendo hacerme su esposa en cuanto llegásemos a su ciudad. Yo sabía el daño que haría a mi familia si lo hiciese. Tenía delante de mí una elección muy difícil: mi amor o mi familia. Me quedé con mi familia. Hice el matrimonio que ellos deseaban y seguí viviendo aquí. Tras cuatro años recibí una carta de una amiga del Brasil. En cuanto abrí el sobre, supe que era de él. Así como yo, había hecho un matrimonio de conveniencia y tenía un hijo. Logramos mantener contacto todos estos años, compartiendo alegrías y dolores.
La abuela miró a Alice con seriedad.
–Sentí un cariño muy especial por mi John, llegué a amarlo, pero no como a Miguel. Encontré felicidad en el matrimonio y en la maternidad, pero es una felicidad sin brillo. Distinta de la que sentí en aquellos veranos. Hice la elección errada, Alice.
–Abuela...
–Sí. Miguel ha sido el único que hizo vibrar las cuerdas de mi corazón. No he tenido valor para agarrar a mi felicidad y ella se fue, para siempre. Creo que tienes más coraje que yo y serás feliz.
Alice se quedó mirando la abuela sin lograr percatarse del sentido de sus últimas palabras. La señora se levantó y dijo:
–Vamos limpiar esas cosas y preparar unas masitas para el té.
A las cinco Alice llamó a Jasper para el té y a las siete Fred Whiterlade vino buscar su madre. Cansada, Alice cogió las almohadas y una manta para acostarse en la alfombra. Invitó a Jasper a juntarse a ella con una sonrisa. Se quedaron en silencio, abrazados.
El viernes fue un día soleado sin ninguna clase de novedad. Tal tranquilidad no anunciaba las tormentas del sábado. Cuando la neblina se disipó ya eran casi las once. El sol pálido en un cielo aún emblanquecido por la neblina daban al Cabo un aire de pureza virginal.
Alice aún limpiaba la cocina después de la comida cuando escuchó el motor de un coche. Intentó calmar los latidos de su corazón diciendo a si misma que era el padre de James que venía a pedirle algo. O traer. Su ilusión no duró más que unos pocos minutos. Jasper surgió en la puerta del comedor con la noticia que ella no quería oír.
–Es el ejército –dijo él con la voz grave.
Alice se secó las manos. Tomó aire. Salió al patio.
El coche fue parado por una frenada brusca, esparciendo piedrecitas y polvo. De un salto, el Coronel Davis bajó.
–Hola, Coronel.
Alice sonreía, pero al percatarse del semblante muy serio del Coronel, la sonrisa se esfumó de su rostro.
–Hola, Señorita Brandon.
Alice bajó la mirada hacia las manos de él. El Coronel agarraba un sobre. Las manos crispadas temblaban por alguna emoción que ella supuso que no era buena. Volvió a mirarlo a los ojos.
–Esta carta es para usted –dijo el Coronel–. De James Whiterlade.
Alice palideció y se quedó sin resuello. Enseguida, sus ojos lanzaron destellos de rabia al mirar el sobre.
–No la quiero –dijo con la voz firme.
–Por favor, Señorita –el Coronel le tendió el sobre–. Un amigo de su novio tenía instrucciones para entregarle, pero lo atrapamos. Debido a su espontánea y valerosa colaboración en todas las investigaciones de los hechos en Cape Meredith en los últimos meses, decidimos traerla lacrada. Si quisiera entregarla al ejército tras leer, la aceptaremos.
Alice miró el sobre como si fuese una serpiente venenosa. No quería escuchar más mentiras, ser engañada otra vez... Pero el ejército actuara con mucho respecto a su privacidad, no podía decir no. Tomó aire y cogió el sobre. Se dio la vuelta, entró en la casa y siguió hacia su cuarto. Tras cerrar la puerta con la llave se acurrucó en la cama y abrió el sobre. Sacó la hoja blanca y empezó a leer.
"Querida Alice,
Creo que te vas a quedar enfadada conmigo, pero sepas que te quiero mucho. Solo lo hice para proteger a Papá de una acusación falsa que el Mayor pretendía hacer. No me gustó decirte mentiras, pero no te quedabas en condiciones de enfrentarse a la verdad aquel día.
Alice, he tenido que asesinar al Mayor porque él iba denunciar mi padre por robar tus ovejas. Lo siento, Alice, pero eso es verdad.
Papá no te robó, todo lo que tus animales han producido está en una cuenta separada en el banco. Para ti. Quiero que lo comprendas y perdones. Él creía que tu no podrías llevar tu hacienda adelante sola y siempre supo lo mucho que te quiero. Así, planeó una boda para nosotros: si tu estuviesed en dificultades con la hacienda, aceptarías ser mi esposa y así todo que él ha sacado de tu hacienda volvería a ti.
Papá no te robó, solo cuidó personalmente de lo que era tuyo. Y siempre ha tenido la intención de devolverte todo. Todo salía bien hasta que el Mayor empezó a husmear en asuntos que no eran suyos. Si él hubiese se ocupado solamente de buscar el hombre que lo engañó, nada de eso había sido necesario.
Estoy a camino de Inglaterra en el yate de un amigo. Bajaré en Gibraltar y enseguida me voy hacia Londres, donde me quedaré en la casa de Johnny. Ven conmigo, Alice. Yo te amo y te haré feliz. Sal de esa maldita isla y ven, puedes buscar a tu madre si quisieras. Tendremos una familia acá: mis tíos, primos y hermanos viven todos en Inglaterra.
No hace falta que te preocupes por el asesinato del Mayor, nadie logrará descubrir que he sido yo. Todos van a creer que ha sido el soldado que el Mayor buscaba. No sé si ese hombre sigue vivo o no, pero pensarán que sí. Hace un tiempo he encontrado una identificación que pertenecía a él, la he dejado en la escena del crimen. Acusarán a él y seguiré libre.
Ven, Alice. Te aseguro que nuestro matrimonio funcionará. Pide a Papá que arregle tu viaje y avise a Johnny de tu llegada. Estoy esperando por ti.
Besos
James"
Alice dejó la carta caer en su regazo y cerró los puños.
Temblores de rabia sacudían su cuerpo. Parecía increíble que un hombre que hablaba apasionadamente en hacerse médico y salvar vidas quitase una por un motivo tan estúpido. Pero en James eso sonaba natural. Siempre había sido así, impulsivo e inconstante.
Aunque esa vez había pasado de todos los límites, además del crimen que había cometido, echara la culpa a una persona inocente y aún la llamaba para juntarse a él.
Ella tomó aire. Necesitaba poner su miente en orden, pues el Coronel Davis esperaba una respuesta suya. Miró la hoja en su regazo. Aquella carta era la prueba definitiva que el ejército necesitaba para declarar James como el autor del disparo. ¿Podría hacer eso con su amigo? ¿Sería justo entregar a James cuando había ocultado a Jasper?
Alice balanceó la cabeza. Eran dos cosas distintas. Jasper había venido a defender una idea en la cual acreditaba, un sentimiento que llevaba en el pecho. Y no hiciera mal a nadie directamente. Ya James había asesinado un hombre y no se arrepentía. De manera fría planeara como engañar al ejército y escaparse. Desde luego que no podía decidir nada comparando los hechos, lo que había hecho a Jasper era muy distinto de lo que haría ahora.
Volvió a doblar la carta y se levantó de la cama. Salió del cuarto y siguió hacia el patio. Al ver a Alice salir de la casa, el Coronel Davis bajó de su coche y caminó hacia ella.
–Quédense con ella –dijo Alice tendiéndole la carta–. Es más útil para el ejército que para mí.
–¿No es personal? –preguntó el Coronel.
–Hay cosas personales y que ofenden mi persona, pero ningún secreto.
–Gracias, Señorita Brandon. Son ciudadanos así que hacen la fuerza de nuestras Islas delante de cualquier agresor. Continuamos a su disposición en todo lo que necesites –concluyó el Coronel con ademán de despedida.
Alice lo observó partir y enseguida entró. Tras toda la basura de James necesitaba del confort de los brazos de Jasper.
Tras largo tiempo en silencio, abrazados en el sofá de la sala, Alice alzó la mirada hacia Jasper.
–Estabas en lo cierto. Ha sido Fred Whiterlade el que robó mi padre. Hace años que roba nuestros animales. El Mayor Foxsprint lo había descubierto y por eso James lo asesinó: para proteger su padre –Alice tomó aire y el verde de sus ojos se quedó más oscuro–.El Coronel Davis me trajo una carta que James me escribió, en ella él confesaba todo.
–No hace falta que te enojes tanto –dijo Jasper acariciándola en la espalda–. Ya lo imaginabas. Ahora necesitas salir adelante, mirar el futuro con calma.
Alice rió y su risa suave llenó el corazón de Jasper de calor.
–No ha sido con la confesión de James que me quedé enojada, pues eso ya lo sabíamos. En esa carta, tras confesar el crimen, me pide que va a encontrarlo en Inglaterra. Eso me enojó. ¿Qué clase de mujer él piensa que soy?
–Solemos juzgar el carácter de una persona por el nuestro. James pensó que podrías mirar los hechos como él mira.
Alice balanceó la cabeza en clara desilusión.
–Me equivoqué al pensar que conocía a él. James ya no es el niño que ha sido mi compañero de juguetes ni el muchacho que fue mi amigo mientras me hacía una mujer. Es un hombre desapiadado y codicioso, alguien muy distinto del James que vi partir hacia Inglaterra.
–Los años nos cambian, cariño –dijo Jasper acariciándole la mejilla–. ¿Cuánto tiempo James estuvo lejos de las Islas?
–Casi un año y medio
Jasper no dijo nada más. La mezcla de rabia y dolor que los ojos de Alice lucían alcanzó su corazón. Quería borrar todo de malo que ella sentía, evocarle los sueños y la esperanza, darle un nuevo amanecer. La besó con gentileza y ternura. Un beso tan dulce que daba ganas de llorar.
En los brazos de Jasper ella se sentía en el cielo. Un cielo que pronto estallaría en una tempestad que dejaría un rastro de destrucción en su corazón. Mañana Alice pasaría el día con los Whiterlade y cuando volviese a casa, en un par de horas él partiría.
Para siempre.
Tras una cena en que cruzaron pocas palabras, Alice y Jasper limpiaron la cocina juntos. Apenas terminaron, ella alzó la mirada hacia el rostro de él.
–Buenas noches –susurró Alice y se escabulló de la cocina antes que él pudiese le contestar.
Jasper se dejó caer en una silla mientras mascullaba un "Buenas noches" aún más triste que el de Alice. Escuchó a ella cerrar la puerta del cuarto. Resopló. Desde que habían hecho el amor por primera vez, habían pasado todas las noches juntos en la alfombra de la sala. Esa sería la primera que dormirían separados.
Alice entró en su cuarto, cerró la puerta con la llave y apoyó la espalda en ella. No quería la compañía de nadie, ni siquiera de Jake.
Hoy necesitaba de soledad para poner sus pensamientos en orden y calmar su corazón. Su vida quedaba patas arriba desde la muerte de su padre y parecía ser imposible arreglarla. No lograba ver nada más en su futuro que nubarrones.
Jasper se paró en el pasillo y miró con tristeza la puerta cerrada del cuarto de Alice. No podía hacer nada para amenizar su sufrimiento. Tenía que partir, no solo porque no podía quedarse, sino también porque jamás podría vivir bajo la mano del invasor.
Entró en su cuarto y miró a Jake, tendido al lado de la cama como lo había visto por primera vez. Se acercó al perro y le acarició.
–Te echaré de menos, Jake.
Jasper se sentó en la cama y abrió el cajón de la mesilla de noche.
Miró el paquete que la abuela le había entregado cuando Alice fue hacia Puerto. La tentación era grande, pero no tenía coraje de hacerlo, por más que quisiera. Si hubiese más tiempo... Si no hubiese hecho de Alice su mujer...
Alice se acostó. La oscuridad solo aumentaba el dolor en su pecho. Sabía que no lograría dormir, su mente la torturaba con recuerdos de los momentos que había compartido con Jasper. En veinticuatro horas no serían más que recuerdos. Un sollozo escapó de su pecho. Recordó el momento en que lo encontró en los matorrales. Otro sollozo. Recordó la noche en que Jasper se despertó consciente y ella tuvo miedo de él. Otro sollozo. Recordó la primera comida que él le hizo. Un sollozo más. El recuerdo del instante en que por primera vez aquellos ojos negros la miraron con pasión fue dolido demás para que pudiese soportar.
Se sentó en la cama y balanceó la cabeza. Enseguida se levantó, abrió la ventana y miró hacia el cielo negro. Dejó que el aire fresco de la noche llenase sus pulmones. Mañana, en esa misma hora, Jasper ya no estaría más en su vida. Ella sintió su corazón encogerse de tristeza. Así era la vida: hecha de pérdidas. Al menos la suya. Había perdido su madre, después, su padre; ahora perdería a Jasper y enseguida, la hacienda, su hogar. Nada más restaría de su vida.
Ella cerró lo ojos, pero así mismo las lágrimas bajaron por sus mejillas. Corrían tibias por su rostro, bajaban por el cuello y seguían por su cuerpo. Era como si su alma se le escapase por los ojos.
Rodeó el cuerpo con los brazos, abrazándose.
Alice tomó aire. En cuanto el banco le tomase la hacienda para saldar las deudas, la vida que había vivido hasta ahora dejaría de existir. Sería hora de empezar una nueva vida. Eso era todo que el futuro le reservaba: una nueva vida. Una sonrisa afloró en sus labios y ella se acordó de las palabras de la abuela: "No pongas la carreta delante de los bueyes." Sí, en todo ese lío que su vida había sido en los últimos meses había vivido el hoy, dejando que los bueyes llevasen la carreta para donde quisiesen. Ahora la carretera había terminado y ella podía ver su destino.
Cuando se percató de que Alice se quedaba en la cocina, Jasper se levantó. Espió por la ventana. Apenas amanecía y la neblina extendía su manto blanco por sobre la tierra cual madre afectuosa, ocultando los montes y el mar. El último amanecer. Mañana ya no estaría mirando aquellas tierras, pero quedarán clavadas en su corazón como una espina. Resopló.
Alice tembló al escuchar los pasos de Jasper. Tomó aire y se dio la vuelta. Se quedaron en silencio, mirándose a los ojos. Descalzo, con la camisa desabrochada y el pelo le cayendo por los hombros, Jasper se parecía a un niño, aunque la expresión en su rostro era la de un hombre. Un hombre que había tenido una mala noche confrontándose con sus pensamientos. Lo mismo que ella.
Jasper no logró sonreír a pesar de la alegría que llenaba su corazón cada vez que la miraba. Pero hoy no la sintió. Alice tenía los ojos hinchados y él sabía ser la causa de su llanto. Si hubiese actuado de otra manera con ella, si no hubiese sucumbido al amor y a la pasión, Alice sufriría menos con su partida. Era el culpable del dolor que veía en el rostro de ella ahora. Él no había sido fuerte lo bastante para resistirse, Alice tendría que serlo para salir adelante.
Cuando el silencio pasó del límite del soportable, ella masculló:
–Buen día.
Jasper no le contestó. Continuó parado. Mirándola. En el silencio los segundos eran largos como las horas. En algunas zancadas Jasper cortó la distancia entre ellos y tomó a Alice en los brazos. La pasión del beso hizo que las rodillas de Alice le temblasen y ella se aferró a los hombros de Jasper. Cuando se quedaron sin aliento, él libertó la boca de ella. Mirándola a los ojos, Jasper susurró:
–Te hice daño...
–Me enseñaste la felicidad –contestó ella–. Eso no es hacer daño a nadie.
–Pero ahora me voy. Y siempre lo supimos, no podía haber dejado que nuestra relación... –él tragó saliva–. No eres mujer para una aventura sino para una boda, y eso no puedo ofrecerte porque no puedo quedarme a tu lado.
Alice deslizó la mano del hombro de él hacia el pecho, a la altura del corazón, enredando los dedos en el vello. Los músculos de Jasper temblaron con la caricia y él entrecerró los ojos, ahogando un gemido de placer.
–La pregunta –dijo Alice con suavidad– es para tu corazón: ¿ha sido una aventura?
–No –repuso Jasper con firmeza–. Todavía no me pidas para quedarme. No puedo traicionar mi patria.
–Patria... creo que esa palabra no existe no mi diccionario.
–De veras, no. Para ti, son tuyas las tierras de la hacienda. Nada más. No consigues mirar los montes, las playas, el cielo y el mar de las Islas como tuyos. Así es la Patria: todo que hay en ella es nuestro. Y es amado y defendido como lo haces con tu hacienda: hasta la muerte.
La voz apasionada de Jasper alcanzó el corazón de Alice y le trajo lágrimas a los ojos. Ella lo tiró del cuello para un beso más.
–El desayuno se está enfriando –dijo Jasper aún contra la boca de ella. Cada beso dolía más, necesitaba poner un fin, aunque no quería alejarse del cuerpo suave de ella.
–Sí –masculló Alice alejándose de él y sirviendo el té.
Se sentaron a la mesa en las mismas sillas de todos los días.
Empezaron a comer en silencio. Jasper se percató de que Alice miraba las cosas con tristeza, pero, extrañamente, sus ojos no lucían tristeza cuando le miraba. Muy distinto de anoche.
–Pasarás el día con los Whiterlade, ¿no? –preguntó Jasper.
–Sí. ¿Crees que el Coronel Davis contará que le entregué la carta de James?
–No, pues él no podía haberla traído para ti. Él no contará a nadie, y tu tampoco debes hacerlo.
–Pero te conté a ti –dijo Alice con una sonrisa burlona.
Jasper la miró muy serio.
–Yo no existo, ni aquí ni en mi casa. Es como si hubieses hablado con Jake. ¿Fred Whiterlade vendrá por ti?
Alice tentó ignorar el dolor de las primeras palabras de él y se concentró en la pregunta que debía contestar.
–No. Roy necesita de ejercicio y, también, así puedo volver cuando quiera.
–Es mejor así –declaró Jasper–. No confío en él. Creo que la presencia de James ponía límites en el que podía hacer a ti. Sin James, temo por tu seguridad. Cuídate, Alice.
Ella lo miró con atención, tomó aire y dijo:
–No me quedaré.
–¿Vas a buscar a tu madre? –preguntó Jasper sorprendido.
–No. Yo... pensé... –los labios de Alice temblaban–. Olvídalo.
Ella se levantó y llevó las tazas al fregadero. Jasper esperó un rato. Al percatarse de que ella no hablaría, se levantó y caminó hacia ella. La agarró de los hombros, obligándola a darse la vuelta.
–Jamás te olvidaré, Alice –dijo él con la voz ronca–. Me gustaría saber que harás de tu vida, pues tu futuro me preocupa. No puedo hacer nada por ti además de pedir a Dios que te de Su protección. ¿Vas a Inglaterra?
–No sé... –masculló Alice sin mirarlo a los ojos.
–Alice... –Jasper le acarició la mejilla– ¿Qué pasa?
–Nada –contestó ella en voz muy baja.
–Sí que es algo –dijo él con cariño–. Primero has dicho con mucha convicción que no te quedarás, ahora me sales con esas evasivas... Te conozco, Alice. Estás nerviosa –"y al borde de las lágrimas", él añadió mentalmente.
–Solo he dicho que no me quedaré porque el banco vendrá por las deudas y no tendré dinero para pagarlas.
Alice se soltó de las manos de él y siguió hacia la sala. Jasper hesitó un rato. Llegó a imaginar que ella tenía la intención de...
No. No. Balanceó la cabeza para despejar las ideas. Por supuesto que no era eso. Entonces una idea terrible le ocurrió. Cerró los puños y estrechó los ojos. Resopló. Fuese lo que fuese, tendría que enfrentarse a la realidad. No podría vivir con la duda. Caminó hacia la sala con pasos rápidos y el ceño fruncido.
–¿Has decidido aceptar la invitación de James? –Jasper preguntó desde la puerta.
–¿Qué?
Alice se dio la vuelta y lo miró sorprendida. Él no contestó.
Parado en el marco de la puerta, con los puños cerrados y un brillo feroz en los ojos, Jasper parecía amenazador. Ella tomó aire y en cuanto se percató del sentido completo de la pregunta, se puso furiosa.
–¡Eres peor que James! Él hizo una invitación de hombre apasionado, pero tu... ¿Cómo puedes pensar una cosa así después de todo que compartimos? No ha sido nada para ti. No soy nada para ti.
Jasper dio una risa suave. La llama de la esperanza crecía en su pecho. Atravesó la sala y se paró delante de Alice.
–Afirmaste que te marcharás. Ya me dijiste que no buscarás tu madre. Si no es con James que te encontrarás, ¿dónde te vas? Sé que no hay nadie más en tu vida y que no tienes dinero. ¿Qué has pensado en hacer, Alice?
Ella tragó saliva. Lo había decidido anoche y ahora tenía miedo de decirlo. Pero esa era su voluntad. ¿Sería la de Jasper? Lágrimas brotaron de sus ojos, aunque las palabras siguieron en su garganta.
Jasper acarició su rostro.
–Alice, solo puedo imaginar una última opción para ti. La única que me gustará, todavía quiero oír de tus labios. Dime que planeas hacer.
Los ojos de Jasper ya no brillaban con ferocidad, sino con pasión. Toda su faz reflejaba ansiedad. Alice logró decir con voz sumida:
–Marcharé contigo.
–¿Es cierto?
–Sí.
Jasper la tomó en los brazos y besó Alice con ternura, para la pasión tendrían todo el resto de sus vidas.
