Disclaimer: Ni Heroes of Might and Magic III ni ninguno de sus personajes, locaciones o conceptos asociados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Capítulo 21: Transición
Semana del Abejorro, Día 2
El suspiro del barbón luego de cerrar la puerta de la habitación fue lo único que se escuchó después del chirrido de los goznes. Chasqueó los dedos, abandonando su atuendo de médico para mostrarse con las ropas negras que constituían su atuendo característico. Tras echar una mirada tentativa por las cortinas bloqueando la única ventana, se giró al ver que su acompañante, la mujer esmeralda, deshizo su propio proceso de transformación.
-¡Por fin! -exclamó, sin temor a las paredes a prueba de sonido-. Esas malditas túnicas de enfermera me estaban causando urticaria.
-Sólo encárgate de vigilar -espetó su contraparte a modo de respuesta-; si viene alguien, despáchalo como mejor te parezca. Y nada de elementales de tierra, ¿estamos?
-Eres un viejo aburrido -contestó la altanera fémina-. Date prisa para que salgamos luego de aquí; los hospitales me enferman.
Haciendo caso omiso del ácido comentario de su aliada, el anciano mago, sus facciones tan pétreas como siempre, se acercó al lecho donde Lady Rissa, la última miembro viviente del clan Kyrel, yacía en absoluta inercia, aún presa del coma causado por la pelea que tuviese contra ese mercenario desconocido y su séquito hará un par de semanas. La cabellera rojo oscuro, desatada, se extendía alrededor de su rostro como un océano en cascadas, otorgándole un aspecto aún más sensible y vulnerable.
Habían pasado no pocos problemas para llegar hasta allí: tras llegar a Rovira mediante una ingeniosa combinación de monolitos, los cabecillas de La Gruta entraron a la ciudad casi al caer el sol y se las arreglaron para pasar desapercibidos entre la última multitud viniendo del puerto o aprovechando de visitar los negocios antes del cierre. Encontraron el hospital a un tiro de piedra de las puertas, escondiéndose tras las columnas de la entrada para esperar que pasaran un médico y una enfermera. Mediante movimientos rápidos capturaron a sus presas, aturdiéndolas con una bien dispensada Flecha Mágica antes de usar el hechizo de Disfraz (72) a fin de clonar su apariencia hasta en las numerosas ojeras. Para evitar cualquier malentendido, abrieron mágicamente un armario donde se guardaban implementos de limpieza y los encerraron allí: pasarían al menos doce horas en un profundo sueño. "Es tiempo más que suficiente para lo que precisamos. Para cuando despierten estaremos bien lejos de aquí", añadió el viejo, cuya apariencia exterior era la de un hombre al menos veinte años más joven, de cabellera rubio ceniza, ojos ambarinos y un tenue bigote. La esmeralda, vanidosa hasta el hartazgo, no estaba demasiado satisfecha de verse en el cuerpo de una mujer "mucho menos dotada que ella", de ojos cansados pero a la vez sumamente atentos. Tal vez su mayor distinción fuese una larga melena azul medianoche cayéndole casi hasta la cintura, pero que debía mantener prisionera mediante una complicada coleta.
-Veamos qué pueden mostrarnos tus recuerdos, Rissa -susurró el hombre al tiempo que sus manos brillaban con un aura blanquecina-. Dame la cuerda y déjame tirarla...
Cerró los ojos, pasando todo el foco a lo que sus enguantados dedos podían sentir. Ante él, en medio del vacío se presentaba un camino serpenteante de luces rojas, azules, blancas y verdes. Varias verjas con cerraduras complejas bloqueaban el paso a intervalos regulares; de las llaves no había ni rastro. El viejo, experimentado como era, rió con algo de sorna. A él no le precisaban llaves para acceder a los secretos más ocultos de sus enemigos. Cierto es que no podía considerar a la maestra de alquimia como una de ellos, pero a esas alturas le daba lo mismo. Rissa era, para todos los efectos, una esbirro del cabal y debía someterse sin cuestionar a lo que sus superiores ordenaran.
Comenzó a atacar la primera puerta, demorándose menos de dos minutos en abrirla. Ondas discordantes danzaban a su alrededor, tejiendo una información al principio contradictoria, pero que después se condensó en dos formas bien definidas... en cuanto a contornos. La primera, femenina, estaba en pose de alarma, sus brazos extendidos en modo de querer detener a algo, o alguien. La segunda, masculina, parecía estar desconcertada, sacudiendo su cabeza y después lanzando lo que pareció ser un desgarrador lamento, sazonado de decepción. Recitó un nuevo mantra y afinó el oído.
-Maestra Rissa... -dijo la voz masculina-. ¿Usted es...? ¿Usted...?
-¡No...! -el grito de la mujer fue tan fuerte que se sintió como campanada-. ¡No, no soy yo! -ahora lloraba-. ¡No le creas nada a esta impostora!
"He ahí el lado amable de esta mujer, totalmente colapsado por su reverso malvado", cogitó el barbón. "Esto se pone interesante". Manteniendo su concentración a tope, dejó que el acto siguiera su curso.
Repasó la declaración de intenciones de la alquimista, sus razones para unirse a La Gruta y los planes referentes al Trueno del Titán. Evidentemente la mujer, ebria del poder proveniente de la tiara y de sus propias habilidades (ya notables incluso en sus años estrictamente civiles), parecía juguetear con el chico, arrojando más sal a una herida abierta de plantón. Percibió en este aventurero un profundo respeto hacia la maestra, dando a conocer que ambos se conocieron hace bastante tiempo. Conforme avanzaba el relato teñido de sangre y resentimiento, el aura masculina se crispaba, pasando de la desesperación a una furia apenas contenida. Justo cuando se abalanzó sobre ella y la hizo rodar en la fría nieve de Tagmata, apareció una tercera aura, reptiliana y repleta de enfado. En ella constaba, además, un deseo irrefrenable de proteger al hombre luchando contra su propia maestra.
-¡No, detente! -el lado bueno de la pelirroja lloraba, aislado de la acción-. ¡Por lo que más quieras, ríndete! ¡No quiero hacerle daño!
Esta última súplica, que cayó en oídos sordos, iba dirigida directamente a la desenfrenada mujer defendiéndose como gato de espaldas. Continuó la refriega, con la naga separada de los otros dos y contemplando estupefacta el momento en que Rissa se desembarazaba de Braemar. El aura maligna, desbordada de furia y cansancio, comenzó a caminar erráticamente hacia la figura tendida, blandiendo una daga que cortaba el aire casi por espasmos. Asestó el golpe y, por algún artificio milagroso, salió despedida hacia atrás como si hubiese pisado una trampa similar a una Mina Terrestre.
-No lo matarás -dijo el lado bueno, levantándose como pudo e inmovilizando a su reverso-. ¡No lo matarás a él ni a nadie, así deba sacrificarme por ello!
Siguieron los pinchazos causados por flechas emanadas desde el flanco derecho. Tres voleas y cinco impactos después, la pelirroja ya no daba más de sí, apenas soportando la carga psíquica de la tiara. El barbón casi se despegó de todo el teatro cuando resonó un nuevo grito, debiendo apelar a toda su concentración para mantener el contacto con los recuerdos de la mujer. De vuelta en el mundo de los vivos, la esmeralda lo contemplaba en absoluto asombro, percibiendo cada gota de sudor cayendo por su frente y cómo su cuerpo entero, alto y fornido a pesar de la edad, parecía encogerse. Sobrecogida por tamaña muestra de valentía, quiso acercarse dos o tres pasos, pero su esfuerzo murió debido a una súbita sensación de calor que la dejó quieta en el sitio.
El aura masculina, ya recuperada, unió fuerzas con la reptiliana y se abalanzó sobre el lado maligno de la noble, fijándola en el sitio mientras todo el ambiente temblaba. La sangre fluía, las paredes retumbaban y el suelo, ese precario suelo desde donde el severo mago contemplaba todo, comenzaba a trizarse. Era un terremoto silencioso, mas no menos devastador.
-¡Ya casi...! -exclamó el lado bueno de la maestra del mercurio-. ¡Un tirón más! ¡Un ti...!
Las grietas, amplificadas hasta el punto de saturación, devoraron todo a su alcance, reduciendo ese espacio atrapado en el tiempo a un inmenso drenaje. La primera en ser absorbida fue la Rissa malvada, triturada hasta volverse irreconocible e irreparable. El mercenario y su compañera reptiliana treparon hasta un punto más elevado y saltaron fuera de los límites de la visión, desapareciendo entre los compases más frenéticos de aquel pandemónium. Atrapado en una esfera irregular de dos metros de diámetro, el barbón estaba nervioso. "Si no salgo de aquí ahora, correré la misma suerte que ella", se dijo. La versión bondadosa de la pelirroja, flotando sobre lo que ahora era un nuevo desierto en el interior de su mente, miró a un punto indeterminado del céfiro. Estaba exhausta y tocando a las puertas del coma.
-Gracias, Thomas Braemar -lloró de alegría antes de flotar hasta perderse-. Gracias por salvarme. Sabía que no me fallarías.
Y esas fueron sus últimas palabras, escuchadas por el intruso justo en el momento clave. Miró hacia adelante, contemplando una escalera de caracol terminando en una trampilla decorada con vivos plateados. Ahí estaba su pasaporte de vuelta a la dimensión real. Estaba exhausto luego de tanto esfuerzo, pero por fin contaba con la respuesta que tanto buscaba. El apellido Braemar era bien conocido en las capas superiores, sinónimo de diplomacia y respeto por el orden establecido, de lealtad eterna al regente Gavin Magnus durante más de diez generaciones. Antítesis fulgurante de todo lo que La Gruta representaba y buscaba. Podía recitar varios de sus nombres al dedillo: Michael, Daniel, Shauna, Iris, Nolan, Nathalia, David, Joanna... "Ignoro cómo este Thomas Braemar llegó a trabajar de mercenario en vez de seguir la escuela familiar", esbozó tras abrir los ojos y secarse el sudor con el dorso de la manga, "pero sólo hace la cacería más interesante. Eliminar a uno de ellos hará la concreción de nuestra misión doblemente satisfactoria".
-Tenemos algo -miró a su acompañante, quien estaba sentada en el sillón de visitas-. Thomas Braemar. Bastará revisar las nóminas del Gremio Mágico para saber dónde está y hacia dónde va. Ahora toca pasar por el ridículo rito del disfraz.
No hubo respuesta alguna. La figura esmeralda ni siquiera se movió.
-¡Oye! -el barbón reaccionó enfadado-. ¡¿No me escuchaste?! ¡Tenemos que salir de aquí!
Nuevamente nada. No deseaba admitirlo, pero se había puesto súbitamente nervioso gracias a la combinación de las visiones y el cansancio.
-¡Oye...!
Apenas zarandeó a la mujer por el hombro, esta pasó a llevar la cortina y cayó de forma inerte al suelo. La luz de luna entrando por la ventana mostró el macabro cuadro: tenía una pequeña cuchilla clavada hasta la empuñadura en el cuello, su sangre brotando por los bordes de la herida y manchando de forma grotesca el finísimo vestido con doble capa de abrigo. Tras unos momentos de rigidez mental, el puzzle se armó rápidamente en su cabeza, haciéndole lanzar un rugido tan largo como salvaje.
-¡No de nuevo! -apretó los puños y arrancó la cortina, con rieles y todo, de un tirón-. ¡Otra vez ese maldito traidor! Perder a Rackaria me da lo mismo, pero ella...
-Veo que ahora entiendes cómo me siento.
Girando en el acto tras escuchar esa voz, se encontró cara a cara con la mujer escarlata, quien lo miraba de forma brutal, exhibiendo una evidente mueca de desaprobación. La cabellera castaña, cayendo disciplinadamente sobre sus hombros, reforzaba sus ademanes tan nobles como los de la muchacha en coma. Tenía los brazos cruzados y parecía ansiosa de echar aún más sal sobre la herida.
-No creas que no sabía que estabas enamorado de ella, viejo verde -comenzó la recién llegada, sentándose en la cama-. Se notaba a una milla de distancia, incluso en las muchas ocasiones en que discutimos durante esas reuniones en el salón. Cuando ella interpeló al ratón y lo abofeteó a principios de semana, pude percibir ese brillo tan característico en tus ojos. En ese momento pensabas lo mucho que se parecía a ti. Y yo que te creía incapaz de amar... Es una lástima -espetó con desdén- que hubieses fijado tu corazón en una borracha perdida.
-¡No la llames borracha! -quiso agarrar a la aristócrata por el cuello pero algo lo detuvo. Su contraparte se teletransportó al otro extremo del cuarto, justo bajo el marco de la puerta apenas iluminada.
-¡Ahahahaha...! -rió con ganas-. Sólo mírate: el arrogante Gardius reducido a un guiñapo impotente porque su noviecita acaba de morir -los ojos del aludido estaban rojos de furia-. Sé que llamarnos por el nombre es una violación del código de La Gruta, pero no me importa. Ya nada me importa. Martha Bennett -pronunció ahora el nombre de la asesinada- era una carga. Aparte de beber como condenada y malgastar sus extraordinarias habilidades mágicas en numeritos de circo, ¿qué hacía? El mundo es un lugar mejor sin ella.
Otro puzzle se armó de inmediato en la cabeza del barbón, cuyo cuerpo entero era un pilón cargado de furia primitiva.
-¡Tú! -rugió nuevamente-. ¡Tú eres la traidora!
-Sí, Gardius -la escarlata habló con aún más desprecio-. Yo, Laetitia Falkner, Duquesa de Ravensbridge, fui quien mandó a nuestros hombres a atacar Ochre porque sabía que así los descubrirían o terminarían muertos debido al granizo. Yo fui quien entró a tu laboratorio y abrió el contenedor donde descansaban los restos de Halon porque sabía que así no hablaría más de la cuenta. Yo maté a tu amiguita mientras violabas los recuerdos de Rissa con tus asquerosas manos. ¡Yo! ¡Todo lo hice yo! ¿Y sabes por qué...? -tomó aire frenéticamente-. Porque lo que tú y todos los imbéciles de La Gruta le hicieron a mi hija -subió amenazadoramente el tono en estas dos últimas palabras- no tiene ni tendrá perdón alguno.
-Hablas mucho para ser alguien a quien voy a matar de la forma más cruel posible -Gardius canalizó sus energías mágicas amenazadoramente-. Eres un fracaso y el fracaso equivale a la muerte.
-Tú eres quien va a morir, viejo decrépito -retrucó Laetitia-. Viviré para ver otro día y después me desharé, uno por uno, de los demás miembros. Una vez haya acabado aquello me abocaré a cuidar de mi hija, traerla de vuelta a la vida y expiar los innumerables crímenes que cometí en nombre de La Gruta.
Movió los dedos índice y medio de su mano derecha al unísono, como si quisiera decirle "ven por mí" con extrema burla. Lanzó una sonrisa confiada; sabía que Gardius era un hechicero experimentado y poderoso, pero se sentía con bastante suerte.
El barbón levantó la mano para fulminar a la escarlata con una buena dosis de Implosión (73), pero por algún extraño prodigio sus poderes se quedaron en la punta de los dedos. Probó con otros varios hechizos (Bola de Fuego, Ceguera, Rayo de Hielo e incluso Frenesí) y obtuvo exactamente los mismos resultados. Sabía que no podía ser el efecto de Anti-Magia; ella no era experta en la escuela de tierra bajo ninguna circunstancia.
-Con o sin magia -removió el arma del cuello de Martha y su corazón pareció quebrarse-, pagarás cara tu fechoría. Esto va más allá de ella -señaló a la mujer aún inerte, atrapada en una mueca de eterno dolor-; todo lo que hemos logrado, incluyendo con los progresos que decidiste traicionar, está en juego. Tus ridículos sentimientos me importan un bledo.
-Veo que no has aprendido nada -Laetitia suspiró y negó con decepción-. ¡En guardia!
Los antiguos aliados y ahora enemigos mortales se lanzaron el uno contra el otro en la arena menos apropiada de la historia. Por mucho que las paredes fueran a prueba de sonido, sería cuestión de tiempo para que el barullo de centelleadas, telas rajadas y muebles rotos alertara al resto del personal del hospital. A Gardius bien poco le importaba causar una orgía de sangre si podía facilitar su escape, pero la mujer escarlata había, desde un tiempo a esa parte, cambiado. Cuando conoció a Rissa sintió algo extraño y a la vez agradable en su corazón. Al no haber tenido hijos a pesar de estar veinte años casada con el aventurero Duque de Ravensbridge (una extraña enfermedad degenerativa que trajera de las Islas Regnan se lo llevó diez años atrás, dejando un enorme vacío en el interior de la noble) y en posesión de una cuantiosa fortuna trazable hasta Hassia, una de las magas superiores de Bracaduun, decidió colocar buena parte de su tiempo y recursos en ella, ayudándola a llevar sus estudios sobre la poción de locura desde los laboratorios a la realidad. Debajo de esa capa de resentimiento que daría raíces a su lado más despiadado percibió la misma soledad que la atormentara a ella por tanto tiempo y dotaba a sus atractivas facciones de un aire melancólico. Siempre la consideró muy hermosa y le sorprendió saber que aún estaba soltera. "¿Cómo es posible que los hombres sean tan ciegos?", pensó, intentando imaginar cuál de sus conocidos o los hijos de sus conocidos podría ser un buen partido para la muchacha de espesa cabellera cobriza. En esos momentos en que la menor de los Kyrel no andaba aplanando caminos o azuzando a "la basura" para encontrar nuevas vetas de azufre, conversaba con ella cerca de la chimenea del salón o, en contadas ocasiones, iba a visitarla a su casa de Antrime para hacerle compañía. Así aprendió a quererla como esa hija que nunca tuvo, a la que valdría la pena dedicar su vida. En ese preciso instante su lealtad por La Gruta comenzó a titubear, llevándola a cuestionarse muchísimas cosas en privado mientras mantenía su aprobación a los planes conjuntos de la boca para afuera. De ahí al sabotaje sutil sólo hubo un paso y lo dio gustosa.
Gardius buscó el ángulo de ataque y lanzó tres golpes en rápida sucesión. Laetitia esquivó hábilmente con dos pasos a la izquierda e intentó una contra que se perdió en el aire. Chocaron nuevamente los cuchillos, sus miradas reflejando esa lucha que, más allá de los motivos, iba del lado de los paradigmas. Él había tenido una existencia mucho más dura: abandonado por padres a los que nunca conoció ni se preocuparon por él, creció en las calles, descubriendo sus aptitudes mágicas a temprana edad y estudiando en la Academia Imperial hasta los 14 años. Abandonó, aburrido de los formalismos, antes de lanzarse a la vida como guardaespaldas de un hombre rico, también descendente de otro noble que se hiciera la gran vida como mercader de esclavos en el Siglo III previo al Silencio. El barbón no tenía relación alguna con Bracaduun, pero fue iniciado en el cabal por intermedio de su benefactor y llegó antes de los 25 años al escalafón superior, donde permaneciera desde ese entonces. Al morir su maestro un lustro después, él heredó otra cuantiosa fortuna, convirtiéndose en un tipo frío, a veces calculador y a veces arriesgado pero con un temperamento de fuego. Aprendió sobre la marcha las artes del comando e impuso la suficiente cuota de terror en sus mandos medios para volverse un líder sumamente efectivo. Fue él quien descubrió las evidencias del Trueno del Titán en textos olvidados y, tras convencer a los demás miembros superiores, ideó una forma de recuperar los cuatro artefactos. Con lo que no contaba era con Thomas Braemar, esa molestia que, actuando bajo sus propias narices, tenía uno, dos o en el peor de los casos tres de ellos en su poder. A pesar de su bocota y tendencia a caer bajo los efectos de la bebida, Martha Bennett fue, como bien dijera la escarlata, la primera mujer a la que amó. Se enamoró de ella desde que la viera hace diez años como una adolescente en la flor de la vida. Era una sensación extraña, casi inexplicable para un corazón tan duro; por eso decidió suprimirla y trabajar aún más tenazmente por la causa. "Te reviriré, mi amor, y después someteremos a Bracada entera. Seremos felices en la eternidad", sentenció.
-¡Muere! -exclamó Gardius, intentando apuñalarla.
-¡Jamás! -contestó Laetitia, esquivando otra vez.
-¡¿Quieres estarte quieta?! -otra cuchillada.
-¡Prefiero verte rabiar, viejo verde!
La sola mención de ese apelativo tan despectivo aumentó a niveles exponenciales la furia del mago vestido de negro. Fingió que iba a la izquierda y después cogió desprevenida a su rival, arrojándola contra la pared. El cuchillo cayó al suelo de piedra con un ruido sordo. Por primera vez en todo ese rato, la escarlata puso un rostro contrariado.
-Por fin te tengo, basura traidora -el anciano, en éxtasis, le clavó el arma en el estómago.
-¡Agh...!
-¡¿Dónde está tu arrogancia ahora, eh?! -otro golpe en que el filo bebió sangre-. Tu primer error, Laetitia, fue darle la espalda a La Gruta; no existe nada más sagrado. El segundo fue desafiarme y pensar que podrías ganarme -cayó una tercera puñalada- y el tercero -la abofeteó; ahora ella lloraba de dolor- fue matar a mi Martha. No sufras; yo, Gardius, soy generoso y planeo hacer buen uso de tus restos.
-No voy a... ser carne de cañón en tus... -tosió lastimeramente- patéticos experimentos. ¡Mátame! -exclamó al límite de sus fuerzas-. ¡Mátame si te atreves! ¡Desata un escándalo! Eso no le devolverá... la vida a tu... amiguita borracha.
Aún llevando todas las de perder, la escarlata se rehusaba a concederle el placer de una victoria limpia. Contempló a los ojos al desquiciado que aún la sujetaba y le escupió en el rostro. El barbón, plenamente insultado, se preparó para perforarle el corazón pero una batahola en el pasillo exterior le hizo arrepentirse a última hora; al parecer, a juzgar por el vocerío, un par de pacientes problemáticos se escaparon de sus cuartos. Bufando, dejó caer el maltrecho cuerpo de su enemiga y dejó el cuarto como una patena mediante tres hechizos rápidos. Teletransportó el cuerpo de Martha de vuelta a su laboratorio con no poco esfuerzo, verificó que la cortina estuviera bien sujeta y activó nuevamente el hechizo de Disfraz. Ya no era Gardius sino el médico veinte años más joven. Abrió con cuidado y se marchó en dirección contraria; estaba demasiado cansado para enfrentarse a una insurrección y necesitaba reordenar sus pensamientos, partiendo por ubicar dónde estaba ese tal Thomas Braemar. Sabía que esa patética fémina no duraría mucho más viva, especialmente si esa extraña aura neutralizadora seguía presente a su alrededor.
-Me... salvé...
Apelando a sus escasas fuerzas, Laetitia se llevó la mano al bolsillo del vestido y arrojó al otro lado del cuarto un objeto brillante. Volvió a respirar antes de usar Curación sobre sí misma. La refrescante aura azul ardió cual alcohol al principio, cerrando gradualmente sus heridas abiertas y reduciendo la pérdida de sangre. Descansó cinco minutos antes de repetir el proceso; ahora podía ver de forma más clara, distinguiendo el tenue perfil del piso y la cama donde descansaba su querida hija. Otros tres minutos pasaron antes del tercer lanzamiento, el mismo que le permitió ponerse de pie y caminar lentamente. Aún jadeaba como si hubiese corrido cien kilómetros sin parar, pero conservaba suficientes energías arcanas para usar Portal de Ciudad y mandarse cambiar a un lugar seguro. Se agachó para recoger lo que antes lanzara, apretando los dientes y los ojos debido a la fatiga muscular. Contempló el brillo carmesí que parecía drenar sus energías místicas y luego pasó la vista al inerte rostro de Rissa. Ni una sola gota de sangre había caído sobre ella, haciendo que la sufriente mujer llorara de alegría.
-Mi niña grande... -besó su frente, sintiendo la vida rebrotar en su interior-. Mi amor... Cuando despiertes del coma, te llevaré a un lugar lejos de tanta avaricia y miseria. No importa cuánto deba esperar: nos redimiremos tú y yo como buenas amigas, como madre e hija -acarició suavemente el borde del rostro coronado por mechones cobrizos antes de caminar lentamente hacia la puerta.
Antes de tocar el pomo y apoyar el oído para ver si aún seguía el festival de gritos y golpes, dimensionó su nueva situación. Volver al castillo y al salón equivalía a una sentencia de muerte. Aparecer nuevamente en sus dominios civiles tampoco era del todo seguro, pero necesitaba pasarse por allí de un viaje a fin de procurar algunos recursos para el camino que debería emprender. Como antigua miembro de La Gruta sabía que unas bolsas de dinero bien puestas eran capaces de colocar obstáculos en los sitios más impensados... o también removerlos. A pesar de su talante aristocrático, condescendiente y por momentos sardónico, tenía plena conciencia de su nuevo objetivo. Ahora corría sola; sacaría pleno partido al hecho de que la creían muerta, aunque las palabras de su justificada traición no calarían nada de bien con el resto de la plana mayor. Se perdió en los pasillos del recinto para después salir a la gélida noche de Rovira, caminando lentamente hacia una posada que conocía bien y donde podría registrarse bajo un nombre falso.
-Encontraré a Thomas Braemar y sus aliadas aunque sea lo último que haga -dijo, su aliento cortando la noche-. Aún tengo mi mente en buen estado y conozco la mayoría de los puntos a unir. He de trazar esta línea rápidamente; la única forma de plantarle cara a Gardius está en mi poder.
Semana del Abejorro, Día 3
-Maratzante, ¿eh?
Aine miró el mapa especial junto a su puerta por última vez antes de colocarse su bata de seda y sentarse en el escritorio para tomar una buena dosis de té caliente y galletas saladas recién sacadas de su lata hermética. La habitación privada estaba a temperatura agradable gracias a la chimenea y las paredes aislantes. Arriba del único acceso estaba la vela roja, encendida durante toda esa tarde y las horas en las que la noche anunciaba su llegada.
Se sentía de estupendo ánimo luego de terminar las notas sobre su primera visita a Calarnen en casi un siglo. Releyó a modo de que no le faltara nada que añadir. El monolito preferente la dejó a sólo medio kilómetro de las puertas y entró a pie, caminando rauda hacia el castillo para sostener su audiencia con el Club de los Notables. El grupo de regentes democráticamente electo no podía creer al principio la magnitud de una noticia semejante: la última vez que el Baile Anual se celebrara en el distrito fue en el año 991, con la fastuosidad de Litma en el telón de fondo. Calarnen, a pesar de ser una capital en toda regla, era una de las más discretas, prefiriendo mostrar la eficiencia mediante el trabajo y esfuerzo de su gente antes que la ostentación vacua de muchos nobles incapaces de ensuciarse las manos; ese mismo deseo llevó a la formación del consejo dirigencial a principios de siglo, abandonando permanentemente la tentación caudillista.
La genio de rigurosa coleta escuchó pacientemente sus descargos antes de presentar el plan forjado con los otros miembros del consejo asesor a favor de la iniciativa. A pesar de tener una única taberna (propiedad de un hombre calvo llamado Garth), existían al menos otros cinco hostales de buen nivel dentro de los muros y no sería muy complicado convencer a algunos vecinos de los sectores cercanos al castillo para proveer alojamiento en caso de necesidad. "Comprenderá usted, Lady Aine, que necesitaremos bastante tiempo para dejar la ciudad a punto", señaló Harald Orkaiz, líder del Club. "Teníamos planeado llevar a cabo un plan de hermoseamiento, especialmente en los sectores del oeste, pero otras necesidades presupuestarias nos obligaron a posponerlo indefinidamente". Sonriendo, Aine dijo que no sería problema: aportaría de su propio bolsillo lo que hiciera falta.
-Sólo enfóquense en lo que deban -se explicó con ademanes dignos de una socialité-. Vivan sus vidas como siempre y, cuando falte más o menos un mes y medio, corran la voz. Entusiasmen a los lugareños y háganles ver que el Baile Anual también puede ser su fiesta.
-¿En serio lo cree así, señora? -inquirió Sara Ische, mujer de ademanes adustos que hacía de vicepresidenta-. Suena rupturista, casi tan rupturista como la forma que tenemos de hacer las cosas aquí.
-Totalmente -retrucó Aine-. Eso fue lo que me llevó a sugerir esta idea al consejo en primer lugar. Bracada no sólo es una colección de nobles, alquimistas y hechiceros. Cada persona que nace, vive y muere aquí es parte de una historia que merece ser celebrada.
-¿Hay algún medio que le parezca apropiado para ello? -otra vez Orkaiz.
-En lo que a mí respecta, pueden expresarlo como mejor les parezca. Conozco bien a la gente de este rincón de Bracada y sé que estará a la altura del caso -dijo para terminar la junta y despedirse individualmente de cada uno de los once presentes. Incluso firmó el acta respectiva a fin de hacer todo aún más solemne.
Lo último que hizo antes de salir del castillo fue prometer que pasaría por allí al menos una vez al mes hasta la fecha del magno evento e incluso traería, de ser posible, a otros miembros del comité para que inspeccionaran la zona al pie del cañón. Ya tenía algunos planes tejiéndose en su mente y que discutiría con los interesados mediante invitaciones a almorzar o cenar en su mansión de Celeste o donde a ellos más les conviniera: Torosar, al ser un maestro táctico, podría analizar el terreno rodeando el castillo y la ciudad a fin de coordinar el show de fuegos artificiales y el desfile previo a la apertura oficial. Iona, tan atenta al detalle como temperamental, quedaría a cargo de velar por la seguridad de los asistentes de puerta a puerta. Sus genios, carismáticos y fieles, reforzarían la guarnición local. Theodorus, el viejo instructor con corazón de niño, vería los aspectos relativos a la música, el baile y las bebidas. Pocas cosas gustaban más al anciano de blanca cabellera que una buena fiesta tras tantos años como miembro del ejército bracadano. La unidad que llevaba su nombre defendía exclusivamente el Palacio Imperial, muestra de su eficiencia en una brillante carrera. "Eso sin contar todos los contactos que tengo yo para la comida, el vestuario y tantas otras cosas..." Sonrió de una forma como no lo hiciera desde su visita a Tagmata con Braemar en busca de la cámara subterránea y la pieza del misterioso puzzle.
Antes de emprender el regreso al portal que la traería de vuelta a la Academia Imperial de Anderskolde, se desvió en la primera calle a la izquierda; poco después devino en un camino de gravilla. Al mínimo divisó la cerca y balcones de la mansión Bakorima, ahora propiedad del chico dueño de su anhelante corazón desde ese primer beso en la mejilla hace trece años. Tocó levemente la reja, buscando tal vez algún rastro del cazador que andaba, en esos precisos momentos, viajando de un lado a otro en una cacería arriesgadísima para ganarle la mano a La Gruta. "¿Dónde estarás ahora, mi amor?", suspiró con nostalgia. Ni siquiera vino a su mente el espectro de Kodziomi, esa naga noble que le arrancaba, tal como escribiera en su diario el otro día, una notoria veta de celos. Pensó en teletransportarse dentro pero desistió a último minuto: no quería acabar como Kyran, aquel guardia renegado a sueldo del maldito cabal. Desde su charla con Thane, el maestro de alquimia convertido en comandante local hasta el próximo año, no sabía qué fue de él y, para ser honesta, tampoco le importaba mucho. La élite, después de todo, detestaba a los criminales y muy especialmente a los de su misma escala social.
-Al menos debo dar las gracias a los dioses por no haberme topado con ese idiota ni haber recibido carta alguna de él; para qué hablar de conversaciones súbitas mediante esa maldita bola de cristal -suspiró otra vez, ahora con menos dulzura-. El pasado ya no volverá y es mejor mantenerlo debidamente enterrado.
Dio la vuelta y caminó hasta la orilla del lago, sintiendo de inmediato el aire montañoso enriquecido por la humedad. Campeaba a su alrededor en una danza eterna, turnándose entre el hielo de los picos y las flores creciendo no lejos de allí. Un poco más lejos, a la derecha, se veía el límite de un bosquecillo de pinos cubiertos de nieve. Rió ante tal disyuntiva: ese día el clima acompañó bastante, empinando el termómetro hasta unos muy agradables cinco grados. A pesar del "calor", los árboles siempre vestían sus capas blancas. Era una de las señales del eterno invierno bracadano, tan eterno como la esencia de su propia vida. Se arrodilló con cuidado e introdujo las manos en el líquido espejo, generando ondas pequeñas al principio pero que después se perdieron en la inmensidad del agua. Lavó su rostro y los leves pinchazos de las gotas sacaron a la luz natural un sonrojo notorio.
-El agua es tal como en mis sueños -susurró-. Una vaina de pureza, lejos del ajetreo y los avatares del hedonismo. Un testimonio a la vida que, si juego bien mis cartas, tendré a tu lado.
Maravillada ante la magnificencia del paisaje, pensó que los padres del chico realmente tuvieron un ojo fantástico al elegir este lugar para levantar la mansión. Con algo de esfuerzo, era el ambiente ideal para formar una familia, criar hijos, reír, llorar, crecer y envejecer. De buena gana hubiese pasado horas allí, soñando despierta, pero se forzó a volver al templo del saber para terminar de traspasar las notas de los exámenes acabados la semana pasada. Para su enorme alivio, 18 de los 20 alumnos en su clase avanzada obtuvieron el título en buena lid, algo muy superior al mero 50% de probabilidades inicialmente puesto como apuesta personal. Leigh, ese chico que se veía tan aproblemado en las clases de reforzamiento y por quien sintió lástima sincera, terminó siendo el mejor de todo el lote, pasando el exámen teórico con marca perfecta y cometiendo sólo un error en el práctico, promediando 97.5 puntos de un máximo de 100. La ceremonia sería al día siguiente, a eso de las diez de la mañana, y todo estaba preparado. Incluso las calles aledañas al recinto estaban cerradas para el público general.
De vuelta a la realidad y a su propio presente, Aine volvió a ruborizarse tras beber un tercio del ardiente brebaje de un trago. Abrió uno de los cajones de su escritorio donde guardaba un ingenioso artefacto de su propia creación: un contenedor del tamaño de una caja de zapatos que, al estar siempre frío por dentro, le servía para tener a mano pequeñas cantidades de lácteos a usar en sus meriendas. Un chorrito de leche otorgaba al té toques aterciopelados, especialmente si se sazonaba con azúcar rubia. El queso crema y la mantequilla impregnaban sus galletas con la dosis justa de sal. Y, cuando se sentía particularmente juguetona, devoraba algunos de los diminutos chocolates que compraba en una tienda de dulces no lejos de allí. Guardaba recelosamente el papel dorado donde los envolvían; cortado y alisado a conciencia, era un estupendo añadido a cualquier regalo dado por ocasiones especiales.
Dejó el cuaderno donde siempre y se puso nuevamente de pie, mirando por la ventana hacia el exterior repleto de tejados, llamas eternas en postes, carros, paseantes... La Perla del Seia, como bien evidenciaba su reputación, nunca dormía. El sol apenas se notaba atrás de las montañas, regándolas con un borde anaranjado a modo de despedida. Comenzaba otra lunga noche donde los juerguistas, los vividores y los dandies se moverían a su entera satisfacción.
-Maratzante -repitió la genio con la misma ensoñación usada frente al lago-. Tan lejos y a la vez tan cerca de ti, mi amor. Si no tuviera que asistir a la ceremonia y merecer la oportunidad de sentirme orgullosa de los alumnos que superaron todas mis expectativas, me tomaría el día libre e iría a buscarte, a darte una sorpresa, a pasar una jornada llena de emociones contigo.
Allí saltó a la palestra el pensamiento inicialmente suprimido, forzándola a colocarse nuevamente en el punto intermedio de la escala emocional. Kodziomi, con escamas tan relucientes como sus ojos obsidiana, se apareció entre ambos. Gesticulaba, susurraba secretos al oído de Braemar y lo llevaba lejos mientras miraba a la mujer de piel azul con el desprecio que sólo una reptiliana podía concebir. Por un momento la envidió; la naga tenía la ventaja de estar a su lado todo el tiempo, ayudarle, tal vez acogerlo en caso de sentirse sobrepasado... Sacudió la cabeza con ganas; determinó que su lado más frío y calculador no tendría el control de la situación. "Lo de Rissa, que los dioses la protejan, ya fue suficiente", musitó en silencio antes de ponerse a rezar en voz alta, primero por el recuerdo de su tía Beryl y después por él. A pesar de su opulencia, estatus y reputación como una de las mejores magas de Antagarich, era plenamente consciente de que nada duraba para siempre.
-Vayas donde vayas, Braemar, cuídate mucho -cerró los ojos y cerró la cortina prácticamente de memoria-. Vuelve a Calarnen con vida por nosotros, por Bracada y por todos aquellos que son benditamente ignorantes de este asunto más allá de las fronteras.
Avivando un poco el fuego de su chimenea, acabó su bocadillo antes de acercarse al estante donde mantenía sus adminículos arcanos. Cogió la bola de cristal, tan inerte como durante todos los años previos, y la dejó caer, desperdigando sus restos por todo el cuarto. Chasqueó los dedos dos veces y vio flotar el cristal roto frente a ella en una esfera bastarda. Sopló con suavidad y los trozos fueron haciéndose cada vez más pequeños, eventualmente desapareciendo en la nada misma.
-No sé por qué me tomó tanto tiempo hacer esto -dijo Aine antes de tenderse en su amplia cama-. En fin, más vale tarde que nunca.
Levantó la cabeza, mirando por una fracción de segundo el sillón donde descansaban su vestido, capa y zapatos para la ceremonia de mañana. Apoyó la cabeza en la almohada, cerrando los ojos una vez más y entrando al suave mundo de la meditación. A su lado podía sentir el sutil toque de un Braemar sentado junto a ella, vigilando cada paso de su quietud y dedicándole una canción en Rimnarie. No tardó mucho en quedarse dormida, una sonrisa infantil dominando sus perfectas facciones.
Semana del Abejorro, Día 4
Neela no encajaba en ningún molde.
La comandante de la guarnición de Cerbera era, para los estándares de su raza, una absoluta rareza. Genio de piel azul eléctrico, ojos dorados que por momentos parecían blancos y una coleta cayéndole casi hasta la mitad de la espalda, lo que más destacaba era su extraordinaria complexión: cintura bien torneada como entrada a un torso esculpido con esmero; manos delgadas a simple vista pero capaces de blandir las armas más pesadas y concentrar inmensas cantidades de energías arcanas; piernas largas y robustas cual troncos de roble joven; rostro ligeramente afilado y singularmente hermoso, carente de maquillaje, aretes o cualquier otro adorno.
Su fama, tan legítima como extendida, venía de su capacidad de aguantar increíbles cantidades de dolor y esfuerzo, dejando en vergüenza incluso a guerreros más grandes que ella. De día entrenaba personalmente a las tropas bajo su mando y de noche leía libros para mantener su mente clara. Siempre tenía algo que hacer; cuando no, lo buscaba con obsesión digna de una depredadora insaciable. En sus años lejos de la comandancia se ganó la vida cazando presas grandes, navegando de punta a punta por el Océano Blanco e incluso incursionando en las planicies volcánicas de Eeofol o los desolados páramos de Deyja. Su aura denotaba una invencibilidad casi al nivel de los mismos dioses de Bracada, pero ella siempre la desmentía de forma tajante. "Cuando me levante un día y encuentre que ya no tengo nada que hacer, ahí mismo cesarán permanentemente mis ganas de vivir", decía. "El ocio es peor que las guerras, las enfermedades e incluso la mayor traición". Sin familia ni pareja conocidas, la fémina contaba a muy pocas pesonas como sus amigos.
Uno de ellos era Thomas Edwin Braemar, cuya carta recibida hace dos días aún conservaba abierta en su mesita de noche. Sentada en posición de meditación en sus aposentos, la atrajo hacia sí con un movimiento de mano y, tal como lo hiciera anoche, releyó la petición del peculiar muchacho.
Mi siempre estimada Neela:
Espero que mis palabras te encuentren con algo de tiempo libre. Necesito pedirte un gran favor que concierne a las reinas medusa de las que te hablara tras volver de Rovira y que luego se integraron a tu guarnición.
Estoy metido en algo grande, tal vez lo más grande y peligroso que nunca haya enfrentado en mis años como cazador de tesoros. Sé que te desagradará el hecho de no recibir detalles pero deseo mantener esto a salvo de ojos malpensados por una razón clara: no deseo poner en riesgo a ti ni a Cerbera, ciudad que nos abrió las puertas y acogió como hijos propios en las escasas horas pasadas allí. Por ello requiero que las dejes temporalmente en libertad y les permitas abordar el primer barco saliendo del puerto rumbo a Maratzante, donde me encuentro ahora buscando pistas adicionales para mi causa. Sé que el viaje desde allá toma unos tres días con vientos favorables; estoy dispuesto a esperarlas lo que haga falta. Por su sueldo no te preocupes: cubriré el tiempo que estén fuera con mis propias reservas a fin de no causar un perjuicio innecesario a las arcas municipales.
Ambos sabemos bien el potencial combativo que tienen pero no sólo son máquinas de guerra. Antes de conocerlas tenía la peor opinión de las criaturas habitando los túneles de Nighon; sabes bien que nunca me han gustado los pasadizos malolientes, pero el destino actúa de formas inesperadas y me ha forzado a ampliar bastante mi propio punto de vista. Decir que las quiero y aprecio es poco: son de los pocos seres cuyas historias han logrado conmoverme hasta el fondo del corazón. Prometo desde ya que llegarán de vuelta sin un rasguño y, en caso de que llegue a pasarles algo grave, asumiré íntegramente la responsabilidad por ello y me pondré a tu merced.
Confío en tu criterio, amiga mía, y acataré sin chistar la decisión que tomes respecto a esta bizarra petición. Si no respondes lo entenderé; sabré sus alcances definitivos cuando pasee por el embarcadero principal este viernes por la mañana.
Cuídate mucho.
T.B.
Suspiró y cerró los ojos, doblando el papel y guardándolo en un cajón de la cómoda cercana. Caminó alrededor del espacio libre dejado por la cama y los muebles, masajeando sus sienes mientras buscaba recuperar la circulación negada a las piernas antes cruzadas. Se sentó en la cama, lanzando un hondo suspiro tras cambiar de opinión y acostarse sobre el sencillo lecho.
-¿Cómo podría negarte un favor, amigo mío, si gracias a ti aprendí a disfrutar los mejores años de mi vida?
Cerró los ojos y pensó en el muchacho pelinegro, hijo de diplomáticos y alumno graduado con honores de la Academia Imperial. Lo conoció por primera vez cuando acudió a presentarle sus respetos al castillo de Calarnen, como lo hiciera con todos sus antecesores desde que comenzara a vivir solo tras la muerte de sus padres. Al principio su reticencia le pareció disruptiva; Neela, dentro de su seriedad, era una mujer bastante locuaz y siempre buscaba saber lo que pensaban todos. No fue hasta que notó el estoque en su cinto que se le ocurrió desafiarlo a un duelo frente al patio en pleno. Ella estuvo en la ofensiva casi todo el tiempo, forzándolo continuamente contra el muro y bloqueando fácilmente la mayoría de sus estocadas. Terminó ganando pero algo pareció brotar dentro de ella tras darle un soberbio apretón de manos. Nunca antes había enfrentado a un esgrimista y se vio descolocada ante la tendencia del chico de moverse lateralmente, retrocediendo estratégicamente en busca de un flanco débil para darle el toque. Cuando se enteró que vivía en la mansión Bakorima, lo visitó allí al día siguiente; otra vez lucharon y otra vez venció ella. "¿Por qué hace esto, comandante? Hay muchos rivales más dignos que yo en esta ciudad", le cuestionó luego de caer de espaldas sobre el jardín nevado. "Porque me obligas a pensar distinto", retrucó ella, tendiéndole una mano amiga. "Si no hago nada, me muero. Sonará dramático pero es la verdad".
Desde ese entonces Neela no dejaba pasar un día sin enfrentarse a él de forma amistosa (siempre que estuviera en la ciudad, claro). Cuando el cazador consiguió desarmarla por primera vez, ella le aplaudió e incluso le dedicó una reverencia, invitándolo a almorzar a sus anchas en la taberna de Garth. Su amistad, marcada por el respeto y la solemnidad, creció combate a combate hasta convertirse en algo a lo que podían recurrir en caso de sentirse embargados o solos. Eso fue lo que la llevó, tras escuchar la narración del juramento en el hospital, a autorizar a Gala, Lyrina y las demás para partir de inmediato rumbo al sur.
-A cambio sólo pido una cosa -señaló la genio al grupo-: cuando vuelvan a Cerbera me contarán cada detalle de lo que vivieron. ¿Está claro?
-Como el cristal, jefa -Tarkari contestó con su característico optimismo-. Usted es nuestra superiora pero también la consideramos una amiga, especialmente porque el señor Braemar piensa lo mismo.
Volviendo un poco más atrás en sus recuerdos, notó cada detalle de esa noche cuando las luces del castillo estaban a punto de apagarse y sólo las patrullas nocturnas podían estar fuera de los muros. Lo primero fue el tenue golpe en su puerta seguido de una voz que reconoció de inmediato como la de Adnia, la otra gemela.
-¿Se puede? -preguntó tímidamente.
-Adelante -contestó la comandante, esperando encontrarse sólo con ella; grande fue su sorpresa al ver al grupo entero vestido de civil.
-Buenas noches, señora -Gala hizo una reverencia y las demás la imitaron-. Dispénsenos por molestarle a esta hora, pero necesitamos mostrarle algo que acaba de llegar.
En sus manos de piel gris terso tenía el sobre con distintivo preferente. Se lo entregó y contempló, así como el resto de las ofidias, el popurrí de expresiones en el rostro de la militar. Primero vino la alegría por saber de su gran amigo, reemplazada posteriormente por la incertidumbre con levísimos toques de enfado. Después vino el alivio y, para cerrar el puzzle, los ojos dorados recorrieron ocho pares negros frente a ella.
-Confío plenamente en Braemar, como ya sabrán, pero lo súbito de todo esto me genera algo de dudas -señaló en tono burocrático.
-Lo sabemos y asumimos, señora Neela -Matzo avanzó un par de pies-. Usted se debe a Cerbera y Bracada, al igual que nosotras. El juramento que hicimos al tomar los hábitos militares es eterno... al igual que el contraído con él antes de separarnos.
-Gracias al señor Braemar es que mi hermana y yo estamos vivas -dijo Tarkari-. ¡Qué diablos, todas habríamos muerto de hambre ahí abajo si no nos hubiera encontrado!
-¡Hija! -Oneida la reprimió con una mirada-. Compórtate, por favor.
-No hay problema, Oneida -atajó la mujer de piel azul-. Ahora no estamos de turno y podemos tomar las cosas con algo más de calma.
-Gracias, señora -Tarkari hizo una reverencia.
-Entendemos bien que debe balancear sus prioridades -Byrene metió baza- y, siendo nuestra superior directa, está en todo el derecho de rechazar lo que el señor Braemar le pide. Pero él, señora Neela, es un súbdito de Bracada, tal como usted.
-Usted lo conoce -Katarina tomó turno-: si no fuese estrictamente necesario, nunca le habría escrito esta carta. Él y la señorita Kodziomi...
-¿Quién? -Neela levantó las cejas ante la sola mención de ese nuevo nombre.
-Nuestra hermana, señora -Lyrina puso su propia firma-. Es una naga y su asistente de plena confianza. Ergo, también la servimos a ella -acotó la reptiliana con solemnidad.
-Perdón que me ponga emocional -Adnia levantó su usualmente sutil voz y miró a Neela-, pero he de ser honesta con usted, señora, y también con mis hermanas. Aprecio infinitamente el cariño y apoyo que nos han dado en Cerbera; estos no tienen por qué ser incompatibles con nuestra lealtad hacia el señor Braemar y la señorita Kodziomi. Yo, en lo personal, los extraño mucho. Saber que nos necesitan es... -hipó.
-Tranquila, hermana -Tarkari rodeó sus hombros y la consoló al verla derramar incipientes lágrimas por sus mejillas.
-Me permitiré completar lo que quiso decir mi hija -dijo Oneida-. Saber que nos necesitan será otra forma de pagarles su infinita bondad porque... nosotras también los necesitamos -se sinceró-. Le prometo que trabajaremos el triple de fuerte al reintegrarnos a nuestras labores.
Lo que dijera la madre caló hondo en la genio. Reflejaba, en gran medida, el significado de su propia amistad con el chico de cabellera negra y mirada franca. Releyó la carta una vez más, cerró los ojos y se permitió pensar en lo que la misteriosa misión significaba para esas reclutas tan lejanas del canon local pero a las que había aprendido a apreciar, en apenas un par de semanas, como elementos valiosos. No deseaba perderlas a causa de un imponderable, pero era hora de arrojar la timidez al basurero. Braemar, como aprendiera (y admirara) de sus incontables duelos a orillas del lago e incluso en plena calle, jamás hacía nada al azar. Acepciones crípticas aparte, ¿por qué esto debería ser diferente?
-Vayan -sentenció, mirando a las ofidias con decisión-. Vayan y, por lo que más quieran, no le fallen a él ni a Kodziomi. Es una orden.
Como recompensa recibió un cálido abrazo de cada una de ellas, aderezado con las dulces mieles de la gratitud sincera. El plan entró en marcha allí mismo: la genio les dio quince minutos para empacar sus pertenencias (incluyendo el carro de municiones con el que originalmente llegaran) y luego se encontraría con ellas en el embarcadero de la calle Gardamina. Siendo una figura de peso en la ciudad, ninguna patrulla se opondría a cortarles el paso y ningún marino se negaría a darles pasaje en la primera nave con destino a Maratzante. El puerto sureño era uno de los principales polos de abastecimiento para el distrito de Erkandi, por lo que siempre se podía contar con salidas y llegadas las 24 horas del día. Se quedó parada al borde del muelle hasta que el barco, llamado Albarán, desapareció en el horizonte, manteniéndose a distancia prudente de los afilados riscos.
-Mañana se despertarán con los aromas de la capital -Neela regresó a la realidad y se incorporó una vez más; apenas suprimió un bostezo-. Realmente las envidio -admitió-. Si hay algo que echo de menos es viajar.
Ajustó el peto de su pijama antes de volver a sentarse en posición del loto y procurar, otro juego de manos mediante, un voluminoso tomo sobre combate en entornos interiores. Estar en contacto una vez más con el chico, aunque fuese por carta, la había estimulado a pensar fuera de la caja una vez más.
-Se me acaban de ocurrir unos ejercicios fantásticos para la sesión de mañana -dijo con una risita-. Y en cuanto a ti, Braemar, anhelo el día en que tengamos un nuevo duelo.
Nota del Autor: Parecerá raro ver un capítulo corto después de tantos tan largos, pero era absolutamente necesario atar algunos cabos sueltos antes de continuar con la trama principal. Esta entrega posee una dualidad curiosa porque puede verse como el final del quinto arco… o el inicio del sexto. Son tres momentos en tres días, aunque lo correcto sería decir noches venidas luego de arduas jornadas donde las motivaciones y las ilusiones son el combustible que alimenta la hoguera. Partimos con La Gruta, donde por fin tenemos nombres concretos de tres de sus miembros y la traición se confirma. La mujer escarlata, quien casi no la contó tras el combate contra el brutal tirano que es el viejo barbón, demostró una valentía sin igual para volverse contra lo que fuera su credo por años y proceder en consecuencia. ¿La razón? La compañía y el amor latente de una madre que encontró en Rissa la hija que siempre deseó. Incluso Laetitia Falkner, a quien conociéramos como una villana hasta ahora, tiene límites que no llegaría a cruzar jamás. Gardius es el opuesto radical, intoxicado por el poder y la destrucción como una forma de ocultar sus innumerables carencias emocionales, las mismas que le llevaron a mantener ocultos sus sentimientos por Martha Bennett, la fémina esmeralda emparentada con Winona Markraigh.
Aine pareciera romper la barrera entre sus anhelos y la realidad de cuando en cuando, pero aún así encuentra tiempo para concentrarse en la exquisita misión de organizar el Baile Anual en Calarnen. Ella también rompe, mediante su interacción con el Club de los Notables, el estereotipo calcáreo y distante asociado a los nobles. El dinero, la reputación y la influencia no son obstáculos para apreciar las cosas más sencillas de la vida y compartir, como le dijera a Braemar en Ikata, lo que depara el destino. Las hebras del amor, sin embargo, aún ejercen un efecto profundo en la genio, llevándola a deambular por los hermosos parajes de Bakorima y pensar, en un optimismo tan eterno como la misma esencia de su especie, que aún tiene una oportunidad clara de conquistarlo. Bueno, lo que no sabe no puede hacerle daño…
Por último tenemos a la enérgica Neela, cuya personalidad y relación amistosa con el cazador me gustó bastante desarrollar, extendiendo el arquetipo de la soldado con toques de actividad eterna y el balance emocional necesario para soportar los intensos fragores de la vida militar. Existen, como ya sabrán, muchos tonos de gris entre el blanco y el negro. También obtuve inspiración de personas especiales dentro de nuestras vidas que siempre nos animan a ir más allá y, por angas o por mangas, encuentran un modo de ayudarnos a acabar con las malas rachas, sin importar dónde golpeen. Estas amistades se basan en gustos comunes o derechamente surgen al alero del estudio y el trabajo, otorgando a cada una de las partes un contrapeso con claros tonos de conciencia creativa y moral.
Referencias
(72) Disponible sólo en el modo exploración, Disfraz permite "camuflar" las unidades bajo el mando del héroe que lo utiliza, falseando las cantidades e incluso los tipos a ojos de facciones rivales dentro de su rango de acción. Se usa también como una contra al hechizo de Visiones, que revela estos datos de forma exacta.
(73) La joya de la escuela de tierra, Implosión es el hechizo que más daño causa en todo el juego. Sólo afecta a un objetivo, pero es uno de los pocos que puede hacer sufrir a las criaturas más poderosas de Antagarich. Las únicas criaturas capaces de evadirlo son los dragones negros y los elementales mágicos, a menos que esté en juego el Orbe de la Vulnerabilidad (niega todas las resistencias innatas en juego).
Aunque no lo crean, este capítulo exprimió casi hasta el final mis habilidades descriptivas y asociativas, pero fue un buen ejercicio de cara a lo que vendrá al otro lado de la frontera, en Southport. Erathia nos espera la próxima semana, pero en el intertanto siempre pueden dejar sus comentarios. ¡Muchas gracias por leer!
