Lamento la demora, diciembre es un mes muy complicado para mí, en enero las actualizaciones se deben normalizar. Quiero desearles felices fiestas a todas en caso de que no pueda volver a postear.

Este capítulo fue revisado por Ericastelo, bueno solo una parte del capítulo porque agregué cosas después que lo recibí corregido.

Disclaimer: los personajes son de Meyer, la trama es mía.

CAPITULO 20

Apresuré el paso protegiendo la espalda de mi mocita de los peligros que pudieran asecharnos fuera de las paredes de mi pabellón y cerrando la puerta apresuradamente para colocarme frente a ella y escudarla de los peligros que habitaban tras sus paredes, la furia que irradiaba mi madre. Sabía que estaba a punto de desatarse una tormenta, se podía sentir en la creciente pesadez del recibidor, mi madre parecía una loba enjaulada mientras paseaba de un lado a otro murmurando para sí misma palabras ininteligibles. La mocita la miraba fríamente, esperando sin duda el primer movimiento de mi señora madre, sin embargo, el pequeño temblor de su mano en la mía me dejaba saber que el incidente del carruaje aún la tenía afectada.

Iba a romper el incómodo silencio cuando mi madre se detuvo de pronto e inició su ataque.

—¿A qué estás jugando, Edward? ¿Cómo te atreves a abandonar la fiesta sin despedirte de nuestros invitados y a no aparecer en todo el día? ¿Sabes las murmuraciones que has levantado? ¡Tú reputación quedará tan arruinada como la de la pelandusca con la que te revuelcas!—su voz tomaba mayor volumen con cada frase que escupía sin importarle las murmuraciones o su intachable reputación si una de sus invitadas la escuchaba.

—Vieja arpía…—sujeté a mi esposa, por la cintura, cuando se abalanzó contra mi madre haciendo que mi corazón se acelerara por la guerra que se desataría en pocos segundos ya que la experiencia me decía que mi madre no dejaría pasar esta afrenta y querría cobrárselas con creces. —Bruja ponzoñosa— los epítetos que salieron después de la boca de mi esposa podrían hacer sonrojar hasta a un curtido marinero por lo que arriesgué perder un par de dedos al colocar mi mano sobre su boca para evitar que prosiguiera.

—¿ Vas a dejar que me hable así? ¿A mí, a tu madre?—colocó su mano sobre su amplio escote en gesto de sorpresa y luego se dirigió a mi esposa—Soy la duquesa de Masen, muchacha insolente e igualada.

—No, lady Elizabeth, la duquesa de Masen…soy yo —espetó con sorna y suficiencia digna de una reina.

Ambas mujeres se midieron por lo que pareció una eternidad, los ojos verdes de una fijos en los castaños de la otra. Era como ver una lucha de dos leonas peleando por un territorio, parecía que en cualquier momento una de las dos saltaría a la yugular de la otra y se despedazarían. De pronto la cosa más extraña del mundo sucedió algo tan insólito que me dejó perplejo.

Mi madre sonrió y sus ojos se posaron en los míos con una mirada cargada de orgullo. No era la usual sonrisa que tenía el poder de helar la sangre, esta era una sonrisa que no reconocía, era una sonrisa que nunca había visto en el rostro de mi señora madre y mucho menos ese tipo de mirada nunca fue dirigida a mi persona.

—Bien hecho, Edward, me has encontrado un excelente reemplazo, Isabella será una gran duquesa digna de llevar el nombre de la casa de los Masen. Por un tiempo pensé que no viviría para verlo o que terminarías con alguien muy por debajo del nivel necesario. Dile a Peter que envíe a mi cochero a preparar mi carruaje. Ya los otros invitados se han retirado como era de esperar después de la desaparición del anfitrión—mi madre se giró encaminándose a las escaleras pero la pregunta de la mocita la detuvo en el tercer escalón.

Mi señora madre se giró con su acostumbrada gracia y se sujetó al fino pasamano de madera.

—¿Por qué lady Elizabeth? —la mocita la miró con recelo como si estuviese esperando que mi madre sacara algún as bajo la manga, pero con solo la mirada de mi madre supe que no había fuego detrás las palabras que pronunció.

—Tienes sangre francesa, no lo entenderías, aunque seas mitad inglesa, Edward es inglés y no lo entiende, ninguno de los dos lo haría— y con esto siguió caminando hasta perderse de vista.

No tenía idea sobre qué pensar, mi mente estaba llena de caóticos pensamientos, no entendía a qué se refería, no estaba seguro si esto era un nuevo giro a sus maquinaciones, si era una treta o si en verdad podría emprender la retirada sin la más mínima lucha.

¿Dónde estaba su furia?

¿Dónde estaban sus palabras hirientes y desdeñosas?

¿Dónde estaba la batalla campal que siempre supuse que vendría cuando tuviese una esposa?

Mis manos se enredaron en mis cabellos retorciendo los mechones de manera que seguramente lucirían como si me hubiese enfrentado a una tempestad y probablemente lo había hecho por la manera en la que me sentía. Era como si hubiese sido arrastrado por un ciclón y estuviera en una tierra totalmente desconocida.

Cuando tomé consciencia de mis alrededores estaba sentado en el salón recibidor sujetando las manos de la mocita en mi mano derecha y en la izquierda tenía un vaso de licor. Mi mente estaba tan confusamente abarrotada que me obligué a fijar mi mirada en el retrato de mi padre que colgaba sobre la chimenea.

—Creo que su madre no es todo lo que pensábamos… Es una dama un tanto… peculiar —concluyó batallando para encontrar un calificativo adecuado. —Aunque yo no bajaría mis defensas tan rápido si fuese usted.

Solo pude asentir antes de tomarme de un trago el contenido del vaso dándole la bienvenida a la quemazón que subió por mi garganta.

—Eso o tengo otro misterio en mis manos— me pinché el puente de la nariz frustrado y maldije entre dientes.

Debía haber tenido misterios para que me durasen toda la vida desde que llegué a mi pabellón de caza. Sin embargo, ahora no podía perder tiempo en preocuparme por lo que mi madre ocultaba o no. Mi esposa estaba en peligro, dudaba que los malvivientes que nos atacaron hayan sido una casualidad, yo no creía en casualidades y mi pabellón de caza no tenía las medidas de seguridad necesarias para protegerla. Ese pensamiento puso mis prioridades en orden.

—Tenemos que irnos, no hay tiempo que perder—le dije levantándome de pronto maldiciéndome por haber perdido la perspectiva y llamando a Peter para que las mucamas se encargaran de nuestro equipaje—. Solo nos llevaremos lo necesario, lo demás te lo compraré cuando lleguemos a nuestro destino, sube para que puedas poner a buen resguardo las cosas de tu madre—le tendí la llave de mi baúl—, recuerda que viajaremos ligero—la besé levemente antes de encaminarme para ver partir a mi madre. Sin embargo, el pánico que vi en sus ojos por unos segundos antes de desaparecer casi me hace seguirla, pero el casi imperceptible movimiento negativo de su cabeza me refrenó. Acaricié su mejilla con uno de mis dedos y su boca se curvó en una pequeña sonrisa la cual sin duda alguna estaba pensada para tranquilizarme.

Me giré sobre mis talones cuando escuché sus ligeros pasos subir las escaleras y yo me dirigí a la entrada donde ya se encontraba el coche de mi madre siendo cargado con sorprendente celeridad. A pesar de que las cortinas estaban bajadas, podía ver la su silueta recortada. Su porte regio y su mentón elevado como siempre en una altanera expresión.

—Madre…—mi voz tuvo un tono de duda por lo que me tuve que aclarar la garganta. Los años me habían enseñado a no mostrarme vulnerable ante mi madre.

—No hagas preguntas sobre cosas de las cuales no deseas realmente saber las respuestas, Edward—su voz sonó cansada y dejaba entrever sus años. Cosa que era nueva, nunca en todos mis años de vida pude percibir a mi madre como una simple mortal, con las mismas deficiencias que todos los seres humanos cuando pasan a tener cierta edad.

—Sí quiero saber las respuestas, creo que me las debes, madre—apreté mis puños a ambos lados de mis piernas para evitar soltar un gruñido, sintiendo la frustración crecer en mi interior a cada momento que su silencio se extendía y la maldita cortina permanecía cerrada.

—Tenía que prepararte para la vida, nunca contamos con tu padre por lo que no te podía consentir por miedo a que fueras como él, no tenías una guía, no tenías un enfoque o un empuje, ni siquiera dirección cuando eras niño, así que lógicamente yo te di algo en qué hacerlo. —completó abriendo la cortina y permitiéndome ver sus ojos tan parecidos a los míos.

—¿Quieres decir…? —tragué en seco buscando en sus ojos algo que me dejara saber si decía la verdad y ella suspiró.

—Eres mi hijo Edward, mi único hijo. Siempre quise lo mejor para ti, pero eras tan parecido a tu padre que tuve que hacer algo, no podía dejar que siguieras sus pasos y no me arrepiento. Eres un buen hombre, honesto y honrado, eres todo lo que el duque de Masen debe ser—después de decir hizo un gesto a su dama de compañía y esta golpeó el costado del coche haciendo que el cochero se pusiera en marcha.

Mi mente estaba totalmente en blanco mientras miraba estúpidamente desvanecerse en el viento el polvo que el carruaje levantó. Sin embargo, salí de mi estupor e inicié mis propios preparativos para nuestro viaje, tenía que poner a salvo a mi esposa y la única manera que encontraba de momento era ir a Londres, al menos allí podía disponer de la seguridad de mi hogar y podría pedir una audiencia con mi primo, el rey, para ver si él podría tirarle luces a esta trama llena de misterios y luego me dedicaría a descubrir qué motivaba a la duquesa viuda de Masen.