21
Robin tenía una expresión de sorpresa, casi susto. Regina lo miraba a los ojos, pero tampoco podía evitar sentirse un poco extraña con la conversación. Entendía lo que debía estar ocurriendo en la cabeza de él, quizá la misma sensación que ella había tenido cuando comprendió que todo lo que decía Henry era cierto.
—Eso no es posible, porque tú y yo… nunca… —balbuceó Robin.
—Lo sé, lo sé… —se apresuró a aclarar Regina— en esta tierra no, pero en la otra… pues…
Regina estaba ligeramente ruborizada. Sí, en esa tierra ella y Robin apenas si habían compartido un abrazo y había sido aquella noche cuando el gélido viento había soplado tanto que tuvieron que estrecharse para no morir congelados. Por supuesto, Regina recordaba ese abrazo, no había podido olvidarlo. Después de eso, la presencia del ladrón se había vuelto algo indispensable; él jamás sabría la forma en la que el corazón de ellaa había saltado cuando lo había visto aparecer en la mazmorra de Zelena para rescatarla, ni tampoco cómo su pulso se aceleraba cada vez que lo tenía cerca.
Ambos se miraban en silencio. Todo eso era absurdo: esas sensaciones y esos sentimientos. Robin apenas si podía parpadear.
—Quieres decir que… si en la otra tierra tú y yo… es decir, hemos estado juntos… en esta tierra tú… —decía Robin sin prestar atención a sus propias palabras.
—Eso parece —asintió Regina, llevándose un mechón suelto de su cabello detrás de la oreja—. Me he sentido un poco extraña.
—Oh, vaya.
—Robin, creo que debemos ayudar a Henry, sólo así podemos saber la verdad. Debemos regresar a nuestra tierra real —dijo Regina con gravedad en su voz.
—Pero… si lo que Henry ha contado es cierto, quiere decir que…
—Roland es tu hijo también —asintió Regina.
Robin se cruzó de brazos, un poco abrumado, mientras veía sus propias botas. Regina quiso acercarse, estaba muy próxima a hacerlo, quería tocar su brazo, hacerle sentir que todo estaría bien; sin embargo, la voz de Rumpelstiltskin la interrumpió:
—Buen día, forajidos —saludó el hechicero mientras se sacudía las manos de tierra—. Creo que hemos dormido más que suficiente. Hay que despertar a los pequeños ladrones y marchar a nuestra empresa.
Regina y Robin intercambiaron una mirada rápida y luego se dirigieron a la tienda donde dormían los niños. Pero sólo encontraron a Roland, quien soñaba a pierna suelta.
—¿Dónde está Henry? —preguntó Regina, visiblemente preocupada.
—Seguro fue al río, ya sabes —respondió Robin, todavía sumido en sus pensamientos.
Como un presentimiento, Regina echó una mirada alrededor.
—No… Henry no está —dijo ella casi en un susurro.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Robin, extrañado.
Rumpelstiltskin se acercó a ellos y comenzó a seguir las pisadas que Henry había dejado sobre la hierba. Robin tomó a Roland en brazos y lo despertó con cuidado.
—¡Henry! —gritó Regina internándose en los matorrales, de pronto vio un par de botas y se aproximó con velocidad—. ¡Henry! Gracias al cielo… no me des ese tipo de…
Sin embargo, Regina se paró en seco cuando se percató de que aquel no era Henry, sino una mujer, una rubia que en cuanto vio a la morena desenfundó la espada.
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Henry despertó sintiéndose confundido. Estaba seguro que así era y así sería mientras permaneciera en esa tierra. Abrió los ojos y pudo distinguir que se encontraba dentro de una mazmorra.
La oscuridad le lastimaba los ojos. Sin embargo, pudo ponerse de pie y palpar las paredes de roca alrededor de él. Una luz tintineante se aproximaba. Henry retrocedió unos pasos con cautela. Regina le había enseñado que esa era la mejor forma de mantenerse a salvo, pues si en cualquier momento lo atacaban él podría defenderse con una patada rápida: "trucos de ladrona" había dicho ella.
La luz se hizo cada vez más visible, descubriendo el rostro de Snow White quien llevaba la antorcha en la mano. Henry casi aguantó la respiración; de nuevo experimentaba ese sentimiento extraño de ver un rostro familiar y querido bajo el hechizo de algo que no era.
—Espero que mis guardias no hayan sido demasiado bruscos contigo, niño —sonrió la reina Snow White, su rostro diáfano y dulce parecía muy joven.
Henry no podía decir nada. Estaba preocupado: si los guardias lo habían tomado preso, significaba que la Reina Malvada sabía dónde se encontraba Regina.
—No recuerdo haber dado la orden de que te arrancaran la lengua, pero quizá lo hicieron —rió Snow con una mueca maliciosa—. ¿Quieres decirme tu nombre, muchacho?
—Henry —respondió el chico, tragando saliva.
—Ah, qué peculiar nombre —siguió Snow con un tono condescendiente—. ¿Cuántos años tienes, chico?
—Doce.
—¿Desde cuándo eres compañero de Regina la ladrona?
—Sólo unos pocos días… señora —respondió Henry sin saber cómo hablar con su propia abuela.
—Qué curioso —dijo Snow arqueando una ceja—. Un amigo mío, que se encuentra ahora muerto, por cierto, me dijo que tú y la ladrona tienen un vínculo especial. ¿Es cierto?
Henry no sabía qué decir. Aquella mujer no era su abuela, no era para nada la Mary Margaret dulce y generosa que él conocía. Temía por la vida de Regina, cualquier cosa que dijera podría conducir a la Reina Malvada a ella. El chico permaneció callado.
—Bueno, Henry, tengo muchos métodos para hacerte hablar —siguió Snow con una voz dulce pero amenazante—. La edad de mis prisioneros nunca ha sido un problema para mí. Quizá prefieras decirme por qué has estado con Regina todo este tiempo por las buenas, en lugar de sufrir una lenta y dolorosa tortura.
Snow White se cruzó de brazos. Henry tragó saliva. Estaba seguro que las amenazas eran ciertas.
—Es mi madre —musitó el chico, temeroso.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Snow confundida.
—Regina es mi madre —continuó Henry con voz más alta.
Los ojos de Snow entornaron al chico. No podía dar crédito a lo que escuchaba. Regina no podía tener un hijo, ella no tenía familia, no tenía a nadie, la misma Snow White se había asegurado de eso, se encargó de matar a cada persona con la que Regina compartiese sangre.
—Eso no es posible… —decía Snow, más para sí misma que para Henry— Yo lo habría sabido. Regina no puede tener a nadie… ¡No puede!
De pronto, Snow White, furiosa, metió las manos entre los barrotes de la celda y tomó a Henry por el cuello. El chico hizo una mueca de dolor.
—¡Estás mintiendo! —exclamaba la reina, con los ojos inyectados de ira.
—No… ella es mi madre —respondió Henry con seguridad a pesar de encontrarse asustado.
Aquello era un acto de valentía. Henry sabía que podía morir por su confesión, pero estaba seguro que Snow White lo tomaría como rehén para hacer que Regina se dirigiera al castillo.
—¡Guardias! —exclamó Snow y de pronto un puñado de hombres aparecieron detrás de ella—. ¡Encadénenlo!
Un par de guardias abrieron la prisión del chico y le colocaron unos grilletes en las piernas y en las manos.
—Veremos qué sucede primero, muchacho: si tu madre viene a buscarte o mueres de hambre.
Snow dijo esto como una sentencia y luego se marchó con paso rápido. Henry tragó saliva. Nunca antes había sentido tanto miedo.
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—¿Quién eres? —preguntó Regina retrocediendo unos pasos con cautela y mirando a la mujer rubia que blandía su espada delante de ella.
—La reina exige tu cabeza, ladrona —respondió la rubia con una mirada inexpresiva—. Ríndete ahora o el muchacho que hemos tomado preso morirá.
—Henry… —musitó Regina casi sin aliento—. ¿Qué le has hecho a mi hijo?
—La guardia real lo ha llevado a los pies de la reina Snow White —siguió la rubia aproximándose lentamente a Regina.
—No… —musitó Regina con temor— no… ¡¿Dónde está Henry?!
—Es mejor que te rindas ahora, forajida —amenazó la rubia con paso firme.
—No, hasta recuperar a mi hijo —respondió Regina con la mandíbula apretada.
De pronto, la ladrona lanzó una bola de fuego hacia la rubia, ésta la esquivó con rapidez y, sin mucho esfuerzo, ella misma lanzó otro rayo de luz púrpura que golpeó a la morena y la arrojó varios metros sobre el suelo.
Regina intentó levantarse, sin embargo no pudo ocultar su sorpresa: la rubia tenía magia también. De pronto, ésta se aproximó a Regina con paso veloz y lanzó un espadazo hacia ella, la morena cerró los ojos con fuerza, incapaz de moverse en el suelo. Sin embargo, la espada de la rubia fue detenida por la hoja de otra espada también, la de Rumpelstiltskin.
La rubia se irguió con orgullo. Rumpelstiltskin no bajó la guardia.
—Los amigos de la ladrona son enemigos de la reina —dijo la rubia.
—La reina nunca me ha caído bien —respondió Rumpelstiltskin con una sonrisa y atacó a la rubia con la espada.
Ambos comenzaron a luchar. Regina no podía moverse, pero de pronto las manos fuertes de Robin la sujetaron para ayudarla a ponerse de pie.
—¿Estás bien? —preguntó el ladrón preocupado—. ¿Qué diablos sucede?
—Snow tiene a Henry… —decía Regina quejándose de dolor.
Robin frunció el ceño y luego miró a la rubia quien peleaba con el Caballero Dorado.
—¿Y ella quién es?
—Una mercenaria de la reina —respondió Regina.
Rumpelstiltskin era rápido y respondía a los movimientos de Emma con acierto. De pronto, la rubia, furiosa, lanzó un poco de magia hacia el Caballero Dorado, quien lo repelió con otro ataque de luz dorada.
—Debiste haber dicho que era un duelo de magia —dijo Rumpelstiltskin con sorna.
La rubia entornó los ojos hacia él y volvió a atacarlo con poderes mágicos. De pronto, la lucha se transformó en una batalla de espadas y magia. Robin cubrió a Regina, ésta se encontraba tan confundida como él; sin embargo, había algo en los gestos de la rubia que le parecían familiares.
—¡Márchense! ¡Usen mi caballo! —exclamó Rumpelstiltskin a la pareja de ladrones, sin bajar la guardia—. ¡Yo puedo retenerla!
Robin asintió, tomó la mano de Regina y corrió con ella a través de los matorrales. Se dirigió hasta uno de ellos, donde Roland se encontraba escondido tal y como él se lo había ordenado. Tomó al pequeño en brazos y junto a Regina, quien rápidamente se echó el morral con el libro de Henry al hombro, montaron el caballo.
—¿A dónde nos dirigimos, milady? —preguntó Robin tomando las riendas.
—Al castillo de Snow White —respondió Regina con la mirada decidida.
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Los poderes de Rumpelstiltskin eran muy fuertes, pero la rubia poseía también una magia resistente y, sobre todo, especial. El Caballero Dorado no había visto nada así antes, por lo que su sorpresa era igual que su curiosidad.
—¿Cómo es que una reina hechicera necesita de los poderes mágicos de otra bruja? —preguntó Rumpelstiltskin levantando la guardia de su espada.
—Sólo respondo a las órdenes del reino —respondió la rubia, con la mirada perdida.
—¿Por qué no ha venido Snow White a buscar personalmente a la ladrona?
—Yo soy una mercenaria, ése es mi deber.
La rubia volvió a atacar con magia, pero Rumpelstiltskin fue más rápido y respondió con un rayo de luz dorada que dio de golpe en el pecho de la mujer. Ésta cayó al suelo de rodillas, jadeando y, de pronto, levantó la mirada. Sus ojos se habían tornado de un color azul claro, y esa expresión perdida y ofuscada que había mostrado antes, se convirtió en una de desconcierto.
Rumpelstiltskin se acercó con la espada amenazante. La rubia lo miró aún arrodillada, casi sin comprender.
—¿Dónde estoy?, ¿qué es esto? —preguntó mirando hacia todas partes.
Rumpelstiltskin sonrió mordazmente, su espada aún apuntaba hacia ella, amenazante.
—No caeré en tus trucos, hechicera.
—No soy ninguna hechicera… soy Emma —respondió ella, recelosa—. ¿Gold?, ¿por qué estás vestido así?, ¿dónde estamos?
—¿De qué diablos estás hablando? —preguntó Rumpelstiltskin enfadado.
Emma se levantó del suelo, miró la espada que llevaba en la mano, de pronto Rumpelstiltskin la atacó, ella respondió cubriéndose rápidamente.
—¡¿Qué demonios sucede contigo?! —preguntó la rubia, confundida.
—¡Deja ya tus artimañas, bruja! —exclamó él, apretando los dientes.
Emma resistió con la espada, pero no por mucho tiempo. De pronto la soltó y lanzó a Rumpelstiltskin una patada, justo en los testículos. Éste aulló de dolor y se echó al suelo. La rubia echó a correr por el bosque, más confundida que nunca.
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Henry sabía que lo mejor que podía hacer era permanecer en silencio y quieto. Se encontraba cabizbajo, con las piernas juntas y la mirada perdida. Había fallado en todo, ahora no sólo él estaba en peligro, sino que también Regina, y con ella Robin. En realidad, todos los seres que amaba en el mundo, su familia.
Se habría puesto a llorar si no hubiese sido porque se encontraba demasiado enojado consigo mismo y estaba cansado de ser sólo un chico, sin poderes, sin magia, sin ninguna habilidad más que la de cambiar historias para mal.
Se recargó sobre uno de los muros de roca. Prefería cerrar los ojos y no ver la profunda oscuridad que reinaba en la mazmorra. En cuanto su espalda tocó la fría piedra, sintió que algo se movía en ella. De pronto, notó que se trataba de un bloque suelto, intentó moverlo con las manos pero no podía hacerlo bien, no con las muñecas atrapadas en los grilletes; así que se ayudó de su espalda. Comenzó a empujar el bloque y enseguida escuchó el sonido de un frasco deslizándose. Con una mano torpe, lo alcanzó antes de que éste saliera rodando por el suelo. Henry lo tanteó en la oscuridad: era el tintero. Por supuesto, Isaac lo había escondido allí.
Su corazón brincó de felicidad. Había esperanza, tenía la última pieza que faltaba. Pero la terrible realidad lo golpeó de repente, no tenía ni el libro ni la pluma. Se habían quedado en el campamento y no había forma de escapar.
Las risas de los guardias lo sacaron de sus pensamientos. Estaba seguro que si tan sólo fuese cinco años más viejo y pesara un poco más hubiese podido darles pelea; pero sólo era un chico, de doce años, aún bajo de estatura y con la voz de un niño. No había forma de causar miedo a hombres que veían morir a otros hombres todo el tiempo.
Sin embargo, Henry dio un respingo: por supuesto que podía, podía lograr aterrorizar a esos salvajes guardias. Él venía de un mundo distinto, uno que llevaba siglos de conocimiento como ventaja.
Henry se acercó a los barrotes y comenzó a fingir una tos fuerte y ronca. Al inicio, los guardias no parecieron darle importancia, pero luego de unos minutos, uno de ellos se acercó con cara de pocos amigos y golpeó los barrotes con la pierna, mirando a Henry con desprecio:
—¡Cállate, rata asquerosa!
—No… puedo… —decía Henry, tosiendo tan fuerte y constante que había logrado ponerse muy rojo.
—¿Qué tal si te obligo? —inquirió el guardia, tomando a Henry por el cuello y amenazándolo.
—Estoy… muy enfermo —siguió Henry tosiendo con vehemencia.
El guardia hizo una mueca de asco y llamó a otro guardia que se encontraba cerca. Éste se aproximó con el mismo gesto de enfado.
—¿Qué sucede?
—El prisionero dice que está enfermo.
—Mejor aún, morirá pronto.
—Pero la reina quiere mantenerlo con vida.
La conversación de los guardias se vio interrumpida por un estornudo de Henry, el cual fue muy sonoro como para ser falso. Ambos guardias miraron al muchacho con suspicacia. Uno de ellos lo sacó de la celda, quitándole los grilletes.
—Hay que llevarlo con la reina, antes de que muera —indicó el guardia a su compañero.
—No me toques… —intervino Henry— es muy contagioso.
De pronto, el guardia lo soltó y se apartó con rapidez.
—¿Qué quieres decir, sabandija? —preguntó el hombre con temor.
—Es una enfermedad de mi tierra… —siguió Henry, tosiendo y quejándose de un falso dolor— Ha matado a cientos de hombres.
Los guardias se miraron entre sí, nerviosos y confundidos.
—Es… rinitis… es terrible —decía Henry, tirándose en el suelo casi teatralmente.
—¿C-cómo dices? —ambos guardias retrocedieron.
—Deben alejarse de mí, si no… los contagiaré —dijo Henry tosiendo con más fuerza—. Tienes que quemar sus ropas… si no será demasiado tarde.
Los guardias se miraron y comenzaron a echar a correr. Luego, se escucharon sus voces contándoselo a otros guardias, quienes los increparon por haberse acercado al chico enfermo y también salieron corriendo de la celda.
En cuanto Henry se encontró solo, se levantó apresuradamente, tomó una de las antorchas que alumbraban los pasillos de las mazmorras y salió corriendo hacia la puerta de madera al final del umbral. Sin embargo, en cuanto la abrió, el rostro crispado de David, su abuelo, lo detuvo.
—Con que queriendo escapar, chico —sonrió la versión severa de Charming.
—Yo… —balbuceó Henry.
—No será necesario. La reina quiere verte.
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Robin paró el caballo en cuanto se encontraron en el puente del castillo. Regina no podía creer que se encontraba de nuevo allí, en el lugar donde había sido tan miserable e infeliz y del cual había jurado no regresar nunca.
Ambos descendieron del caballo. Robin se dirigió a Roland.
—Oye, niño, debes esconderte —indicó el arquero—. ¿Ves el árbol de allá? Trepa todo lo alto que puedas y no dejes que nadie te vea.
—Pero yo quiero ir con ustedes —se quejó el pequeño.
—Roland, debes mantenerte seguro, iremos a rescatar a Henry —intervino Regina, acariciando la cabeza rizada del pequeño—. ¿Puedes hacer eso por nosotros?
Roland, aunque dudoso, asintió.
—¿Y después iremos a casa?
—Sí, iremos a casa, los cuatro juntos —asintió Regina, dándole un beso en la frente.
Roland sonrió. Robin iba a estrechar su mano con él, pero en lugar el pequeño lo abrazó con fuerza y echó a correr hacia el árbol. Robin esbozó una sonrisa y miró a Regina, pero ella tenía la mirada fija en el castillo que se alzaba majestuoso e imponente.
En cuanto ambos observaron a Roland trepar y esconderse entre las ramas, marcharon hacia el castillo. Los dos desenfundaron el arco y las flechas y se dirigieron hacia el sitio que Regina más odiaba en todo el mundo.
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Henry había intentado forcejear con su abuelo, pero éste era muy fuerte y había amenazado con arrancarle una oreja incluso antes de que la reina pudiese disponer de él. Así que el muchacho aceptó ir hasta la sala del trono, donde Snow White estaba sentada, con un gesto de complacencia.
—Oh, pero si es nuestro pequeño invitado —sonrió la reina con los labios tan rojos como la sangre—. ¿Acaso los grilletes no estuvieron lo suficientemente apretados, niño?
—Intentaba escapar de la celda —dijo David, empujando a Henry hasta Snow.
Ésta se levantó del trono y se dirigió a Henry, con paso amenazante.
—Y-yo… solicito parley, su majestad —dijo Henry con temor.
Snow White se paró en seco, haciendo caso a las palabras de Henry. Guardó silencio unos segundos y luego soltó una risa chillona, casi hueca y desalmada. El chico tragó saliva y miró nerviosamente cuando la reina se acercó a él con una expresión divertida.
—¿Qué piensas que es esto, chico?, ¿una reunión de piratas? —dijo todavía riéndose Snow—. ¿Acaso no sabes que la reina no hace tratos con nadie? Los vasallos como tú ruegan clemencia.
Henry alzó la mirada, si eso era lo que ella quería, él iba a hacerlo. El muchacho se puso de rodillas y bajó la cabeza.
—Entonces, ruego clemencia, su alteza —dijo el chico, de una forma que parecía una persona mucho mayor.
Snow White dejó de reírse, se aproximó hacia el muchacho con un gesto de curiosidad; tocó su rostro con un dedo y le alzó el mentón.
—Eres un chico peculiar, ¿lo sabías? Parece que hay algo especial en ti.
Henry miró a Snow White a los ojos, ¿acaso era posible que su abuela se sintiera conmovida por su acto de humildad? Ella acarició el rostro de Henry y sonrió.
—Vamos a ver qué tan especial es tu corazón.
Henry sintió una punzada en el estómago. Ella lo tomó por el cuello y con un movimiento rápido alzó la mano para sacarle el corazón del pecho.
—Suéltalo.
Snow White se detuvo, centímetros antes de arrancar el corazón de Henry. Reconocía esa voz, la habría reconocido en cualquier parte. Era Regina.
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Regina estaba al fondo del pasillo. En cuanto David la vio blandió la espada, pero Snow White le indicó que bajase la guardia. Éste obedeció. La joven reina se aproximó con paso lánguido hacia la ladrona, la que alguna vez había sido su madrastra.
—Regina, bienvenida a casa —dijo Snow con una mueca que no era ciertamente de felicidad.
Henry giró sorprendido. Era su madre, su madre había ido por él. Hubiese querido correr hasta ella, pero Snow White lo impedía.
—Si lo que quieres es mi corazón, aquí estoy —dijo Regina, desafiante—. Pero deja a Henry en paz.
—Oh, vaya —dijo Snow deteniendo sus pasos—. Nunca creí que capturarte era tan fácil. ¿Quién lo habría dicho? De haberlo sabido antes hubiese decapitado a este muchacho desde que lo tuve en mis manos.
Regina tragó saliva, no debía tener miedo. Se irguió valerosa y dio un paso al frente. Estaba desarmada, no llevaba el arco consigo.
—He venido a hacer un trato contigo, Snow —dijo Regina con voz firme—. Mi corazón a cambio de la libertad de Henry.
—Henry… —dijo Snow con un suspiro— Qué curioso nombre, ¿no te parece?, ¿dónde lo he escuchado antes? ¡Ah, sí! Es el nombre de tu padre también. Me pregunto… ¿acaso este muchacho es tan especial para ti que ofreces tu corazón a cambio de su vida?
—Te he hecho una oferta, Snow. Tómala o déjala —sentenció Regina.
—Y si la rechazo, ¿qué sucederá? —preguntó Snow con un falso tono de inocencia.
—Entonces tendrás que pelear conmigo —respondió Regina, firme.
—¿Un duelo de magia? —inquirió Snow entusiasmada—. ¡Oh, eso sería tan gratificante! Creo que preferiría matarte más lento y doloroso que sólo haciendo polvo tu corazón.
—Tú tienes la última palabra.
Regina miraba desafiante a Snow, ésta había dejado de sonreír.
—¿Por qué?, ¿por qué este muchacho es tan importante para ti? —preguntó Snow, acercándose a Regina con la misma candencia amenazante de una serpiente.
—Tú eliges —dijo Regina sin hacer caso a las preguntas que la joven le hacía.
—Elijo matarlos a ambos —gruñó Snow y de pronto alzó el brazo.
Henry cayó al suelo llevándose las manos al cuello. La fuerza invisible, poderosa y oscura de la reina lo estrangulaba.
—¡No! —gritó Regina, intentando aproximarse a él, pero Snow la detuvo levantando sólo un dedo.
—Si das un paso más lo mato —dijo la reina con frialdad.
Regina se detuvo, miró a Henry con angustia. El muchacho se retorcía sobre el suelo de mármol del palacio.
—¡Quita tus manos de mi hijo! —exclamó Regina, enfurecida y lanzó una bola de fuego.
Snow pudo esquivarla rápidamente. David se acercó con paso veloz y desenfundó la espada; sin embargo, la reina lo detuvo y miró a Regina con una sonrisa maliciosa.
—Es justo lo que quería escuchar.
Snow White lanzó un rayo de luz roja hacia Regina, ésta la esquivó con rapidez. Ambas quedaron enfrentadas en un duelo de poderes mágicos. Henry se levantó del suelo y miró cómo su madre y su abuela se abatían en una lucha de magia.
—¡¿Cómo es que has tenido un hijo, Regina?! —exclamó Snow entre el fuego que su propia magia producía—. ¡Eso no es posible! ¡Tú no deberías tener a nadie! ¡Yo te arrebaté la felicidad!
—Lo hiciste —dijo Regina, preparándose también para atacar—. Pero tu odio no pudo acabar conmigo.
Snow White gruñó enfurecida y lanzó más magia oscura hacia Regina, quien se defendía con chorros de luz blanca y bolas de fuego.
—¡Tú debiste quedarte en el castillo! —exclamó Snow fuera de sí—. ¡Tú eras mi madre! ¡Debías amarme y estar conmigo! ¡No puedes tener un hijo!
La furia de Snow comenzó a arrasar con la sala de trono. Henry se cubrió el rostro, pues el fuego comenzó a abrazarlo todo. Estuvo a punto de echar a correr, pero David lo detuvo por los hombros y lo amenazó con la espada.
—¡No puedes amar a nadie, Snow! —exclamó Regina, defendiéndose con su propia magia—. ¡Estás llena de rencor!
—¡Tú me convertiste en esto! —respondió Snow con recelo—. ¡Me arrebataste lo que era mío, mi padre, mi propia sangre…! ¡Ahora yo tomaré lo que es tuyo!
Snow desapareció en una nube púrpura y de pronto apareció al lado de Henry, donde David lo sujetaba.
—¡NO! —gritó Regina.
La mano de Snow se dirigió al pecho de Henry, ella tenía una expresión de locura. Regina quiso correr para impedirlo, pero una flecha atravesó de lado a lado de la habitación, clavándose justo en la mano de la reina.
Snow chilló de dolor y apartó su mano de Henry. Éste se deslizó rápido del apretado abrazo de David, quien se dirigió a la reina con preocupación.
—¡Apártate, estúpido! ¡Ve por ese niño! —exclamó Snow con la mano ensangrentada.
David quiso atrapar a Henry, pero otra flecha se clavó en su pierna, haciendo que soltara la espada. Robin Hood apuntaba con el arco desde un ala de la habitación. Henry se alegró muchísimo de verlo, sabía que su madre no había ido sola. Robin guiñó un ojo a Henry y con un gesto le indicó que corriera.
Henry atravesó el salón en llamas, un poco confundido entre el humo, cuando sintió que unos brazos lo tomaban. Era su madre, Regina.
—¡Mamá! —exclamó Henry abrazándose a ella.
Regina estrechó a su hijo con fuerza. Todo lo que había dicho Snow era cierto: era una traidora, asesina del rey y desertora, pero no podía arrepentirse de nada de eso. Tenía a Henry y sabía lo que era amar a alguien que no compartía su sangre, pero que era tan de ella como el mismo hijo que llevaba en su vientre.
—Henry, tienes que reescribir la historia —dijo Regina mirándolo a los ojos con firmeza.
—Tengo el tintero —respondió Henry con una sonrisa mostrándole a Regina el frasco negro que llevaba en su bolsillo.
Regina sonrió y extendió el morral que llevaba colgado de su hombro.
—¡En marcha, escritor!
Henry tomó su morral y echó a correr hacia un rincón apartado. Robin se batía en una lucha de puños con David. Aquello en Storybrooke hubiese sido impensable. Snow, con la mano aún adolorida, se dirigía a Regina amenazándola con una bola de fuego. Henry tenía que deshacer todo eso, a como diera lugar. Era su última oportunidad.
—Todo este tiempo quise matarte, Regina, soñaba con este momento —decía Snow con el rostro completamente fuera de sí.
—Quizá debiste ocuparte de tus obligaciones como reina, en lugar de preocuparte por mí —respondió Regina con sorna.
—Había olvidado cómo te veías así… llena de miedo.
—No tengo miedo.
—Oh, no… —Snow se detuvo de pronto— no tienes miedo de perder tu vida, pero la de tu hijo sí.
Regina pudo distinguir que Snow cargaba la espada de David y de pronto desapareció entre la densidad del humo. Henry estaba por escribir la primera palabra del final, cuando de pronto la sombra de la reina se proyectó sobre el suelo. El chico alzó la mirada y vio los ojos enfurecidos de Snow White y la espada amenazante encima de su cabeza. Henry cerró los ojos esperando el golpe. Sin embargo, algo lo arrojó a un lado... Snow clavó la espada justo en el brazo de Regina.
—¡No! —gritó Henry con la voz en un hilo—. ¡Mamá!
Regina cayó al suelo, ensangrentada. Robin alzó la mirada y vio cómo ella, la mujer que lo había hecho perder la cabeza durante los últimos días, caía ante la espada que empuñaba Snow White. David estaba por atacarlo, pero Robin, lleno de furia le lanzó un golpe directo en el rostro y lo dejó inconsciente sobre el suelo.
Henry se acercó a Regina, con lágrimas en los ojos. Snow White se había quedado como inmóvil y soltó la espada. Por fin, había matado a Regina.
Robin corrió hacia donde yacía la mujer que amaba. Sí, la amaba. Henry sollozaba inconsolable. Regina se quejó un poco.
—Henry… tienes que terminar la historia.
—No… no puedo —lloraba el niño—. No contigo herida. Si mueres no volverás a mi mundo.
—No lo entiendes, Henry —sonrió Regina con tristeza—. Tú eres el escritor, debes hacerlo.
Henry no podía comprenderlo. Robin tomó las manos de Regina entre las suyas y miró a Henry a los ojos, con determinación.
—Debes hacer lo que tu madre dice.
El chico ya no podía pensarlo más. Regina estaba muriendo. Corrió hacia donde estaba su libro, la pluma y el tintero. Snow White reía con vehemencia, parecía que había perdido toda cordura. Henry no soportaba ver todo aquello, no podía ver más a su familia haciéndose daño. Tomó la pluma y comenzó a escribir.
—¿A dónde crees que vas, pequeña rata escurridiza? —preguntó Snow de pronto, interponiéndose en el camino del niño.
—A casa —dijo Henry y la empujó a un lado.
—¡¿Cómo te atreves?! —exclamó Snow.
La reina quiso hacer un último golpe y lanzar una bola de fuego hacia el chico, pero una luz blanca la detuvo. Henry giró para ver de quién se trataba: su corazón dio un salto cuando vio a Emma, su otra madre, sujetando a Snow White por los brazos.
—Henry… —dijo Emma con el rostro confundido— no sé lo que sucede. Pero sea lo que sea, sácanos de aquí.
El niño asintió y corrió hacia el libro abierto, con las hojas en blanco. Robin sostenía a Regina, quien hizo un último esfuerzo por mirarlo a los ojos.
—Oye, ladrón, no eres tan terrible como yo pensaba —dijo Regina con lágrimas en los ojos—. En realidad eres bastante agradable.
—Lo mismo digo de usted, milady —sonrió Robin, mientras una lágrima recorría su mejilla—. Hubiese sido un placer compartir esa otra vida juntos.
—Lo sé —musitó Regina—. Habría sido todo lo que yo alguna vez deseé.
Robin acarició el rostro de Regina y, sin pensarlo, se inclinó sobre ella y la besó. El último aliento de Regina se quedó en Robin.
Henry, con pulso nervioso, escribió el punto final:
Las historias recobraron sus héroes, así fue el final de los villanos.
El sacrificio de Regina, la salvadora, no fue en vano.
De pronto, el castillo comenzó a colapsar. Henry tomó su libro con fuerza y cerró los ojos. Una luz resplandeciente lo cubrió todo.
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