Cap. 21: Enferma de Severus Snape
Hermione estaba tan enfadada que, de haberse encontrado con Luna de frente, le habría lanzado una maldición. La imagen de Severus abrazándola volvía a ella una y otra vez, quemándole los ojos. No podía evitar pensar que apenas veinticuatro horas antes los había visto besándose en Las Tres Escobas.
Se dio cuenta, parándose en medio del pasillo, de que la pierna derecha volvía a arderle. La cicatriz de la Felix Felicis palpitaba a un ritmo acelerado pero constante, como si quisiera recordarle lo que le había dolido a Severus la bofetada que acababa de darle. «¡Maldito seas, Severus Snape!», pensó la chica, apretando los puños.
Severus abrió de golpe las puertas del castillo. Le ardía la mejilla en la que Hermione le había golpeado, y esperaba que el aire frío de la mañana enfriase, no sólo su cara, sino también su ánimo. Estaba molesto por la reacción violenta de la chica, pero le había dolido mucho más su mirada de decepción y reclamo, llena de rabia, de tristeza... ¿Por qué se había puesto así? Solo estaba abrazando a Luna. «Bueno, ten en cuenta, Severus, que eso en ti es raro de por sí. ¿Qué pensarías tú si la vieses abrazando a otro?», le susurró al oído su conciencia, buscando acertar en su talón de Aquiles.
«Sabría que se trata de un amigo y que no tendría de qué preocuparme», repuso orgullosamente.
«¿Estás seguro?», le preguntó aquélla. «Imagínatela abrazando a Weasley, que es su amigo».
Severus apretó los dientes inconscientemente. «No es lo mismo... Weasley babea por ella como un perro», pensó, intentando no visualizar la escena.
«Sin embargo, ella lo ve como un amigo, por lo que no debería preocuparte».
«Pero yo sé que él no la ve así».
«¿Y ella? ¿Ella sabe que Luna no es más que una amiga para ti?».
«Debería haberse dado cuenta de ello».
«¿Por qué? Tú nunca se lo has aclarado, y el último recuerdo que tendrá de vosotros dos juntos es el beso de Las Tres Escobas».
«Granger sabe que ella es la única que me importa... Y sería una ingenua Gryffindor si lo dudase».
«Vamos, no nos engañemos, Severus... Hermione es una chica realista, porque tú no eres demasiado expresivo en cuestión de sentimientos ni nada que se le parezca. Lo incomprensible sería que confiase en ti sin haberle aclarado lo que sientes por ella».
Severus subió la mirada y vio a lo lejos las pequeñas figuras de los Gryffindors que se entrenaban en el campo de quidditch. «¿Cómo voy a decirle que la quiero si... nunca se lo he dicho a nadie?». Su conciencia no contestó esta vez. Volvió la cabeza hacia el castillo. «Vamos, Severus», se animó a sí mismo, «tú eres el maduro de la relación. Tienes que hablar con ella y explicárselo todo. No puedes permitir que lo que hay entre vosotros se rompa por una confusión». Con los dientes castañeteándole a causa del frío, se dio la vuelta y volvió a entrar en el colegio.
Hermione había pasado toda la tarde en la sala común de Gryffindor. No le apetecía ir a la biblioteca y encontrarse a Snape por casualidad, y que la mirase con arrogancia e ironía, y se riera de ella por ser una estúpida.
Se había saltado la comida, para asombro de sus amigos, pues su apetito había salido volando junto con sus ganas de sonreír.
Suspiró involuntariamente, mientras observaba con aire cansino el pergamino de cuarenta centímetros sobre la influencia de la Aritmancia antigua en la última década.
Un alumno de primero entró de pronto en la sala común y se acercó a ella con timidez.
—Perdona, ¿Hermione Granger?
—Sí, soy yo— contestó la chica, incorporándose.
—Hay un chico ahí fuera que pregunta por ti.
— ¿Un chico?— preguntó Hermione, poniéndose en pie.
Su altura con respecto al alumno de primero pareció intimidarlo, e intentó esbozar una sonrisa amable.
— ¿Qué aspecto tiene?
—Es alto y delgado, con el pelo largo y negro, y una nariz...
—Sí, es quien me imaginaba— lo interrumpió Hermione—. ¿Podrías decirle que no quiero verlo?
Sabía que su respuesta estaba siendo infantil y cobarde, pero tenía claro que si se enfrentaba a Severus, saldría perdiendo.
—Me dijo que si contestabas eso, te dijera que estaba dispuesto a entrar en la sala común por la fuerza, ¡y es un Slytherin!
La boca de la castaña se abrió por la sorpresa. No sabía por qué, pero estaba segura de que Severus era capaz de eso y de más, así que decidió no tentar a la suerte y salir. Tal vez no quería encontrarse cara a cara con él, pero tampoco quería que lo expulsasen del colegio por acciones inapropiadas.
Tomó aire y salió por el hueco del retrato, después de agradecerle al niño su información. Vio a Snape apoyado en la pared— como acostumbraba— a unos metros de la sala común de Gryffindor.
Severus contuvo el aire en el pecho al ver por el rabillo del ojo cómo Hermione atravesaba el hueco del retrato de la Señora Gorda. Sabía perfectamente dónde estaba la sala común de cada casa, y le habría encantado hacer una entrada triunfal y ver qué cara se le quedaba a Granger, pero la prudencia tomó las riendas de la situación y prefirió hacerle llegar su mensaje a través de un alumno de un curso inferior.
Ahora que caminaba hacia él, sintió que todas las palabras que había pensado para ese momento se desvanecían de su cabeza. No la miró hasta que estuvo a su lado y no le quedó más remedio. Intentó parecer lo más sarcástico posible, enarcando su ceja izquierda.
— ¿Qué quieres?— preguntó Hermione, cortante.
Había sido más brusca de lo que pretendía, pero ya no podía hacer nada. Si se desdecía, acabaría quedando mal ella. A Severus le produjo un retortijón semejante tono, pero se dijo que debía controlarse. Había ido allí a aclarar las cosas, y no podía marcharse sin haberlo hecho.
—Creo que tenemos que hablar.
—Pues yo creo que no. Quedó todo muy claro antes, cuando...— no pudo terminar la frase.
Apartó los ojos de los de Severus y miró hacia otro lado. Lo había revivido una y otra vez en su cabeza, pero de ahí a pronunciarlo en voz alta, iba un trecho.
— ¿Cuando me viste con Luna?
Hermione asintió sin mirarlo todavía. Sintió que los ojos se le empañaban, y los cerró. Snape se lo había preguntado con un tono de total despreocupación, como si no tuviera la menor importancia para él, como si no recordase que le había dado una bofetada que había resonado en todo el castillo. Se sintió ridícula, como si todo el numerito de celos hubiera sido la cosa más absurda de toda su vida. Ahora que la mente se le iba despejando, vio la situación de un modo completamente distinto.
—De eso precisamente quería hablarte. Bueno, de eso...— se volvió de improviso y, cogiendo a Hermione de los brazos, la pego a la pared—. Y también de por qué llevo la cara marcada desde esta mañana.
La chica intentó zafarse, pero fue inútil. Severus la sujetaba firmemente a la altura de los codos y era casi incapaz de moverse. Le sorprendió ver que detrás de esa constitución flacucha y espigada se escondiera tanta fuerza física. «No me extraña que acabara sobreviviendo a la guerra a pesar de ser el mayor traidor a lord Voldemort». Un escalofrío la recorrió al pensar esto, y decidió borrar todas las otras posibilidades de su mente.
— ¿Tienes alguna justificación?
Hermione lo miró con la boca abierta.
— ¡Qué! Eso debería preguntarlo yo.
—Yo no necesito ninguna justificación para abrazar a Luna, pues ella es...— suspiró— mi amiga.
— ¿Amiga? Entonces, ¿por qué te besaste con ella ayer en Las Tres Escobas? ¿Eso también era un beso de amigos?
Severus esbozó una sonrisa torcida. La conversación tomaba el rumbo que él quería.
—No, eso no lo era— admitió, girando un poco la cabeza.
— ¡Ja! ¿Y me preguntas si tengo alguna justificación, tú, que acabas de aceptar que...?
— ¿Qué? Sólo he dicho que no era un beso de amigos, Granger. Deberías aprender a leer entre líneas. Que no fuera un beso de amigos, no significa que fuera uno de... amor.
Hermione lo miró fijamente a los ojos, buscando desentrañar algo en ellos. «¿Se está burlando de mí?».
— ¿Y eso qué quiere decir?
—Vamos, Granger, usa tu sabelotodismo para deducirlo.
La indignación de Hermione creció. «No sólo se está burlando de mí, sino que se está riendo a carcajadas en mi cara».
—Lo único que puedo deducir de todo esto es que te estás burlando a gusto de mí, Snape— respondió entre dientes, bajando especialmente la voz al pronunciar su nombre.
—Si quisiera burlarme de ti, Granger— susurró Severus, recuperándose de lo molesto al oído que le había resultado su apellido dicho por ella—, te diría que eres una insoportable Gryffindor sabihonda, y después...— se regodeó con la cara de disgusto de ella—. Después te cogería así...— movió sus manos a la cintura de la chica, sin dejar que se despejase un centímetro de la pared—. Y te besaría... así.
Acto seguido, sin darle margen a Hermione para que reaccionara, aprisionó sus labios con los suyos. A la chica se le escapó un gemido ahogado, y tardó dos segundos en cerrar los ojos, lo mismo que tardó en rendirse a la boca de Severus. Tuvo ganas de abofetearse a sí misma por débil, pero la insistencia en aumento del ex profesor borró toda huella de pensamiento racional de su mente.
Cuando consiguió separarse de él, y mientras recuperaba el aliento, lo miró con enfado.
— ¿Por qué has hecho eso? No quería que me besaras, sino que me dieras una explicación.
—Aunque discrepo ciertamente en eso de que no deseabas que te besara, he de decir a mi favor que no soy un hombre de palabras, sino de actos.
«¿Eso es un chiste, Severus?», pensó Hermione, enarcando una ceja.
—Sin embargo, ya que insistes tanto— continuó el chico con un hilo de voz, afianzando las manos en la cintura de ella y acercando la cara a la suya—, te lo explicaré todo, y así no tendrás que ponerte celosa.
— ¿Ce... celosa, yo?— se escandalizó Hermione, intentando, sin éxito, escaparse del amarre de Snape.
—Sí, ce-lo-sa— silabeó Severus con placer.
Y volvió a besarla.
— ¡No me...! ¡Ah, Snape, para!— exclamó ella, retorciéndose mientras intentaba frenar el ataque del chico.
—No voy a parar hasta que no dejes de retorcerte como una leona rabiosa— contestó él—, y mucho menos si te empeñas en usar conmigo ese denominativo tan frío.
—Tú me llamas Granger— se quejó ella, cruzándose de brazos para intentar mantenerlo lo más alejado posible y ser capaz de entablar una conversación normal con él.
—No, error— contravino Severus, haciendo caso omiso de sus brazos y acercando la cabeza a su oído—. Yo te llamo... Granger.
Lo pronunció de tal modo, que Hermione pensó que se iba a desmayar ahí mismo. ¿Cómo era capaz, con dos sílabas, de volverla completamente loca? Sintió que su cuerpo reaccionaba con calor, y que se había excitado hasta tal punto que estaba completamente mojada. «¡Por Merlín, Hermione, contrólate!», pensó horrorizada. La imagen de Severus desnudándola lenta pero inexorablemente se formó en su cabeza, y su excitación aumentó.
— ¿Y cómo debería llamarte entonces?— tartamudeó la chica, intentado borrar semejante escena de su cabeza.
— ¿Tú qué crees?
—Mmm, no sé... ¿Murciélago grasiento?
—No, niña tonta— rió Severus entre dientes—. Buen intento, pero necesitarás algo más para provocarme.
—Quizá te refieras entonces a... Severus— lo pronunció con toda la sensualidad que fue capaz.
Y, al parecer, surtió el efecto deseado. Snape notó que todo su cuerpo se encendía y que su entrepierna palpitaba, despierta de nuevo, preparada para actuar. El muchacho apretó las mandíbulas, intentando sacar de su mente la imagen de Hermione gimiendo bajo su cuerpo, mientras él la embestía una y otra vez. Con energías renovadas, volvió a acercarse a la chica para besarla, pero ella le puso un dedo en los labios.
—Estoy esperando las explicaciones que me habías prometido antes de irte por los cerros de Yorkshire.
Severus rió, y notó que su hinchazón disminuía. «Al parecer, ESO tendrá que esperar, Severus», se dijo a sí mismo.
—Está bien— suspiró—. Parece que no puedes vivir sin saberlo todo sobre todo y en todo momento.
—Parece que no— corroboró ella con una sonrisa de inocencia.
—Está bien, vayamos a nuestro rincón. Seguro que allí no nos molestan.
— ¿Nuestro rin...?— empezó a preguntar Hermione.
Sin embargo, la mano de Severus cerrada tirando de la suya le impidió terminar.
Harry, Ron y Ginny, que también habían tenido entrenamiento por la tarde, volvían al anochecer cansados y agarrotados al castillo. El inminente partido contra Slytherin, que tenían que ganar si querían superar a Hufflepuff en la copa de quidditch, pues éste había ganado los dos partidos que había jugado, los tenía al borde de un ataque de nervios.
— ¿Creéis que Hermione seguirá en la sala común?— preguntó Ron, mirando hacia la inmensa mole que era Hogwarts.
Harry y Ginny intercambiaron una mirada cómplice.
—Cuánto me alegro de que hayáis hecho las paces, Ron— comentó la pelirroja, risueña.
—Sí, bueno... Creo que ambos hemos tenido la culpa de lo que pasó ayer— mintió su hermano, encogiéndose de hombros—. Y encima esta noche me toca empezar con los castigos de McGonagall, porque, por mucho que diga que es por nuestra gran responsabilidad, se siguen llamando "castigos".
— ¿Qué le habrá pasado a McGonagall para hacer algo así tan de repente?
—Estoy casi seguro de que tiene que ver con...— Ron apretó los labios, sin terminar de pronunciar el nombre.
Ya habían llegado al hall.
— ¡Mmm! ¿Habéis olido eso?— preguntó Ginny de pronto, intentando cambiar de tema lo más rápido posible— ¡Me muero de hambre!
—Sí, yo también— la secundó Harry, mirando de reojo a su amigo, que se había puesto algo pálido de repente.
—Pues vamos, antes de que nos quedemos sin comida.
Harry miró a su novia pensando que eso era imposible, pues los elfos domésticos que había en las cocinas se ocupaban de que la comida nunca se acabase, pero vio que Ron asentía, como en trance, y decidió no decir nada más. Los tres entraron en el Gran Comedor, difuminándose entre las voces que provenían de las cuatro mesas llenas de alumnos.
—Y eso es lo que pasó— concluyó Severus, un rato después de haber comenzado su relato exculpatorio.
Volvían a estar sentados en el hueco de la ventana, la espalda de ella contra el pecho de él. Mientras le hablaba, había estado acariciándole la tripa con la yema de sus dedos, con un movimiento lento y constante, de arriba abajo, de arriba abajo... En numerosas ocasiones tuvo que tirar de todo su autocontrol para volver a la realidad y escuchar lo que Severus estaba contándole.
—Entonces, ¿el beso en Las Tres Escobas no fue más que una estratagema,— se incorporó y, dándose la vuelta, se sentó a horcajadas sobre él y lo miró a los ojos, con gesto ofendido— una maniobra para ponerme... celosa?
Ante el rubor que acudió a las mejillas de Hermione, Severus sonrió, a la vez que tragaba saliva imperceptiblemente. No podía evitarlo: cada vez que Hermione se ponía colorada, él se ponía enfermo.
—Sí, así podría resumirse.
— ¡Pues eres un cerdo Slytherin!— exclamó Hermione, empezando a golpearlo por todos lados—. ¿Con qué derecho te creías, eh? Y Luna... Nunca me lo habría esperado de ella.
—Pero ha funcionado— contestó Severus, intentando contener tanto los golpes como la risa.
—No estaba celosa— dijo la chica un momento después—. En Las Tres Escobas, me refiero. Yo sólo... El ambiente era muy agobiante y...
—Claro, y tener a Weasley como un pulpo pegado a tu cuello no lo mejoraba, ¿verdad?
—No. Quiero decir... ¡Ay, basta, Severus! Me estás liando.
—No, te estás liando tú solita al buscar una mentira medio creíble para colarme. Pero te lo advierto— añadió, con un tono que no dejaba lugar a dudas—, llevo veinte años descubriendo las mentiras de los alumnos sin ni siquiera mirarlos a los ojos.
—Uy, qué miedo... profesor.
Por un extraño motivo que no alcanzaba a comprender, llamarlo de esa manera hacía que su excitación aumentase. Le recordaba que era algo prohibido, y a ella siempre le había llamado sobremanera eso de saltarse las normas.
—No debería haber dicho eso, señorita Granger. Podría despertar... a la bestia que hay en mi interior.
— ¿Una bestia? Mmm, ya sabe que me gustan los retos, señor. Y quizá no pueda resistirme a domarla.
— ¿No teme que la ataque antes?
Una sonrisilla pícara se dibujó en la cara de la chica. Acercó un poco su cara a la de Severus.
—Confío en que sepa ver... que no tiene nada que temer, pues yo sólo busco su bien, su felicidad.
—No se dejará domar— contestó Snape, viendo la boca de Hermione a menos de un centímetro de la suya.
—Quien no apuesta, no gana— dijo ella antes de sujetar su cabeza con las manos y volcarse sobre sus labios con una pasión redoblada después de un día de malentendidos.
Severus la pegó a sí todo lo que pudo, apretando su espalda como si le fuera la vida en ello. Ya no podía ver nada que no fuera Hermione Granger. Su vida le debía todo el sentido a ella. Ya nada volvería a ser como había sido, ni siquiera cuando estaba enamorado de Lily. Lo que sentía por Hermione era algo tan distinto, tan... real, que le dio miedo por un momento. ¿Qué podría ser de ella estando al lado de alguien como él? «Alguien... podrido. Un ser corrompido por los errores del pasado, sin posibilidad de recuperación a pesar de haberlo intentado hasta casi el último aliento». Inconscientemente, contrajo su antebrazo izquierdo. Hermione lo notó y se separó de él.
— ¿Ocurre algo?
—No, nada— contestó él, volviendo la vista a otro lado.
— ¿Te duele el brazo?— preguntó la chica, cogiéndoselo con ambas manos y levantándole la manga.
—No, no es...
Hermione miró con los ojos como platos la piel desnuda del brazo de Severus.
—Sev... Severus, ¿y tu...?
El chico retiró el brazo con brusquedad y se bajó la manga. Sabía perfectamente a qué se refería Hermione con su pregunta, pero no estaba seguro de cómo contestar. Ni siquiera sabía si quería contestar.
—No tiene importancia.
— ¡Por Merlín, Severus, claro que tiene importancia! ¿Dónde está la...— bajó la voz— Marca Tenebrosa?
Snape se removió incómodo debajo de ella. Evitaba por todos los medios que sus miradas conectasen, porque le daba la impresión de que, de hacerlo, la chica sería capaz de leerle el pensamiento.
—Severus... Por favor, mírame.
No había sido una orden, y sin embargo, el chico levantó la cabeza y obedeció. No necesitó añadir nada, porque ella pareció comprender.
—No hay ninguna marca, ¿verdad?
Snape negó lentamente, sin dejar de mirarla fijamente.
—Cuando ocurrió esto— dijo lentamente, como si pronunciar cada palabra supusiese un esfuerzo titánico—, toda huella física de mi pasado desapareció. No tengo ni las cicatrices, ni la Marca Tenebrosa. Nada. Como si nunca hubieran existido.
Sin esperárselo, Hermione lo abrazó por el cuello y lo pegó a ella con fuerza. Él la rodeó con los brazos a su vez, escondiendo la cara en su hombro. Estuvieron así tan largo rato que perdieron la cuenta del tiempo que había pasado. Quizá no llegaba a ser como la Unión de Suertes, pero en la sencillez del gesto se podían descubrir sentimientos que en la mística de lo otro no hubieran sido entendidos.
— ¿Y qué vas a hacer?— preguntó Hermione de pronto, soltando sus brazos y acariciándole las mejillas con las manos.
— ¿Con respecto a qué?— respondió él, perdido todavía en el mar de sus emociones.
—Bueno, es obvio que lo que sea te ha dado una segunda oportunidad. Quiero saber... Me gustaría saber si vas a... Aunque quizá no te interese aprovecharla y...
Miraba hacia otro lado, y Severus percibió que las manos le temblaban ligeramente. Esbozó una media sonrisa, y carraspeó para que ella lo mirase.
— ¿Tú qué crees, Granger? ¿No resulta obvia mi elección?
—Nada de lo que usted decide resulta obvio, profesor. Creo que no hace falta que se lo recuerde— comentó la chica, intentando encontrar la respuesta en las negras pupilas de Snape.
—He decidido— contestó Severus, sosteniéndole la mirada— vivir, seguir luchando aunque casi no me queden fuerzas después de esta larga batalla, mandarlo todo al diablo por ti... Sí, he aceptado esa segunda oportunidad de la que hablas, y me aferraré a ella con uñas y dientes, porque...
No concluyó la frase. Hermione lo miró entornando los ojos, y lo instó a que continuase.
— ¿Porque...?
—Porque no estoy dispuesto a perder lo único bueno que he sentido en veinte años, esta sensación de que hay algo más importante que las demás cosas, algo por lo que merece la pena seguir adelante... No estoy dispuesto a renunciar a ti, Granger.
Hermione volvió a abrazarlo, y Severus se dio cuenta de que estaba llorando cuando notó que el cuello de la camisa se le humedecía.
— ¿Por qué lloras, niña tonta?— susurró en su oído, mientras la apretaba contra sí.
—Porque... eres... un idiota...— sollozó, para después echarse a reír, mientras sorbía por la nariz.
Severus también sonrió, sin sarcasmo esta vez, y la besó con suavidad.
—No quiero que llores, ¿me oyes?
—Lo siento, no... No puedo evitarlo— contestó ella, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Lo que has dicho... Lo que acabas de decir es... Precioso, Severus.
—Cuando pronuncias así mi nombre, sería capaz de concederte cualquier deseo.
— ¿Cualquiera?— preguntó la chica con una media sonrisa.
—Sí, cualquiera.
—Mmm, pues entonces...
En ese momento, su tripa emitió un sonoro quejido. Severus alzó una ceja y se rió entre dientes.
—Incluso el de llevarte a comer, Granger.
—Yo no...
Hermione se ruborizó, avergonzada por la expresividad de su estómago. Era cierto que no había comido en todo el día, pero, ¿acaso tenía que sonarle la tripa en ese momento, cuando estaba a punto de pedirle a Severus que le dijera que...?
—No sé por qué intuyo que no has comido en todo el día.
— ¿Cómo lo sabes? ¿Estás haciéndome Legeremancia sin que me entere?— preguntó la chica, ofendida.
—Niña tonta— respondió él, acariciándole la mejilla con la nariz—, te aseguro que si te hiciera Legeremancia, te enterarías. Y tu escasa alimentación de hoy la he deducido de tu ausencia del Gran Comedor al medio día. Llámame perspicaz si quieres, pero...
—Vale, vale, lo he cogido. No te pongas sarcástico conmigo, ¿quieres?
—Granger, el sarcasmo es mi estado natural, ya deberías saberlo.
—Creía que tu estado natural era estar colgado por los pies en una barra dentro de una cueva oscura— replicó ella mordazmente.
—Insufrible sabelotodo... Algún día me pagarás todas estas ofensas.
— ¡Ja, lo mismo digo! Y tú me debes muchas más que yo a ti.
—Sí, seguro que no os habéis reído nada tú y tus amiguitos de mí a lo largo de estos siete cursos.
La tripa de Hermione volvió a gruñir, reavivando la expresión sarcástica de Severus, y la chica quiso morirse de la vergüenza.
—Creo, Granger, que tu estómago intenta llamar nuestra atención. Vayamos a cenar, y ya discutiremos quién le debe qué a quién más tarde.
Harry y Ginny se miraron disimuladamente, y después ambos miraron a Ron, que parecía nervioso.
— ¿Dónde estará? Ni en la sala común, ni en la biblioteca... ¿No creéis que esté...?
—Mira, Ron, ahí viene— lo interrumpió Ginny, intentando no atragantarse con el muslo de pollo que degustaba en esos momentos.
La castaña llegó junto a sus amigos y se sentó. Ron le hizo un hueco a su lado.
— ¿Dónde estabas, Herms?— preguntó el pelirrojo, mirándola mientras la chica se servía—. No te había visto desde esta mañana.
—Pues, ¿dónde voy a estar? En la biblioteca, Ronald.
En ese instante, vio a Ginny abrir los ojos desorbitadamente y negar de manera imperceptible con la cabeza.
— ¿En la biblioteca?— repitió Ron, suspicaz.
—Quiero decir que cuando nos separamos esta mañana, me fui a la biblioteca. Después estuve en la sala común y esta tarde he ido a... Mmm, los invernaderos para preguntarle algo a la profesora Sprout.
— ¿En serio? Qué raro que no te hayamos visto al pasar por allí... Bueno, seguro que a ti te ha ido mejor que a nosotros en el entrenamiento. Creo que vamos a perder este partido.
Harry y Ginny soltaron de golpe el aire que habían estado conteniendo y emitieron una leve sonrisa. Parecía que tener comida cerca hacía que Ron se volviese más lento de lo normal.
Mientras Ron les soltaba una perorata sobre por qué estaba convencido de que Slytherin ganaría el partido de quidditch, Hermione rememoró lo que Severus le había dicho unos minutos antes:
«Haz tu ronda esta noche con Weasley y después ven a encontrarte conmigo. Sé que Potter tiene una capa invisible, y supongo que no se negará a prestártela. Te esperaré al lado de la estatua de la bruja tuerta que hay en el pasillo del quinto piso».
Acababa de separarse de él, y ya tenía ganas de su próximo encuentro. ¿Era eso normal? «Creo que estoy enferma... Enferma de Severus Snape».
No podía resistirme a actualizar, chicas, lo siento.
Espero que os haya gustado la reconciliación!
Un abrazo y muchas gracias por vuestras reviews. A los que no comentáis, gracias por vuestra silenciosa lectura.
L&S
