Habían pasado la noche juntos. Se habían dedicado a mirarse y a besarse hasta que los se quedaron dormidos. Sus brazos, entrelazados, se habían proporcionado el calor y cariño necesario para pasar la fría noche. Los ojos de Sirius estaban abiertos desde hacía un rato. Aún recordaba el sabor de esos labios, recordaba el calor del suave aliento de Remus, sus manos acariciando cada parte de su cuerpo, el cosquilleo en cada fibra nerviosa de cada rincón que Remus había tocado. Un nerviosismo constante se aferraba a su estómago cada vez que pensaba en Remus. Se ruborizaba cuando no estaban juntos y pensaba en él. Y cuando estaban él uno al lado del otro, el mundo se apagaba a su alrededor y solo estaban ellos dos. Ahora le miraba, estaba muy cerca de su cara y tenía los ojos cerrados, sellados bajo el sueño que tenía preso su cuerpo y mente. Las cortinas estaban bajabas y la luz se filtraba a través de la tela escarlata. Era la cama de Remus y todo olía a él. La fina sabana que cubría el cuerpo de Sirius olía a Remus, la almohada y al ambiente embriagador, embaucaba su mente y le hacía arder. Aquel olor, aquella fragancia tan única, que solo Remus poseía, le volvía loco. Estaba decidido, aquel día se pondría una de las camisas de Remus o sería incapaz de estar todo el día sin poder abrazarle y aspirar aquel aroma. Aunque por ahora, durante unos minutos más, antes de ir a clase y la jornada diera comienzo, tenía el privilegio de disfrutar de Remus. Acariciaba con la yema de los dedos el rostro de Remus. Reseguía las finas cicatrices que surcaban su piel, del ojo derecho hasta la comisura del labios, pasando por su redonda nariz. Los parpados de Remus se abrieron en sentir un cosquilleo en las mejillas a causa de las caricias de Sirius. En Remus abrir los ojos se encontró con un mar gris, un universo nuevo dentro de los ojos de Sirius que prometía mil aventuras. Se vio reflejado dentro de aquellos ojos y juró ver una versión propia, pero mejorada dentro de los ojos de Sirius. Las manos de Remus estaban sobre la cintura de Sirius, esto le proporcionaba la cercanía que había mantenido toda la noche. Acarició su tersa piel desnuda, subiendo por sus caderas con los dedos.

—Buenos días —dijo Remus en un suspiró, con la voz ronca y los ojos todavía entreabiertos.

—Me gusta verte despertar —declaró Sirius con una sonrisa.

Remus sonrió encandilado.

—No quiero ir a clase hoy... —afirmó Sirius—. Me gustaría quedarme aquí dentro todo el día, mirándote...

—Te acabarías cansando.

—Nunca —sentenció muy convencido de sus palabras.

Hubo un silencio en el que Remus pensaba en que a él si que le gustaría estar todo el día mirado a Sirius. Su rostro era perfecto, cada parte de su cara estaba en perfecta armonía. Todos los elementos se compensaban, sus ojos grises, su nariz respingona, sus carnosos labios y esos hoyuelos pecaminosos que volvían loco a Remus. Cuando Sirius esbozaba una sonrisa, en el rostro de Sirius aparecían tres pliegues en ambos lados de los labios. Sus mejillas rojas por el calor que sus cuerpos procesaban, parecían más rojas por la luz que se filtraba por las cortinas. Sirius era perfecto en todas sus imperfecciones. Los extremos de sus cejas se alzaban y eso le daba un aire misterioso y agresivo. Tenía los pómulos muy marcados y los ojos hundidos. Sus aires misteriosos propagaban un aura peligrosa a su alrededor.

—No podemos faltar a clase, mi amor —dijo Remus retirando un mechón rebelde del rostro de Sirius. Vio su sonrisa y sus mejillas sonrojadas con más precisión y claridad.

—Remus... —dijo Sirius Este abrió más los ojos a modo respuesta ante su llamada—. ¿Eres virgen?

Remus dejó ir una carcajada.

—¿Qué, qué pasa? —se alarmó Sirius.

—Haces esa pregunta y té quedas tan ancho... Como si nada.

—Es una pregunta como cualquier otro —declaró Sirius muy sereno.

—No, no lo es —Remus seguía riéndose.

—¿Lo eres o no? —insistió Sirius, ansioso por saber.

No habían llegado a ese nivel. No habían llegado a profundizar en su relación de ese modo. Tampoco les había preocupado demasiado, se habían conformado con saborearse en una medida más controlable. Habían experimentado preliminares, como los llamaban, pero no habían llegado más allá.

—Lo eres tu? —preguntó Remus.

Sirius rodó los ojos.

—Eso ni se pregunta, Remus... —se removió incomodo.

—¿Lo eres?

—¡Lo es! —gritó James moviéndose fuera de la cama, detrás de las cortinas —Si te dice que no, Moony... ¡No te lo creas!

—¿Disculpa? —Bramó Sirius inclinándose. James inmediatamente entró en la cama de Remus, descorriendo las cortinas y asomándose dentro.

—Moony, no te dejes engañar por su apariencia de experimentado, porqué realmente no lo es...

—¿Y tu que sabes? —insistió Sirius

—Por qué me lo dijiste el otro día...

—¡Eso es mentira!

Remus se levantó de la cama y descorrió las cortinas, dejando a Sirius y James sobre el colchón.

—¡Remus, no hemos acabado de hablar! —gritaba entristecido Sirius desde la cama mientras Remus iba hasta su armario—. No te vayas..

—Es tarde, tenemos que ir a clase —se defendió Remus mientras buscaba su ropa.

—No me has respondido...

—¿A que? —Remus tenía la ropa en la mano y caminaba hacía el lavabo.

—A si tu eres virgen o no...

Remus abrió la puerta, se metió dentro y miró a Sirius sujetando el pomo de la puerta antes de cerrar la puerta por completo.

Suspiró y le sonrió radiante.

—¿Tu que crees? —le preguntó Remus.

—Que no... —susurró James tumbado en la cama de Remus, junto a Sirius.

—¿Que si? —dijo achinando los ojos y queriendo escuchar una respuesta positiva por parte de Remus. Este, en cambio, dejó ir una sonora carcajada, negó ladeando la cabeza, sonrió una vez mas a Sirius y cerró la puerta del lavabo.

—¿Que ha querido decir? —le preguntó Sirius a James, algo preocupado.

—Que no lo es —se rió James, tumbado en la cama.

—¿Remus no es virgen? —Sirius soltó una carcajada—. Imposible.

—Interesante, lo vuestro —se reía James—. Hermano, prepárate... El lobo necesita saciarse.

Sirius tragó saliva.

Todo quedó entre risas tras aquellas paredes.

Bajaron a desayunar y luego se dirigieron directos a clase. Cargados con libros, cuadernos, plumas y la varita, caminaban a través de los llenos pasillos del castillo. Era un día primaveral, faltaba poco para que el verano despuntara y la claridad del sol iluminara cada rincón. Lily y James, muy acaramelados, charlaban cuando entraron en clase. Sirius y Remus con Peter al lado, les seguían mientras repasaban sobre el examen de Historia de la Magia que tenían mañana. Todos se sentaron en sus respectivos pupitres. Los alumnos entraban y se reunían por grupito a hablar antes de que el profesor entrara en la clase.

James y Sirius se sentaban juntos. Remus con Lily y Peter junto a un chico de Hufflepuf.

—Mas os vale que hayáis estudiado bien para el examen de mañana —decía e profesor cuando entró en clase y los alumnos se sentaban a medida que se adentraba más en el aula—. Los T.I.M.O.S del año pasado no son nada comparados con os exámenes que tendréis el año que viene —el profesor se movía por la clase con agilidad—. Quiero que esteis bien preparados para los finales. No quiero notas mediocres, así qué más cale que os esforcéis todos y cada uno de vosotros.

Sirius miró a James y rodó los ojos-

—¿De que va este? —dijo Sirius al oído de su amigo—. ¿Nos está amenazando o qué?

—Ya, ya... —se quejó James susurrando—. Se cree que voy a perder la tarde estudiando Historia... Lo lleva claro.

Ambos reían en silencio mientras el profesor hablaba, explicaba y daba respuesta a algunas preguntas sobre el temario que algunos interesados hacían. Sirius, mientras tanto, estaba aburrido. Tenía la cabeza apoyada sobre la mano, y a su misma vez, el codo sobre la mesa. Mordía el extremo superior del lápiz y sus ojos estaban perdidos en algún punto de la clase. Su mente revivía una y otra vez el momento vivido con Remus aquella mañana. Se acordaba, también, de todas esas veces en las que se habían dicho te quiero. Habían sido muchas y no alcanzó a recordarlas todas. Desde aquel día en el que le dijo te quiero por primera vez, no dejó de hacerlo. Para Sirius nunca había sido fácil ese aspecto, el nunca había querido a nadie, nunca había sentido ninguna inclinación hacía alguien tan profunda. Pero ahora, cuando realmente lo sentía, no iba a dejar de decirlo y gritar a los cuatro vientos que era lo que Remus provocaba en él. Aquel primer te quiero había marcado la diferencia entre ellos. Ya no era una simple relación, ahora era mucho más que eso. Remus y Sirius estaban juntos y se querían. Desde aquel momento en el que ambos lo materializaron diciéndolo en voz alta, no habían dejado de hacerlo constantemente, a todas horas, siempre que tenían la oportunidad. Era como algo que les salía de dentro, algo que debían decir para sentirse bien con sigo mismos, un pequeño impulso que no pensaban antes de decir.

Sirius estaba aburrido y eso suponía un peligro para la humanidad. Se le había ocurrido algo y lo iba a llevar a cabo inmediatamente.

Cogió la varita y bajo la mesa la agitó mientras pronunciaba el encantamiento en silencio. Apuntaba con la varita a la tiza para escribir en la pizarra. El profesor no vio como la tiza se alzaba en el aire ella sola y escribía como si tuviera vida propia. Estaba girado de cara a los alumnos, dándole la espalda a la pizarra mientras seguía con su explicación. Todos los alumnos miraban atentos al profesor y nadie se dijo en la tiza.

Remus levantó la vista a la pizarra en darse cuanta de que en la parte borrosa de su visión, se había estado moviendo algo. La imagen se volvió nítida y vio perfectamente lo que había escrito en la pizarra.

Te quiero, Remus Lupin.

Estaba escrito en letras gigantes que ocupaban toda la pizarra. En darse cuenta no pudo evitar sonrojarse y hundir el rostro entre las manos sintiendo como todas las miradas se posaban en él. Todos los alumnos le miraban curiosos. No pudo levantar la vista para mirar a Sirius, hubiera sido demasiado evidente para todos. Fue cuando la clase ya había avanzado considerablemente que el profesor se giró hacía la pizarra, vio el escrito y se encolerizó.

—¿Quien ha sido la enamorada que ha puesto esto o el gracioso que quiere distraer a la clase? —exclamó sin girarse a mirar a la clase.

A gente empezó a murmurar. Habían muchos alumnos en la clase, podía haber sido cualquiera y dado que nadie había visto nada, no habían ningún sospechoso aparente. Pero eso no impidió que todos sacaran sus propias conclusiones y la gente empezara a murmurar.

—Ha sido Alma... —se susurraban unos a otros.

La chica, en oírlo,se levantó dando un golpe en la mesa. Estaba al final del aula, sentada con una de sus amigas.

—¡Yo no he sido! —bramó cansada del chisme absurdo que se había extendido por la clase.

—¡Por supuesto que no ha sido ella! —gritó indignado Sirius desde su sitio mirando a Remus. Este le negó ladeando la cabeza y expresando su negativa a que dijera y declarara que había sido él.

—¡Claro que no! —exclamó James—. Porqué he sido yo... ¡Te quiero, Remus Lupin, siempre te querré! —se giró hacía el otro lado del aula y dijo—: ¡A ti también, Lily Evans!

Todos rieron. Sirius y Remus se miraban sonrientes.

—¿Han acabado? —gritó el profesor.

Se hizo el silencio.

—Que sepan que Gryffindor tiene 10 puntos menos a causa de la interrupción de mi clase ¡Y den gracias a que no reste más, porqué se lo merecen! —declaró iracundo el profesor—. ¿Puedo ahora continuar la clase? Gracias.

Sirius miró a Alma, allí, al fondo del aula y le pidió disculpas en silencio. Ella no le miraba y aunque Sirius no la odiaba, siempre existiría aquella rivalidad con ella, aún sabiendo que ya no podía suponer ningún riesgo. Remus se había fijo en ella en su día, y eso la hacía importante de alguna manera. Él era el culpable de su tristeza. Se comentaba por Hogwarts que la chica no estaba bien desde que Remus había roto con ella, aquel día en el tren. Se comentaba por la escuela y se veía en sus ojos. Remus causaba ese efecto en la gente, se decía Sirius. Había algo que incitaba a acercarte a él, y cuando andas demasiado cerca ya no puedes apartarte. Todo él te hace querer más, nunca tener suficiente. Supuso que Alma se había encontrado en la misma situación que él, incapaz de alejarse de Remus y de deshacer todo lo que la chica había sentido por él. Sirius se apiadó de ella.

El sol se mantuvo durante todo el día. Los jerseys sobraron y Sirius aquella mañana se había puesta la camisa de Remus. Esta le quedaba algo grande de espalda. Remus no era más alto que él, pero sí más ancho de hombros. Sirius se había tomado la libertada de desabrocharse un par de botones más de la cuenta de la camisa, se le veían los pectorales. Se había remangado las mangas y tenía el pelo rebelde y más brillante que nunca. Estaban en los jardines, bajo el roble en el que siempre se acomodaban. Remus había ido a buscar el correo a la lechucería mientras ellos descansaban bajo la sombra del roble y a merced del calor que acechaba el valle. Sirius estaba tumbado en el suelo con las manos detrás de la cabeza a modo almohada y las piernas cruzadas. Lily y James jugaban con el agua del arroyo más cercano y Peter estaba sentado entre las raíces superficiales del poderoso árbol. En llegar Remus, Sirius pegó un salto y se puso en pie. James y Lily se aproximaron hasta ellos y se sentaron al lado de Peter.

—Mis padres me han contestado, Sirius —dijo Remus con una sonrisa y alzando la carta al aire.

—¡Por fin! —exclamó Sirius lleno de gozo—. ¡Vamos, ábrela!

Habían enviado hacía unas semanas aquella carta a los padres de Remus preguntándoles si Sirius podría pasar unos días en su casa durante las vacaciones de verano. La familia de Remus vivía en Doncaster, en el condado de Yorkshire del Sur. La casa de James estaba en Londres y habían más de tres horas de camino de Doncaster a Londres, así que el poder verse se hacía un poco complicado. Habían decidido escribir la carta y les hacía mucha ilusión poder pasar algún tiempo juntos durante el mes de agosto, cuando el sol brilla y el calor acecha.

Sirius y Remus se habían quedado de pie mientras sus amigos les miraban sentados al lado del tronco del gran roble. Sirius miraba a Remus mientras este estaba entretenido abriendo la carta y leyéndola.

Querido Remus,

lamento decirte que va a ser imposible que tu amigo Sirius pueda venir a casa estas vacaciones. Lamento decirte que tu padre se ha quedado sin trabajo, le han echado del departamento. Están dejando fuera a mucha gente estos días por los ataques, sospechan de cualquiera. A causa de esto, nos encontramos en una situación un tanto precaria y no podemos permitirnos una boca más que alimentar. No sabes cuanto sentimos tu padre y yo tener que escribirte esto, nunca nos lo perdonaremos. Dale un beso de nuestra parte a tu amigo Sirius y nuestras más sinceras disculpas. Estaremos encantados de recibirle a él y a todos los demás cuando nuestra situación mejore, hasta entonces estamos en una situación un tanto crítica. Que esto no ensombrezca tu ánimo, cariño. Tu padre y yo te deseamos buena suerte en estos exámenes finales y esperamos tu llegada a casa con muchas ganas. Mil besos y abrazos,

Mama.

Remus acabó de leer la carta y Sirius pudo ver la decepción en sus ojos. Su rostro había cambiado de un segundo a otro. Entonces supo que la respuesta a su propuesta era un rotundo no. ¿Por qué? Sirius quiso saberlo.

—¿Que dice la carta? —preguntó Sirius esperando lo peor por la cara que Remus tenía.

—Que no —Remus fue hasta el roble y se sentó junto a los demás. Sirius le seguía de cerca.

—¿Y eso, Remus? —preguntó Lily—. ¿Que ha pasado?

Sirius se sentó al lado de Remus y se acercó a su cuerpo, pidiendo con la mirada que lo rodeara con el brazo. Remus lo hizo y Sirius quedó protegido.

—Mi padre ha perdido el trabajo y a mi madre ya la despidieron el año pasado.. —hizo una pausa. Sirius rodeaba su cintura por la espalda y se arrimó más a él—. No íbamos muy bien de dinero —hablaba apenado—, imaginaos ahora, que no entrara dinero en casa... No pueden mantener una boca más.

—Menuda putada... —dijo James apenado.

El día se había tornado gris.

—Lo siento, Sirius... —Remus giró la cabeza y acarició con la mejilla el cabello de Sirius.

Sirius le miró incorporándose levemente.

—¡No! —dijo con el ceño fruncido—. ¿Crees que voy enfadarme? ¡Claro que no!

—Pero ahora no podremos estar juntos aunque sea unos días... —Remus hablaba apenado—.

—Me vais hacer llorar —dijo James divertido—. No os preocupéis por veros, estáis intimidados a mi casa este verano, Peter y tu —dijo mirando a Remus—. Así que podréis pasar tiempo juntos... Mientras dejéis todas vuestras guarradas para la tienda de acampada cuando nadie os vea... —dijo haciendo sonreír a los entristecidos Sirius y Remus—. Por mi, como si queréis tiraros todo el día metidos dentro de la tienda..

—¡Aceptamos la oferta! —exclamó Sirius.

—Yo no me opondré, así que... —dijo Remus recuperando su sonrisa.

Los días pasaban. Abril fue un mes muy rápido. El tiempo aspiraba y jugaba en su contra. El calor llegaba y con él, el miedo a que aquel curso temiera por expirar. No querían que sexto acabara, todo estaba siendo demasiado maravilloso como para decir adiós. Séptimo curso simbolizaba el final de una era, la culminación de su tiempo como niños. En dejar la escuela serían adultos con sueños a seguir, por separado. Todos temían que las típicas profecías del final de la escuela, se cumplieran, no querían separarse después de todo lo que habían vivido juntos. Y sabían que las absurdas profecías no caerían sobre ellos. Ellos eran mejor que todo eso, capaces de afrontar cualquier absurdo tópico. Todos ellos iban a estar separados durante un inminente verano. Serían dos meses de tristeza a pesar de la alegría que el verano trae con él. Sirius y James serían los únicos que podrían verse y disfrutar de su mutua compañía. Los Merodeadores también se verían durante al menos un fin de semana en casa de James.

Remus y Sirius habían sufrido un gran choque emocional por la negativa de los padres de Remus ha acogerle en su casa. El padre de Remus había perdido su trabajo ese mes y ahora no entraba dinero en casa, así que era imposible mantener a otra persona más.

Sirius lo entendía, no quería ser una molestia, pero odiaba la idea de estar sin Remus durante la mayor parte del verano. Solo lo vería un fin de semana y eso no era suficiente ni por asomo. Aún quedaba un mes más para que el curso terminara., pero en su corazón ya temía la inminente separación.

El tiempo pasaba e iba en su contra.

Era una mañana de domingo. Estaban desayunado en el Gran Comedor. Remus y Sirius estaban en la entrada del Salón hablando sobre la bronca que habían echado a Sirius por haber fritado demasiado en uno de los entrenamientos de Quidditch que James había tenido la tarde anterior. Los demás aún no habían bajado y sus amigos los esperaban antes de entrar al Comedor para desayunar.

—McGonagall me tiene manía, Moony... —dijo Sirius—. Te lo juro.

—¿Enserio? —dijo con ironía y mirando de brazos cruzados a su chico—. ¿Por qué no me sorprende?

—Me dijo que era un gamberro que solo buscaba problemas...

—¿No le diste las gracias? —dijo Remus sonriendo—. Es todo un cumplido por su parte.

Sirius le devolvió la sonrisa.

—¿Otra vez te has puesto mi camisa? —dijo Remus cogiendo el cuello de la camisa que Sirius llevaba puesta.

—Huele a ti y sabes que me encanta... —respondió Sirius arqueando los labios en una sonrisa ladeada. Remus rodó los ojos y se enterneció, adoraba que Sirius llevará sus camisas. Le venían un tanto anchas y al llevar algunos botones desabrochados, le daba un aire más informal y salvaje. Eso volvía loco a Remus.

—Las tuyas no me vienen —dijo Remus—. Estás muy delgado...

—Pero soy más alto que tu —le tentó Sirius—.

La gente entraba, pesándolas por el lado y ajenos completamente a la conversación y a la situación sentimental que Remus y Sirius compartían. Sólo aquellos lo suficientemente fríos y calculadores, con afán de molestar y sed de venganza un tanto acumulada, serían capaces de meterse entre medio y retar a su suerte.

—¿Puedes quitarte del medio, chucho? —bramó Severus Snape con desprecio—. Me gustaría poder entrar al Comedor...

Mulciber y Dolohov caminaban a su lado. No dijeron nada y esperaron a ver la reacción de los dos Meredeadores. Sirius se giró despacio y miró con alevosía y asco a los tres parados frente a ellos. Los ojos de Sirius chispearon de rabia pero no fue él quien contestó ante la impertinente petición.

—¿Donde vas con esos aires de grandeza, pedazo de mierda? —dijo Remus con tranquilidad y acariciando cada palabra.

Mulciber Y Dolohov no gesticularon palabra alguna, solo esperaron la respuesta de Snape, como s fuera una prueba a la que se estuviera sometiendo y ellos dos dictaminaran su aprobado o suspenso. Simplemente se dignaron a mirar la escena, como meros espectadores.

—¿Como te atreves a hablarme? —miró a Remus por encima del hombro mientras los pasaba por el lado, ladeando sus cuerpos. Antes de irse, añadió—; ¡Monstruo y maricón, lo que faltaba por ver!

La sangre ardió en los oídos de Sirius. No fue la palabra maricón lo que le hizo enloquecer, sino monstruo. Remus había tenido que convivir con esa palabra durante años y no es que nadie le acusara de serlo, sino que él mismo se infligía semejante castigo de manera autónoma.

Sirius tardó poco en abalanzarse con la intención de matar a Snape a golpes allí mismo. Pero la firme mano de Remus le paró en seco.

Snape y sus compañeros les dieron la espalda entre risas, mientras se marchaban victoriosos.

—¡Eres un maldito cobarde, Severus! —gritó Sirius.

Remus lo sujetaba con fuerza por el brazo cuando se acerco a su oreja y le susurró algo que solo Sirius fue capaz de oír con absoluta claridad. Su mente aún estaba ofuscada de rabia y odio, pero hizo el intento de escuchar lo que Remus le decía.

—Recuerda lo que Dumbledore te dijo, Sirius.. Nada de líos o sino no podrás acceder a la beca para el año que viene.

Sus palabras fueron sinceras. Remus quería que Sirius estuviera en Hogwarts el año próximo, tanto como Sirius quería estarlo. La situación colgaba de un hilo y solo el tiempo lo diría.

Lo sé, este ha sido muy corto. Pero la cosa esta llegando a su fin y solo me queda por atar unos cuantos hilos... ¡Esto se acaba señores! La semana que viene, sin falta, tendrán él último y definitivo, él fin del Secreto. Esto es una amarga despedida por un corto tiempo... ¿Saben por qué? Porqué no colgaré el último capítulo hasta tener el primero de la segunda parte, acabado. ¡Prometido! Me gustaría colgar el último del secreto con una semana de diferencia del primera de la segunda parte... Espero poder conseguirlo. ¡Deseadme suerte!

¿Quieren saber como se llamará la segunda parte? Hasta el próximo,

Besos Lúthien.