Capítulo 21
El presentimiento de algo nuevo, algo por venir, se mezclaba dolorosamente con aquello que ya estaba allí, con aquello que, en modo de rutina, llenaba sus días de horas y minutos, de segundos programados que poco hacían por llevarse esa sensación de hastío. Era, sin duda, aquel escalofrío que recorría su espalda, tensándolo y haciéndole ver, a su vez, que no toda la suerte estaba echada. ¡Ah!, ¿quién hubiera dicho que a aquellas alturas alguien como él, que resumía sus días en hojas estériles de diarios prácticos, iba tener que sucumbir ante la sorpresa?
Junio llegó a la aldea de Konoha con una ola de calor que hizo a todos sus vecinos sacar por las noches una silla a los angostos patios. Se llenaban entonces las calles de conversaciones de viejas matriarcas sobre aquello que todos querían oír. Bien podía ser el último cotilleo del barrio, aquel que había desatado fulanita al quedarse embarazada de su ex mientras salía con otro. O quizás, simplemente, hablasen sobre la temporada de rebajas que se acercaba. Fuese como fuese, las luces se quedaban prendidas hasta altas horas de la noche y solo aquella paz que bebía de la tradicionalidad del campo podía repercutir de forma tan brusca en la vida de aquellos que, lejos de los cotilleos, pasaban sus noches en la completa soledad de sus casas.
Iruka nunca se había sentido solo. Tenía amigos para amenizar sus días. Y a sus niños. Tantos, de hecho, que a veces parecía imposible que él fuera un educador. Pero lo era, y le encantaba. Aquella semana, en el colegio, las puertas se habían abierto a los ansiosos padres que, queriendo vislumbrar los avances de sus retoños, preguntaban sin cesar por cosas que, en realidad, Iruka creía estúpidas.
-¿Cree usted que mi hijo podrá llegar a ser médico?
Bueno, señora, solo tiene seis años, dele algo de tiempo para saber qué quiere ser. Eso le hubiese gustado responder. Los ojos brillantes de la maternal ama de casa, sin embargo, le hicieron sonreír mientras asentía, amable, como solo él podía hacerlo a veces. Las preguntas se sucedieron unas a otras, cada una más extraña que la anterior, y así llegó la hora del cierre de la escuela. Con los niños camino a su casa o al parque más cercano, Iruka pudo volver por fin a su libreta, apuntando las actividades que se habían realizado a lo largo del día y las que esperaba poder llevar a cabo al día siguiente.
Y el día hubiese seguido así, en sus cauces, de no haberse topado con Kakashi al entregar el último informe de la semana. El ninja copia se encontraba reunido en uno de los despachos con los que parecían ser ambus. Iruka sabía que sus identidades nunca se revelarían tras aquellas máscaras, pero las posturas que muchas veces tomaban le hacían ver lo versados que eran en el arte de la guerra. Era una sensación sutil e indescriptible, pero que él había aprendido a reconocer con el paso de los años.
-Buenas tardes, Iruka-san –le había saludado al salir del despacho, dejando que los otros tres ninjas se adelantasen y quedándose junto a la mesa donde había estado Iruka rellenando el formulario de entrega.
La idea de ofrecer un saludo cortante, de esos que no daban pie a conversación, casi pudo con su habitual buen talante. Demasiado educado para hacer algo así, sin embargo, dejó de lado la pluma para mirar directamente a ese ojo oscuro que le sonreía con aire informal.
-Buenas tardes, Kakashi-san. –Como algo más tenía que decir, a juzgar al menos por el silencio incómodo que siguió a sus palabras, continuó-: ¿Cómo le va?
Aquello era tan políticamente correcto que hasta a su gato le parecería adecuado en aquellas circunstancias.
-Bien, acabo de llegar de una misión. He estado fuera durante dos semanas.
Aquello explicaba por qué no le había visto últimamente. No es que él le buscase, se dijo, era solo que años y años acostumbrado a encontrarse con él donde quiera que fuera, pasaran a uno factura.
-¿Vas a hacer algo este viernes?
¿Qué?
-¿Qué? –Estúpida boca-. No. ¿Por qué?
-¿Cenarías conmigo?
Decir que aquello estaba fuera de lugar era como anunciar que la luna se veía blanca en el cielo nocturno. O que el agua no tiene sabor. Ni olor. Aún así, su traicionero corazón se saltó un latido en tanto que la frase cobraba sentido dentro de su cerebro.
-Claro –contestó. Porque, en el fondo, cualquier otra respuesta quedaba fuera de cuestión.
-Pasaré por tu casa a las siete. ¿Te parece bien?
-Claro.
Pudo ver la sonrisa divertida a pesar de estar escondida tras aquella maldita máscara. Iruka supo entonces que se había sonrojado, por lo que bajó la vista hacia sus papeles, arrugados entre sus dedos tensos y agarrotados.
-Hasta entonces, Iruka.
Y con una escueta despedida plasmada en un ademán de su mano, Kakashi desapareció de la sala como si nunca hubiese estado allí. Quizás así era. Quizás todo había sido un espejismo. El latido eufórico de su corazón, no obstante, pronto le bajó de su nube.
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En las altas y soleadas cumbres al sur de Konoha, Naruto, a dos días del cumpleaños de sus hijos, maldijo sin ningún pudor a Tsunade. Vestido solo con unos pantalones cortos que se adherían a su piel debido al sudor, elevó de nuevo el pico para dejarlo caer contra la deteriorada madera.
-Me la pagarás, vieja. ¡Ya lo verás!
Zas, zas, zas. Y volver a empezar de nuevo. Tras él se amontonaban seis troncos más de gruesa madera, todos ellos en el mismo estado de aquel sobre el cual descargaba su furia en aquel momento. El maldito puente que cruzaba las desiertas cordilleras, uno que, por otra parte, nadie usaba ya, se había convertido con el paso de los años en un montón de madera podrida que solo servía para atraer a insectos indeseados. Tsunade, temiendo que infectasen los árboles de la zona, o eso había dicho como estúpida excusa, había mandado a Naruto para que desmontase él solo el maldito puente a base de trabajo manual.
Sospechaba que la vieja taimada solo quería cobrarse algunas deudas pendientes con él, pero tampoco tenía autoridad alguna como para negarse a cumplir con su trabajo. ¿Quién le habría mandado robar aquellas botellas de sake en su última borrachera junto al estúpido de Kiba? ¿Quién iba a pensar, de todos modos, que su dueña no fuese otra que la propia Hokage? Aquello era tan ridículo que se negaba a creer que todo aquel embrollo fuera causa de un malentendido insustancial.
Media hora después, sin saber muy bien qué hacer con los troncos tirados en el suelo, decidió dejarlos allí y que Tsunade mandase a alguien para deshacerse de ellos. Más cansado de lo que estaba dispuesto a admitir, se dirigió entonces hacia el fondo del pequeño valle que el río debía haber cruzado. En el fondo, entre frondosos árboles de hoja perenne, el río del cuál Konoha se subministraba se convertía en un pequeño lago al cual Naruto había ido a nadar algunas veces en los últimos años. Seguía igual que siempre, con sus aguas mansas y los grandes peces que, de vez en cuando, dejaban vislumbrar sus lomos relucientes y brillantes con los rayos del sol que se colaban en el claro. El agua, afortunadamente, se mantenía en verano con una temperatura cálida, más que apta para darse un bien merecido chapuzón después de las horas y horas que se había tirado allí con pico en mano. Y así, dejando caer toda su ropa en la orilla, terminó cruzando el lago a grandes y gráciles brazadas que le hicieron sonreír mientras elevaba su rostro para dejarse bañar por el calor del sol del mediodía. Tenía que traer a sus hijos. Ellos disfrutarían del agua y del aire limpio. Del silencio, roto esporádicamente por los pequeños chapuceos de los peces o el trinar de los pájaros.
Fue cuando se decidió por salir del agua, satisfecho y de nuevo con una enorme sonrisa en el rostro, cuando lo vio. No había notado su energía, cosa que, por otra parte, no le sorprendía. Tenía días de haberlo visto, con su pelo negro más largo de lo usual y algo despeinado. Y luego estaban aquellos rasgos que, besados por el sol veraniego, cogían un ligero bronceado que doraba apenas su piel.
-¿Qué haces aquí? –preguntó sorprendido. Sasuke, de pie en la orilla y con los brazos cruzados, le miró fijamente con el ceño fruncido.
-Tsunade me mandó para ver por qué tardabas tanto. Debí suponer que te habrías entretenido con cualquier tontería.
Naruto, demasiado feliz como para enfadarse, se encogió de hombros. Y de pronto su sonrisa se amplió.
-¿Es eso que veo sudor, Sasuke? No puede ser, ¿no?
-Imbécil. Hace un calor del demonio y he tenido que venir hasta aquí simplemente para ver cómo te bañabas.
-¡Ah, pero qué buena está el agua! Deberías probarla.
-No, gracias.
-Estirado.
Ante la falta de respuesta, Naruto suspiró, sin perder aún la sonrisa.
-Bien, hagamos esto más interesante. He visto lo ocupado que estás estos días. Si logras llegar a la otra orilla antes que yo, haré las tareas domésticas en tu casa por una semana. Si no, las harás tú en la mía.
Sasuke, por supuesto, no se movió.
-¡Oh, vamos, será divertido y, que yo recuerde, siempre fuiste más rápido que yo! ¿Estás asustado? –pero aquello, por supuesto, no logró picarlo. Naruto le conocía bien, por lo que cambió rápidamente de técnica-. Es una lástima, porque ¿quién va a limpiar tu casa después de la fiesta de cumpleaños? Tanta mierda, botellas vacías, gente que vomita por los rincones… Ah, sí, supongo que te has vuelto una magnifica ama de casa desde que te convertiste en un respetable padre de fami…
Con una carcajada que resonó alegremente en el claro, Naruto se dio la vuelta y echó a nadar con todas sus fuerzas, sabiendo que, en el fondo, Sasuke seguía siendo más rápido que él. La ropa no hizo sonido alguno al caer al suelo, pero el chapuzón del Uchiha solo logró que sus movimientos se volviesen más enérgicos a medida que lo sentía acercarse a sus espaldas.
¡Ah, cómo había echado de menos aquellas disputas estúpidas con el bastardo!
Cuando la figura de Sasuke llegó a su lado, cambió rápidamente sus planes, poco dispuesto a dejar escapar aquella oportunidad. Y por ello, cuando el otro logró sobrepasarle, Naruto se detuvo en seco, apropiándose de un pie ajeno y tirando con fuerzas hacia arriba. Consecuentemente, el resto de Sasuke se hundió de forma contundente bajo el agua.
No duró mucho, aunque tampoco lo esperaba, y en menos de diez segundos un par de brazos se aferraron a sus muslos, haciéndole sumergirse y casi ahogarle entre carcajadas. Ambos emergieron, Naruto aún feliz y Sasuke con el rostro crispado.
-Tenía que haberlo adivinado –mascullo, dándose la vuelta para regresar a la orilla y dejar a Naruto regocijándose en medio el lago.
El rubio empezó a dar brazadas de espalda, chapoteando en el agua sin importarle salpicar a Sasuke.
-Alguien debería sacarte ese enorme palo que tienes atascado en el culo.
Ni dos segundos después, el otro le saltó encima. Naruto casi se ahogó, esta vez en serio, cuando ambos se hundieron bajo el agua, el brazo de Sasuke rodeándole el cuello en un cruel agarre. Cuando parecía obvio que el muy bastardo no le dejaría escapar ileso, Sasuke le soltó, permitiéndole ascender para aspirar una enorme bocanada de aire.
-¿Qué mierda te pasa, imbécil?
Pero Sasuke no contestó. En realidad lo que hizo fue mucho más productivo, como vería después Naruto, y atrayéndole hacia sus brazos, le calló de la única forma que sabía. Y el beso no fue dulce, ni siquiera comedido, estando como estaban en medio de un lago y lejos de poder hacer pie, pero igualmente erizó todos los pelos de Naruto. El escalofrío que le recorrió de pies a cabeza no evitó el largo gemido que escapó de entre sus labios cuando Sasuke, aferrando sus nalgas con fuerza, le mordió el labio inferior.
Era apabullante darse cuenta del poder que aquel cuerpo tenía sobre él. De cómo las diestras manos, que le acercaban cada vez más al pecho firme y pálido, aceleraban los latidos de su corazón como si de un adolescente en plena revolución hormonal se tratase. Le gruñó ante un mordisco demasiado brusco, aferrando aquellos cabellos mojados que seguían manteniendo una textura suave y agradable. Cómo le había gustado siempre enredar los dedos entre aquellas hebras, tirando de ellas en los momentos de éxtasis mientras veía aquel bello rostro colorearse de rojo. Entonces, Sasuke solía morderle el cuello, quizás por coraje o quizás, simplemente, para tapar su expresión en un momento tan vulnerable. Como fuera, eso solo conseguía encender más a Naruto, que siempre culminaba en un feroz orgasmo en medio de jadeos ininteligibles.
Aquella vez, sin embargo, fue Naruto quien enterró sus dientes en el cuello ajeno, conocedor de lo mucho que aquello le gustaba al morboso de Sasuke. Porque sí, en el fondo, y quizás mucho más en la superficie de lo que al bastardo le gustaría, no era sino un pervertido al que le gustaba tanto dar como recibir. Sintió a Sasuke mecerse contra él y reconoció en seguida las señales. Supuso que en las últimas semanas había saciado bastante su parte delantera y ahora quería que Naruto se encargase de su retaguardia. Muy bien, que así fuera. Si su decisión de alejarse de él conllevaba solo frustración sexual, entonces un desahogo fortuito que quedaría enterrado entre litros y litros de agua no perjudicaría a nadie.
Sasuke le condujo hasta la orilla entre besos hambrientos, que dejaron a Naruto demasiado cerca de su propia culminación. Una vez sus pies tocaron tierra firme, se encargó de tirar al Uchiha sobre la superficie arenosa, sin preocuparse de lo incómodo que debía resultar para su espalda desnuda. Una sonrisa retorcida de aquellos labios finos y sarcásticos, y Naruto se abalanzó sobre él, sosteniéndolo contra el suelo mientras devoraba con ansias un pezón rosado que se erizaba ante el frío y la excitación.
Sasuke se retorció, impaciente, y Naruto, entre maldiciones, acabó bajando aquella fina y transparente ropa interior para dejar a la vista el inhiesto y goteante miembro del Uchiha.
-Así te pudras en el infierno, bastardo –murmuró, bajando para lamer la humedad que rebosaba aquella enrojecida y orgullosa punta. Sí, Sasuke era grande en muchos sentidos y en aquello, por supuesto, no podía quedarse atrás. Debía estar en uno de aquellos días en los que le gustaba dejarse hacer, porque allí donde generalmente aferraba los cabellos rubios para acompasar los movimientos de Naruto a sus propias necesidades, se limitó entonces a enterrar los dedos entre la arena, elevando las caderas mientras emitía aquellos pequeños jadeos que siempre habían conseguido volverlo loco.
Ni siquiera podía recordar ya por qué no debía hacer aquello. ¿Qué podía estar mal en aquel cuerpo flexible y pálido que se ondulaba debajo de él de esa forma impúdica y lasciva? Obviamente nada. Al menos nada que importase en aquellos instantes. Le sintió tensarse, paralizando su cuerpo sin que su trasero tocase si quiera el suelo. Naruto metió las manos para agarrar las duras nalgas, pero se retiró del miembro para alzarse hasta quedar frente a los ojos rojos del ex vengador.
-Espero que lo quieras rápido y duro, Sasuke, porque no creo ser capaz de darte otra cosa en este momento.
No contestó; no hizo falta en realidad, y los brazos que le rodearon para acercarlo hacia sí y besarlo de nuevo, sin importarle el probar su propio sabor, fueron suficiente respuesta. Terminó volteándolo contra la arena, dejando que Sasuke encerrase el rostro en el codo de su brazo mientras alzaba el culo al aire, en espera de lo que vendría.
¡Jodido bastardo!
Naruto dejó de lado cualquier pensamiento coherente, incluso el que le decía que, seguramente, hacía tiempo que el otro no usaba su entrada trasera para joder, y separó las nalgas mientras conducía su endurecido miembro al pequeño orificio.
-Espero que estés preparado, Sasuke. Realmente lo espero.
Y, de una única arremetida, le embistió, quedando casi completamente enterrado dentro del otro. El Uchiha tembló, seguramente de dolor, pero pronto fue él mismo quien empezó a moverse en pequeños e impacientes tanteos. Naruto decidió entonces que estaba bien, que nada de aquello podía resultar un error, y entonces se dejó llevar. El celibato, acompañado de ese regusto eterno que le impulsaba como a una jodida polilla hacia aquellos ojos negros, le hizo elevar la cabeza, sin importarle la molesta luz del sol, y perderse en los acompasados movimientos. Buscaba su placer, sí, pero, como siempre, acompañado del éxtasis de su compañero. Sentía sus pequeños temblores debajo de él, mandándole agradables cosquilleos a lo largo de toda la espalda. Podía sentir también sus estremecimientos cuando Naruto golpeaba un punto especialmente bueno y entonces, como había hecho siempre, buscaba el ángulo adecuado para volver a rozarlo. Una y otra vez. Y después otra más, porque, en el fondo, lo que más le reconfortaba de aquel acto era ver la transformación de Sasuke, como todo su cuerpo colapsaba entre sus brazos para convertirse en otra persona, en alguien más que dejaba de lado aquel jodido orgullo y se entregaba, al menos en ocasiones, a la pasión del acto sexual.
No era amor, no, pero que le colgasen si aquello no era un maldito buen sustituto.
Los gruñidos de Sasuke alcanzaron aquel tono que le indicaba lo cercano que se encontraba a su culminación. Naruto no le tocó abajo, a sabiendas de que el Uchiha, de haberlo querido o necesitado, se habría encargado de decírselo. El muy bastardo mordió su propio brazo, privándole así del largo gemido que siempre seguía a su orgasmo, y se corrió sobre la blanca arena, dejando que los regueros de agua que aún bajaban por su cuerpo se mezclasen con el producto de su propia eyaculación.
Naruto no tardó en seguirle. En realidad, cuando lo pensó después, le sorprendió el no haber terminado antes que él, habida cuenta de su actual sequía sexual. Se corrió fuera, manchando, sin querer, las pálidas nalgas que brillaban de forma obscena con la humedad de su piel. Le escuchó mascullar algo sobre la mala puntería, pero momentos después el moreno se levantó, perdido ya todo rastro de sus anteriores temblores, para adentrarse por completo en el agua. Le observó bracear por la tranquila superficie hasta que pareció cansarse y después, entre miles de gotas que brillaban con vida propia contra su cuerpo, salió para acercarse a Naruto.
No le importaba su desnudez, nunca lo había hecho y, a pesar del recelo inicial que eso había causado en Naruto, se había acostumbrado a ello. Era un placer comprobar aquellos ángulos firmes que flexionaban los músculos antes sus ágiles movimientos. Era como verle en acción, solo que aquel comedimiento que venía después del sexo desaparecía entre las sábanas, o donde se encontrase, para dar paso a una figura felina que solo conseguía resaltar aquella increíble sexualidad.
Quien hubiese dicho alguna vez que el bastardo exudaba sexo, seguramente lo habría hecho después de que se lo tirara. Habría sido una mujer, por supuesto, porque Sasuke, que Naruto supiese, nunca se había acostado con otro hombre. Aquello, quizás, era lo único que mantenía al Uzumaki cuerdo ante el constante desfilar de piernas femeninas que, día tras día, conseguían colarse entre las sábanas del vengador.
-Sasuke –preguntó entonces, porque, simplemente, no podía hacer otra cosa-, ¿has jodido con algún otro tío?
El aludido le miró aparentemente sorprendido, como si acabase de afirmar algo completamente escandaloso. Naruto, guardándose una maldición, le miró de forma acusadora.
-¿Aún vas a seguir con eso de que no te gustan los hombres?
-Por supuesto que no me gustan los hombres, eso es algo que deberías saber. ¿Por qué mierda iba yo a hacer esto con alguno de ellos?
Naruto miró hacia abajo, hacia donde reposaba su flácido pene, para después enarcar ambas cejas.
-Tú, como te he dicho decenas de veces, no cuentas.
-Sigo teniendo un pene.
-¡Pero es diferente!
No lo era. Ni su polla ni el acto mecánico de follar, pero Sasuke nunca admitiría algo así.
-¿Entonces qué buscabas hoy? Porque, a no ser que me haya perdido algo, solo querías que te jodiese.
Sasuke cerró la boca herméticamente. Sí, justo como hacía cada vez que la conversación llegaba a un punto que no estaba dispuesto a traspasar. Pues que le diesen por culo, porque Naruto estaba ya más que harto de todo aquello.
-Mira, simplemente aclárate pronto porque, a diferencia de ti, yo no tengo ningún problema en joder con otros.
Esperó lo que le pareció un tiempo razonable para una respuesta. Cuando el bastardo se negó si quiera a mirarle, empezando a colocarse la ropa, Naruto resopló, buscando sus propias prendas desperdigadas por la arena, sin dejar que el mal humor echase por tierra su estado de ánimo. Sí, era una bonita forma de recordar por qué se suponía que no debía caer de nuevo en brazos del bastardo.
El Uchiha terminó rápidamente y, tras una última mirada cargada de miles de cosas que Naruto no quiso ni empezar a interpretar, se marchó. Le dejó ir, no queriendo regresar junto a él. Quizás debería ir y contarle a Sai lo sucedido. Y después, pensó amargamente, buscarse alguien con quien descargar su frustración sexual. No Sai, por supuesto, pero sí alguien que le alejase de caer de nuevo en una tentación tan perjudicial para su propia salud mental.
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El día de su cita, Iruka llenó la superficie de la cama con toda una ristra de prendas que fue desechando sin miramientos. Unas por viejas y otras, simplemente, por inadecuadas. Y fue ese preciso momento cuando se percató del tiempo que hacía que no tenía citas. Quizás, pensó de forma lacónica, debía ir con su ropa casual. Kakashi le había visto así ciento de veces y no debería suponer un problema. Por eso mismo, con un vaquero oscuro que moldeaba su trasero, al menos desde su modesta opinión, y una camiseta de color azul cielo, que le recordaba de forma asombrosa al color de los ojos de Naruto, se sentó en su sillón a las siete menos diez a esperar.
Y no tuvo que hacerlo demasiado tiempo. Con cinco minutos de retraso, algo sorprendente para el ninja copia, por qué no decirlo, Kakashi tocó a su puerta.
-Has venido –murmuró, abriéndole la puerta para que pasase a su recibidor. Kakashi así lo hizo, deteniéndose a su lado mientras Iruka cogía de la pequeña mesilla su cartera y se la guardaba en el bolsillo trasero de sus pantalones.
-¿Acaso lo dudabas?
Iruka había estado tan confundido que ya no sabía lo que pasaba por su propia cabeza, pero como aquello no era algo que fuese a decirle, se limitó a encogerse de hombros.
-No, supongo que no. Y es sorprendente que no hayas llegado dos horas tarde.
Se dio cuenta, confuso, de que estaba a la defensiva y Kakashi debió notarlo también puesto que, sorpresivamente, se bajó la máscara, dejando su ojo cerrado pero mostrando una atractiva sonrisa en los labios.
-Relájate, Iruka. Estaremos bien.
Y tras eso, en un movimiento fluido que le pillo estupidamente desprevenido, le acercó para besarle en los labios. Fue un beso corto, donde ni siquiera le dio tiempo a degustar su sabor, pero, aun así, hizo que su corazón saltara de forma alocada dentro del pecho. Volviéndose a colocar la máscara y agarrándole de la mano, Kakashi tiró de él hasta la puerta de su casa.
-Sí, va a ser una buena noche –le escuchó canturrear y, como no podía ser de otra forma, sonrió.
Y efectivamente lo fue. El local al que le condujo Kakashi, perdido entre dos estrechos callejones que en sus más de treinta años viviendo en la aldea ni siquiera había notado, rezumaba el viejo encanto de las tabernas locales. Era pequeño y acogedor, con una madame que salió de detrás de la amplia barra para dirigirse a su mesa y preguntarles qué les gustaría cenar. Kakashi le preguntó por alguna sugerencia y ambos terminaron por elegir el menú del día del lugar.
El ambiente, además, traía consigo aquel familiar aroma de la madera y del vino añejo. Era como volver a vidas anteriores, donde la guerra no había acabado aún con las cosechas de uvas y las calles no quedaban desoladas tras funerales multitudinarios. Iruka sonrió, porque allí, acompañado por el hombre al que había amado durante años y perdido entre cuentos semi fantásticos que ocultaban siempre un resquicio de triste verdad, fue feliz. Verdaderamente feliz, como no lo era desde hacía tiempo, y la sonrisa de Kakashi, a la vista mientras ambos comían, solo calentaba su corazón.
Le sorprendió descubrir que sus gustos se inclinaban definitivamente por el lado masculino, algo que, de habérselo preguntado hacía semanas, habría negado en redondo. Kakashi tenía ese don de gentes que le hacía amigable con la mayoría, lo que dificultaba enormemente distinguir aquellas relaciones que traspasaban lo puramente amistoso.
Iruka, metido de lleno en aquel entorno extraño, se vio a sí mismo contando historias pasadas. Historias con hombres y mujeres a los que había abierto su corazón y amado siempre. Iruka no iba a mentir. Era una persona a la que le gustaba sentirse querido. Fácilmente enamoradizo, le habían dicho, pero eso siempre fue antes de Kakashi, porque entonces el amor llegó en su forma más dolorosa, y el rechazo constante no hizo nada por aliviar aquella comezón que supuraba dentro de su alma y de su corazón. Aquello, por supuesto, no lo dijo, pero Kakashi, listo como era, lo leyó entre líneas, suavizando su rostro mientras sus dedos se deslizaban hasta cubrir las manos de Iruka.
Era más de medianoche cuando regresaron a su casa. Durante el camino no pudo menos que preguntarse qué hacer a continuación. ¿Debía, acaso, invitarlo a pasar? Su cuerpo le decía que sí, que ocasiones como aquellas no se presentaban todos los días. El sentido común, por otra parte. Le gritaba algo completamente distinto. Y allí, de nuevo en su puerta y con Kakashi a tan solo unos pasos de él, recordó exactamente por qué debía de ser cuidadoso.
-No vamos a entrar, ¿verdad? –preguntó Kakashi en un tono mucho menos sorprendido de lo que Iruka hubiese esperado. Su rostro se serenaba con una sonrisa amable.
-Lo siento.
-No lo hagas.
Y no lo hacía, en realidad. Necesitaba centrar sus pensamientos antes de ceder a sus deseos y abrir su corazón, exponiéndolo a ese ninja que, en todos los sentidos, representaba un verdadero enigma para él.
-¿Irás conmigo a la fiesta de los mellizos?
-Claro. Aún tengo que comprarles un regalo –murmuró más para sí mismo que para Kakashi. Este, entrecerrando su único ojo visible, preguntó:
-¿Los comprarías conmigo?
Y aquello, casi de forma incomprensible, fue tan íntimo como el mismo acto del sexo. La diferencia radicaba precisamente en que esto era mucho más complicado de evitar y, con un suspiro breve, se vio asintiendo.
-Mañana por la mañana iba a pasarme por el centro a ver qué les cogía.
-Estupendo. ¿A qué hora pensabas ir?
-No sé, sobre el mediodía, supongo.
-Pues quedamos entonces frente a la papelería de la plaza, junto a la fuente.
Konoha no era una aldea grade, por lo cual no había más de una plaza con una papelería y una fuente. Asintió, todavía algo indeciso, y mordió el labio inferior. En un arrebato de valentía, se acercó hasta enganchar la máscara con su dedo índice y, sin dar tiempo al otro para retroceder, la bajó. Aquellos labios llenos se abrieron en muda sorpresa e Iruka aprovechó la oportunidad para acercarse y depositar un casto beso sobre ellos.
No fue suficiente.
Con un gemido adolorido, abrió la boca sobre Kakashi, buscando un mayor contacto mientras con sus manos acariciaba la lampiña mandíbula. Trazando lentos círculos con el pulgar, le atrajo más hacia él, queriendo probar más de aquel sabor que le ablandaba hasta el último de sus huesos.
Y todo terminó tan rápido como había empezado.
Fue Kakashi quien, con lentitud, se separó de él, depositando un último beso sobre sus húmedos labios y lamiendo, después, la saliva que quedaba prendida de su boca.
-Si no quieres que te empuje sobre tu cama, Iruka, debemos parar aquí. Llevo toda la noche deseando hacerlo, así que mejor no jugar con fuego.
Era un cobarde, pero aun sabiéndolo no logró que de su boca saliera otra cosa que un débil asentimiento. Y Kakashi, honrando una silenciosa promesa entre ambos, se marchó. Mañana sería otro día, se dijo Iruka, y quién sabe lo que podía suceder.
