Capítulo 21: Rechazo
Fue Houjo quien acudió a comprobar su estado. Pocos minutos antes de que llegara Inuyasha le dio una camisa suya para que se cubriera y una taza de chocolate caliente. Aún no se había terminado de beber el chocolate cuando llegó Houjo. El hombre sintiendo algo de vergüenza por ser Kagome de quien se trataba se puso los guantes y comprobó sus constantes, la tensión, su percepción…
Esa fue la parte fácil, la difícil fue observar su embarazo. Tragando fuerte llevó las manos a sus senos y comprobó que no tuviera ningún bulto y luego tal y como haría cualquier ginecólogo se puso entre sus piernas buscando saber el estado del feto. Unas pequeñas vibraciones en el vientre le indicaron que estaba perfectamente y que por fin podía sacar la mano. No se atrevía a volver a mirarla después de eso. Kagome siempre le había parecido una mujer hermosa, amable, generosa y estaba algo prendado de ella. Se encontraba en una encrucijada entre ella y su hermana, Ayame.
- Gracias Houjo- intentó agradecerle.
- No ha sido nada, Kagome.
Houjo comenzó a guardar el instrumental en un maletín de doctor e iba a marcharse, pero se detuvo en el umbral de la puerta. ¿Qué perdía por intentarlo? Lo peor que le podría pasar era que ella la rechazara.
- Kagome…
- ¿Sí?
Se giró y la miró con las mejillas sonrojadas.
- ¿Tú estás saliendo con Inuyasha?
- ¿Hug? – la pregunta le sorprendió- no… yo no salgo con Inuyasha…
- ¿En serio? – sonó bastante contento- es que no he podido evitar fijarme en que eres muy hermosa…- se rascó la cabeza- y ahora que te he visto des… - se interrumpió- quiero decir que… yo… - balbuceó.
- Menuda confesión más ridícula- se escuchó a su espalda- creo que va siendo hora de que te vayas, Houjo.
Houjo se encogió de hombros al escuchar a Inuyasha y tras hacerle una señal de despedida se dirigió hacía las escaleras, pero Inuyasha le agarró y le miró fijamente.
- No te vuelvas a acercar a ella- le murmuró- solo te he permitido ver su cuerpo porque era una emergencia.
Houjo asintió y bajó las escaleras para largarse cuanto antes. No le convenía en absoluto provocar la ira y los celos de Inuyasha. Era su jefe y también su amigo y sabía las consecuencias que podría acarrear el ponerle celoso. Se montón en su coche pero no arrancó hasta pasados unos largos minutos. Dejó caer la cabeza sobre el volante, se revolvió el pelo con las manos y comenzó a llorar. Estaba hecho un lío. En su cabeza se repetía una y otra vez los dos nombres: Kagome y Ayame. Era muy fácil pensar que lo correcto sería ir a por Ayame pero no estaba nada satisfecho teniendo que dejar de lado a Kagome. ¡Quería tener a las dos!
…
- Parece que estáis ambos bien…
Kagome no le contestó. Se tumbó en la cama dándole la espalda, cerró los ojos y se llevó una mano al vientre bajo las mantas. No podía quedarse allí durante más tiempo o al volver Kouga la golpearía y en su estado no le convenía en absoluto recibir ningún golpe. Sacó las piernas de la cama, se levantó y al girarse descubrió que Inuyasha seguía allí parado, mirándola.
No pudo evitar fijarse en su cara de fracciones hermosas pero destrozadas por una cicatriz muy fea en la mejilla. No pudo evitar fijarse en lo endemoniadamente atractivo que era vistiera como vistiera. No pudo evitar fijarse en la forma tan especial que tenía ese hombre de mirarla, era como si ella fuera la única mujer de todo el mundo.
- ¿Adónde crees que vas?
- Me voy a mi casa.
- ¿Crees que voy a dejar que te vayas con ese desgraciado? – le espetó- ¡no pienso permitir que te golpeo y menos en ese estado!
- ¡Estoy harta de que te metas en mi vida! - enrojeció por la furia- ya soy mayorcita para saber lo que tengo que hacer así que déjame en paz de una vez – intentó pasar a su lado – ¡no te soporto!
Quiso correr escaleras a bajo para poder alejarse de él lo máximo posible, pero él la agarró y la detuvo antes de que pudiera acercarse a la puerta tan siquiera. ¿Por qué demonios él tenía que ser tan fuerte y ella tan débil?
- Lo que llevas en el vientre no es sólo tuyo, tengo una responsabilidad.
- Pues te libero de esa responsabilidad- se soltó de un tirón- ¡lárgate de este maldito pueblo y déjame en paz! – sollozó- ¡las cosas me iban mejor cuando tú no estabas aquí!
- Eso es mentira-musitó el hombre.
¡Bastardo! ¿Qué demonios sabría él? No sabía nada de ella y se comportaba como si fuera el único que tenía razón. Estaba segura de que la vida de Inuyasha fue mucho más que dura, las marcas en su rostro lo demostraban pero él de pequeño tuvo el amor y el cariño de sus padres, lo sabía porque se lo había contado. Ella tuvo una madre que murió siendo muy pequeña, un padre que la golpeaba a la mínima, una madrastra que la odiaba y se dedicaba a castigarle y a robarle todo lo que amaba. Pero claro, la guinda del pastel la pusieron Kouga y él mismo. Uno la golpeaba y el otro sentía compasión por ella.
- ¿Por qué no me lo dices a la cara? – le retó- ¿acaso crees que no me he dado cuenta?
- ¿De qué?
- ¿De cómo miraste mi casa por ser tan pequeña y vieja?, ¿de cómo miras mi ropa?, ¿de cómo miras los juguetes viejos y usados de mi hijo?- se alejó más de él al ver que intentaba agarrarla- aunque quisiera ¿crees que podría estar con hombre que siente lástima por mí?
- Kagome no es…
Kagome no le escuchó, no quería oír nada más de los labios de aquel hombre. Ya había sufrido suficiente a manos de Kouga y de Inuyasha. Amar no era suficiente para alimentarse o vestirse y tampoco era suficiente para justificar una paliza o un acto de caridad. Le gustaría tanto poder coger a Shippo y marcharse de aquel maldito pueblo. Irse muy lejos de allí e iniciar una nueva vida.
Bajó rápidamente las escaleras, entró en el salón y comenzó a ponerse la ropa ya seca. Se estaba poniendo las medias negras cuando Inuyasha entró en el salón, en su busca.
- ¿Por qué demonios eres tan cabezota?- le espetó.
- Es curioso que me tú precisamente me digas eso- cogió su falda- no necesito ni tu dinero, ni tu compasión.
- ¡Yo te amo! – le repitió- es cierto que sentí lástima, pero es porque ese maldito no puede daros nada… - quiso convencerla- yo sí.
- Tú no eres mi marido, Shippo no es tu hijo y puede que éste tampoco sea tuyo.
- Pero si…
- Tú no eres el único hombre que se acuesta conmigo, recuerda que estoy casada- se coló el jersey por la cabeza- mi marido me reclama cuando lo desea.
Inuyasha miró hacía otro lado dolido por esas palabras. Él deseaba amarla, criar a Shippo y a el que estaba en camino aunque ninguno fuera suyo, darle todo lo que tenía, pero estaba claro que Kagome estaba tomándoselo como un acto de bondad más que como un acto de amor. Vio como ella se levantaba e iba a coger a Shippo sintiendo que el corazón cada vez le pesaba más y más.
- ¿De verdad quieres que me marche de tu vida, Kagome?
- Sí…
- Muy bien- le dio la espalda- cerraré la taberna y pondré en venta esta casa. Creo que en dos semanas estará todo arreglado y me podré ir… - casi se atragantó con sus palabras- me volveré a Boston, ya no seré ninguna molestia.
A Kagome se le encogió el corazón al escucharle, pero es justo lo que ella se había buscado. Además, era lo mejor para él, ¿no?
- Sólo pongo una condición, Kagome- la volvió a mirar- cuando tengas el bebé, volveré a comprobar si es mío y si ese es el caso, me permitirás verlo.
Era justo, ¿no? Ella sabía perfectamente que era de Inuyasha y que al volver él se daría cuenta, pero aún así prefería no decirlo todavía. Ya había intentado engañarle diciendo que era de Kouga y si reftificaba en ese momento quedaría como una mentirosa y una auténtica arpía por intentar ocultarlo.
- Podrás verlo si es tuyo…
- Bien- sonrió- adiós, Kagome.
Inuyasha comenzó a subir las escaleras a la espera de que ella se marchara sin tener que ver su partida. Tenía suficiente con saber que iban a separarse, no necesitaba además verla marchar.
Kagome con lágrimas en los ojos se puso las botas y el abrigo y cogió a Shippo. Le limpió la boca manchaba de chocolate y lo abrazó tiernamente. Shippo y el hijo de Inuyasha que iba a tener eran su única razón para vivir.
Salió de la casa, le echó un vistazo al porche y echó a andar al lado de la carretera. Si se lo pedía Inuyasha la llevaría en su todo terreno a casa, pero no era capaz de hacerlo. Se limpió una vez más lágrimas con el dorso de la mano, se encogió por el frío y metió a Shippo dentro de su abrigo para que él al menos no sufriera esa brisa tan helada. A penas se habían alejado de la casa de Inuyasha cuando escuchó la bocina de un coche tocando insistentemente. Al principio pensó que era Inuyasha, pero al darse la vuelta y ver otro todo terreno de color plateado supo que no era él. Se bajó la ventanilla de copiloto y un hombre le habló desde dentro.
- Señorita, hace mucho frío para andar sola por aquí- le dijo amablemente- ¿me permite llevarla?
Kagome en principio iba a rechazar la oferta, pero al percatarse de que Shippo también estaba con ella asintió y entró en el coche. La calefacción estaba puesta por lo que sacó a Shippo de su abrigo y los ató a ambos con el cinturón de seguridad.
- ¿Es su hijo? – le preguntó el hombre.
- Sí.
- Es una lástima que no tenga tus ojos, pero aún así. El verde esmeralda es bonito.
- Sí…
Kagome le dio un suave apretón a Shippo y se volvió para ver al hombre. Era el hombre más atractivo y más sexi que había visto en su vida y eso que aunque Inuyasha no destacara por su rostro tenía un cuerpo de infarto. La diferencia era que ese hombre sabía como vestir y se notaba que también sabía seducir. Eso le hacía más sexi.
Debía ser tan alto como Inuyasha a juzgar por su coronilla casi rozando el techo, tenía los hombros anchos indicando que estaba bien musculado, el cabello castaño ondulado recogido en una coleta alta, la tez muy blanca, unos ojos de un extraño color burdeos y los labios finos. Vestía ropa de marca y muy bien combinada.
- ¿Sería muy impertinente por mi parte preguntarle su nombre?
- No… - se sonrojó- me llamo Kagome ¿y usted?
- Naraku- la miró un instante- puede tutearme.
- Entonces tú a mí también- sonrió.
- Si me puedes decir dónde vives te dejo en la puerta, yo no tengo nada mejor que hacer por el momento.
Sabía que tenía que desconfiar, pero no parecía una mala persona y sería estúpido darle una dirección cercana a su casa, pero falsa. Le dio las indicaciones para llegar hasta su casa y se acomodó en el asiento observando el paisaje nevado.
- Me encanta la nieve- habló Naraku- me trae recuerdos…- sonrió- de pequeño hacía muñecos de nieve y ángeles pero eso era en mi país.
- Ya decía yo que estabas muy blanco para ser de aquí.
- Nací en Suiza.
- ¿Y cómo es que has venido hasta aquí?
- Supongo que en busca de mujeres hermosas- se encogió de hombros- de momento la única belleza que se me ha cruzado has sido tú y estás pillada.
Kagome se sonrojó intensamente y se encogió en su asiento. El hombre no le atraía, ni le llamaba especialmente la atención, pero a una chica le gustaba que de vez en cuando la elogiaran y sobre todo si se trataban de hombres tan impresionantes. Además, después de la pelea que acababa de tener con Inuyasha, necesitaba muchos elogios para levantar su ánimo.
Se puso el pelo detrás de la oreja con una mano y comenzó a divisar a lo lejos su barrio.
- Ya estamos llegando.
- Espero que te haya agradado mi compañía.
- Claro que sí.
- Puede que algún día te haga una visita si no te importa.
- Claro, pero avísame antes…
- Entonces dame tu número- señaló el cajón frente al siento de copiloto- ahí tienes una agenda y un bolígrafo.
Kagome abrió el cajón y sacó una agenda forrada de terciopelo rojo y una pluma de oro con el nombre de Naraku grabado.
- Yo no tengo teléfono, pero te dejo el de una amiga mía que vive en frente, solo tienes que preguntar por mí y vendrá a buscarme.
- Estupendo.
Naraku detuvo al todo terreno frente al jardín de la casa al llegar y se salió del coche. En ese intervalo de tiempo Kagome volvió a guardar la agenda y cuando iba a salir Naraku le había cogido a Shippo y le ofrecía la mano para bajar. Aceptó gustosamente su amabilidad y se dejó acompañar hasta el porche por aquel hombre tan encantador y educado. Quedaban muy pocos como él en el mundo.
- La próxima traeré un regalito para ti- le dijo a Shippo- y otro para tu bella mamá.
- No hace falta que…
Se interrumpió cuando Naraku le agarró la mano y besó el dorso galantemente. Era un hombre increíblemente seductor y atractivo. Parecía sacado de la portada de una revista y a la vez parecía el héroe de alguna novela romántica.
Se quedó mirándolo hasta que desapareció con su coche y luego entró en la casa vacía. Un completo desconocido tenía el teléfono de Sango y sabía dónde vivía, ¿es que se había vuelto loca al darle tanta información?
Continuará…
