Capítulo 20
Ya está. Tengo licencia oficial para comercializar los diseños de alfombras de Deller. Ayer me reuní con el abogado, y también esta mañana. Todo está firmado y la orden de pago ya ha sido tramitada en el banco. He quedado mañana con Jeremy Northpool para firmar el contrato con Porsche.
Cuando llego a casa todavía estoy acelerada y llena de adrenalina. Tengo que llamar a las chicas para contárselo todo. Luego he de pensar dónde vamos a instalarnos; necesitamos un despacho, algún sitio adecuado y barato, quizá en Balham.
Podríamos decorarlo con lucecitas de fantasía, pienso entusiasmada. ¿Por qué no? Será nuestro despacho, al fin y al cabo. Y también poner un espejo como Dios manda en el lavabo, y música mientras trabajamos.
Se oyen voces en el estudio cuando llego al apartamento. Mike debe de haber regresado de Manchester mientras yo estaba con el abogado. Me asomo por la puerta entreabierta y veo que está reunido con su equipo directivo alrededor de la mesa, con una cafetera vacía en el centro. Están Tyler, la jefa de recursos humanos, Penny y un tipo llamado Steven, cuyo puesto nunca he acabado de averiguar.
—¡Hola! ¿Ha ido bien el viaje?
—Perfecto —asiente Mike; luego frunce el entrecejo—. ¿No tendrías que estar en el trabajo?
—Eh… te lo explico luego. ¿Les traigo más café?
—Ya se encargará Gianna, cariño —dice Mike, con un tonillo de reprobación.
—¡No hay problema! No tengo nada que hacer.
Voy a la cocina y, mientras preparo otra cafetera, envío un mensaje a Rosalie, Alice y Jessica para explicarles que todo ha salido bien. Nos encontraremos esta tarde y lo hablaremos todo a fondo. Ya he recibido esta mañana un e-mail de Alice en que me decía, entusiasmada, que está anotando un montón de ideas y posibles contactos para cerrar acuerdos exclusivos. Y Jessica está enloquecida con la idea de convertirse en relaciones públicas.
Vamos a formar un buen equipo, seguro.
Vuelvo al estudio con la cafetera y empiezo a servir discretamente el café. Penny está revisando un listado de nombres con cifras anotadas a lápiz.
—Yo no creo que Sally Hedge se merezca un aumento ni una bonificación —dice mientras le sirvo una taza—. Es una chica muy mediocre. Gracias, Bella.
—A mí me cae bien —digo—. ¿Sabes que su madre estuvo bastante enferma hace poco?
—¿Ah, sí? —Penny hace una mueca, como diciendo: «¿Y qué?»
—Bella se hizo amiga de todas las secretarias y del personal subalterno cuando vino a la oficina —tercia Mike con una risita—. Es muy buena en esa clase de cometidos.
—¡No es ningún «cometido»! —replico dolida—. Simplemente, me puse a hablar con ella. Y es una chica muy interesante. ¿Sabías que estuvo a punto de entrar en el equipo británico de gimnasia de los Juegos de la Commonwealth? Es capaz de hacer un salto mortal en la barra fija.
Todos me miran perplejos.
—Bueno. —Penny vuelve a su listado—. Estamos de acuerdo, ni bonificación ni aumento por ahora, aunque tal vez una revisión después de Navidades. Pasemos a Damián Greenslade…
Ya sé que no es asunto mío, pero no puedo resistirlo. Me imagino a Sally esperando noticias sobre su bonificación y sufriendo una tremenda decepción cuando se entere.
—¡Disculpen! —Dejo la cafetera de golpe en el estante que tengo más a mano y Penny se interrumpe, sorprendida—. ¿Puedo decir una cosa? Una bonificación quizá no sea gran cosa para la empresa, es el chocolate del loro en el balance final. Pero tiene una importancia enorme para Sally Hedge. ¿No recuerdan cuando eran jóvenes, cuando estaban sin blanca y tratando de abrirse paso? —Miro uno a uno a los directivos de Mike, todos vestidos con ropa elegante y accesorios carísimos—. Porque yo sí lo recuerdo.
—Bella, ya sabemos que tienes un corazón sensible. —Steven pone los ojos en blanco—. Pero ¿qué es lo que dices? ¿Que todos hemos de ser pobres?
—Yo no he dicho eso. —Me armo de paciencia—. Lo que digo es que conviene tener presente lo que significa estar abajo de todo. A años luz de donde están ustedes. —Hago un ademán en torno a la mesa—. Yo era como ella, y a veces me da la sensación de que sólo han pasado unas semanas desde entonces. Yo era esa chica. Sin blanca, esperando una bonificación, preguntándome si las cosas mejorarían algún día y aguantando el chaparrón en mitad de la calle… —Me estoy embalando demasiado—. En fin. Se los digo: si se la dan, ella lo agradecerá de verdad y rendirá más.
Se hace un silencio. Mike tiene una sonrisa lívida en la cara.
—Muy bien. —Penny arquea las cejas—. Eh… revisaremos el caso de Sally Hedge —dice haciendo una señal.
—Gracias. No pretendía interrumpir. Continuad.
Recojo la cafetera y procuro salir en silencio, aunque me tropiezo con un maletín que alguien ha dejado en el suelo.
Quizá le den la bonificación o quizá no. Al menos lo he intentado. Cojo el periódico y lo ojeo en busca de la sección «Despachos en alquiler», cuando veo salir del estudio a Mike.
—Qué tal —le digo—. ¿Te tomas un descanso?
—Bella. Una cosa. —Me lleva rápidamente a mi dormitorio y cierra la puerta, todavía con esa horrible sonrisa en la cara—. Hazme el favor de no volver a interferir en mis negocios.
Ay, Dios, ya me parecía que estaba cabreado.
—Perdona por interrumpir la reunión —me apresuro a contestar—. Sólo he expresado una opinión.
—No me hace falta ninguna opinión.
—Pero ¿no es mejor hablar de las cosas? —digo, asombrada—. ¿Aunque discrepemos? ¡Es eso lo que mantiene vivas las relaciones! ¡Hablar!
—No estoy de acuerdo.
Sus palabras surgen como un disparo. Tiene todavía puesta esa extraña sonrisa, igual que una máscara, como si necesitara ocultar lo enfadado que está. Y repentinamente, es como si se me cayera una venda de los ojos: no conozco a este hombre. No estoy enamorada de él. No sé qué hago aquí.
—Mike, perdona. No volveré a hacerlo. —Me acerco a la ventana, mientras intento ordenar mis ideas. Luego me vuelvo hacia él—. ¿Puedo preguntarte una cosa, ya que estamos hablando? ¿Qué piensas de verdad, realmente, de nosotros? ¿De nuestro matrimonio? ¿De todo esto?
—Creo que vamos progresando —dice él, cambiando de humor de inmediato, como si hubiéramos pasado a otro punto del orden del día—. Tenemos una relación más estrecha… tú has experimentando algún flashback… has vuelto a aprenderlo todo en el manual conyugal… Las cosas van encajando. En conjunto, yo diría que son buenas noticias.
Lo dice en un tono práctico, como si estuviera a punto de hacer una presentación en PowerPoint con un gráfico que mostrara lo felices que somos. ¿Cómo puede creer semejante cosa cuando ni siquiera le interesa saber lo que pienso ni tampoco quién soy realmente?
—Mike, lo lamento. —Doy un profundo suspiro y me dejo caer en una silla de ante—. Pero no estoy de acuerdo. No creo que tengamos una relación más estrecha, la verdad. Y… tengo que confesarte una cosa: me inventé lo del flashback.
Me mira consternado.
—¿Te lo inventaste? ¿Por qué?
«Porque era eso o la montaña de nata.»
—Supongo que porque quería que fuera cierto —improviso vagamente—. Pero la verdad es que no he recordado nada en todo este tiempo. Para mí sigues siendo un tipo que conocí hace unas semanas.
Mike se desploma sobre la cama y nos quedamos los dos callados. Cojo una fotografía en blanco y negro del día de nuestra boda en la que aparecemos brindando y sonriendo, llenos de felicidad aparente. Pero ahora que la miro con más atención, veo en mis ojos una especie de tensión.
Me pregunto durante cuánto tiempo fui feliz. Y cuándo me di cuenta de que había cometido un error.
—Mike, miremos las cosas de frente. Esto no está funcionando. —Vuelvo a dejar la fotografía y suspiro—. Para ninguno de los dos. Yo estoy con un hombre al que no conozco. Y tú, con una mujer que no recuerda nada.
—Eso no importa. Estamos construyendo un nuevo matrimonio. ¡Volviendo a empezar! —Gesticula con las manos para enfatizar sus palabras. En cualquier momento va a decirme que estamos disfrutando del «estilo de vida matrimonial».
—No lo creo. —Meneo la cabeza—. Y yo no puedo continuar así.
—Claro que sí, cariño. —Ahora pasa automáticamente al modo «preocupado-marido-de-inválida-trastornada»—. Quizá es que te has esforzado demasiado. Tómate un descanso.
—¡No necesito un descanso! ¡Lo que necesito es ser yo misma! —Me pongo de pie, desbordada por la frustración—. Mike, yo no soy la chica con la que tú crees que te casaste. No sé quién habré sido durante estos tres años, pero no era yo. A mí me gusta el color. Me gusta el desorden. Me gusta… —agito los brazos— ¡me gusta comer pasta! Durante todo este tiempo no me he sentido hambrienta de éxito, sino hambrienta a secas.
Mike se ha quedado pasmado.
—Cariño —dice con cautela—, si tanto significa para ti, podemos comprar pasta. Le diré a Gianna…
—¡No estoy hablando de la pasta! No lo entiendes, Mike. Durante estas semanas he estado actuando. Y ya no puedo más. —Le señalo la pantalla gigante—. A mí no me van estos trastos de alta tecnología. No me siento cómoda con ellos. A decir verdad, preferiría vivir en una casa.
—¿En una casa? —Me mira tan horrorizado como si hubiera dicho que quiero vivir en un iglú.
—Este sitio es fantástico, Mike. —Me sabe mal haber denigrado su creación—. Es despampanante, me produce una gran admiración. Pero no es para mí. Yo no estoy hecha para… el estilo de vida loft.
Argggg. No puedo creerlo. Acabo de hacer ese gesto de deslizar las manos como poniendo ladrillos.
—Me dejas… de piedra. —Está realmente aturdido—. No tenía ni idea de que te sentías así.
—Pero lo más importante es que no me quieres. —Lo miro a los ojos—. No a mí, a la Bella de verdad.
—¡Sí que te quiero! —Recupera su seguridad—. Sabes muy bien que sí. Tienes talento, eres preciosa…
—Tú no crees que yo sea preciosa.
—¡Por supuesto! —Parece ofenderse—. ¡Desde luego que sí!
—Tú crees que son preciosos mis implantes de colágeno —lo corrijo con suavidad—. Y mis fundas dentales y mi pelo teñido.
Se queda mudo y me examina con incredulidad. Seguramente le había dicho que era todo natural.
—Creo que debería mudarme a otro sitio —añado, y me alejo unos pasos con la vista clavada en la moqueta—. Lo lamento, pero hay… demasiada tensión.
—Supongo que hemos corrido demasiado —dice al fin—. Quizá un descanso sea una buena idea. Dentro de un par de semanas verás las cosas de otra manera y podremos volver a hablar.
—Sí—asiento—. Quizá.
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Resulta muy raro hacer el equipaje en esta habitación. Ésta no es mi vida, sino la de otra chica. Meto sólo lo imprescindible en una maleta Gucci que he encontrado en el armario: ropa interior, unos tejanos, algunos pares de zapatos. No creo tener ningún derecho sobre los trajes de diseño de color beige. Y tampoco los quiero, si vamos a eso. Mientras termino de meter cosas, percibo una presencia a mis espaldas.
—He de salir —dice Mike desde el umbral, muy rígido—. ¿Podrás arreglártelas?
—Sí, no te preocupes. Iré a casa de Rosalie en taxi. Ella vuelve pronto del trabajo. —Cierro la cremallera de la maleta y no puedo evitar una mueca ante ese sonido tan definitivo—. Mike… gracias por todo. Sé que también para ti ha sido difícil.
—A mí me importas mucho. Eso debes saberlo. —Hay auténtico dolor en sus ojos.
Siento una punzada de culpa, pero no puedes vivir con alguien sólo porque te sientas culpable. O porque esa persona sepa pilotar una lancha. Me pongo de pie, frotándome la espalda, y contemplo la inmaculada y enorme habitación: la cama de diseño de última generación, la pantalla empotrada, el vestidor para todos esos millones de vestidos… Estoy segura de que nunca volveré a vivir en un lugar tan lujoso. Debo de estar loca.
Mientras recorro la cama con la vista, me pasa una idea por la cabeza.
—Mike, ¿yo doy grititos cuando duermo? —le pregunto con fingida indiferencia.
—Sí, es verdad. Incluso fuimos al médico. Te aconsejó que te inyectaras agua salada en las fosas nasales antes de dormir y te recetó un spray nasal. —Se acerca a un cajón, saca una caja y me muestra un chisme de plástico—. ¿Quieres llevártelo?
—No —digo tras una pausa—. Gracias.
Bueno. Estoy tomando la decisión acertada. Seguro.
Mike deja en su sitio el spray, vacila un momento y luego se acerca y me da un abrazo bastante ortopédico. Tengo la sensación de que estamos siguiendo las instrucciones del manual conyugal: «Separación (abrazo de despedida).»
—Adiós, Mike —le digo, pegada a su carísima y perfumada camisa—. Ya nos veremos.
Es absurdo, pero me siento al borde de las lágrimas. No por Mike, sino porque se ha terminado. Mi vida perfecta, mi increíble vida de ensueño.
Él se separa por fin.
—Adiós, Bella. —Sale de la habitación a grandes zancadas y un momento después oigo la puerta.
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Una hora más tarde, he terminado de recoger. Al final, no he podido resistir la tentación de llenar otra maleta con prendas de La Perla y productos de maquillaje Chanel. Y una tercera repleta de abrigos. ¿Quién va a quedárselos, si no? También me llevo mi bolso Louis Vuitton, por los viejos tiempos.
Despedirme de Gianna ha sido bastante duro. Le he dado un gran abrazo y ella ha murmurado algo en italiano mientras me daba palmaditas en la espalda. Creo que a su manera lo ha entendido.
Y ahora ya sólo quedo yo. Arrastro las maletas al salón y miro el reloj. Faltan unos minutos para que llegue el taxi. Tengo la misma sensación que si dejara la habitación de un hotel sofisticadísimo, estilo boutique. Ha sido estupendo alojarse aquí, las instalaciones son increíbles. Pero nunca me he sentido como en casa. Aun así, no puedo evitar una punzada tremenda cuando salgo a la terraza por última vez, protegiéndome con la mano del sol de mediodía. Recuerdo que cuando llegué aquí pensé haber aterrizado en el edén. Me pareció un palacio. Y Mike, un dios griego. Todavía puedo evocar con claridad aquella eufórica sensación de haber ganado la lotería.
Con un suspiro, vuelvo dentro. A fin de cuentas, supongo que no me sirvieron una vida perfecta en bandeja.
Lo cual probablemente significa que yo nunca fui Gandhi.
Mientras cierro la puerta de la terraza se me ocurre despedirme de mi mascota. Doy un golpecito en la pantalla y hago clic en «Mascota». Aparece mi gatito y lo contemplo un minuto mientras empuja un ovillo de lana. Tan mono como siempre, eternamente bebé.
—Adiós, Arthur —digo. Ya sé que no es real, pero me da pena igualmente verlo atrapado ahí, en su mundo virtual.
Quizá debería despedirme también de Titán, para ser justa. Hago clic en «Titán» y aparece en la pantalla aquella araña espantosa de dos metros.
—¡Arggg!
Retrocedo horrorizada y oigo un tremendo estrépito. Me doy la vuelta y veo en el suelo un gran estropicio de hojas, tierra y cristal.
Fantástico, Bella. Acabo de derribar una de esas plantas superpijas del demonio. Orquídeas, o como se llamen. Estoy contemplando aún el desastre cuando empiezan a parpadear en la pantalla unas letras en azul eléctrico sobre fondo verde:
«¡Problema! ¡Problema!»
Ese cacharro parece querer decirme algo. Quizá sea más inteligente de lo que yo creía, a fin de cuentas.
—¡Lo siento! —le digo a la pantalla—. Ya sé que he creado problemas, pero me voy. No tendrás que soportarme más tiempo.
Traigo una escoba de la cocina, lo barro todo y lo tiro a la basura. Luego cojo un trozo de papel y le dejo una nota a Mike.
Querido Mike:
He roto la orquídea. Lo siento.
También hice un siete en el sofá. Mándame la factura, por favor.
Bella
Justo cuando estoy firmando, suena el timbre, y me apresuro a dejar la nota apoyada en el nuevo leopardo de cristal.
—Hola—digo por el telefonillo—. ¿Podría subir al último piso?
Quizá necesite ayuda con las maletas. Veremos qué dice Rosalie cuando me vea llegar; yo le he dicho que sólo me llevaba una caja de zapatos con lo imprescindible. Salgo al descansillo y oigo llegar el ascensor.
—Lo siento —digo en cuanto se abren las puertas—, pero tengo muchas male…
El corazón me da un vuelco. No es ningún taxista.
Es Edward.
Va con unos tejanos y una camiseta, el pelo revuelto y la cara contraída, como si hubiera dormido fatal. En fin, todo lo contrario del aspecto impecable de Mike, que parece siempre un modelo de Armani.
—Ho...la. —De repente se me seca la garganta—. ¿Qué…?
Su rostro resulta casi monástico; sus ojos, tan verdes e intensos como siempre. Recuerdo la primera vez que nos vimos en el aparcamiento, cuando él no paraba de mirarme con aire torturado, como si no pudiera creer que yo no lo recordara.
Ahora sé por qué parecía tan desesperado, sobre todo cuando le hablé de mi maravilloso marido. Ahora entiendo muchas cosas.
—Te he llamado a la oficina y me han dicho que estabas en casa.
—Sí. Han pasado algunas cosas en el trabajo.
Estoy del todo confundida. No logro mirarlo a los ojos. No entiendo por qué está aquí. Doy un paso atrás, con la vista fija en el suelo y estrujándome las manos.
—Quiero decirte una cosa, Bella. —Respira hondo y parece poner en tensión todos los músculos—. Tengo que… disculparme. No tendría que haberte atosigado. No me parece justo.
Me quedo consternada. No me esperaba esto.
—He pensado mucho —continúa—. Me doy cuenta de que has pasado por una situación muy difícil. Y yo no te he ayudado. Y… tenías razón. —Hace una pausa—. Yo no soy tu amante. Sólo un tipo que acabas de conocer.
Suena tan realista que se me hace un nudo en la garganta.
—Edward, yo no quería…
—Ya. —Levanta una mano—. No pasa nada. Sé lo que quieres decir. Todo esto ha sido bastante duro para ti. —Se acerca un poco más, tratando de que se encuentren nuestras miradas—. Y lo que quería decirte es que no te atormentes. Estás haciendo todo lo que puedes. No has de exigirte más.
—Ya. —Se me nota que estoy al borde de las lágrimas—. Bueno, lo estoy intentando. —Ay, Dios, voy a ponerme a llorar.
Edward se da cuenta y se aparta, como para darme espacio.
—¿Cómo te fue en el trabajo con ese negocio?
—Bien.
—Estupendo. Me alegro por ti.
Él va asintiendo como si esto fuera el final, como si estuviera a punto de darse la vuelta e irse. Y aún no sabe nada.
—Voy a dejar a Mike —le suelto de golpe—. Tengo las maletas listas y el taxi está a punto de llegar…
La esperanza ilumina su rostro un instante, como un rayo de sol, y luego se oculta otra vez.
—Me alegro —dice por fin, midiendo sus palabras—. Seguramente necesitas tiempo para reflexionar. Ahora todo es nuevo para ti.
—Ajá. Edward… —Tengo la voz estrangulada. Y ni siquiera sé lo que quiero decir.
—No digas nada. —Menea la cabeza, con una sonrisa torcida—. Nosotros perdimos nuestra ocasión.
—No es justo.
—No.
Por el ventanal que tiene detrás, veo que el taxi ya está abajo. Edward sigue mi mirada y percibo su desolación, pero se recompone enseguida y sonríe.
—Te acompaño hasta el taxi.
Después de bajar y cargar las maletas, le doy al taxista la dirección de Rosalie y me quedo de pie ante Edward, con una opresión en el pecho y sin saber cómo despedirme.
—Bueno.
—Bueno. —Me toca la mano un instante—. Cuídate.
—Tú… —trago saliva— tú también.
Con las piernas flojas, subo al taxi y me dispongo a cerrar la puerta. Pero no consigo reunir las fuerzas para cerrarla aún, para oír ese chasquido definitivo.
—Edward —digo levantando la vista—. ¿Estábamos bien juntos?
—Sí, lo estábamos. —Asiente con una expresión de amor y tristeza. Tiene la voz tan quebrada que apenas se le entiende—. Muy, muy bien.
Las lágrimas me resbalan por las mejillas. Se me tensa el estómago de angustia y me flaquean las fuerzas. Podría apearme, decirle que he cambiado de idea…
Pero no. No puedo huir corriendo de un tipo que no recuerdo para echarme en brazos de otro.
—He de irme —susurro, volviendo la cabeza para no verlo y frotándome los ojos—. He de irme, he de irme.
Cierro la puerta por fin. Y lentamente, el taxi se aleja.
N.A: ¡Próximo capitulo gran final! ¿Recordara algo Bella? Ustedes ¿Qué creen? Nos leemos el próximo viernes.
