Disclaimer: Twilight pertenece a Stephenie Meyer. Esta historia es de LyricalKris, yo solo traduzco con su autorización.

Capítulo veintiuno

Paraíso

A pesar de haber terminado su primer semestre en la universidad y haber pasado una linda Navidad con su mamá, la última semana había sido la más larga en la vida de Bella.

Ella y Edward sabían que esconderse no iba a funcionar a largo plazo. La tía y el tío de ella eran inteligentes y observantes. Si no se daban cuenta por sí mismos, no había manera que Edward y Bella fueran capaces de alguna relación sin que los paparazzis los expongan.

Un espacio. Cinco días era lo que se estaban dando para averiguar cómo iban a hacerlo. Y qué iban a hacer. Y…

Una luz en la consola alertó a Bella que casi no tenía gas. Sintió un poco de irritación. Se encontraba tan cerca de Trinity Lake. La publicista de Edward tenía una cabaña allí. Era remoto. No había razón para que alguien supiera que ellos estaban allí.

A pesar del calor que hacía dentro del coche, Bella tembló. Se le puso la piel de gallina.

Cinco días. Solos.

Trató de no pensar en esas cosas sexys que Alice le hizo comprar. Trató de no pensar en su completa falta de experiencia y toda la que tenía Edward. Incluso sus escenas de sexo eran impresionantes. ¿Cómo podía ella…?

Justo cuando paró en una estación de servicio, sonó el teléfono de Bella. Aún cuando salió al aire frio del norte de California, se sintió acalorada.

—Hey —dijo, acercando el teléfono a su oído.

—Hola, patito. ¿Por qué no estás aquí todavía?

—Eres peor que un niño de viaje. Mi camino es unas horas más largas que el tuyo, ¿recuerdas?

—Lo sé. Lo siento. —Suspiró.

—No seas ridículo. —Miró alrededor, hacia los arboles cubiertos de nieve y sonrió—. Es hermoso aquí. Tuve que detenerme a cargas gas. Estoy a cuarenta minutos.

—Debería ir a buscarte. ¿Y si la ruta está llena de hielo?

—Si las rutas tuvieran hielo, me hubieran hecho parar y poner cadenas en mis ruedas. Los caminos lo dicen.

Otro suspiro.

—Lo sé. Solo que no puedo creer que esto esté pasando. Se siente muy bueno como para ser verdad.

La sonrisa de Bella amenazó con partir su rostro y aunque él no la estaba viendo, agachó su rostro, dirigiendo su sonrisa al suelo. Todavía no podía creer que él hablara así de ella. Que él la quería.

—Pronto estaré allí —prometió.

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La cabaña era hermosa. El lago congelado, la nieve en el suelo, los arboles cubiertos, cubriendo todo lo verde. Era hermoso.

Bella a penas lo notó.

Estacionó en la entrada y apretó el volante tan fuerte que sus nudillos estaban blancos. Sus palmas sudaban. Estaba temblando. Emocionada, sí. Asustada, definitivamente. Deseaba no estarlo, pero…

Ella se encontraba fuera de su liga.

Un movimiento atrajo su atención, y Bella levantó la vista para ver que Edward había salido al porche. Verlo le quitó el aliento. Él se encontraba apuesto en su camiseta de mangas largas, su cabello moviéndose en el viento. Y cuando él la vio, su rostro se iluminó, y sonrió de una manera que ella nunca antes lo había visto sonreír, ni en pantalla o a alguien más.

Para ella. Todo para ella.

Bajó los escalones mientras ella salía del coche. Ella apenas se encontraba de pie cuando él la envolvió en sus brazos. La alzó, y la giró. Él susurró su nombre justo antes de bajar su boca a la de ella. Bella envolvió sus brazos alrededor de su cuello, jalándolo más cerca. El aire era frio pero él era caliente, y la manera en que sus manos pasaban por su cuerpo solo la hizo más caliente.

Cuando sus dedos se enterraron en su cabello y quitó su gorrito, ella gritó para protestar contra su boca y se alejó. Pasó sus dedos por su cabello.

—He estado conduciendo todo el día.

Él lucía entretenido, pero le volvió a poner el gorrito, acariciando su cabello.

—Estoy contento que estés aquí.

—Yo también.

Volvieron a besarse, lento y fácil, lenguas fundiéndose, y solo se apartaron cuando Edward tembló. Bella le frotó los hombros.

—Hace mucho frio aquí, y ni siquiera tienes una chaqueta.

—Tú tampoco tienes puesta una chaqueta. —Lució indeciso mientras se alejaba de ella, aunque no soltó su mano—. Vamos adentro.

Cada uno agarró uno de los bolsos de ella así podían subir los escalones juntos. Bella pasó por la puerta y tuvo que detenerse para analizar sus alrededores. Extravagante era quedarse corto.

—Wow. Este lugar es increíble.

—Es un poco exagerado.

—¿Eso crees? —Tomó unos pasos hacia delante, mirando por el pasillo—. Edward, esto no es una cabaña. Es demasiado grande para solo nosotros dos.

—Ah, bueno. Es lo que tenía disponible. —Le guiñó un ojo y le hizo seña para que se adentrara—. Vamos. Te daré un tour. Tuve que descubrir este territorio por mi cuenta, ¿sabes?

La planta baja era lo suficiente simple. Sala. Estudio. Gran cocina con un comedor adjunto. Un porche cubierto. Una habitación. La planta alta tenía un gran cuarto de juegos y varias habitaciones.

La habitación principal representaba el tamaño de una cabaña. Había una sala de estar adjunto a la habitación, un baño con dos bañeras personales y ducha separada, un armario que podía fácilmente entrar toda la ropa de Bella y Alice. Quizás lo mejor de todo era un balcón completo con un jacuzzi y una sorprendente vista al lago y las montañas. Bella se arrodilló frente a la ventana, mirando.

Bella no estaba tan anonada como para no sentirlo acercarse a ella, asique lo esperaba cuando envolvió sus brazos alrededor de ella, jalándola contra su pecho. Aún así, su corazón comenzó a latir de manera errática mientras él apartó su cabello de su hombro y comenzó a besar su cuello.

—Tengo un favor que pedir —murmuró él entre besos, su voz lo suficientemente baja como para enviar vibraciones por el cuerpo de ella. Bella suprimió un jadeo cuando sus pezones se endurecieron en respuesta.

Tragó saliva fuerte.

—¿Cuál? —Su voz se encontraba sin aire, pero entonces, era una sorpresa que pudiera incluso hablar.

Sus manos trazaron una línea en su paso hacia su cintura.

—Quiero tres días contigo.

Bella estaba segura que se estaba perdiendo algo. Sus pensamientos estaban nublados.

—Tenemos cinco días.

Él la atrajo hacia atrás sobre sus pies lo suficiente como para girarla, y luego la presionó contra los almohadones, inclinándose sobre ella. Sus ojos eran intensos sobre los de ella.

—Quiero tres días donde no tenga que pensar en otra cosa que no sea tú. —Su mano encontró la de ella y trajo sus dedos hacia sus labios—. No quiero pensar en nada más que esto. Nosotros. Vamos a hacer lo que se siente correcto, lo que queramos. Y al cuarto día, si todavía nos seguimos gustando, vamos a tener que pensar en el resto. —Se acercó, sellando sus palabras con un dulce beso—. ¿De acuerdo?

Ella le hubiera dado cualquier cosa que pidiera en ese momento, pero lo que dijo tenía sentido.

—Sí. Sí, está bien.

Él sonrió feliz y los reajustó así podía atraerla hacia él. Se recostaron juntos, los labios de Edward rozó su cuello, su mejilla, su oído tan seguido que miraron la puesta de sol por el horizonte. Bella bostezó, durmiéndose en su abrazo.

—¿Cansada? —preguntó Edward.

—Por supuesto que lo estoy. ¿Sabes lo temprano que me levanté para hacer este viaje de once horas? —Hizo su cabeza hacia atrás, presionando un beso tímido en su mentón—. Pero no quiero dormir.

—Esa es una cosa muy buena.

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.

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Se desenredaron del otro lo suficiente como para tener una cena simple. Entonces se dirigieron a la sala, y Bella vio como Edward prendía el fuego. Él se quitó el sweater, y Bella se dejó admirarlo.

Era irreal. Ella conocía a este tipo de toda su vida y nunca lo había visto de esta manera. La había abrazado y sostenido antes, pero todo esto era nuevo. Era raro y maravilloso ser tan libre con él aquí donde nadie podía ver. Tenía el efecto de reducir sus inseguridades.

Edward se enderezó, sacudiéndose las manos para quitarse los restos de leña. Miró por encima de su hombro hacia ella, sus ojos brillando como el fuego, y Bella se quedó sin aliento. Su estómago se removió mientras lo veía acercarse. Él lucía seguro, ¿y por qué no lo estaría?

Ella se encontraba acostada sobre el sillón. Él se sentó al borde, y pasó sus nudillos por su mejilla. Bella deseó no estar tan preocupada por si se veía sexy o descuidada recostada allí mientras sus dedos la acariciaban.

Él pasó su dedo por sus labios.

—¿Te encuentras bien? —preguntó mientras se acostaba a su lado, moviéndose así su cuerpo envolvía el de ella.

Por largos segundos, ella no contestó. Lo miró a los ojos, dejando la persona que él había estado siendo con ella asentarse a la persona que se estaba convirtiendo. Su confianza en él era natural. Él siempre la había amado, aunque ese amor estaba evolucionando ahora. Él no era Félix. Definitivamente no era Alec, y tan inexperienciada como era, sabía sin preguntar que él no la presionaría.

Bella rodó para ponerse de costado.

—Estoy bien —dijo mientras presionaba sus cuerpos juntos. Segura de su reconocimiento que ella estaba segura con él, Bella pasó su mano por las líneas de su pecho, sobre su lado, hasta su espalda.

El aliento de él titubeó, y bajó su cabeza para besarla. Sus manos no estaban apresuradas, exploraban al otro mientras se besaban. Edward la presionó sobre su espalda, su peso sobre ella mientras sus dedos pasaban por debajo de la camiseta de ella. La manera suave que acariciaba su estómago hacia cosas a su cuerpo que Bella no entendía. Se retorció debajo de él, y el ambiente cambió abruptamente.

Los dedos de Edward subieron hasta que rozaban la parte baja de su pecho. No queriendo interrumpir su beso, Bella empujó contra su ano, alentándolo a seguir, dándole permiso. Su mano se movió hacia abajo y desabrochó su sostén con facilidad.

Félix la había tocado de esta forma, pero esto era diferente. Hubo una corriente que pasó entre su piel y la de él. Aumentó su conciencia mientras borraba cada pensamiento racional de su cabeza. Esto era más que emoción estúpida de amor. Su cuerpo entendía lo que su mente no. Sus movimientos eran instintivos, sus manos buscando tocarlo, buscando provocar incluso la mitad de lo que él la hacía sentir mientras pasaba su dedo por su pezón. Su mano se deslizó entre ello y buscó el calor entre sus piernas.

Edward jadeó, rompiendo el beso por primera vez en minutos.

—Bella —susurró.

Un poco de su inseguridad volvió, y Bella se preguntó si estaba haciendo algo mal. Pero la mirada en los ojos de él, fogosos y necesitados, decían otra cosa. Ella movió su mano para agarrarlo a través de sus pantalones, mirando la forma que sus ojos centellaban y su boca se abría.

Bella se sentó un poco así él tuvo que retroceder.

—Quiero sentirte. —Ella no tenía idea de cómo las palabras no temblaron mientras las decía.

Él tomó de su mejilla y se lamió los labios. Sus ojos pasaron por su cuerpo de arriba abajo.

—Quiero verte. —Su susurro era ronca. La miraba como si la idea de verla era lo más atractivo del mundo, como si ignoraría a la modelo más sexy o actriz con la que había estado solo por un vistazo a las tetas de Bella.

Mientras Bella se enderezaba, Edward se puso sobre su espalda, y ella se ubicó sobre su regazo. Las manos de él estaban en su cintura, dedos rozando sobre su piel. Sus ojos estaban atentos a ella. Bella tomó aire profundo y se quitó la camiseta. Tuvo la urgencia de cruzarse de brazos sobre su pecho desnudo, pero los dejó a un costado.

Los ojos de Edward sostuvieron los suyos un poco más antes de dejarlos bajar. Sus dedos trazaron círculos alrededor de su ombligo antes de tomar sus pechos en sus manos.

—Oh, Dios —dijo Bella en un aliento. Cada toque se sentía tan intenso.

Ella sintió su dureza contra su trasero y recordó su intensión original. Se hizo un poco hacia atrás, todavía a su alcance, y lo miró con lo que esperaba que fuera una sonrisa coqueta mientras desabrochaba el botón de sus pantalones.

Era fascinante mirar lo que su toque le hacía a él. Daba satisfacción entender que ella tenía la habilidad de hacer que un hombre, fuerte y seguro como él, temblara y retorciera con sus dedos. Ella exploró su largo, maravillándose con la manera que él jadeó. Sus piernas se extendieron y gimió cuando ella pasó sus dedos una y otra vez por sus bolas.

Cuando ella envolvió sus dedos alrededor de su polla y acaricio, él gimió. Acarició el rostro de ella, su cuello, sus pechos, murmurando su nombre reverentemente. Movió su mano por su cuerpo y alineó sus dedos con los de ella, apretando su agarre en su polla.

—¿Esto no duele? —preguntó ella mientras movían sus manos juntos. Ella se hubiese sentido estúpida excepto que su rostro estaba sonrojado y su placer era obvio.

Él suprimió una risa.

—No. Apretado está bien. Es tan, tan bueno. No tienes idea de lo increíble que se siente.

Ella pensó que tenía una idea porque los ruidos que él estaba haciendo le daba placer físico a ella. Varió la velocidad de sus caricias solo para ver la manera que él se retorcía debajo de ella. Murmuraba cosas, diciendo que la amaba, y que era hermosa, e increíble. Y entonces, cuando estaba cerca, su nombre salió de sus labios como un ruego.

Rogar. Edward Cullen le rogaba.

Era poder y confianza y amor, y era hermoso. Él se vino en su mano con un grito fuerte que ella se prometió volver a escuchar. Pronto.

Bella estaba intentando averiguar dónde quedó su camiseta así podía limpiar el desastre en su mano cuando Edward se recuperó lo suficiente como para ganarle. Se sentó, quitándose la camiseta mientras lo hacía. Envolviendo sus brazos alrededor de ella, la atrajo a él cuando se volvió a acostar. La besó mientras le limpiaba las manos, y Bella se maravillo al sentir que estaban piel contra piel, pecho contra pecho.

—Quiero tocarte —susurró él mientras besaba el borde de su boca—. Y quiero saborearte. —Besó su garganta—. Pero más que todo, —Besó por debajo de su oído—. Te quiero en mi cama esta noche.

La cabeza de Bella daba vueltas con necesidad y nervios.

Edward hizo un camino de besos hacia su mejilla.

—¿Está bien eso? Hay otras habitaciones —murmuró contra sus labios.

Como si ella fuera a decir que no cuando él la sostenía así, besándola, quitándole la habilidad de pensar y hablar.

—Quiero quedarme contigo.

Él levantó su cabeza así podía sonreírle.

—Eso es muy bueno. —Levantó su mano hacia su mejilla—. Te amo, Bella. Más de lo que sé lidiar.

Era reconfortante escuchar que ella no era la única completamente enamorada, más allá de sí misma con felicidad estúpida. Frotó su creciente barba en su mentón y le devolvió la sonrisa.

—Te amo.