Capítulo [21]


Saludos a todas y a todos. Lamento continuar en la demora de subir los capítulos que ya tengo escritos, pero es que entre mi vida, corregirlos (en lo que cabe), escribir otros nuevos y ciertos problemas técnicos y de conexión, pues se me ha extendido el tiempo. Pero nada, para resumir, éste que leerán ahora es muy similar al anterior de "Pnéu·ma, usia y physis." El más aburrido entre todos según me dan a entender las gráficas de visitas. Pues sí, se puede entender que así sea. No obstante, tanto ése como éste nuevo de "Profecías" han de presentar una indispensable trama para el desenlace de la historia. Al cual ya ansío llegar. Y me imagino que ustedes también. ¡Ánimos para mí entonces!

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DISCLAIMER:

La serie de Xena: Warrior Princess o como comúnmente le oíamos mencionar en nuestra lengua castellana, Xena: La Princesa Guerrera, fue creada para el año 1995 por los ingeniosos directores y productores Robert Tapert y John Schulian, con el respaldo de los igualmente productores Sam Raimi y R.J. Stewart. Por lo que no se necesita comentar que tal memorable producción, junto con todos los personajes que presentó en su trama, no han de pertenecerme. Que yo en este fanfic sólo les tomo para la elaboración de una secuela sin fines de lucro.


~Eterna Obsesión~

~o~

Profecías

Le hubiera gustado cuadrar el asunto a acontecer el mismo día en el que se obtuvo el material para hacerlo. Pero con tanto que hacer y atender entre los mortales, suerte era que pudiese hacerlo después de sólo unos pocos días. La verdad era que su presencia no era necesariamente requerida. En verdad, para nada que lo era. Siendo de los que le gustaba llevar el control de las cosas y la supervisión de las mismas, aún así no permitió que se diera ni un sólo paso hasta que estuviese presente. Sobre todo si en dicho asunto estaba envuelta su preciada guerrera.

―Esto cada vez más parece un mugriento calabozo ―se quejaba odiosamente Ares mientras descendía en compañía de Perséfone las escaleras en espirar directo hacia la cámara de las Moiras―. Que va, una pocilga. ¿No han pensado tú y tu marido fumigar las plantas inferiores de su palacio? Me sorprende que aún no se les hayan subido a la cama cuanto bicho raro hay por aquí ―comentó sacudiéndose de algunos arácnidos que amenazaban con reposar sobre sus hombros y pateando a un lado largos quilópodos que querían hacer lo mismo pero por sus piernas. De vez en cuando hasta espachurrando insectos de apariencia aún más asqueante ante sus ojos como rastreras cucarachas. Incluso hasta lanzándole llamas para acabar a un grupo de un sólo tiro.

Puede que por librarle de su molestia, como también por no escuchar más sus quejas o aún más por proteger a aquellas criaturas que para ella eran seres con vida que había que respetar, Perséfone extendió una mano hacia el húmedo y mugriento muro transmitiéndole a éste una resplandeciente luz blanca que se extendió hasta por techo y suelos. Sea lo que fuese, transmitía una honda pacífica y purificadora. Llena de absoluta tranquilidad.

―Sigamos ―retornó la marcha la diosa terrenal en cuanto hubo finalizado con su acto y dejado todo el lugar sin un único artrópodo o animalejo. Los cuales se retiraron a sus moradas entre grietas o en las alturas del techo. Cayendo extrañamente en una especie de inmovilidad o sueño.

A su espalda, Ares le miró un poco perplejo antes de volver a seguirle el paso. Pensando en que su prima media hermana nunca dejaría de sorprenderle con sus rarezas. «Con razón a la pobre no le quieren todo el año en un mismo sitio», pensó.

Cuando llegaron ante la entrada de la cámara de las hiladoras del destino, Perséfone hizo sonar la puerta para que le permitiesen pasar. Demorando éstas algunos dos o tres minutos en permitirles entrar. En ese tiempo, Ares sulfuró como cuando venía de camino.

―Perfecto, tras que casi nos toma medio siglo llegar a puros pasos al mismo centro de la tierra, ahora tenemos que esperar medio siglo más no que nos abren. Y todo porque las muy brujas tienen conjurado su mugriento territorio para que no podamos reaparecernos en su maldito taller de viejas tejedoras teniendo que llagar prácticamente a gatas hasta su puerta para que sólo no las abran cuando se les salga de sus…

Un rechinar de cuando se abre una pesada puerta y una venosa y huesuda mano que le empuja hicieron callar de golpe al dios. De seguro todo su parloteo se le fue escuchado. Como fuese, ambos se le permitió el paso con igual trato. Aunque por el siguiente comentario…

―Lo soñoliento y el barrunto han llegado hoy a nuestra casa ―les presentó burlonamente ante sus laboriosas hermanas la anciana de Átropos en cuanto los hubo pasado al centro de trabajo―. ¿Qué deparará el destino con semejante unión fraterna? ―inquirió al rodear a ambas divinidades y rozarle los hombros con sus mortecinas manos. Ante esto, Ares hizo una mueca de repulsión y escalofrío.

―Muchos cambios en el futuro ―predijo la madura de Láquesis tomando la mano derecha de Ares y Perséfone, observárselas y juntarlas por unos segundos antes de que el primero la apartara temiendo por algún hechizo de por medio―. Obrados a partir de este presente en el que viven que nada pasa por alto y al que nada se le olvida darle un efecto.

―Nacidos de un mismo padre ―continuó la joven de Cloto uniéndose al rodeo que les daban sus hermanas―. Pero cada uno con la voluntad y la naturaleza de diferentes madres. Dos hermanas del gran Zeus, Hera y Deméter. Primos hermanos por sangre, unidos hoy en día por una razón más grande.

Punzadas de dolor de cabeza era lo que le llegaba con tan sólo escucharlas. Hasta donde las conocía, las tres brujas que le rodeaban y casi danzaban en un coro de voces nunca habían sido tan escandalosas. Algo tenía que tenerlas así de entusiasmada con sus presencias.

―Lindas palabras cual sea lo que signifiquen ―les detuvo Ares a las tres con mano en alza. Había venido a ver sus momificadas caras ante sus ojos para un asunto importante, no para perder el tiempo viéndolas bailar y pronto proferir cuanto coro se le pudiesen ocurrir―. Pero si no les importa, es de otra persona de la que me interesa escuchar sus proféticas palabras.

―Sí, cómo no conocer la principal causa de tu "honorable" visita a nuestra casa en las profundidades ―comentó Láquesis haciendo un movimiento de brazos con las colgantes mangas de su rojo atuendo.

―Y díganos ―continuó Cloto―. ¿Han traído lo requerido para poder trabajar con ese alguien nacido de la existencia?

―Aquí tienen ―contestó Perséfone luego de extraer aquel cóncavo frasco en el que había conservado los recuerdos de Xena, el reflejo de su alma.

Láquesis, encargada del destino, tomó el frasco con ambas manos con suma maravilla. A su lado, Cloto y Átropos rodeaban al mismo con la misma emoción.

―La esencia de la Princesa Guerrera, la mortal de pasado bélico redimida al final de sus días ―contó Láquesis.

―La muerta renacida y devuelta a esa vida bélica de antaño ―le siguió Cloto.

―De nuevo como una mortal a la que su hilo de vida se le acorta con el tiempo ―culminó Átropos con una verdad aún más grande.

―Eso está por verse ―puso en duda Ares con molestia ese futuro que para nada le placía llegar a ver―. Como ustedes ya lo han dicho, el futuro puede ser cambiado. Y para eso he venido.

―Oh, claro. Claro que puede ser cambiado ―habló de nuevo la cortadora del hilo de la vida, la encargada de desprender el alma del cuerpo para que Tánatos o Celesta acudiesen por ella.

―Pero como sabrás, para eso primero tienes que cambiar el presente ―expuso la medidora de vida y otorgadora del destino―. Para cambiar el destino, es preciso darle primero un giro de rumbo al presente.

―Si quieres que un mortal escape de las alas de la muerte, su naturaleza debes de inmortalizar.

¿Qué grandiosa información la que le daban? Como si él no la supiera de antaño.

―No nací ayer, señoras. Sé perfectamente lo que hay que hacer. Sé que tengo que cambiar la naturaleza humana en Xena para poder convertirla en una diosa. En mi diosa.

―Desde luego. Lo que en verdad queríamos decirte…

―Preguntarte más bien ―le corrigió la palabra Cloto a su hermana Láquesis.

―¿Realmente así sucederá? ―le devolvió la duda Átropos.

Ares contrajo sus músculos. ¿Qué pregunta la que le sacaban? Si estaba ahí, frente a ellas, es porque en el pasado ya le habían dejado claro que sí. Que su guerrera podía llegar a alcanzar la inmortalización y la divinidad misma. Que en su interior yacía una fuerza para lograrlo. Un espíritu, una esencia y una naturaleza no propia en humanos. Algo con lo que era capaz de amoldarse a sí misma y ser un ente completamente distinguible entre los suyos. Razón de su poder y fortaleza pese haber nacido humana.

―Por supuesto que así sucederá ―se mantuvo firme en lo que deseaba―. Xena nació para ser una diosa. Una divinidad de las batallas. Una diosa forjada primeramente como mortal entre mortales, para luego ascender a las alturas gracias a su poder y gloria cultivados. Mi perfecta compañera para derramar el espíritu de guerra que ella misma desarrolló cuando era una guerrera.

―Muy emotivas y seguras palabras, Ares ―le devolvió al centro de la tierra una analizadora de Perséfone―. Pero a lo que se han referido las hermanas del destino es si Xena aceptará tal futuro en su vida ―recordó ante unas Moiras que aceptaban con la mirada―. Bien sabes que no sólo una, sino varias veces en su pasado se negó a seguirte en lo divino .

Lo que le faltaba, Perséfone sacando a lucir sus grandes fracasos con Xena. Eso tenía que darlo por cosa del pasado con sus grandes logros en el presente.

―Si no se han percatado, eso sucedió para cuando ella, Xena, estaba sacada de su verdadero camino. Ahora, yo la he traído de vuelta a la vida y a ese sendero mismo de poder y gloria que había perdido. Todo porque así lo he querido, porque así lo he decidido.

Las Moiras, y hasta Perséfone se quedaron con una mueca producto del gesto frisado provocado al verle tan seguro de sí mismo. Para después, al menos las Moiras, intercambiarse unas sonrisas unas contra la otra. La decisión siempre se hallaba en la voluntad. Y la voluntad era el principal motor para moverse por ese camino decidido.

―Si tanta seguridad tienes en ese futuro, si así lo has decidido ―hablaba Láquesis con movimientos manuales en el aire como si pretendiese darle forma o captura a alguien―, pues que comiencen a moverse las ruedas del destino ―finalizó con euforia lanzando una energética ráfaga hacia la máquina hiladora con la que trabajaban en parte del centro de su taller cuyas ya mencionadas ruedas se activaron en el momento.

―¡Que pronto se rehilará sobre una vida ya vivida! ―salió Cloto diciendo tras su hermana mediana siguiéndole los pasos hacia las ruedas recién puesta en marcha―. Cambiando el curso de una ya nacida.

―Y sólo dirá el destino, si esta vez podrá escapar por siempre y para siempre de la negra muerte ―le dio con seguir manteniendo la duda Átropos y su oscura aura.

En medio de su repentina alegoría, animadas por un nuevo trabajo por hacer en sus monótonas existencias, las hiladoras del destino le dieron vida al taller que por hogar tenían. Velas y antorchas de poca llama que en penumbra todo dejaban, se levantaron en candente y naranja flama que ahora bien que alumbraban. Las estanterías repletas de materiales comenzaron a temblar a causa de que éstos eran llamados por la energía que sus usuarias transmitían al despertar su silenciosa estancia. Lugar que pronto reveló ser muchísimo más grande en cuanto el oscuro y alto techo que le arropaba demostró que en realidad era un portal hacia lo más custodiado por las Moiras, sus obras de trabajo y con ello, las propias vidas de cada mortal en la tierra.

Con pasos que daban la sensación de flotar por el suelo, Cloto acudió ante el centro de la sala. Deteniéndose frente al enorme y abierto cáliz con suspendida y verdosa energía, la ventana hacia el cosmos y la proyección visual del propio Ojo de Caos ocultado en su interior. La llave hacia el universo entero bajo el poder y control de sus nietas las Moiras. A quienes sólo se abría y a quienes sólo les revelaba su interior y con ello su mismo poder.

Introduciendo una mano en el interior del cáliz, la moira de Cloto dibujó en las cristalinas aguas de su interior un símbolo que sólo ellas y sus hermanas tenían grabado en su memoria. De inmediato, la alta verdosa esfera de luz que permanecía suspendida disminuyó en tamaño hasta empequeñecerse como una pequeña perla brillante y luego caer en picada hacia el agua del cáliz. Sustancia en la que trazó el símbolo realizado por la moira por unos cortos segundos antes de tornarse de un ocre amarillento y de seguido al dorado para resplandecer de pronto y salir elevado hacia las alturas. Oscura zona en la que reflejó con amplitud el símbolo grabado por la moira. Un triángulo con un ojo en su interior. El símbolo de Caos.

Dicho símbolo se veía como cualquier otra simple imagen hasta que su diseñado ojo parpadeó en el interior del triángulo. Varias veces hasta que su dibujada orbe se encendió como el mismo sol alumbrando toda la estancia. Orbe de la que salieron unos rayos de serpentina forma que se fueron desplazando iguales a serpientes al exterior del símbolo. Arropando las alturas del techo y llenándolo con todo su resplandor.

Una vez que todo quedó completamente iluminado en el alto y abovedado oscuro techo, una cegadora y estruendosa energía lumínica en adición se sumó a la ya de por si existente. Realizando una nivelada explosión que sólo transmitió hondas de cálido aire por toda la cámara. Después de eso, la intensidad de la luz amenguó. Desapareciendo junto con el oscuro techo que arropó. Dejando al descubierto algún tipo de dimensión ajena a la propia cámara de las Moiras y del inframundo mismo, pero al mismo tiempo, parte de éstos. Parte porque en ese nivel subterráneo se fabricaba su contenido, los hilos de vida de cada mortal.

Era como ver el interior de un cilindro sin fin. Repleto de más estanterías a vuelta redonda que se perdían ante la vista a medida que se encontraban más y más altas junto con todos los rollos de hilos de cada mortal con vida. Algunos largos y otros tan cortos que apenas le daban más de dos vueltas al carrete en el que eran enrollados. La larga y corta vida que tendrían bienaventurados y desgraciados sobre la tierra. Marcada por su propio hilo de vida que se iba opacando de un extremo a otro a medida que ésta se agotaba con el paso de los años. Pasando de un tono como la seda blanca para ir tomando el de un cielo gris. Siendo los rollos de hilo de este último tono los que parecían temblar cuando su refugio fue abierto. Presintiendo su inevitable destino en las manos de las Moiras. En especial en las de la negra de Átropos.

―Algo muy curioso ahora que le recuerdo ―trajo Átropos de vueltas las palabras tras varios minutos de ausencia y sólo de expectación―. El hilo de vida de la Princesa Guerrerajamás se sacudió sobre su tablero al saberse prontamente cortado ―contó con una mirada pensativa pero también algo sonriente a un serio de Ares. Que le hablasen sobre el día en el que su princesa abandonó su primer cuerpo definitivamente era otra de las cosas que no le agradaba recordar. Menos por boca de las Moiras.

―Eso es porque la legendaria guerrera jamás le ha temido a la muerte ―le explicó Láquesis al saber la razón―. Pocos mortales como ella han logrado ser los propios arquitectos de su destino. Decidiendo por cuenta propia el destino que le otorgarían a su alma sin importar el que sufriera su cuerpo. Porque al fin y al cabo la carne jamás podría acompañar al alma a donde ésta le tocase reposar. Enfrentándose a la misma muerte y entregándole su vida por completo, a ti, Átropos, quien por fin lograste cortar su milagroso hilo de vida después de tantos y tantos años cargados de batallas, riesgos y dolor. Hilo que nunca se opacó por completo en espera de que el cuerpo del alma a quien representara reviviera de nuevo. Todo porque en su destino aún no se marcaba la hora de su partida. Tal y como yo misma lo había transcrito a cada una de las hebras de dicho hilo luego de que haberlo visto en el Ojo de Caos. En donde el universo junto con todos sus astros no se equivocaron respecto a su terrenal existencia.

―Tú lo has dicho, moira del destino ―dio un paso al frente el dios de la guerra al que continuaban siéndole poco gratas las palabras de las hiladoras―. Xena, como pocos, ha logrado ser la arquitecta de su destino. Capaz de cambiar el rumbo del camino. Tanto como el de su primera vida, como el de esta segunda que ahora vive. Segunda vida en la que volverá a cambiar su rumbo, y una para su bien supremo. Muy lejos de las tijeras de Átropos y las desgracias que tú ―y con esto que le señala, a Láquesis ―puedas escribirle en su destino―. Porque ésta vez Cloto le ha retejido su hilo de vida, para jamás ser cortado de nuevo.

―Es cierto que he retejido su hilo, dios de la guerra. Pero no por ello ha de ser necesariamente cambiada la trágica muerte que tuvo al final de sus días. Pues nadie quita que al ser una arquitecta de su destino, vuelva a decidir lo mismo para el final de sus dichos días.

―Yo medí su hilo de vida para que alcanzase varios años. Los necesarios para llegar hasta la vejez ―prosiguió Láquesis―. En cierto modo, así se dio en su primera vida. Xena fue alguien que para ser una guerrera, estuvo mucho tiempo entre los vivos. Poco más de 55 años de vida. De los cuales, 25 los pasó congelada e interrumpiendo el proceso de envejecimiento. No obstante, en esta nueva vida ella podría llegar a ver los nietos que nunca vio si elige continuar siendo una mortal y morir como tal. Completar nuevamente esa misma cantidad de años que se le asigna en su hilo de vida y lograr vivir lo que no vivió en su primera.

―A no ser que prefiera adelantar esa muerte por decisión propia ―no se contuvo en añadir la cortadora del hilo de vida con una arrugada mueca en su rostro que se hacía pasar por una sonrisa.

―Ni demente accedería a que Xena desperdiciase esta segunda vida que tiene tal y como lo terminó haciendo en su primera ―rabió con mandíbula apretada a quien ya le habían traspasado el margen de paciencia.

―Eso lo sabemos. Que no lo permitirías por verlo como has dicho. Pero… ¿Y ella? Siempre se te olvida que es capaz de elegir lo que quiera en su destino.

―No se me olvida, Láquesis. Como tan poco debe de olvidársele a nadie de que para eso estoy yo a su lado. Para conducirla de vuelta a ese camino para el que nació y del que nunca debió de apartarse ―quiso poner fin al debate un Ares muy orgulloso de su actual trabajo con Xena.

Ante esas palabras, Perséfone miró tristemente al suelo mientras que las Moiras se intercambiaron miradas que fueron de interrogantes a unas con sonrisas de media cara. Hablando cada una lo que pensaban, primero Átropos y por último Cloto.

―El dios de la guerra nunca ha querido perder una batalla. Ahora tan poco quiere volver a perder a una mortal, dedicando su tiempo y esfuerzo para que eso no vuelva a ocurrir.

―Y no se ha percatado, que su destino podría estar en riesgo de dar un radical giro. Trabajando para conseguir aquello que le obsesiona, sin reparar en que poco le falta olvidarse de sí mismo.

―Descuidando su persona en la faz del universo entero, y no prestando atención a las señales que su ser espiritual y terrenal, su naturaleza misma, le han estado transmitiendo desde hace muy poco.

«¿Qué rayos?», pensó Ares por lo escuchado. Hasta donde sabía nada se conseguía sentado, el trabajo y el sacrificio eran necesarios en todo momento. No viendo ningún error en sus actos. Y sobre las señales, de ahora sí que no sabía de qué demonios, qué rayos nuevamente. Porque qué podía sucederle a su divinidad a parte de continuar existiendo siglo tras siglo. ¿Qué podía sucederle a esa naturaleza divina cargada de poder y surgida para existir para toda la eternidad? Nada, sólo continuar existiendo. Continuar existiendo aunque no fuese en su forma corpórea, como le sucedió a muchos tras el Ocaso de los Dioses. Punto que le hizo meditarse mejor su exceso de confianza en la vida. A pesar de tener vidas eternas, los descendientes de Gea, entes corpóreos, podían llegar a perder su naturaleza terrenal y quedarse restringidos sólo al cosmos con la espiritual. Algo nada interesante y libre si le pedían su opinión. El hecho de no poder materializarse, poseer un cuerpo y presentarse físicamente le era algo completamente aburrido. Y si por ese modo así le parecía, el no poder estar junto a su amada guerrera le era simplemente aterrador. Tragando hondo de tan sólo imaginárselo.

―Últimamente como que andan todas y cada una con complejo de ave de mala güero ―les dijo a las tres tras su instante de meditación―. Pero supongo que así son todos los que no encuentran darle un sentido adicional a sus vidas a parte de la función para las cuales fueron creadas. Trabajando día y noche para el mundo y el universo entero sin poder tener tiempo de lograr u obtener algo para sí mismos.

―No te fíes de tu suerte, descendiente de Gea. Que nadie quita que un día se te pueda acabar.

―Di lo que quieras, Átropos. Tú lugar en la vida, repartir la muerte, no te permitirá jamás tener una visión más optimista de las cosas.

―No se trata de optimismo o pesimismo, Ares ―irrumpió en la conversación una atenta de Perséfone―. Sino de realidad.

―Escucha a tu única amiga, dios del estruendo ―le sugirió con una sonrisa y abiertos ojos Láquesis en apoyo de su hermana cortadora.

―Hace semanas que te lo había comentado, Ares. Que las hiladoras del destino habían detectado una anomalía en tu energía cósmica. Y con ello una extraña alteración en tu espíritu, esencia y naturaleza.

―Y ya te dejé claro lo que pienso de cuál sea la cosa que hayan creído ver. Que me tenía sin cuidado. Porque una vez que la materia se crea, jamás se destruye. Y como la energía es tal cosa, pase lo que pase, tanto la mía propia como la de otros, continuará existiendo por el fin de los confines.

―No te equivocas en nada de lo que dices ―le aceptó Cloto―. Pero has pasado por alto un punto que nuestro propio padre de todo lo creado nos ha enfatizado. Nada se destruye, sólo se transforma. Por lo que…

―¿Cómo lo tomarías si este fuese tu caso? El primero en la historia y el primero en padecerlo.

Meditó una vez más ante las palabras de Láquesis. Esa moira era el equilibrio entre sus dos hermanas. Poniéndolo a pensar a cada momento. Pobre, en gran polémica había caído cuando sólo había bajado hasta su morada por y sólo por su preciada guerrera.

―Como siempre tomo las cosas, a mi conveniencia. Nada ocurre sin favorecerte en algo, por más terrible que sea. Al universo no le conviene nuestra definitiva perdición. Porque gracias a nuestra existencia es que su energía circula.

Estaba en lo cierto, y ellas, las Moiras, más que nadie lo sabían. Por lo visto, esta vez se le iba a ser un poco difícil preocupar al dios de la guerra, el estruendo, el tumulto, la violencia y el mismo caos. Que para eso él existía, para llevar la preocupación a los corazones de aquellos que no tardarían en verse morir por el filo de una espada.

―De acuerdo, hijo del gran Zeus ―le dijeron las tres al unísono.

―Nos encantará velar en la forma en la que le sacas partido cual sea que vaya a ser lo que te depare el destino ―aseguró la otorgadora tal reservado futuro, Láquesis―. Pero que conste, no importa cual sea, desde hace tiempo tú lo has estado edificando con tus propios pasos. Al igual que tu preciada mortal, tú también estás siendo arquitecto de tu destino.

―¿Qué bueno que la nombran de nuevo? Ya va siendo el rato que espero que me profeticen la forma en la que logrará ascender como una verdadera y poderosa diosa.

―Sólo querían darte una pequeña advertencia ―le intentó suavizar Perséfone aunque sin éxito.

―Continuemos hermanas ―se rió un poco Átropos al hablar―. No vaya a ser que el dios más violento de todo el Olimpo nos haga la guerra en nuestra propia morada.

―Como si pudiera ―le siguió el chiste Láquesis mientras una Cloto extendía un brazo suyo hacia la abierta bóveda contenedora de todos los rollos de hilo diciendo:

―Mis manos te hilaron y tras ser cortado te retejieron de nuevo. A una legendaria guerrera has de pertenecer sabiendo perfectamente quien es. Vuelve a mis manos porque ha llegado el momento de su destino volver a cambiar.

De haber habido un insecto zumbando por los aires, de seguro que hubiese sido escuchado en medio del silencio quedado a partir de las palabras dictadas por la hiladora de Cloto. Su orden no pareció tener efecto alguno hasta que algún medio minuto después, de las altas estanterías un nuevo y gran resplandor alcanzó a iluminar los rostros de todos. Promoviendo el descenso de un rollo de hilo de ordinaria apariencia, tan parecido a muchos otros, pero con un dueño completamente único en el mundo. En sus entretejidas hebras yacía la vida de Xena.

Al atraparlo con sus dos manos, Cloto lo llevó ante sus hermanas alrededor del cáliz que albergaba el Ojo de entre las cuales fue tomado y desenrollado de su carrete por Láquesis. Extendiéndolo de punta a punta con gran delicadeza como si se tratase de un invaluable tesoro.

―Estoy comenzando a sentir el calor que emanan todos los astros al saberse dentro de pocos consultados ―sacó a relucir la entusiasmada medidora―. Hoy nuestro padre de todo lo creado abrirá su ojo de nuevo a una gran profecía por pocos conocida.

―Ya has escuchado a mi hermana desde tu distanciada apartada en el cosmos ―pasó Átropos a dirigirse al dueño de ese ojo que ellas poseían, el mismo Caos, a medida que iba moviendo en círculo las llamas del cáliz que recuperaron su verdoso color general a tiempo que el portal hacia la cámara de los rollos era cerrado y vuelto a presentar esa oscura bóveda como techo―. Abre tu ojo al cosmos entero y muéstranos tanto lo que ya sabes como lo que veas ahora de esta alma de tan legendaria guerrera. ―Y culminado con esto, la negra moira que derrama el contenido de frasco donde yacía el reflejo de los recuerdos de Xena.

Encendiéndose el fuego del cáliz en una llamarada roja, Ares y Perséfone fueron invitados a acercarse. En eso, los derramados recuerdos se esparcieron sobre las aguas del cáliz revelando sus imágenes en cuanto hicieron el primer contacto. En ese mismo instante, las llamas suspendidas se tornan de rojo intenso y entre éstas se transfigura con su propio fuego una gran orbe de candente iris. El Ojo de Caos. Que no dejando pasar mucho tiempo al abrirse, absorbió las imágenes del cuenco del cáliz para situarlos en su interior, en su propia orbe. Con eso, todos los presentes lograron captar lo que aunque fuesen meros momentos y sucesos de cortísima duración.

―Dinos padre de todo lo creado, ¿qué depara para esta alma que mucho antes de su surgimiento habías ya de conocerle? ―le exhortó Láquesis a contestar en vista de que sólo se limitaba a captar las imágenes que absorbía desde el cáliz.

El ojo parpadeó un par de veces antes de acceder a hablar. Las fuertes imágenes en su interior le ardían como el mismo lo hacía desde su ubicación, en completo caos.

―Oscura como las sombras en una parte, y clara como la luz en otra, así es esta alma que hoy me piden que vea de nuevo ―habló desde el interior de su ojo, Caos, produciendo ecos por toda la habitación―. Como una balanza que se mece de lado a lado en búsqueda de su verdadera identidad. Una guerrera incansable e incesable que libra batallas tanto contra el mundo entero como contra su interior mismo.

―Todo cuanto dices es una gran certeza, padre nuestro ―le aceptó Cloto con una pequeña reverencia―. El alma que se te muestra pertenece a la mortal de bélico pasado, redimida al final de sus días durante su primera vida, y traída de nuevo al fuego de las batallas en esta segunda que se le ha otorgado. La nacida en tierra de guerreros, Tracia, que tiempo atrás sus pasos en las guerras profetizamos.

―Pasos que aún no culmina. Entrando en el riesgo de quedar atrapada en un ciclo sin fin, renaciendo o reencarnando hasta que un lado de su alma se decida por escoger, la oscuridad o la luz ―profetizó Caos―. De lo contrario, sin descanso eterno se quedará, así en los Campos Elíseos logre nuevamente arribar.

―Muy pronto ese ciclo del que hablas y ese mismo pequeño problema que representa, llegará a su fin ―aseguró Ares abriéndose paso entre las Moiras para quedar frente a frente con el gran ojo que hablaba―. Saludos, gran padre, Caos o lo que seas allá riba en el cosmos ―salió con su poco respeto como era de esperarse en él―. Ambos ya nos conocemos, tú por lo que ves, yo por lo que cuentan, así que prosigamos con lo que realmente me importa. ―Detrás de él, con pena ajena, Perséfone se llevó una de sus blancas manos a su frente. Su primo medio hermano no tenía cura―. Esa alma de la que hablas ―continuó Ares con su habitual confianza―, como perfectamente sabrás, pertenece a una legendaria guerrera, a Xena. Una mujer criada y dada por todos como una simple aldeana hasta que la roja sangre la despertó. Una mortal que como bien dijeron aquí tus siervas ―y con tal expresión va y señala con una mano a unas tres Moiras con no muy buena cara al respecto―, se convertiría en mi preciada discípula, en mi figura representativa en la tierra, en mi más preciada arma contra el mundo entero. Por lo que esa balanza tarde o temprano terminará inclinándose hacia ese lado, que todos sabemos, fue elegida. Al lado del dios de la guerra, a mi lado.

―Y no mentimos en nada de lo que te dijimos, en nada de eso ―salió en respaldo de las suyas la negra de Átropos―. Del Ojo de Caos, de nuestro gran padre, fue que se nos reveló dicha profecía. No obstante, te has vuelto a saltar otra cosa, nosotras sólo somos responsable que de lo que decimos, no de lo que se interpreta.

Ares puso mal semblante. Como todos, detestaba que le sacaran cartas debajo de la mesa.

―Yo no he interpretado nada. Las cosas se han dicho como son. El tiempo mismo se ha encargado de demostrarlo. Xena demostró ser esa guerrera digna de pertenecer a mis fuerzas y de portar las mismas. Lo ha demostrado, y aún lo sigue haciendo.

―Y nadie ha dicho lo contrario, hijo de Zeus ―dejó en claro Cloto―. Pero ten presente que el tiempo también puede dar un giro en sus hechos.

―El tiempo lo dirige Cronos, titán sepultado en las profundidades del Tártaros tras ser vencido por el aún más maldito de mi padre. Si él logró derrotarle, que lo haga yo que a su diferencia logré sobrevivir el Ocaso de los Dioses, no será nada. El destino que le deseo a mi eterna compañera, a mi preciada arma de guerra, no cambiará así se den los giros que se den a través del tiempo.

Las cuatro mujeres se miraron, el Ojo de Caos se cerró y abrió varias veces en no que era consultado de nuevo. Ni uniéndose todos con el mismo fin, lograrían arrebatarle esa confianza en sí mismo al dios de la guerra.

―Creer en algo es darle fuerza a ese algo ―comentó Láquesis―. Por lo que tú crees y fortaleces cada día lo que una vez se predijo.

―Creer es un acto de fe, yo lo sé. Que es algo completamente diferente. El saber se sostiene de una base, de un fundamento. De algo comprobado. Y ese algo, es la existencia y la vida de la misma Xena. Quién cada día se encargó y se sigue encargando de dejarlo sumamente en claro. Aun cuando renunció a las propias batallas y anduvo apartada entre débiles. Aun así, ella continuó siendo la potencial guerrera que es.

―Una profecía se cumple de muchas formas, hijo de Zeus.

―No me importa de la forma en que ocurra o se dé con tal de que se cumpla, hiladora ―le relujo a Cloto. Que en compañía de sus otras dos hermanas, sonrisas hubieron de intercambiar ante lo escuchado.

―Que conste, que así lo has dicho, dios de la guerra ―le dictaron las tres al unísono sin que él no les comprendiera del todo.

―Y dejando esa parte en claro…

―Pasemos entonces a preguntarle a los astros y al universo entero cómo ha de cumplirse lo profetizado ―le culminó las palabras Láquesis a Átropos.

―Ya has escuchado, padre de todo lo creado ―se giró la mayor de Cloto ante el gran ojo entre las llamas―. Muéstranos al cosmos sin fin para hallar la forma en la que se cumplirá tan pocamente conocida y antigua profecía.

El firmamento enteró brillo en tan reducido espacio en el interior del Ojo de Caos en cuanto la moira le hubo realizado tal petición. De seguido, fueron apareciendo los nueve planetas conocidos hasta el momento por los mortales. Todos en el sistema en el que el propio de ellos se encontraba situado. Luego fueron presentándose otros dispersos alrededor de la galaxia, la Vía Láctea. A medida que la visión se iba moviendo, muchos más en otras galaxias cercanas. Nebulosas y constelaciones no se quedaron atrás tan poco. Porque todo era parte de un mismo todo.

Las imágenes del universo entero se detuvieron en lo que parecía ser el centro de toda expansión. El punto exacto donde yacía Caos, sin su ojo, rodeado de toda la energía que se desprendió de su cuerpo con el gran estadillo de su ser que originó a todas las cosas creadas. Energías que iba y venía hacia él según corría por cada cosa existente cercana, o sumamente lejana. Energías fragmentadas que se transformaban para ser reusada nuevamente. Tal era así el caso de todas, excepto de las perteneciente a entes divinos, a los dioses y entre otros seres inmortales. Los cuales jamás perdían la propia. Sino que la usaban de molde para transformar la disuelta en el cosmos en una igual o parecida según se reproducían tanto de forma incorpórea, como terrenal. O también dividendo la que poseían, permitiendo el origen de un nuevo portador, mientras que más tarde retornaban a la misma cantidad tenida al absorber la circulante de dicho cosmos.

―He aquí donde todo tiene su comienzo ―entró en un relato la hiladora de Cloto―. Incluso esta historia aún no concluida. Iniciada tal vez, cuando una pequeña parte de la energía perteneciente a ti ―y dicho esto que señala a Ares―, la divinidad de las guerras, se desprendió de tu fuente originando a un ente con un propio espíritu, una propia esencia y naturaleza. Muy semejantes a su punto de origen, como también completamente libre.

―Todas pensamos que el hecho se debía a que habías producido una nueva progenie, pero no tardamos en descubrir que tal desprendida energía ligada no estaba con la de otra divinidad. Concluyendo entonces entre hermanas, que un caso como el de los antiguos debía de ser. Como el que sucedió con Gea cuando alumbró a Urano, o como a nuestra oscura madre Nix cuando nos abrió a la existencia tanto a nosotras como a más hermanos y hermanas sin la necesidad de juntarse con nadie.

Antes de que Ares comentara algo como que él no era la famosa virgen María, la moira Átropos le siguió a su hermana Láquesis.

―Sin embargo, esa energía se separó tanto de la tuya, difundiéndose por todo el cosmos en busca de su propio camino, que hasta donde sabemos, nunca más tuvo lazo alguno con su fuente de origen, contigo mismo. Al menos de una forma directa ―especificó Cloto.

―Interesante suceso ―comentó con fingido interés a quien supuestamente le había sucedido tal cosa , Ares―. De algo me enteré cuando era un crío por bocas de mis "queridos" padres. Quienes a su vez debieron de enterarse por boca de ustedes. De eso ya van milenios. Algo que se alude que se provocó, para nivelar mi poder. Como se nota que des un principio me vieron como toda una amenaza. En fin, no veo que tiene que ver semejante hecho de distante pasado con este presente y con Xena misma.

―Paciencia, aunque te cueste tenerla ―le recomendó con una media sonrisa igual a una mueca la anciana de Átropos―. Que lo que vamos a decirte lo hemos estado cuadrando por cada siglo que ha pasado. Y ha sido en estos dos últimos, donde todo parece tener sentido.

―¿Sentido en qué aspecto?

―¿No lo adivinas? ―le retó Láquesis con el hilo de vida de Xena aún firmemente sostenido en sus manos.

Mantuvo silencio, no era de los que se movían por las adivinanzas, sino por lo acierto.

―Las cosas no suceden porque sí. Todo siempre tiene una razón de ser.

―Y lo que profetizaron los astros sobre una nacida en tierras tracianas hace más de un siglo, no ha de quedarse atrás ―contó después de Átropos la hiladora de Cloto en no que deslizaba sus manos alrededor de las llamas que componían al Ojo de Caos, llevando las imágenes del universo y la Tierra según lo que dictaban sus palabras― . Pues después de tantos milenios, se abriría al mundo de forma natural el ente complementario al antiguo dios de la guerra. A ti, Ares ―le señaló de golpe―, hijo del gran Crónida Zeus. De modo que una nueva era daría su comienzo y por vez primera tendrías ese tan añorado poder que un dios como tú siempre deseó tener sobre la faz del mundo entero. El poder de inculcar y arropar con tu espíritu, esencia y naturaleza a grandes masas de mortales que se levantarían en tu nombre para servirte hasta la muerte a tiempo que te engrandecerían tu divinidad. Todo lo que un dios necesita para obtener la supremacía entre los suyos. La devoción de los mortales y el poder de dominarlos.

―Ya me sé esa profecía ―anunció Ares cruzado de brazos. No estaba allí para escuchar lo que ya sabía―. La profecía de mi mano derecha, algo que ya le vimos el resultado, Xena.

―La profecía de la Princesa Guerrera ―le especificó la blanca moira de Cloto―. Algo en lo que no creíste ni mucho menos después de notar que sí podía llegar a ser una guerrera.

―Te reíste ―agregó la roja moira de Láquesis―. Te burlaste de nosotras. Te pareció sumamente ridículo que una princesa dominara las artes de la guerra. Lo que no entendías es que no era cualquier princesa. Sino la destinada para ser tu futura reina. Por ese mero hecho es que se denominó como tal por más nacida de humilde cuna que fuese. Dada a luz por una aldeana luego de concebirla de un guerrero. Un guerrero que jamás se imaginó que después de luchar arduamente en tu nombre, tú te apropiarías de su pequeña hija. Una hija que él prefería muerta que en tus manos y en el futuro que le depararías. La prefería muerta que bañada con la sangre de miles de inocentes. Decisión que tomó tan pronto le revelamos en quién se convertiría su única hija.

―¿Así que fueron ustedes las del chisme? Casi Xena muere sin tan siquiera alcanzar la adolescencia, y todo por andar de lenguas largas con algo que no les incumbía.

Una callada de Perséfone se llevó de vuelta a su blanca frente la misma mano que con anterioridad allí había posado. Pensando en que el único con la lengua larga entre todos lo era él, Ares. Quien no medía sus palabras estuviese delante de quien estuviese. Ni siquiera ante unos seres tan antiguos y poderosos como las Moiras.

―No nacimos para callar, dios de las contiendas ―le dejó en claro la negra cortadora―. Sino para revelar. El guerrero acudió a tu templo para saber qué le depararía a sus hijos por servir a tú persona. Y en vista de que el menor de sus varones moriría por culpa de su hermana, y que está por ello no tardaría en convertirse en una sanguinaria asesina destructora de aldeas pueblos y grandes ciudades, terminó actuando como lo haría cualquier desesperado hombre. Terminando muerto y llevándose a la tumba la profecía dictada. Siendo el primer y único mortal que llegó a conocerla en aquellos tiempos.

―Pero no vemos por qué te inquieta que le hayamos dicho ―trajo de vuelta la molestia de Ares la blanca moira―. Para ese entonces te tenía sin cuidado la existencia de esa nacida para la guerra. Una infante que ante tus ojos no lograría otra cosa que casarse y parir hijos hasta su vejez. No tuviste ni tan siquiera la curiosidad de verle después de nacida. Nacida una noche en la que el rojo planeta Marte alumbraba intensa y muy cercanamente a la tierra desde el anchuroso firmamento. No equivocándose en su dicho los habitantes de Tracia al decir que todos los nacidos en noches iluminadas por Marte, han de ser en su futuro grandes guerreros. Grandes e incluso legendarios, como la que ahora aprecias como tu futura y eterna compañera.

―De todos modos era algo que sólo me incumbía a mí, me importase o no al respecto. De haber sido asesinada por su propio padre, ustedes se habrían tenido que tragar todas sus palabras pues hoy en día no existiría tal princesa de la guerra.

―Hablas como si tú no hubieses metido manos en el asunto, como si nunca hubieses puesto su vida en peligro cuando también era una niña.

O eran sus oídos que estaban captado mal, o de verdad Átropos le estaba acusando de algo. Seguida ahora por Láquesis al revelar lo siguiente:

―Sabemos que fuiste tú quien envió a aquellos mercenarios liderados por Cortese a su aldea en Amfípolis. ¿Tú intención? Averiguar si realmente esa nacida una noche iluminada por Marte podía llegar a ser esa poderosa guerrera de la que una vez te hablamos. Una nacida que cuyo espíritu de guerra sólo despertaría si era manchada con sangre. Sangre de su primera víctima.

Se mantuvo en el mutismo por no decirse a sí mismo que le callaron la boca. Como se notaba que esas brujas ante sus ojos tenían en su poder nada menos que el propio ojo del primordial Caos. Como se notaba también, que aparte de una hilar, una siguiente medir y otra más cortar, no tenían nada más que hacer.

―Vuelvo y repito, se trataba de algo que sólo a mí me incumbía. Por lo que estaba libre de hacer lo que quisiese ―se zafó de culpa alguna como sólo él podía zafarse―. En fin, creo que ya se salieron de tema. Vine aquí para que me hablaran del futuro, no del pasado. Que si la energía que se me desprendió y se fue a nadar por el cosmos, que si el día en el que nació Xena. Aún no entiendo qué diablos tiene que ver una cosa con la otra. Mucho menos con el destino de diosa que quiero que le recaiga a la causante de tan "amena" reunión bajo la tierra.

―Que poca visión tienes si no lo has deducido ya.

―Hasta el más siego ya lo hubiese visto ―aseguró la hiladora después de su hermana medidora.

―A parte de tu guerrera, muchos más nacieron esa noche bajo el brillo de Marte. Muchos más han nacido antes y desde entonces cuando tal planeta se acerca a la Tierra. Y todos han sido fuertes guerreros. Pero… ¿Qué cosa hizo que fuera precisamente, Xena, la elegida entre todos? ¿No te lo has preguntado? ¿O simplemente creíste en nuestra palabra luego de conocerla? ¿No que eras por los que se iban por bases y fundamentos? ¿O es que los hallaste cuando le viste dirigir grandes masas de hombre en tu nombre?

La verdad era que sí se lo había preguntado. Y no una, sino miles de veces. ¿Por qué la profecía tuvo que tratarse sobre una mortal mujer, una guerrera que sería su mano derecha en el mundo de los mortales? ¿Por qué no pudo tratarse simplemente de un gran guerrero que le representase entre los hombres? Un fuerte mortal con el que sólo trataría para discutir sus planes, nada más. Sin sentirse llamado hacia su persona. Alguien que sólo sería un instrumento para él, y que al morir, le remplazaría con la llegada de un siguiente sin mayores problemas.

Mirar que había tenido hijos con mortales, numerosos semidioses a través de los siglos que podían haber sido elegibles para el lugar que se le fue destinado desde antes de nacer a su preciada guerrera. Hasta una misma Amazona, descendiente de su sangre, podía haber tenido posibilidades. Como demostraron tenerlas muchos otros, hombres y mujeres líderes de guerra que le sirvieron a él para la misma época de Xena. Pero no, el universo se habían empeñado en elegir a una aldeana de humilde cuna nacida en una noche de Marte.

―Sabemos lo que piensas, hijo de Zeus ―le trajeron de vuelta al unísono las hijas de Nix.

―Pero si el universo la eligió entre todos, fue porque de entre todos, ella fue la única cuyo espíritu encomendado a morar en su cuerpo, ya cargaba consigo una fuerza superior a la de cualquier mortal. Una fuerza procedente de una energía liberada al cosmos hacía mucho tiempo. Un fragmento de divino espíritu raramente hallado en mortales engendrados por dos mortales. Un elemento incorpóreo que al ser de origen divino, sólo puede hallarse en una pequeña cantidad en mortales semidioses. Y al ser de un origen específico, sólo ha de mostrarse en semidioses específicos.

―¡Ah, perfecto! ―expresó con vívido sarcasmo quien era muy propio de ello―. Ahora resulta que después de tantos años, me van a salir diciendo con que Xena es una semidiosa. ¿Quién es el dios afortunado de tan famosa hija? ¿Quién es el dios que…

Se tragó las palabras. Lo que le llegaba a la mente simple y sencillamente no podía ser. Una vez dijo que estaría orgulloso si así fuese. Y no era que tuviese problemas en ese presente con que así resultase. Es sólo que…

―No es una semidiosa ―le aclaró Átropos con seriedad llevando al dios a una próxima confusión. Si no era tal cosa… «Entonces, ¿cómo rayos posee un espíritu de origen divino?»

―Ni mucho menos una hija tuya ―le leyó la mente Cloto.

Ares estaba a punto de perder la paciencia si no era que ya la había perdido. Tanto misterio por parte de las Moiras le estaban sacando ya de sus casillas.

―¿Entonces? ―quiso saber abriendo los brazos en señal de desespero.

A su frente, las Moiras permanecieron en silencio. Él por su propia cuenta debía de encajar las piezas de aquel rompecabezas.

―Está más claro que el agua, Ares ―le atinó Perséfone colocándole sus blancas manos sobre los antebrazos de él en cuanto éste se giró para mirarle―. Xena ha sido la fuerte guerrera que es porque…

―Porque me tiene a mí en su interior ―le culminó algo azorado al descubrir cuánto peso siempre habían tenido aquellas palabras. "Yo ardo en tu interior", era lo que en varias ocasiones le dictaba a su guerrera. En parte sabía porque lo decía, pero ahora lo entendía aún más.

―Hasta que al fin metes el hilo en la aguja ―dijo Cloto con una mirada serena de aceptación. Tanto ella como sus otras dos hermanas menores de pronto recuperaban esa seriedad con la que de antaño siempre se les conocía.

―Ella posee de esa energía que se desprendió de mí hace mucho. Con razón siempre la he sentido como algo mío. Si realmente lo es ―entraba en el júbilo un emocionado de Ares.

―No tan rápido, dios de las batallas ―le detuvo Átropos con una mano en alto―. Que esto que descubrimos hace poco mientras estudiábamos su futuro, no se define en simples palabras.

―Pese a que esa energía, de la que hablamos, se desprendió de tu fuente original, hace muchísimo tiempo que ya dejó de ser tuya y tener relación contigo- le puntualizó Láquesis―. Pues por sí sola se adoptó una propia identidad.

―Y ahora, lo único que sabemos de ella, es que se ha movido como un mero espíritu dejando atrás la esencia y naturaleza que el acompañaban. Vagando de un lado para otro hasta encontrar morada en la identidad de Xena. En su vida. Vida que eligió desde antes de que existiera. Fusionándose con el espíritu propio de ésta que se le fue enviado en cuanto los astros anunciaron que en un futuro iba a ser concebida. A partir de ahí la profecía de la Princesa Guerrerase nos fue revelada y tiempo después, nació la dueña de la misma.

―Al diablo en lo que se transformó, en lo que fue y en donde estuvo hasta llegar a Xena. Lo que aquí tiene valor es sólo el principio y el fin. Salió de mí y terminó en Xena. Razón por la que es tan poderosa, tan ardiente en la batalla. Porque carga consigo poderes divinos. Poderes que si se incrementan, la harían toda una diosa. La diosa para la cual nació ―hablaba con sumo gozo un Ares que de todo, sólo le importaba que su guerrera alcanzase la inmortalidad y la gloria para la cual había nacido.

―De eso te queríamos hablar ahora ―le avisó la hiladora.

―Pero primero debías de comprender lo de ese misterioso espíritu divino ―le siguió la medidora.

―Que muy relacionado está con la forma en la que tu guerrera puede llegar a ser una verdadera y poderosa diosa.

―Las escucho, y con toda claridad ―se llenó de sumo interés quien no veía ya la hora en que se le dictara lo que vino a escuchar.

Las tres hermanas rodearon el cáliz con el Ojo de Caossuspendido entre las llamas. Imploraron el nombre de éste y su rojo iris se presentó de nuevo. Iba siendo el rato que llevaba navegando entre las corrientes del universo en busca de lo pedido por sus sabias nietas. Las cuales una vez más por orden de nacimiento le fueron preguntando:

―Dinos padre de todo lo creado, ¿Está en el destino de la Princesa Guerrerala posibilidad de manifestar una diosa?

―¿Podrá esa energía divina que circula por su ser, incrementar para dar origen a un ente completamente divino?

―De ser así, ¿de qué modo se dará y qué se necesita hacer para permitirlo?

La orbe del Ojo de Caosse encendió por completo en un remolino de fuego. Lo consultado ya tenía su respuesta. Y todos los astros en el universo ardían de igual modo en espera de que se fuese revelado lo predicho. Atentos alrededor del cáliz, aguardaban las tres Moiras, Ares y Perséfone con sus rostros iluminados por el rojo fuego. El momento de la verdad había llegado.

―Habrá una poderosa diosa ―contestó con sonoras palabras el padre de todo lo creado―. Una mortal nacida para la guerra en una noche de Marte podrá traer a su ser la divinidad que tanto una parte de su espíritu ha aclamado. Una parte de origen divino que no ha podido manifestarse en medio de una naturaleza humana.

―¡¿Estás hablando de Xena?! ―se desesperó al instante un Ares al que le gustaban que le refirieran las cosas por su nombre―. Ella es quien carga con ese espíritu divino.

―Escucha al padre ―molestas le dijeron al mismo tiempo las tres hermanas.

―Naturaleza humana, que de renunciar a ella, permitirá que esa parte divina de su ser brote, crezca y se expanda como en un verdadero dios. De ese modo, se abrirá al mundo tal cual poderosa diosa que reclamará su lugar entre el resto de las divinidades, ejerciendo el gran poder con el que será dotada ―prosiguió Caos sin prestar atención a las interrupciones―. Su símbolo será la sangre que derrame, ganándose el respeto y temor de todos con tan sólo a sus ojos mirarle. No habrá ciudad entera que tiemble al sentir sus pasos y blasfemos que conserven la vida luego de negarle culto. De un solo zarpazo con su espada cortará las cabezas de los hombres que componga toda una tropa, y sobre la sangre que derramen, ella se bañará y beberá. Alimentándose de ésta y del sufrimiento que le acompaña como dicta su caótica naturaleza de diosa de la guerra.

Para Ares, las palabras de Caos eran todo un cántico para sus oídos. Jamás había escuchado tan gratos versos para sus oídos que cada oración dictada por el padre de todo lo creado.

―¿Cómo habrá de hacerse una realidad eso que dices? ―preguntó con ardientes ojos. No veía la hora en que Xena se convirtiera en toda una diosa.

―Lo he dicho ya, descendiente de Gea. Para alcanzar la completa divinidad, a la naturaleza humana se ha de renunciar.

Eso tenía sentido. Ningún dios o diosa tenía ni una sola gota de humanidad en su ser. Pero aquí la pregunta era…

―Eso lo entiendo perfectamente, pero cómo se logra.

―Renunciando al alma que todo humano tiene ―le contestó Perséfone con una mirada más apagada que nunca. Si algo le envidiaba a los mortales, es que estos poseían un alma propia. Y el saber que muchos se atrevían a venderla, negarla o corromperla, le hacía decirle a la vida lo mal repartida que tenía las cosas.

―Os parece que hoy la soñolienta está más despierta que el barrunto en este día ―comentó Átropos con una media sonrisa en su rostro.

Así que para transformarse en una diosa, Xena tenía que despedirse de su alma humana. ¿Quién lo diría? Que de haber tenido una él, se la hubiese vendido al mismo Hades con tal de recuperar la de ella. Alma que ahora tenía que sacársela del cuerpo para que ella pudiese alcanzar la divinidad.

―De acuerdo, hay que sacarle el alma. Pero ¿cómo rayos se hace sin que se muera o deje de ser ella misma?

―Nadie ha dicho que hay que arrebatarle el alma.

Ares calló ante el punto de Cloto. Era cierto, nadie había dicho tal cosa.

―Sólo renunciar a ella ―repitió Láquesis―. Todo requiere un proceso. Pero en palabras cortas, al ser rechazada como algo humano en un cuerpo que aclama por la inmortalización, el alma padecerá de inmediato por una transformación. Que al concluirse, revelará al ser completamente inmortalizado. Poseedor de una nueva naturaleza regida por una recién transformada energía en el abierto cosmos. La antigua alma ahora convertida en un elemento divino.

―Es el mismo cambio que sucede tras la bendición de un soberano que lleve la elegida entre el resto de los dioses. Transformándose el alma de aquel semidiós o mortal bendecido y aceptado entre el resto de los dioses, por una energía divina en el cosmos que propiciará su fuerza y poder ―abundó en la explicación Cloto.

―Creo ya saberme de memoria ese rito. Desde Psique hasta Hércules. Mortales ascendidos a los cielos como dioses gracias a la bendición de mi "querido" padre Zeus y el poder de la ambrosía. Cosas, que si no se han percatado, no las tengo muy fácil que digamos.

―Es por eso que has de acudir a esa nombrada, a la diosa del alma ―indicó Láquesis.

―¿Visitar a Psique?

―Como diosa del alma que es, ha de ser capaz de realizar la transformación que se requiere. Sin ser una soberana, ella tiene el poder de ingresar un humano a lo divino al transformar su alma en energía primordial. En energía divina. Uno de los mayores secretos que se guarda entre dioses.

―Pero para que el cuerpo soporte dicha transformación, durante el proceso éste se deberá inmortalizar.

―Por eso primero le daban de comer o beber ambrosía y luego les daban la bendición ―concluyó para así un Ares que iba comprendiendo el asunto―. O sea que a fin de cuentas, tendré que apropiarme de un poco de ese alimento divino que hasta en amigos se me es negado ―se dirigió con mala mirada y mandíbula apretada hacia Perséfone.

―El último y entero siglo que llevas viviendo permanentemente entre mortales te ha hecho quedar al margen de muchos acontecimientos en el Olimpo ―le dijo entre risas Átropos―. En especial ese que de la ambrosía ha de tratar.

―¿Qué carta bajo la manga se van a sacar ahora?

―Ninguna carta bajo la manga ―habló Perséfone―. Se trata de una maldición que arrojaron sobre el Éter, donde se forma y recoge la ambrosía. También sobre el árbol que produce las doradas manzanas. Ambas cosas han sido maldecidas para que envenenen a cualquier humano que quiera consumirlas. Una poción incolora e inodora que provocaría sobre un mortal la más horrenda de las muertes. Quemándole desde el interior igual que de un ácido se tratase. Lo que sufrió la hija de Creonte, rey de Corinto, y éste mismo, cuando la vengativa Medea le envió un peplo envenenado, ha de quedarse sumamente corto con lo que les depare a aquellos que ansíen alcanzar la inmortalidad o tan sólo sanarse de alguna enfermedad a través de tales divinos alimentos.

Un ojo se le achicó seguido de un tic de profunda molestia. «¡Que no se trataba de una carta bajo la manga! ―pensó en sus adentros―. No, claro que no. No se trata de una mera carta, sino de la baraja entera. ¿Qué han hecho qué cosa? ¡Envenenar tan preciados alimentos divinos!»

―¿De dónde sacas esa ridiculez, Perséfone? Ningún dios en su sano juicio se atrevería a echar a perder los únicos alimentos capaces de rehabilitarnos hasta el espíritu.

―No es ninguna ridiculez. Y sí, sí han sido envenenados. Pero sólo lo divino es inmune a la maldición. Si no, el árbol de las propias manzanas hubiese muerto. Pero como es una planta inmortal, está exento de ese mal.

Ares se negaba a creer. Sabía que su familia era ridícula y que había entrado en la paranoia tras haber sido vencidos en gran número por una mortal. Pero con esto, con esto en definitiva dejaban en claro que… O querían mortificarle la existencia o en verdad temían en grande que Xena se transformara en una diosa o ambas al mismo tiempo.

―Dime algo Perséfone, ¿desde cuándo sabes que la ambrosía y las manzanas doradas ya no me servían para Xena? Me hubieses evitado perder tiempo pensando en las mil y una maneras en las que tenía que sabotear al Olimpo sin ser visto y traerme algún alimento de esos. Aprovechándolo mejor en buscar algún buen sustituto que me remediara la situación. ¿No crees?

―No te lo había dicho porque fue horas después de haberte visitado, cuando te di de comer de ellos para que te repusieras, que mi padre Zeus me lo informó por mi miradero. Todos en el Olimpo pensaban que te había llevado las manzanas para Xena. Dando a la mortal por muerta por unas buenas horas hasta que se enteraron de lo contrario.

Con lo dicho por Perséfone, Ares comenzó a sulfurar. Quería a su prima media hermana, pero a veces…. A veces sacaba unas cosas que le hervían la sangre.

―Y tú no le habrás salido a mi "querido" padre con ese invento tuyo de que me encuentro débil y no sé qué diablos más. ¡¿Cierto?!

―No, Ares. Ni si quiera le dije que los alimentos eran para ti.

Se calmó un poco. De todas maneras, por más enfadado que pudiera haber estado, jamás se atrevería a levantar la mano contra Perséfone. O eso se aseguraba.

―¿Qué harás entonces? ―se escucharon preguntar al mismo tiempo las tres Moiras a espaldas de él.

―¿Qué me dirán ustedes? Querrán decir mejor. ―Se giró para rebotarle con otra pregunta―. ¿No que lo saben todo? Sin la ambrosía o manzanas doradas, ¿de qué otra manera se podrá otorgar la inmortalidad?

Las Moiras sonrieron. Si de veras el dios quería tener una sugerencia de ellas, la iba a tener.

―De muchos medios te podríamos hablar ―aseguró Átropos.

―Todos y cada uno tan míticos como reales ―describió Láquesis.

―Desde las mágicas hierbas de todos los Glaucos, hasta el increíble poder de una piedra creada por alquimistas ―dio por ejemplos Cloto.

―Historias sobre la sed por la eterna vida que han ido a parar hasta la orilla de unas aguas que afirman poder otorgarla ―abundó un poco más la moira de negro.

―Pero si de tiempo careces, e ir por camino corto y directo es lo que deseas…

―Se tú mismo la mano con la que se cree un nuevo y perfecto medio ―le terminó las palabras la moira blanca a su hermana roja para que fuesen seguidas nuevamente por la de negro.

―Una poderosa poción que iguale a la misma ambrosía.

¿Crear una poción, decían? De eso sí que no había oído hablar mucho. Ni en sus milenios de vida se plantó tal cosa. Ni siquiera a Circe, la más bruja entre divinidades, se le rumoraba ser autora de semejante cosa. Más como para todo siempre existía una primera vez, dispuesto estuvo a saber de qué se trataba en esa misma vez.

―Prosigan.

Aceptada su sugerencia, las tres hermanas se intercambiaron miradas. Y en medio de un mudo lenguaje que ellas solas se entendían, por igual accedieron a revelar el medio que su omnisciencia les daba por sabidas. Dictando cada palabra las tres como si de una sola se tratase. Todo mientras revelaban imágenes de sus palabras en el suspendido Ojo de Caosque las llamas conformaban.

―Si te interesa el camino que te señalamos, la Copa de Higía en el te mostramos. Gran poderoso cáliz que has de obtener, y en su interior la esencia de Hebe deberás de verter. Seguido de una ramilla del más antiguo olivo, eternamente longevo harás aquello que esté vivo. Pues juventud y resistencia a la muerte con ambos unidos habrás de hallar, pero si quieres perpetuarlos y poder otorgar, con sangre divina les tendrás que sellar.

De primera instancia todo se escuchaba fácil. Ahora, ¿lo sería? Interrogante que se hizo Ares mientras el eco de las palabras dictadas por las Moiras retumbaban en su cabeza, y las imágenes de la mencionada copa, su hermana Hebe y las ramas de un ancestral olivo se disolvían entre las llamas para darle paso a la que le seguía.

―Provéele un poderoso cuerpo donde moral, y la diosa que predicen los astros habrá de hacerse real ―dictó resurgiendo entre las llamas el gran Ojo de Caos. Que consciente de la sugerencia de sus herederas, con más palabras hubo de profetizar―. Y con ello, una nueva profecía se cumplirá.

―La profecía ―prosiguieron las Moiras al unísono ―que precederá a la de la Princesa Guerrera. Una profecía llena de horror y temida por muchos. Llegada a conocerse como, la profecía de la Diosa Sangrienta.

A la luz de las rojas llamas, Ares iluminó también su rostro con los deseos que brotaban de sus ojos. Con cada día que pasaba, más cerca estaban por efectuarse todos sus planes.


REVIEWS


Como habrán visto, en la trama de éste capítulo me dio con colocar ciertos puntos o cosas salidos de mí alocada mente para explicar de alguna forma algunos de los misterios que se quedaron en la serie sin resolver o aclarar del todo. Como por qué Xena es tan fuerte y poderosa y la razón por la que su padre Atrius atentó contra ella. Aunque esto último ya lo argumenté en el pasado capítulo del "Inframundo" durande los Prados Asfódelos. Lo mismo por qué Ares nunca dejó de perseguirla cuando bien podía haberse buscados a otros líderes de guerra. Claro, porque acabó enamorándose de ella sin darse cuenta. Pero al principio no fue del todo así. Sólo lo que existía era una irresistible atracción. Vinculada hacia lo llamativa que siempre le resultaba Xena. En donde podíamos decir que la quería trabajando para él por verla como la única alma con fuerza y poder digna de representarle en la tierra tras reconocer que era más que una simple mortal. Punto en el que me amparo para haber colocado todo lo que se me ocurrió colocar. Ustedes me dirán que les pareció mi invento.


Respuestas a REVIEWS

~SelenitaLunar

Muchos saludos, Judith. Espero que cuando leas este capítulo, continúes tan o más enganchada a la historia como según me comentaste. Ya nos hemos respondido por PM, pero he de darte nuevamente las gracias por comenzar a leer mi fic, por haberle colocado en tus favoritos y darle seguimiento. Lo mismo que a mí como su autora. Muchas GRACIAS por eso y por tener a amabilidad de haber comentado con un review. No sé si has leído en otras respuestas que he dado abiertamente, pero me llenan de muchos ánimos para continuar con la historia. Y nada, espero igualmente que andes bien y que la historia nunca deje de agradarte.