— ¿Papá…?— musitó suavemente Nashira, ahora muy preocupada. Su pequeña mano empujó con suavidad la del hombre castaño, quien era ajeno a su tacto— Papi, despierta… — insistió la pequeña.

Y todo aquello era demasiado para Pepper, quien pasó unos momentos muy difíciles intentando pensar qué explicar cuando su pequeña le preguntó por qué su papá no despertaba, con los ojos ahogados en lágrimas. Intentó reaccionar, hacer conciencia del lugar dónde estaba. Encontró consuelo en el aparato que reflejaba el ritmo del corazón de Tony, que sonaba con un tenue y constante beep. Inhaló con profundidad, para intentar explicarle a la niña que tenía enfrente que su papá simplemente estaba durmiendo. O eso esperaba.

La reacción de Nashira debió ser lo suficientemente audible, porque Bruce, con el cabello todavía húmedo y ropa limpia, abrió la puerta y se apresuró a tomarla en brazos, intentando calmarla.

—Shh, está bien, cielo— canturreó a su oído, sin ocultar el suspiro de alivio que escapó de sus labios. Con el sonido que había hecho la pequeña, imaginó lo peor.

—¿Por… por qué p-papá no despierta?— inquirió la niña con lágrimas en el rostro. Bruce la miró, confundido.

—¿Qué pasó?— preguntó a Pepper para poder entender las cosas, mientras intentaba en vano secar las lágrimas de la niña.

—Tony estaba hablando y de pronto cerró los ojos…— respondió ella, reponiéndose de la situación. El hecho de pensar que su esposo pudo haber muerto y que de repente dejara de hablar le había provocado algo similar al pánico.

—Sólo está cansado— dijo para ambas—, fue mucho para su cuerpo. Posiblemente se despierte en lapsos cortos, pero está bien— agregó con una sonrisa de alivio.

—Creo que es mejor que lo dejemos descansar— declaró Pepper mirando a su pequeña, que hipaba en brazos de su tío.

Más tranquilas, Bruce las vio salir en dirección al elevador. Aprovechó para revisar todos los escáneres e informes de Tony sólo para asegurarse que de verdad estaría bien el resto de la noche. Sí, el ingeniero estaba muy débil, pero era fuerte y estaba fuera de peligro… siempre y cuando su pequeña no decidiera aterrizar en su torso. Eso bien podría matarlo.

Con un suspiro, abandonó la habitación para dejarle descansar apropiadamente, no sin antes abrir la persiana para poder observarlo desde fuera. Se sentó en las sillitas frente al blanco cuarto y dio un vistazo al reloj. Medianoche con trece minutos. Nashira de verdad se había pasado por mucho la hora de dormir.

El Físico cerró los ojos y dejó caer su cabeza hacia atrás, recargándose en la pared. Se sobresaltó un poco cuando Natasha ocupó el lugar a su lado fuera de la salita de espera. Todavía se sentía confundido por su actitud en el Quinjet, y aquella manera tan extraña en la que se había ido. Aunque no es que él le echara la culpa ni mucho menos, después de todo, fue él quien intentó besarla.

Era un error, por supuesto, nunca debió siquiera pensarlo. Natasha podría tener al hombre que quisiera a sus pies, no había manera que ella le prefiriera considerando que tenía un muy verde y enojado problema.

Y sin embargo ahí estaba ella, una vez más poniendo una mano sobre su hombro.

—Lo siento— dijo él en un murmullo, mirando al piso pero girando un poco la cabeza en su dirección.

—No tienes porque disculparte— respondió ella con el mismo volumen de voz. La torre era su hogar y todo, pero no parecía el momento ni el lugar adecuado para hablar con normalidad.

—Lo siento Natasha, no debí inten…

—Bruce— interrumpió ella, tocando la mano que él tenía recargada en su pierna y dándole un ligero apretón, sabiendo ya el motivo de la disculpa—, no me fui solo porque intentaste besarme— él por fin alzó la vista, con confusión. Al menos ahora sabía que esa era una de las razones. No pudo evitar reparar en su cabello mojado, que contrastaba a la perfección con sus bonitos ojos verdes. Llevaba puesto un pantalón holgado y una playera al menos dos tallas más grande que ella—.Y no te detuve. No tienes por qué disculparte.

Natasha no soltaba su mano. De hecho había deslizado su palma por debajo de la de él, y sus dedos estaban apenas entrelazados con los de ella. Sin embargo algo lo hizo detenerse de estrechar su mano con fuerza.

— ¿Qué hay de Clint?— continuó él, sin subir el volumen de voz pero ruborizándose levemente. Bruce intentaba buscar la lógica de sus palabras, cada vez más confundido.

— ¿Clint?— inquirió la rusa con el ceño ligeramente fruncido, viendo perfectamente hacia dónde se dirigían los pensamientos del Físico. Y no pudo suprimir del todo la sonrisa que se estaba formando en la comisura de sus labios.

— Digo… ¿Us-ustedes dos no…?— preguntó tímidamente el hombre. Y fue eso lo que hizo reír a Natasha, aunque lo hizo realmente sin hacer ruido.

— Vamos, Doc. No me digas que tú también.

El rubor ahora pintaba todo el rostro de Bruce, y eso fue suficiente respuesta. Natasha fue quien cerró su mano alrededor de la de él, ahora sus dedos realmente entrelazados. Bruce dudó unos momentos, pero pronto sus dedos se relajaron alrededor de los nudillos de la rusa.

Al menos podían respirar un poco más relajados ahora que Tony estaba estable. No obstante, todavía estaban lidiando con el estrés que supuso toda la situación… y el millonario todavía tenía que arreglárselas para permanecer despierto más que sólo unos minutos. Era absurdo que el hecho de estar sentados fuera de su habitación provisional y con las manos entrelazadas le diera a Bruce la sensación de que aquello era real y no todo lo contrario. Natasha recargó la cabeza en su hombro, mirando a la pared, y él recargó la suya con cuidado en los rizos de la pelirroja, como si pensara que en un momento u otro saldría corriendo.

—Si lo hubiera sacado de ahí, no estaría en esa cama— escuchó decir a Natasha en voz baja.

Bruce comprendió que la rusa se sentía culpable siendo que desde el principio sentía que algo estaba mal.

—No habrías podido convencerlo a tiempo, Natasha— respondió dando un ligero apretón a sus manos entrelazadas.

Ella no discutió. Por algo se había infiltrado a su empresa años atrás, sabiendo de antemano que era demasiado terco como para recibir ayuda, escucharlo del hombre a su lado le reconfortó de alguna manera. Pero el nombre de Tony, por supuesto, era uno que no quería agregar a su creciente lista teñida de carmesí (al menos, no realmente). No pudo evitar que sus labios se curvaran en media sonrisa cuando el hombre a su lado empezaba a relajarse de más.

—Vamos, Doc. Necesitas dormir— dijo sin alzar demasiado la voz, levantándose de su asiento, todavía con la mano del Físico atrapada en la suya.

El pobre hombre parpadeó, siguiéndola hasta el elevador, pero realmente sin querer despegarse de su mejor amigo, dada la duda con la que caminaba.

— ¿De verdad crees que va a estar bien?— preguntó en un suspiro en cuanto las puertas se cerraron.

—Bruce, es Tony— obvió la rusa y rodó un poco los ojos—. Y ya perdí la cuenta de todas las veces que has revisado el monitor.

Él se sonrojó un poco, de repente demasiado despierto, demasiado consciente de la pequeña mano que tenía entre la suya, del dulce aroma que lo inundaba, mezclado con el del champú.

Las puertas se abrieron en el piso común, donde la habitación de Bruce, Natasha y Clint se encontraban. Thor, Steve y ahora Maria dormían en el piso de abajo. Caminaron hasta la puerta de la habitación de Natasha, donde sus manos se soltaron dejando un vacío. Cayó en la cuenta de que estaba observándola, inmóvil, sin motivo para quedarse cual estatua en su puerta, y se puso nervioso.

— Yo… eh, buenas noches— dijo cuando encontró su voz, antes de girarse con lentitud y dar un paso en dirección a su cuarto— Y… ¿ Tasha? Gracias.

Lo que Bruce no esperaba fue la mano que lo detuvo y lo obligó a girarse. Tampoco esperaba que la otra mano se enredara entre sus todavía húmedos rizos con suavidad, despacio, dándole tiempo a retirarse. O aquellos perfectos ojos verdes que se posaron en los suyos y después se entrecerraron. Los labios rojos de Natasha lo tomaron por sorpresa y se encontró con sus pensamientos ahora nulos. ¿De qué le valía ser un genio si aquella mujer hacía que dejara de pensar?

Los labios de la rusa eran suaves y delicados contra los del Científico. Danzaban con cuidado entre los de él, siempre dejándole salida, la oportunidad de huir si lo quería. Pero las manos del Físico se envolvían en su cintura, acercándole, y sus labios correspondían el lento y suave contacto. Una parte de él cayó en la cuenta de que aquel contacto era un beso, algo muy íntimo que estaba, ahora mismo, compartiendo con Natasha Romanoff. Aquello debía estar mal, pero no podía importarle menos.

Después de haberse sentido intoxicado por el sabor de los dulces labios y su más que agradable aroma, Natasha rompió el contacto y se separó de él. No de manera brusca, ni siquiera de manera firme. Pero sus ojos brillaban con picardía y sonreía.

—Buenas noches, Doc— dijo ella, dejándolo atolondrado en medio del pasillo y a mitad de la noche.

Definitivamente no iba a poder dormir.