Graham se paseaba por la biblioteca, impaciente. Hacía más de una hora que Regina debía haber bajado, y su falta de puntualidad le estaba crispando los nervios. Sacó el reloj de uno de los bolsillos de su chaqueta y torció el gesto en una mueca de disgusto. Eran las diez de la mañana.
Semejante tardanza era algo del todo inusual en su amiga, quien se levantaba apenas despuntaba el alba.
Claro que, teniendo en cuenta las últimas tres noches, lo más probable era que se le hubiese hecho tarde hablando con su esposa. Casi sintió celos de ella, pero los desechó de inmediato. No había nada más importante para él que la felicidad de Regina, y esa valerosa mujercita se había convertido en un pilar importante en su vida.
Graham sabía que aún no la había tocado. Durante mucho tiempo creyó que su amiga había enloquecido, pero después admiró su determinación y su férreo control.
«Bien, que ella lo mantenga, porque por lo que a mí respecta, no dejaría pasar la menor oportunidad de meterme entre las piernas de una hermosa mujer», se dijo. Cerró los ojos para evocar la imagen de una mujer en particular, su cabello castaño y sus ojos azules, la sensualidad de la exuberante curva de sus pechos y sus piernas, las más largas que él había visto. Soltó un gruñido de disgusto, pues desde que la había visto por primera vez no había podido sacarse a la francesita de la cabeza.
Decidió subir él mismo a ver qué era lo que había retrasado a Regina. Entró a su alcoba tal y como venía haciendo desde hacía cuatro años, pero en esta ocasión la imagen que vio le dejó helado. Al instante, sonrió de puro contento. Su amiga estaba echada de lado en la cama, apoyada sobre un codo.
Miraba embelesada a un bulto que debía ser Emma. Hasta Graham llegó el aroma de una noche de pasión. El rostro de Regina esbozaba una amorosa sonrisa, que no se borró de su rostro ni cuando Graham hizo su entrada. Le vio llevarse un dedo a los labios en señal de que guardara silencio. Con un gesto de la cabeza, le indicó la puerta que conducía a la recámara.
Graham, sonrojado, cruzó la habitación y entró en la pequeña salita. Al segundo apareció Regina, que había cubierto su desnudez con una bata.
Los dos se miraron sonrientes, y en sus semblantes se vio reflejada la emoción. Sin embargo, ninguno dijo nada sobre el particular, sabiendo que las palabras eran innecesarias.
—Disculpa, Graham. Querría haberte enviado una nota para comunicarte que debemos posponer nuestro viaje a Velilla. No sabía que fuera tan tarde… —se excusó cuando vio la hora en el reloj que colgaba sobre la chimenea.
—No te tienes que disculpar, Regina. Teniendo en cuenta las circunstancias… —Graham carraspeó, algo incómodo ante los ojos sonrientes de Regina. Después miró a la mujer que una vez le había salvado la vida, y por la que daría la propia, con profundo y sincero afecto
—. ¿Eres feliz, Regina?
—Tanto, que no sé qué deberé entregar a cambio. Una no consigue semejante premio en la vida sin que esta le pase factura.
—No digas esas cosas, Regina. Tú te mereces todo esto y más.
Regina movió la cabeza de un lado a otro, como si la idea le aterrorizase. Pero después sonrió abiertamente.
—Graham, tómate el día libre. Hoy no voy a poder atenderte.
—¡Como si no lo supiera! —exclamó, cómplice de su felicidad.
Graham abandonó la salita y bajó las escaleras. Hasta él llegó el sonido de la voz del mayordomo, que hablaba en susurros con alguien. Frunció el ceño y se dirigió al vestíbulo, donde se relajó al ver a la marquesa Swan. Un rápido vistazo le indicó que había otra persona. De nuevo el ceño se le frunció cuando descubrió de quién se trataba. Soltó un gruñido y fue directamente hacia ellas.
—Marquesa —saludó sonriente, tendiéndole las manos—. Es un placer veros. ¿A qué se debe tan grata visita?
Mary Margaret pareció titubear, pero después sonrió tímidamente y dejó que el hombre le besara la mano.
—Estaba preocupada por Emma. Hace tres días que partió de Los
White's y… —Mary Margaret optó por el silencio cuando cayó en la cuenta de que había estado a punto de hablar de más. No sabía hasta qué punto conocía Graham los asuntos personales de Regina.
—No debéis preocuparos, marquesa. Ella está bien.
—En ese caso, si no es mucha molestia, me gustaría hablar con ella ahora.
—Ah, no —repuso tajante—. Ahora no se la puede molestar. Está muy cansada.
—¿Cansada? —Preguntó extrañada Mary Margaret—. ¡Si son más de las diez de la mañana! Ella no acostumbra a levantarse tan tarde.
—Digamos que ciertos… asuntos privados la retienen en la cama.
Belle, que había permanecido en silencio, dejó escapar una exclamación. Mary Margaret, sin embargo, no mostró ninguna reacción, salvo un ligero rubor en sus mejillas.
—Entiendo… ¿Sería tan amable de ocuparse de instalarnos?
—Faltaría más.
El mayordomo hizo una inclinación de cabeza y pidió a Mary Margaret que le siguiera.
Graham se giró para enfrentarse a la furia de Belle, que tenía los brazos en jarras y los ojos entrecerrados.
—¡Grosero! —insultó una vez se quedaron a solas—. ¿Cómo se te ocurre decir… poner de manifiesto que…? ¡Grosero! —repitió, rebosante de indignación.
—¿¡Qué!? —rugió él—. No he dicho más que la verdad. Mi amiga lleva demasiado tiempo esperando este momento como para que se lo fastidie una visita de cortesía.
Belle se llevó una mano al pecho e inhaló el aire entre sus perfectos dientes, produciendo un sonido semejante al de una serpiente.
—¡Así que era verdad! —se burló él—. Ya sabía yo que había mucho de víbora en ti.
—¡Y yo que tú eres un bárbaro!
—Y tú una remilgada. ¿Por qué no nos olvidamos de esta lucha y sellamos la paz?
—¡No puede haber paz al lado de un hombre como tú! —gritó ella.
—No, tienes razón —sostuvo él, mesándose las patillas. Su lasciva mirada recorrió cada curva de su cuerpo, y sus párpados cayeron lánguidamente. Graham era un hombre atractivo, pero rezumaba peligro, masculinidad y placeres ocultos bajo su aterrador aspecto. Eso hacía que muchas mujeres cayeran rendidas a sus pies. Deseó fervientemente tener a la francesita en su lecho, gritándole, exigiéndole, arañándole—. Prefiero verte belicosa, como una gata en celo, bajo mi cuerpo. En mi cama…
La bofetada le cayó como un jarro de agua fría. No le había hecho más daño que un simple roce, pero Graham frunció el ceño y soltó un gruñido.
—¿Cómo te atreves…?
—Me atrevo a eso y a más —le interrumpió ella, totalmente fuera de sí
—. Y si sigues abriendo esa bocaza para ofender a una dama, te juro que voy a… voy a… ¡Voy a restregarte una guindilla en la lengua!
Belle pasó como un rayo a su lado, abandonando la batalla verbal, pero el brazo de hierro de Graham se lo impidió y la hizo girar tan bruscamente que Belle tuvo que apoyarse en él para no caer.
Iba a protestar cuando los duros y exigentes labios de Graham se apoderaron de los suyos, en un beso tan brutal, tan salvaje, que hizo que a Belle se le despertaran sentidos que creía haber perdido hacía mucho tiempo.
De pronto se vio libre del beso, tan bruscamente que parpadeó, perpleja.
Tenía los labios húmedos y entreabiertos, como si esperase que él continuase. Aturdida, observó la sonrisa socarrona de Graham, una sonrisa de satisfacción que la hizo arder de rabia. Se apartó de él rápidamente y se le enfrentó.
—¿Por qué has hecho eso?
—No hago más que cumplir tu deseo, francesita. Reconozco que he sido un niño malo y que me merezco un castigo, así que yo solito me he restregado la lengua con una guindilla.
—¡Patán insufrible, cerdo, eres un...! ¡Grrrrrr!
Belle se alejó de él todo lo rápidamente que su dignidad le permitió.
Cuando iba a mitad de las escaleras, escuchó la burlona voz del hombre, que decía:
—Por si os interesa, mi habitación es la de la derecha al final del pasillo.
Ella quiso replicarle, buscar un rápido contraataque, pero se dijo que no era el momento ni el lugar adecuado. Terminó de subir las escaleras, balanceando provocativamente las caderas y sin mirar abajo ni una sola vez.
Ese patán quería guerra. ¡No sabía dónde se había metido al buscarse una enemiga como ella!
Regina supo de la visita de Mary Margaret por una doncella. A regañadientes abandonó el lecho, bajo la estricta orden de que no molestasen a Emma. Un rápido escrutinio frente al espejo le indicó que debía borrar aquella sonrisilla de satisfacción con el fin de ocultar lo evidente: por fin estaba realmente casada. Casada y absurdamente enamorada.
Llegó a la salita donde Mary Margaret tomaba una limonada plácidamente, mientras observaba por la ventana a los viandantes de la calle de Olivares.
Al escuchar el sonido de la puerta al abrirse, Mary Margaret se giró y una hermosa sonrisa apareció en su rostro cuando acudió a su encuentro.
—¡Excelencia! Tenéis muy buen aspecto. Debo suponer que vuestra herida ha sanado sin contratiempos.
Regina la toma de la mano y la condujo con elegancia hasta el sofá. Ella tomó asiento frente a ella y le sonrió tímidamente.
—Así es, marquesa… Esto… ¿Sería mucho pedir que nos olvidáramos de los formalismos? Ahora somos familia.
—Me parece correcto. Me alegra saber que… —Mary Margaret carraspeó, incómoda y nerviosa, pero la cálida mirada de Regina hizo que se sintiera mejor—. Disculpa si mi visita es inoportuna, pero estaba muy preocupada por Emma. Antes de partir estaba destrozada. Sé que vosotros…
—No tiene nada que temer, Mary Margaret. Hemos arreglado nuestras diferencias.
—No sabes el consuelo que me dejan tus palabras, Regina. Quería pedirte disculpas.
—¿Disculpas? No tiene de qué disculparse, Mary Margaret.
—No es cierto, Regina. Te juzgué injustamente. Te rechacé incluso después de conocerte, a pesar de que Emma no hacía más que hablar maravillas sobre ti.
Regina sonrió con orgullo. Algo se movió en su interior al saber que su esposa le tenía en tan alta estima.
—Eso queda en el pasado. Solo espero que me acepte, o que, en el peor de los casos, tolere mi matrimonio con su hija.
—Te equivocas, Regina. Te tengo un gran aprecio, y no solo porque haces feliz a mi pequeña. También salvaste a mi hijo.
Dijo esto último en un susurro, desviando la mirada al suelo. Pero por alguna razón no hubo vergüenza ni incomodidad en sus palabras.
—Neal… Sí, Emma me ha contado que es su hijo. No se aflija,
Mary Margaret. No voy a juzgarla —se apresuró a calmarla cuando ella agachó la cabeza—. Juzgaría en cualquier caso a sus padres, quienes cometieron una atrocidad al separarla de su hijo y obligarla a casarse con David.
Ante la mención del marqués, Mary Margaret sufrió un ligero estremecimiento, pero después recordó que ya no podía hacerle ningún mal.— Regina —comenzó a hablar de nuevo, cuando se recuperó—, nunca sabrás lo feliz que me siento al dejar a mi hija en tus manos, porque ahora debo marcharme fuera de Madrid.
La mujer alzó las cejas, sorprendida por su noticia.
—¿Se va? ¿Y a dónde, Mary Margaret?
—No lo tengo planeado todavía. Solo sé que, por vuestro bien, debo marcharme. No puedo dejar que caiga sobre vosotras la vergüenza de mis actos.
—¿Qué es lo que quiere decir? —preguntó intrigada.
Mary Margaret miró al techo y soltó un suspiro. Después fijó sus ojos azules en Regina y habló rápidamente cuando dijo:
—No pienso renunciar a mi hijo. No, ahora que sé que David no puede hacernos ningún mal. Cuando la guerra termine pienso irme junto a él, donde quiera que vaya. Ambos tenemos tanto que recuperar…
—No, Mary Margaret. No lo piense siquiera. No voy a permitirlo —fue su firme réplica—. ¿Cree que me importan los chismorreos de la sociedad, que la vergüenza pública es más importante que vuestra felicidad? Porque está muy equivocada, Mary Margaret. Neal será bienvenido en mi casa.
Ante la mirada de incredulidad de su suegra, Regina esbozó una sonrisa.
—No todas las personas son como David. Yo nunca, nunca os dejaré desamparados.
A Mary Margaret se le humedecieron los ojos por sus emotivas y francas palabras. Ahora entendía a Emma. Ahora veía la bondad de la duquesa, su humildad, su fuerza y determinación.
—Te lo agradezco, Regina… —retribuyó, su voz quebrada por la emoción, apenas audible.
Regina la miró con ternura. Se levantó y se sentó a su lado. Tomó sus manos y, después de besar su frente, la estrechó entre sus brazos.
—Vamos, vamos, suegra —trató de calmarla, al ver que se echaba a llorar—. Lejos ha quedado ya el tiempo de las lágrimas.
Mary Margaret alzó la cabeza para mirarle, y toda la incomodidad anterior por haberse derrumbado quedó borrada de su rostro cuando esbozó una tímida sonrisa.
—Así está mejor. Ahora, si le parece, haré llamar a Emma. Seguro que tienen mucho de qué hablar.
Regina abandonó la estancia, feliz. Ahora tenía una familia. Y se juró que los protegería con su propia vida.
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