Capítulo 19

Era pasado el medio día y seguíamos unidos, desnudos, frente al crepitar de el tenue fuego de la estancia mayor de la cámara de Sir William. Los bellos ojos de William se encontraban cerrados, su rostro reflejaba tranquilidad y me tenía entre sus brazos. Dormía pesadamente, cómo si no hubiera dormido en muchas semanas, podía ver su fornido pecho cubierto con rubios y finos bellos, subir y bajar al ritmo de su respiración. Si mal no me acordaba al día siguiente partiría en una misión con Alistear. ¡Alistear! En ése momento, mi corazón dio un vuelco, sería que William habría perdido la razón. Me había dicho que confiaba en mí, pero la misión era en otras tierras, en otras que ni siquiera pertenecían al suelo de los normandos, eran tierras de los galos. Me incorporé, sorprendentemente William, ni siquiera se había movido. Canté victoria demasiado rápido, una de sus manos se posó en uno de mis senos y después de acariciarme y rodear mi cintura me atrajo hacia él. -¿A dónde os dirigís mi bello ángel?- Me preguntó, atrayéndome hacia él y rozando su nariz con la mía. Sonreí, copiosamente desde el fondo de mi corazón; recibía alegremente su sonrisa y veía en sus ojos reflejada la alegría de sabernos unidos, bajo las pieles que cubrían nuestros cuerpos. Atrapó mis labios entre los suyos y los besó, hasta hundirme de nuevo en un ardiente océano de caricias. Mi piel estaba completamente sensible a cualquier roce o tacto; de igual forma se encontraba él; siguió besándome, disfrutando de las suaves caricias que impartía en su rostro, enterrando mis dedos en sus suaves rizos y recorriendo su fuerte y torneada espalda, memorizando con las puntas de mis dedos cada una de las cicatrices de batalla que llevaba orgulloso marcadas en su cuerpo. –Eres mía.- Me dijo entre mis labios, sosteniendo entre sus dientes mi labio inferior.- Cognovi amica mea- Susurré cerca de sus labios. Envolviéndonos en un infinito mar de caricias, besándonos sin refreno, ni pudor; sintiendo nuestros labios hinchados, carmín, de habernos besado tanto. William me colocó debajo de él para consumar nuestro rito, abrió ligeramente mis piernas, mientras levantaba mis caderas con una de sus fuertes y callosas manos. El repentino toque de la puerta nos hizo regresar del paraíso al que nos adentrábamos. Era Clash, tocando fuertemente. Por un segundo William miró mis ojos, y pensó ignorar el toque de la puerta; sin embargo se escuchó un nuevo toque, seguido de un:-William, me envía Sir George.- Había sentenciado con ésa voz que caracterizaba a Clash, en dónde no dejaba ninguna duda, de sí no abría, ella misma derribaría la puerta. William me dio un último beso, enredando su lengua con la mía, saboreando ése beso, queriendo memorizar la pasión que compartimos. –Te amo.- Me dijo, mientras sus ojos me miraban fijamente y acunaba mi rostro entre sus manos. Una hermosa sonrisa se dibujó en su rostro, iluminando mi corazón. –Vamos abre la puerta vida mía.- Le dije incorporándome y cubriéndome con una de las pieles dirigiéndome al cuarto de baño.

Preparaba mi baño y oí que se adentraban a la cámara de Sir William, Clash y Sir George. Un instante más tarde William se encontraba tirando de la túnica con la que me cubría:-Bañémonos entonces.- Mientras lo miraba con una cómplice sonrisa.-

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Llegada la hora de la cena, Alistear, Archibald, Sir George y Clash se encontraban en la cámara de Sir William junto conmigo planeando y diseñando la travesía a recorrer hasta llegar a la ciudad de París.

Antes del amanecer del día siguiente ya nos encontrábamos de camino; aún sentía en los labios los besos que William no me dejó dar, y todos los que mis labios no iban a recibir de él hasta mi regreso. Vestida cómo varón, cabalgado a todo galope al lado de Sir Alistear, emprendimos nuestro camino, en medio de la neblina y el concilio de la oscuridad hasta llegar al Canal de la Mancha.

Pasaron dos días sin descanso hasta llegar a puerto y confirmamos las sospechas que tenían Sir William y el Rey Normando, sobre una conspiración para invadir Inglaterra. Mi corazón latió fuertemente. Apenas y habíamos llegado a la cabaña a las afueras del bosque que conectaba sigilosamente al canal de la Mancha.

Era un lugar estratégico, oculto entre la espesura del bosque de dónde partiríamos en el anonimato hasta las costas de los Galos. Se encontraba uno de los caballeros al mando del Rey Normando, Sir Peter de Ruán, un aliado y leal servidor del rey. Nos mostró lo que habían interceptado en una embarcación cerca de Londres. Dentro de un saco había armamento con los escudos de el Rey Francés, y escudos de algunos de sus más leales servidores. Mi corazón casi se detuvo abruptamente, reconocí de entre los escudos el de la familia Devereaux, y no solamente eso, el escudo de el Barón Devereaux estaba ahí…

Debía guardar silencio, pues no podía delatarme cómo mujer o si quiera cómo ahora una traidora a la corona Inglesa. Mis manos perspiraban frío, mientras sentía correr por mi frente gotas de sudor, ocultas bajo el manto que cubría mi rostro. Sir Peter tenía orígenes Galos y por lo tanto al igual que los Devereaux, la paz con entre Francia e Inglaterra, significaría prosperidad en nuestras tierras. Sir Peter negó que el Rey de Francia se encontrara entonces complotando contra el Rey Normando, puesto que sería realmente muy tonto de su parte, ya que William el Conquistador le ganaba en número de tropas y hombres que pelearían a su lado.

La principal sospecha era que existía un traidor que tenía acceso a las cámaras reales de armamento del rey francés y de ahí se sospechaba sustraían el armamento. También habían sido interceptados en unos brotes rebeldes, cerca de las costas de Exmouth, armamento del Rey Francés. La paz entre Inglaterra y Francia aún no se había consolidado y aún no existía una posición pacífica entre los dos reinos, aún después de la batalla de Hastings.

William el Conquistador sufrió durante su reinado constantes brotes rebeldes contra su régimen; había demasiadas pugnas, intrigas e intereses de por medio, muchos aquellos a los que les convenía que el Rey Inglés le declarara la guerra al Rey Francés, y de ésa forma debilitar a los dos reinos. Eran tiempos difíciles, seguidos por el hambre, la ignorancia, y la inestabilidad del reino a largo y ancho del territorio del apenas Rey Normando.

Había muchas cosas en juego, si es que resultaba cierto que el Rey Francés se encontraba detrás de todos ésos estallidos de rebelión, que hasta ahora no habían llevado a ninguna parte, más que a la decapitación de los traidores.

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William había partido ésa misma mañana poco después de nosotros, de forma inmediata al Castillo Blanco. Galopaba con Centella atravesando los caminos a toda velocidad. Aún sentía sobre sus labios, los muchos y consecuentes besos fruto de nuestra pasión. Recordaba lo último que me había dicho:-¡Ella mi hermoso ángel! Sé perfectamente que os envío en una situación que requiere del más alto de los sigilos y que requiere el más riguroso secreto; no tenemos a nadie más que enviar, si Alistear va solo, puede no regresar. Debes entregar la encomienda, y por tu bien, averigua directo del Rey Francés, ¿qué ha sido del Barón Devereaux? Lo único que sabemos es que el Rey Felipe, lo tiene el alta estima, es de sus caballeros más leales; preguntar por su destino podría levantar sospechas, sobretodo sino estamos relacionados con él. Debéis averiguar todo lo que puedas y debéis daros prisa. Regresa con bien mi ángel.-

Escuchó sus últimas palabras resonar dentro de su mente, casi en ése instante pensaba dejar cualquier misión que el Rey Normando le tuviera preparada; quería ir a mi encuentro y asegurarse que me fuera bien en la encomienda. Clash pareció adivinar sus intenciones:-¿William, por qué vais más despacio?- Sir George les dio alcance:-¿Qué sucede?- Pregunto desconcertado. William regresó en sí, vio directamente a los ojos de Clash y luego a los de George, estaba a punto de dejarlos ahí, a medio camino y dar la vuelta.-Yo…- Dijo sintiendo la ambigüedad de sus emociones.- ¡Nada William! ¡Deseáis ir con Ella!- Dijo Clash casi leyendo su mente.-¡Así es!- Contestó tajante.-¡No debéis!- Le advirtió Sir George mientras lo sostenía del brazo.-¡Ella y Alistear, deben de estar ya muy lejos de vuestro alcance; vuestra presencia podría descubrirlos.- Le aseguró, mientras buscaba en los ojos de William, la razón de su indecisión. –Hay algo que debo preguntaros William, algo que he traído en el pecho y qué ahora es mejor momento que ninguno.- Demandó Clash mirándolo fijamente:-¿Pretendéis tener un hijo con Ella?- Le preguntó claramente, sin tapujos.-¡Ja! ¡Qué os hace pensar que no lo deseo!- Le espetó sintiendo sus ánimos caldearse por las indagaciones de Clash.-¡Vamos William, pensáis que somos ciegos! La lleváis a vuestra cámara, y no dejáis que salga hasta el día siguiente. Te habéis puesto celoso como un toro en contra de Alistear, por un juego de niños, y ahora mismo pensáis regresar por ella.- Esputó Clash confrontándolo a los ojos, se encontraba alterada, sobretodo porque le preocupaba mi actual situación. Sabía por mí, que me entregaba a William, amorosamente, y sin cuestionamientos.-¡A qué viene todo esto Clash!- Le reclamó en un tono prácticamente ofendido.-¡Debéis calmaros William! ¡Es necesario que os lo preguntemos y no tanto por vuestro bien, sino por el de ambos!- Le aclaró Sir George, tajante, acorralándolo para que se explicara frente a ellos.- ¡Sabed desde hoy que ruego porque ése día pase! ¡Qué deseo con el alma que Ella conciba un hijo mío, porque ése día ya nada más me importará, me iré con ella, y ése pequeño será todo lo que me importe! ¡Ni mis obligaciones, ni ésta guerra estúpida en contra de los habitantes de un mismo reino, me detendrán!- Les dijo resoplando de coraje y de impotencia, porque de algo estaba seguro, que si no había pasado ya para éstas fechas, después de la forma en la que nos habíamos amado, era porque no estaba destinado para nosotros. Dios mismo no lo permitiría, no sabiendo que tantas vidas dependían del resguardo de las fronteras entre Escocia e Inglaterra. Y juraba que era un castigo por tantas vidas que hubo tomado bajo su espada.-¡William!-Le dijo Clash, en un tono seguro, pero a la vez dulce.-¡Vuestro pueblo!- William bajó la cabeza, casi sintiendo el cúmulo de emociones verterse dentro de sus ojos en un instante. -¡Lo sé Clash! Pero estoy harto de servir a la guerra, enfermo de la maldad del hombre, enfermo de saber que estoy muerto en vida. Harto de saber que Ella es ése amor, por el que mi corazón desespera y sé que no es para mí; que el destino nos separará, tanto cómo sé que el sol saldrá mañana y se ocultará en el horizonte. Lo sé con tanta certeza cómo lo sabe Ella…- Le dijo, fijando su vista en el camino que tenían frente a ellos, se escuchaba desesperado, dividido entre el honor y su corazón.-¡Entonces Sir George y yo rezaremos porque Dios se ampare de vos, y que vuestro hijo llegue en su justo momento a vuestro destino!- Le afirmó Clash con una sonrisa, estaba claro que no quería verme a mí en medio de una encrucijada cómo en la que se encontraba William, aunque sin quererlo ya estaba ahí mismo dividiéndome entre el amor de William y el deber con mi pueblo. De la misma forma tampoco deseaba nuestra infelicidad, aunque fuera un camino inevitable para ambos…-¡Debéis estar tranquilo William! Si Dios os concede estar juntos, entonces así será. El destino unió sus caminos y el destino no se equivoca.- Le dijo Sir George dulcemente, tan tranquilo y confiado cómo un padre le habla a un hijo. William los vio fijamente:-Jamás dejaría que ningún mal le acogiera a Ella, prometí cuidarla y así será.- Les dijo, mientras daba la vuelta a su caballo para continuar su travesía. El viento se enredaba en sus rubios rizos, mientras sus anchas espaldas cubiertas por su larga capa, hacían que resaltara su gran corpulencia. Sus muslos apretaron el paso de Centella y pronto estaba de vuelta a encontrarse con el Rey Normando. Sus ojos azules cómo el cielo se perdían en el firmamento, mientras tomaba firme las riendas de su corcel. En su mente resonaba una plegaria:-¡Ella, regresa a mí con bien!- Suplicó, antes de dar soltar las riendas y galopar tan ligero cómo el viento por entre los bosques y caminos.

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Al segundo día de permanecer ocultos en el canal, nuestra embarcación llegó. Sir Peter quiso por todos los medios saber de nuestra encomienda en tierras de Galas, sin embargo no pudo contra nuestro silencio. Sir Alistear le repitió varias veces que nuestra misión estaba en manos del Rey Inglés y después sólo dependía de Dios. A la embarcación le tomó un día cruzar el canal y dejarnos en las costas de Calais. Llevar a nuestros corceles con nosotros fue aún más difícil, ocultarlos a la vista de todos aún más y por supuesto muy costoso. La sorpresa más grande que me llevé fue escuchar la forma tan hermosa en la que Alistear hablaba el idioma de los Galos. Su acento y su pronunciación, eran cómo la de cualquier habitante de la región. Su alto intelecto y su sentido agudo de la orientación nos llevaron seguros, por las provincias francesas. El paisaje al que nos encontrábamos habituados, cambiaba del paisaje que encontramos ahí. Con la primavera en flor, todos los bosques reverdecían, oíamos en nuestro peregrinar el trinar de muchas aves, mientras que el clima nos favorecía gradualmente para dar prisa a nuestra encomienda.

Atravesamos a todo galope, las tierras galas, primero dirigiéndonos a las provincias de Saint-Quentin y después, atravesamos los valles, praderas, hasta llegar a las provincias de Reims.

Tras haber recorrido pueblos y provincias a lo largo de varios días, nos encontrábamos exhaustos. Finalmente al amanecer del doceavo día, vimos en el horizonte la fortaleza que rodeaba a la ciudad de Paris. Desde una colina contemplábamos el paisaje reverdecer, mientras escuchábamos el tranquilo fluir del caudal del río Sena. Las puertas de la ciudad aún no estaban abiertas, todavía no despuntaba el amanecer. Alistear tomó mi mano: -Ella, harás una aparición, sin embargo quiero que seas muy cuidadosa; iré cómo vuestra nana, aún así debéis cuidaros, no sabemos qué nos espera en París.- Tendré mucho cuidado Alistear, no temas.- Le aseguré, mientras veía en sus ojos el temor de enviarnos directo al peligro cuando cruzáramos las puertas de París. Había un puente levadizo y el caudal del río rodeando la isleta de la famosa París. –Ella, venid conmigo.- Me dijo suavemente Alistear mientras nos desviaba del camino principal, adentrándonos en los poblados de alrededor. Buscó un lugar seguro, resguardado de la mirada de los fisgones. –Lady Ella Devereaux, atravesará por las puertas de la ciudad, pero no saldrá cómo Ella Devereaux, ¿entendido?- Me preguntó Alistear, confirmando lo que yo ya sospechaba.- A la perfección.- Después sacó de uno de sus morrales un hermoso vestido en tonos de rosa, bordado con perlas una seguida de otra, delineando sutilmente el pecho. Le hacía juego una capa dorado con tonos rosados, al mismo tiempo que sacaba las joyas que portaría al pasar por las puertas de París. Todos eran regalos de William. Mis ojos se llenaron de lágrimas al ver lo hermoso que era el vestido y más sabiendo que se trataba de un regalo de William- ¡Alistear! ¡Es precioso! ¡No puedo usarlo, es demasiado para mí!- Le dije, sabiendo que tal vez no tendría otra elección.- Para William nunca es demasiado tratándose de ti. Ha tenido a Archie confeccionándolo, mientras yo ensartaba agujas de hilo rosado para dejarlo a tu medida. No puedes decirnos que no lo ¡usarás!- Me vio con esos ojos tan tiernos y hermosos, oscuros y a la vez llenos de luz. –¡Alistear!- Le dije dándole un abrazo de agradecimiento, lloraba no sabía si de agotamiento o de sorpresa o de añoranza, no había pasado un día sin que no extrañara con el alma a William.- Vamos Ella, oculta ésas lágrimas. Todos queremos verte feliz.- Me dijo mientras me sostenía entre sus brazos, dándome toda la fortaleza para seguir adelante. –Vamos debes cambiarte.- Disponíendo de todo para transformarme en la doncella, que alguna vez había sido cuándo mis padres vivían.

Bajo los cálidos rayos de la mañana, una doncella y un tan disputado caballero, viajaban hacia las puertas de París. Alistear después de mucho discutir había aceptado llevar toda su investidura de caballero; algo me decía que así debía ser; el debía portar su armamento, para cuándo entráramos en la ciudad. Cabalgaba junto a mí, llevando su yelmo, cota y malla, además de una capa que abrochaba por el frente, aumentando su corpulencia, viéndose imponente, cual caballero real, mismo que era. Alistear había arreglado mis vestidos y cubrían casi por completo el cuerpo de mi corcel. La hermosa capa que me había regalado William brillaba bajo los rayos del sol, mientras cubría mi cabello castaño. Dispuestos a descubrir al traidor, nos aproximamos a la guardia de París…

Continuará…

*Cognovi amica mea: Lo sé amor mío.