9 de Noviembre de 1310

He perdido la cuenta de los días. El viaje a Glenhaven me está resultando más lento y tedioso de lo que recordaba. No me he llevado mis libros, tan solo llevo conmigo unas cuantas hojas de pergamino, plumas y tinta para poder escribir. Tener que viajar en esta época del año es un fastidio. Las lluvias no cesan, los caminos se llenas de barro, y hay tanta humedad que sientes que penetra hasta en los huesos. Dentro de poco caerán las primeras nevadas, y entonces los caminos sí serán prácticamente intransitables.

Para alguien como yo, todo esto no tendría por qué ser un problema. Se supone que sólo he de usar unos cuantos hechizos y listo. Pero no puedo, por más que lo desee. No puedo teletransportarme hasta Glenhaven, ni tampoco puedo cambiar el tiempo. Bueno, no es que no pueda en el sentido estricto de la palabra; simplemente es que no debería. Sería demasiado extraño que el tiempo mejorara de golpe y porrazo, en unos días donde lo normal es que te cales por el frío y la humedad.

Pero no debo desanimarme, porque, al menos, me he encargado de evitarnos algunas molestias. Los bandidos, por ejemplo. Teniendo a mis secuaces pululando las inmediaciones de los caminos, dudo mucho que quede alguna banda de ladrones aún viva.

No he de desanimarme. Mañana se casa mi hermana, y mañana temprano llegaremos a Glenhaven. Estoy deseando ver a Fleur, pero también deseo encontrarme con Stefan, para poder decirle de una vez por todas lo que siento por él. Fleur se ha retirado voluntariamente, así que supongo que no habrá ningún problema.

Empiezan a formarse nubarrones en el cielo. Mañana habrá tormenta.


14 de Diciembre de 1310

No me he atrevido a escribir desde hace mucho. He estado demasiado ocupada con todo lo que ha pasado que apenas he tenido tiempo para escribir…

No, no sólo ha sido el tiempo. No he cogido la pluma en todo este tiempo porque estoy dolida, y entonces lo estaba tanto que me era imposible el simple hecho de pensar en el pasado. Aquí, en la Montaña Prohibida, reina una extraña paz, una tranquilidad que me reconforta poco a poco. Este sitio, estas ruinas, ahora es mi hogar.

Pero debería contar qué ocurrió exactamente, qué me impulsó a venir a este desolado lugar. Todo empezó aquel diez de Noviembre de 1310, el día de la boda real.

Mis padres, impacientes por ver de nuevo a su querida primogénita, no ordenaron hacer un alto para dormir, por lo que la marcha siguió durante toda la noche. Al amanecer, estábamos a las puertas de Glenhaven. Los padres de Stefan saludaron efusivamente a los míos, aunque a mí no me dirigieron la palabra. No me importó, la verdad, pues nunca me ha caído bien esa gente. Luego, los cuatro monarcas penetraron en la fortaleza, momento que aproveché para escabullirme y buscar a Stefan y a Fleur por mi cuenta.

Bueno, he de decir que la gente del castillo sigue siendo igual de imbécil que antaño, pero por lo menos no me reconocieron, incluso alguno, viendo mis adornos que me acreditaban como miembro de la realeza, se inclinó cortésmente cuando pasé. Noté que, a pesar de tratarse de un matrimonio entre una lexovien y un glenhaviano, todos los rostros irradiaban alegría. Por lo visto, mi hermana ya se había hecho querer en tan poco tiempo.

Me encaminé a la parte destinada a la familia real. Sabía que, si quería encontrar a Fleur, sería donde hubiera el mayor grupo de damas, a las que seguramente se les estaría cayendo la baba a chorros al ver el vestido de novia.

Como tenía la mente ocupada en todo esto, no me di cuenta de que me había desviado de mi camino hasta que me encontré delante de una puerta cerrada. Me di cuenta casi al instante de que se trataba de la entrada al laboratorio de mi antiguo maestro, en donde tanto tiempo había pasado estudiando. Inconscientemente, extendí la mano hacia el picaporte y lo giré. No me sirvió de nada porque la puerta estaba cerrada con llave.

Suspiré. Quería entrar, pasar una última vez. Me concentré en un hechizo para abrir la puerta, pero una voz me detuvo.

-¿Os habéis perdido, mi señora?

Lentamente, me giré. Ante mí tenía a un muchacho de no más de doce años, vestido con el uniforme de paje.

-Estoy buscando a Fleur de Lisieux, muchacho.

El chico señaló al pasillo a sus espaldas.

-Está por allí, rodeada de mujeres. El príncipe Stefan también está con ella.

Le di las gracias y di un par de pasos. Pero, antes de alejarme más, me dirigí otra vez al chico.

-¿Quién vivía en esta alcoba, joven? –pregunté, haciéndome la inocente.

El paje se encogió de hombros.

-Un brujo, mi señora. Tenía a una ayudante, pero los dos se marcharon de aquí hace muchos años. Dicen que esta habitación está maldita.

-¿Y tú te atreverías a entrar ahí?

El paje no contestó, así que, pasado un rato, volví a darle las gracias, y me marché.

A la mitad del camino me crucé con un grupo de sirvientas, que reían por lo bajo como idiotas enamoradas. Por su aspecto, deduje que serían las que se encargaban de atender a la novia, así que me alegré. Estaría con Fleur a solas. Apreté el paso, más contenta con cada zancada que daba. Como la puerta estaba abierta, entré de sopetón, sin llamar.

-¡Fleur! –saludé, sonriente-. Por fin te ve…

Me callé, porque de repente se me hizo un nudo en la garganta. Efectivamente, allí, junto a la ventana, estaba Fleur, vestida de blanco de pies a cabeza. Junto a ella, estaba un joven, alto y moreno. Los dos estaban fundidos en un apasionado abrazo, besándose con un ardor que sería capaz de derretir un témpano de hielo.

Me quedé de piedra, incapaz de creer lo que estaba viendo. De repente, Fleur se apartó del abrazo del joven, se giró hacia mí y sonrió, feliz. Se abalanzó sobre mí y me abrazó, pero yo no le devolví el abrazo. "¡Neri!", gritaba.

Yo no escuchaba, pues sólo me venían a la mente recuerdos lejanos. Volvía a oír en mi cabeza a mi maestro, preguntándome si Fleur lo daría todo por mí llegado el momento. Fleur, mientras tanto, tenía apoyadas las manos en mis hombros, y me miraba preocupada.

-Me-Me…-balbuceé.

-¿Neri? –Preguntaba Fleur- ¿Neri, te encuentras bien?

Alcé mis manos hacia las suyas e hice que las bajara. Apoyé mi mano derecha en su pecho, pues llegué a pensar que me acabaría desplomando de un momento a otro. Pero, conforme aumentaba mi ira, aumentaban mis fuerzas. Empecé a jadear.

-Tú…-siseé-. Tú… ¡Tú me has traicionado!

Lo que hice, lo hice sin pensar. De repente, salió una ráfaga de energía de mi mano derecha, haciendo que Fleur saliera despedida. Stefan gritó, aterrado, y se precipitó sobre mi hermana, evitando por muy poco que se estampara contra la pared. Los dos cayeron al suelo. Stefan se incorporó como pudo, pero Fleur se arrodilló. Me miraba con el terror escrito en sus ojos.

Yo jadeaba. Mantenía extendido el brazo derecho, que me ardía como si sujetara un hierro al rojo.

-N-Neriah…-empezó Fleur.

-¡Cállate! –le interrumpí-. ¡¿Qué significa para ti una promesa?! ¡No eres más que una embustera; una embustera y una puta!

Oía pisadas tras de mí. Pero no me importaban, sólo quería escuchar una respuesta de los labios de mi hermana.

-¿Promesa? –Oí. Me giré. Era Stefan el que hablaba. Nos miraba a ambas, interrogante -. ¿Qué promesa?

No me tomé la molestia de contestar; esperaba que fuera Fleur la que lo hiciera. Tras un minuto que a los tres se nos hizo eterno, mi hermana abrió la boca.

-Tú le amas…-susurró, como si se acabara de dar cuenta.

Aquello me sacó aún más de mis casillas. ¿Cómo no había podido percatarse, aunque fuera mínimamente? Quería explotar, pero me contuve.

-Al fin te das cuenta. Sin embargo –añadí- no sé por qué me hago ilusiones, ya que estás tú aquí, ¿me equivoco? Fleur de Lisieux, dispuesta como siempre a quitármelo todo.-Me volví hacia Stefan, quien no se apartaba de su lado. Notaba correr las lágrimas por mis mejillas-. Por favor, Stefan, ¿de verdad la amas?

-¡Por supuesto que la quiero! –bramó Stefan.

Ahogué un suspiro. Tenía que controlarme, pero faltaba muy poco para que me derrumbara. A mis espaldas, se agolpaba una multitud de curiosos, tratando de no perderse un solo segundo del espectáculo. Saqué fuerzas de flaqueza e hice un amago de sonrisa.

-P…Pero. –dije-. Tú…Tú dijiste…

-¡¿Pero aún no te has dado cuenta de que todo era una maldita mentira, imbécil?! –Respondió Stefan. Yo lo miraba fijamente. Sólo entonces me di cuenta de que los ojos del príncipe estaban inyectados en sangre- ¡Fui cortés contigo porque alguien tenía que hacerlo! ¡Yo nunca te he soportado! ¡Te pasabas los días siguiéndome como una idiota! ¡¿De verdad creíste que me portaba bien contigo porque quería?! ¡No eres más que un monstruo!

Fleur se agarró a la camisa de Stefan. Lloraba, suplicándole que parara. Yo escuchaba, estupefacta, mientras que todos los buenos momentos vividos junto a él pasaban en mi cabeza a una velocidad pasmosa. Me costaba creer que aquel encantador muchacho fuera el mismo que me insultaba, que se regocijaba con cada sílaba que brotaba de sus labios.

-Yo te odiaba como el que más. No eres más que una bruja. ¿Sabes? Hasta te pusimos nombre y todo… ¿Te gustaría oírlo?

-¡Déjalo ya! –gritó Fleur, en un desesperado intento para que su prometido parara.

-¡Tu nombre es Maleficent! –bramó Stefan, triunfante.

Maleficent. Maligna, demonio. Yo bajé la cabeza, sintiendo como mi respiración se aceleraba cada vez más. Ya no era sólo el que mi hermana me hubiera traicionado, no, era que la persona a quien más estimaba, mi amigo, me odiaba. Dejé salir una última lágrima, que se desvió por el puente de la nariz hasta caer al suelo de piedra. Noté, por el ruido, que me rodeaban los guardias.

Estaba harta, harta de toda esa farsa. ¿Decían que era una bruja cruel? Les demostraría que lo era. Alcé la cabeza.

-Yo… ¡Yo os odio!

Extendí rápidamente los brazos, dejando salir una enorme ola de energía. Los guardias empezaron a quemarse vivos, envueltos en llamas negras y verdes. La multitud, aterrada, empezó a correr en todas direcciones. Sin hacerles caso, avancé hacia Stefan y Fleur, que estaban hechos un ovillo. Les sonreí.

-Juro que os arrepentiréis por lo que habéis hecho.

Murmuré un hechizo, y al instante aparecí en la Montaña Prohibida, junto a mis lacayos y junto a Diablo. Había empezado a llover con una fuerza tremenda, y a los pocos segundos estaba empapada.

-Maleficent.-susurré.

Ahora sé que realmente no estaba enamorada. Bueno, no estaba enamorada de Stefan, sino de la imagen idealizada que me había formada en la cabeza. Me había enamorado de una ilusión, al igual que una chiquilla con un príncipe de cuento de hadas. El corazón me jugó una muy mala pasada…

Ha pasado un mes desde aquello, un mes bastante arduo para mí. Padre y Madre, profundamente dolidos, han borrado mi nombre de todos los archivos, negándome como hija. Mis efectos personales pudieron ser salvados gracias a una rápida actuación. Stefan y Fleur se han casado, por fin. Yo he empezado a labrarme una imagen de bruja. He cambiado radicalmente de atuendo. A partir de ahora, vestiré un largo vestido negro, de amplias mangas, con una larga cola en forma de ala de cuervo. Llevaré un tocado con cuernos, como el de un demonio, y portaré un báculo como símbolo de mi posición.

Neriah de Lisieux, segunda en la sucesión, murió el día diez de Noviembre de 1310. Ha nacido Maleficent, la Emperatriz del Mal, soberana de la Montaña Prohibida.