Capítulo 19
Albert se movió con dificultad sobre la cama, se sentía pesado, como si los músculos no le respondieran, pero sonrió porque el aroma de Candy impregnaba el lecho. Estiró el brazo y la buscó; solo cuando no la encontró, abrió los ojos de golpe y recordó todo lo sucedido el día anterior. El impacto de la luz sobre sus ojos le produjo el efecto de un hierro perforándole el cráneo. Volvió a cerrarlos, arrugó el cobertor en un puño y se lo acercó a la nariz. Había dormido allí, su esposa había estado recostada en esa misma cama antes de alejarse de él de nuevo. Todavía no podía creer que la hubiese perdido. Por mucho que Desmon dijera que se había encargado de ocultarla, no podía haberla hecho desaparecer sin dejar rastro. De eso estaba seguro.
Se levantó, bebió de la jarra de agua que había junto a la cama y se lavó las heridas en el balde que había junto a la chimenea. Miró por última vez la habitación de su esposa y bajó al salón.
Desmon, pensativo, lo esperaba sentado en su sillón. Cuando lo vio aparecer le hizo un gesto para que ocupara un lugar a su lado. En silencio, comenzaron a dar cuenta del desayuno hasta que Albert interrumpió el incómodo silencio que los rodeaba.
—Regresaré a mis tierras porque tengo un asunto urgente que resolver. Pero volveré.
—Podéis llamar a las puertas de mi casa cuantas veces queráis. Eso no significa que os vaya a abrir.
—Sin embargo, sí que lo haréis. ¿Y sabéis por qué? Porque la información que os traeré os hará cambiar de opinión. —Arrastró el plato para dar por zanjado el desayuno y se dio la vuelta para salir de Carlisle con las manos vacías. En cuanto llegó a la puerta se dio la vuelta—. Recordad, decidle que lo haré por ella.
Traspasó los muros de la fortaleza y emprendió el regreso a Lakewood.
Durante todo el trayecto se mantuvo serio y sombrío. A diferencia de la vez que perdió a Candy, que estaba consumido por la ira, esta vez era algo mucho más doloroso lo que le oprimía el pecho. Era un sufrimiento continuo que sentía en cada fibra de su ser y embotaba todos sus sentidos. Era como si al marcharse Candy, se hubiese llevado su alma y hubiese dejado un despojo humano incapaz de sentir nada que no fuera dolor.
Gregor, prudente, respetó los silencios de su laird y atendió a las pocas órdenes que recibía sin objeciones. Jamás había visto a Albert así. Estaba deseando llegar a Lakewood para ver si Willian era capaz de hacerlo reaccionar.
Días después, cruzaban el puente de Lakewood. Cuando dieron el aviso de la llegada del laird, Willian lo esperó en la puerta del salón, apoyado en un bastón y con la esperanza reflejada en sus ojos. Pero solo tuvo que ver la cabeza gacha de su hijo para darse cuenta de que volvían los mismos que se habían marchado y comprender que había fracasado en su búsqueda. Albert pasó por su lado sin dirigirle la palabra, esquivó las preguntas insistentes de Camille y le cerró la puerta en las narices cuando se retiró a su estancia privada. Tenía que pensar cómo actuar y qué hacer a partir de ahora.
Las horas pasaron sin que nadie pudiese acceder a aquella habitación hasta que Willian, harto de tener que esperar, exigió a su hijo que le abriera la puerta. Cuando entró, la estancia apestaba, al igual que Albert. La barba cubría casi todo su rostro y las profundas ojeras de color oscuro resaltaban aún más el azul de sus ojos.
—No te preguntaré por el éxito de tu misión porque el resultado es evidente.
—No estaba en Carlisle. El malnacido de Desmon White la sacó de allí antes de que yo llegara.
—¿Le contaste que su sobrina estaba viva? ¿Le hablaste de que fue el hombre de Comyn quien atacó a su familia?
—No.
—¿Significa eso que no piensas informar a Bruce?
Albert se tomó unos momentos para contestar.
—¿Te parecería mal que no lo hiciera?
Willian se sentó frente al sillón en el que su hijo se había dejado caer de cualquier manera con una copa de whisky en la mano.
—Ya perdí a mi padre porque el honor se antepuso a su sentido común. No me gustaría perder a un hijo.
Albert lo miró sorprendido y Willian prosiguió.
—Si callas, evitarás una guerra, pero también cabe la posibilidad de que Escocia caiga en las manos menos apropiadas.
—Me servís de mucha ayuda, padre —ironizó dando un largo trago de su vaso.
—Lo primero lo sabemos a ciencia cierta, lo segundo es una suposición.
—¿Sabéis qué es lo mejor de todo esto? —la lengua se le trababa y tenía la boca pastosa—. Que no me importa lo más mínimo a qué lado de la balanza se decante el reinado de Escocia. Si no informo a Bruce, será única y exclusivamente porque mi mujer me lo pidió. Al fin y al cabo, todos los nobles desean lo mismo.
—¿Y qué harás con Camille White?
—¡Qué se vaya! La sacaré de aquí y de Escocia cuanto antes.
—Entiendo que no delatarás al muchacho.
Albert apuró el trago y movió la mano por el suelo en busca de la botella.
—Rob Comyn la salvó y la ha estado protegiendo durante todo este tiempo. Camille tiene más posibilidades de sobrevivir si él la acompaña.
El viejo laird se levantó, le arrebató el vaso y la botella que tenía medio vacía a su lado, y se la quedó. Necesitaba a Albert lúcido para todos los temas que tenía que tratar con él. Todos ellos de suma importancia.
—¿Te sigue importando esa joven?
—Candy querría que la pusiera a salvo.
—¿Y qué quieres tú, hijo?
—Quiero que regrese mi mujer.
—Ahí sentado, borracho, no lo conseguirás. Reacciona. —Le propinó un puñetazo en el brazo que le hizo caerse de lado. Se puso de pie y sacó fuerzas para empujarlo hasta conseguir que se levantara del sillón—. Sube, cámbiate esa ropa manchada de barro y sangre y cuando estés lúcido regresa. Te estaré esperando.
A trompicones, salió de la habitación y se encaminó hacia las escaleras. Nadie osó a interponerse en su camino. Tropezó con varios escalones y soltó infinidad de maldiciones hasta que llegó a la estancia que había compartido con su esposa. La puerta había sido reparada, entró y cerró tras de sí. Con la vista fija en la cama, los recuerdos de los besos, caricias y abrazos compartidos amenazaron con arrebatarle la poca cordura que le quedaba. Estaba a punto de ahogarse, un nudo se había instalado en su garganta y le impedía respirar. Se dejó caer en la cama, en el lado de ocupaba siempre su esposa, y entre el abrazo de las pieles y el aroma de Candy, perdió el conocimiento debido a los efectos del alcohol.
Despertó al día siguiente de madrugada. Se sentó en el borde de la cama y acarició la almohada de Candy como si fueran sus dorados cabellos. Su padre tenía razón, sumido en esa espiral de autodestrucción no la encontraría. Salió del castillo y se lanzó de cabeza a las aguas heladas del lago. Fue como si miles de agujas se clavaran en sus músculos, pero su mente se despejó de golpe. Nadó hasta acabar exhausto, regresó al castillo, se cambió de ropa y se volvió a encerrar en su salón privado. Cuando Willian volvió a buscarlo, detectó que había vuelto la característica determinación en los ojos de su hijo.
—Veo que hoy estás más lúcido. Me alegro. Porque hay muchas cosas de las que debemos hablar.
—Vos diréis. —Mientras Willian se acomodaba en un sillón, Albert revisaba una y otra vez el mapa que tenía sobre la mesa.
—La dama de compañía de Candy por poco se muere.
De inmediato, los ojos de Albert se levantaron del papel. La había olvidado por completo. Había estado tan ofuscado que no recordó que Dorothy estaba en el castillo y la había dejado enferma.
—¿Cómo se encuentra?
—Más recuperada. Pero todavía no puede levantarse de la cama.
—Volveré a hablar con ella, quizá sepa algo más sobre las intenciones de Candy.
—No he sacado el tema por eso, Albert. Hay algo que me preocupa de la enfermedad de esa mujer.
—¿Y qué es? Puede que se contagiara de Candy.
—Podría ser. Pero la curandera que la atendió aseguró que había sido envenenada.
Willian captó de inmediato la atención de Albert. Dejó el mapa y apoyó las manos en la mesa.
—¡¿Envenenada?! ¿Quién podría querer matar a Dorothy?
—Eso es lo que realmente me preocupa, hijo. Que esa suerte no fuera destinada a la dama de compañía de tu esposa, sino a Candy.
—¿Tenéis alguna prueba de lo que estáis diciendo? —Albert se inclinó hacia su padre.
—La sirvienta asegura que enfermó después de tomar la cena que estaba destinada a tu esposa. Piensa, Albert. Durante los días que has estado fuera he estado atando cabos. Tu esposa enfermaba cada vez que se alimentaba, menos cuando tomaba las infusiones que Dorothy le preparaba. Según palabras de la propia Candy, solo se sentía bien y parecía tolerar esos brebajes. Luego, su dama de compañía se toma la cena y enferma. Nadie más del clan ha sufrido esos síntomas.
Albert palideció. Alguien había intentado deshacerse de su mujer, en su propia casa, y no había sido capaz de darse cuenta. Es más, no la había protegido, si Candy hubiese permanecido más tiempo en Lakewood, la podría haber perdido para siempre. La rabia comenzó a fluir y a extenderse por cada uno de sus músculos, preparándolos como cuando se batía en combate. Salió de detrás de la mesa y a grandes zancadas se encaminó hacia la puerta para bajar a las cocinas.
—¡Detente! —lo interrumpió William— Haz las cosas bien, hijo. Entiendo cómo te sientes, pero no pongas sobre aviso al culpable.
—¡Maldita sea, padre! Candy podría haber muerto.
—No te pido que lo dejes pasar, al contrario. Quiero que descubras quién ha sido, pero que lo hagas bien. ¿Quién se encarga de preparar la comida en las cocinas?
—Agnes.
—Correcto. Pues hazla llamar.
Tal y como su padre había sugerido, salió al salón y llamó a Gregor para que hiciera subir a Agnes. Cuando la sirvienta entró, en actitud relajada y bromeando con el guerrero, la sonrisa se borró de su rostro al ver el gesto de los hombres.
—Acércate, Agnes —exigió, Albert.
La mujer avanzó con titubeo, retorciendo las manos entre el mandil que tenía colgado de la cinturilla de la falda.
—¿Quién ha cocinado últimamente?
—Yo, mi señor.
—¿Nadie más ha ocupado vuestro lugar junto a los fogones?
—No. Las demás mujeres sirven la comida en los platos, pero la encargada de cocinar soy yo. ¿He hecho algo mal, laird?
Si las cosas eran tal y como Agnes estaba explicando, ella no era la culpable del envenenamiento puesto que todos daban cuenta de los alimentos de la misma fuente. La intoxicación debía hacerse a posteriori. Quizá al emplatar.
—Gregor, haz subir a las mujeres encargadas de ayudar a Agnes.
Cuando las cinco mujeres hicieron acto de presencia frente a sus señores, y vieron la cara de desconcierto de Agnes, permanecieron en silencio y con la cabeza gacha hasta que su laird les dirigió la palabra. Albert paseaba por delante de ellas y las observaba con atención. La mayoría de ellas eran las esposas de sus hombres y habían trabajado en el castillo durante años. Le costaba pensar que hubiesen sido capaces de envenenar a Candy, pero estaba dispuesto a no sentir lástima y dudar de todas ellas.
—¿Quién de vosotras se ha encargado de servir la comida que iba dirigida a mi esposa?
Se miraron las unas a las otras, confusas por la pregunta de Albert.
—Dorothy ha sido la encargada de servir siempre a la señora, laird.
—Pero ella no ponía la comida de Candy en el plato, ¿cierto? —Todas las mujeres negaron con la cabeza—. ¿Entonces quién?.
—Lo hemos hecho todas, mi señor. No había ninguna que se dedicara en exclusiva a esa tarea… —contestó una de ellas.
—Cierto —apoyó otra la respuesta de su compañera—. Nosotras servíamos y Sarah se encargaba de apartar el plato de vuestra esposa hasta que Dorothy llegaba para subirlo a su habitación o llevarlo a la mesa.
Willian se levantó de la silla como si de repente quemara y coincidió con la mirada de sorpresa de su hijo.
—¿Sarah?
—Sí, mi señor. No quería que la señora tuviese motivos para estar descontenta con ella, ya que decía que por su culpa su hija había tenido que salir de estas tierras y no quería ser la siguiente. Por eso prefería supervisar nuestro trabajo.
De pronto, una idea comenzó a germinar en su mente. Sarah quería deshacerse de Candy, quizá por venganza, por el agravio contra su hija, quizá con la esperanza de que si su mujer desaparecía, Eliza volvería al castillo y su cama.
—¡Maldita bruja! —ante el grito de su señor, todas las mujeres dieron un paso atrás, asustadas—. ¿Dónde se encuentra ahora Sarah?
—En su habitación, laird —contestó presta Agnes.
Albert salió en busca del ama de llaves seguido de su padre y de Gregor. Cuando llegó a la parte del castillo ocupada por la servidumbre, abrió sin miramiento la puerta que pertenecía a la habitación de Sarah. La mujer se sobresaltó y dejó caer al suelo la pequeña bolsa de cuero que tenía entre sus manos.
—Registra la estancia, Gregor. No dejes ningún rincón por mirar y cualquier cosa que te parezca sospechosa muéstramela —ordenó Albert sin quitarle los ojos de encima a la mujer que había sido el ama de llaves de Lakewood desde que él tenía uso de razón. Tras la sorpresa inicial, Sarah se agachó para recoger del suelo el pequeño zurrón, pero Albert se lo arrebató.
—¿Qué sucede, mi señor? ¿A qué se debe este asalto?
Albert ignoró las preguntas de la mujer y lo abrió solo para comprobar que había unas cuantas monedas. Gregor seguía con su trabajo, abriendo cajones, revolviendo lo que había en su interior e incluso volcando el jergón. Pero no aparecía nada que la implicara en los envenenamientos.
—No hay nada, laird.
—Quizá si me dijerais qué pensabais encontrar, os habría evitado esta pérdida de tiempo.
Frustrado, miró de un lado a otro el desastre organizado por Gregor y le pasó desapercibida la caricia repetida de la mujer sobre la cinturilla de su falda. No así a Willian.
—¿Qué llevas ahí? —Avanzó un paso hasta ella y le sujetó la muñeca.
—¡Nada! —lo miró asustada.
De inmediato Albert atendió al gesto de su padre, que le señalaba el pequeño bulto que marcaba su cintura y extrajo de allí una botellita de barro.
—¿Qué es esto?
—Solo es un brebaje para el dolor de huesos que tomo de vez en cuando —respondió nerviosa.
—Si es así, no tendréis inconveniente en tomar un trago ahora mismo. —Albert destapó la botella y la acercó a los labios de Sarah.
Los ojos de esta se abrieron desorbitadamente, Albert la sujetó por las mejillas y se dispuso a verter el líquido en su boca cuando empezó a moverse inquieta para evitar que se derramase dentro de su cuerpo.
—¡Maldita arpía! —exclamó Albert intentando que no se moviera—Has sido tú. Tú intentaste envenenar a mi esposa.
—¡Yo no hice tal cosa! Soy inocente. Creedme, mi señor.
—Entonces, bebed. —Sin más preámbulos vació el bote y la obligó a tragarlo.
Tras asegurarse de que no quedaba rastro de la bebida en su boca, la soltó y se mantuvo expectante. Si tal y como ella aseguraba, aquel líquido era para mitigar el dolor de huesos, no tenía nada de qué preocuparse. Y si era veneno, entonces es que la mujer era culpable y no sentiría ningún remordimiento por su muerte.
—¡NOOO! —gritó Sarah. Con su falda intentó limpiarse la lengua y se metió los dedos en la boca para provocarse el vómito. Pero Gregor la sujetó poniendo sus brazos a la espalda para evitarlo. Rendida, se dejó caer en el suelo, consciente de que aquel era su fin. Si solo unas gotas en cada plato habían provocado la enfermedad, terminarse el brebaje entero le aseguraba la muerte. Consciente de su pronta suerte, despacio, levantó la mirada hacia Albert—. ¡Ella no era digna de ser la señora de Lakewood! —gritó Sarah fuera de sí.
—¿Y vos sí? —La sujetó por los hombros y la zarandeó incapaz de comprender la locura de aquella mujer.
—Yo no pude serlo, pero mi hija sí. Ella sí que es digna de ser la mujer de un Andrew. Yo la enseñé, la instruí para que os satisficiera, para que fuera la mujer perfecta para vos. ¡Y os desposasteis con aquella chiquilla cuyo clan era vasallo del enemigo de vuestro señor!
La incredulidad ante los desvaríos de Sarah lo tenían paralizado, no así a Willian, al que no había pasado desapercibida la frase de aquella enajenada. Apartó a Albert y se colocó frente a ella.
—¿Qué has querido decir con que tú no pudiste ser la señora de un Andrew?
Sumida en su locura, empezó a reír a carcajadas. Los tres hombres la observaban retorcerse como si el demonio acabara de entrar en su cuerpo y la hubiese poseído.
—¿Qué creíais? ¿Que vuestra esposa enfermó sola? —dijo mirando a Willian mientras continuaba. Las carcajadas huecas, carentes de humor, pero repletas de odio, les pusieron el vello de punta.
—Moira… —murmuró Willian al recordar a su mujer y la terrible muerte que sufrió.
De pronto, necesitó que la risa histérica de aquella mujer cesara. Necesitó dejar de oírla. Necesitó hacerla callar y hacerlo para siempre. Willian dirigió las manos hacia el cuello de Sarah, la sujetó y apretó con fuerza hasta que ni el aire pudo pasar por su garganta. Cuando el cuerpo inerte de aquella mujer cayó sobre el suelo de piedra, Willian se incorporó, debilitado, y salió a trompicones de la habitación.
Albert se quedó mirando el cadáver de aquella mujer y asimilando todo lo que había sucedido. La muerte de su madre, la enfermedad de Candy… Todo ello causado por la locura y la ambición. Ni siquiera el amor era una excusa.
—Sácala de aquí —ordenó a Gregor, y fue en búsqueda de su padre.
En el salón, Willian se derrumbó sobre el sillón que había junto a la chimenea. Volviendo sobre sus recuerdos, evocó la llegada de la joven Sarah a su castillo cuando Moira estaba embaraza de Anthony, Recordó cómo aquella joven harapienta y desvalida había causado ternura en su mujer y la había tomado como su asistente personal. Ahora también cobraban sentido las insinuaciones de la sirvienta, tras la muerte de su esposa, de buscar a otra mujer que se ocupara de Lakewood, las atenciones que le prodigaba y lo pendiente que estuvo de él y de sus hijos. No era bondad, era ambición, envidia, egoísmo…
—¿Os encontráis bien, mi señor? —Camille, que bajaba de sus aposentos, vio aparecer en el salón al padre de Albert con el gesto desencajado y dejarse caer sobre el sillón, pálido y con la mirada perdida.
Ante la falta de respuesta, se acuclilló a su lado y le tomó la mano. Albert no tardó en llegar junto a ellos e imitó el gesto de Camille
—Padre…
—Hemos tenido al enemigo en casa —murmuró Willian.
—Ya se acabó —Albert intentó reconfortarlo ante la mirada de incomprensión de Camille, que no sabía a qué era debido el estado de ánimo del antiguo laird.
El viejo Andrew asintió, todavía perdido en sus pensamientos. Albert llamó a cuatro de sus hombres, dos para que ayudaran a Gregor a deshacerse del cuerpo de Sarah y otros dos para que acompañaran a su padre a sus aposentos. Era el momento de afrontar la situación de Camille, de ir cerrando capítulos de su pasado y concentrarse en construir un futuro con su esposa.
Tras la marcha de su padre, ambos se quedaron solos.
—Tenemos que hablar. Buscad a Rob Comyn y reuniros conmigo en mi sala privada. Camille asintió y giró sobre sus talones para cumplir con la orden de Albert.
Minutos después, ambos estaban frente a él. Camille, inquieta, acomodada sobre el borde de la silla, movía las manos sobre su falda mientras Rob se mantenía de pie con los brazos cruzados sobre el pecho.
—La situación ha cambiado —dijo Albert por fin.
—¿Tiene que ver con la desaparición de mi hermana? ¿Candy está bien?
—Tiene todo que ver, puesto que mi decisión se debe a ella. A la segunda pregunta no puedo contestaros, y creedme cuando os digo que me está matando no saberlo. —Albert inspiró hondo—. No voy a informar a Bruce de vuestra aparición.
Rob dejó caer los brazos y lo miró con recelo mientras que la esperanza se reflejaba en el rostro de Camille.
—¿Y qué vais a hacer entonces? —preguntó Rob.
—Sacaros de Escocia, a los dos —puntualizó—. Si estáis dispuesto a dejarlo todo por ella, claro está.
—¿Cuándo y dónde iremos? —dijo Rob por toda respuesta.
—Marcharéis hoy. Ahora que Candy no está, y hemos hecho creer a todo el mundo que está en Carlisle con vuestro tío, no tiene mucho sentido que sus «invitados» permanezcan por más tiempo en el castillo. Desataría rumores y no nos conviene que se extiendan y lleguen a oídos equivocados. —Acercó el mapa hacia Rob y señaló un punto en él—. Os marcharéis a través del lago hasta llegar al puerto. Una vez allí, mis hombres os estarán esperando con la nave preparada para vuestro viaje.
—¿Hacía dónde nos dirigiremos? —Camille se levantó y tomó del brazo a Rob con una familiaridad que sorprendió a Albert— Mi tío posee tierras en Irlanda, quizá allí podamos escondernos.
El comentario de Camille hizo que el laird Andrew se sintiera como un estúpido. ¿Cómo no lo había pensado antes? Su corazón empezó a latir con rapidez, ahora ya tenía un lugar por donde empezar a buscar.
—¿Andrew? —interrumpió Rob sus pensamientos.
—No —contestó repuesto y mucho más animado—. No iréis a Irlanda, demasiado cerca de Escocia. Además, por el momento, no nos conviene que vuestro tío se entere de que estáis viva y quién fue el que atacó Carlisle. Tomad asiento, por favor.
Cuando la pareja aceptó y se sentó frente a él, Albert abrió un cajón y sacó una carta.
—Recordaréis la primera vez que llegué a las puertas de vuestro castillo —dijo Albert dirigiéndose a Camille. La joven asintió no sin cierto sonrojo al recordar las atenciones del marido de su hermana—Sabéis que venía de Inglaterra y que el obispo viajaba conmigo, pero no sabéis los motivos por los que se me encomendó la misión de escoltarlo hasta la abadía de Scone. Durante años, los Andrew hemos mantenido una relación comercial, que se transformó en amistad, con una familia judía que residía en Inglaterra. Nuestro viaje tenía como propósito inicial mercadear, pero Bruce aprovechó la ocasión para encomendarnos traer a Willmer Fraser. Jasid y su familia, como ya sabéis, debían abandonar su hogar, puesto que Eduardo había ordenado la expulsión de los judíos y, por tanto, debían partir de inmediato. No obstante, nuestra relación tanto comercial como personal no se ha perdido. Arrendaremos un navío para que os lleve con ellos. —Albert entregó un papel a Rob y un saco de piel con monedas—. Actualmente viven en la Corona de Castilla, en un pueblo llamado Ribadavia. Allí es donde os envío. Estaréis a salvo de las zarpas de Eduardo, de vuestro tío y de todos los que supongan un peligro para vos. Entregadle la misiva y decidle que vais de mi parte.
Tras la explicación de Albert, tanto Rob como Camille quedaron mudos. Podrían empezar de nuevo y todo gracias a Albert Andrew.
—No sé cómo daros las gracias —murmuró el sobrino de Comyn.
—No me las debéis a mí. Es a vuestra hermana —dijo dirigiéndose a Camille— a quién debéis estar agradecida. Lo hago por ella.
—Os estaré eternamente agradecida. Pero debo pediros un último favor.
—Vos diréis.
—No podré despedirme de mi hermana. —Compungida, comenzó a derramar lágrimas por su rostro—. Prometedme que la traeréis de vuelta, que le diréis que la quiero… y que la haréis feliz. Candy lo merece.
Albert pensó que Camille no tenía ni idea de hasta qué punto pensaba cumplir todos y cada uno de sus ruegos. Se limitó a asentir y confirmar su promesa.
—Palabra de Andrew.
Horas después, a la orilla del lago Duich, Albert se despedía de Camille y Rob, que acompañados de cuatro hombres de su clan se dirigían al puerto para embarcar en dirección al reino de Castilla. Por su parte, él y Gregor regresaban a Carlisle. Había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa con Desmon White.
Continuara...
