XXI

Por primera vez desde que iba al restaurante, el Baratie estaba prácticamente vacío, lo que le hacía casi irreconocible. Sabía que era el mismo lugar por la decoración, por la forma en que suponía que habría estado organizado si el resto de los muebles no hubieran desaparecido; ahora sólo habían tres sillas alrededor de una mesa sin mantel, ni cubiertos, ni vajillas.

El local se sentía más frío que de costumbre, pero no lo suficiente como para hacerlo sentir más incómodo de lo que ya estaba habituado; simplemente sentía un escalofrío recorrer todo su cuerpo, como si fuera una señal para que no se sentara, pero la ignoró.

La silla en la que se ubicó le daba plena vista de lo que debería haber sido la cocina, de donde Serjei salió trastabillando, sin poder detenerse a descansar hasta que llegó frente a él y se sentó a su lado. Entonces pudo observar las marcas de los golpes y el cansancio físico y mental en su rostro: estaba inflamado, con unas grandes bolsas negras debajo de los ojos, los labios resecos y con cortes por golpes… Y, si debía ser sincero, sentía que era en ese estado que el menor se parecía más a él.

—¿Estás bien? —preguntó con sincera preocupación— Te pareces más a mí de lo que debería ser sano.
—¿Dónde quedó su optimismo, señor? —La voz de Serjei inquietó un poco al cocinero, pero ignoró la sensación reflexionando sobre el estado del otro. Demacrado, cansado y con el sentido del equilibrio tan atrofiado, sería más tétrico que sonara feliz.
—Sigo siendo optimista, pero estoy consciente de que no luzco muy bien… Y, bueno, tú tampoco.
—Tal vez no se haya dado cuenta… A mí también me costó bastante asimilarlo, pero es necesario que vea lo semejantes que pueden ser las personas… —El mesero se había sentado en algún momento frente a él, haciendo un contacto visual que le agradaba en cierta manera—. Verá, señor, a veces quienes más nos disgustan son con las que más tenemos similitud… Usted, por ejemplo, comparte más de alguna característica y aptitud conmigo. Nosotros dos poseemos algo en común con el diablo.

El corazón del mayor se detuvo unos segundos. Se sabía impulsivo, una persona explosiva y con poca o nula inteligencia emocional el setenta por ciento del tiempo; se conocía a sí mismo como alguien de carácter difícil y, hablando sinceramente, molesto. Pero jamás se imaginó siendo tan agresivo desgraciado como para si quiera ser comparado o asociado con el diablo del que hablaban.

—¿Es raro? No debería sorprenderse. Tampoco sentirse culpable. Después de todo, los que están cerca suyo ya deben haberse acostumbrado
—Pero ese hombre es…
—¿Un cobarde? ¿Un desgraciado? Es cierto, tiene la sangre más fría que un reptil… Pero, ¿usted nunca se ha sentido así? Enojado con todos, capaz de hacer lo que sea con tal de anclarse a su mundo… No es muy diferente, ¿sabe?
—No… Yo… Nunca me comportaría de esa manera. Es demasiado insensible…
—Veo que está confundido… ¿Se siente bien para continuar?
—Lo lamento, es sólo que estoy algo nervioso. Todo sucede sin pausas…
—Tranquilo, pronto regresará y todo habrá acabado. Sólo debe escuchar lo que digo, reflexione todo lo que hablemos y siga mi voz cuando todos los sonidos comienzan a mezclarse. Seré un guía para usted, sólo confíe en mí.

Para Sanji, aquellas palabras habían retratado perfectamente una despedida dramática, que probablemente resultaría en la desaparición del mesero, o la conversión del mismo en fino humo que se disiparía dejándole completamente solo en ese restaurante, si todavía podía llamarlo así.

Sin embargo, el muchacho apoyó sus codos en la mesa, situándose de forma diagonal y acercándose más al mayor, enfatizando que no se iría de allí; no hasta que la charla llegara al punto exacto al que él quería llevarla. El cocinero parpadeo un par de veces, extrañado por sus divagaciones. Soltó un suspiro, mirando de nuevo el rostro demacrado de Serjei, dándole una pauta para continuar.

—Como le decía antes, ambos compartimos más de alguna característica con el diablo. Pero usted, señor, usted es el mismísimo Vinsmoke Sanji. —Serjei se inclinó todavía más, y sonrió, haciendo que su rostro se tornara más alarmante, pero por una razón diferente a la primera—. Es la única razón por la cual pueden parecerse tanto.
—¿Qué quieres decir? —preguntó después de deshacer el nudo en la garganta que le impedía hablar y respirar.
—Usted, Sanji, es un hombre inteligente y ya debe ir haciéndose una idea de lo que quiero decir. —El cocinero tenía las manos aferradas a cada lado de la silla mientras el resto de su cuerpo temblaba y perdía color a una velocidad preocupante—. Todos tenemos una historia, Señor, y la suya se ha cruzado con la mía desde hace mucho tiempo.
—Dijiste que me ibas a ayudar.
—Y esto es estrictamente necesario para guiarlo a donde debe estar. Si no hago esto, usted no podrá comprender lo siguiente.
—¿Qué tengo que comprender?
—Quién es y qué tanto está dispuesto a perdonarse.

En medio del desastre que Serjei había creado en su mente tuvo un breve momento de lucidez. Lo conocía, a Serjei, y tenía razón en decir que hace más tiempo del que recordaba; lo conocía desde que su mente de niño comenzó a justificar el rumbo de su vida, había creado a Serjei como una especie de espejo de cómo se sentía, pero no recordaba haber dado un nombre a aquella criatura y mucho menos recordaba que siguiera presente después del primer año con el viejo Zeff. Había algo más, también conocía a Vinsmoke Sanji, era él mismo claramente, pero en una forma demasiado real, una variante de la personalidad heredada en la sangre y en el intento de crianza. Ya no sabía qué pensar, Serjei, Vinsmoke y él mismo parecían ser una sola persona, una especie de Trinidad maldita que no los llevaría ni al cielo ni al infierno porque no merecían ninguna de las dos.

—No me arrepiento de mi vida, Serjei. Lo que soy ahora es por cómo he vivido.
—Es fácil engañar a las personas, señor, especialmente a aquellos con la mente débil y tan común que es más bien patética... Sin embargo, es difícil engañarse a uno mismo. —Serjei por fin había halado la silla y se había sentado frente a él para poder verlo a los ojos.
—Ya lo sé, pero no estoy engañando a nadie.
—Es fácil engañar... pero el lobo se viste con piel de cordero. —Se removió en su asiento, incómodo por la forma en que los ojos del menor le habían mirado cuando soltó el último comentario. Sabía que poco a poco se estaba colocando en el blanco del enojo del mesero, si es que no lo había estado desde un principio. Después de un largo silencio, continuó—: El demonio decidió disfrazarse del simple cocinero de un barco pirata; hizo lo posible por borrar toda conexión aparente consigo mismo, haciendo vagar a tantas personas por el laberinto de incertidumbre, esquivando la pesadilla... Convirtiendo los relacionados a su nombre en extraños...
—¿Qué nombre, Serjei? —Tuvo que interrumpir las divagaciones del chico, percatándose en ese preciso momento que el menor ya había identificado a la persona que tanto daño parecía haberle hecho varias veces, pero en su memoria esos momentos eran imágenes sin sonido.
—Ya se lo he dicho, señor: usted y él son una sola persona
—Lo siento, yo...
—Ya le dije que no puede engañarse a sí mismo, así que no trate de decir que no sabe de qué hablo. Usted sabe bien qué nombre ha escondido.
—No, no sé de qué me estás hablando.
—¡No mienta! —Serjei golpeó la mesa y endureció aún más su mirada. Sanji supo ante eso que ya no importaba lo que dijera, que ya no importaba lo valiente que dijeron que era, ya no importaba si se arrepentía de algo o no. En ese momento sólo entendía el miedo que esos ojos de un azul desgastado le provocaban.
—No estoy mintiendo... De verdad no entiendo nada. Dijiste que me ayudarías. —Nunca pensó sentirse tan vulnerable y demostrarlo ante alguien, pero su voz temblaba y se atoraba en su garganta con el fin de acabar con el aire en sus pulmones.
—¿Lo estoy asustando? Lo lamento, pero ya le dije que es necesario que usted deje de mentir, porque lo está haciendo... Y, ¿Sabe? Sé que no tiene la culpa de no recordarlo, pero es porque le ha mentido a tanta gente, que usted mismo acabó por pensar que era verdad. Es difícil, señor, pero tiene que ir a donde pertenece. —La mirada del mesero volvió a suavizarse y tranquilizó el agitado corazón del cocinero. Luego de un momento, suficiente para que la respiración de Sanji regresara a la normalidad, el otro añadió, con cierta malicia—: Porque eso es lo que usted quiere, ¿verdad?
—Claro... No creo poder hacerlo solo.
—Exacto. Usted no puede salvarse a sí mismo. Me necesita, y también necesita a su verdadero yo.
—¿Y eso es...?
—Piénselo, ¿Ha mentido sobre usted mismo? ¿Se ha repetido algo tantas veces hasta convencerse de que es cierto? ¿Ha querido olvidarse de algo... precisamente para no sentir remordimiento?

Dejó de escuchar a Serjei, pese a ver cómo sus labios se movían sin borrar la sonrisa comprensiva. El cocinero tuvo que taparse los oídos y topar la frente en la mesa. El dolor se fue convirtiendo poco a poco en pesadez física y emocional. Seguía en su postura de agradecer todos y cada uno de los hechos pasados y los que siguieran, pero había algo molestando, no su consciencia, sino más bien los recuerdos.

—Yo... hace años, cuando era niño. —Las lágrimas caían lentamente, una a una y sin ningún temor a verse débil. No quería gritar como otras veces, no sentía que se ahogaba en sollozos; se sentía bien, como nunca se había sentido al pensar en su pasado.
—¿Lo ve? No fue tan difícil.
—En ese tiempo, aun con todo lo que pasaba, no sabía apreciar mucho de la vida. Creí que si lo ocultaba, si me olvidaba de ello, Vinsmoke Sanji moriría y con él todo rastro de Germa; que tarde o temprano lograría deshacerme de él.
—¿Lo logró?
—No lo sé...
—Le contaré un secreto. —Miró a Serjei y lo notó de nuevo como un aliado—. Ellos no son tu verdadera realidad, tampoco lo es ese restaurante con el viejo de bigote trenzado, mucho menos lo es ese reino de seres inhumanos.
—¿Entonces quién soy?
—Buena pregunta... ¿Quién eres?
—Soy... Sanji.
—Exacto. Antes de dije que compartíamos más con el diablo de lo que crees, y es que nosotros, los tres, pertenecemos a ese Limbo oscuro y vacío de donde el mal salió. Allí, en la oscuridad y la soledad es donde tú, yo y Vinsmoke debemos estar.
—Pero Luffy, Zoro, Nami, Ussop, Chopper, Robin, Franky y Brook siempre han estado conmigo, no les importó lo de antes; Jinbe también me ha tratado muy bien... Zeff… Zeff es... como mi papá, como uno de verdad, uno que se enojaba si tomaba mal el cuchillo... Pero, ¿Sabes? Se molestaba más cuando insistía en salir enfermo o si lloraba y me negaba a decirle por qué... La mano de Zeff era pesada, nada delicada y sólo era suave para la comida que lo requería, pero me recordaba a la de mi mamá...

Se quebró por completo, entre sonrisas y sollozos sentía a Serjei acercándose hasta levantar su rostro para verlo a la cara.

—No, eso fue hermoso, sí... Pero no es nuestra realidad. No es donde perteneces.
—Me quiero quedar...
—Ya no podrás ser feliz, no ahora que sabes lo que eres... ¿Qué eres?
—El fantasma de tres personas distintas, un libro que se quedó sin espacio y escribieron sobre lo que ya estaba.
—Interesante, un poco trágico, pero cierto. Me alegra que lo entiendas.
— La tercera silla es para él, ¿verdad?
—En realidad, él ha estado aquí desde que comenzamos esta conversación...Tú eres Vinsmoke Sanji, tú eres el que me hizo todo esto, tú eres el mismo ser al que has estado odiando todo este tiempo. —Sintió la sangre manar de sus oídos, intensificando el zumbido. Se encorvó y llevó sus manos a la cabeza, y al instante Serjei se puso de pie, definitivamente molesto por su reacción—. ¡Deje de ignorar la realidad! ¡Levántese!

El repentino cambio de humor del mesero hizo que alzara su cabeza, temblando al ver el casco que el chico tenía en las manos. Era mucho más grande de lo que recordaba, y parecía que se había desteñido y abollado con el paso de los años, como si ese artefacto que le habían obligado a usar en la infancia representara su realidad y lo que Serjei insistía, y él comenzaba a creer, que era su verdadera identidad.

Le extrañó que el menor hubiese dejado de tambalearse al caminar. Ahora se paseaba con equilibrio y, si no hubiese estado poseído por la ira, habría podido decir que con cierta gracia. Sin mucho esfuerzo le colocó el casco, ajustándolo lo suficiente como para revivir el dolor y aflicción de la infancia; haciéndole variar entre la realidad que esa infancia y sus represalias significaron, pero también entre un trabajo de cocina en ese restaurante, donde perdía el temperamento con facilidad y golpeaba al chico por casi nada.

Luchó todo lo que pudo contra Serjei, contra su mente, contra la falta de aire por ansiedad, contra la desesperación que provocaba su propio aliento caliente dentro de ese objeto. Terminó por rendirse, ¿cómo no hacerlo? Las fisuras de su memoria fueron reparadas con fragmentos de otras dos vidas, su corazón sanó con la resolución de que era mejor volver a donde estas tres personas pudieran estar en paz.

No se consideraba una persona cobarde, tampoco culpaba a Serjei de haberlo empujado ya hasta el borde del abismo después de haber visto la tristeza y la desesperación en sus ojos; no había culpables, y no consideraba su decisión como algo malo, tampoco una liberación o salvación, era algo que simplemente debía hacer. No podía seguir mintiéndose a sí mismo ni hacer que esas personas, reales o no, siguieran preocupados a causa de algo que ni siquiera pertenecía a su mundo; no podía permitirse tener recuerdos tan distintos sobre una misma persona o sobre sí mismo mezclándose con el presente y la voz de Serjei reclamando justicia por actos vagamente presentes en su memoria.

Ya no estaba desesperado, sino más bien pensativo sobre lo que acababa de descubrir. Serjei, al ver que las manos habían dejado de temblar y las lágrimas corrían por su cuenta como un río casi invisible en la completa oscuridad de la primera noche después del apocalipsis, lo liberó y volvió a ocupar el asiento frente a él con una sonrisa de lado.

—¿Y bien? —preguntó mirándolo a los ojos, incomodándolo tanto como para apartar la mirada—. ¿Sabes que los fantasmas no soportan que los vean a los ojos?

Sonrió y asintió lentamente. Soltó un último sollozo y echó la cabeza atrás para librar la carcajada que el llanto había ahogado. Cuando volvió la vista al frente vio a un hombre alto de traje negro ajustado a su delgado cuerpo sobre una camisa azul y corbata negra, con el cabello rubio cubriendo uno de los ojos azules y maliciosos sonriendo menos agradable que Serjei, pero no por eso menos sinceramente. Devolvió la sonrisa y se dio cuenta del verdadero motivo de lo que haría: Había comenzado a confundir el cielo con el mar, con su preciado mar.


Cooperativa: Hola, muy buenas! Gracias por leer. Ojalá les haya gustado el capítulo bautizado como "el capítulo del hijo de p*ta"
Esperamos que continúen leyendo hasta el final!

Hasta el próximo capítulo!