Algún día actualizaré cuando me toca actualizar y no con una semana de retraso ^^


CAPÍTULO 21

Lo primero que Arturo hizo cuando estuvo seguro de que todo había acabado fue recoger la espada tirada al lado de Barragh. Después desató rápidamente la funda del cinturón del hombre y la anudó al suyo antes de envainar la espada. Aunque probablemente no la fuera a necesitar, se sentía mejor teniendo un arma a su costado, y si iba a escapar con Merlín quería tener un modo de defenderse a sí mismo y a su criado de ser necesario. Uno nunca podía ser demasiado cuidadoso en una situación como la suya.

Lo segundo que hizo fue darse la vuelta y atravesar corriendo la habitación a donde estaba el hechicero inconsciente, completamente inmóvil. Cayó a su lado de rodillas, poniendo inmediatamente dos dedos contra su pálido cuello, buscando un pulso antes que ninguna otra cosa. Tenía que estar seguro, necesitaba sentir el suave golpeteo de un corazón que a menudo era demasiado bueno y demasiado valiente para su propio bien, uno tan a menudo infravalorado a pesar de su increíble tamaño. Tenía que saber con certeza que Merlín estaría bien, que lo que sea que hubiera hecho para ayudarle en la batalla (y había ayudado, porque no había otra explicación a cómo la daga había vuelto a él cuando más la necesitaba) no le había empujado más allá del punto de recuperación.

No estaba seguro de qué haría si resultaba ser demasiado tarde. Algo así era imposible de imaginar.

Llevó un rato, pero por fin encontró lo que había estado buscando desesperadamente: un suave pero constante latido contra sus dedos. Dejó escapar un profundo suspiro y bajó la vista hacia el hechicero, tomando nota de las heridas que antes solo había visto desde lejos. El golpe de su cabeza había afortunadamente dejado de sangrar, pero era probable que fuera a tener una contusión cuando despertara. El resto de las heridas eran pequeñas, probablemente inflingidas con un cuchillo y por ningún otro motivo que causar dolor sin poner en peligro su vida. La mayoría eran superficiales, pero algunas necesitarían ser tratadas.

Aparte de la herida de la cabeza, lo que más le preocupaba era lo entrecortadamente que respiraba el chico. Su pecho apenas se levantaba; de no estar buscando el movimiento, probablemente se asumiría que no estaba respirando para nada. Lo que le habían hecho claramente había causado mucha presión a su cuerpo. Era poco probable que fuera a despertar pronto, pero quizás eso fuera mejor. Con nada para mitigar el dolor, probablemente se despertaría a una incomodidad extrema. Era mejor que durmiera por ahora sin importar lo mucho que el príncipe quisiera hablar con él. Aún tenía muchas preguntas que hacer, después de todo, y había incluso más cosas que quería decir.

"Gracias" estaba bastante alto en la lista, y "lo siento" no muy por detrás.

Había muchas cosas que tenía que compensar. Solo esperaba que Merlín estuviera dispuesto a perdonarle por ser semejante idiota con todo el tema.

La cabeza de Arturo se levantó de golpe cuando sus oídos captaron el sonido de pasos apresurados. Se giró hacia la puerta y puso la mano en la empuñadura de su espada, esperando para ver quién aparecía frente a él. Esperaba que no fuera nadie a quien le preocupara la muerte del traficante de armas, porque no quería que le molestaran con otra pelea cuando tenía cosas mucho más importantes que hacer, pero no tendría que haberse preocupado. El hombre que atravesó la puerta era uno familiar.

Rordan.

El guardia había dicho que se encontraría con él allí, después de todo, aunque llegaba un poco tarde para ser de ayuda para lidiar con Barragh. Pero estaba bien. Arturo quería ser el que le hiciera pagar lo que había hecho. Había parecido adecuado que fuera su propia mano la que le pusiera fin.

— Arturo —escuchó como le llamaba el guardia, en una voz aliviada al ver al príncipe sin daños. Dio unos pasos más antes de pararse, los ojos dirigiéndose a otro punto de la habitación. Era fácil ver qué había captado su atención. Incluso en muerte, era difícil no notar a Barragh.

El príncipe permaneció callado y observó como el guardia se acercaba al cuerpo despacio, con los ojos un poco abiertos. Si no supiera perfectamente que pocos apoyaban a Barragh, que incluso era directamente odiado por la mayoría de sus propios hombres, Arturo podría haber llamado a la expresión horror, pero sabía que solo era un tipo de shock, la mirada de un hombre que no puede creer lo que ve. El príncipe no necesitaba poder leer mentes para saber lo que probablemente estaba pasando por la cabeza de Rordan. Su carcelero durante quién sabe cuántos años estaba ahora en el suelo, inmóvil, sin vida, incapaz de herir y atormentar a nadie más. Obviamente era una idea difícil de asumir, darse cuenta de que había acabado, de que la amenaza había pasado… de que era libre.

Todos eran libres.

— Le habéis matado… —era al mismo tiempo una afirmación y una pregunta, dicha casi con reverencia a pesar de la confusión que transmitía. La realidad probablemente tardaría un tiempo en asentarse, pero en ese momento, Arturo no podía esperar tanto. Aún había cosas de las que tenían que ocuparse, concretamente Merlín.

— Rordan —dijo, atrayendo la atención del hombre. El guardia sacudió la cabeza para aclararse antes de acercarse. El príncipe observó como la confusión que aún permanecía se iba transformando en preocupación mientras Rordan se arrodillaba al lado del hechicero, tomando nota de sus heridas y el estado general en el que estaba. Algo le decía que ese hombre sabía mucho más de ese campo que él, si su mirada centrada era indicación. Hizo una nota mental de preguntar más tarde, cuando todo se hubiera asentado y hubiera tiempo para sentarse y hablar.

Al final Rordan suspiró y se sentó, con una pequeña sonrisa en la cara.

— Necesitará tratamiento —empezó— pero por ahora debería estar bien.

El guardia se puso de pie y miró alrededor de la habitación una vez más antes de volverse hacia el príncipe.

— Vamos, tenemos que sacarle de aquí. Si me seguís, puedo dirigiros a la puerta principal. No debería haber muchos guardias patrullando los pasillos ahora mismo, así que deberíamos estar bien.

Arturo asintió y dirigió otra vez la atención a su criado, intentando averiguar el mejor modo de llevarle. No sabía durante cuánto tiempo iban a tener que caminar, y aunque Merlín no era para nada pesado —y ahora incluso menos— estaba seguro de que sus brazos no serían capaces de soportar el peso del chico todo el camino. Normalmente le llevaría sobre el hombro, pero eso no sería muy sabio considerando su dificultad para respirar y la herida de la cabeza (no era médico, pero recordaba haber escuchado que las heridas serias, a ser posible, debían ser posicionadas por encima del corazón para limitar la pérdida de sangre. La herida no estaba sangrando ahora mismo, pero eso podía cambiar fácilmente si no tenía cuidado).

Eso dejaba una opción.

— Rordan —llamó Arturo, atrayendo la atención del guardia—. ¿Puedes ayudarme con él? —por poco que le gustara pedir ayuda, sabía que no sería capaz de posicionar a Merlín él solo, no sin la posibilidad de herirle, y eso era lo último que quería hacer después de todo lo que ya había pasado. Era mejor aguantarse y pedir la ayuda del guardia.

Rordan asintió y se acuclilló otra vez mientras Arturo se giraba dando la espalda al guardia. Miró por encima del hombro e hizo un gesto con los brazos, y eso pareció suficiente para que el hombre entendiera lo que quería hacer. Con mucho cuidado levantó al hechicero hasta sentarlo, para después moverlo con el mismo cuidado para que sus brazos pasaran por encima de los hombros del príncipe y su cuerpo reposara contra la espalda de Arturo. Colocando el peso, Arturo aseguró las piernas de su criado con los brazos, y una vez que estuvo seguro de que podía ponerse de pie sin dejarle caer, se incorporó. Tuvo que inclinarse un poco para asegurarse de que Merlín no se caería, pero no era mucha molestia. Sería mucho más fácil y probablemente mucho menos doloroso para los dos.

— Bien —dijo, mirando a Rordan—. Tú delante.

Los dos juntos fueron hacia la puerta, sin molestarse en mirar atrás mientras salían al pasillo. No tenía sentido. Todo lo que importaba era ir hacia delante.

Tan rápido y en silencio como pudieron, Arturo siguió a Rordan por los largos pasillos y tras cada esquina, siempre asegurándose de esperar hasta que le diera la señal de moverse. Aunque realmente no tenían que evitar a la mayoría de los guardias, era mejor que permanecieran fuera de vista. Que les vieran resultaría en demasiadas preguntas y tiempo perdido, así que Arturo siguió con mucho cuidado, sin moverse nunca demasiado rápido o demasiado despacio, sin querer adelantarse ni retrasarse. Después de un rato quedó dolorosamente claro que por su cuenta nunca podría haber salido del castillo. Había demasiados corredores y caminos distintos para tomar. Rordan parecía tenerlos todos memorizados, no dudó nunca al cambiar de dirección. Arturo no podía evitar preguntarse cuánto tiempo le había llevado conocer el castillo tan bien. Al parecer Owyn no había exagerado cuando le había dicho que el diseño se parecía a un laberinto. Uno podía perderse fácilmente en los muchos pasillos y recovecos.

Parecía que había pasado una hora cuando por fin llegaron a una habitación bastante grande, una que parecía un vestíbulo de entrada. Había todo tipo de puertas y escaleras que llevaban a distintas habitaciones y niveles, pero era la muy grande y muy abierta puerta de entrada la que llamó su atención. Estaba seguro de que no debería estar abierta, juzgando por lo entrada que estaba la noche, y también estaba bastante seguro de que alguien debería haber estado vigilándola. Arturo se preguntó si el hombre que le guiaba tenía algo que ver con eso.

Rordan le indicó que siguiera otra vez, esta vez moviéndose más rápido hacia la puerta. Arturo no desperdició tiempo al seguirle, no quería nada más que salir, ser por fin libre de las paredes de piedra que le empezaban a resultar demasiado familiares. Casi estaba corriendo cuando llegó a los pies de la puerta, y cuando por fin dio el último paso fuera de las paredes, se detuvo y respiró profundamente.

Estaba seguro de que el aire fresco nunca había sido tan agradable.

El mundo exterior estaba oscuro, iluminado solo por la luna que bajaba desde el cielo nocturno, pero incluso con una iluminación tan pálida, podía ver los valles y el espeso bosque no muy lejos de ellos. A través de las suelas de sus botas podía sentir el suelo desnivelado, firme y suave al mismo tiempo, la hierba a su alrededor que se movía con la leve brisa, fría y vigorizante mientras pasaba a su lado, enviando un escalofrío por su espalda que no era debido a la temperatura.

Nunca había entendido a la gente cuando igualaban el aire fresco y estar fuera a estar vivo, pero en ese momento eso era exactamente lo que sentía. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había visto otra cosa que piedra, metal y luz de antorchas.

Era vigorizante. Se sentía vivo.

— Vamos —apremió Rordan, indicándole que le siguiera—. Por aquí.

Arturo siguió al guardia fuera y rodeando el castillo. Lo que encontró esperándoles resultó ser una sorpresa muy agradable. Al parecer Rordan no había perdido el tiempo, porque mientras Arturo iba a buscar a Merlín, el guardia había preparado un caballo para ellos, totalmente ensillado y con provisiones.

— Intenté conseguir dos, pero me temo que solo pude asegurar uno antes de que el encargado del establo volviera.

— Está bien —estaba más que bien. Era más de lo que se esperaba. Además, el segundo caballo no era necesario. Prefería que Merlín montara con él. Así podría asegurarse de que estuviera bien, de que no se caía, de que seguía respirando y no decidía rendirse después de que Arturo hubiera pasado tantos problemas para recuperarle. No, no tenía intención de separarse de su criado en un momento cercano. Iba a mantener los ojos en él durante tanto tiempo como pudiera hasta que supiera sin duda alguna que el hechicero estaría bien.

Mientras Arturo se movía hacia el caballo, Rordan avanzó para ayudarle, cogiendo a Merlín con cuidado mientras el príncipe se subía al caballo. Estaba bastante impresionado por lo apacible que parecía, permaneciendo calmado incluso con un jinete desconocido en la silla. Le acarició el cuello en agradecimiento por tolerarle antes de estirarse para subir a Merlín delante de él. Les llevó un rato, pero por fin él y Rordan fueron capaces de enderezar al hechicero sin causarle ningún dolor innecesario (aunque era difícil de juzgar, ya que su expresión inconsciente no parecía cambiar por mucho que le movieran).

Agarrando las riendas con una mano, el príncipe envolvió su brazo libre alrededor de la cintura de su criado para asegurarse de que no se caería, soportando todo el peso de Merlín contra su cuerpo. Era un poco incómodo, pero no le importaba. Lidiaría con ello el tiempo que hiciera falta. Era un pequeño precio a pagar por la comodidad de su amigo.

— Deberíais dirigiros al bosque —le dijo Rordan, atrayendo la atención del príncipe—. Hay una cueva no muy lejos. Estaréis a salvo allí un tiempo.

Entonces se dio cuenta de algo, algo que debería haber notado en el momento en que se dio cuenta de que solo había un caballo esperando por ellos.

— ¿Tú no vienes? —preguntó, aunque estaba bastante seguro de saber ya la respuesta.

— No. No aún, al menos. Hay algunas cosas de las que debo encargarme. Con Barragh muerto, por fin somos libres, pero hay algunos que le eran leales, y dudo que se vayan a tomar bien su muerte. Necesito quedarme aquí un tiempo y asegurarme de que no pasa nada.

Su mirada debía haber traicionado su descontento, porque Rordan estaba sonriéndole de repente, aunque fue su voz más que su expresión la que consiguió tranquilizar al príncipe.

— Me encontraré con vosotros allí, lo prometo. Hasta que Merlín esté bien y los dos estéis de vuelta a salvo en Camelot, no os dejaré. Lo juro.

Siendo un príncipe y el líder de los caballeros de Camelot, Arturo reconocía un juramento cuando oía uno. No pudo evitar devolver la sonrisa.

— Recordaré esa promesa.

La sonrisa de Rordan se agrandó ante esas palabras pero al mismo tiempo adoptó un brillo casi cómplice, divertido. Sus ojos oscilaban entre el príncipe y el hechicero, y Arturo se encontró incómodo bajo los ojos oscuros del hombre. No le gustaba particularmente esa expresión. Culpaba a Merlín por ello. Merlín era el maestro de la mirada de "sé algo que no quieres que sepa", lo que normalmente resultaba en una buena cantidad de provocación (a costa de Arturo) y burlas (a costa de ambos), y solía terminar con Merlín escapando de la habitación antes de que le pudiera arrojar nada a la cabeza (definitivamente a expensas de Merlín, aunque él quería creer que ambos se lo pasaban bien con todo el asunto).

— ¿Qué? —preguntó escépticamente, queriendo saber por qué Rordan le miraba así. El guardia solo sacudió la cabeza, pero la diversión seguía allí.

— No es nada, de verdad. Solo estoy un poco sorprendido. No me lo creía al principio, pero supongo que los dos sí que sois amigos, ¿no?

Oh. Así que lo había descubierto. Bueno, eso desde luego explicaba la sonrisa.

— ¿Cómo lo descubriste?

— Tenía mis sospechas después de que accedierais tan fácilmente a ayudarle, pero fue Owyn el que me lo confirmó. Admitiré que seguía teniendo mis dudas después de eso, pero creo que habéis probado que no eran fundadas. Ahora sé que puedo confiároslo, incluso una vez que lleguéis a Camelot.

Arturo no estaba seguro de qué decir. Apenas sabía por dónde empezar. Nunca había sido bueno con las cosas emocionales, y sabía que cualquier cosa que dijera saldría mucho más sentimental de lo que él quería, pero al mismo tiempo tenía que decir algo. Rordan se preocupaba por Merlín, le veía como un amigo preciado, y por eso, la confianza que estaba depositando en él era un regalo honesto.

— Gracias —no sabía que más decir. Nada sería adecuado. Gracias por confiar en mí. Gracias por cuidar de él. No sé cómo podría pagaros nunca lo que habéis hecho por nosotros.

Rordan sólo asintió, sin que su sonrisa vacilara.

— Cuidaos —le dijo al príncipe—. Os veré pronto.

Con un asentimiento final y una despedida apresurada, Arturo agarró las riendas con fuerza e hizo avanzar al caballo. Poco después estaban recorriendo los valles y alejándose del castillo. Tenían que alcanzar el bosque, donde estarían a salvo hasta que Rordan volviera, y volvería. Aunque Arturo acababa de conocer al hombre, sabía que podía confiar en él. Merlín lo hacía, después de todo, y eso valía para él.

Resultó ser una cabalgata larga a través de las llanuras. No solo tenía que mantener la velocidad baja por el bien de Merlín (no estaba seguro de poder sujetarle si intentaba algo más que un trote rápido), sino que la oscuridad hacía difícil dirigirse. Sin embargo, aunque había llevado mucho más tiempo del que querría, finalmente llegaron al borde del bosque. Rápidamente escogió un camino que el caballo pudiera seguir y avanzó. Mantuvo los ojos abiertos en busca de cualquier cosa que se pareciera a una cueva, pero una vez más la oscuridad lo hacía difícil. Era por eso que cabalgar después de que anocheciera no era una buena idea (aunque para ser justos, no había tenido muchas opciones). Era fácil perderse cuando no se podía ver a dónde ibas; no es que él supiera a dónde estaba yendo para empezar, pero ese no era el asunto.

Al final encontró la cueva que Rordan había mencionado, asentada en lo profundo de un valle natural en el bosque, rodeada de altos árboles y pequeños arbustos. Era más de lo que podía haber esperado como lugar de descanso temporal.

Sin embargo, según resultó, no estaban del todo solos en el pequeño valle, y aunque se había esperado encontrar la cueva al entrar en el bosque, no se había esperado esto. En algún lugar de su mente, estaba seguro de que debería haberlo hecho. Sin embargo, ese hecho no era suficiente para evitar que mirara con los ojos abiertos al joven de pie justo en la boca de la cueva, devolviendo la mirada de shock de Arturo con una sonrisa que era demasiado jovial para un hombre que probablemente hubiera permanecido horas de pie, solo esperando a que alguien apareciera.

Pero bueno, ¿cuándo algo así había parecido preocuparle a ese hombre? Si la despreocupación tuviera cara, sería esa.

Con esa irritante pero al mismo tiempo extremadamente acogedora sonrisa pegada en la cara, el joven alzó la mano para saludar con un gesto.

— Hola.

No dijo anda más, solo se quedó allí, con pinta de idiota (en la humilde opinión de Arturo, al menos). Si hubiera tenido el brazo libre, le hubiera gustado darle un golpe en la cabeza. En vez de eso él también saludó y emitió un suspiro.

— '¿Hola?' ¿En serio? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¡Ha pasado más de una semana!

— Parecía apropiado.

— ¿Qué diablos te pasó?

— Oh, ya sabes. Esto y aquello.

Owyn

El guardia sonrió aún más, intentando parecer inocente y fallando espectacularmente, y aunque parte de ello irritaba al príncipe, no pudo evitar la oleada de alivio que lo acompañó. Una pieza más de su vida había vuelto a su sitio. Era reconfortante saber que el otro hombre estaba bien, que había conseguido salir del castillo después de ser encerrado por Barragh. También era reconfortante saber que ya no estaba solo, que había alguien para ayudarle, porque por desesperado que estuviera por tratar al hombre herido que llevaba en brazos, sabía que no podría hacerlo todo solo. No era ningún médico, y no tenía el material ni el conocimiento necesario para cuidar de Merlín.

Estaba bastante seguro de que Owyn sí. Considerando lo que sabía sobre Owyn y Rordan, estaba convencido de que el guardia no había viajado al bosque sin saber qué esperarse (y era algo reconfortante de alguna manera, porque había ido al bosque a esperarles, como si ya supiera que todo saldría bien, que los dos aparecerían de verdad. Era un voto de confianza que Arturo no estaba del todo seguro de merecer pero que agradecía de todos modos).

— Aquí —empezó Owyn, sacando a Arturo de sus pensamientos cuando se les acercó—, déjame ayudarte. No queremos que ninguno de los dos os caigáis, después de todo.

Aunque lo dijo con una sonrisa burlona, la intención era sincera, y Arturo maniobró con mucho cuidado a Merlín hasta que Owyn pudo bajarlo del caballo. Una vez que el sirviente estuvo a salvo abajo, Arturo desmontó y ató las riendas a un árbol cercano —no quería que el caballo se fuera por ahí sin él— antes de seguir al otro hombre al interior de la cueva. Estaba bastante oscuro dentro, la única luz era el fuego moribundo que Owyn probablemente había encendido hacía algún tiempo, pero con unos leños añadidos y algo de cuidado, las llamas pronto volvieron a la vida, proyectando sus sombras por las paredes.

Mientras las sombras desaparecían y el mundo a su alrededor se bañaba en una luz naranja, Arturo descubrió sus ojos sendo atraídos hacia una cara que ya no sonreía. En todos sus encuentros con Owyn, era una expresión que solo había visto un par de veces pero una que probablemente fuera una segunda naturaleza para el hombre. Contenía furia, así como arrepentimiento cuando observó lo que habían hecho al joven hechicero frente a él, pero era la indignación lo que parecía más familiar, más natural. Estaba bastante seguro de que la mayoría de los que estaban en el castillo conocían bien la sensación.

Sentándose cerca del fuego, el príncipe continuó su silenciosa observación, esperando por el veredicto de Owyn, pero se encontró con que con un nuevo ángulo llegaba una nueva perspectiva. Su pecho se contrajo un poco por lo que vio. No lo había visto bajo la cubierta de la oscuridad, cuando la única luz había sido la de la luna entre los árboles, pero con la luz del fuego podía verlo claro como el día.

Parecía que Owyn no había tenido tanta suerte como había pensado. El lado derecho de su cara estaba magullado. Las marcas iban desapareciendo, pero era bastante evidente que alguien le había dado un puñetazo. Su mano izquierda también estaba vendada, y parecía algo rígida al compararla con la derecha. Podía haber sido causado por muchas cosas, pero cómo había sido no importaba particularmente. Lo que importaba era que había sucedido y que probablemente no lo hubiera hecho si Barragh no hubiera descubriendo que el guardia le estaba ayudando.

Lo que Owyn hubiera sufrido mientras estaba encerrado había sido básicamente culpa de Arturo, y no podía evitar sentirse culpable por ello.

A lo mejor aún no podía arreglar las cosas con Merlín, pero por ahora podía intentar arreglar esto.

— …Me dijo Rordan —comenzó suavemente— que Barragh te encerró.

Se esperaba un estremecimiento o algún gesto, pero Owyn siguió examinando a su paciente y ni siquiera se molestó en alzar la vista hacia el príncipe cuando contestó.

— Lo fui. Al principio pensé que iba a librarse de mí, pero resultó que, sin mí, hubiera perdido el acceso a mis terrenos, así que decidió encerrarme. Algo irónico, de hecho, que lo que le daba influencia sobre mí acabara saliendo en mi beneficio.

Sinceramente no sabía si el hombre estaba fingiendo no estar molesto o si realmente no lo estaba. Como fuera, no cambiaba el hecho de que aún le debía una disculpa.

— …Lo siento.

Esta vez Owyn sí le miró. Arturo no estaba seguro de qué esperaba ver en su cara, pero la absoluta sorpresa le descolocó.

— ¿Qué? ¿Por qué?

— Yo… Fue mi culpa. Barragh te encerró por mí.

— No, no lo hizo.

— Sí, sí lo hizo. Rordan me lo dijo.

— No, me encerró porque él es un sádico idiota y yo al parecer hablaba mucho. No tenía nada que ver contigo.

Debería haber estado contento de que Owyn no le culpara por o que había sucedido, pero por algún motivo solo le hacía estar frustrado. ¿No sabía lo difícil que era para él disculparse? No era algo que hiciera muy a menudo, después de todo. ¿Qué pasaba con él? ¿Por qué no podía solo aceptarlo como se suponía que tenía que hacer?

— Eso no cambia el hecho de que no hubiera sucedido de no ser por mí.

— …¿Quieres que te eche la culpa?

No, yo solo… es decir, ¡mírate! ¡Mira lo que ha pasado! ¡Claramente alguien te ha dado un puñetazo!

¡Hey!

— ¿Cómo puedes no estar al menos un poco enfadado por ello?

La mirada que Owyn le dirigió después de eso era una mezcla de disgustado e incrédulo, o quizás insultado o resignado. Ciertamente no era una expresión que había visto antes. Le ponía un poco nervioso, en realidad. De repente se sintió como un niño a punto de ser regañado por robar dulces de las cocinas.

— Para tu información —comenzó despacio el guardia, hablando como si le estuviera explicando algo a un niño revoltoso… o un idiota— no me dieron un puñetazo en la cara; yo le di un puñetazo en la cara a alguien. Hay una gran diferencia.

— ¿Qué…?

— Casi me rompí la mano, pero él se lo merecía.

— ¿Y esos golpes?

— ¿Hmm? Oh, me di con la cabeza contra mi catre accidentalmente el otro día. Probablemente tenga suerte de no haberme sacado un ojo.

— ¿Cómo….? —al final solo suspiró—. No importa. No quiero saberlo.

De repente se sentía exhausto. Le echaba la culpa a Owyn por ello. Se había olvidado de lo frustrante que el hombre podía ser después de no hablar con él por más de una semana. Sabía que había más que quería decir, pero por más que lo intentara ya no podía recordarlo. ¿Por qué nada parecía ir como él esperaba incluso cuando debería haber sido tan fácil de predecir?

— …Hey, Arturo.

El príncipe le miró. Owyn estaba otra vez encargándose de las heridas de Merlín mientras rebuscaba en la bolsa a su lado. Había una pequeña y suave sonrisa en su rostro cuando miró al príncipe.

— Sé que te sientes responsable, pero no deberías. No hace falta que te disculpes. No es que no lo aprecie, pero no fue tu culpa. Todos nosotros tomamos nuestras propias decisiones. Sí, quizás podríamos haber hecho mejor trabajo, pero ese no es el asunto. Lo que importa es que las tomamos. Fue mi elección ayudaros a ti ya Merlín, así que todo lo que me pasó como resultado fue mi culpa, no de nadie más. Sabía en lo que me estaba metiendo, pero lo hice de todos modos, porque creía que era lo correcto. Así que, por qué no en vez de buscar culpas por cosas de las que no eres responsable, empiezas a concentrarte en encargarte de las cosas de las que sí lo eres.

Con un simple movimiento de cabeza, hizo un gesto hacia el hechicero inconsciente tumbado en el suelo frente a ello antes de darle al príncipe un odre de agua y una tela.

— Sé que no estás acostumbrado a esto, así que te ayudaré, pero creo que sería mejor que hicieras todo lo que puedas por ti mismo. Estoy seguro de que creerás que tienes mucho que compensar, y sé que nada de lo que te diga va a convencerte de lo contrario, así que este puede ser un comienzo. Después de todo… él es importante para ti, ¿no?

Le habían hecho esa pregunta antes, de un modo distinto y en distintas circunstancias, pero el significado detrás de ella seguía siendo el mismo, y esta vez no necesitó pensar en ello.

Mientras cogía lo que le ofrecían listo para avanzar otra vez, dio su respuesta sin dudar.

— Sí.

Una y mil veces, sí.